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lunes, agosto 20, 2018

Liliana Ponce: Aquí, ayer y mañana Notas sobre Hay que dejar de ser hermosas, de Mónica Tracey






En las praderas inmutables zumbaba desde el alba hasta la noche una
vida siempre nueva. Frente al cielo cambiante la fidelidad se
distinguía de la rutina, y envejecer no era necesariamente renegarse.
Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal


Hay que dejar de ser hermosas es un título inquietante, incita tal vez, a ciertas preguntas y reflexiones, pero me referiré a él más adelante y comenzaré con otros aspectos del libro.

Todo el texto se presenta como compacto, coherente, imbuido de cierta melancolía en el seno de algunas certezas implacables sobre lo que implica el devenir de la vida humana, y en sentido más estricto, el devenir en el cuerpo femenino. Lentamente, el sujeto poético se sumerge en la comprensión de la impermanencia, y la aceptación que se va imponiendo respecto de los cambios. Pero también nos habla, de modo sesgado, de heridas sufridas, y lo hace en curvas ascendentes y descendentes, que avanzan mediante resonancias en la memoria, y se detienen.
Sin embargo, lejos están los poemas de una enunciación de premisas obvias: su poesía permite que eso emerja en las palabras, las frases y las imágenes, tan cercanas como sutiles.


El libro está dividido en tres partes, sin título diferencial para cada una, como tampoco tienen título los poemas. No obstante, cada parte se diferencia de la otra dentro de una estructura de íntima conexión. Así, el recorrido de los textos fluye en su hilo lanzado al aire, al oído y al ojo, en su soporte de poemas.


La primera parte se instala en el presente – el presente donde el sujeto poético (en primera persona) se somete a la observación de una ordenada naturaleza, cuyos objetos son árboles, plantas, a veces pájaros. Ver, contemplar lo que rodea, nombrar esos elementos apenas adjetivados, van reforzando una suerte de desnudez –la ausencia de  emociones indica, paradójicamente, el giro hacia el yo en su dimensión del ahora sin proyecciones, del estar, que se observa en varios versos.
Muchos poetas a través de la literatura y desde distintos ángulos, han buscado (y a veces encontrado) las señales de una naturaleza a la que lo humano se contrapone o, inversamente, se identifica. Cuando leí los poemas de la primera parte de Hay que dejar de ser hermosas, vinieron a mi mente textos de autores del trascendentalismo norteamericano, como Ralph W. Emerson y Henry D. Thoreau, que vieron en la fuerza que la naturaleza otorga, un punto de partida para percibir la pertenencia cósmica, y simultáneamente, la libertad interior.
Decía Emerson en su emblemática obra Naturaleza: “Yo no estoy a solas cuando leo y escribo, aunque nadie esté conmigo. Si el hombre ha de estar solo, que mire las estrellas”; y Thoreau en la contestataria Una vida sin principios: “Observar de verdad el amanecer y el atardecer cada día, recordando que nos relacionamos con un hecho universal, nos preservaría cuerdos para siempre”. Así, en esta primera parte, Mónica Tracey se instala en el presente y las escasas acciones indican el disfrute y la entrega a la soledad, aventura imprescendible para trazar el poema.

La segunda parte pareciera concentrarse sobre el eje del cuerpo. El sujeto poético se introduce en su imagen y la percepción propia mediante la figura de la bailarina, en lo que representa la habilidad de su dominio y el equilibrio de su estética. Los poemas interrogan la disciplina previa a su danza –quizá real, quizá metafórica– e invocan el momento del goce de los pasos, ese que borra la memoria del aprendizaje para someterse al presente de cada movimiento. Lentamente nos va dirigiendo del temor que emana de lo físico, a lo simbólico de la boca sin saliva, al hallazgo de la palabra.
La tercera parte está atravesada por lo amoroso –amor en los espejos femeninos de la madre y las hermanas–; o el amor sereno y asombrado de la madurez, que se reencuentra después de íntimas heridas. Así, lo femenino y lo masculino, eros y lazos sanguíneos, colocan al amor en la superficie de lo vital como ofrenda y como esperanza.
El tiempo se expande y se detiene, retrocede, reconstruye experiencias y recuerdos en una especie de fraccionados mosaicos en los que la figura del viaje registra vivencias  que emana de lo físico, a lo simbólico de la boca sin saliva, al hallazgo de la palabra.
La tercera parte está atravesada por lo amoroso –amor en los espejos femeninos de la madre y las hermanas–; o el amor sereno y asombrado de la madurez, que se reencuentra después de íntimas heridas. Así, lo femenino y lo masculino, eros y lazos sanguíneos, colocan al amor en la superficie de lo vital como ofrenda y como esperanza.
El tiempo se expande y se detiene, retrocede, reconstruye experiencias y recuerdos en una especie de fraccionados mosaicos en los que la figura del viaje registra vivencias pasadas, y también es indicio de la fugacidad del instante.

En relación al sujeto poético hay diferencia entre las tres partes del libro, aunque en todas está en primera persona. En la primera parte, su aparición es casi subliminal, se asoma en pocos poemas de modo específico. En la segunda y la tercera, su presencia es más concreta, la percepción del propio cuerpo transportado en la imagen de la bailarina va recorriendo los versos.
Me parece que el tópico, la clave, que se eleva por encima de todo el libro y que sujeta a todos sus poemas, es el tiempo y su transcurrir, desplegado en sus tres niveles: presente, pasado y futuro. El presente atraviesa la primera parte –un estar, un ahora, que se refleja en las imágenes, a menudo silenciosas–; es observación y registro de una naturaleza que se impone, no por magnificencia sino por la misteriosa belleza que oculta el mundo vegetal en lo simple y múltiple a la vez. El pasado es esa especie de calle que se recorre en la memoria. Hay escenas del tiempo dentro del tiempo y su coincidencia en fragmentos de viajes.
El futuro está lanzado en el propósito, y también el deseo.


En todo el desarrollo del libro, la lengua –así nombrada–, se escurre en muchos versos. La lengua en tanto órgano o como metáfora, citada como palabra o signo del discurso poético. Y está presente como deseo de resolución, porque es lo que permite expresarse y lo que, finalmente, libera.

boca seca
sabor amargo sinsabor
más tarde ahora
todo pasa por la lengua. (p. 43)

ceremonia sin palabras el amor (p. 52)

Los poemas son oraciones mantras
los poemas son palabras música
los poemas son palabras silencio
los poemas son celebración (p. 66)

El ritmo, la escanción de los versos, tienen en el libro una importancia fundamental, ya que las palabras se van encadenando con fuerte musicalidad. Son versos libres construidos sobre la base del plano coloquial que, sin embargo, absorben ciertas rimas internas o repeticiones, que dan un giro a variantes semánticas. Pero la categoría coloquial hace que su aparente despojamiento sea la línea de un decir que va del interior del pensamiento, para enunciarse –con intensidad o sutileza–, hacia la voz. Y es como si la poeta fuera logrando, poco a poco, sortear la dificultad de la palabra, de esa boca sin saliva llegar a la experiencia de la armonía con el sentido.
Me referiré por último al título del libro de Mónica Tracey que somete al lector a una especie de pauta y de interrogante. Porque el imperativo, la orden :”Hay que…”, enunciado de modo genérico, amplio, involucra a los receptores, es orden que debe entenderse como paso a una liberación de mandatos sociales, culturales, y desplazarse del juicio de la mirada externa. Pero también puede leerse como ese umbral que hay que atravesar en cierta etapa de la vida, cuando el cuerpo sumerge al yo en la conciencia de sus límites y su fragilidad. Puede ser, además, una invitación a traspasar el adjetivo referido a la cualidad de hermosura, que es escala anterior a la belleza –la belleza, en la filosofía clásica, implica estado superior y está atada al ser tanto como la verdad. “Hay que dejar de ser hermosa” porque el reloj recuerda que si no comenzamos antes, ya es hora de ser bellas. La belleza vendrá al recinto del ser porque ya se inserta en la palabra, en el poema abierto al sentido que fluye y se expande.
Tiempo, amor y muerte son temas permanentes del pensamiento y de la poesía
universal, que laten en Hay que dejar de ser hermosas . Un texto de la filósofa española María Zambrano, Poesía y Filosofía, analiza la tarea de ambas esferas a partir de dos polos: unidad y heterogeneidad respecto del ser y del mundo; y dice al referirse al filósofo que busca la unidad, porque “quien tiene la unidad lo tiene todo”. En cambio, subraya, “asombrado y disperso es el corazón del poeta”.  Zambrano deslinda, con cuidado y rigor, los puntos de contacto y las diferencias entre filosofía y poesía, aunque en la explicación de lo humano, el uso de la palabra en ambos campos es incompleto. La filosofía busca la explicación del ser en su totalidad, como unidad. La poesía alcanza esa unidad a través del mismo poema. Algunos de los versos de los últimos textos de
Mónica Tracey nos dirigen a esos trazos:
Huyendo hacia adelante
como si la vida se abriera ante la muerte
seguir seguir como si nada
hubiera salvo esa vía iluminada
entre sombras (p. 80)

ahora sólo el cuerpo teme
¿es ésta la edad madura? (p. 86)

Y como dice Zambrano: “Para la poesía, a la muerte nada la vence, sino
momentáneamente, el amor”.*

Liliana Ponce
Buenos Aires, julio de 2018

Palabras de la poeta Liliana Ponce Leídas en ocasión de la presentación del libro Hay que dejar de ser hermosas (Hilos Editora, 2018)

miércoles, noviembre 02, 2016

Liliana Ponce: Sobre El privilegio de los años, de Graciela Perosio,

Sobre El privilegio de los años,
de Graciela Perosio,
Ed. Leviatán, Bs. As., 2016


El privilegio de los años, de Graciela Perosio, comienza y termina con dos textos en prosa que dan enmarcan y orientan una posible lectura del libro. El primero –presente también en Escampa, el corazón, la antología personal de la poeta publicada hace unos meses–, expone en tercera persona metáforas e imágenes acerca del tiempo y su impacto en las vivencias –y alude a esa construcción como trama, bordado, tela desplegada. El otro, de cierre, escrito en primera persona, remite también metafóricamente, a la obra como casa construida, y al río de lágrimas que desde ella se vislumbra y que, por último se trastoca en risa.

Pero sumergiéndonos ya en la serie de poemas que conforman el cuerpo del libro, observamos algunos ejes que lo recorren y lo articulan el libro.

El primero sostiene la conciencia del paso del tiempo –ese transcurrir que lo humano, se sabe, conoce tanto por saberse en un cuerpo desgastado, como por contemplarse en un espejo de vías atravesadas. Con los años, se ha perdido la intensidad de las vivencias, y la ansiedad o el temblor ya no tienen ese ardor que nos representaba en debilidad –aunque ese punto es, justamente, lo que nos permite abordar otros estadios. Dice Perosio en uno de sus primeros poemas:

(pensar que venimos
del irreverente deseo
de los cuerpos
y ahora, ya cansados
se aquietan
entonces, descubrimos
el inextinguible anhelo
de las almas)

En los poemas prevalece el yo, la primera persona. A veces se va hacia un nosotros inclusivo, estableciendo un diálogo con el lector, esperando su anuencia. Y eso está reforzado en el comienzo del libro, que parte como si fuera evaluación o balance, y desde allí despliega su recorrido.
Ligado al lugar del sujeto poético, está el de la identidad –reconocerse en el propio cuerpo, en el recuerdo y en la mirada del otro. La entidad del yo, que tanto sostiene en nuestra cultura, no es la misma para el pensamiento del budismo, que afirma que el yo carece de sustancia, es permanente devenir de estados de conciencia que se diluyen y se transforman. Y esa pareciera ser la mirada de la poeta, aceptando dudas, aceptando preguntas. Así podemos leer en este fragmento de uno de los poemas de mayor intensidad emotiva:

“[…]¿será cierto que los hechos ocurrieron así?”
la memoria se divierte con la fragilidad
de nuestros sentimientos
y dibuja historias fáciles de confundir
la palabra “yo” nombraba algo
hace tres meses
que hoy no nombra (p. 20)

En otro texto (las otras personas…, p. 22), se superponen con humor rostro y máscara-personaje, en interrogante de dónde está lo que somos y lo que los otros ven de nosotros. 

Se insertan en varios poemas figuras de movimiento: el salto de acrobacia, el girar de una calesita, el empujar un cochecito, que representan el cambio y lo inapresable. Pero también hay figuras que multiplican su sentido, como el símbolo de la carta guardada en un sobre entre los libros del poema como si tal cosa… (p. 16), que aparece como un secreto mensaje a ser leído e interpela, demanda, comparece. Pero a su vez, la palabra “carta” en nuestro dialecto también puede señalar al naipe, referencia que abre otras lecturas: puede ser la carta de una adivina, o la baraja que se arroja y vaticina e interpreta los hechos.

El tiempo, para los hombres, se percibe como un continuum, una línea que no puede segmentarse. Sin embargo, al recordar, la memoria se aísla en figuras en relieve o ahuecadas, en las que sobresalen la felicidad de un instante o las astillas del dolor. Hay en ese camino huellas, recuadros, donde Perosio se detiene y sustrae imágenes con el halo de la emotividad y el pulso, porque ¿qué construimos con lo que reconstruimos?

Podemos encontrar que la poeta extrae recuerdos de la infancia, como la llegada del lechero y su rutina matinal (p. 30); o aquél donde se ve como la niña pensadora, distraída para los mandatos cotidianos pero viajera en sueños y reflexiones (p. 32). Hay escenas del quehacer cotidiano y de  recorridos por la ciudad. A menudo, esos recuerdos cruzan lo visual y lo sonoro, música, palabras, imágenes, que van del pasado más cercano a un plano más hondo, lejano, como en el poema que comienza ”las estructuras del cochecito…” (p. 50), en el que tiempo y espacio rodean la mirada del yo poético, en un trayecto de múltiples vías.

La conciencia del tiempo y sus señales, ha tenido enorme peso en la literatura italiana –sea en su poesía, la ficción y la filosofía. Aunque no soy especialista en ese campo, vienen a mi mente algunos autores que estuvieron entre mis lecturas: Pavese, Calvino, Ungaretti, Montale. Y llegan así diversas asociaciones, como el mismo inicio de la Divina Comedia: “Nel mezzo del cammin di nostra vita”.

La voz de la lengua italiana (dejando de lado algunas inclusiones del portugués) está inserta con firmeza en el libro –está en expresiones, versos, fragmentos de canciones. Y también, creo, en el ritmo de los poemas, su fraseo, que percibo en otros libros de la poeta y pueden marcar, usando un término hoy riesgoso, ciertas líneas de su estilo. Perosio usa un ritmo expansivo, abierto, que enuncia como si quedara espejada el habla coloquial. El lector puede confiar en ese decir como accesible explicación o aserto, pero creo que, en realidad, se trata de un falso espejo: es sugerencia de duda, interrogantes, e induce a poner en juego el sentido de significados propios.

Los poemas de Graciela Perosio parten de una experiencia, o de un recuerdo de la experiencia, o de una reflexión sobre ella. En este aspecto me parece importante considerar el lugar de la experiencia en las manifestaciones de la poesía, y para ello tomo como referencia el enfoque de Giorgio Agamben en su ensayo Infancia e Historia, donde expone que una de las carencias de nuestra época es eludir o no considerar la experiencia, y de cómo aceptar o negar esa actitud modificó a la poesía a través del tiempo. El hombre moderno, dice, no sabe sumergirse en los hechos que vive, su alienación lo lleva a sobrevolar la vorágine cotidiana o interponerla con algún tipo de pantalla. La poesía, justamente, se sitúa en ese punto de inflexión en el que el sujeto, enmascarado o trasvasado en el sujeto poético, reconstruye esa experiencia, le da entidad, aunque el resultado obviamente no pertenece al campo del conocimiento científico. El poema emerge de otro plano, se hace cuerpo pero niega autoridad o axioma; se proyecta en una realidad que está más cerca de la imagen onírica, de su saber intangible, que del objeto de la ciencia.

En el poema de cierre, Finalmente… Perosio expone sobre un zona ambigua y arborescente como es dar fin a un poema: reto ilusorio, aceptación de que ha surgido a contrapelo de la teoría, de la conciencia de sus pautas, necesidad de dar el salto, y situarse en la disponibilidad, la apertura a otro posible comienzo. Perosio roza huellas del pensamiento budista, y más precisamente de la escuela zen, al verse ante su propio texto:
estás fresca ante el espacio blanco
con la simple gratitud
del principiante

Allí remite a un título del maestro Shunryu Suzuki, Mente zen, mente de principiante, que a su vez se refiere a un antiguo principio budista empleado incluso en las enseñanzas del teatro noh en Japón [en japonés, shoshin]: después de adquirir las destrezas requeridas, el discípulo debe mantener la avidez, el entusiasmo, pero también la libertad del principiante.
Y la cita final de ese mismo poema:
(“si encuentras al Buda, mata al Buda”)
es un conocido koan atribuido al monje chino Lin Tchi[1] y mencionado por numerosos maestros zen. Su sentido desafía y se abre a los riesgos de una múltiple interpretación.

Por último, y haciendo uso de un recorrido inverso, haré referencia al título de esta obra de Perosio, El privilegio de los años. El término “privilegio” alude a un bien preciado poseído, en contraste con quien no lo tiene o carece de él. Pero cuando se agrega que ese privilegio es el de los años, el contraste tiene resonancias tanto felices como paradójicas –se llega a la madurez, se vive más, con el riesgo del deterioro del cuerpo, con una historia que se lleva como faro, a veces detrás de los párpados. El presente siempre tendrá suprema fuerza, y tratar de instalarse en él es diario desafío. La risa, presente en muchos textos filosóficos de Occidente, y resolución de numerosos relatos del budismo, emerge al final del libro como gesto irreverente, de desparpajo, pero también de secreta celebración.





Liliana Ponce
Octubre de 2016




[1] Se lo considera el fundador de la escuela zen Rinzai (s. IX).

Liliana Ponce: Sobre El privilegio de los años, de Graciela Perosio,

Sobre El privilegio de los años,
de Graciela Perosio,
Ed. Leviatán, Bs. As., 2016


El privilegio de los años, de Graciela Perosio, comienza y termina con dos textos en prosa que dan enmarcan y orientan una posible lectura del libro. El primero –presente también en Escampa, el corazón, la antología personal de la poeta publicada hace unos meses–, expone en tercera persona metáforas e imágenes acerca del tiempo y su impacto en las vivencias –y alude a esa construcción como trama, bordado, tela desplegada. El otro, de cierre, escrito en primera persona, remite también metafóricamente, a la obra como casa construida, y al río de lágrimas que desde ella se vislumbra y que, por último se trastoca en risa.

Pero sumergiéndonos ya en la serie de poemas que conforman el cuerpo del libro, observamos algunos ejes que lo recorren y lo articulan el libro.

El primero sostiene la conciencia del paso del tiempo –ese transcurrir que lo humano, se sabe, conoce tanto por saberse en un cuerpo desgastado, como por contemplarse en un espejo de vías atravesadas. Con los años, se ha perdido la intensidad de las vivencias, y la ansiedad o el temblor ya no tienen ese ardor que nos representaba en debilidad –aunque ese punto es, justamente, lo que nos permite abordar otros estadios. Dice Perosio en uno de sus primeros poemas:

(pensar que venimos
del irreverente deseo
de los cuerpos
y ahora, ya cansados
se aquietan
entonces, descubrimos
el inextinguible anhelo
de las almas)

En los poemas prevalece el yo, la primera persona. A veces se va hacia un nosotros inclusivo, estableciendo un diálogo con el lector, esperando su anuencia. Y eso está reforzado en el comienzo del libro, que parte como si fuera evaluación o balance, y desde allí despliega su recorrido.
Ligado al lugar del sujeto poético, está el de la identidad –reconocerse en el propio cuerpo, en el recuerdo y en la mirada del otro. La entidad del yo, que tanto sostiene en nuestra cultura, no es la misma para el pensamiento del budismo, que afirma que el yo carece de sustancia, es permanente devenir de estados de conciencia que se diluyen y se transforman. Y esa pareciera ser la mirada de la poeta, aceptando dudas, aceptando preguntas. Así podemos leer en este fragmento de uno de los poemas de mayor intensidad emotiva:

“[…]¿será cierto que los hechos ocurrieron así?”
la memoria se divierte con la fragilidad
de nuestros sentimientos
y dibuja historias fáciles de confundir
la palabra “yo” nombraba algo
hace tres meses
que hoy no nombra (p. 20)

En otro texto (las otras personas…, p. 22), se superponen con humor rostro y máscara-personaje, en interrogante de dónde está lo que somos y lo que los otros ven de nosotros. 

Se insertan en varios poemas figuras de movimiento: el salto de acrobacia, el girar de una calesita, el empujar un cochecito, que representan el cambio y lo inapresable. Pero también hay figuras que multiplican su sentido, como el símbolo de la carta guardada en un sobre entre los libros del poema como si tal cosa… (p. 16), que aparece como un secreto mensaje a ser leído e interpela, demanda, comparece. Pero a su vez, la palabra “carta” en nuestro dialecto también puede señalar al naipe, referencia que abre otras lecturas: puede ser la carta de una adivina, o la baraja que se arroja y vaticina e interpreta los hechos.

El tiempo, para los hombres, se percibe como un continuum, una línea que no puede segmentarse. Sin embargo, al recordar, la memoria se aísla en figuras en relieve o ahuecadas, en las que sobresalen la felicidad de un instante o las astillas del dolor. Hay en ese camino huellas, recuadros, donde Perosio se detiene y sustrae imágenes con el halo de la emotividad y el pulso, porque ¿qué construimos con lo que reconstruimos?

Podemos encontrar que la poeta extrae recuerdos de la infancia, como la llegada del lechero y su rutina matinal (p. 30); o aquél donde se ve como la niña pensadora, distraída para los mandatos cotidianos pero viajera en sueños y reflexiones (p. 32). Hay escenas del quehacer cotidiano y de  recorridos por la ciudad. A menudo, esos recuerdos cruzan lo visual y lo sonoro, música, palabras, imágenes, que van del pasado más cercano a un plano más hondo, lejano, como en el poema que comienza ”las estructuras del cochecito…” (p. 50), en el que tiempo y espacio rodean la mirada del yo poético, en un trayecto de múltiples vías.

La conciencia del tiempo y sus señales, ha tenido enorme peso en la literatura italiana –sea en su poesía, la ficción y la filosofía. Aunque no soy especialista en ese campo, vienen a mi mente algunos autores que estuvieron entre mis lecturas: Pavese, Calvino, Ungaretti, Montale. Y llegan así diversas asociaciones, como el mismo inicio de la Divina Comedia: “Nel mezzo del cammin di nostra vita”.

La voz de la lengua italiana (dejando de lado algunas inclusiones del portugués) está inserta con firmeza en el libro –está en expresiones, versos, fragmentos de canciones. Y también, creo, en el ritmo de los poemas, su fraseo, que percibo en otros libros de la poeta y pueden marcar, usando un término hoy riesgoso, ciertas líneas de su estilo. Perosio usa un ritmo expansivo, abierto, que enuncia como si quedara espejada el habla coloquial. El lector puede confiar en ese decir como accesible explicación o aserto, pero creo que, en realidad, se trata de un falso espejo: es sugerencia de duda, interrogantes, e induce a poner en juego el sentido de significados propios.

Los poemas de Graciela Perosio parten de una experiencia, o de un recuerdo de la experiencia, o de una reflexión sobre ella. En este aspecto me parece importante considerar el lugar de la experiencia en las manifestaciones de la poesía, y para ello tomo como referencia el enfoque de Giorgio Agamben en su ensayo Infancia e Historia, donde expone que una de las carencias de nuestra época es eludir o no considerar la experiencia, y de cómo aceptar o negar esa actitud modificó a la poesía a través del tiempo. El hombre moderno, dice, no sabe sumergirse en los hechos que vive, su alienación lo lleva a sobrevolar la vorágine cotidiana o interponerla con algún tipo de pantalla. La poesía, justamente, se sitúa en ese punto de inflexión en el que el sujeto, enmascarado o trasvasado en el sujeto poético, reconstruye esa experiencia, le da entidad, aunque el resultado obviamente no pertenece al campo del conocimiento científico. El poema emerge de otro plano, se hace cuerpo pero niega autoridad o axioma; se proyecta en una realidad que está más cerca de la imagen onírica, de su saber intangible, que del objeto de la ciencia.

En el poema de cierre, Finalmente… Perosio expone sobre un zona ambigua y arborescente como es dar fin a un poema: reto ilusorio, aceptación de que ha surgido a contrapelo de la teoría, de la conciencia de sus pautas, necesidad de dar el salto, y situarse en la disponibilidad, la apertura a otro posible comienzo. Perosio roza huellas del pensamiento budista, y más precisamente de la escuela zen, al verse ante su propio texto:
estás fresca ante el espacio blanco
con la simple gratitud
del principiante

Allí remite a un título del maestro Shunryu Suzuki, Mente zen, mente de principiante, que a su vez se refiere a un antiguo principio budista empleado incluso en las enseñanzas del teatro noh en Japón [en japonés, shoshin]: después de adquirir las destrezas requeridas, el discípulo debe mantener la avidez, el entusiasmo, pero también la libertad del principiante.
Y la cita final de ese mismo poema:
(“si encuentras al Buda, mata al Buda”)
es un conocido koan atribuido al monje chino Lin Tchi[1] y mencionado por numerosos maestros zen. Su sentido desafía y se abre a los riesgos de una múltiple interpretación.

Por último, y haciendo uso de un recorrido inverso, haré referencia al título de esta obra de Perosio, El privilegio de los años. El término “privilegio” alude a un bien preciado poseído, en contraste con quien no lo tiene o carece de él. Pero cuando se agrega que ese privilegio es el de los años, el contraste tiene resonancias tanto felices como paradójicas –se llega a la madurez, se vive más, con el riesgo del deterioro del cuerpo, con una historia que se lleva como faro, a veces detrás de los párpados. El presente siempre tendrá suprema fuerza, y tratar de instalarse en él es diario desafío. La risa, presente en muchos textos filosóficos de Occidente, y resolución de numerosos relatos del budismo, emerge al final del libro como gesto irreverente, de desparpajo, pero también de secreta celebración.





Liliana Ponce
Octubre de 2016




[1] Se lo considera el fundador de la escuela zen Rinzai (s. IX).

Liliana Ponce: Contradegüellos, obra reunida de Francisco Madariaga

Presentación de Contradegüellos.



Muchas veces asistí a lecturas de poemas de Francisco Madariaga y muchas veces compartí el encuentro posterior en algún bar, algún sencillo restaurante o pizzería. Fue alrededor de la década del 80 y un poco más, y estas reuniones se fueron sucediendo irregularmente. Asistía, y a veces yo también leía, en torno a amigos de las revistas y editoriales Último Reino, La Danza del Ratón, Tierra Baldía. Allí estaban, entre tantos otros, Jorge Zunino, Daniel Chirom, Javier Cófreces, Reynaldo Jiménez, Diana Bellesi, Julio Salgado, Esqueo Acuña, y los inefables Francisco Madariaga y Edgar Bayley.
No puedo decir que tuve amistad con “Coco” Madariaga, su figura inspiraba cierto respeto, el distanciamiento que provoca la admiración a ese observador con palabras de poeta. Recuerdo sí, con mucha claridad, su voz, su tono grave, la forma de ocupar la silla, sus gestos, mientras lo escuchábamos atentamente. Y creo que de esa atención serena, de su mirada que parecía irse a un ángulo fuera de foco, se iba construyendo su poesía, clave de la escucha.
Ahora, a la distancia en el tiempo, se resuelven algunas preguntas que entonces me hacía: ¿a qué se parecía su perfil, su silueta en la noche bajo luces amarillentas y copas en espera? Creo que a la figura de un gaucho, un gaucho que nos prestaba su tierra natal –porque había en él tanto de lo gauchesco como un mito puede esculpir: los silencios, el pudor, el respeto, la sabiduría de una belleza viva que resguardaba en sus párpados.

Liliana Ponce

Octubre 2016

martes, septiembre 13, 2016

Liliana Ponce: Poemas...


Foto: Daniel Gradar.



Estos poemas fueron extractados de Eurasia hoy (http://eurasiahoy.com/10082015-liliana-ponce-sus-respuestas-y-poemas), del reportaje de Rolando Revagliatti a la poeta, titulado: “Liliana Ponce: sus respuestas y poemas”


Poema

En recuerdo de un viaje a la ciudad de México, desde Acapulco, a través del desierto, un día de noviembre.

1

A un paso del precipicio los pies no sienten

la velocidad del vehículo que corre

bajo el aire de noviembre.

Las curvas de la carretera se abren de par en par

envueltas en el juego de las piedras,

en anillos de piedras y cactus.

Que ahora entre en la ciudad

como si la noche hablara llamando al fantasma

y la evidencia de cada geografía inexistente

pudiera hacerse tan real

como el espacio de un mantel—

la cinta atada al cansancio,

al completo abandono, la persistencia.

Pero éste es el lugar

y sé que algo quedará

en este borroso punto de despojos,

mientras espero la ciudad,

bajo la sombra de Tenochtitlán,

hueso y concha

en el límite donde podría morir.

2

¿Cuánto hace que partí?

Tomaba té y después los árboles

empezaron a desaparecer

al lado de mi ventanilla.

¿Cuánto hace que partí?

La noche también viajaba

de un continente a otro,

de un país a otro.

—Acude a lo dócil, inclínate,

mi tiempo crea la pasión.

El hechizo es un muro flotante,

separará siempre el viento, el ojo mágico,

separará tu voz, la constelación de los rostros.

¿Cuánto hace que partí

de la tierra desnuda y sin memoria,

de lo húmedo en lo alto del mar,

de la noche túnel cavada?

3

Hace un día casi, en auto recorría otro paisaje.

Foránea en planicies de arenisca,

a lo largo de rutas infinitas.

Color de almendra el polvo,

se abre a las serpientes miméticas, sutiles,

que no pueden verse sin prestar atención a lo obvio.

(Es mi anhelo entrar en el corazón de México

—ya bebí sangre de chili,

y gota a gota el agave

entra en mi lengua, se sella en el aliento.)

En el nudo, mi entrada en el secreto:

cómo el cielo comerá al desierto,

lo disolverá en una sola sustancia

sin la convulsión de lo húmedo, lo árido.

La estación de la víbora espera en esta arena,

mi sol despojado, sol rayo

para un espacio esculpido a fuego.

La luz en anillos cae dorada en sus fauces

y me absorbe.

4

La distancia se moldea con los objetos,

retrocede y avanza—

fuego fatuo de la Reina de senos desnudos,

en mi mano deja ahora un cristal

tallado cuidadosamente a la hora sexta,

mientras el viento recorre curvas irreales.

—Sin sol no podré despertar,

sin sol, Reina, no podré besarte.

5

El terror del desierto me aísla.

Quieta, yerta en el umbral de las montañas,

un hilo de sed se refleja en el cielo de vidrio

convertido en lana, en soplo cálido y seco

—el silencio no hubiera elegido entrar en el polvo

pero ahora es la serpiente quien está en los párpados,

y florece en el cuello en gruesos pétalos,

carnívoro reflejo de las vísceras,

del fruto viscoso, bulbo,

espíritu animal envuelto en el color,

y un poco más en luz enmarcando la meseta.

El terror me aísla. Estoy en un espejo

y mi cuerpo puede transformarse

antes de que la navaja corte el rayo,

antes de que mi ojo se desnude.

6

La ciudad se acerca.

Voy por la carretera como si durmiera

en un relámpago.

¿Cuánto hace que partí?

El ardor roe la sed, el hambre, el dolor.

Un suave polvo impregna tu vestido y el cabello

se ha vuelto gris —gris de liquen,

de piedra húmeda

(¿o es que acaso debo pensar en lo húmedo

para esconder la aridez, o desplazarla?)

Duermo en un relámpago

y sé que olvido la muerte

como si olvidara un sueño rápido,

el instante en el vértice de los signos.

Al final del viaje

habrá que tejer en el viento—

y sobre este desierto

todo lo dicho alguna vez se expande,

móvil, continuo.

                                        (En Revista “tsé-tsé”, Nº 3, Buenos Aires, 1996-1997)


Urbs dixit



Esperaba una llamada cuando

en pleno Buenos Aires fueron liberados

y desapareció todo vestigio

—proverbial astucia.

Brotaron los temores

(a veces conviene callarse).

A la misma hora y a metros del lugar,

recolección de basura,

máquinas tragamonedas

y en esos paseos, tolderías y colchones,

juegos, bancos, cestos, bebederos,

vecinos que venden sus propias pertenencias

y sueñan con volver al empleo

—una emoción social,

una emoción ligada al propio yo.

La noche avanza en el bar:

dos voces para respirar otro aire.

El país de donde había salido

ya no existía

—existe sólo en el pasado

(está en la mira, aguarda).

A la misma hora y a metros del lugar,

sobre el caracol del paso a nivel, rezaron,

y un tren aminoró su marcha.

Soportar demoras o no poder viajar,

o hacer una huelga, cortar un puente.

Una fuerza fuera de control:

con guantes y uniformes desfilaron

en la calle peatonal

paralela al muro de ladrillos.

Brotaban los temores

—la violencia es hija de la violencia.

(Los versos de este poema son frases extraídas sin modificaciones de artículos y noticias sobre Buenos Aires, aparecidos en los diarios “La Nación”, “Clarín” y “Página 12” durante la semana del 21 al 27 de abril de 2003.)

                                  (En “Mandorla”, N° 5, Univ. de California (EE.UU), 2005)

*

Boomerang Naturae


Ahora que el desierto avanza,

la sequía avanza,

empezaste a recordar el lugar

en que el hilo ovillado

tiene la punta

—la sed impetuosa confía en su fin.

En los escombros de los terrones desgranados

lo exuberante es un sueño de afrenta:

talada está la selva para que crezca

necesidad de opulencia

y los otros sean otros

siempre tenaces para atravesar

el destino con sus dientes.

                                   (En “Poesía manuscrita II”, Buenos Aires, 2009)

*

Ella dijo…

—Ella dijo: allí la naturaleza es venerada, respetada, nos sentimos enlazados, pensamos en la unidad con ella; así la vivimos.

Tiembla la tierra, el mar arrasa, el poema se conforma, se teje, porque en el hambre y la sed y la pobreza, el poema continúa.

—Ella dijo: hay una puerta o un biombo que separa su palabra de mi boca,

la puerta está cerrada, el biombo está abierto, desplegado, y allá su voz y aquí mi lamento, al ver en las garras la tiza que dibuja el círculo.

La puerta está cerrada, el biombo abierto,

y yo a bocanadas trato de respirar,

de ver en la pantalla lo que dejó la ola,

el caballo yendo a galope de monstruo.

—Ella dijo que perdió a su amigo, que dejó mensaje, que lo recuerda sin lágrimas.

Mira la luna, la luna crece como el mundo.

Y yo digo: ¿qué mundo,

ese de caparazón de miel, tan nada y también dios?



(En Ed. Color Pastel, Buenos Aires, 2012)

*

Espiral

—Para considerar el método, su cumplimiento

y el despojado motivo que empieza.

—Para considerar el método, la explicación

que va a llegar al comienzo o al final

—indeseable y a la vez liberador—

el jardín seco,

la estación del caligrama en la arena,

la costa que sigue y sigue,

una cinta que envuelve y separa cada instante

como prisma que gira

y en cada cara un ojo-dios

que será representación de imperio.

Ahora ese punto donde estoy

fermenta la semilla de un comienzo

y es rama que va avanzando en capas

de palabras separadas de los cuerpos

que en vértigo esconden el sentido

—periferia al final porque siempre se encierra y se agota,

enredaderas de la nada en la laca del tiempo o su zumbido

desde el principio incompleto y llama de las causas.

                                                 Buenos Aires, 2014 (inédito)

*