A continuación, transcribimos el texto de la poeta María Julia Magistratti leído en ocasión de la presentación del libro La vista (Hilos Editora, 2012) de la poeta Claudia Masín.
"Es muy complicado, para los que comenzamos a
escribir en los 90, esto es a publicar nuestros primeros libros, tener un
referente contemporáneo. Es decir, alguien a quien admirar sin más. Ya no
recuerdo cuando la conocí a Claudia, o sea, cuando conocí sus poemas. Solo se,
que desde aquel momento, admiré y disfruté de su poesía como lo hacía con
tantas poetas que ya no estaban, poetas de generaciones precedentes. Era un
alivio saber que había alguien, de la misma edad, con la misma vocación, que
fuera como un faro, una referente. Una joven que le decía a la poesía que por
aquellos años emergía como la poesía de nuestra generación, que había un
camino, había una ética, había una otra sensibilidad.
Quiero recordar esta escena primera, porque sé que
muchos de los presentes van a estar de acuerdo conmigo. Claudia, escribía
comprometida con la poesía, con una altura de coraje en el decir, el coraje de
una voz propia y distinta. Un coraje que tenía que ver con un estado de
receptividad, que estaba hecho de muchas voces solas y aisladas. No de las
altisonancias.
Creo profundamente en que la poesía en la que cree
Claudia. En su gesto de libertad y de desobediencia. Creo en la poesía que
combate en medio de la oscuridad por alumbrar belleza.
Y en la poesía, justamente en la poesía, respeto a
los que para todo no todo está “todo bien”, a los que no son ni minimalistas,
ni hiper, ni posts, ni neos… Creo en los embarrados, los alertas, los
receptivos, los inundados de mundo, los desobedientes. Los que siguen en
soledad peleándole una palabra al silencio.
Y ahora vuelvo a la escena primera. Cuando conocí
la poesía de Claudia, reconocí en ella ese gesto de lirismo desesperado. Ese
estado de receptividad. Y había que tener coraje para ser lirico en tiempos de
shopping. Y hay que tener mucho más coraje para permanecer receptivo, porque
presupone, que vas a ser golpeado.
Otra escena que quiero recrear es la siguiente,
ustedes la recordaran: Argentina, fines de 2001 y verano de 2002. Crisis,
corralito, estallido social, cacerolas y saqueos en los supermercados, el “que
se vayan todos”, un presidente que se iba en un helicóptero dejando el saldo de
más de 30 muertos en las calles, ollas populares, asambleas, la sucesión de 4
presidentes en menos de un mes…
La Vista, el libro que aquí tenemos, se gestó en
esos meses. En nada menos que en esos meses. Poner en contexto este libro no es
un dato menor de la realidad. Su lectura no puede, no, permanecer en una sola
dimensión, sino que hay toda una dimensión social, política sobre la que este
libro echa luz. Había una época que se hundía inexorablemente, y había una
poeta que estaba escribiendo, estallaba. A 11 años de su publicación, leer La
Vista se transforma en el hallazgo de dos cosas: una poesía de altísimo valor
por un lado y por el otro, un libro que es hito, mojón de época.
No es menor el dato del año en que fue concebido el
libro. Años de disolución, de pérdidas y de la urgente necesidad de encontrar
un nuevo rumbo. Y un contenido para ese nuevo rumbo.
La escuche a Claudia citar a Helene Cixous:
"Tenemos que politizar la poesía. Lo necesitamos. Si queremos existir
vivas, llegar a ser contemporáneas de una rosa y de los campos de
concentración, tenemos que pensar lo intenso de un instante de vida, de cuerpo,
y los tormentos de las hambrunas.(…). Escribir poéticamente es acercarse a los
otros en lo que tienen de más vivos, más mortales, más moribundos".
Estoy hablando de la voz de una mujer, de una mujer
corrida por el vértigo de un mundo en disolución que hace el ultimo,
desesperado gesto de asirse al arte, (ella mira en ese breve tiempo las
películas de las que hará referencia el libro) para comprender y para luego
estallar en el poema.
La rodea una realidad infame, ella puede y sabe
remontarse a la latitud lejana para traer de ahí, los restos luminosos y vivos
que habrán de “abrigarnos” en el momento que todo falte y que habrán de
orientarnos en medio de un mundo exaltado que se ha roto en mil pedazos. La
Vista reúne poemas que no tienen interrupción. Palabra que no hace
conciliaciones, que va al límite de una época desbocada. Es un lirismo
desobediente. Un lirismo que guerrea con la poesía de su tiempo, que va a
contramano de una generación desorientada. Una palabra de mujer que se
deshabita de la palabra codificada, canónica y reaparece con una suavidad
embravecida, encarnada. Masin empodera lo sensible. Politiza lo que se calla.
Una palabra templada al calor de la libertad de una infancia en la provincia, y
que contiene la desmesura, esto es, todo el contenido.
Apartada del ruido exterior, Claudia hace un
examen, el de penetrar debajo de la superficie, allí donde se reúnen las cosas
perdidas, las cosas extraviadas, las cosas a las que no supimos o no pudimos
darles valor, las cosas moribundas. No es una poesía crepuscular, que se
despide del mundo decadente, sino una poesía del amanecer de un tiempo nuevo. Y
tiene por tanto una función ética y una función social: mostrarnos una a una
las pequeñas partículas, las piezas de un collar roto. Un mundo roto de
significados, un mundo que pide a gritos un nuevo sentido, una orientación. No
hay un discurso de totalidades, sino la tarea de una tejedora, hilo por hilo,
hasta recomponer la malla final, la red que nos contenga del desasosiego.
Es un trabajo de apasionada y todo apasionado es
generoso por antonomasia.
En La vista existe la pérdida, Claudia Masín
hablaba de pérdidas, la poesía es el terreno de celebración de la pérdida, no
en un sentido melancólico, sino como una manera de recobrar lo perdido a través
de una escritura que nos permita soportar esa pérdida (dixit Claudia Masin).
La vista arranca con un poema:
“Todo lo que perdemos suma una cifra
única, la nuestra. Si perdieras algo tuyo,
algo que no estaba destinado a perderse,
tu cifra sería inexacta para siempre.
La operación de Claudia sobre el sentido es
tremendamente física. A riesgo de todo. Sobre la superficie plana de la
pantalla de cine, ella va con un bisturí, le hace una autopsia a las imágenes
que le han quedado reverberando. Y pone todo el cuerpo a disposición: poner el
cuerpo no es poner solamente el presente del cuerpo, sino que es poner a
disposición la infancia, sus recuerdos, y también los amores, el dolor, y las
maneras de provocar la esperanza, la vida y su inmediato continuum, lo que debe
permanecer inalterado y lo que debe ser transformado.
La operación profunda es contra el olvido. Digo que
la poesía de Claudia Masìn es valiente: no es una materia dócil, porque implica
soportar la memoria del daño. Una memoria que exige ver en la oscuridad. Y
soportar la carga de ser el que no olvida.
Ser el que no olvida, por otro lado, es toda una
definición de época. En esos tiempos, al 2001 me refiero, no entraban al
parnaso de los jóvenes poetas, los que acarreaban con la memoria. Por eso La
Vista, la poderosa vista, la de los ojos bien abiertos en medio de la noche mas
oscura. La vista de los vigías que saben que no pueden deslumbrarse por su
propio sueño (“Crìa Cuervos”), la que intercambia historias y no quiere que
llegue el fin de tu relato (el fin de todos los relatos) porque está la vida en
su tránsito de lo preciso a la distorsión, el agua cristalina que se va
transformando en la complejidad de una ciénaga Y ella va a hacer todos los
esfuerzos para no extraviar la vista, para no deslumbrarse, para mirar con ojos
niños, ojos, por otra parte, que están adiestrados para mirar sobre aquello que
pierde los contornos, para no perder los caminos. En las propias palabras de la
poeta “La mirada vive, en lo que ve/una segunda vida, más real que la primera,
más intensa” (Una película de amor).
Hay un poema en el libro Geología, que es un libro
anterior a La vista, donde Claudia expresa:
como quien dice voy a averiguar sola
lo que nadie me sabe contar,
voy a clasificar todos los géneros
de dolor que conozco como si fueran piedras
Esa indagación sigue estando presente en la
escritura de La vista. Ustedes van a encontrar todas las formas de madres
posibles, todas las formas de padres posibles y sobre todo, todas las formas de
ser “hijos”. La multiplicidad que asume el Uno en su condición de existencia.
Una condición de existencia que está herida. La función de la poesía de Claudia
es sostener la caída. No evitarla. Sino desplegar su “poder sustentatorio”
(este término es de la cita que abre el libro, de Djuna Barnes) en el
inexorable descenso de aquello que siempre está a merced de la desaparición.
Claudia lo hace con maestría. La palabra Abrigo,
que es el titulo de otro de sus libros, es un poco la llave para comprender La vista.
Porque reúne a los desamparados, a los abandonados,
a los que esperan, los que están solos, los que no tienen voz, los que ya no
tienen ojos para ver, todo lo que está desnudo y roto. Y aquí, otro símbolo de
época. La poesía de Claudia los contiene, les da “abrigo” aunque no para
tranquilizarlos, docilizarlos, sino para calentar sus huesos, devolverles la
fuerza, templarlos. Escuchen si no, este tramo final del poema “Déjame entrar”:
“(…) porque lo que ha sido tocado una vez por una fuerza incontrolable/llevara
esa fuerza en sí, podrá liberarse de ella solamente/cuando sobre lo que más
ame/descargue ese rayo que se le ha quedado adentro”.
Toda la poesía de Masìn es como un rayo de esos que
se desploman en la tierra, iluminando todo, con su música de rayo, con su
temblor, con su electricidad y su belleza.
En El Gran Pez, Claudia pregunta: “Es posible
recuperar lo que no fue tenido?”. Hay en toda La vista, una fuerza enorme por
vivir. Son poemas del desgarro, son los poemas que recogen los pedazos, son la
obra de alguien que se ha propuesto la tarea de construir, con una generosidad
sin límites, la belleza arrebatada. Como si la tarea hubiera sido liberar a lo
puro de la corrupción, para que sea posible de nuevo en el mundo aquello que
ahora, a la luz de los acontecimientos, parece imposible. Una poesía abierta y
comprensiva de la vulnerabilidad de los otros, pendiente de los temblores del
otro. No hay en toda la poesía de Claudia un espacio de egoísmo, de un yo que
se celebra a sí mismo, de soberbia. Absolutamente no lo hay. Releo sus poemas,
una y mil veces, y siento que nos da la mano poema a poema.
“Dame la mano, no me sueltes/ no me dejes volver de
allá sin nada, hagamos/ como si todas las cosas que hemos deseado fueran
ciertas/”.
Podría enumerar aquí, las propiedades “curatorias”
de la poesía de Claudia. Ya lo he hecho, de alguna manera. Para aquellos que no
creen en los milagros o en las medicinas, les recomiendo que encuentren en la
lectura de este libro, además, sus propiedades musicales.
Les decía antes, que es una lirica desesperada y
agrego, que canta con música de latido de corazón, con música de rayo.
“El azar es ecuánime- solías decir-/ todos
encontramos al menos una vez/lo que siempre hemos buscado. Ya no te creo:/ el
azar, por definición, es injusto. Hay/ una vez, sí, pero una sola, y lo demás
es el deseo/ de que vuelva” (Detrás de la puerta).
Todos estamos heridos. Somos semejantes en la
herida.
Les hablaba al principio que La Vista, reeditada y
revisitada al calor del presente, cobra un segundo valor, un valor de época.
Ser el canto de los sobrevivientes, de aquellos que no se dejaron doblegar por
la metralla de una década de saqueo que iba de vacío en vacío, antipolitica,
antipoetica. Hay un reconocimiento de sobrevivientes, una esperanza que se
vuelve irreversible.
“El camino es interminable,/ te decía, da vueltas y
vueltas alrededor del mundo/ y en alguna de esas vueltas los que estaban/
destinados a perderse, se encuentran”
Son las líneas de “Mi mundo privado”, uno de los
más bellos poemas de este libro.
Recordando a Huidobro “Hay que saltar del corazón
al mundo/ Hay que construir un poco de infinito para el hombre”, sentí al leer
este libro que, de alguna manera, la poesía de Claudia Masín estaba
interpelándonos en lo más profundo, que nos alcanzaba las vendas, los remedios,
las aguas curativas, como quien, después haber sido herido, se dispone a
lavarse a sí mismo y en ese gesto nos lava a todos, para preparar al cuerpo,
nada menos, que para volver a amar."