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lunes, octubre 12, 2015

Wallace Stevens: Notas para una ficción suprema II

Después de un brillo de la luna, decimos 
que no necesitamos de ningún paraíso, 
que no necesitamos himno seductor alguno.

Es verdad. Esta noche las lilas magnifican
la fácil pasión, el amor siempre presto
del enamorado que tenemos dentro y aspiramos

Un olor que no evoca nada, absoluto.
En plena mitad de la noche nos encontramos
con el olor purpúreo, la abundante floración.

El enamorado suspira como por la dicha accesible,
que puede al aspirar llevar dentro de sí,
poseer en su corazón, ocultar y conocido nada.

Porque la fácil pasión y el amor siempre presto
son de nuestro nacimiento terreno y de aquí y ahora
y de donde vivimos y de todas las partes en que vivimos,

como en la nube cimera de una noche-tarde de mayo,
como en el valor del hombre ignorante,
que canta según el libro, en el ardor del docto,
que escribe

el libro, ardiendo en deseos de otra dicha accesible:
las fluctuaciones de la certidumbre, el cambio
de grados de percepción en la oscuridad del docto.

---

After a lustre of the moon, we say
We have not the need of any paradise,
We have not the need of any seducing hymn.


It is true. Tonight the lilacs magnify
The easy passion, the ever-ready love
Of the lover that lies within us and we breathe


An odor evoking nothing, absolute.
We encounter in the dead middle of the night
The purple odor, the abundant bloom.


The lover sighs as for accessible bliss,
Which he can take within him on his breath,
Possess in his heart, conceal and nothing known.


For easy passion and ever-ready love
Are of our earthy birth and here and now
And where we live and everywhere we live,


As is the top-cloud of a May night-evening,
As in the courage of the ignorant man,
Who chants by book, in the heat of the scholar,
who writes.


The book, hot for another accessible bliss:
The fluctuations of certainty, the change
Of degress of perception in the scholar's dark.

 *Wallace Stevens: E.E.U.U., Pennsylvania, 1879-Connecticut, 1955). Traducción de Javier Marías.
**VII poema de la Serie "Debe cambiar".

jueves, abril 30, 2015

Wallace Stevens: De la poesía moderna



El poema de la mente en el acto de hallar
lo que habrá de bastarle. No siempre tuvo que
hallar: la escena estaba dispuesta; repetía lo que
ponía el guión.
Luego el teatro cambió
a una cosa distinta. Su pasado fue un recuerdo.

Es necesario que viva, que aprenda el habla del lugar.
Debe afrontar a los hombres del tiempo y reunirse
con las mujeres del tiempo. Debe pensar en la guerra
y tiene que encontrar lo que haya de bastarle. Debe
construir un nuevo escenario. Debe subir a ese escenario,
y, como un actor insaciable, lenta,
meditadamente, pronunciar palabras que en el oído,
en el delicadísimo oído de la mente, repitan,
exactamente, lo que quiere oír, a cuyo sonido,
una audiencia invisible escuche,
no la obra, sino a ella misma, expresada
en una emoción como de dos personas, como de dos
emociones que se funden en una. El actor es
un metafísico en la oscuridad, pulsando
un instrumento, pulsando una cuerda áspera que emite
sonidos que atraviesan virtudes repentinas, abarcando
la mente por completo, por debajo de la cual no puede descender,
más allá de la cuál no tiene derecho a elevarse.
Debe
ser el hallazgo de una satisfacción, y puede
ser de un hombre patinando, una mujer bailando, una mujer
peinándose. El poema del acto de la mente.



Of Modern Poetry

The poem of the mind in the act of finding
What will suffice. It has not always had
To find: the scene was set; it repeated what
Was in the script.
Then the theatre was changed
To something else. Its past was a souvenir.

It has to be living, to learn the speech of the place.
It has to face the men of the time and to meet
The women of the time. It has to think about war
And it has to find what will suffice. It has
To construct a new stage. It has to be on that stage,
And, like an insatiable actor, slowly and
With meditation, speak words that in the ear,
In the delicatest ear of the mind, repeat,
Exactly, that which it wants to hear, at the sound
Of which, an invisible audience listens,
Not to the play, but to itself, expressed
In an emotion as of two people, as of two
Emotions becoming one. The actor is
A metaphysician in the dark, twanging
An instrument, twanging a wiry string that gives
Sounds passing through sudden rightnesses, wholly
Containing the mind, below which it cannot descend,
Beyond which it has no will to rise.
It must
Be the finding of a satisfaction, and may
Be of a man skating, a woman dancing, a woman
Combing. The poem of the act of the mind.

* Material extractado del blog http://jmridao.blogspot.com.ar/

sábado, diciembre 22, 2012

Wallace Stevens, Siempre puede haber un tiempo de inocencia.

  
Ángel olvidadizo, Paul Klee
Felicidades para todos y todas!
Un gran abrazo!
  
VIII
Siempre puede haber un tiempo de inocencia.
Nunca existe un lugar. O si no existe un tiempo,
Si no es cosa de tiempo, ni de espacio,

Existiendo, a solas, en su idea,
En el sentido contra la calamidad, no es por ello
Menos real. Para el filósofo más frío y más anciano

Hay o debe de haber un tiempo de inocencia
Como puro principio. Su naturaleza es su fin,
Que debería ser y no ser a un tiempo, una cosa

Que estimula la piedad de un hombre piadoso,
Como un libro al atardecer, hermoso pero falso.
Como un libro al alba, hermoso y verdadero.

Es como una cosa de éter que existe
Casi como predicado. Pero existe,
Existe, y es visible, existe, es.

Así, entonces, estas luces, no son un hechizo de luz,
Un refrán caído de una nube, sino inocencia.
Inocencia de la tierra y no un signo falso

O un símbolo de malicia. Que participamos
De eso mismo, yacemos como niños en esta santidad,
Como si, despiertos, yaciésemos en la quietud del sueño,

Como si la madre inocente cantase en la oscuridad
De la habitación y en un acordeón apenas oído,
Crease el tiempo y el espacio en el que respirábamos..


VIII

There may be always a time of innocence.
There is never a place. Or if there is no time,
If it is not a thing of time, nor of place,

Existing in the idea of it, alone,
In the sense against calamity, it is not
Less real. For the oldest and coldest philosopher,

There is or may be a time of innocence
As pure principle. Its nature is its end,
That it should be, and yet not be, a thing

That pinches the pity of the pitiful man,
Like a book at evening beautiful but untrue,
Like a book on rising beautiful and true.


It is like a thing of ether that exists
Almost as predicate. But it exists,
It exists, it is visible, it is, it is.

So, then, these lights are not a spell of light,
A saying out of a cloud, but innocence.
An innocence of the earth and no false sign

Or symbol of malice. That we partake thereof,
Lie down like children in this holiness,
As if, awake, we lay in the quiet of sleep,

As if the innocent mother sang in the dark
Of the room and on an accordion, half-heard,
Created the time and place in which we breathed . .

martes, diciembre 18, 2012

Wallace Stevens II: Soliloquio final del amante interior




Enciende la primera luz del atardecer, como en un cuarto
en el que descansamos, y, por nada, pensamos
que el mundo imaginado es el bien esencial.

Es este, por lo tanto, el más intenso encuentro.
Esta es la idea en que nos recogemos,
lejos de las indiferencias, en una sola cosa:

Una única cosa, un solo manto
que nos envuelve bien, pues somos pobres, un calor,
una luz, un poder, el milagroso influjo.

Ahora, aquí, nos olvidamos el uno al otro y de nosotros mismos.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
un conocer, el que arregló el encuentro,

dentro de sus fronteras vitales, en la mente.
Decimos: Dios y la imaginación son uno...
qué alto alumbra lo oscuro esa vela tan alta.

Y de esta misma luz, de esta mente central,
hacemos nuestra casa en el aire nocturno,
donde estar allí juntos los dos es suficiente.


*Traducción de autor desconocido.

********

Final soliloquy of the interior paramour


Light the first light of evening, as in a room
In which we rest and, for small reason, think
The world imagined is the ultimate good.

This is, therefore, the intensest rendezvous.
It is in that thought that we collect ourselves,
Out of all the indifferences, into one thing:

Within a single thing, a single shawl
Wrapped tightly round us, since we are poor, a warmth,
A light, a power, the miraculous influence.

Here, now, we forget each other and ourselves.
We feel the obscurity of an order, a whole,
A knowledge, that which arranged the rendezvous.

Within its vital boundary, in the mind.
We say God and the imagination are one...
How high that highest candle lights the dark.

Out of this same light, out of the central mind,
We make a dwelling in the evening air,
In which being there together is enough.


martes, septiembre 25, 2012

Wallace Stevens: El elemento irracional en la poesía



Reproducimos a continuación un ensayo del poeta Wallace Stevens, que hemos extractado del blog La Biblioteca de Marcelo Leites, http://ustedleepoesia2.blogspot.com/, que recomiendo visitar.

I
 Para empezar, la expresión "el elemento irracional en la poesía" es demasiado general como para ser útil. Después que se medita un poco en ella, se vuelve más compleja. Por otro lado, estamos en este momento tan aturdidos por el estrépito causado por los surrealistas y los hiperracionalistas, y tan preocupados por leer sobre ellos, que podemos confundirnos a causa de estos doctos románticos y pensar que son hoy los únicos ejemplares de lo irracional. Ciertamente ejemplifican un aspecto de ello. En principio, sin embargo, lo que tengo en mente al hablar del elemento irracional en la poesía es la transacción entre la realidad y la sensibilidad del poeta, de la cual surge la poesía.
II
No me considero competente para debatir sobre la realidad como filósofo, pero todos entendemos lo que se quiere decir con transposición de una realidad objetiva en una realidad subjetiva. La transposición entre la realidad y la sensibilidad del poeta es precisamente eso. Uno o dos días antes del Día de Acción de Gracias cayó un poco de nieve en Hartford. Se derritió un poco durante el día y luego volvió a congelarse por la noche, formando una capa delgada y brillosa sobre el césped. Al mismo tiempo, la luna estaba casi llena. Un día me desperté varias horas antes de que aclarara y acostado en la cama oí las pisadas, casi imperceptibles, de un gato corriendo sobre la nieve bajo mi ventana. La debilidad y lo extraño del ruido produjeron en mí una de esas impresiones que con tanta frecuencia utilizamos como pretexto para hacer poesía. Supongo que, en esos casos, uno expresa simplemente la propia sensibilidad y que la razón por la cual esa expresión se convierte en poesía es que toma cualquier forma que uno sea capaz de darle. El poeta puede darle forma de poesía porque la poesía es el instrumento de su sensibilidad personal. Esto no quiere decir que un poeta escribe poesía porque escribe poesía, aunque pueda sonar así. Un poeta escribe poesía porque es un poeta; y no es un poeta porque es un poeta sino debido a su sensibilidad personal. No sé qué es lo que le da al hombre su sensibilidad personal, pero no importa, porque nadie lo sabe. Los poetas continúan naciendo, no se hacen y no pueden, me temo, ser predeterminados. Si, por una parte, pudieran ser predeterminados, seguramente hace ya mucho que se habrían extinguido; o habrían hecho de la vida algo distinto de lo que es hoy mediante una de esas transformaciones que tanto los deleitan y habrían procurado multiplicarse abundantemente.
III
Existe, por supuesto, una historia del elemento irracional en la poesía, que después de todo no es sino un capítulo de la historia de lo irracional en las artes en general. No nos interesa lo irracional en un sentido patológico. Fuseli acostumbraba comer carne cruda por la noche, antes de dormir, para que sus sueños alcanzaran una violencia carnívora de la que, de lo contrario, carecían. Ese tipo de cosas no nos interesa, ni tampoco toda irracionalidad provocada por el rezo, el whisky, el ayuno, el opio o el deseo de publicidad. Las novelas góticas del siglo XVIII inglés ya no son irracionales. Son simplemente aburridas. Lo que sí nos interesa es aquel proceso específico en la mente racional que reconocemos como irracional, dado que ocurre inexplicablemente. O, más bien, debería decir que lo que nos interesa no es tanto el proceso hegeliano como lo que deviene de él. Probablemente estaríamos mucho más interesados si, a partir de la historia de lo irracional, se hubiera desarrollado una tradición. Es fácil hacer a un lado lo irracional con el postulado de que somos seres racionales, aristotélicos, y no bestias. Pero cada día se está volviendo más fácil decir que somos seres irracionales; que la irracionalidad no es una sola, y que la única razón por la que aún no cuenta con una tradición es porque su tradición apenas está en marcha. Cuando estuve aquí en Harvard, hace ya mucho tiempo, era un lugar común decir que toda la poesía ya había sido escrita y todos los cuadros pintados. Quizá haya sido algo así lo que nos interesó, en un principio, sobre lo irracional. Una de las grandes figuras del mundo ha sido, desde aquel entonces, Freud, quien dio a lo irracional una legitimidad que nunca antes había tenido. Sin embargo, su influencia en lo que ha ocurrido con la poesía es muy tenue, comparada por ejemplo con su repercusión en otros ámbitos. Influencias más portentosas han sido las de Rimbaud y Mallarmé.
IV
Expresado con más sutileza, puede ser que mi tema sea las manifestaciones irracionales del elemento irracional en la poesía; pues si el elemento irracional es simplemente energía poética, deberá encontrarse donde sea que se encuentre la poesía. Una manifestación tal es la revelación de la individualidad del poeta. Es improbable que esta revelación sea siempre visible de un modo tan evidente como lo es para el propio poeta. En el primero de los poemas que voy a leerles en un momento, el tema que yo tenía en mente era el efecto de la depresión económica de los veinte sobre el interés por el arte. Mi intención era confrontar el mundo tal y como había sido imaginado por el arte y el mundo tal y como era en realidad en ese entonces. Si entraba en una galería, me daba cuenta de que lo que veía no me causaba ningún interés. La atmósfera estaba cargada de ansiedades y tensiones. Ver cuadros allí era como tocar esta tarde el piano en Madrid. Era capaz de hacer observaciones y anotarlas, como cualquiera; y de haber sido eso lo que quería, pude haberlo hecho. Quería abordar precisamente ese tema y lo elegí como un pedazo de realidad, de actualidad, de contemporaneidad. Pero yo quería que el resultado fuera poesía, en la medida en que yo fuera capaz de escribir poesía. Para ser más específico, quería emplear mi propia sensibilidad en algo perfectamente prosaico. El resultado sería la revelación de mi propia sensibilidad o individualidad, como la llamé hace un rato, válida para mí mismo ciertamente. El poema se llama "The old woman and the statue". La anciana es un símbolo de aquellos que sufrieron durante la depresión, y la estatua es un símbolo del arte, aunque en varios poemas que forman parte de Owl's Clover, el libro del que voy a leerles, la estatua es un símbolo variable. Pese a que el poema no tiene nada de automático, posee sin embargo un aspecto automático, en el sentido de que es lo que yo quería que fuera, sin que yo supiera que era lo que quería antes de haberlo escrito, aunque sabía, antes de escribirlo, lo que quería hacer. Si cada uno de nosotros es un mecanismo biológico, cada poeta es un mecanismo poético. A grado tal que lo que él produce es mecánico; es decir: está fuera de su poder cambiarlo,es irracíonal. Quizá no quiero decir que esté enteramente fuera de su poder el cambiarlo, ya que él podría, con un esfuerzo de la voluntad, cambiarlo. Sin dejar de tener eso presente, me refiero a que está fuera de la probabilidad de cambio mientras él siga siendo él. Esto ocurre con todo poeta.
V
Creo, también que la elección de un tema es algo completamente irracional, suponiendo que el poeta se permita toda libertad de elección. Si se es un imagista, la elección de temas es obviamente limitada. Lo mismo ocurre si uno es cualquier otra cosa en particular y la profesa rígidamente. Pero si uno elige ser libre y deambular por el mundo experimentando lo que sea que uno experimente, como lo hace la mayor parte de la gente —aun cuando insisten en que no es así—, entonces o bien la elección de temas es fortuita o la identidad de las circunstancias bajo las cuales se hace la elección es imperceptible. A los poetas líricos los perturba la primavera y a los poetas románticos el otoño. A medida que un hombre se familiariza con su propia poesía, ésta se vuelve tan obsoleta para él como para cualquier otro. De ello se deduce que la renovación es uno de los móviles de la escritura. Esto, sin duda, opera en la elección de temas de un modo tan definitivo que determina cambios en el ritmo, en la dicción y en la forma. Es elemental el hecho de que variemos los ritmos de manera instintiva. Decimos que perfeccionamos la dicción. Pero simplemente nos cansamos. El modo en que se escribe es algo que aún no ha sido precisado adecuadamente. No significa el estilo; es la actitud del escritor, su posición más que su punto de vista. Pero, ¿su posición con respecto a qué? En relación a nada en particular, simplemente su posición. Escucha al gato sobre la nieve. Sus patas corriendo determinan el ritmo. No hay más tema que el gato corriendo sobre la nieve bajo la luz de la luna. El asunto lo cansa: quiere un tema, una idea, un sentimiento; su modo entero de escribir cambia. Todas estas cosas cuentan a la hora de elegir un tema. El hombre que ha sido educado en una escuela artificial se vuelve violentamente real. El mallarmeano se convierte en novelista proletario. Todo esto es irracional. Si la elección del tema fuese predecible, sería racional. Ahora bien, así como en principio la elección del tema es impredecible, su desarrollo, una vez que el tema ha sido elegido, también lo es. En poesía uno siempre escribe sobre dos cosas al mismo tiempo, y esto es justamente lo que produce la tensión característica de la poesía. Uno es el tema verdadero y el otro es la poesía del tema. La dificultad de apegarse al tema verdadero, cuando es la poesía del tema lo que es primordial para uno, basta con ser mencionada para que se entienda. En el caso del poeta que hace del tema verdadero el primordial y simplemente lo embellece, el tema es constante y el desarrollo ordenado. Si la poesía del tema es lo principal, el verdadero tema no es constante ni su desarrollo ordenado. Esto último es cierto, por ejemplo, en el caso de Proust y de Joyce, en la prosa moderna.
VI
¿Por qué escribe uno poesía? He enumerado ya algunas de las razones, entre ellas éstas: porque uno se ve impulsado a hacerlo debido a una sensibilidad personal y también porque uno se cansa de la monotonía de la propia imaginación, por así decirlo, y parte en busca de la diversidad. Hace diez años o más, en su discurso ante la Academia, Henri Brémond puso en claro un motivo místico y dejó sentado que, en su opinión, uno escribe poesía para encontrar a Dios. Me gustaría considerar esto en relación con algo que quizá sería mejor hacerlo separadamente: la cuestión del significado en la poesía. Brémond propuso una identidad entre la poesía y la oración, y se unió a Bergson al apoyarse, en su último análisis, en la fe. Eliminó la razón como elemento esencial en la poesía. Aquella poesía en la que dominaba el elemento irracional era poesía pura. El mismo Brémond no permite ninguna vaguedad en la expresión "poesía pura", que reduce a un corpus muy pequeño de poesía, como ha de ser si los versos en los que la encuentra son tan preciosos para su espíritu como parece. Pese a Brémond, "poesía pura" es un término que ha pasado a ser descriptivo de la poesía en la que no es primordial el tema verdadero, sino la poesía del tema. Todos los místicos se aproximan a Dios a través de lo irracional. La poesía pura es tanto mística como irracional. Si descendemos un poco de esta altura y aplicamos la definición más suelta y más amplia de poesía pura, es posible decir que, mientras que quizá esté en el temperamento de muy pocos de nosotros escribir poesía para encontrar a Dios, probablemente el propósito de cada uno de nosotros al escribir poesía es encontrar el bien, que en un sentido platónico es sinónimo de Dios. Uno escribe poesía, entonces, para aproximarse al bien a través de aquello que es armónico y ordenado. O, simplemente, uno escribe poesía a partir del deleite provocado por lo armónico y ordenado. Si bien es cierto que los pintores más abstractos pintan arenques y manzanas, no lo es menos que los poetas que de manera más urgente exploran el mundo en busca de la confirmación de la vida, de aquello que hace que la vida valga tan prodigiosamente la pena de ser vivida, tal vez encuentren soluciones en un pato nadando en un estanque, o en el viento, o en una noche de invierno. Es concebible que un poeta pueda surgir de un ámbito tal que pueda fijar en música la abstracción de la que tanto depende. Mientras tanto, tenemos que vivir en la literatura que tenemos o de la que somos capaces de producir. Y digo vivir de la literatura, porque la literatura es la mejor parte de la vida, puesto que se basa en la vida misma. Desde este punto de vista, el significado de la poesía nos involucra profundamente. De esto no se deriva que la poesía que en su origen es irracional no sea poesía comunicable. La poesía pura de Brémond es irracional en su origen. Sin embargo, comunica tanto que Brémond la considera suprema. Dado que la mayoría de nosotros es incapaz de compartir las experiencias de Brémond, tenemos que contentarnos con menos. Cuando encontramos en la poesía aquello que nos da la existencia momentánea en un plano exquisito, ¿acaso es necesario indagar el significado del poema? Y si el poema tuviera un significado y su explicación destruyera la ilusión,¿habríamos ganado o perdido? Tomemos, por ejemplo, el poema de Rimbaud, uno de Les Illuminations titulado "Huellas" (1):

A la derecha el alba de estío despierta las hojas y los vapores y los ruidos de ese rincón del parque, y los taludes de la izquierda guardan en su sombra violeta las mil rápidas huellas del camino húmedo. Desfile de hechicerías. En efecto, carros cargados de animales de madera dorada, de mástiles y telas abigarradas, al gran galope de viento manchados caballos de circo, y los niños, y los hombres, sobre sus bestias más asombrosas —veinte vehículos henchidos, empavesados y floridos como carrozas antiguas o de cuentos, llenos de niños ataviados para una pastoral suburbana. Hasta ataúdes bajo su palio nocturno levantando los penachos de ébano, corriendo al trote de grandes yeguas azules y negras.

No sé qué imágenes ha creado el poema. Delahaye dice que el poema se inspiró en un circo americano que visitó Charleville, lugar en el que vivió Rimbaud de niño, en 1868 o 1869. ¿Cuál es el motivo de esta explicación? No necesito decirlo. La señorita Sitwell escribió la introducción a la traducción de los poemas de Rimbaud hecha por miss Rootham. Algo de lo que dijo a lo largo de la introducción ilustra la forma en que el tema verdadero reemplaza al tema nominal. Ella dijo: Qué distinta esta vida (la del barrio bajo) a aquella vida protegida e incluso un tanto sofocante de los domingos perpetuos que él había pasado cuando niño en Charleville, y era en estos días siempre recurrentes de ropa enfundada y de rezo, que madame Rimbaud lo acompañaba, junto con su hermano y sus dos hermanas, a la misa de once, bajo la intensa luz de los caminos polvorientos, bajo los árboles, cuyas grandiosas hojas brillantes y lustrosas y cuyas enormes flores rosadas que semejaban transfiguraciones celestiales de las damas de sociedad, parecían sacudirse de risa ante la soberbia procesión.
Ni la propia señorita Sitwell pudo decir si la misa de once sugería las flores ligeras y brillantes o si las damas de sociedad se le vinieron a la cabeza al evocar las grandiosas hojas brillantes y lustrosas que fueron atrapadas allí simplemente por las enormes flores rosadas, o bien si ellas vinieron con las enormes flores rosadas. Esto dependería de si, en la mente de la señorita Sitwell, las damas de sociedad eran, por una parte, grandiosas, lustrosas y brillantes, o bien enormes y rosadas. Aquí el tema verdadero era el brillo y el color de una impresión.
VII
La presión de lo contemporáneo, desde la época del inicio de la Primera Guerra Mundial hasta este momento, ha sido constante y extrema. Nadie puede haber vivido aparte, en un olvido feliz. Durante mucho tiempo antes de la guerra, nada era más común. En aquellos días el mar estaba lleno de yates y los yates llenos de millonarios. Era una época en la que sólo los maniáticos tenían cosas perturbadoras que decir. Ese período fue como una puesta en escena que ha sido desmontada y archivada desde entonces. Con la finalización de la guerra fue desmontada, mas la toma de conciencia de este hecho implicó diez años de lucha con las consecuencias de la paz. La gente decía que, de continuar la guerra, la civilización terminaría, así como hoy dice que otra guerra por el estilo terminará con la civilización. Una cosa es hablar del fin de la civilización, y otra sentir que eso no es tan sólo posible sino visiblemente probable. Si no se es comunista, ¿acaso la civilización no terminó en Rusia? Si no se es nazi, ¿acaso no ha terminado en Alemania? Tan pronto afirmamos que eso nunca ocurrirá aquí, reconocemos que lo decimos faltos de toda ilusión. Nos preocupan los hechos, aunque no los observemos de manera detenida. Tenemos una sensación de cataclismo. Nos sentimos amenazados. Miramos desde un presente incierto hacia un futuro aún más incierto. Sentimos el deseo de oponernos a todo esto en la poesía, así como también en la política. Si la política está más cerca de cada uno de nosotros a causa de la presión que ejerce lo contemporáneo, la poesía, a su manera, y por el mismo motivo, no está menos cerca. ¿Acaso existe alguien que suponga que a la vasta masa de gente que conforma este país la impulsaron en la última elección consideraciones racionales? Si damos a la razón tanto crédito como a la radio, aun así perdurará la certeza de que un movimiento tan grande como aquél fue emocional y, en tanto emocional, irracional. El problema es que, a mayor presión de lo contemporáneo, mayor resistencia. La resistencia es lo opuesto a la huida. El poeta que quiere contemplar el bien en medio de la confusión es como el místico que quiere contemplar a Dios en medio del mal. No puede pensarse en la huida. Tanto el poeta como el místico pueden instalarse en los arenques y en las manzanas. El pintor puede instalarse en una guitarra, en una copia del Fígaro o en un plato de melones. Estas cosas son fortificadoras, pero irracionales. La única resistencia posible a la presión de lo contemporáneo es cuestión de manzanas y de arenques, o, para no ser tan tajantes, de lo contemporáneo mismo. En poesía el tema no es lo contemporáneo, porque éste es sólo el tema nominal, sino la poesía de lo contemporáneo. La resistencia a la presión de la circunstancia ominosa y destructiva consiste en su conversión, tanto como sea posible, en una circunstancia diferente, explicable y amena.
VIII
Charles Mauron dice que se puede caracterizar al hombre por sus obsesiones. Estamos obsesionados por lo irracional. Esto se debe a que esperamos que lo irracional nos libere de lo racional. En un artículo sobre Picasso, que lleva el sugestivo nombre "El hecho social y la visión cósmica", Christian Zervos dice: La explosión de su espíritu ha destruido las barreras que el arte... imprimió en la imaginación. La poesía ha salido adelante con todo lo que tiene de sentido agudo, enigmático y extraño, que ve en la vida no sólo una imagen de la realidad, sino que concibe a la vida como un misterio que nos envuelve en todas partes.
Si tomamos a Picasso como aquello que casualmente consideramos moderno, podemos decir que su espíritu es el espíritu de todo artista que busca ser libre. Una obsesión superior que caracteriza a todos esos espíritus es la obsesión de libertad. Sin embargo ya no hay muchas disculpas posibles para tales explosiones pues, en lo que concierne a la pintura, y también a la poesía, uno puede hacer lo que le plazca. Uno puede componer poesía en cualquier forma que a uno le guste. Si el comenzar los versos con letras mayúsculas parece un hábito del siglo XVII, se pueden buscar transiciones líquidas de una mayor simplicidad, y así sucesivamente. No es que no le importe a nadie. Importa inmensamente. El sonido más tenue importa. El ritmo más efímero importa. Uno puede hacer lo que le plazca, sin embargo todo importa. Uno es libre, pero la propia libertad debe armonizar con la libertad de los demás. Quiero insistir un momento en este asunto del sonido. A nosotros ya no nos gustan esos tintineos de Poe. Uno es libre de crear esos tintineos si uno quiere. Pero los otros poseen la misma libertad de llevarse las manos a los oídos. Puede ser que la vida no sea un misterio cósmico que nos envuelve en todas partes. Pero uno tiene, no obstante esto, que conocer aquel sonido que es el sonido exacto; y en realidad, uno lo conoce sin saber cómo. El conocimiento de uno es irracional. En ese sentido, la vida es misteriosa; y si en verdad es misteriosa, supongo que es cósmicamente misteriosa. Espero que estemos de acuerdo en que es, por lo menos, misteriosa. Lo que puede afirmarse de los sonidos, también es aplicable a todas las cosas: a la sensibilidad para con la elección de las palabras, por ejemplo, sin considerar el sonido. Existe, para abreviar, una retórica no escrita que siempre está cambiando y hacia la cual el poeta debe volver siempre. En ese libro aprende que el deseo por la literatura es el deseo por la vida. El deseo incesante de libertad en la literatura, o en cualquiera otra de las artes, es el deseo de libertad en la vida. El deseo es irracional. De esto resulta que lo irracional busca a lo irracional, un estado de cosas visiblemente feliz, si uno es propenso a ello.Aquellos que son propensos a ello sin reserva dicen: lo menos fastidioso en la búsqueda de lo irracional es ser repudiado como una abominación. Los seres racionales son canallas. En lugar de ver, deberíamos excavar dentro del ojo; en lugar de oír, deberíamos yuxtaponer los sonidos siguiendo una pulsación emocional.Esto parece ser la libertad por el amor a la libertad misma. Si decimos que deseamos la libertad cuando ya somos libres, parece obvio que tenemos en mente una libertad nunca antes experimentada. Pero, ¿acaso no es esta actitud hacia la vida semejante a la del poeta hacia la realidad? Pese a las actitudes cínicas que se nos vienen a la cabeza al oír tales cosas, una libertad nunca antes experimentada, una poesía no concebida previamente pueden tener lugar con la rapidez inherente a la metamorfosis poética. Esa posibilidad es la obsesión fundamental para los poetas. Entretanto, se purifican ante la realidad mediante ejercicios que quisieran ser de santidad.Ustedes recordarán, seguramente, la carta escrita por Rimbaud a Delahaye en la que dice: "Digo que uno tiene que ser vidente, que tiene que hacerse vidente. El poeta se convierte en vidente en virtud de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos sus sentidos... Llega a lo desconocido".
IX
Permítanme decir una última cosa acerca de lo irracional como parte de la dinámica de la poesía. Lo irracional guarda con lo racional la misma relación que lo desconocido con lo conocido. En una época tan dura como inteligente, las frases sobre lo desconocido son pronto desechadas. No es de ninguna manera mi propósito el entregarme a una retórica mística, pues por mi parte no tengo paciencia con ese tipo de cosas. Que lo desconocido como fuente de conocimiento, como objeto del pensamiento, es parte de la dinámica de lo conocido, no puede negarse. Es lo desconocido lo que excita el ardor de los doctos, quienes, con el conocimiento solo, se marchitarían de cansancio. Aceptamos lo desconocido, aun cuando somos de lo más escépticos. Nos puede ofender la consideración que hagan todos sobre este asunto, menos la de las mentes más lúcidas; pero, así considerado, posee seducciones más poderosas y más profundas que las de lo conocido.Es así como también existen aquellos que, al no haber sido nunca convencidos de que lo racional nos ha hecho divinos, anhelan asumir la eficacia de lo irracional. La mente racional, al tratar con lo conocido, espera encontrarlo reluciendo en un éter familiar. Lo que en realidad encuentra es a lo desconocido siempre atrás y más allá de lo conocido, dándole la apariencia —en el mejor de los casos— de un claroscuro. Existen, por supuesto, charlatanes de lo irracional. Eso, sin embargo, no supone que debamos identificar lo irracional con los charlatanes. No quiero que me malentiendan y piensen que tengo en mente a los poetas surrealistas. Ellos concentran su habilidad en una técnica singularmente limitada pero que, con todo, muestra la influencia dinámica de lo irracional. Ellos están extraordinariamente vivos; y el hecho de que hagan posible el que nosotros leamos poesía que parece llena de alegría y de juventud, justo cuando estábamos empezando a desesperar por la falta de alegría y juventud, es inmensamente positivo. Una prueba de su calidad dinámica y, por lo mismo, de su efecto dinámico, es que ellos hacen que otras formas parezcan obsoletas. Con el tiempo, serán absorbidos, y aquello que es ahora tan concentrado, tan intrascendente en lo que respecta a las restricciones de una técnica, tan provinciano, dará y tomará y se volverá parte del proceso del dar y del tomar, en el que consiste el crecimiento de la poesía.Aquellos que buscan la frescura y la extrañeza de la poesía en lugares frescos y extraños, lo hacen debido a una intensa necesidad. La necesidad del poeta por la poesía es una causa dinámica de la poesía que él escribe. Por medio de la ayuda de lo irracional, encuentra alegría en lo irracional. Cuando hablamos de las fluctuaciones del gusto, hablamos de las evidencias del funcionamiento de lo irracional. Dichos cambios son irracionales. Reflejan los efectos de la energía poética, puesto que cuando no existen fluctuaciones, la energía poética está ausente. Desde luego, estoy usando la palabra irracional de manera más o menos indistinta, abarcando varios de sus sentidos. Habrá tiempo suficiente de adoptar un uso más sistemático cuando escriba la crítica de lo irracional quien sea el que a la larga se ocupe de ese vigoroso tema. Es de esperarse en el futuro una incesante actividad de lo irracional, y dentro delcampo de lo irracional. De este modo los avances por lograrse serían mucho mayores si la naturaleza del poeta no fuese tan fortuita e intermitente. El poeta no puede profesar lo irracional como el sacerdote profesa lo desconocido. El papel del poeta es más amplio, en tanto él debe ser poseído, junto con todo lo demás, por la tierra y por los hombres con sus implicaciones terrenas. Para el poeta, lo irracional es lo elemental; pero ni la poesía ni la vida están comúnmente ligadas a la dinámica máxima de lo irracional. Conocemos a Sweeney tal cual es y, en general, lo preferimos así, sin demasiado brillo y, sin duda, siempre será así.

Opus Posthumous (1957)
(1) Como es natural, el autor cita una traducción al inglés. Hemos preferido citar directamente la traducción al castellano realizada por Cintio Vitier: Las iluminaciones, Premià Editora, México, 1980. (N. del E.)
*Wallace Stevens (E.E.U.U., Pennsylvania, 1879-Connecticut, 1955). (Traducc. Patricia Gola; de: El elemento irracional en la poesía; Universidad Autónoma de Puebla, México, 1987.)

miércoles, junio 22, 2011

Ciclo Pretexto 2011, Villa Mercedes, San Luis

Ciclo PRETEXTO 2011 (Primer Encuentro), sábado 25 de junio, a las 19.30, en la Secretaría de Extensión Universitaria, Pescadores 280.

PRETEXTO comenzó en el año 2010 y fue producto de la necesidad de compartir distintas experiencias relacionadas con la producción poética actual. La dinámica de este ciclo incluye la participación de poetas invitados (dos de otras provincias, uno o dos de la región y alumnos del Taller Literario de la FICES). Los encuentros se realizan mensualmente, y, durante los mismos, además de escuchar a los invitados, se aprovecha para intercambiar distintos puntos de vista sobre la escritura y la situación cultural en general.
En este Primer PRETEXTO del 2011, participarán los siguientes poetas: Marita BALLA, de la ciudad de Paraná; Germán ARENS de Bahía Blanca; Sebastián QUIROGA TORRES de Villa Mercedes y Juan LUNA del Taller Literario de la FICES.

jueves, mayo 05, 2011

Wallace Stevens: El hombre de nieve

Publiqué ya en este blog este poema de Wallace Stevens que tanto me gusta, en versión al castellano del poeta Alberto Girri. Pero esta vez elegí esta otra excelente versión del poeta Jorge Aulicino, uno de cuyos aciertos, a mi modesto entender, es haber traducido como “ánimo de invierno” aquello que Girri tradujera como “espíritu de invierno”.


El hombre de nieve

Uno debe tener un ánimo de invierno
Para considerar la escarcha y las ramas
De los pinos encostrados por la nieve;

Y haber tenido frío un largo tiempo
Para contemplar los enebros enmarañados con hielo,
Los abetos, agrestes en el brillo lejano

Del sol de enero; y no pensar
En ninguna aflicción en el sonido del viento,
En el sonido de unas pocas hojas,


Que es el sonido de la tierra
Llena de ese mismo viento
Que sopla en el mismo desnudo lugar

Para el oyente, el que escucha en la nieve,
Y, en sí mismo nada, contempla
La nada que no está allí y la nada que está.



*Wallace Stevens: Véase el libro Harmonium, 1923, Collected Poetry & Prose, The Library of America, Nueva York, 1997.

The Snow Man


One must have a mind of winter/ To regard the frost and the boughs / Of the pine-trees crusted with snow; // And have been cold a long time/ To behold the junipers shagged with ice, /The spruces rough in the distant glitter // Of the January sun; and not to think / Of any misery in the sound of the wind, /In the sound of a few leaves, /Which is the sound of the land /Full of the same wind /That is blowing in the same bare place // For the listener, who listens in the snow,/ And, nothing himself, beholds /Nothing that is not there and the nothing that is.

Extractado de http://campodemaniobras.blogspot.com/2009/07/wallace-stevens-nieve.html

* Acerca de este poema, comenta el poeta Alberto Girri en el libro Poemas (Wallace Stevens, Williams Carlos Williams, Robert Lowell. Ed. Corregidor, 1980): (...) " 'El hombre de nieve' pertenece a Harmonium, un libro que abunda en ascéticos poemas sobre la vacuidad; (...). Encarna el espíritu invernal, mira la realidad imbuido de ese espíritu, y su conclusión es que está contemplando una nada que no está allí y la nada que está. Una nada parecida a la de la abstracción matemática, más desalentadora aún que la que persiguieron otros grandes poetas, 'más vacía que la oscuridad y la privación de Eliot (...)'. En poemas de este tipo, Stevens se preocupa de que el que habla responda anímicamente a lo que el paisaje de la estación sugiere. En 'El hombre de nieve', el dominio del invierno en su plenitud es absoluto, y la imaginación y la mente caen bajo ese dominio. Ningún cambio las distrae, ni siquiera son distraídas por sugerencias humanas, y observan el paisaje en un estado de paralelismo entre lo interno y las condiciones del mundo exterior, un mundo que es cambiante por definición pero que en ese instante del invierno que el poema quiere expresar ha alcanzado la inmovilidad de lo eterno."

sábado, agosto 07, 2010

Wallace Stevens: El elemento irracional en la poesía


Reproducimos a continuación un ensayo del poeta Wallace Stevens, que hemos extractado del blog La Biblioteca de Marcelo Leites, http://ustedleepoesia2.blogspot.com/, que recomiendo visitar.

I
Para empezar, la expresión "el elemento irracional en la poesía" es demasiado general como para ser útil. Después que se medita un poco en ella, se vuelve más compleja. Por otro lado, estamos en este momento tan aturdidos por el estrépito causado por los surrealistas y los hiperracionalistas, y tan preocupados por leer sobre ellos, que podemos confundirnos a causa de estos doctos románticos y pensar que son hoy los únicos ejemplares de lo irracional. Ciertamente ejemplifican un aspecto de ello. En principio, sin embargo, lo que tengo en mente al hablar del elemento irracional en la poesía es la transacción entre la realidad y la sensibilidad del poeta, de la cual surge la poesía.
II
No me considero competente para debatir sobre la realidad como filósofo, pero todos entendemos lo que se quiere decir con transposición de una realidad objetiva en una realidad subjetiva. La transposición entre la realidad y la sensibilidad del poeta es precisamente eso. Uno o dos días antes del Día de Acción de Gracias cayó un poco de nieve en Hartford. Se derritió un poco durante el día y luego volvió a congelarse por la noche, formando una capa delgada y brillosa sobre el césped. Al mismo tiempo, la luna estaba casi llena. Un día me desperté varias horas antes de que aclarara y acostado en la cama oí las pisadas, casi imperceptibles, de un gato corriendo sobre la nieve bajo mi ventana. La debilidad y lo extraño del ruido produjeron en mí una de esas impresiones que con tanta frecuencia utilizamos como pretexto para hacer poesía. Supongo que, en esos casos, uno expresa simplemente la propia sensibilidad y que la razón por la cual esa expresión se convierte en poesía es que toma cualquier forma que uno sea capaz de darle. El poeta puede darle forma de poesía porque la poesía es el instrumento de su sensibilidad personal. Esto no quiere decir que un poeta escribe poesía porque escribe poesía, aunque pueda sonar así. Un poeta escribe poesía porque es un poeta; y no es un poeta porque es un poeta sino debido a su sensibilidad personal. No sé qué es lo que le da al hombre su sensibilidad personal, pero no importa, porque nadie lo sabe. Los poetas continúan naciendo, no se hacen y no pueden, me temo, ser predeterminados. Si, por una parte, pudieran ser predeterminados, seguramente hace ya mucho que se habrían extinguido; o habrían hecho de la vida algo distinto de lo que es hoy mediante una de esas transformaciones que tanto los deleitan y habrían procurado multiplicarse abundantemente.
III
Existe, por supuesto, una historia del elemento irracional en la poesía, que después de todo no es sino un capítulo de la historia de lo irracional en las artes en general. No nos interesa lo irracional en un sentido patológico. Fuseli acostumbraba comer carne cruda por la noche, antes de dormir, para que sus sueños alcanzaran una violencia carnívora de la que, de lo contrario, carecían. Ese tipo de cosas no nos interesa, ni tampoco toda irracionalidad provocada por el rezo, el whisky, el ayuno, el opio o el deseo de publicidad. Las novelas góticas del siglo XVIII inglés ya no son irracionales. Son simplemente aburridas. Lo que sí nos interesa es aquel proceso específico en la mente racional que reconocemos como irracional, dado que ocurre inexplicablemente. O, más bien, debería decir que lo que nos interesa no es tanto el proceso hegeliano como lo que deviene de él. Probablemente estaríamos mucho más interesados si, a partir de la historia de lo irracional, se hubiera desarrollado una tradición. Es fácil hacer a un lado lo irracional con el postulado de que somos seres racionales, aristotélicos, y no bestias. Pero cada día se está volviendo más fácil decir que somos seres irracionales; que la irracionalidad no es una sola, y que la única razón por la que aún no cuenta con una tradición es porque su tradición apenas está en marcha. Cuando estuve aquí en Harvard, hace ya mucho tiempo, era un lugar común decir que toda la poesía ya había sido escrita y todos los cuadros pintados. Quizá haya sido algo así lo que nos interesó, en un principio, sobre lo irracional. Una de las grandes figuras del mundo ha sido, desde aquel entonces, Freud, quien dio a lo irracional una legitimidad que nunca antes había tenido. Sin embargo, su influencia en lo que ha ocurrido con la poesía es muy tenue, comparada por ejemplo con su repercusión en otros ámbitos. Influencias más portentosas han sido las de Rimbaud y Mallarmé.
IV
Expresado con más sutileza, puede ser que mi tema sea las manifestaciones irracionales del elemento irracional en la poesía; pues si el elemento irracional es simplemente energía poética, deberá encontrarse donde sea que se encuentre la poesía. Una manifestación tal es la revelación de la individualidad del poeta. Es improbable que esta revelación sea siempre visible de un modo tan evidente como lo es para el propio poeta. En el primero de los poemas que voy a leerles en un momento, el tema que yo tenía en mente era el efecto de la depresión económica de los veinte sobre el interés por el arte. Mi intención era confrontar el mundo tal y como había sido imaginado por el arte y el mundo tal y como era en realidad en ese entonces. Si entraba en una galería, me daba cuenta de que lo que veía no me causaba ningún interés. La atmósfera estaba cargada de ansiedades y tensiones. Ver cuadros allí era como tocar esta tarde el piano en Madrid. Era capaz de hacer observaciones y anotarlas, como cualquiera; y de haber sido eso lo que quería, pude haberlo hecho. Quería abordar precisamente ese tema y lo elegí como un pedazo de realidad, de actualidad, de contemporaneidad. Pero yo quería que el resultado fuera poesía, en la medida en que yo fuera capaz de escribir poesía. Para ser más específico, quería emplear mi propia sensibilidad en algo perfectamente prosaico. El resultado sería la revelación de mi propia sensibilidad o individualidad, como la llamé hace un rato, válida para mí mismo ciertamente. El poema se llama "The old woman and the statue". La anciana es un símbolo de aquellos que sufrieron durante la depresión, y la estatua es un símbolo del arte, aunque en varios poemas que forman parte de Owl's Clover, el libro del que voy a leerles, la estatua es un símbolo variable. Pese a que el poema no tiene nada de automático, posee sin embargo un aspecto automático, en el sentido de que es lo que yo quería que fuera, sin que yo supiera que era lo que quería antes de haberlo escrito, aunque sabía, antes de escribirlo, lo que quería hacer. Si cada uno de nosotros es un mecanismo biológico, cada poeta es un mecanismo poético. A grado tal que lo que él produce es mecánico; es decir: está fuera de su poder cambiarlo,es irracíonal. Quizá no quiero decir que esté enteramente fuera de su poder el cambiarlo, ya que él podría, con un esfuerzo de la voluntad, cambiarlo. Sin dejar de tener eso presente, me refiero a que está fuera de la probabilidad de cambio mientras él siga siendo él. Esto ocurre con todo poeta.
V
Creo, también que la elección de un tema es algo completamente irracional, suponiendo que el poeta se permita toda libertad de elección. Si se es un imagista, la elección de temas es obviamente limitada. Lo mismo ocurre si uno es cualquier otra cosa en particular y la profesa rígidamente. Pero si uno elige ser libre y deambular por el mundo experimentando lo que sea que uno experimente, como lo hace la mayor parte de la gente —aun cuando insisten en que no es así—, entonces o bien la elección de temas es fortuita o la identidad de las circunstancias bajo las cuales se hace la elección es imperceptible. A los poetas líricos los perturba la primavera y a los poetas románticos el otoño. A medida que un hombre se familiariza con su propia poesía, ésta se vuelve tan obsoleta para él como para cualquier otro. De ello se deduce que la renovación es uno de los móviles de la escritura. Esto, sin duda, opera en la elección de temas de un modo tan definitivo que determina cambios en el ritmo, en la dicción y en la forma. Es elemental el hecho de que variemos los ritmos de manera instintiva. Decimos que perfeccionamos la dicción. Pero simplemente nos cansamos. El modo en que se escribe es algo que aún no ha sido precisado adecuadamente. No significa el estilo; es la actitud del escritor, su posición más que su punto de vista. Pero, ¿su posición con respecto a qué? En relación a nada en particular, simplemente su posición. Escucha al gato sobre la nieve. Sus patas corriendo determinan el ritmo. No hay más tema que el gato corriendo sobre la nieve bajo la luz de la luna. El asunto lo cansa: quiere un tema, una idea, un sentimiento; su modo entero de escribir cambia. Todas estas cosas cuentan a la hora de elegir un tema. El hombre que ha sido educado en una escuela artificial se vuelve violentamente real. El mallarmeano se convierte en novelista proletario. Todo esto es irracional. Si la elección del tema fuese predecible, sería racional. Ahora bien, así como en principio la elección del tema es impredecible, su desarrollo, una vez que el tema ha sido elegido, también lo es. En poesía uno siempre escribe sobre dos cosas al mismo tiempo, y esto es justamente lo que produce la tensión característica de la poesía. Uno es el tema verdadero y el otro es la poesía del tema. La dificultad de apegarse al tema verdadero, cuando es la poesía del tema lo que es primordial para uno, basta con ser mencionada para que se entienda. En el caso del poeta que hace del tema verdadero el primordial y simplemente lo embellece, el tema es constante y el desarrollo ordenado. Si la poesía del tema es lo principal, el verdadero tema no es constante ni su desarrollo ordenado. Esto último es cierto, por ejemplo, en el caso de Proust y de Joyce, en la prosa moderna.
VI
¿Por qué escribe uno poesía? He enumerado ya algunas de las razones, entre ellas éstas: porque uno se ve impulsado a hacerlo debido a una sensibilidad personal y también porque uno se cansa de la monotonía de la propia imaginación, por así decirlo, y parte en busca de la diversidad. Hace diez años o más, en su discurso ante la Academia, Henri Brémond puso en claro un motivo místico y dejó sentado que, en su opinión, uno escribe poesía para encontrar a Dios. Me gustaría considerar esto en relación con algo que quizá sería mejor hacerlo separadamente: la cuestión del significado en la poesía. Brémond propuso una identidad entre la poesía y la oración, y se unió a Bergson al apoyarse, en su último análisis, en la fe. Eliminó la razón como elemento esencial en la poesía. Aquella poesía en la que dominaba el elemento irracional era poesía pura. El mismo Brémond no permite ninguna vaguedad en la expresión "poesía pura", que reduce a un corpus muy pequeño de poesía, como ha de ser si los versos en los que la encuentra son tan preciosos para su espíritu como parece. Pese a Brémond, "poesía pura" es un término que ha pasado a ser descriptivo de la poesía en la que no es primordial el tema verdadero, sino la poesía del tema. Todos los místicos se aproximan a Dios a través de lo irracional. La poesía pura es tanto mística como irracional. Si descendemos un poco de esta altura y aplicamos la definición más suelta y más amplia de poesía pura, es posible decir que, mientras que quizá esté en el temperamento de muy pocos de nosotros escribir poesía para encontrar a Dios, probablemente el propósito de cada uno de nosotros al escribir poesía es encontrar el bien, que en un sentido platónico es sinónimo de Dios. Uno escribe poesía, entonces, para aproximarse al bien a través de aquello que es armónico y ordenado. O, simplemente, uno escribe poesía a partir del deleite provocado por lo armónico y ordenado. Si bien es cierto que los pintores más abstractos pintan arenques y manzanas, no lo es menos que los poetas que de manera más urgente exploran el mundo en busca de la confirmación de la vida, de aquello que hace que la vida valga tan prodigiosamente la pena de ser vivida, tal vez encuentren soluciones en un pato nadando en un estanque, o en el viento, o en una noche de invierno. Es concebible que un poeta pueda surgir de un ámbito tal que pueda fijar en música la abstracción de la que tanto depende. Mientras tanto, tenemos que vivir en la literatura que tenemos o de la que somos capaces de producir. Y digo vivir de la literatura, porque la literatura es la mejor parte de la vida, puesto que se basa en la vida misma. Desde este punto de vista, el significado de la poesía nos involucra profundamente. De esto no se deriva que la poesía que en su origen es irracional no sea poesía comunicable. La poesía pura de Brémond es irracional en su origen. Sin embargo, comunica tanto que Brémond la considera suprema. Dado que la mayoría de nosotros es incapaz de compartir las experiencias de Brémond, tenemos que contentarnos con menos. Cuando encontramos en la poesía aquello que nos da la existencia momentánea en un plano exquisito, ¿acaso es necesario indagar el significado del poema? Y si el poema tuviera un significado y su explicación destruyera la ilusión,¿habríamos ganado o perdido? Tomemos, por ejemplo, el poema de Rimbaud, uno de Les Illuminations titulado "Huellas" (1):

A la derecha el alba de estío despierta las hojas y los vapores y los ruidos de ese rincón del parque, y los taludes de la izquierda guardan en su sombra violeta las mil rápidas huellas del camino húmedo. Desfile de hechicerías. En efecto, carros cargados de animales de madera dorada, de mástiles y telas abigarradas, al gran galope de viento manchados caballos de circo, y los niños, y los hombres, sobre sus bestias más asombrosas —veinte vehículos henchidos, empavesados y floridos como carrozas antiguas o de cuentos, llenos de niños ataviados para una pastoral suburbana. Hasta ataúdes bajo su palio nocturno levantando los penachos de ébano, corriendo al trote de grandes yeguas azules y negras.

No sé qué imágenes ha creado el poema. Delahaye dice que el poema se inspiró en un circo americano que visitó Charleville, lugar en el que vivió Rimbaud de niño, en 1868 o 1869. ¿Cuál es el motivo de esta explicación? No necesito decirlo. La señorita Sitwell escribió la introducción a la traducción de los poemas de Rimbaud hecha por miss Rootham. Algo de lo que dijo a lo largo de la introducción ilustra la forma en que el tema verdadero reemplaza al tema nominal. Ella dijo: Qué distinta esta vida (la del barrio bajo) a aquella vida protegida e incluso un tanto sofocante de los domingos perpetuos que él había pasado cuando niño en Charleville, y era en estos días siempre recurrentes de ropa enfundada y de rezo, que madame Rimbaud lo acompañaba, junto con su hermano y sus dos hermanas, a la misa de once, bajo la intensa luz de los caminos polvorientos, bajo los árboles, cuyas grandiosas hojas brillantes y lustrosas y cuyas enormes flores rosadas que semejaban transfiguraciones celestiales de las damas de sociedad, parecían sacudirse de risa ante la soberbia procesión.
Ni la propia señorita Sitwell pudo decir si la misa de once sugería las flores ligeras y brillantes o si las damas de sociedad se le vinieron a la cabeza al evocar las grandiosas hojas brillantes y lustrosas que fueron atrapadas allí simplemente por las enormes flores rosadas, o bien si ellas vinieron con las enormes flores rosadas. Esto dependería de si, en la mente de la señorita Sitwell, las damas de sociedad eran, por una parte, grandiosas, lustrosas y brillantes, o bien enormes y rosadas. Aquí el tema verdadero era el brillo y el color de una impresión.
VII
La presión de lo contemporáneo, desde la época del inicio de la Primera Guerra Mundial hasta este momento, ha sido constante y extrema. Nadie puede haber vivido aparte, en un olvido feliz. Durante mucho tiempo antes de la guerra, nada era más común. En aquellos días el mar estaba lleno de yates y los yates llenos de millonarios. Era una época en la que sólo los maniáticos tenían cosas perturbadoras que decir. Ese período fue como una puesta en escena que ha sido desmontada y archivada desde entonces. Con la finalización de la guerra fue desmontada, mas la toma de conciencia de este hecho implicó diez años de lucha con las consecuencias de la paz. La gente decía que, de continuar la guerra, la civilización terminaría, así como hoy dice que otra guerra por el estilo terminará con la civilización. Una cosa es hablar del fin de la civilización, y otra sentir que eso no es tan sólo posible sino visiblemente probable. Si no se es comunista, ¿acaso la civilización no terminó en Rusia? Si no se es nazi, ¿acaso no ha terminado en Alemania? Tan pronto afirmamos que eso nunca ocurrirá aquí, reconocemos que lo decimos faltos de toda ilusión. Nos preocupan los hechos, aunque no los observemos de manera detenida. Tenemos una sensación de cataclismo. Nos sentimos amenazados. Miramos desde un presente incierto hacia un futuro aún más incierto. Sentimos el deseo de oponernos a todo esto en la poesía, así como también en la política. Si la política está más cerca de cada uno de nosotros a causa de la presión que ejerce lo contemporáneo, la poesía, a su manera, y por el mismo motivo, no está menos cerca. ¿Acaso existe alguien que suponga que a la vasta masa de gente que conforma este país la impulsaron en la última elección consideraciones racionales? Si damos a la razón tanto crédito como a la radio, aun así perdurará la certeza de que un movimiento tan grande como aquél fue emocional y, en tanto emocional, irracional. El problema es que, a mayor presión de lo contemporáneo, mayor resistencia. La resistencia es lo opuesto a la huida. El poeta que quiere contemplar el bien en medio de la confusión es como el místico que quiere contemplar a Dios en medio del mal. No puede pensarse en la huida. Tanto el poeta como el místico pueden instalarse en los arenques y en las manzanas. El pintor puede instalarse en una guitarra, en una copia del Fígaro o en un plato de melones. Estas cosas son fortificadoras, pero irracionales. La única resistencia posible a la presión de lo contemporáneo es cuestión de manzanas y de arenques, o, para no ser tan tajantes, de lo contemporáneo mismo. En poesía el tema no es lo contemporáneo, porque éste es sólo el tema nominal, sino la poesía de lo contemporáneo. La resistencia a la presión de la circunstancia ominosa y destructiva consiste en su conversión, tanto como sea posible, en una circunstancia diferente, explicable y amena.
VIII
Charles Mauron dice que se puede caracterizar al hombre por sus obsesiones. Estamos obsesionados por lo irracional. Esto se debe a que esperamos que lo irracional nos libere de lo racional. En un artículo sobre Picasso, que lleva el sugestivo nombre "El hecho social y la visión cósmica", Christian Zervos dice: La explosión de su espíritu ha destruido las barreras que el arte... imprimió en la imaginación. La poesía ha salido adelante con todo lo que tiene de sentido agudo, enigmático y extraño, que ve en la vida no sólo una imagen de la realidad, sino que concibe a la vida como un misterio que nos envuelve en todas partes.
Si tomamos a Picasso como aquello que casualmente consideramos moderno, podemos decir que su espíritu es el espíritu de todo artista que busca ser libre. Una obsesión superior que caracteriza a todos esos espíritus es la obsesión de libertad. Sin embargo ya no hay muchas disculpas posibles para tales explosiones pues, en lo que concierne a la pintura, y también a la poesía, uno puede hacer lo que le plazca. Uno puede componer poesía en cualquier forma que a uno le guste. Si el comenzar los versos con letras mayúsculas parece un hábito del siglo XVII, se pueden buscar transiciones líquidas de una mayor simplicidad, y así sucesivamente. No es que no le importe a nadie. Importa inmensamente. El sonido más tenue importa. El ritmo más efímero importa. Uno puede hacer lo que le plazca, sin embargo todo importa. Uno es libre, pero la propia libertad debe armonizar con la libertad de los demás. Quiero insistir un momento en este asunto del sonido. A nosotros ya no nos gustan esos tintineos de Poe. Uno es libre de crear esos tintineos si uno quiere. Pero los otros poseen la misma libertad de llevarse las manos a los oídos. Puede ser que la vida no sea un misterio cósmico que nos envuelve en todas partes. Pero uno tiene, no obstante esto, que conocer aquel sonido que es el sonido exacto; y en realidad, uno lo conoce sin saber cómo. El conocimiento de uno es irracional. En ese sentido, la vida es misteriosa; y si en verdad es misteriosa, supongo que es cósmicamente misteriosa. Espero que estemos de acuerdo en que es, por lo menos, misteriosa. Lo que puede afirmarse de los sonidos, también es aplicable a todas las cosas: a la sensibilidad para con la elección de las palabras, por ejemplo, sin considerar el sonido. Existe, para abreviar, una retórica no escrita que siempre está cambiando y hacia la cual el poeta debe volver siempre. En ese libro aprende que el deseo por la literatura es el deseo por la vida. El deseo incesante de libertad en la literatura, o en cualquiera otra de las artes, es el deseo de libertad en la vida. El deseo es irracional. De esto resulta que lo irracional busca a lo irracional, un estado de cosas visiblemente feliz, si uno es propenso a ello.Aquellos que son propensos a ello sin reserva dicen: lo menos fastidioso en la búsqueda de lo irracional es ser repudiado como una abominación. Los seres racionales son canallas. En lugar de ver, deberíamos excavar dentro del ojo; en lugar de oír, deberíamos yuxtaponer los sonidos siguiendo una pulsación emocional.Esto parece ser la libertad por el amor a la libertad misma. Si decimos que deseamos la libertad cuando ya somos libres, parece obvio que tenemos en mente una libertad nunca antes experimentada. Pero, ¿acaso no es esta actitud hacia la vida semejante a la del poeta hacia la realidad? Pese a las actitudes cínicas que se nos vienen a la cabeza al oír tales cosas, una libertad nunca antes experimentada, una poesía no concebida previamente pueden tener lugar con la rapidez inherente a la metamorfosis poética. Esa posibilidad es la obsesión fundamental para los poetas. Entretanto, se purifican ante la realidad mediante ejercicios que quisieran ser de santidad.Ustedes recordarán, seguramente, la carta escrita por Rimbaud a Delahaye en la que dice: "Digo que uno tiene que ser vidente, que tiene que hacerse vidente. El poeta se convierte en vidente en virtud de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos sus sentidos... Llega a lo desconocido".
IX
Permítanme decir una última cosa acerca de lo irracional como parte de la dinámica de la poesía. Lo irracional guarda con lo racional la misma relación que lo desconocido con lo conocido. En una época tan dura como inteligente, las frases sobre lo desconocido son pronto desechadas. No es de ninguna manera mi propósito el entregarme a una retórica mística, pues por mi parte no tengo paciencia con ese tipo de cosas. Que lo desconocido como fuente de conocimiento, como objeto del pensamiento, es parte de la dinámica de lo conocido, no puede negarse. Es lo desconocido lo que excita el ardor de los doctos, quienes, con el conocimiento solo, se marchitarían de cansancio. Aceptamos lo desconocido, aun cuando somos de lo más escépticos. Nos puede ofender la consideración que hagan todos sobre este asunto, menos la de las mentes más lúcidas; pero, así considerado, posee seducciones más poderosas y más profundas que las de lo conocido.Es así como también existen aquellos que, al no haber sido nunca convencidos de que lo racional nos ha hecho divinos, anhelan asumir la eficacia de lo irracional. La mente racional, al tratar con lo conocido, espera encontrarlo reluciendo en un éter familiar. Lo que en realidad encuentra es a lo desconocido siempre atrás y más allá de lo conocido, dándole la apariencia —en el mejor de los casos— de un claroscuro. Existen, por supuesto, charlatanes de lo irracional. Eso, sin embargo, no supone que debamos identificar lo irracional con los charlatanes. No quiero que me malentiendan y piensen que tengo en mente a los poetas surrealistas. Ellos concentran su habilidad en una técnica singularmente limitada pero que, con todo, muestra la influencia dinámica de lo irracional. Ellos están extraordinariamente vivos; y el hecho de que hagan posible el que nosotros leamos poesía que parece llena de alegría y de juventud, justo cuando estábamos empezando a desesperar por la falta de alegría y juventud, es inmensamente positivo. Una prueba de su calidad dinámica y, por lo mismo, de su efecto dinámico, es que ellos hacen que otras formas parezcan obsoletas. Con el tiempo, serán absorbidos, y aquello que es ahora tan concentrado, tan intrascendente en lo que respecta a las restricciones de una técnica, tan provinciano, dará y tomará y se volverá parte del proceso del dar y del tomar, en el que consiste el crecimiento de la poesía.Aquellos que buscan la frescura y la extrañeza de la poesía en lugares frescos y extraños, lo hacen debido a una intensa necesidad. La necesidad del poeta por la poesía es una causa dinámica de la poesía que él escribe. Por medio de la ayuda de lo irracional, encuentra alegría en lo irracional. Cuando hablamos de las fluctuaciones del gusto, hablamos de las evidencias del funcionamiento de lo irracional. Dichos cambios son irracionales. Reflejan los efectos de la energía poética, puesto que cuando no existen fluctuaciones, la energía poética está ausente. Desde luego, estoy usando la palabra irracional de manera más o menos indistinta, abarcando varios de sus sentidos. Habrá tiempo suficiente de adoptar un uso más sistemático cuando escriba la crítica de lo irracional quien sea el que a la larga se ocupe de ese vigoroso tema. Es de esperarse en el futuro una incesante actividad de lo irracional, y dentro delcampo de lo irracional. De este modo los avances por lograrse serían mucho mayores si la naturaleza del poeta no fuese tan fortuita e intermitente. El poeta no puede profesar lo irracional como el sacerdote profesa lo desconocido. El papel del poeta es más amplio, en tanto él debe ser poseído, junto con todo lo demás, por la tierra y por los hombres con sus implicaciones terrenas. Para el poeta, lo irracional es lo elemental; pero ni la poesía ni la vida están comúnmente ligadas a la dinámica máxima de lo irracional. Conocemos a Sweeney tal cual es y, en general, lo preferimos así, sin demasiado brillo y, sin duda, siempre será así.

Opus Posthumous (1957)
(1) Como es natural, el autor cita una traducción al inglés. Hemos preferido citar directamente la traducción al castellano realizada por Cintio Vitier: Las iluminaciones, Premià Editora, México, 1980. (N. del E.)
*Wallace Stevens (E.E.U.U., Pennsylvania, 1879-Connecticut, 1955). (Traducc. Patricia Gola; de: El elemento irracional en la poesía; Universidad Autónoma de Puebla, México, 1987.)