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martes, julio 17, 2018
miércoles, noviembre 02, 2016
Liliana Ponce: Sobre El privilegio de los años, de Graciela Perosio,
Sobre El privilegio de los años,
de Graciela
Perosio,
Ed. Leviatán,
Bs. As., 2016
El privilegio de los años, de Graciela Perosio, comienza y termina con dos
textos en prosa que dan enmarcan y orientan una posible lectura del libro. El
primero –presente también en Escampa, el
corazón, la antología personal de la poeta publicada hace unos meses–,
expone en tercera persona metáforas e imágenes acerca del tiempo y su impacto
en las vivencias –y alude a esa construcción como trama, bordado, tela desplegada.
El otro, de cierre, escrito en primera persona, remite también metafóricamente,
a la obra como casa construida, y al río de lágrimas que desde ella se vislumbra
y que, por último se trastoca en risa.
Pero
sumergiéndonos ya en la serie de poemas que conforman el cuerpo del libro, observamos
algunos ejes que lo recorren y lo articulan el libro.
El primero
sostiene la conciencia del paso del tiempo –ese transcurrir que lo humano, se
sabe, conoce tanto por saberse en un cuerpo desgastado, como por contemplarse
en un espejo de vías atravesadas. Con los años, se ha perdido la intensidad de
las vivencias, y la ansiedad o el temblor ya no tienen ese ardor que nos
representaba en debilidad –aunque ese punto es, justamente, lo que nos permite
abordar otros estadios. Dice Perosio en uno de sus primeros poemas:
(pensar
que venimos
del
irreverente deseo
de
los cuerpos
y
ahora, ya cansados
se
aquietan
entonces,
descubrimos
el
inextinguible anhelo
de
las almas)
En los poemas
prevalece el yo, la primera persona. A veces se va hacia un nosotros inclusivo,
estableciendo un diálogo con el lector, esperando su anuencia. Y eso está
reforzado en el comienzo del libro, que parte como si fuera evaluación o
balance, y desde allí despliega su recorrido.
Ligado al lugar
del sujeto poético, está el de la identidad –reconocerse en el propio cuerpo,
en el recuerdo y en la mirada del otro. La entidad del yo, que tanto sostiene
en nuestra cultura, no es la misma para el pensamiento del budismo, que afirma
que el yo carece de sustancia, es permanente devenir de estados de conciencia que
se diluyen y se transforman. Y esa pareciera ser la mirada de la poeta,
aceptando dudas, aceptando preguntas. Así podemos leer en este fragmento de uno
de los poemas de mayor intensidad emotiva:
“[…]¿será
cierto que los hechos ocurrieron así?”
la
memoria se divierte con la fragilidad
de
nuestros sentimientos
y
dibuja historias fáciles de confundir
la
palabra “yo” nombraba algo
hace
tres meses
que
hoy no nombra (p. 20)
En otro texto (las
otras personas…, p. 22), se superponen con humor rostro y
máscara-personaje, en interrogante de dónde está lo que somos y lo que los
otros ven de nosotros.
Se insertan en
varios poemas figuras de movimiento: el salto de acrobacia, el girar de una
calesita, el empujar un cochecito, que representan el cambio y lo inapresable.
Pero también hay figuras que multiplican su sentido, como el símbolo de la
carta guardada en un sobre entre los libros del poema como si tal cosa… (p. 16), que aparece como un secreto mensaje a
ser leído e interpela, demanda, comparece. Pero a su vez, la palabra “carta” en
nuestro dialecto también puede señalar al naipe, referencia que abre otras
lecturas: puede ser la carta de una adivina, o la baraja que se arroja y
vaticina e interpreta los hechos.
El tiempo, para
los hombres, se percibe como un continuum,
una línea que no puede segmentarse. Sin embargo, al recordar, la memoria se
aísla en figuras en relieve o ahuecadas, en las que sobresalen la felicidad de
un instante o las astillas del dolor. Hay en ese camino huellas, recuadros,
donde Perosio se detiene y sustrae imágenes con el halo de la emotividad y el
pulso, porque ¿qué construimos con lo que reconstruimos?
Podemos
encontrar que la poeta extrae recuerdos de la infancia, como la llegada del
lechero y su rutina matinal (p. 30); o aquél donde se ve como la niña
pensadora, distraída para los mandatos cotidianos pero viajera en sueños y
reflexiones (p. 32). Hay escenas del quehacer cotidiano y de recorridos por la ciudad. A menudo, esos
recuerdos cruzan lo visual y lo sonoro, música, palabras, imágenes, que van del
pasado más cercano a un plano más hondo, lejano, como en el poema que comienza
”las estructuras del cochecito…” (p.
50), en el que tiempo y espacio rodean la mirada del yo poético, en un trayecto
de múltiples vías.
La conciencia del
tiempo y sus señales, ha tenido enorme peso en la literatura italiana –sea en
su poesía, la ficción y la filosofía. Aunque no soy especialista en ese campo, vienen
a mi mente algunos autores que estuvieron entre mis lecturas: Pavese, Calvino,
Ungaretti, Montale. Y llegan así diversas asociaciones, como el mismo inicio de
la Divina Comedia: “Nel mezzo del
cammin di nostra vita…”.
La voz de la
lengua italiana (dejando de lado algunas inclusiones del portugués) está
inserta con firmeza en el libro –está en expresiones, versos, fragmentos de
canciones. Y también, creo, en el ritmo de los poemas, su fraseo, que percibo
en otros libros de la poeta y pueden marcar, usando un término hoy riesgoso, ciertas
líneas de su estilo. Perosio usa un ritmo expansivo, abierto, que enuncia como
si quedara espejada el habla coloquial. El lector puede confiar en ese decir
como accesible explicación o aserto, pero creo que, en realidad, se trata de un
falso espejo: es sugerencia de duda, interrogantes, e induce a poner en juego
el sentido de significados propios.
Los poemas de Graciela
Perosio parten de una experiencia, o de un recuerdo de la experiencia, o de una
reflexión sobre ella. En este aspecto me parece importante considerar el lugar
de la experiencia en las manifestaciones de la poesía, y para ello tomo como
referencia el enfoque de Giorgio Agamben en su ensayo Infancia e Historia, donde expone que una de las carencias de
nuestra época es eludir o no considerar la experiencia, y de cómo aceptar o
negar esa actitud modificó a la poesía a través del tiempo. El hombre moderno,
dice, no sabe sumergirse en los hechos que vive, su alienación lo lleva a
sobrevolar la vorágine cotidiana o interponerla con algún tipo de pantalla. La
poesía, justamente, se sitúa en ese punto de inflexión en el que el sujeto,
enmascarado o trasvasado en el sujeto poético, reconstruye esa experiencia, le
da entidad, aunque el resultado obviamente no pertenece al campo del
conocimiento científico. El poema emerge de otro plano, se hace cuerpo pero
niega autoridad o axioma; se proyecta en una realidad que está más cerca de la
imagen onírica, de su saber intangible, que del objeto de la ciencia.
En el poema de
cierre, Finalmente… Perosio expone
sobre un zona ambigua y arborescente como es dar fin a un poema: reto ilusorio,
aceptación de que ha surgido a contrapelo de la teoría, de la conciencia de sus
pautas, necesidad de dar el salto, y situarse en la disponibilidad, la apertura
a otro posible comienzo. Perosio roza huellas del pensamiento budista, y más
precisamente de la escuela zen, al verse ante su propio texto:
estás fresca ante el espacio blanco
con la simple gratitud
del principiante
Allí remite a un título del maestro Shunryu
Suzuki, Mente zen, mente de principiante,
que a su vez se refiere a un antiguo principio budista empleado incluso en las
enseñanzas del teatro noh en Japón [en
japonés, shoshin]: después de
adquirir las destrezas requeridas, el discípulo debe mantener la avidez, el
entusiasmo, pero también la libertad del principiante.
Y la cita final de ese mismo poema:
(“si
encuentras al Buda, mata al Buda”)
es un conocido koan atribuido al monje chino Lin Tchi[1] y mencionado por numerosos
maestros zen. Su sentido desafía
y se abre a los riesgos de una múltiple interpretación.
Por último, y
haciendo uso de un recorrido inverso, haré referencia al título de esta obra de
Perosio, El privilegio de los años. El
término “privilegio” alude a un bien preciado poseído, en contraste con quien
no lo tiene o carece de él. Pero cuando se agrega que ese privilegio es el de
los años, el contraste tiene resonancias tanto felices como paradójicas –se
llega a la madurez, se vive más, con el riesgo del deterioro del cuerpo, con
una historia que se lleva como faro, a veces detrás de los párpados. El
presente siempre tendrá suprema fuerza, y tratar de instalarse en él es diario
desafío. La risa, presente en muchos textos filosóficos de Occidente, y
resolución de numerosos relatos del budismo, emerge al final del libro como
gesto irreverente, de desparpajo, pero también de secreta celebración.
Liliana Ponce
Octubre de 2016
martes, octubre 25, 2016
Monica Sifrim: "El cielo una sola vez", de Dolores Etchecopar
En una primera y
ligera lectura de El cielo una sola vez
encontré una mención a la flor del asfódelo y recordé ese famoso, largo poema
sobre el amor en la madurez de Wiliams Carlos Williams que se titula
“Asfódelos” y dice, en un fragmento final cuya traducción mejoramos con Sandra
Toro sobre la traducción original de Octavio Paz:
"¡Sobre el
asfódelo, esa flor verdosa, vengo a cantarte, querida!
Mi corazón se
despierta pensando en traerte novedades de algo que te preocupa y que preocupa
a muchos hombres.
Mirá: lo que suele
llamarse novedad, no vas a encontrarlo
si no es en los
poemas que se menospreciaron."
Es difícil obtener
novedades de los poemas y sin embargo cada día los hombres mueren
miserablemente por carecer de eso que está ahí
Con ese epígrafe,
la poeta norteamericana Adrienne Rich titula un libro de ensayos vivenciales
sobre la poesía. Se llama “What is found there”( Lo que está ahí”, o “lo que se
encuentra allí”) Eso que puede recibirse únicamente de la poesía. ¿Y aquel eso entonces
qué sería? Me sedujo la idea de acercarme a este libro y a la emoción me
provoca blandiendo esa pregunta: ¿qué es lo que se encuentra solamente en el
libro nuevo de Dolores Etchecopar?
Por supuesto que
yo tampoco lo sé, yo menos que menos. Pero percibo que en estos poemas el
lector es llevado a ese lugar, al contacto con eso. En principio porque aquí
las cosas parecen vistas por primera vez. Hay pureza. Una pureza rara de
encontrar. Cuanto más pura esta poesía, más refractaria a la interpretación. Y precisamente
en su peligro reside su deleite. En vez de asirnos, nos desorientamos y
perdemos pie. Caemos al otro lado del espejo donde sólo los símbolos del sueño,
de los cuentos y de las leyendas se vuelven familiares: hachas y talismanes,
zapatos, liebres, árboles, ovejas.
Frente a un tipo
de poesía que se detiene en narrar los acontecimientos objetivos de la vida
corriente y construye razonamientos partir de esos hechos, Etchecopar asume que
el lenguaje no es real y pide cantar lo inusitado. O, como dice ella, cantar
“lo breve de un cielo que se espanta con el pensamiento”.
Además de pureza
hay un secreto que recorre este libro casi como un escalofrío. Es algo oculto
en primer lugar para la autora. Esa lengua no es solo irreal sino también
desconocida y Etchecopar no la traduce para nosotros, no intenta descifrarla.
Toma el secreto con la punta de los dedos y lo acomoda amorosamente sobre el
lomo del silencio para fascinarnos con su propia fascinación. En el proceso, va
creando una intimidad con el lector en las modulaciones de lo oculto y vibrante
que va del poema al oído “Lo que vino habló y habló en una lengua desconocida/
abracé la destemplanza y la fruición de los materiales/ de noche al apoyar el
oído en la almohada/ latían barrios remotos iluminados como pequeños altares/
las palabras despeñaban una y otra vez/ una admonición que no estaba en mi
comprender”
Entonces estos
textos, por supuesto, no nos aportarán novedades sobre nuestro mundo, como
diría Williams, hablarán en voz bajita: “no hables tan alto delante de la
noche” se avisa en otro verso.
Los poemas traerán
resonancias de un mundo enrarecido que se enrarece todavía más para que se
desaten los poemas. Vemos que la ciudad se hunde y asistimos a la hora en que
la llanura desaparece. Pareciera que hace falta un hundimiento de lo conocido
para que emerja lo otro que es muchas veces, el campo, el sueño, lo feérico. En
el campo la poesía nace del parto de un caballo y se le ven las patas, y es una
hembra. Ya se habían diluido antes los límites entre personas y animales y la
poeta también sabe mirar con el ojo del animal. Tras el parto, tirando de las
patas asoma el poema y, después de diez años de silencio, sin explicaciones,
aparece la voz que primero recuerda y más tarde debe liberarse de lo que se ha
aprendido a recordar.
La inquietud que
provoca el nacimiento solo puede rodearse con preguntas. Le pregunta al
arriero, a los huéspedes, al esposo niño, a las manos de las momias de los
niños incas hallados en la nieve en la alta montaña.
Este un libro que
sugiere un balance de vida, Etchecopar recorre del revés la historia personal y
descose los hilvanes falsos de lazos maritales filiales y maternos. “hijo, hija
/ largo alumbramiento/ suelos sin caldear que se fueron de mi/ y aun así
todavía/ doy a luz un vacio/ donde rezar/ un hijo, una hija/ no allí donde me
ciegan los nombres cansados de las cosas/ sino donde pueda darme absolución/
una palabra que anide y cante/ como algunos pájaros/ cerca de la caída.”
El poema a la boda
es otro de los momentos más intensos y ricos del libro: “Yo me casé forastera
en un jardín/ sin que se viera/ el cura se paró entre los agapantos y rezó/
rezó un rezo larguísimo que aún vive entre las hojas/ y en el pasto alto cuando
llega el viento/ yo me casé sin calcular la alegría/ lejos de un país/ mi
esposo era callado como una flor/ y me dio silencio con la luz de sus manos
También se arroja
una luz nueva sobre los lazos fraternales y, más aun, en el poema Escriban en
papelitos interpela a sus poetas coetáneos: La rueda de poetas sigue andando/
una espalda se inclina sobre la página/ y la deja ir entre otras hojas
escritas/ así crezca su ímpetu y su murmullo/ así nos lleve como un río el
poema de todos”
Un crítico
anglosajón proponía que hay una literatura de microscopio, que agiganta lo
pequeño y cotidiano, y otra de telescopio (que achica y acerca lo desconocido
hasta traerlo a la mesa de trabajo). En ese sentido, esta poesía de telescopio,
que parece pequeña y apretada, escrita con minúsculas, procura con la siembra
de pequeños altares personales iluminar los enigmas más universales: la soledad
y el dolor, los del mundo, el silencio divino, la muerte del amor y el temor a
la muerte.
Un libro de
balance decíamos, con latidos de un carpe
diem melancólico como cuando llama a los amigos a beber, o expresa la
extrañeza por el tiempo vivido; la perplejidad del cumpleaños o la percepción
de que la ronda de poetas seguirá rodando cuando nosotros ya no estemos. La
noción de fin hace equilibrio con una aguda conciencia de lo endeble y lo
frágil que en algunos poemas provoca en el lector sensaciones casi físicas:
“Doy vueltas como una oveja esquilada/ a la que asusta su reciente levedad/ lo
poco que pesa una herida expuesta”
En la diagramación
del libro aparecen dos zonas muy diferenciadas. Pareciera por momentos que una
es la del poema en sí mismo y la otra corresponde a una mirada sobre la
escritura. A veces alude en las páginas pares a la sustancia onírica de que
está hecho el poema o al movimiento de lo fluido que la poesía congela (riamos
del zigzag que hace la vida que es como una liebre). Esos textos de las páginas
pares, mayormente en bastardilla, bordean el comentario, como una exégesis
falsa sobre las escrituras de las páginas impares. Parece que fueran a
explicarnos algo, pero no.
A tientas
percibimos que en el mapa del libro hay fuerzas en colisión “peligra el hilo
que nos “une las almas” “una gota de odio descendió, horadó la gratitud”. Las
palabra de la poesía siempre brindan amparo “Y veo en la peligrosidad/ un árbol
que pudiera ser refugio del poema” o “Hablamos para que no se nos note la
mudez”. Creo que la palabra peligro es una de las que más aparecen en los
poemas.
Volviendo a los
motivos por los que este libro me deslumbra, quiero señalar la libertad con que
palabras y texturas, símbolos y referentes se combinan de un modo que es a la
vez salvaje y preciso, feroz y delicado, armando un diccionario que es
únicamente suyo. Cada imagen asoma como algo inesperado y vibrante, pero no con
la estridencia ni la vaguedad de los surrealistas sino con un permiso muy
particular para abrir las tranqueras de la imaginación y dejar que se liguen
las palabras, soltando los sentidos, quebrando la prisión del referente y
expulsando los lugares comunes. Esa libertad solo se alcanza cuando el poeta
tiene tal dominio de sus herramientas que las deja independizarse, como los
buenos músicos cuando se ponen a improvisar.
A lo lejos
resuenan ecos de relatos personales e historias familiares o leyendas
folklóricas que a nadie le interesa reconstruir porque así, desperdigados como
arena por sobre las palabras, son mucho más hermosos.
Finalmente, los
diálogos secretos que implosionan desde la memoria en este libro no son los de
la vida solamente. La memoria es también ese mortero de la literatura que
Dolores leyó, los poetas franceses, belgas, alemanes. Y el oído educado con
atención y deseo para recuperar la resonancia de poetas argentinos como
Pizarnik, Molina, Orozco, Madariaga, Bailey, Viel Temperley y Alberto Girri.
Seguramente de ellos aprendió la autora también una ética de la forma para
trabajar los textos hasta la extenuación, sin atajos, golpes bajos, ni trampas.
Como dice Valery: “Un verdadero escritor es aquel que no encuentra las
palabras. Entonces las busca. Pero al buscarlas encuentra las mejores.” Celebro
entonces el nacimiento de este libro de una de las poetas más verdaderas que
conozco.
domingo, septiembre 07, 2014
Cienvolando: Variaciones de la luz
Dice Mónica Sifrim:
"Pese
a los anuncios de mal tiempo, el primer libro de nuestra nueva editorial,
"Cienvolando", se presentó a sala llena con regocijo, calidez e
inteligencia. La poeta Diana Bellessi era la autora en esta ocasión y leyó,
como las diosas, poemas de su Variaciones de la luz que
estremecieron al público y fueron aplaudidos uno a uno. Los textos de los
presentadores, los poetas Yaqui Setton y Paula
Paula Jiménez España (en la foto) fueron de una profundidad y lucidez conmovedoras. Finalmente (y por suerte) el
vino alcanzó justito. Tantos fueron los amigos que se acercaron a festejar la
reedición de Variaciones de la luz y el lanzamiento del sello
"Cienvolando". Extenuados, pero felices, les agradecemos tanto a
todos
lunes, junio 23, 2014
Mónica Sifrim: Heroína filosa
Reproducimos a continuación la nota aparecida el último viernes en el Suplemento Las Doce, del Diario página/12, acerca del libro El Talante de las flores (Hilos Editora, 2014), de la poeta argentina Mónica Sifrim.
Por Daniel Gigena
En 2013 tres poetas fundaron una editorial dedicada exclusivamente a
la publicación de poesía nacional y extranjera. El catálogo, que creció
de manera exponencial en pocos meses, reúne títulos de Claudia Masin,
Laura Klein, Leopoldo Castilla y Sebastián Salinas, y traducciones de
libros de Georges Schehadé y Jerome Rothenberg. El poeta y traductor
Jorge Aulicino trabaja en una esperada antología de la poeta italiana
Antonella Aneada. María del Carmen Colombo, María Mascheroni y Dolores
Etchecopar las tres poetas editoras rescatan libros que se habían
agotado y era imposible encontrar, a la vez que leen y seleccionan
autores y autoras contemporáneos. El delicado arte de tapa de Hilos
Editora, a cargo de Etchecopar y Mascheroni, complementa dibujos
refulgentes sobre fondo negro con la reproducción de un manuscrito de
los autores en la contraportada.
La más reciente entrega de Hilos es El talante de las flores, el quinto libro de Mónica Sifrim (Buenos Aires, 1958). Autora de Con menos inocencia, del emblemático Novela familiar, un relato de iniciación (al amor, a la literatura y al dolor) entramado por las tradiciones de los inmigrantes judíos en Buenos Aires; de Laguna, que escribió durante la enfermedad de su padre, y de El mal menor, Sifrim ha sido becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1997 y de la Fullbright en 1999, organizó ciclos de lecturas en la Casa de la Poesía y durante muchos años trabajó como periodista cultural en diarios y revistas. Su obra fue traducida a varios idiomas y es, en opinión de narradores y poetas que han sido sus alumnos, una de las mejores docentes en talleres de escritura creativa de Buenos Aires.
Tres versos en tres palabras "desmesura// dilapidación/ sentimental" de uno de los poemas finales, previo al grandioso "Sturm und drang", ajustan las cuentas con el recorrido de la heroína irónica que atraviesa (y que se oculta en las "arrugas" de la realidad y a quien no le importa el perdón ni perdonar) la cartografía insinuada en los textos. Damián Ríos, también poeta y editor como las hilanderas, leyó en la presentación de El talante de las flores un escrito concentrado y certero; allí señala que en los nuevos poemas de Sifrim "la lógica se enrarece, roza la paradoja y se vuelve lírica". Un buen ejemplo de ese talante paradójico puede ser el siguiente: "en la misericordia/ se ha perdido/ más/ sangre/ que/ en la / guerra". Otro: "afuera de la ermita/ el mundo blanco/ presagiaba/ blanco". Versos breves, de una sola palabra (pero nunca de una palabra sola); poemas centrados en el blanco de la página como efigies ("Figuras" es el título de una de las secciones del libro, donde salvadores y salvados, dioses y mortales intercambian pleitesías, pedestales y epopeyas labradas) y una calculada división en partes miden la distancia incalculable entre una vacilación ("la eventualidad/ de un paso cierto/ junto a la tentación de claudicar") y la caída de un rayo sobre los amantes, tan retorcidos como el árbol que hubiera podido ampararlos.
En extrañas escenas ambientadas en manglares o en un gótico desierto pampeano, las voces cimbreantes de los poemas instilan un humor atroz: "nunca se jura amor hasta la muerte/ y menos en mitad de una tormenta/ mucho menos aún/ a la intemperie/ bajo un árbol de ramas/ retorcidas". La niña de cabellera borravino o una anciana ciega, la cautiva de ojos claros o la muchacha del bote personajes que reaparecen o perfiles bosquejados por primera vez en la obra de la poeta tampoco depositan ya la confianza en héroe alguno, menos aún en aquel que revisaba todas las mañanas "cómo crecía/ su inmortalidad". Solamente pagando los diezmos que la vida cobra ("eche, pues, sus monedas en la bolsa", se lee en el décimo poema de la primera parte), huyendo del "amor balsámico y el amor veneno" o "buscando el entresijo/ donde la realidad/ se pulverice" puede el poema, la identidad o el talante del poema tal vez, asimilarse por fin a una carcajada impertinente.
La más reciente entrega de Hilos es El talante de las flores, el quinto libro de Mónica Sifrim (Buenos Aires, 1958). Autora de Con menos inocencia, del emblemático Novela familiar, un relato de iniciación (al amor, a la literatura y al dolor) entramado por las tradiciones de los inmigrantes judíos en Buenos Aires; de Laguna, que escribió durante la enfermedad de su padre, y de El mal menor, Sifrim ha sido becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1997 y de la Fullbright en 1999, organizó ciclos de lecturas en la Casa de la Poesía y durante muchos años trabajó como periodista cultural en diarios y revistas. Su obra fue traducida a varios idiomas y es, en opinión de narradores y poetas que han sido sus alumnos, una de las mejores docentes en talleres de escritura creativa de Buenos Aires.
Tres versos en tres palabras "desmesura// dilapidación/ sentimental" de uno de los poemas finales, previo al grandioso "Sturm und drang", ajustan las cuentas con el recorrido de la heroína irónica que atraviesa (y que se oculta en las "arrugas" de la realidad y a quien no le importa el perdón ni perdonar) la cartografía insinuada en los textos. Damián Ríos, también poeta y editor como las hilanderas, leyó en la presentación de El talante de las flores un escrito concentrado y certero; allí señala que en los nuevos poemas de Sifrim "la lógica se enrarece, roza la paradoja y se vuelve lírica". Un buen ejemplo de ese talante paradójico puede ser el siguiente: "en la misericordia/ se ha perdido/ más/ sangre/ que/ en la / guerra". Otro: "afuera de la ermita/ el mundo blanco/ presagiaba/ blanco". Versos breves, de una sola palabra (pero nunca de una palabra sola); poemas centrados en el blanco de la página como efigies ("Figuras" es el título de una de las secciones del libro, donde salvadores y salvados, dioses y mortales intercambian pleitesías, pedestales y epopeyas labradas) y una calculada división en partes miden la distancia incalculable entre una vacilación ("la eventualidad/ de un paso cierto/ junto a la tentación de claudicar") y la caída de un rayo sobre los amantes, tan retorcidos como el árbol que hubiera podido ampararlos.
En extrañas escenas ambientadas en manglares o en un gótico desierto pampeano, las voces cimbreantes de los poemas instilan un humor atroz: "nunca se jura amor hasta la muerte/ y menos en mitad de una tormenta/ mucho menos aún/ a la intemperie/ bajo un árbol de ramas/ retorcidas". La niña de cabellera borravino o una anciana ciega, la cautiva de ojos claros o la muchacha del bote personajes que reaparecen o perfiles bosquejados por primera vez en la obra de la poeta tampoco depositan ya la confianza en héroe alguno, menos aún en aquel que revisaba todas las mañanas "cómo crecía/ su inmortalidad". Solamente pagando los diezmos que la vida cobra ("eche, pues, sus monedas en la bolsa", se lee en el décimo poema de la primera parte), huyendo del "amor balsámico y el amor veneno" o "buscando el entresijo/ donde la realidad/ se pulverice" puede el poema, la identidad o el talante del poema tal vez, asimilarse por fin a una carcajada impertinente.
lunes, mayo 26, 2014
jueves, abril 24, 2014
Mónica Sifrim: El talante de las flores...
Hilos Editora celebra la salida de un nuevo libro de la querida poeta Mónica Sifrim, El talante de las flores, que acaba de incorporarse al
catálogo de la editorial.
lunes, febrero 04, 2013
Claudia López, poemas...
Poema XVI
Sé de Ulises de una manera
oblicua con Penélope
comparto
la vocación astuta y pueril
de la espera
la felicidad sensual del pensamiento
en amaneceres furtivos
la premonición del hijo
más distante que Ulises
de las agujas
comparto
el oficio de clavar los ojos
en agujeros negros
el obseso recurso la madeja
Penélope agudiza
las pupilas
mide el tiempo
del varón en el mástil
pide
que no lo devuelvan
todavía
falta tejido en la madeja
tensa pide
a las agujas
un rato más de lunas
negras
oblicua con Penélope
comparto
la vocación astuta y pueril
de la espera
la felicidad sensual del pensamiento
en amaneceres furtivos
la premonición del hijo
más distante que Ulises
de las agujas
comparto
el oficio de clavar los ojos
en agujeros negros
el obseso recurso la madeja
Penélope agudiza
las pupilas
mide el tiempo
del varón en el mástil
pide
que no lo devuelvan
todavía
falta tejido en la madeja
tensa pide
a las agujas
un rato más de lunas
negras
Del libro Anatomía de la noche.
Posición
inicial
dura tan poco el vuelo de una pluma
no escarbes en las huellas del aire
los signos mudos
la vigía de la madre
la pupila del padre
la cartografía de los amantes
dibujan
la única certeza
con la retórica perfecta
de las cornisas
no domestiques la voz del viento
o del hambre
nunca supo el rey qué quiere
el sabio qué busca
la razón qué entiende
el fuerte qué rencores lo mueven
no escarbes en las huellas del aire
los signos mudos
la vigía de la madre
la pupila del padre
la cartografía de los amantes
dibujan
la única certeza
con la retórica perfecta
de las cornisas
no domestiques la voz del viento
o del hambre
nunca supo el rey qué quiere
el sabio qué busca
la razón qué entiende
el fuerte qué rencores lo mueven
De Pasatiempos
*Claudia López: Poeta
argentina (Buenos Aires, 1960). Publicó varios libros de poemas, entre ellos Inalámbricas,
Pasatiempos, Anatomía de la noche.
Etiquetas:
Claudia López,
Concepción Bertone:,
Julia Magistratti,
Margaret Atwood:,
Mario Morales,
Mónica Sifrim,
Samuel Bossini
viernes, enero 11, 2013
Libro recomendado: Mónica Sifrim: El mal menor
De una sala vacía
A otra sala
Un hilo tembloroso
Pende.
Ser leal a un
Hilo de palabras
Frágiles
Procurado por nadie.
Esa instalación no tiene dueño.
Si no la escucha el labrador de puentes.
Si no la escucha
Y no es leal
Y no recoge
Con el borde mismo de su encía
Un leve acento
De alguien que bebió
Palabras sucias.
Ser leal
Al genio
Del oído
Y no trastabillar
Cuando cae de bruces
Y se rompe
Su magnificencia.
Aún así servirle de instrumento
Que en el arpa de tu cuerpo
El genio de oído
Escriba un “leit motiv”
Y que la claridad
No se arrepienta de arrimarse a vos
Como no se arrepiente la mañana
De rosados dedos
De yuxtaponerse
Al odio
De la noche.
*Mónica
Sifrim nació en Capital Federal, en 1958. Egresada de la Carrera de
Letras de la UBA, Periodista cultural y docente. Traductora. Publicó: Con menos inocencia (1978), Novela familiar (1990) y Laguna (1999). El poema que se transcribe pertenece a su nuevo libro El mal menor (Editorial Bajo La Luna).
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