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lunes, enero 28, 2013

Eduardo Mileo: La pesca en el hielo y Veneno...



Comencé a pescar en el hielo
cuando murió mi madre.
Todas las mañanas
iba en el trineo
a inventar de nuevo el mundo.
Los peces me daban el calor
de su movimiento.

Creo que sé lo que hago:
cavo un hueco y busco
vida en el útero helado.

Veneno

Como cada mañana se abre
con el olor del pan
se abrió mi corazón con el dolor
de tu partida.

Ubre de silencio me amamanta.
Túnica de harina me amortaja.
El trigo que se mueve con el viento
me mueve sin propósito.

No hay bendición que me contenga
ni consuelo que me llegue repartido.
El pan que me alimenta
es el pan que me envenena.

*Poemas extractados del blog del autor:


bloglaprida

bloglaprida.blogspot.com/

jueves, diciembre 06, 2012

Katherine Mansfield, En la bahía (fragmento)



I
      De mañana, muy temprano. Aún no se había levantado el sol, y la bahía entera se escondía bajo una blanca niebla llegada del mar. Al fondo, las grandes colinas recubiertas de maleza, aparecían sumergidas. No se podía ver dónde acababan, dónde empezaban las praderas y los bungalows. La carretera arenosa había desaparecido, con los bungalows y los pastos al otro lado; más allá, no se veían más que dunas blancas cubiertas de una hierba rojiza; nada indicaba qué era playa, ni dónde se encontraba el mar. Había caído un abundante rocío. La hierba era azul. Gruesas gotas colgaban de los matorrales, dispuestas a caer sin acabar de caer; el toï-toï plateado y flecudo pendía flojamente de sus largos tallos. La humedad inclinaba hasta la tierra todos los ranúnculos y claveles de los jardines. Estaban mojadas las frías fucsias. Redondas perlas de rocío descansaban en las hojas llanas de las capuchinas. Se hubiese dicho que el mar había venido a golpear dulcemente hasta allí, en las tinieblas, que una ola inmensa y única había venido a chapotear, a chapotear... ¿Hasta dónde? Quizá, al despertarse a mitad de la noche, se hubiera podido ver un pez gordo rozar bruscamente la ventana y huir.
      ¡Ah... ah... ah... !, decía el mar adormecido. Y de la maleza llegaba el son de los arroyuelos que corrían vivamente, ligeramente, se deslizaban entre las piedras lisas, penetraban, saltando, en las tazas de las fuentes, sombreadas por helechos, de donde volvían a salir. Se oía el ruido de gruesas gotas salpicando hojas anchas, el ruido de algo más —¿qué sería?—, un vago estremecimiento, una ligera sacudida, una ramita que se quebraba; después, un silencio tal que parecía como si alguien escuchase.
      Dando la vuelta al ángulo de la bahía, entre las ma­cas amontonadas de los pedruscos de rocas, avanzó un rebaño de corderos con un tic-tac de menudos pasos. Se apretaban unos contra otros, pequeña masa lanuda, oscilante, y sus patas delgadas, semejantes a varitas, tro­taban muy de prisa, como si el frío y el silencio les hubiesen asustado. Tras ellos, un viejo perro de pastor, con sus patas mojadas y cubiertas de arena, corría, el hocico en el suelo, pero con aire distraído, corno si pen­sase en otra cosa. Luego, en el agujero encuadrado por las rocas, asomó el pastor. Era un viejo, flaco y tieso, vestido de una zarnarra que recubría una red de gotitas menudas, de unos pantalones de terciopelo, atados bajo la rodilla y de un ancho sombrero con un pañuelo azul doblado y anudado alrededor del borde. Llevaba puesta en su cinturón una mano: con la otra sujetaba un palo amarillo, maravillosamente pulido. Y mientras caminaba sin prisa, no cesaba de silbar muy dulcemente, li­eramente, lejana y aérea flauta pastoril de sonido tierno y melancólico. El viejo perro bosquejó una o dos de sus cabriolas de otro tiempo; luego se detuvo vivamente, avergonzado de su frivolidad, y dió al lado de su amo, algunos pasos llenos de dignidad. Los corderos avanzaban corriendo, a paso menudo, con pequeños arranques; se pusieron a balar, y unos rebaños fantasmas, contestaron bajo el mar: “¡Be... e... e! ¡Be... e... e!”
      Durante algún tiempo les pareció hallarse siempre en el mismo trozo de terreno. Allí, por delante de ellos, se extendía la carretera arenosa con sus charcos poco profundas; a cada lado se veían los mismos matorrales mojados, las mismas empalizadas sumergidas en la sombra. Luego algo inmenso apareció: un gigante enorme con la cabeza desmelenada, con los brazos extendidos. Era el gran eucaliptus que había delante de la tienda de la señora Stubbs y, cuando pasaron frente a él, exhaló una fuerte bocanada aromática. Y ahora relucían en la bruma gruesas manchas luminosas. El pastor cesó de silbar; frotó en su manga mojada su nariz roja, su barba húmeda, y, arrugando los párpados, lanzó una mirada en dirección del mar. Se levantaba el sol. Era maravilloso ver con qué rapidez se clarificaba la niebla, se disolvía en la llanura poco profunda, rodaba sobre la maleza, al levantarse, y desaparecía, como si tuviese prisa de escapar; grandes jirones retorcidos, enrollados en bucles, se tropezaban, se empujaban unos a otros a medida que los rayos de plata se hacían más anchos. El cielo lejano, de un azul puro y deslumbrador se reflejaba en los charcos; las gotas ele agua que resbalaban a lo largo de los postes telegráficos, se transformaban de, repente en puntos luminosos. Ahora el mar saltarín, centelleante, era de un tal brillo, que dolían los ojos al mirarlo. El pastor sacó ele su bolsillo una pipa de horno tan pequeña como una bellota; encontró, a fuerza de andar por los bolsillos, un mogote de tabaco manchado, del cual raspó algunas briznas y llenó su pipa. Era un viejo grave y gallardo. Mientras encendía su pipa y el humo azul salía en volutas alrededor de su cabeza, el perro lo contemplaba y parecía orgulloso de él.
      “¡Be ... e ... e! ¡Be... e... e!” Los corderos se desplegaron en abanico. Cruzaron por la colonia escolar antes de que el primer durmiente hubiera dado una vuelta en la cama y levantado su cabeza soñolienta; el balido retumbó en medio del sueño de los chiquillos... que tendieron los brazos para atraer, para mimar a los lindos corderitos rizados del ensueño. Apareció entonces el primero de los habitantes: era Florrie, la gata de los Burnell, colocada en lo alto de la pilastra del portal, despierta demasiado temprano, corno de costumbre; y que acechaba a la lechera. Cuando vió al viejo perro del pastor, saltó rápidamente, arqueó la espalda, recogió su cabeza abigarrada de gris y de rojo y pareció estre­mecerse con un ligero escalofrío de desdén. “¡Uf! ¡Qué grosera y asquerosa criatura!” —dijo Florrie. Pero el viejo perro, sin levantar los ojos, pasó balanceándose, estirando las patas por un lado, luego por otro. Sólo una de sus orejas se crispó para demostrar que la había visto y que la consideraba como una joven muy tonta.
      La brisa matutina se alzó sobre la maleza, y el olor de las hojas y de la tierra negra y mojada se mezcló al olor penetrante y vivo del mar. Miríadas de pájaros cantaban. Un jilguero voló por encima de la cabeza del pastor y, colocándose en la extremidad de una ramita, se volvió hacia el sol y erizó las plumitas de su pechuga. Y ya el rebaño había pasado la cabaña del pescador, pasado el pequeño whare negruzco y como calcinado donde Lela, la lecherita, vivía con su abuela. Los corderos se derramaron por la pantanosa y amarilla pradera, y Wag, el perro, los siguió con su paso elástico y mudo, los juntó, los dirigió hacia la garganta rocosa, más abrupta y más estrecha, que partía de la bahía del Croissant hacia la caleta de la Madrugada. “¡Be... e... e!” Débil, indeciso, venía el grito, mientras el rebaño seguía bamboleándose por la carretera, que se secaba de prisa. El pastor deslizó la pipa en su bolsillo, de manera que el depósito colgase por fuera. Y el dulce silbido aéreo se reanudó en seguida Wag se puso a correr a lo largo del filo de una roca, en busca de algo que estaba oliendo, y se volvió rápidamente, disgustado. Entonces, empujándose, atropellándose, apresurándose, los corderos dieron la vuelta a la carrera y el pastor les siguió y desapareció con ellos.

 * Katherine Mansfield (Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923). De su libro En la bahía
(“At the Bay”, 1921).

viernes, julio 13, 2012

Katherine Mansfield: Un poema



A L.H.B. (1894-1915)

Anoche por primera vez desde tu muerte
caminé contigo, hermano mío, en un sueño.
Estábamos otra vez en casa junto al arroyo
bordeado de altos arbustos de bayas, blancas y rojas.
"No las toques: son venenosas", dije.
Pero alzaste la mano, y vi un rayo
de extraña risa luminosa en torno a tu cabeza
y cuando te agachaste vi que las bayas fulguraban-
"¿No te acuerdas? !Las llamábamos el Pan del Muerto!"
Desperté y escuché el gemido del viento y el rugido
del agua oscura al caer sobre la costa.
¿Dónde -dónde está el camino del sueño para mis pies ansiosos?
Junto al arroyo recordado está mi hermano
esperándome con bayas en las manos...
"Estas son mi cuerpo. Hermana, tómalas y come."

*Katherine  Mansfield, Té de manzanilla y otros poemas. Editorial Bajo la luna. Buenos Aires, 2006. 

Podés leer más poemas de este libro entrando a:  http://es.scribd.com/doc/61677702/Revista-Luna-de-Locos-No-18

martes, julio 10, 2012

Katherine Mansfield: Tres poemas


El Encuentro


Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
Las lágrimas subían a mis ojos. Pero no podía llorar
Deseaba tomar tu mano
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban para nuestro próximo encuentro
Pero las dos sentíamos en el corazón
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­
Escucha, dije, es tan fuerte
Como el galope de un caballo en un camino solitario
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí
Está aquí para siempre'.
Después te fuiste. El mundo cambió.
El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.





Malade


El hombre del cuarto vecino
Tiene el mismo mal que yo
Cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
Y después tose
Y toso yo
Y él vuelve a toser. -Esto sigue mucho tiempo-
Hasta que siento que somos como dos gallos
Llamándose en un falso amanecer
Desde granjas distantes y escondidas.





El abismo


Un abismo de silencio nos separa
Yo estoy de un lado del abismo -tú del otro-
No puedo verte ni oírte -pero sé que estás allí-
Suelo llamarte por un nombre infantil 
Y finjo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos franquear el abismo -nunca hablándonos, 
                                                               tocándonos- 
antes pensaba que podríamos llenarlo con nuestras lágrimas, 
ahora quiero destrozarlo con nuestra risa


 *Katherine Mansfield (Wellington, Nueva Zelanda, 1888-1923). De Té de Manzanilla & OTROS POEMAS
Selección y traduc. de M. Rosenberg y D. Samoilovich. Editorial Bajo la Luna, 2006