sábado, marzo 31, 2012

Mario Sampaolesi: Malvinas...



(No tener, no desear, ser sin antes ni después, observar el flujo de las emociones, de los recuerdos, de los pensamientos; sentarse inmóvil y quedarse así, sin pensar, pensando desde el fondo del no pensamiento; contemplar el remolino de los sucesos, dejarlos pasar y olvidarlos; olvidarlo todo, vaciarse, volverse amnésico, la mirada hasta más allá de la visión y la vida que deja de ser sueño, que no es sueño.)Y el ex soldado, el ex hombre oye el brutal murmullo de la vegetación agitada por el viento; ve el reguero de huellas de aves marinas y sus distintos senderos a través de las piedras; ve el escarchado suelo, algunas gotas colgantes sobre las hojas de los tussocks; siente en carne viva el picoteo del albatros sobre la masa plateada del pez, su devoración segmentada; ve los dibujos caprichosos de las nubes, sus movimientos veloces; ve el musgo amarillento y mojado pudrirse sobre otros anteriores que se pudrieron se pudren sobre la turba; ve cómo el cadáver de un lobo marino se desintegra desde su carne hacia aquí, cómo se convierte en objeto de una orgía de gusanos; oye los zumbidos babeantes de ese hervidero; vislumbra cómo a metros de allí, las gaviotas, los cormoranes, los chorlitos, los cauquenes revolotean, cazan, defecan, picotean, graznan.
Todo es el mismo bosque.


Las Islas Malvinas forman parte de un Archipiélago ubicado en el Océano Atlántico Sur.
Éste se encuentra a 550 km de la entrada del Estrecho de Magallanes y está formado por más de cien islas, siendo Soledad y Gran Malvina las mayores.
La primera tiene una superficie de 4.353 km2 y la segunda de 6.307 km2.
Las planicies accidentadas con asomos rocosos constituyen el tipo de relieve predominante en esos territorios.

Entre abril y junio de 1982 fueron heridas allí 1.847 personas.
Entre abril y junio de 1982 murieron allí 907 personas.


Cavá un pozo, cavá hijo de puta; sacá con la palita la tierra por ahora negra de Malvinas; cavá te digo, pendejo, y después si querés vivir metete bien adentro de ese agujero porque vienen los ghurkas.
Vienen los ghurkas y estoy solo en esta noche helada, arada por los proyectiles luminosos de la metralla; los obuses caen cada vez más cerca y yo no quiero morir acá, lejos de todos en la congelada noche de las islas, encandilado por los trozos de cielo amarillento de las bengalas, arreado hasta acá como ganado porque soy argentin, pero no quiero morir y hace tanto frío, y vienen los ghurkas, vienen arrastrándose sobre la tierra todavía negra de Malvinas, vienen por mí.
Yo los siento acercarse.
Los suboficiales dicen que después de matar al enemigo ellos le comen el corazón, mi corazón argentino late todavía, los pedazos rotos de mi corazón serán masticados por los ghurkas, tragados hasta el estómago británico de los ghurkas, la sangre de mi corazón celeste y blanco se mezclará con la de ellos, y así nuestros pasados con su carga de dolor y de secreto convergerán en cada pulsación, en cada latido.
Estoy muy solo esta noche y quiero volver, quisiera volver antes de que coman mi corazón, mi corazón que ama tanto esta turba negra y dentro de poco roja de Malvinas.
Pero no puedo irme, no puedo dejar este lugar, este pozo profundo que cavé con mi palita, esta tierra que arañé con mis manos paralizadas de frío, esta turba que aplané, que apisoné a patadas con mis borceguíes escarchados, rociados con las neblinas mutantes de las islas.
Mejor me quedo para cumplir con un destino, algo así me dijo el capitán, pero extraño y no puedo ver aunque todo está fatalmente iluminado y vienen los ghurkas.
Pero en una de ésas, con el correr del tiempo, quién sabe, los trocitos, los pedacitos, las miguitas líquidas de mi corazón, tal vez los cambien.

* Mario Sampaolesi (Buenos Aires, 1955) Entre los años 1989 y 1991 residió en París, Francia. Dirige la revista de poesía Barataria. Ha publicado: Cielo primitivo (1981), La belleza de lo lejano(1986), La lluvia sin sombra (1992), El honor es mío (1992), Puntos de colapso (1999), Miniaturas eróticas (2003), A la hora del té (2007), Malvinas–poema (2010), La vida es perfecta (novela, 2005). Recibió diversos premios. Desde el año 2003 dirige el taller de poesía de la Biblioteca Nacional.

Daniel Terzano: Una marcha melancòlica...




"(...) En medio de la noche, ahí estábamos, parados en una barrera suburbana, una columna de micros con soldados que volvían de la guerra. Los taxistas no lo podían creer. Y después, cuando entramos a Campo de Mayo, recorrimos un tramo indefinido en completo silencio, hasta que empezamos a escuchar, a lo lejos, una marcha, una marcha hermosa, Avenida de las Camelias -una marcha meláncolica, como todas las nuestras, escritas con tonos menores, sin el triunfalismo de circo de las marchas norteamericanas-. Era una noche oscurísima y no sabíamos de dónde venía esa música, hasta que de pronto, cuando la música era ya estridente, vimos una banda tocando en medio de la nada, abajo de una lamparita de no más de veinticinco vatios, en pleno descampado. Y ahí los dejamos, porque los micros nunca pararon y ahora se me ocurre pensar que todavía siguen ahí, en el mismo lugar, tocando La Avenida de las Camelias para nadie. Nunca supe bien qué fue eso, pero me quedó grabado como una visión."

*Fragmento, parte del testimonio de Daniel Terzano --ex combatiente de Malvinas, también psicólogo y escritor--, incluido en el excelente libro Partes de guerra, de Graciela Speranza y Fernando Cittadini.

viernes, marzo 30, 2012

jueves, marzo 29, 2012

Adrienne Rich: Tres elegìas...


Tres elegías


II – Como siempre

Como siempre, muerte. Cuando quiere, donde quiere.  Pero es
por la vida en su conjunto que, finalmente,
nos quedamos en silencio. Debemos detenernos, observar como un todo
lo que aún estaba a medio hacer, lo que estaba
aún bajo revisión. Así se sentía, así pensamos.

Entonces escuchamos la guadaña
avanzar sobre la hierba
aún fresca y dulce.


*Traducción: Gabriela De Cicco. Del libro:  Telephone ringing in the labyrinth (Poems 2004-2006).

Gabriela De Cicco: Poema en diálogo con Adrienne


·
                                             
"The trees inside are moving out into the forest"
                                                         -Adrienne Rich-

Desde el interior los árboles
parten hacia el bosque,
Adrienne, tú y yo lo sabemos
obsrvando paisajes distintos.
Distintas tonalidades de verde
que crecen tanto en las islas,
como en los jardines.

También conocemos como dialogan
dos mujeres, savias de árboles
diferentes; sabemos Adrienne

que la libertad es sentarse
frente al delta de la vida
y escribir extensas cartas
que no hablan de descubrimientos,
pero sí de la ansiedad
que crece como tus árboles,
como mis rosas; como crece
el cuerpo de la amiga
en la noche de amor.

Escribir árboles, Adrienne,
es decir sobre lo sabio,
sobre lo antiguo
que nos atestigua: dos mujeres
que en diferentes lenguas
se cruzan
hablando de lo que saben.


*Gabriela De Cicco (Argentina Santa Fe, 1965). Es poeta, ensayista y periodista. Dirige La Red Informativa de Mujeres de Argentina (RIMA), un portal y red de información e intercambio entre mujeres feministas. Publicó los siguientes libros de poemas: Bebo de mis manos el delirio(1987), Jazz me blues (1989), La duración (1994), Diario de estos días (1998) y Queerland (2011).
El poema que se transcribe està incluido en su libro La duración.


** Fallece la poeta norteamericana: Adrienne Rich (1929-2012): Tomado de la poeta Yolanda Pantin:

"Rich creía que el arte y la política no debían estar separados y se consideraba socialista."Para mí, el socialismo representa el valor moral, la dignidad y los derechos humanos de todos los ciudadanos" dijo al diario San Francisco Chronicle en 2005. "Es decir, los recursos de una sociedad deberían ser compartidos y la riqueza distribuida tanto como sea posible".Rich fue profesora en muchos colegios y universidades, incluyendo Brandeis, Rutgers, Cornell, San Jose State y Stanford.Ganó la beca MacArthur "genius", dos becas Guggenheim y muchos reconocimientos literarios, incluso el Premio Bollingen, la medalla a las artes creativas Brandeis, el premio de poesía Ruth Lilly y el premio Wallace Stevens. En 2003, Rich y otros poetas se negaron a asistir a un simposio de poesía en la Casa Blanca para protestar por la invasión a Irak."

miércoles, marzo 28, 2012

Bruno Schulz: Fragmento del relato La Primavera...


IHe aquí la historia de una primavera que fue más auténtica, más deslumbrante y más violenta que las otras, que simplemente tomó en serio, al pie de la letra, su texto, ese manifiesto inspirado, escrito con un rojo de fiesta, el más claro, el del lacre y el calendario, del lápiz de color y del entusiasmo, amaranto de los telegramas felices de allá…
Cada primavera comienza así, con sus horóscopos enormes y embriagadores y que no están hechos a la medida de una sola estación; en cada primavera –digámoslo de una vez– hay todo esto: desfiles y manifestaciones interminables, revoluciones y barricadas; cada primavera es en un momento dado atravesada por un viento cálido de encarnizamiento, una tristeza, un encantamiento sin límites que busca en vano su equivalente en la realidad.
Más tarde, esas exageraciones y apogeos, esas acumulaciones y éxtasis entran en floración, se funden en la exuberancia de los follajes que se agitan en los jardines primaverales, en la noche, y el murmullo las absorbe. Así las primaveras se traicionan, sumergidas en los murmullos apagados de los parques en flor, en las crecidas y mareas; olvidan sus promesas, pierden una a una las páginas de su testamento.
Sólo esta primavera tuvo el coraje de durar, de permanecer fiel, de mantener todas sus promesas. Después de tantas fracasadas tentativas, anhelos, conjuros, quiso al fin establecerse verdaderamente, hacer explotar a través del mundo una primavera general y definitiva.
¡Viento, huracán de acontecimientos: el feliz golpe de Estado, días patéticos, espléndidos, triunfales! ¡Quisiera que el desarrollo de mi historia atrapara su ritmo animado, que adoptase el paso y el tono heroicos de esa epopeya, el ritmo de esa primaveral Marsellesa!
Insondable es el horóscopo de la primavera. Ésta aprende a leerlo de cien maneras a la vez, busca a ciegas, silabea en todos los sentidos, feliz cuando logra descifrar algo entre los engañosos pronósticos de los pájaros. Lee ese texto al derecho y al revés, perdiendo el sentido y volviendo a encontrarlo, en todas sus versiones, en miles de alternativas, de gorjeos y trinos. Su texto está por entero compuesto de elipsis, de puntos suspensivos trazados en el azul vacío, y, en los espacios entre las sílabas los pájaros deslizan sus caprichosas conjeturas y sus previsiones. Es por lo que mi historia, a imagen de ese texto, seguirá distintas vías ramificadas y será tejida con guiones, con suspiros y frases inacabadas.

IIEn esas noches anteprimaverales, dilatadas y salvajes, cubiertas por un cielo inmenso, todavía austeras y sin aroma, conduciendo a través de los accidentes del firmamento hacia los desiertos estrellados, mi padre me llevaba a cenar al jardín de un pequeño restaurante, encerrado entre los muros ciegos de las últimas casas de la plaza que le daban la espalda.
Caminábamos bajo la luz húmeda de las farolas que vibraban ante los golpes de viento, a través de la gran plaza abovedada, solos, abrumados por la inmensidad de los laberintos celestes, perdidos y desorientados bajo los espacios vacíos de la atmósfera. Mi padre levantaba hacia el cielo su rostro inundado de una débil claridad y miraba con una tristeza amarga la grava de las estrellas diseminada, los torbellinos desatados. Sus densidades irregulares aún no se ordenaban en constelaciones, ninguna figura organizaba aquellas dimensiones estériles.
La tristeza de los desiertos estrellados pesaba sobre la ciudad, las farolas tejían la noche que se proyectaba en el suelo con haces luminosos, que ataban imperturbablemente, nudo tras nudo. Bajo las farolas, los transeúntes se detenían –ora dos, ora tres– en el círculo de luz que creaba en torno a ellos la ilusión efímera del comedor iluminado por su lámpara sobre la mesa, rodeados por una noche indiferente, inhóspita, que se dispersaba por arriba, y devenía un paisaje celeste inextricable, deshilachado por golpes de viento desoladores. Las conversaciones languidecían; con los ojos ocultos en la penumbra de los sombreros, sonreían, meditabundos, escuchando el murmullo lejano de las estrellas, que dilataba los espacios de esa noche.
En el jardín del restaurante los senderos eran de gravilla. Dos farolas de gas silbaban en sus postes.Vistiendo negras levitas, los señores permanecían sentados – dos o tres–, encorvados ante las mesas cubiertas de manteles blancos, con su mirada apagada fija en los relucientes platos. Inmóviles, calculaban los movimientos en el gran tablero negro del cielo, imaginaban los saltos de los caballos, las piezas perdidas y las constelaciones que enseguida ocupaban su lugar.
En el estrado, los músicos mojaban sus bigotes en jarras de cerveza amarga, apagados y silenciosos, sumidos en sí mismos. Sus instrumentos, violines y violonchelos de nobles contornos, yacían abandonados bajo el aguacero silencioso de las estrellas. A veces los agarraban con las dos manos, los probaban, los afinaban con la nota quejumbrosa de su pecho que verificaban carraspeando. Después los dejaban, como si los instrumentos no estuvieran todavía maduros, a la medida de aquella noche que seguía transcurriendo impasible. Entonces, en la marea baja de los pensamientos, entre el ligero tintineo de los cubiertos proveniente de las mesas blancas, un solo violín se alzó bruscamente, precozmente crecido, adulto; hace un momento tan quejumbroso y meditabundo, se mantenía ahora ante nosotros, esbelto, de talla fina, y, consciente de su misión, retomaba la causa humana diferida un instante, continuaba el proceso perdido ante el tribunal del firmamento donde se dibujaban con signos de agua las curvas y los perfiles de los instrumentos, fragmentos de llaves, liras y cisnes inacabados,1 imitativo comentario maquinal de las estrellas al margen de la música.
El señor fotógrafo, que desde hacía algún tiempo nos lanzaba miradas de inteligencia, vino finalmente a sentarse a nuestra mesa trayendo su jarra de cerveza. Nos dirigía sonrisas equívocas, luchaba con sus propios pensamientos, hacía tamborilear los dedos, perdía sin cesar el hilo de la situación. Sentíamos desde el primer momento cuánto había allí de paradójico. Ese campamento improvisado en el restaurante bajo los auspicios de las estrellas lejanas caía irremediablemente en quiebra, se hundía de modo miserable, no pudiendo hacer frente a las pretensiones de la noche que crecían con desmesura. ¿Qué podíamos nosotros oponer a aquellos desiertos sin fondo? La noche aniquilaba la empresa humana que el violín trataba en vano de defender, ocupaba el lugar vacío, disponía sus constelaciones en las posiciones conquistadas.
Veíamos el campamento de mesas en desbandada, el campo de batalla de servilletas y manteles abandonados que la noche franqueaba triunfal: la noche luminosa e incontable. Nosotros nos levantamos, mientras que, habiéndose adelantado a nuestros cuerpos, nuestro pensamiento corría ya tras el rumor de sus carros, tras el lejano y difuso rumor de sus grandes caminos claros.
Caminábamos bajo los cohetes de los astros, nuestra imaginación anticipando iluminaciones cada vez más altas. ¡Oh, el cinismo de la noche triunfante!
Habiendo tomado posesión de todo el cielo, jugaba ahora al dominó, sin apresurarse, sin contar, recogiendo con desdén los millones ganados. Después, aburrida, trazaba sobre el campo desolado miles de garabatos traslúcidos, caras sonrientes, siempre una única y misma sonrisa que, en algunos instantes, ya eterna, pasaría a las estrellas para perderse en su indiferencia. Nos detuvimos en la pastelería para comprar dulces. Apenas habíamos traspasado la puerta acristalada, resonante, con un interior blanco, frío, lleno de golosinas brillantes, cuando la noche detuvo de golpe todas sus estrellas, bruscamente atenta, curiosa de saber si no iríamos a escaparle. Nos esperó todo ese tiempo pacientemente, montando guardia delante de la puerta, haciendo brillar a través de los cristales los planetas inmóviles, mientras que nosotros escogíamos los dulces tras una madura reflexión. Fue entonces cuando vi a Bianka por primera vez. Acompañada de su institutriz, permanecía de pie cerca del mostrador, en vestido blanco, de perfil, delgada y caligráfica, como salida del Zodíaco. Manteniendo una pose característica de joven altiva, no se volvió y siguió comiendo un pastel de crema. Todavía bajo la influencia del zigzag de las estrellas, no la veía con claridad. Así se cruzaron por primera vez nuestros horóscopos, aún muy enredados. Se encontraron y se separaron insensiblemen te. Aún no habíamos comprendido nuestro destino en ese temprano aspecto astral y salimos haciendo resonar la puerta acristalada.
Regresamos después por un camino apartado, atravesando un lejano suburbio. Las casas eran cada vez más bajas y dispersas; finalmente, las últimas estaban separadas y entramos en un clima diferente. De súbito, nos encontramos en medio de una primavera suave, de una noche tibia que plateaba el fango con los rayos de una luna joven, malva pálido, apenas surgida.
Esa noche se anticipaba con un apresuramiento febril a sus fases ulteriores. Hace un momento sazonada con el sabor acre habitual de la estación, el aire se tornó repentinamente suave, insípido, impregnado de los olores de la lluvia, de la tierra húmeda y de las prímulas que florecían en la blanca luz mágica. Era igualmente extraño que bajo aquella luna generosa la noche no llenase aquel plateado fango con el desove gelatinoso de las ranas, que no abriese las ovas, o hiciese hablar a las miles de pequeñas y locuaces bocas diseminadas por los espacios pedregosos, donde en los menores intersticios rezumaban los hilos brillantes de una dulcedumbre agua. Hay que adivinar, añadir el croar al rumor de las fuentes, a los temblores secretos. Un momento detenida, la noche se puso en marcha, la luna estaba cada vez más pálida, como si hubiera vertido su blancura de una copa a otra, cada vez más alta y luminosa, cada vez más mágica y trascendente.
Caminábamos así bajo la gravitación creciente de la luna. Mi padre y el señor fotógrafo me habían tomado entre ellos, porque me caía de sueño. La tierra húme da crujía bajo nuestros pasos. Yo dormía desde hacía algún tiempo, encerrando bajo los párpados toda la fosforescencia del firmamento barrido por signos luminosos, por señales y fenómenos estrellados, cuando finalmente nos detuvimos en pleno campo. Mi padre me acostó sobre su abrigo extendido en el suelo. Con los ojos cerrados, veía el sol, la luna y once estrellas alineadas en el cielo para el desfile, que marchaban delante de mí.
–¡Bravo, Józef!– exclamó mi padre aplaudiendo. Fue un plagio evidente aplicado a otro Józef,4 en circunstancias muy distintas. Nadie me lo reprochó. Mi padre –Jakob– movió la cabeza y chasqueó la lengua, el señor fotógrafo colocó su trípode en la arena, abrió el fuelle de la cámara y se metió bajo los pliegues de tela negra: fotografiaba ese fenómeno extraordinario, ese horóscopo brillante en el cielo, mientras que yo, con la cabeza bañada en la claridad, estaba tendido sobre el abrigo, inerte, sosteniendo ese sueño el tiempo de la exposición.

IIILos días se hicieron largos, claros y amplios, casi demasiado amplios visto su contenido, indefinido y pobre. Eran días llenos de espera, palideciendo de aburrimiento e impaciencia. Un soplo claro, un viento brillante atravesaba su vacío que aún no era turbado por los senderos de los jardines desnudos y soleados, limpiaba las calles tranquilas, largas y claras, barridas como los días de fiesta y que, también ellas, parecían esperar una llegada, todavía desconocida y lejana. El sol se dirigía lentamente hacia el equinoccio, ralentizaba su curso, alcanzaba la posición en la que debía detenerse en un equilibrio ideal, arrojando torrentes de fuego sobre la tierra desierta.
Un soplo infinito recorría el horizonte en toda su extensión, disponía los setos y las avenidas a lo largo de las líneas puras de las perspectivas y se detenía al fin, sofocante, inmenso, para reflejar, en su espejo que abrazaba el mundo, la imagen ideal de la ciudad, fatamorgana sumida en su anfractuosidad luminosa. El universo se inmovilizaba un instante, sin aliento, ciego, queriendo entrar todo entero en esa imagen quimérica, eternidad provisoria que se abría ante él. Pero el segundo feliz pasaba, el viento rompía su espejo y el tiempo volvía a tomarnos en su posesión.
Llegaron las vacaciones de Pascua, interminablemente largas. Liberados de la escuela, deambulábamos por la ciudad sin necesidad ni fin, sin saber aprovechar la libertad vacía, imprecisa, inutilizable. No encontrando nosotros mismos definición, esperábamos una del tiempo que, embrollado en miles de respuestas equívocas, tampoco él sabía encontrar.
Se habían dispuesto ya las mesas en la acera delante del café. Las señoras con vestidos claros estaban sentadas y aspiraban el viento a pequeños tragos, como se degusta un helado. Las faldas flotaban, el viento les mordisqueaba el dobladillo como un cachorro furioso, las mejillas de las señoras se sonrosaban, el viento seco quemaba sus rostros, agrietaba sus labios. El entreacto duraba todavía y su gran tedio, el mundo se acercaba suavemente, con angustia, a una frontera, llegaba –demasiado pronto– a un objetivo y esperaba.
En aquellos días, teníamos todos un apetito de ogro. Deshidratados por el viento, nos precipitábamos en la casa para devorar grandes rebanadas de pan con mantequilla, comprábamos en la calle rosquillas crujientes y frescas, durante horas permanecíamos sentados en fila, sin un pensamiento en la cabeza, bajo el amplio porche abovedado de un inmueble de la plaza del mercado. Entre las arcadas bajas se veía la plaza blanca y limpia. Los toneles de vino estaban alineados a lo largo del muro y olían bien. Repiqueteando con el pie sobre las planchas de madera, entorpecidos por el tedio, nos sentábamos en el largo mostrador en el que, los días de mercado, se vendían las pañoletas abigarradas de las campesinas.
Repentinamente, Rudolf, con la boca llena de rosquillas, sacó de un bolsillo interior su álbum de sellos y lo abrió ante mis ojos.

IVEn aquel momento, comprendí por qué esa primavera había sido hasta entonces tan vacía, tan cerrada y tan sofocante. Inconscientemente, se silenciaba, se callaba, retrocedía, dejaba el sitio libre, se abría enteramente como un espacio puro, un azul sin opiniones ni definiciones, forma asombrada y desnuda que esperaba un contenido misterioso. De ahí procedía esa neutralidad azul, como despertada en sobresalto, esa inmensa disponibilidad. Esa primavera estaba a punto, amplia, desierta y disponible, sin aliento y sin memoria: aguardaba la revelación. ¿Quién hubiera podido prever que saldría, deslumbrante y adornada, del álbum de sellos de Rudolf?
Eran abreviaciones y fórmulas extrañas, recetas de civilizaciones, amuletos de bolsillo en los que se podía agarrar con dos dedos la esencia de los climas y de las provincias. Eran órdenes de pago en imperios y repúblicas, en archipiélagos y continentes. ¿Qué poseían de más los emperadores y usurpadores, los conquistadores y dictadores? Súbitamente sentí la dulzura del poder, el acicate de esa insatisfacción que sólo el gobierno de las tierras puede saciar. Con Alejandro el Grande yo deseé el mundo. Y ni una pulgada menos, todo el mundo.


VSombrío y ardiente, colmado de un áspero amor, recibía el desfile de la creación: países en marcha, comitivas brillantes que veía a intervalos, a través de eclipses púrpuras, aturdido por los golpes de la sangre que gol peaba en mi corazón al ritmo de esa marcha universal de todas las naciones. Rudolf hacía desfilar ante mis ojos batallones y brigadas, organizaba la parada con celo, con dedicación. Él, el dueño de ese álbum, se degradaba voluntariamente, descendía al rango de un ayuda de campo, recitaba su informe solemnemente, como un juramento, cegado y desorientado en su rol ambiguo. Finalmente, en un arrebato, empujado por una magnanimidad desmesurada, colocó en mi pecho –como si se tratara de una medalla– una Tasmania rosa, resplandeciente como el mes de mayo, y un Hajdarabad plagado de alfabetos extraños, entrelazados.

VIFue en aquel momento cuando tuvo lugar la revelación, aquella visión bruscamente descubierta de la belleza del mundo; fue en entonces cuando llegó la buena nueva, el mensaje secreto, esa misión especial de poderes incalculables.
Se abrieron de par en par los horizontes llameantes y severos hasta cortar el aliento, el mundo temblaba y centellaba, se inclinaba peligrosamente, amenazando con romper todas las reglas y todas las medidas.
¿Qué es para ti, querido lector, un sello postal? ¿Y qué el perfil de Francisco José I con su calvicie ornada por una corona de laurel? ¿Acaso no es el símbolo de la grisalla cotidiana, límite de todas las posibilidades, garantía de fronteras infranqueables donde el mundo ha sido encerrado de una vez y para siempre?
En aquella época, el mundo estaba cercado por Francisco José I y no había salida que llevara más allá. Ese perfil omnipresente e inevitable surgía en todos los horizontes, aparecía por todos los rincones de las calles, cerraba el mundo con llave como una prisión. Y he aquí que, en el momento en que nosotros ya habíamos perdido la esperanza, cuando llenos de una amarga resignación habíamos aceptado la univocidad del mundo, su estrecha invariabilidad cuyo poderoso garante era Francisco José I, en aquel momento, oh Dios mío, abriste súbitamente ante mí ese álbum de sellos como una cosa anodina, me has permitido echar una mirada fugaz sobre ese libro fascinante, sobre ese álbum que abandonaba su ropaje a cada página, cada vez más cegador, cada vez más conmovedor… ¿Quién va a reprocharme por haber quedado deslumbrado, paralizado por la emoción, que las lágrimas corriesen de mis ojos bañados de clari-
dad? ¡Oh, relatividad maravillosa, acto copernicano, fluidez de las categorías y las nociones! ¡Así, oh Dios mío, has permitido tantos modos, incontables, de existencia! Es más de lo que yo había soñado en mis sueños más locos. ¡Así se ehizo verdad esa anticipación del alma que, contra toda realidad, se obstinaba en creer que el mundo era infinito!

*Narrador y dibujante polaco.

Nelson Guerra: Gloria de luz

LUZ
En la última clase de química, aquel profesor, con toda la pobreza chorreando angustias desde sus anteojos, quemó para nosotros
¡un diamante!
¿ven? ¡ no es más que carbono!
El oxígeno (que es azul en grandes cantidades y desmesurado para Isabel que sufre de asma) lo consume.
Ya perdió el mundo su diamante.
¿Quién me importuna ahora pidiendo el nombre del minero?
Fue una gloria de luz.
Un baile para nuestras sombras (las de entonces).
Una fantasmagoría de rostros espolvoreados por los rayos de la alquimia.
Como una guiñada del creador
o el nacimiento de una estrella
o el reventón de una arteria en el cerebro.

No habrá memoria del diamante.
Sí de la luz.
Yo la llevaba al salir, para enfrentar el azote de la llovizna.
Tal vez la llevaba también Isabel, que nunca se animó a bailar conmigo.
Su boca entreabierta se esforzaba debajo de la bufanda a cuadros.
Yo que quería tomar su mano
y tampoco.
El profesor se apresuró a chapotear todos los charcos para treparse al ómnibus.

Y yo nunca tuve un diamante propio
si lo tuviera
lo quemaría ante mis hijas,
para verlas conmovidas, pequeñitas, humedecidas de luz universal
y les diría:
Hubo una vez un cataclismo que produjo una geológica gloria diminuta.
La rescató un minero rodeado de poderosas tinieblas.
Esa noche su familia cenó.
De ahí viene la luz.


*Nelson Guerra nació en Montevideo, en 1943. Poeta y narrador. En 1974 edita la revista de arte y literaturaImágenes. Interviene en la muestra de poesía ilustrada organizada por el Ateneo de Montevideo. Es docente de los talleres literarios del departamento de Maldonado. Publicó: El esquema, cuentos, 1974; Los ojos del viento sur, cuentos, 1983; Más o menos a las siete, 2002, cuentos. El poema que se transcribe pertenece al poemario inédito Verso libre.

martes, marzo 27, 2012

Circe Maia: El tercer patio...



Desde aquí arriba se ven los fondos de otras casas
sus patios posteriores, algunos muy descuidados.
Mirando bien, hay tres muy diferentes
que se dan la espalda, ignorándose.

El que está aquí debajo es el peor: hay piedras y maderas
también algunos ladrillos y papeles.
El otro, de anchas baldosas rojizas
está vacío totalmente: nada.
(Ni un alambre de ropa, ni un balde, ni una planta.)

Y aparece en el aire la balanza invisible
que pesa en sus platillos
de un lado el abandono
y del otro, el vacío. (Rastros del ser de un lado
puro no ser del otro.)

Y el miedo
de que queden los ojos prisioneros
en esas dos imágenes y vean como un sueño
el tercer patio, apenas entrevisto
donde hay un banco, bajo una sombra verde.



* Circe Maia (Uruguay, Montevideo, 1932).

lunes, marzo 26, 2012

Ida Vitale: Poemas


Mariposa, poema

En el aire estaba
impreciso, tenue, el poema.
Imprecisa también
llegó la mariposa nocturna,
ni hermosa ni agorera,
a perderse entre biombos de papeles.
La deshilada, débil cinta de palabras
se disipó con ella.
¿Volverán ambas?
Quizás, en un momento de la noche,
cuando ya no quiera escribir
algo más agorero acaso
que esa escondida mariposa
que evita la luz,
                                 como las Dichas.

Otoño

Otoño, perro
de cariñosa pata impertinente,
mueve las hojas de los libros.
Reclama que se atienda
las fascinantes suyas,
que en vano pasan del verde
al oro al rojo al púrpura.
 
Como en la distracción,
la palabra precisa
que pierdes para siempre.

Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina?

Mes de mayo

Escribo, escribo, escribo
y no conduzco a nada, a nadie.
Las palabras se espantan de mí
como palomas, sordamente crepitan,
arraigan en su terrón oscuro,
se prevalecen con escrúpulo fino
del innegable escándalo:
por sobre la imprecisa escrita sombra
me importa más amarte.

*Poeta y crìtica uruguaya (Montevideo, 1924).


Suleika Ibàñez: La escalera


                                          Nacida de la calle, la
                                           escalera sube a la muerte


Subió la escalera hacia la muerte, el santo, el amante, el

asesino, el muerto,

pues la escalera subía pasa a paso y caía paso a paso, como

todas las escaleras,

subía hacia el pecado, hacia los enloquecidos espejos que

reflejan de pie, de cabeza, en sus aguas oscuras, pero siempre
con una rosa roja en el corazón.

y por exceso de amor a nada, a todo, subía a matar o morir,
vestido de locura, de la tela traslúcida de los elegidos, la tela

de gala y horror, parecida a las olas del océano, a las sábanas del
amor, a los hábitos manchados de sangre, a las alas de los
pájaros negros del olvido en el alba,

y cuando bajó, su voz era de color azul de flor exótica, y sus

ojos flechas ajadas por el viento hacia ninguna parte,

y la sangre resbaló por el mármol, y escaleras abajo, de

caminero de púrpura salvaje que los dioses pisaron temblando.

* Suleika Ibáñez, poeta uruguaya, de su libro Homenaje a Jean Genet .

domingo, marzo 25, 2012

Jaroslaw Iwaszkiewicz*: Ìcaro...




Hay un cuadro de Brueghel llamado  Icaro. En él se ve a un campesino que ara la tierra en un alto acantilado sobre el mar; un pastor impasible apacienta su rebaño, y un pescador tiende las redes en la costa. A lo lejos, puede vislumbrarse una tranquila ciudad. En el mar navega, con las velas desplegadas, un barco en cuyo puente unos comerciantes discuten sus negocios. En fin, estamos ante los afanes y preocupaciones cotidianos, frente a una vida de simples menesteres y problemas humanos sencillos. ¿Dónde está Icaro?¿Dónde está aquel que trató de alcanzar el sol? Sólo si observamos minuciosamente el cuadro, podremos descubrir en un rincón del mar un par de piernas que se sumergen en el agua, y arriba, revoloteando en el aire, unas cuantas plumas que el brusco descenso desprendió de las alas ingeniosamente fabricadas. La caída ha ocurrido hace un instante apenas. Se trata del temerario que, según la leyenda griega, construyó unas alas para volar y se elevó a tal altura que llegó cerca del sol. Sus rayos fundieron la cera con que se había pegado el joven las plumas, y el desdichado se precipitó en el abismo. La tragedia ha ocurrido; helo allí que se hunde y se ahoga en el mar. Pero los hombres nada han advertido. Ni el campesino que ara la tierra, ni el comerciante que navega, ni el pasajero que contempla el cielo, ninguno se ha dado cuenta de la muerte de Ìcaro. Sólo el poeta o el pintor la han visto y la han transmitido a la posteridad.
Ese cuadro me viene a la memoria cada vez que recuerdo un episodio que me tocó vivir. Era en junio de 1942 o 1943. Un bellísimo crepúsculo de verano descendía sobre Varsovia, un resplandor rosado creaba sombras que embellecían las casas destruidas, y en el hormigueo impetuoso de la multitud que subía a los tranvías para llegar a casa antesdel toque de queda, el conjunto de los vestidos civiles ocultaba los uniformes, raros a esa hora. En aquel momento las calles de Varsovia, animadas y bellas en el esplendor de junio, podían dar la impresión de que la ciudad estuviese libre de los invasores. Sólo por un instante...
Esperaba el tranvía en la parada de la esquina de la calle Trebacka  con la Krakowskie Przedmiescie. Las rojas carrocerías tranviarias, campanilleaban sonoramente y se alineaban, una tras otra, a lo largo de Krakowskie Przedmiescie. La gente se aglomeraba para subir, saltaba a los estribos, se colgaba de las puertas, se apiñaba tanto dentro como fuera de los vehículos. De cuando en cuando, pasaba a toda prisa un "cero" rojo, reservado a los alemanes, y por ende casi vacío. Debí esperar bastante tiempo un tranvía en el que se pudiese entrar con menos dificultad. Pero, cuando al fin llegó uno, no tenía ya deseos de subir; de improviso le había tomado gusto a aquella multitud que me rodeaba indiferente del todo a mi presencia. Frente a mí, sobre su pedestal, se erguía la estatua de Mickiewicz; en torno al monumento humildes plantas floridas emanaban un grato perfume; los automóviles trazaban con un chirrido la curva frente a la iglesia de las Carmelitas; los muchachos pregonaban a gritos sus periódicos; frente a un resplandeciente escaparate hormigueaban los vendedores de cigarrillos y de pasteles; se cerraban con ruido las puertas metálicas y las rejas de las tiendas; en el jardincillo, los bancos estaban repletos de viejos y  jóvenes; gorjeaban los gorriones, fijos ellos también en las ramas de los frágiles arbolillos...Todo esto se sumergía lentamente en el azul crepúsculo de la tarde estival. En ese instante sentía pulsar el corazón de Varsovia, e instintivamente me mezclé entre la multitud para permanecer un poco más de tiempo junto a ella y entre ella y disfrutar de aquel atardecer varsoviano. 
En un determinado momento observé a un muchacho que venía por la calle Bernardcka. Apareció detrás de un tranvía en marcha, y se detuvo en el pequeño camellón, de espaldas al ir y venir de la multitud, con la cara vuelta hacia la acera y sin apartar los ojos de un libro con el que había surgido en aquel crepúsculo cada vez más gris.
Podía tener quince años, dieciséis a lo sumo. De tanto en tanto, mientras leía, sacudía  la rubia cabellera, y, con la mano, apartaba después los cabellos que le caían sobre la frente. Del bolsillo, sobre su cadera, asomaba un segundo libro. El primero lo llevaba abierto frente a los ojos y evidentemente era incapaz de desprenderse de él. Con toda probabilidad, lo había conseguido hacía poco de un compañero o de una biblioteca clandestina, y sin esperar a la llegada a casa, se mostraba impaciente por conocer el contenido, aún en la calle. Me desagradaba no saber qué libro era; de lejos parecía un manual, pero me decía que ningún manual puede despertar tan vivo interés en un joven. ¿Serían versos? ¿Tal vez un libro de economía? No lo sé. El muchacho permaneció un poco en el camellón, inmerso en la lectura. No hacía caso de los empellones, ni de la multitud que se apiñaba alrededor de los vehículos. Detrás de él se asomó más de una cara enrojecida, pero él seguía sin apartar la mirada del libro. Y después, siempre con el libro bajo los ojos, tal vez molesto por los empujones y el estrépito, o tal vez asaltado de improviso por una necesidad inconsciente de llegar a su casa, lo vi descender a la calzada, frente a un automóvil que apareció en aquel  instante.
Se oyó el chirrido violento de los frenos y el silbido de los neumáticos sobre el asfalto.
Con la intención de evitar el choque, el conductor viró bruscamente y detuvo en seco el vehículo en la esquina de la calle Trebacka. Advertí, lleno de espanto, que era un coche de la Gestapo. El muchacho del libro trató de esquivar el automóvil, pero inmediatamente se abrió la portezuela posterior y dos individuos, con el casco adornado por una calavera, saltaron a la calle. Se hallaban exactamente frente al muchacho. Uno de ellos gritó algo con voz gutural y el otro, trazando con el brazo un gesto circular, invitó con mofa al muchacho a subir. Aún ahora puedo ver a aquel joven, detenido frente a la portezuela, confuso,totalmente avergonzado... Veo cómo se disculpaba, cómo movía la cabeza en un ingenuo gesto de negación, semejante a un niño que promete: "No lo volveré a hacer"... Parecía estar diciendo: "No he hecho nada... sólo esto...", e indicaba el libro que había producido su descuido. Como si hubiese sido posible explicar alguna cosa. Se negaba a subir al auto, como en un último impulso de la vida que estaba perdiendo. El gendarme le pidió los documentos, le arrebató de las manos la carta de identidad que había extraído de un bolsillo, y con un gesto violento, lo empujó hacia el interior. El otro lo ayudó. Subió el muchacho y tras él los hombres de la Gestapo; la portezuela se cerró y el vehículo partió bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad hacia la avenida Szucha...
Lo perdí de vista. Desolado por lo ocurrido, miré en torno mío, buscando comprensión en alguien. El muchacho del libro había desaparecido para siempre. Con el más grande estupor, comprobé que nadie se había dado cuenta del suceso. De manera tan fulminante se había desarrollado lo que he descrito. Todos los peatones que formaban aquella multitud se hallaban tan ocupados en sus propios afanes, que el rapto del muchacho les había pasado inadvertido. Unas señoras que había a mi lado discutían si era conveniente tomar tal o cual tranvía, dos tipos encendían sus cigarrillos tras el poste de la parada, una vieja con una cesta en la mano junto a la pared, repetía sin tregua su "Limones, limones magníficos, limones...", como un conjuro budista, y otros jóvenes corrían por la calle tras el tranvía que se iba, arriesgándose a terminar bajo un automóvil...
Mickiewicz estaba allí, tranquilo, y las flores exhalaban un suave perfume; un leve vientecillo agitaba las tiernas ramas en derredor del monumento. La desaparición de aquel joven no había significado nada para nadie. Sólo yo había visto ahogarse a Icaro. Permanecí allí aún mucho tiempo, aguardando que la multitud se disgregase. Pensaba que tal vez Michas, así lo llamé en la imaginación, volvería. Me imaginaba su casa, sus padres que esperaban su regreso, a la madre mientras preparaba la cena, y no podía resignarme a que ellos no pudiesen saber de qué manera había desaparecido su hijo. Conociendo las costumbres de nuestros ocupantes, preveía que no habría podido liberarse de sus tentáculos. ¡Y todo había ocurrido de un modo tan estúpido! La insensata crueldad de aquel secuestro me sobresalta y me turba todavía. Aquellos que han muerto en las batallas, que sabían por qué morían, encontraron tal vez consolación en la idea de que su muerte tenía sentido. Pero quienes como mi Icaro han sido sumergidos en el mar del olvido por una razón tan cruel como insensata...Llegó la noche. La ciudad se adormecía en un sueño febril, malsano... Me aparté por fin de la parada, pasé junto al monumento de Mickiewicz, y me dirigí a pie hacia mi casa...Mientras continuaba persiguiéndome la imagen de Michas, que movía la cabeza como si dijera: "No, no, la culpa es del libro... En adelante, tendré más cuidado...".

*Escritor polaco.