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lunes, febrero 18, 2013

Silvina Ocampo: El piano incendiado




Empecé por las fotografías: eran de 1950. Las miré con horror, luego me conmovieron y llegué a ver a niños vestidos de blanco, con los delantales recién planchados, en un teatro de posturas y movimientos. Miré mi cara. Lo que más me gustó fueron los ojos. Tenían un color indefinido, azul, verde, violeta. No puedo explayarme sobre el color de los ojos. Los ojos son lo mejor que tenemos, pero el color desaparecía en esa foto borrosa. Qué lindos ojos tenía entonces. Ahora se nota el tiempo, que arrugó los contornos de los párpados y dejó el resto casi borrado. La foto de mi abuela, tan famosa por su belleza, no tenía belleza alguna para mi gusto. Un vestido largo, que parecía un batón, la cubría hasta los pies. El pelo, aparentemente rubio, trenzado, no la favorecía. Pobre, cómo se enojaría si supiera que no me gusta este retrato. La foto de papá era horrible, con esas manchas de humedad que lo afeaban; la de mamá, en cambio, era tan preciosa que durante media hora la miré atentamente, sin sacar los ojos de encima. Estaba acodada al balcón, sola, como si no existiera otra persona que la quisiera; los ojos tristes, la boca entreabierta, mirando más allá de donde es posible mirar. A medida que iba buscando nuevas fotografías y que se alegraba el tiempo con polleras más cortas y pequeñas travesuras en los tablones de las faldas, surgió de pronto Herminia, con ese rostro que no dejaba saber si era buena o mala o simplemente distraída. Nada en el rostro anticipaba la tristeza profunda que me trajo a lo largo de los años. Pensé que era (como siempre pensé) perversa, pero no por su culpa, sino por la culpa terrible del tiempo que va deformando lo bueno y caricaturizando lo malo. Qué triste mundo nos unía y nos desunía. Qué haría yo para alejarme de su lado, sino los subterfugios que Dios me ofrecía. Dediqué toda mi vida a quererla, sin pedirle nada, ni siquiera el amor que no era amor sino atención, atención por tal cosa o tal otra; y así fue cómo llegamos a una situación despareja, en que ella reinaba sobre mí, porque, debo confesarlo, yo la odiaba. Poco a poco advertí que la odiaba. No podía soportar que me tocara para pedirme un vaso de agua o un terrón de azúcar; tampoco que me agradeciera por haberlos traído. El odio subió en mí con su efervescencia, hasta el día en que Herminia (tal vez por ser mayor que yo) se unió a una gente en un rincón de la casa donde había un piano negro, de cola. Que un piano sea maligno no parece posible; el nuestro, en ese momento, lo fue. En una mesa de vidrio había miles de vasos de distintas bebidas. Lo primero que pensé fue cuál sería más inflamable. ¿Por qué pensé eso?.

Herminia, con desenvoltura, se sentó frente al piano. Salieron los acordes más armoniosos que oí en mi vida. Herminia, en vez de mirar el piano, miraba a un joven a los ojos como si fuera la música. Entonces, sin saber lo que hacía, me acerqué y le dije: 

 —Si sigues tocando el piano, lo incendio. 

No parecieron oír mi voz. Apoyado en el piano, el joven escuchaba con atención. Tan rápida como silenciosa, fui al antecomedor y busqué una tela y un frasco de alcohol, algo para incendiar el piano. ¿Para qué hice esto?. En el momento más íntimo, sin que nadie me viera, pensé colocar dentro del piano, que tenía la tapa abierta, la tela empapada en alcohol. Pensé incendiarla y esperar. Pero ahí estaban los vasos, las bebidas. Dejé caer el alcohol de algunos vasos, rocié el piano. No tardó en arder, pero nadie lo notó. Estaban entregados al deseo de oír. Por último alguien gritó:  

—Se incendió algo en este cuarto. ¿No sienten olor a quemado?

Nos asomamos para mirar el piano y vimos llamas altísimas. Herminia y el joven se asomaron al balcón, abrieron todas las ventanas, buscaron un balde con agua. Todo fue inútil. El piano se quemaba. Yo me tiré al suelo y recé. Nadie me miraba, porque miraban el fuego. El fuego ardía menos que yo. Entonces sucedió lo increíble. Herminia se arrodilló a mi lado y me dijo: 

 —¿Te das cuenta?. Toqué el piano con tanta pasión que se incendiaron las notas. 

Advertí que el joven la tenía de la mano. Mi odio creció, como crecen las plantas cuando han estado mucho tiempo sin agua y se les da de beber. 

Cuando se apagó el fuego (costó mucho trabajo apagarlo) quedaron unas pocas notas que todavía sonaban, como si fuera en un sueño. 

Durante algún tiempo se habló del piano misterioso. Nadie pensó que alguien lo había incendiado. Bastaba imaginar el resto, y muchos lo imaginaban: la colilla de un cigarrillo, un fósforo encendido, cualquier cosa. ¿No se incendian los campos enteros sin que nadie sepa por qué?. Yo prefiero no imaginar nada y dejar que la gente siga suponiendo cosas realmente absurdas. ¿Qué era lo que el piano tocaba y que podía por sus propios medios incendiar?. Todo era Brahms, los valses de Brahms. Nunca sabré cuál era, aunque podría hasta cantarlo, pero si lo canto alguien me contesta: "Esto no es de Brahms" y, si lo canto a otra persona, dice que es Schumann o Grieg, pero yo sigo con mi música dentro de mi oído, sin poder saber si es ésa o si cantando desafino tanto que la gente no la reconoce. Qué bueno sería reproducirla y que alguien me dijera: "Mirá, aquí la tengo, no busques más”, sin saber que las notas se fueron en el fuego para siempre. Recordé sin embargo las canciones serias, profundas, que duelen. Creo que nadie olvida ni el aire de la voz que las canta ni el acompañamiento solo, triste, en el piano. Creo que se trata de dos obras: una la voz, otra la voz del piano, que la acompaña. Si alguien siente la gran tristeza de estas canciones sin resucitar, no siente el valor de la música. Hay algo en el dolor tan idéntico al más gran goce que sólo un músico puede apreciar, y por eso, cuando me piden de contar toda la historia del piano incendiado, la cuento a mi modo. No fui yo quien lo incendió, fue él mismo el que produjo fuego con sus acordes, y me dejó un recuerdo tan lleno de amor que sólo así puedo contarlo de un modo más real y más íntimo, más penetrante, ya que no puedo recurrir a la misma obra, pues perdí su título, su partitura, todo lo que permitiría demostrar su grandeza, su inimitable perfección. Pienso que a veces sólo con música puedo descubrirlo, sin saber de qué autor es la melodía que recuerdo. Probablemente le cambio el tono y la voz y siempre vuelvo a interpretar la auténtica melodía, dando con la verdadera luz que la ilustra. No creo que el amor a la música sea único, como tal vez no creo que la pintura de un cuadro se parezca a la de otro. En el mundo de un cuadro o de una música, de ese mundo visual surge la faz del amor en una resolución perfecta que da un goce inasible, como la luz que sale de una composición lograda. Yo quisiera morir un día de la perfección de un cuadro o de una música o de un poema.

En Cuentos completos.


lunes, febrero 04, 2013

Claudia López, poemas...



Poema XVI

Sé de Ulises de una manera
oblicua con Penélope
comparto
la vocación astuta y pueril
de la espera
la felicidad sensual del pensamiento
en amaneceres furtivos
la premonición del hijo
más distante que Ulises
de las agujas
comparto
el oficio de clavar los ojos
en agujeros negros
el obseso recurso la madeja
Penélope agudiza
las pupilas
mide el tiempo
del varón en el mástil
pide
que no lo devuelvan
todavía
falta tejido en la madeja
tensa pide
a las agujas
un rato más de lunas
negras

Del libro Anatomía de la noche.

Posición inicial

dura tan poco el vuelo de una pluma

no escarbes en las huellas del aire
los signos mudos

la vigía de la madre
la pupila del padre
la cartografía de los amantes
dibujan
la única certeza
con la retórica perfecta
de las cornisas

no domestiques la voz del viento
o del hambre

nunca supo el rey qué quiere
el sabio qué busca
la razón qué entiende
el fuerte qué rencores lo mueven

De Pasatiempos

*Claudia López: Poeta argentina (Buenos Aires, 1960). Publicó varios libros de poemas, entre ellos Inalámbricas, Pasatiempos, Anatomía de la noche.

lunes, enero 28, 2013

Eduardo Mileo: La pesca en el hielo y Veneno...



Comencé a pescar en el hielo
cuando murió mi madre.
Todas las mañanas
iba en el trineo
a inventar de nuevo el mundo.
Los peces me daban el calor
de su movimiento.

Creo que sé lo que hago:
cavo un hueco y busco
vida en el útero helado.

Veneno

Como cada mañana se abre
con el olor del pan
se abrió mi corazón con el dolor
de tu partida.

Ubre de silencio me amamanta.
Túnica de harina me amortaja.
El trigo que se mueve con el viento
me mueve sin propósito.

No hay bendición que me contenga
ni consuelo que me llegue repartido.
El pan que me alimenta
es el pan que me envenena.

*Poemas extractados del blog del autor:


bloglaprida

bloglaprida.blogspot.com/

miércoles, enero 16, 2013

Mario Morales: La canción de Occidente, primera parte....


                        1
 Porque no podemos sino cantar.
Porque ése es nuestro destino
¿Lo diré de nuevo?
                         Porque la única visión es repetirse
Oh Belleza        Oh  Destruida
                         Así comienza este canto.
Cada palabra una semilla de fuego,
Cada silencio un acto,
Cada hombre un grito,
Cada mujer un fruto,
                         una oscuridad,
                                                un destino.
 
Aquí o allá: En ninguna parte.
                         Pero éste es el reino.
Acá comienza el poema.
                                                Acá concluye el sueño
 
¿Y para qué ojos?
                         ¿Y para qué la realidad sino para el único
                                                            Instante,
                                     para lo que aún no existe?
Y para qué el poema
                         sino para el grito,
para la desfiguración  absoluta,
para ese espasmo que une la visión a lo visto
como se une la Palabra a la tierra
                                    y el corazón a las cenizas.
Porque un poema es vida para siempre.
 
* De La distancia infinita, Antología poética (1958-1983). Fondo de Cultura Económica, Bs.As. ,2012.
 ** Mario Morales (Pehuajó ,1936-Bs.As.,1987).