Hoy que se fue, atesoro su alegría, su belleza, su generosidad, sus libros todos, su palabra. Y acompaño, junto a sus amigos y amigas, a sus familiares en este momento de tanta tristeza.
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miércoles, febrero 27, 2013
Gloria Pampillo
La conocí hace muchos años. Pero fue durante 1999-2000, época en la que me incorporé al grupo Sudestada -el mismo que organizara junto con la Comisión de Patrimonio de la Ciudad, el Encuentro Nacional de Escritoras- cuando tuve el privilegio de recibir su amistad.
Hoy que se fue, atesoro su alegría, su belleza, su generosidad, sus libros todos, su palabra. Y acompaño, junto a sus amigos y amigas, a sus familiares en este momento de tanta tristeza.
Hoy que se fue, atesoro su alegría, su belleza, su generosidad, sus libros todos, su palabra. Y acompaño, junto a sus amigos y amigas, a sus familiares en este momento de tanta tristeza.
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sábado, enero 12, 2013
Bruno Schulz, la recepción del sentido más profundo
XUna vez vi a un prestidigitador. Aislado en el escenario, delgado, perceptible desde todos los ángulos, mostraba su sombrero de copa y su vacío blanco, al fondo. Protegiendo de esa manera su arte contra toda sospecha de engañosas manipulaciones, trazó en el aire, con su varilla mágica, su enredado signo mágico y en seguida, con exagerada precisión y evidencia, procedió a sacar del sombrero lacitos de papel, cintas de colores, centímetros, metros y, por último, kilómetros de bandas.
El cuarto se atestaba de aquellas masas de colores, se volvía claro con ese millar de multiplicaciones, con la ligera y espumosa gasa, con luminosas acumulaciones y, mientras él no dejaba de desmadejar ese hilo sin fin a pesar de las asustadas voces, llenas de maravillada protesta, hizo ostensible que no costaba ningún esfuerzo, que esa abundancia no procedía de sus propios recursos, que, simplemente, se habían abierto yacimientos enterrados, cuyos frutos nada tenían que ver con las medidas y cálculos humanos.
Entonces, alguien predestinado para la recepción del sentido más profundo de aquella demostración, se alejó pensativo, iluminado interiormente, penetrado por la verdad que le invadió: dios es infinito…
miércoles, septiembre 05, 2012
Bruno Schulz: Las tiendas de color canela...
En esa época del año en que los días son más cortos y somnolientos,
apresados entre los ribetes abrigados del alba y del crepúsculo, cuando
la ciudad se ramificaba en laberintos de noches invernales, de cuya
torpeza apenas alcanzaban a rescatarla las demasiado cortas mañanas, mi
padre estaba ya sometido, extraviado, entregado poseído por aquella
esfera...
Su cara y su cabeza entera se
erizaban salvajemente en una pelambre gris cuyos mechones surgían de las
verrugas de las orejas y de las fosas nasales, dándole el aspecto de un
viejo zorro al acecho.
El olfato y el oído se
le agudizaban. En la expresión de su rostro silencioso y tenso se veía
que sus sentidos lo mantenían en contacto permanente con el mundo
invisible de los rincones obscuros, los agujeros de los ratones, el
vacío bajo el entarimado carcomido y los conductos de las chimeneas.
Todos
los crujidos, los ruidos nocturnos, la vida secreta y rechinante de los
pisos encontraban en él un observador tan vigilante como infalible, a
la vez espía y cómplice. Esta tarea lo absorbía de tal manera que se
enfrascaba completamente en esta esfera para nosotros inaccesible y de
la cual ni siquiera intentaba informarnos.
A
veces, cuando los caprichos de lo invisible se tornaban demasiado
absurdos, no podía abstenerse de chasquear los dedos o reírse por lo
bajo. Lanzaba miradas de complicidad al gato, también iniciado en los
misterios de ese mundo, que levantaba su cabeza cínica y fría, cubierta
de rayas, entrecerrando los ojos delgados y oblicuos, siempre sumido en
la indiferencia y el aburrimiento.
En mitad
del almuerzo podía ocurrírsele, de pronto, dejar el cubierto sobre la
mesa, erguirse en actitud felina y escurrirse en puntas de pies hasta la
puerta de la contigua habitación vacía y mirar con infinita precaución
por el ojo de la cerradura. Volvía enseguida a la mesa, un poco
avergonzado, con una sonrisa incómoda y los gruñidos y refunfuños del
monólogo interior en el que estaba inmerso.
Por
la tarde, para divertirlo un poco y distraerlo de sus morbosas
investigaciones, mi madre lo llevaba a pasear. La acompañaba en
silencio, sin resistencia, pero también sin convicción, distraído,
ausente. Una vez lo llevamos al teatro.
Nos
encontrábamos en esa vasta sala mal iluminada, llena de rumor
somnoliento y de agitación desordenada. Pero luego de habernos abierto
paso a través de la batahola, vimos al fondo emerger, como un nuevo
firmamento, una enorme cortina azul pálido. Sobre ese ancho espacio de
tela se destacaban grandes máscaras pintadas, rosas y mofletudas. Ese
cielo ficticio se extendía y derramaba de un extremo al otro, inflado
por un aliento de emociones y grandes gestos, por la atmósfera de ese
universo artificial y brillante que se edificaba allá en el escenario,
mientras se oía arrastrar los decorados. El estremecimiento que agitaba
al telón, la palpitación que hacía crecer y vivir a las máscaras
denunciaban la irrealidad de ese firmamento y evocaban, como en las
crisis místicas, los centelleos del misterio.
Las
máscaras parpadeaban, sus labios rojos murmuraban sin ruido y yo sabía
que la tensión del misterio llegaría a su punto culminante: entonces el
cielo hinchado reventaría develando cosas maravillosas.Pero no me fue
dado permanecer allí hasta ese momento. Mi padre comenzó a dar señales
de inquietud, hurgó en sus bolsillos y nos dijo que había olvidado en
casa su billetera, que contenía dinero y papeles importantes.
Después
de una corta discusión con mi madre, en el curso de la cual la probidad
moral de Adela fue objeto de una apreciación algo escueta, me
propusieron que volviera a casa a buscar la billetera. En opinión de mi
madre faltaba mucho aún para el comienzo del espectáculo y dada mi
agilidad, podría estar de regreso a tiempo.Salí a la noche coloreada por
la iluminación del cielo. Era una de esas noches serenas en que la
bóveda estrellada es tan extensa, tan ramificada, que parece haberse
roto y dividido en un dédalo de cielos diferentes y numerosos, capaces
de cubrir con sus campanas plateadas todas las aventuras, los carnavales
y las rondas de todo un mes invernal.
Es una
ligereza imperdonable enviar a un muchacho, en una noche así, a cumplir
una misión urgente, porque las calles se multiplican, se embrollan y
cambian de recorrido en las penumbras. En las profundidades de la ciudad
se abren calles dobles –sosías de calles, si así puede decirse, calles
engañosas y mentirosas. La imaginación aberrante y seducida recrea
ilusorios planos de la ciudad que cree conocer, planos en los que esas
vías tienen su lugar y su nombre, mientras que en la noche, en su
inagotable fecundidad no puede más que continuar produciendo irreales
configuraciones. Esas tentaciones de las noches invernales comienzan
habitualmente por el inocente deseo de abreviar el recorrido tomando por
un atajo; para escapar a un recorrido complicado se busca un trayecto
inédito. Pero aquella vez fue diferente.Apenas eché a andar me di cuenta
de que había salido sin abrigo. Por un instante pensé en volver atrás,
pero luego me pareció una pérdida de tiempo. La noche no era fría; por
el contrario, estaba veteada por corrientes de extraña tibieza, por el
aliento de una primavera irreal. La nieve se había hecho compacta, bajo
la forma de blancos corderinos, un vellón suave e inocente con aroma de
violetas. El cielo también se rizaba. La luna parecía desdoblarse y
multiplicarse, exhibiendo todas sus posiciones y fases.
Esa
noche el cielo develaba su estructura interna, exponiendo como sobre
una mesa de autopsia las espirales y las volutas de la luz, el corte de
los bloques azules, el plasma de los espacios, los tejidos de las
divagaciones nocturnas...
Era imposible, en
esas condiciones, seguir por la calle Podwala, o cualquiera otra de esas
calles oscuras que rodean al Mercado, sin recordar que a esa hora
tardía están abiertas todavía esas tiendas tan particulares y
fascinantes que, por el color oscuro de sus revestimientos de madera,
llamaré las tiendas de color canela.
Esas casas realmente nobles, que cerraban muy tarde, habían sido siempre para mí objeto de fervientes ensoñaciones.
Su
interior mal iluminado, oscuro y solemne, estaba impregnado de un
fuerte olor de laca, de pinturas de incienso de especias de países
lejanos, de mercaderías raras. Allí era posible encontrar luces de
Bengala, estampillas de países desaparecidos hace mucho tiempo, estampas
chinas, índigo, colofonia de Malabar, huevos de pájaros exóticos, loros
y tucanes, salamandras y basiliscos, raíces de mandrágora, cajas de
música de Nuremberg, homúnculos embotellados, microscopios y largavistas
y, sobre todo, libros raros y especiales, viejos infolios llenos de
grabados maravillosos y de historias deslumbrantes.
Recuerdo
a esos viejos y dignos comerciantes que, con la vista baja, servían a
sus clientes guardando un discreto silencio, prudentes, llenos de
comprensión hacia sus deseos más secretos. Entre esos negocios había una
librería donde una vez yo había visto unas ediciones prohibidas y
publicaciones de círculos clandestinos que revelaban misterios tremendos
y embriagadores.
Tan raras eran las ocasiones
que tenía de visitar esos negocios, sobre todo contando con algún
dinero en el negocios, que realmente no podía dejar escapar esta
oportunidad, a despecho de la importante misión que me había sido
confiada.
Bastaba, según mis cálculos, tomar
cierta callecita y contar dos o tres transversales, para llegar a la
zona de las tiendas nocturnas. Me alejaría de mi lugar de destino, pero
podría recuperar el tiempo perdido volviendo por las salinas.
Alado
por el deseo de visitar las tiendas de color canela, doblé la esquina
en la esquina y proseguí. Después de haber cruzado oblicuamente la calle
me eché a correr, cuidando sin embargo de no equivocar el camino. Crucé
así tres o cuatro calles transversales, sin encontrar la que buscaba.
Además, la apariencia misma del barrio no guardaba correspondencia con
la imagen esperada. Las tiendas no aparecían. Avanzaba por una calle
cuyas casas no tenían puertas de entrada y sólo mostraban ventanas
herméticamente cerradas, enceguecidas por los reflejos del claro de
luna.
Sin duda el frente de estas casas da
sobre la calle que busco –pensé. Inquieto, apresuré el paso para llegar
lo más rápido posible a terreno conocido. Estaba casi al final de la
calle y me pregunté, turbado, adónde iría a parar. Desemboqué sobre una
larga avenida con pocos edificios, muy larga y recta. Sentí de pronto el
hálito de los grandes espacios. Bordeando la calle o en el fondo de los
jardines se elevaban casas pintorescas, construcciones elegantes de
gente rica. En los intervalos aparecían parques y huertos. El conjunto
recordaba la parte baja de la calle Lesznianska. El resplandor de la
luna, que se disolvía en mil escamas plateadas, era tan claro como el
del día. Sólo los jardines y los parques ponían manchas sombrías en ese
paisaje blanco.
Luego de un maduro examen de
esas construcciones llegué a la convicción de que me hallaba frente a la
parte trasera del liceo, que nunca había visto desde este lado. Me
acerqué a una puerta que, para mi sorpresa, estaba abierta y daba sobre
un vestíbulo iluminado. Entré y me hallé sobre una alfombra roja.
Esperaba poder escabullirme a través del edificio sin ser descubierto y
salir por la puerta delantera, lo que acortaría bastante mi camino.
Recordé
que a esta hora debería hallarse allí el profesor Arendt dictando una
de sus clases magistrales, a las que asistíamos en invierno poseídos por
el noble entusiasmo por el dibujo que debíamos a ese excelente maestro.
Éramos
unos pocos y estábamos como perdidos en la vasta sala sombría. Sobre
las paredes se quebraban las sombras inmensas de nuestras cabezas
iluminadas por pequeñas bujías que ardían en el cuello de unas botellas.
A decir verdad no dibujábamos mucho durante
esas horas suplementarias y el profesor era poco exigente con nosotros.
Inclusive algunos traían almohadas de sus casas y se echaban sobre los
bancos para echar un sueñito. Sólo dibujaban los más trabajadores,
sentados cerca de las velas, dentro del círculo dorado de su resplandor.
Por
lo común debíamos esperar largo rato al profesor, engañando a nuestro
aburrimiento con somnolientas conversaciones. Por fin la puerta de su
habitación se abría y él entraba, pequeño, con su hermosa barba,
abundando en sonrisas esotéricas, discretas reticencias y exhalando
cierto perfume de misterio. Rápidamente cerraba la puerta de su gabinete
que, al abrirse un instante, había dejado escapar una multitud de
sombras de yeso, de fragmentos antiguos, de dolorosas Níobes, Danaides o
Tantálidas: todo un Olimpo estéril y triste que allí languidecía desde
hacía años. A través de la penumbra de esa habitación, que ya era
obscura en pleno día, ondeaban sueños de yeso, miradas vacías, óvalos
palidecientes y meditaciones que se perdían en la ambigüedad. A menudo
solíamos escuchar detrás de la puerta el silencio lleno de los suspiros y
murmullos de esas ruinas que se desmoronaban entre telas de araña, de
ese crepúsculo de los dioses que se disolvía hasta el hastío.
El
profesor se paseaba, majestuoso, lleno de unción, a lo largo de los
bancos desocupados, entre los cuales, formando pequeños grupos,
dibujábamos en medio de los reflejos grisáseos de la noche de invierno.
La
atmósfera era apacible y adormecida. Aquí y allá algunos compañeros se
preparaban para dormir. Las velas se consumían poco a poco sobre sus
botellas. El profesor se absorbía en la contemplación de una profunda
vitrina llena de viejos infolios, grabados e ilustraciones anticuadas.
Con gestos misteriosos nos mostraba viejas litografías que representaban
paisajes crepusculares, bosquecillos nocturnos, alamedas invernales,
negras, en medio de pálidos espacios lunares.Imperceptiblemente, el
tiempo corría entre el sopor de nuestras conversaciones. En su fluir
desigual, formaba a veces nudos en el transcurso de las horas,
absorbiendo no se sabe dónde, largos intervalos de duración.
Sorpresivamente, sin transición, nos hallábamos en camino de retorno,
sobre el sendero blanco de nieve, entre setos paralelos de zarzas negras
y secas. Recorríamos ese sendero erizado de sombra, rozando la pelambre
de los brezos que crujían bajo nuestros pasos en la clara noche sin
luna, en la luz lechosa e ilusoria de la madrugada. El blanco difuso de
esta luz que rezumaba nieve, aire pálido, espacios lácteos, evocaba
algún gris grabado en el que los espesos montes se hallaban trazados con
profundos trazos negros. La noche repetía así esa serie de estampas
nocturnas del profesor Arendt, cuyas fantasías desarrollaba.Esta parte
del parque, la más densa, estaba poblada de breñas velludas y masas de
arbustos secos. Aquí y allá había huecos, nidos obscuros, profundos y
aterciopelados, recorridos por gestos misteriosos y furtivas miradas de
convivencia. En esos nidos uno se sentía bien y al abrigo. Allí nos
sentábamos, metidos en nuestros abrigos de piel, sobre la nieve suave y
tibia, partiendo nueces, en la que abundaba ese primaveral invierno. A
través de los sotos se filtraban martas, comadrejas, mangostas,
animalitos olfateantes que olían a piel curtida. Suponíamos que en
nuestro gabinete de historia natural habría especímenes de estos
animales que, aunque destripados y medio pelados, deberían sentir en su
interior hueco, en noches como ésta, la voz atávica, el llamado del
celo, y volverían a su lugar natal por un instante de una ilusoria
existencia.
Pero poco a poco la fosforescencia
de la nieve se enturbiaba y extinguía: se acercaba esa densa tiniebla
que precede al alba. Algunos de nosotros se adormecían sobre la nieve;
otros alcanzaban a tientas la puerta de sus casas y entraban a ciegas en
aquellas habitaciones obscuras, en el sueño de sus padres y hermanos,
en los profundos ronquidos en los que trataban de recuperar el tiempo
perdido.Dado el encanto que tenían para mí esas reuniones nocturnas, no
podía esta vez dejar de echar un vistazo a la sala de dibujo, pero
comprometiéndome a no emplear en ello más que un minuto. Sin embargo,
luego de haber subido unos rechinantes escalones de cedro, vi que me
encontraba en una parte desconocida para mí del edificio.
El
solemne silencio que reinaba allí no se hallaba turbado por el más leve
ruido. En esta ala del edificio los corredores eran más anchos y
elegantes y estaban recubiertos de tapices de terciopelo. Los recodos
estaban iluminados por pequeñas mariposas. Luego del último de estos
recodos entré en un corredor aún más fastuoso. Sus muros eran arcadas
vidriadas que daban a diversos aposentos. Se podía observar una serie de
piezas alineadas, todas dispuestas con magnificencia. Pasando entre
tapicerías de seda, espejos de marco dorado, muebles tapizados y arañas
de cristal, la mirada se hundía en esos interiores lujosos y
aterciopelados, repletos de remolinos coloreados y arabescos
centelleantes, pimpollos de flores y guirnaldas entremezcladas. La
profunda calma de esos salones vacíos sólo estaba animada por las
miradas secretas que se intercambiaban los espejos y por el espanto de
los arabescos que se desarrollaban en los frisos a lo largo de los muros
y se perdían entre los ornamentos de estuco de los blancos techos.Me
detuve, embargado de respeto frente a tanta suntuosidad, comprendiendo
que mi escapada nocturna me había conducido, de manera inesperada, al
ala del director y frente a sus aposentos privados. Me quedé allí,
endurecido y con el corazón palpitante, dispuesto a huir ante el menor
ruido. Si me sorprendieran, ¿cómo justificar mi espionaje nocturno? En
uno de esos profundos sillones forrados de terciopelo podía muy bien
estar reposando la nieta del director, quien podía levantar la vista del
libro que estaba leyendo y fijar en mí esos ojos negros, tranquilos,
sibilinos que ninguno de nosotros podía soportar.Pero me hubiera
avergonzado retroceder a mitad de camino, abandonando mi plan. Por otra
parte un silencio total reinaba en ese interior iluminado por una débil
luz. A través de los vidrios de las arcadas percibía, en el otro extremo
del salón, una puerta también vidriada que daba a una terraza. La calma
que me rodeaba me dio ánimos. No me parecía demasiado arriesgado
descender algunos escalones y saltar sobre la alfombra preciosa, para
alcanzar la terraza, de donde podría pasar sin esfuerzo a la calle, bien
conocida por mí.
Tal fue lo que hice. Bajé al
salón, entre las altas palmas que se elevaban hacia los arabescos del
techo y observé que me hallaba ya en terreno neutral, pues esta
habitación carecía de muro exterior. Era una especie de vasta loggia,
separada solo por una breve escalinata de la gran plaza de la ciudad, de
la que constituía en realidad una prolongación un poco más elevada, al
punto que algunos de los muebles se hallaban directamente sobre el
pavimento. Descendí algunos escalones de piedra y me hallé en la calle.
Las
constelaciones ya se habían puesto cabeza abajo; todas las estrellas se
habían dado vuelta, pero la luna, hundida en un almohadón de nubéculas
que iluminaba con su presencia invisible, parecía tener por delante aún
una ruta infinita y, absorbida por complejos trámites celestes, no
pensaba ya en la aurora.
En la calle se
destacaban las masas sombrías de algunos coches de plaza, viejos y
desquiciados, con aspecto de cangrejos o cucarachas estropeados y
doblegados. Un cochero se inclinó hacia mí desde lo alto de su asiento;
tenía una carita roja y bondadosa. "¿Damos una vuelta, joven señor?" –me
preguntó. Subí, y tembló todo el cuerpo del coche, de múltiples
articulaciones. Al punto partimos, sobre ligeras ruedas.Pero, ¿quién
puede, en semejante noche, confiarse a los imprevisibles caprichos de un
cochero? Entre el chirrido de los ejes, el rechinar de la carrocería y
el chasquido de la lona del techo, mi voz no conseguía hacerse oír. A
todo lo que yo le decía para indicarle el camino respondía meneando la
cabeza, en tanto daba vueltas por la ciudad, canturreando.
Frente
a una taberna, un grupo de cocheros nos saludó con gestos amistosos. Mi
cochero les respondió en tono jocoso; luego, sin detener el coche, me
arrojó las riendas sobre las rodillas, saltó de su asiento y se reunió
con sus camaradas. El caballo, un viejo y experto caballo de coche de
plaza, dio vuelta la cabeza un instante y luego continuó su trote
regular. En realidad, este caballo inspiraba más confianza y parecía más
prudente que su dueño. Pero como yo no sabía conducir, debía someterme a
su voluntad. Me llevó hasta una calle suburbana flanqueada de jardines.
Poco a poco los jardines dejaron lugar a parques poblados de grandes
árboles y más tarde, a verdaderos bosques.Nunca olvidaré esa carrera
luminosa en la noche más clara del invierno. La carta en colores del
firmamento se había convertido en una enorme cúpula sobre la cual se
acumulaban continentes y océanos fantásticos recortados por las líneas
de los torbellinos y las corrientes estelares, trazos brillantes de la
geografía celeste. El aire era ahora ligero y luminoso como una gasa
plateada. De la nieve, lanosa como un vellón de astracán, salían
anémonas temblorosas que se inclinaban con una chispa de claridad lunar
en sus cálices. El bosque parecía totalmente iluminado por mil estrellas
de claridad que el cielo de diciembre dejaba caer en profusión. El aire
exhalaba un indecible perfume de primavera; olía a nieve y a violetas.
Habíamos
llegado a un terreno accidentado. El contorno de las colinas erizadas
de árboles desnudos, se alzaban al cielo como suspiros bienaventurados.
Vi, sobre esos collados felices, grupos de gente que recolectaban en el
césped y las malezas estrellas húmedas de nieve. La pendiente del camino
se hacía cada vez más pronunciada, el caballo resbalaba y arrastrar el
vehículo le costaba un gran esfuerzo. Me sentía feliz. Respiraba a pleno
pulmón la brisa primaveral. Contra el petral del caballo se levantaba,
cada vez más alta, una barrera de espuma nevada. El animal perforaba con
gran dificultad esa masa fría y finalmente debió detenerse. Bajé del
coche; con la cabeza gacha, el caballo respiraba penosamente. Apreté su
cabeza contra mi pecho y vi que las lágrimas brillaban en sus grandes
ojos negros. Entonces advertí en su vientre la mancha negra de una
herida. "¿Por qué no me dijiste nada?", murmuré al borde de las
lágrimas. El respondió: "Era por ti, amigo mío...". Y se volvió tan
chico como un caballito de madera. Lo dejé allí. Me sentía
maravillosamente feliz y ligero.
Me pregunté
si iría a esperar el trencito local que llegaba hasta ese lugar o si
volvería a pie a la ciudad. Por fin comencé a descender por un sendero
que serpenteaba a través del bosque. Primero marché a pasos rápidos y
elásticos; luego tomé impulso y me lancé a una carrera feliz que
prontamente tomó la loca velocidad de un descenso en esquíes. Podía
regular mi velocidad y mi dirección por medio de ligeros movimientos.
Cerca
de la ciudad detuve esta carrera triunfal y retomé mi andar tranquilo
de paseante. La luna continuaba muy alta. Las transformaciones del
cielo, las metamorfosis de sus múltiples bóvedas en configuraciones cada
vez más ingeniosas no habían concluido. Como un astrolabio de plata,
descubría su mecanismo en esa noche mágica y dejaba ver en sus
evoluciones infinitas las matemáticas resplandecientes de sus piñones y
resortes.
A la altura del Mercado encontré a
gente que, como yo, gozaba de ese tiempo excepcional. Todos estaban
encantados por el espectáculo nocturno y elevaban sus miradas al cielo.
Dejé de preocuparme por la billetera de mi padre. El, perdido en sus
excentricidades, seguramente había olvidado su pérdida. Mi madre, por su
parte, no me preocupaba.
En una noche así,
única en el año, descienden hasta nosotros pensamientos felices,
revelaciones, iluminaciones repentinas del espíritu divino. Uno se
siente tocado por el dedo de Dios. Lleno de ideas y de inspiración,
quería volver a casa, cuando me crucé con algunos compañeros de estudios
con sus libros bajo el brazo. Habían salido demasiado temprano de la
escuela, como despertados por la claridad de esa noche que no quería
terminar.
Nos paseamos por una calle en
pendiente abrupta en la que soplaba una brisa de violetas, sin estar
seguros si todavía duraba esa mágica noche plateada de nieve o si ya
estaba amaneciendo.
*Escritor, dibujante y pintor polaco (1892-1942).
domingo, agosto 05, 2012
Bruno Schulz, la recepción del sentido más profundo
XUna vez vi a un prestidigitador. Aislado en el escenario, delgado, perceptible desde todos los ángulos, mostraba su sombrero de copa y su vacío blanco, al fondo. Protegiendo de esa manera su arte contra toda sospecha de engañosas manipulaciones, trazó en el aire, con su varilla mágica, su enredado signo mágico y en seguida, con exagerada precisión y evidencia, procedió a sacar del sombrero lacitos de papel, cintas de colores, centímetros, metros y, por último, kilómetros de bandas.
El cuarto se atestaba de aquellas masas de colores, se volvía claro con ese millar de multiplicaciones, con la ligera y espumosa gasa, con luminosas acumulaciones y, mientras él no dejaba de desmadejar ese hilo sin fin a pesar de las asustadas voces, llenas de maravillada protesta, hizo ostensible que no costaba ningún esfuerzo, que esa abundancia no procedía de sus propios recursos, que, simplemente, se habían abierto yacimientos enterrados, cuyos frutos nada tenían que ver con las medidas y cálculos humanos.
Entonces, alguien predestinado para la recepción del sentido más profundo de aquella demostración, se alejó pensativo, iluminado interiormente, penetrado por la verdad que le invadió: dios es infinito…
*Fragmento del cuento “La primavera”, incluido en el libro Bruno Schulz Obras completas, Ediciones Siruela/Bolsillo.
miércoles, marzo 28, 2012
Bruno Schulz: Fragmento del relato La Primavera...
IHe aquí la historia de una primavera que fue más auténtica, más deslumbrante y más violenta que las otras, que simplemente tomó en serio, al pie de la letra, su texto, ese manifiesto inspirado, escrito con un rojo de fiesta, el más claro, el del lacre y el calendario, del lápiz de color y del entusiasmo, amaranto de los telegramas felices de allá…
Cada primavera comienza así, con sus horóscopos enormes y embriagadores y que no están hechos a la medida de una sola estación; en cada primavera –digámoslo de una vez– hay todo esto: desfiles y manifestaciones interminables, revoluciones y barricadas; cada primavera es en un momento dado atravesada por un viento cálido de encarnizamiento, una tristeza, un encantamiento sin límites que busca en vano su equivalente en la realidad.
Más tarde, esas exageraciones y apogeos, esas acumulaciones y éxtasis entran en floración, se funden en la exuberancia de los follajes que se agitan en los jardines primaverales, en la noche, y el murmullo las absorbe. Así las primaveras se traicionan, sumergidas en los murmullos apagados de los parques en flor, en las crecidas y mareas; olvidan sus promesas, pierden una a una las páginas de su testamento.
Sólo esta primavera tuvo el coraje de durar, de permanecer fiel, de mantener todas sus promesas. Después de tantas fracasadas tentativas, anhelos, conjuros, quiso al fin establecerse verdaderamente, hacer explotar a través del mundo una primavera general y definitiva.
¡Viento, huracán de acontecimientos: el feliz golpe de Estado, días patéticos, espléndidos, triunfales! ¡Quisiera que el desarrollo de mi historia atrapara su ritmo animado, que adoptase el paso y el tono heroicos de esa epopeya, el ritmo de esa primaveral Marsellesa!
Insondable es el horóscopo de la primavera. Ésta aprende a leerlo de cien maneras a la vez, busca a ciegas, silabea en todos los sentidos, feliz cuando logra descifrar algo entre los engañosos pronósticos de los pájaros. Lee ese texto al derecho y al revés, perdiendo el sentido y volviendo a encontrarlo, en todas sus versiones, en miles de alternativas, de gorjeos y trinos. Su texto está por entero compuesto de elipsis, de puntos suspensivos trazados en el azul vacío, y, en los espacios entre las sílabas los pájaros deslizan sus caprichosas conjeturas y sus previsiones. Es por lo que mi historia, a imagen de ese texto, seguirá distintas vías ramificadas y será tejida con guiones, con suspiros y frases inacabadas.
IIEn esas noches anteprimaverales, dilatadas y salvajes, cubiertas por un cielo inmenso, todavía austeras y sin aroma, conduciendo a través de los accidentes del firmamento hacia los desiertos estrellados, mi padre me llevaba a cenar al jardín de un pequeño restaurante, encerrado entre los muros ciegos de las últimas casas de la plaza que le daban la espalda.
Caminábamos bajo la luz húmeda de las farolas que vibraban ante los golpes de viento, a través de la gran plaza abovedada, solos, abrumados por la inmensidad de los laberintos celestes, perdidos y desorientados bajo los espacios vacíos de la atmósfera. Mi padre levantaba hacia el cielo su rostro inundado de una débil claridad y miraba con una tristeza amarga la grava de las estrellas diseminada, los torbellinos desatados. Sus densidades irregulares aún no se ordenaban en constelaciones, ninguna figura organizaba aquellas dimensiones estériles.
La tristeza de los desiertos estrellados pesaba sobre la ciudad, las farolas tejían la noche que se proyectaba en el suelo con haces luminosos, que ataban imperturbablemente, nudo tras nudo. Bajo las farolas, los transeúntes se detenían –ora dos, ora tres– en el círculo de luz que creaba en torno a ellos la ilusión efímera del comedor iluminado por su lámpara sobre la mesa, rodeados por una noche indiferente, inhóspita, que se dispersaba por arriba, y devenía un paisaje celeste inextricable, deshilachado por golpes de viento desoladores. Las conversaciones languidecían; con los ojos ocultos en la penumbra de los sombreros, sonreían, meditabundos, escuchando el murmullo lejano de las estrellas, que dilataba los espacios de esa noche.
En el jardín del restaurante los senderos eran de gravilla. Dos farolas de gas silbaban en sus postes.Vistiendo negras levitas, los señores permanecían sentados – dos o tres–, encorvados ante las mesas cubiertas de manteles blancos, con su mirada apagada fija en los relucientes platos. Inmóviles, calculaban los movimientos en el gran tablero negro del cielo, imaginaban los saltos de los caballos, las piezas perdidas y las constelaciones que enseguida ocupaban su lugar.
En el estrado, los músicos mojaban sus bigotes en jarras de cerveza amarga, apagados y silenciosos, sumidos en sí mismos. Sus instrumentos, violines y violonchelos de nobles contornos, yacían abandonados bajo el aguacero silencioso de las estrellas. A veces los agarraban con las dos manos, los probaban, los afinaban con la nota quejumbrosa de su pecho que verificaban carraspeando. Después los dejaban, como si los instrumentos no estuvieran todavía maduros, a la medida de aquella noche que seguía transcurriendo impasible. Entonces, en la marea baja de los pensamientos, entre el ligero tintineo de los cubiertos proveniente de las mesas blancas, un solo violín se alzó bruscamente, precozmente crecido, adulto; hace un momento tan quejumbroso y meditabundo, se mantenía ahora ante nosotros, esbelto, de talla fina, y, consciente de su misión, retomaba la causa humana diferida un instante, continuaba el proceso perdido ante el tribunal del firmamento donde se dibujaban con signos de agua las curvas y los perfiles de los instrumentos, fragmentos de llaves, liras y cisnes inacabados,1 imitativo comentario maquinal de las estrellas al margen de la música.
El señor fotógrafo, que desde hacía algún tiempo nos lanzaba miradas de inteligencia, vino finalmente a sentarse a nuestra mesa trayendo su jarra de cerveza. Nos dirigía sonrisas equívocas, luchaba con sus propios pensamientos, hacía tamborilear los dedos, perdía sin cesar el hilo de la situación. Sentíamos desde el primer momento cuánto había allí de paradójico. Ese campamento improvisado en el restaurante bajo los auspicios de las estrellas lejanas caía irremediablemente en quiebra, se hundía de modo miserable, no pudiendo hacer frente a las pretensiones de la noche que crecían con desmesura. ¿Qué podíamos nosotros oponer a aquellos desiertos sin fondo? La noche aniquilaba la empresa humana que el violín trataba en vano de defender, ocupaba el lugar vacío, disponía sus constelaciones en las posiciones conquistadas.
Veíamos el campamento de mesas en desbandada, el campo de batalla de servilletas y manteles abandonados que la noche franqueaba triunfal: la noche luminosa e incontable. Nosotros nos levantamos, mientras que, habiéndose adelantado a nuestros cuerpos, nuestro pensamiento corría ya tras el rumor de sus carros, tras el lejano y difuso rumor de sus grandes caminos claros.
Caminábamos bajo los cohetes de los astros, nuestra imaginación anticipando iluminaciones cada vez más altas. ¡Oh, el cinismo de la noche triunfante!
Habiendo tomado posesión de todo el cielo, jugaba ahora al dominó, sin apresurarse, sin contar, recogiendo con desdén los millones ganados. Después, aburrida, trazaba sobre el campo desolado miles de garabatos traslúcidos, caras sonrientes, siempre una única y misma sonrisa que, en algunos instantes, ya eterna, pasaría a las estrellas para perderse en su indiferencia. Nos detuvimos en la pastelería para comprar dulces. Apenas habíamos traspasado la puerta acristalada, resonante, con un interior blanco, frío, lleno de golosinas brillantes, cuando la noche detuvo de golpe todas sus estrellas, bruscamente atenta, curiosa de saber si no iríamos a escaparle. Nos esperó todo ese tiempo pacientemente, montando guardia delante de la puerta, haciendo brillar a través de los cristales los planetas inmóviles, mientras que nosotros escogíamos los dulces tras una madura reflexión. Fue entonces cuando vi a Bianka por primera vez. Acompañada de su institutriz, permanecía de pie cerca del mostrador, en vestido blanco, de perfil, delgada y caligráfica, como salida del Zodíaco. Manteniendo una pose característica de joven altiva, no se volvió y siguió comiendo un pastel de crema. Todavía bajo la influencia del zigzag de las estrellas, no la veía con claridad. Así se cruzaron por primera vez nuestros horóscopos, aún muy enredados. Se encontraron y se separaron insensiblemen te. Aún no habíamos comprendido nuestro destino en ese temprano aspecto astral y salimos haciendo resonar la puerta acristalada.
Regresamos después por un camino apartado, atravesando un lejano suburbio. Las casas eran cada vez más bajas y dispersas; finalmente, las últimas estaban separadas y entramos en un clima diferente. De súbito, nos encontramos en medio de una primavera suave, de una noche tibia que plateaba el fango con los rayos de una luna joven, malva pálido, apenas surgida.
Esa noche se anticipaba con un apresuramiento febril a sus fases ulteriores. Hace un momento sazonada con el sabor acre habitual de la estación, el aire se tornó repentinamente suave, insípido, impregnado de los olores de la lluvia, de la tierra húmeda y de las prímulas que florecían en la blanca luz mágica. Era igualmente extraño que bajo aquella luna generosa la noche no llenase aquel plateado fango con el desove gelatinoso de las ranas, que no abriese las ovas, o hiciese hablar a las miles de pequeñas y locuaces bocas diseminadas por los espacios pedregosos, donde en los menores intersticios rezumaban los hilos brillantes de una dulcedumbre agua. Hay que adivinar, añadir el croar al rumor de las fuentes, a los temblores secretos. Un momento detenida, la noche se puso en marcha, la luna estaba cada vez más pálida, como si hubiera vertido su blancura de una copa a otra, cada vez más alta y luminosa, cada vez más mágica y trascendente.
Caminábamos así bajo la gravitación creciente de la luna. Mi padre y el señor fotógrafo me habían tomado entre ellos, porque me caía de sueño. La tierra húme da crujía bajo nuestros pasos. Yo dormía desde hacía algún tiempo, encerrando bajo los párpados toda la fosforescencia del firmamento barrido por signos luminosos, por señales y fenómenos estrellados, cuando finalmente nos detuvimos en pleno campo. Mi padre me acostó sobre su abrigo extendido en el suelo. Con los ojos cerrados, veía el sol, la luna y once estrellas alineadas en el cielo para el desfile, que marchaban delante de mí.
–¡Bravo, Józef!– exclamó mi padre aplaudiendo. Fue un plagio evidente aplicado a otro Józef,4 en circunstancias muy distintas. Nadie me lo reprochó. Mi padre –Jakob– movió la cabeza y chasqueó la lengua, el señor fotógrafo colocó su trípode en la arena, abrió el fuelle de la cámara y se metió bajo los pliegues de tela negra: fotografiaba ese fenómeno extraordinario, ese horóscopo brillante en el cielo, mientras que yo, con la cabeza bañada en la claridad, estaba tendido sobre el abrigo, inerte, sosteniendo ese sueño el tiempo de la exposición.
Cada primavera comienza así, con sus horóscopos enormes y embriagadores y que no están hechos a la medida de una sola estación; en cada primavera –digámoslo de una vez– hay todo esto: desfiles y manifestaciones interminables, revoluciones y barricadas; cada primavera es en un momento dado atravesada por un viento cálido de encarnizamiento, una tristeza, un encantamiento sin límites que busca en vano su equivalente en la realidad.
Más tarde, esas exageraciones y apogeos, esas acumulaciones y éxtasis entran en floración, se funden en la exuberancia de los follajes que se agitan en los jardines primaverales, en la noche, y el murmullo las absorbe. Así las primaveras se traicionan, sumergidas en los murmullos apagados de los parques en flor, en las crecidas y mareas; olvidan sus promesas, pierden una a una las páginas de su testamento.
Sólo esta primavera tuvo el coraje de durar, de permanecer fiel, de mantener todas sus promesas. Después de tantas fracasadas tentativas, anhelos, conjuros, quiso al fin establecerse verdaderamente, hacer explotar a través del mundo una primavera general y definitiva.
¡Viento, huracán de acontecimientos: el feliz golpe de Estado, días patéticos, espléndidos, triunfales! ¡Quisiera que el desarrollo de mi historia atrapara su ritmo animado, que adoptase el paso y el tono heroicos de esa epopeya, el ritmo de esa primaveral Marsellesa!
Insondable es el horóscopo de la primavera. Ésta aprende a leerlo de cien maneras a la vez, busca a ciegas, silabea en todos los sentidos, feliz cuando logra descifrar algo entre los engañosos pronósticos de los pájaros. Lee ese texto al derecho y al revés, perdiendo el sentido y volviendo a encontrarlo, en todas sus versiones, en miles de alternativas, de gorjeos y trinos. Su texto está por entero compuesto de elipsis, de puntos suspensivos trazados en el azul vacío, y, en los espacios entre las sílabas los pájaros deslizan sus caprichosas conjeturas y sus previsiones. Es por lo que mi historia, a imagen de ese texto, seguirá distintas vías ramificadas y será tejida con guiones, con suspiros y frases inacabadas.
IIEn esas noches anteprimaverales, dilatadas y salvajes, cubiertas por un cielo inmenso, todavía austeras y sin aroma, conduciendo a través de los accidentes del firmamento hacia los desiertos estrellados, mi padre me llevaba a cenar al jardín de un pequeño restaurante, encerrado entre los muros ciegos de las últimas casas de la plaza que le daban la espalda.
Caminábamos bajo la luz húmeda de las farolas que vibraban ante los golpes de viento, a través de la gran plaza abovedada, solos, abrumados por la inmensidad de los laberintos celestes, perdidos y desorientados bajo los espacios vacíos de la atmósfera. Mi padre levantaba hacia el cielo su rostro inundado de una débil claridad y miraba con una tristeza amarga la grava de las estrellas diseminada, los torbellinos desatados. Sus densidades irregulares aún no se ordenaban en constelaciones, ninguna figura organizaba aquellas dimensiones estériles.
La tristeza de los desiertos estrellados pesaba sobre la ciudad, las farolas tejían la noche que se proyectaba en el suelo con haces luminosos, que ataban imperturbablemente, nudo tras nudo. Bajo las farolas, los transeúntes se detenían –ora dos, ora tres– en el círculo de luz que creaba en torno a ellos la ilusión efímera del comedor iluminado por su lámpara sobre la mesa, rodeados por una noche indiferente, inhóspita, que se dispersaba por arriba, y devenía un paisaje celeste inextricable, deshilachado por golpes de viento desoladores. Las conversaciones languidecían; con los ojos ocultos en la penumbra de los sombreros, sonreían, meditabundos, escuchando el murmullo lejano de las estrellas, que dilataba los espacios de esa noche.
En el jardín del restaurante los senderos eran de gravilla. Dos farolas de gas silbaban en sus postes.Vistiendo negras levitas, los señores permanecían sentados – dos o tres–, encorvados ante las mesas cubiertas de manteles blancos, con su mirada apagada fija en los relucientes platos. Inmóviles, calculaban los movimientos en el gran tablero negro del cielo, imaginaban los saltos de los caballos, las piezas perdidas y las constelaciones que enseguida ocupaban su lugar.
En el estrado, los músicos mojaban sus bigotes en jarras de cerveza amarga, apagados y silenciosos, sumidos en sí mismos. Sus instrumentos, violines y violonchelos de nobles contornos, yacían abandonados bajo el aguacero silencioso de las estrellas. A veces los agarraban con las dos manos, los probaban, los afinaban con la nota quejumbrosa de su pecho que verificaban carraspeando. Después los dejaban, como si los instrumentos no estuvieran todavía maduros, a la medida de aquella noche que seguía transcurriendo impasible. Entonces, en la marea baja de los pensamientos, entre el ligero tintineo de los cubiertos proveniente de las mesas blancas, un solo violín se alzó bruscamente, precozmente crecido, adulto; hace un momento tan quejumbroso y meditabundo, se mantenía ahora ante nosotros, esbelto, de talla fina, y, consciente de su misión, retomaba la causa humana diferida un instante, continuaba el proceso perdido ante el tribunal del firmamento donde se dibujaban con signos de agua las curvas y los perfiles de los instrumentos, fragmentos de llaves, liras y cisnes inacabados,1 imitativo comentario maquinal de las estrellas al margen de la música.
El señor fotógrafo, que desde hacía algún tiempo nos lanzaba miradas de inteligencia, vino finalmente a sentarse a nuestra mesa trayendo su jarra de cerveza. Nos dirigía sonrisas equívocas, luchaba con sus propios pensamientos, hacía tamborilear los dedos, perdía sin cesar el hilo de la situación. Sentíamos desde el primer momento cuánto había allí de paradójico. Ese campamento improvisado en el restaurante bajo los auspicios de las estrellas lejanas caía irremediablemente en quiebra, se hundía de modo miserable, no pudiendo hacer frente a las pretensiones de la noche que crecían con desmesura. ¿Qué podíamos nosotros oponer a aquellos desiertos sin fondo? La noche aniquilaba la empresa humana que el violín trataba en vano de defender, ocupaba el lugar vacío, disponía sus constelaciones en las posiciones conquistadas.
Veíamos el campamento de mesas en desbandada, el campo de batalla de servilletas y manteles abandonados que la noche franqueaba triunfal: la noche luminosa e incontable. Nosotros nos levantamos, mientras que, habiéndose adelantado a nuestros cuerpos, nuestro pensamiento corría ya tras el rumor de sus carros, tras el lejano y difuso rumor de sus grandes caminos claros.
Caminábamos bajo los cohetes de los astros, nuestra imaginación anticipando iluminaciones cada vez más altas. ¡Oh, el cinismo de la noche triunfante!
Habiendo tomado posesión de todo el cielo, jugaba ahora al dominó, sin apresurarse, sin contar, recogiendo con desdén los millones ganados. Después, aburrida, trazaba sobre el campo desolado miles de garabatos traslúcidos, caras sonrientes, siempre una única y misma sonrisa que, en algunos instantes, ya eterna, pasaría a las estrellas para perderse en su indiferencia. Nos detuvimos en la pastelería para comprar dulces. Apenas habíamos traspasado la puerta acristalada, resonante, con un interior blanco, frío, lleno de golosinas brillantes, cuando la noche detuvo de golpe todas sus estrellas, bruscamente atenta, curiosa de saber si no iríamos a escaparle. Nos esperó todo ese tiempo pacientemente, montando guardia delante de la puerta, haciendo brillar a través de los cristales los planetas inmóviles, mientras que nosotros escogíamos los dulces tras una madura reflexión. Fue entonces cuando vi a Bianka por primera vez. Acompañada de su institutriz, permanecía de pie cerca del mostrador, en vestido blanco, de perfil, delgada y caligráfica, como salida del Zodíaco. Manteniendo una pose característica de joven altiva, no se volvió y siguió comiendo un pastel de crema. Todavía bajo la influencia del zigzag de las estrellas, no la veía con claridad. Así se cruzaron por primera vez nuestros horóscopos, aún muy enredados. Se encontraron y se separaron insensiblemen te. Aún no habíamos comprendido nuestro destino en ese temprano aspecto astral y salimos haciendo resonar la puerta acristalada.
Regresamos después por un camino apartado, atravesando un lejano suburbio. Las casas eran cada vez más bajas y dispersas; finalmente, las últimas estaban separadas y entramos en un clima diferente. De súbito, nos encontramos en medio de una primavera suave, de una noche tibia que plateaba el fango con los rayos de una luna joven, malva pálido, apenas surgida.
Esa noche se anticipaba con un apresuramiento febril a sus fases ulteriores. Hace un momento sazonada con el sabor acre habitual de la estación, el aire se tornó repentinamente suave, insípido, impregnado de los olores de la lluvia, de la tierra húmeda y de las prímulas que florecían en la blanca luz mágica. Era igualmente extraño que bajo aquella luna generosa la noche no llenase aquel plateado fango con el desove gelatinoso de las ranas, que no abriese las ovas, o hiciese hablar a las miles de pequeñas y locuaces bocas diseminadas por los espacios pedregosos, donde en los menores intersticios rezumaban los hilos brillantes de una dulcedumbre agua. Hay que adivinar, añadir el croar al rumor de las fuentes, a los temblores secretos. Un momento detenida, la noche se puso en marcha, la luna estaba cada vez más pálida, como si hubiera vertido su blancura de una copa a otra, cada vez más alta y luminosa, cada vez más mágica y trascendente.
Caminábamos así bajo la gravitación creciente de la luna. Mi padre y el señor fotógrafo me habían tomado entre ellos, porque me caía de sueño. La tierra húme da crujía bajo nuestros pasos. Yo dormía desde hacía algún tiempo, encerrando bajo los párpados toda la fosforescencia del firmamento barrido por signos luminosos, por señales y fenómenos estrellados, cuando finalmente nos detuvimos en pleno campo. Mi padre me acostó sobre su abrigo extendido en el suelo. Con los ojos cerrados, veía el sol, la luna y once estrellas alineadas en el cielo para el desfile, que marchaban delante de mí.
–¡Bravo, Józef!– exclamó mi padre aplaudiendo. Fue un plagio evidente aplicado a otro Józef,4 en circunstancias muy distintas. Nadie me lo reprochó. Mi padre –Jakob– movió la cabeza y chasqueó la lengua, el señor fotógrafo colocó su trípode en la arena, abrió el fuelle de la cámara y se metió bajo los pliegues de tela negra: fotografiaba ese fenómeno extraordinario, ese horóscopo brillante en el cielo, mientras que yo, con la cabeza bañada en la claridad, estaba tendido sobre el abrigo, inerte, sosteniendo ese sueño el tiempo de la exposición.
IIILos días se hicieron largos, claros y amplios, casi demasiado amplios visto su contenido, indefinido y pobre. Eran días llenos de espera, palideciendo de aburrimiento e impaciencia. Un soplo claro, un viento brillante atravesaba su vacío que aún no era turbado por los senderos de los jardines desnudos y soleados, limpiaba las calles tranquilas, largas y claras, barridas como los días de fiesta y que, también ellas, parecían esperar una llegada, todavía desconocida y lejana. El sol se dirigía lentamente hacia el equinoccio, ralentizaba su curso, alcanzaba la posición en la que debía detenerse en un equilibrio ideal, arrojando torrentes de fuego sobre la tierra desierta.
Un soplo infinito recorría el horizonte en toda su extensión, disponía los setos y las avenidas a lo largo de las líneas puras de las perspectivas y se detenía al fin, sofocante, inmenso, para reflejar, en su espejo que abrazaba el mundo, la imagen ideal de la ciudad, fatamorgana sumida en su anfractuosidad luminosa. El universo se inmovilizaba un instante, sin aliento, ciego, queriendo entrar todo entero en esa imagen quimérica, eternidad provisoria que se abría ante él. Pero el segundo feliz pasaba, el viento rompía su espejo y el tiempo volvía a tomarnos en su posesión.
Llegaron las vacaciones de Pascua, interminablemente largas. Liberados de la escuela, deambulábamos por la ciudad sin necesidad ni fin, sin saber aprovechar la libertad vacía, imprecisa, inutilizable. No encontrando nosotros mismos definición, esperábamos una del tiempo que, embrollado en miles de respuestas equívocas, tampoco él sabía encontrar.
Se habían dispuesto ya las mesas en la acera delante del café. Las señoras con vestidos claros estaban sentadas y aspiraban el viento a pequeños tragos, como se degusta un helado. Las faldas flotaban, el viento les mordisqueaba el dobladillo como un cachorro furioso, las mejillas de las señoras se sonrosaban, el viento seco quemaba sus rostros, agrietaba sus labios. El entreacto duraba todavía y su gran tedio, el mundo se acercaba suavemente, con angustia, a una frontera, llegaba –demasiado pronto– a un objetivo y esperaba.
En aquellos días, teníamos todos un apetito de ogro. Deshidratados por el viento, nos precipitábamos en la casa para devorar grandes rebanadas de pan con mantequilla, comprábamos en la calle rosquillas crujientes y frescas, durante horas permanecíamos sentados en fila, sin un pensamiento en la cabeza, bajo el amplio porche abovedado de un inmueble de la plaza del mercado. Entre las arcadas bajas se veía la plaza blanca y limpia. Los toneles de vino estaban alineados a lo largo del muro y olían bien. Repiqueteando con el pie sobre las planchas de madera, entorpecidos por el tedio, nos sentábamos en el largo mostrador en el que, los días de mercado, se vendían las pañoletas abigarradas de las campesinas.
Repentinamente, Rudolf, con la boca llena de rosquillas, sacó de un bolsillo interior su álbum de sellos y lo abrió ante mis ojos.
Un soplo infinito recorría el horizonte en toda su extensión, disponía los setos y las avenidas a lo largo de las líneas puras de las perspectivas y se detenía al fin, sofocante, inmenso, para reflejar, en su espejo que abrazaba el mundo, la imagen ideal de la ciudad, fatamorgana sumida en su anfractuosidad luminosa. El universo se inmovilizaba un instante, sin aliento, ciego, queriendo entrar todo entero en esa imagen quimérica, eternidad provisoria que se abría ante él. Pero el segundo feliz pasaba, el viento rompía su espejo y el tiempo volvía a tomarnos en su posesión.
Llegaron las vacaciones de Pascua, interminablemente largas. Liberados de la escuela, deambulábamos por la ciudad sin necesidad ni fin, sin saber aprovechar la libertad vacía, imprecisa, inutilizable. No encontrando nosotros mismos definición, esperábamos una del tiempo que, embrollado en miles de respuestas equívocas, tampoco él sabía encontrar.
Se habían dispuesto ya las mesas en la acera delante del café. Las señoras con vestidos claros estaban sentadas y aspiraban el viento a pequeños tragos, como se degusta un helado. Las faldas flotaban, el viento les mordisqueaba el dobladillo como un cachorro furioso, las mejillas de las señoras se sonrosaban, el viento seco quemaba sus rostros, agrietaba sus labios. El entreacto duraba todavía y su gran tedio, el mundo se acercaba suavemente, con angustia, a una frontera, llegaba –demasiado pronto– a un objetivo y esperaba.
En aquellos días, teníamos todos un apetito de ogro. Deshidratados por el viento, nos precipitábamos en la casa para devorar grandes rebanadas de pan con mantequilla, comprábamos en la calle rosquillas crujientes y frescas, durante horas permanecíamos sentados en fila, sin un pensamiento en la cabeza, bajo el amplio porche abovedado de un inmueble de la plaza del mercado. Entre las arcadas bajas se veía la plaza blanca y limpia. Los toneles de vino estaban alineados a lo largo del muro y olían bien. Repiqueteando con el pie sobre las planchas de madera, entorpecidos por el tedio, nos sentábamos en el largo mostrador en el que, los días de mercado, se vendían las pañoletas abigarradas de las campesinas.
Repentinamente, Rudolf, con la boca llena de rosquillas, sacó de un bolsillo interior su álbum de sellos y lo abrió ante mis ojos.
IVEn aquel momento, comprendí por qué esa primavera había sido hasta entonces tan vacía, tan cerrada y tan sofocante. Inconscientemente, se silenciaba, se callaba, retrocedía, dejaba el sitio libre, se abría enteramente como un espacio puro, un azul sin opiniones ni definiciones, forma asombrada y desnuda que esperaba un contenido misterioso. De ahí procedía esa neutralidad azul, como despertada en sobresalto, esa inmensa disponibilidad. Esa primavera estaba a punto, amplia, desierta y disponible, sin aliento y sin memoria: aguardaba la revelación. ¿Quién hubiera podido prever que saldría, deslumbrante y adornada, del álbum de sellos de Rudolf?
Eran abreviaciones y fórmulas extrañas, recetas de civilizaciones, amuletos de bolsillo en los que se podía agarrar con dos dedos la esencia de los climas y de las provincias. Eran órdenes de pago en imperios y repúblicas, en archipiélagos y continentes. ¿Qué poseían de más los emperadores y usurpadores, los conquistadores y dictadores? Súbitamente sentí la dulzura del poder, el acicate de esa insatisfacción que sólo el gobierno de las tierras puede saciar. Con Alejandro el Grande yo deseé el mundo. Y ni una pulgada menos, todo el mundo.
Eran abreviaciones y fórmulas extrañas, recetas de civilizaciones, amuletos de bolsillo en los que se podía agarrar con dos dedos la esencia de los climas y de las provincias. Eran órdenes de pago en imperios y repúblicas, en archipiélagos y continentes. ¿Qué poseían de más los emperadores y usurpadores, los conquistadores y dictadores? Súbitamente sentí la dulzura del poder, el acicate de esa insatisfacción que sólo el gobierno de las tierras puede saciar. Con Alejandro el Grande yo deseé el mundo. Y ni una pulgada menos, todo el mundo.
VSombrío y ardiente, colmado de un áspero amor, recibía el desfile de la creación: países en marcha, comitivas brillantes que veía a intervalos, a través de eclipses púrpuras, aturdido por los golpes de la sangre que gol peaba en mi corazón al ritmo de esa marcha universal de todas las naciones. Rudolf hacía desfilar ante mis ojos batallones y brigadas, organizaba la parada con celo, con dedicación. Él, el dueño de ese álbum, se degradaba voluntariamente, descendía al rango de un ayuda de campo, recitaba su informe solemnemente, como un juramento, cegado y desorientado en su rol ambiguo. Finalmente, en un arrebato, empujado por una magnanimidad desmesurada, colocó en mi pecho –como si se tratara de una medalla– una Tasmania rosa, resplandeciente como el mes de mayo, y un Hajdarabad plagado de alfabetos extraños, entrelazados.
VIFue en aquel momento cuando tuvo lugar la revelación, aquella visión bruscamente descubierta de la belleza del mundo; fue en entonces cuando llegó la buena nueva, el mensaje secreto, esa misión especial de poderes incalculables.
Se abrieron de par en par los horizontes llameantes y severos hasta cortar el aliento, el mundo temblaba y centellaba, se inclinaba peligrosamente, amenazando con romper todas las reglas y todas las medidas.
¿Qué es para ti, querido lector, un sello postal? ¿Y qué el perfil de Francisco José I con su calvicie ornada por una corona de laurel? ¿Acaso no es el símbolo de la grisalla cotidiana, límite de todas las posibilidades, garantía de fronteras infranqueables donde el mundo ha sido encerrado de una vez y para siempre?
En aquella época, el mundo estaba cercado por Francisco José I y no había salida que llevara más allá. Ese perfil omnipresente e inevitable surgía en todos los horizontes, aparecía por todos los rincones de las calles, cerraba el mundo con llave como una prisión. Y he aquí que, en el momento en que nosotros ya habíamos perdido la esperanza, cuando llenos de una amarga resignación habíamos aceptado la univocidad del mundo, su estrecha invariabilidad cuyo poderoso garante era Francisco José I, en aquel momento, oh Dios mío, abriste súbitamente ante mí ese álbum de sellos como una cosa anodina, me has permitido echar una mirada fugaz sobre ese libro fascinante, sobre ese álbum que abandonaba su ropaje a cada página, cada vez más cegador, cada vez más conmovedor… ¿Quién va a reprocharme por haber quedado deslumbrado, paralizado por la emoción, que las lágrimas corriesen de mis ojos bañados de clari-
dad? ¡Oh, relatividad maravillosa, acto copernicano, fluidez de las categorías y las nociones! ¡Así, oh Dios mío, has permitido tantos modos, incontables, de existencia! Es más de lo que yo había soñado en mis sueños más locos. ¡Así se ehizo verdad esa anticipación del alma que, contra toda realidad, se obstinaba en creer que el mundo era infinito!
Se abrieron de par en par los horizontes llameantes y severos hasta cortar el aliento, el mundo temblaba y centellaba, se inclinaba peligrosamente, amenazando con romper todas las reglas y todas las medidas.
¿Qué es para ti, querido lector, un sello postal? ¿Y qué el perfil de Francisco José I con su calvicie ornada por una corona de laurel? ¿Acaso no es el símbolo de la grisalla cotidiana, límite de todas las posibilidades, garantía de fronteras infranqueables donde el mundo ha sido encerrado de una vez y para siempre?
En aquella época, el mundo estaba cercado por Francisco José I y no había salida que llevara más allá. Ese perfil omnipresente e inevitable surgía en todos los horizontes, aparecía por todos los rincones de las calles, cerraba el mundo con llave como una prisión. Y he aquí que, en el momento en que nosotros ya habíamos perdido la esperanza, cuando llenos de una amarga resignación habíamos aceptado la univocidad del mundo, su estrecha invariabilidad cuyo poderoso garante era Francisco José I, en aquel momento, oh Dios mío, abriste súbitamente ante mí ese álbum de sellos como una cosa anodina, me has permitido echar una mirada fugaz sobre ese libro fascinante, sobre ese álbum que abandonaba su ropaje a cada página, cada vez más cegador, cada vez más conmovedor… ¿Quién va a reprocharme por haber quedado deslumbrado, paralizado por la emoción, que las lágrimas corriesen de mis ojos bañados de clari-
dad? ¡Oh, relatividad maravillosa, acto copernicano, fluidez de las categorías y las nociones! ¡Así, oh Dios mío, has permitido tantos modos, incontables, de existencia! Es más de lo que yo había soñado en mis sueños más locos. ¡Así se ehizo verdad esa anticipación del alma que, contra toda realidad, se obstinaba en creer que el mundo era infinito!
*Narrador y dibujante polaco.
sábado, marzo 24, 2012
Bruno Schulz: La Noche de Julio
La Noche de
Julio
Conocí por primera vez las noches de verano durante
las largas vacaciones que siguieron a mi bachillerato. Nuestra casa, por cuyas
ventanas abiertas de par en par desde el amanecer hasta la noche entraban los
efluvios, los murmullos y los reflejos de esos largos días de calima, acababa
de recibir a un nuevo y llorón inquilino, el recién nacido de mi hermana. La
llegada de ese ser minúsculo y enojado llevó de nuevo la vida de toda la
familia a las condiciones más antiguas y retrotrajo su evolución social a la
etapa del matriarcado: ambiente de harén nómada con su vivaque de ropa de cama,
pañales y mantillas sempiternamente lavadas y secadas, además de la manera poco
precavida de asearse de la nodriza —mujer que tenía que mostrar floridos
desnudos, tan exuberantes como inocentes—, y todo impregnado por ese olor ácido
que desprenden la carne de los recién nacidos y los pechos desbordantes de
leche.
Después de un parto difícil, mi hermana se había ido a un balneario; mi cuñado, a su vez, sólo aparecía a las horas de la comida. En cuanto a mis padres, permanecían en la tienda hasta avanzadas horas de la noche. Toda la casa cayó bajo la férula de la nodriza, cuya expansiva feminidad, proliferando a su antojo, desarrolló una autoridad suplementaria en el papel de madre alimenticia que ella asumía.
Después de un parto difícil, mi hermana se había ido a un balneario; mi cuñado, a su vez, sólo aparecía a las horas de la comida. En cuanto a mis padres, permanecían en la tienda hasta avanzadas horas de la noche. Toda la casa cayó bajo la férula de la nodriza, cuya expansiva feminidad, proliferando a su antojo, desarrolló una autoridad suplementaria en el papel de madre alimenticia que ella asumía.
Desde las alturas de esa mayestática
función, imponía en nuestro interior, con su avasalladora presencia, el sello
mismo de la ginocracia –predominio del elemento carnal, floreciente y pleno-,
inteligentemente repartido entre ella misma y las dos jóvenes sirvientas: a las
tres, sus ocupaciones diarias les permitían abrir, como un abanico de pavo
real, toda la gama de una autosuficiente feminidad. La casa –impregnada con el
aroma de gineceo y del perfume maternal que flotaba sobre ese mundo de ropa
fresca y de carne en flor- respondía así a la floración dulce y a la maduración
silenciosa del jardín que se estremecía con todos sus rumores frondosos,
reflejos plateados y sombrías meditaciones. Y, cuando todas las cortinas de
nuestras ventanas abiertas de par en par se levantaban con pánico, bajo la
inmisericorde crudeza del mediodía, y todos los pañales y mantillas que se
secaban en las cuerdas se ponían de pie como una gran fila de resplandeciente
blancura, un torbellino de aleves semillas, de polen y de pétalos perdidos, volaba a la deriva a través de esa ingenua alerta de prendas colgadas: el
jardín, llevado por esa ola de sombras y luces, murmullos y reflejos
temblorosos, atravesaba la habitación sin prisa, como si en esa hora del Señor,
todas las paredes y barreras se hubiesen levantado y el tembloroso
presentimiento del Único, a punto de caer sobre todas las cosas, hubiera
penetrado el mundo aboliendo cualquier pensamiento o emoción.
Pasaba las noches de ese verano en un cine-teatro del pueblo. No salía de él hasta que finalizaba la última sesión.
Pasaba las noches de ese verano en un cine-teatro del pueblo. No salía de él hasta que finalizaba la última sesión.
Igual que de la inmensidad de la noche
de tormenta se penetra en la quietud de una posada, así del negro de la sala
desgarrada por el ligero pánico de oscilantes luces y sombras, se entraba en la
tranquila claridad del vestíbulo.
Después de haber recorrido a locas
velocidades los tortuosos caminos de la película, el corazón, conmovido por
tantos desatinos, recobraba su aliento en medio de las luces del vestíbulo,
cuyos tabiques nos separaban de la enorme y patética presión de la noche, en
ese puerto bien resguardado en el que el tiempo se había detenido desde hacía
mucho, en el que las bombillas difundían inútilmente una luz estéril y anodina,
según un ritmo establecido de una vez para siempre por el motor, cuyo sordo
zumbido hacía vibrar ligeramente la cabina de la cajera.
Ese vestíbulo, sumido en la monotonía de aquellas horas tardías –igual que esas salas de espera de las estaciones, amodorradas durante mucho tiempo, después de la partida de los trenes--, parecía ser el último fondo de la existencia: lo que quedará cuando todo esté cumplido y se apague el ruido de lo múltiple. En un enorme cartel colorado, Asta Nielsen se tambaleaba para la eternidad, con el negro estigma de la muerte sobre su frente, su boca abierta para siempre con el grito final y sus ojos fijos en una mirada de una belleza perfecta y sobrehumana.
Hacía mucho tiempo que la cajera había regresado a su casa. Sin duda, en aquel momento trajinaba en su pequeña habitación cerca del expectante lecho, ya descubierto para la noche, barca dispuesta para trasladarla a las negras lagunas del sueño, a través de las inextricables tramas y aventuras del otro sueño. Aquella que se veía allí, instalada en su cabina, no era más que su cáscara, un doble ilusorio, un fantasma que miraba con un ojo ultrajadamente maquillado y lacio el vacío de la luz, o que parpadeaba maquinalmente para sacudir las doradas escamas de la somnolencia que las lámparas esparcían sin tregua en el aire. Ella lanzaba de vez en cuando una pálida sonrisa al sargento de bomberos, quien, vaciado a su vez desde hacía horas de su realidad, se mantenía allí, apoyado en la pared, inmóvil para siempre bajo su rutilante casco, enarbolando sin tregua el oropel estéril e inútil de sus hombreras, de sus bocamangas plateadas y de sus medallas.
Ese vestíbulo, sumido en la monotonía de aquellas horas tardías –igual que esas salas de espera de las estaciones, amodorradas durante mucho tiempo, después de la partida de los trenes--, parecía ser el último fondo de la existencia: lo que quedará cuando todo esté cumplido y se apague el ruido de lo múltiple. En un enorme cartel colorado, Asta Nielsen se tambaleaba para la eternidad, con el negro estigma de la muerte sobre su frente, su boca abierta para siempre con el grito final y sus ojos fijos en una mirada de una belleza perfecta y sobrehumana.
Hacía mucho tiempo que la cajera había regresado a su casa. Sin duda, en aquel momento trajinaba en su pequeña habitación cerca del expectante lecho, ya descubierto para la noche, barca dispuesta para trasladarla a las negras lagunas del sueño, a través de las inextricables tramas y aventuras del otro sueño. Aquella que se veía allí, instalada en su cabina, no era más que su cáscara, un doble ilusorio, un fantasma que miraba con un ojo ultrajadamente maquillado y lacio el vacío de la luz, o que parpadeaba maquinalmente para sacudir las doradas escamas de la somnolencia que las lámparas esparcían sin tregua en el aire. Ella lanzaba de vez en cuando una pálida sonrisa al sargento de bomberos, quien, vaciado a su vez desde hacía horas de su realidad, se mantenía allí, apoyado en la pared, inmóvil para siempre bajo su rutilante casco, enarbolando sin tregua el oropel estéril e inútil de sus hombreras, de sus bocamangas plateadas y de sus medallas.
A lo lejos, el zumbido del motor
hacía vibrar los cristales de la puerta de entrada, que se abría directamente a
la noche avanzada de julio: pero los crudos reflejos de las farolas cegaban el
cristal, negaban la oscuridad, recomponían, mejor o peor, la ilusoria seguridad
de un puerto que el inconmensurable elemento de la noche no podía amenazar. El
encanto del vestíbulo del cine acababa sin embargo por romperse, la puerta se
abría ampliamente, su cortina de terciopelo rojo se hinchaba con el soplo de la
noche que repentinamente lo sustituía todo. ¿No sentís la esencia profunda y misteriosa de esa aventura, cuando el bachiller
pálido y débil abandona la tranquilidad del puerto para afrontar en solitario
el infinito de esta noche de julio? ¿Sabrá atravesar alguna vez esos negros
pantanos, esos tremedales, y los abismos de la noche infinita, llegará en algún
amanecer a un puerto protector? ¿Cuántos años, decidme, durará aún esta sombría
odisea?
Nadie ha trazado, aún, el mapa topográfico de la Noche de Julio. En la
geografía de nuestro cosmos interior esas páginas siguen vírgenes. ¡La Noche de Julio! ¿Cómo describirla? ¿Con qué compararla? ¿Con el corazón de una maravillosa
rosa negra que nos sumerge en el sueño de sus innumerables pétalos de
terciopelo, con la brisa nocturna deshojando hasta lo más recóndito esa dulce
ambrosía, mientras desde el abismo de olor asciende hasta nosotros la mirada de
los astros? ¿La compararé con el negro firmamento de nuestros párpados
semicerrados en el que revolotea todo un mundo de polvos errantes, con el
blanco grano de la adormidera de las galaxias, con la lluvia de los cometas y
los meteoritos? ¿O, tal vez, con un tren nocturno, largo como el universo y que
circula a través de un interminable túnel negro? Atravesar la noche de julio es
molestar a los adormecidos viajeros y abrirse un penoso camino de un vagón a
otro, a través de un dédalo de estrechos pasillos, de compartimentos mal
ventilados y de corrientes de aire que se entrecruzan.
¡La Noche de Julio!
Fluido enigmático de la sombra, materia viva de las tinieblas, sensible, móvil,
vigilante, y que extrae del caos un enorme caudal de formas a cada instante
inmediatamente abandonadas. Negro material que amontona alrededor del
adormecido visitante grutas, bóvedas y pórticos. Al igual que el inoportuno
charlatán, la noche de julio ya no abandona al explorador solitario, sino que
lo encierra rápidamente en el círculo de sus espectros, creando e inventando
constantemente fantasmas, divagaciones siempre nuevas, nunca cansada de
alucinar al viajero con sus lejanas estrellas, sus vías lácteas, sus laberintos
sin fin que prolongan los coliseos y fórums.
El aire nocturno es ese oscuro Prometeo, que, para sus juegos, se transforma en ricas condensaciones de terciopelo, en madejas de oloroso jazmín, en cascadas de ozono y, después, en súbitos desiertos sin aire, esos grandes bulbos negros que proliferan hasta el infinito, monstruosos racimos de tinieblas repletos de jugos sombríos. Yo me deslizo a través de estrechas cornisas, inclino la cabeza bajo esas arcadas, esas criptas y bóvedas bajas, y he aquí que, repentinamente, se rompe el techo, se detiene en un estrellado suspiro, entorna la cúpula de su cielo inmenso para conducirme de nuevo directamente al apretado dédalo de sus arcadas, pasadizos y vanos.
El aire nocturno es ese oscuro Prometeo, que, para sus juegos, se transforma en ricas condensaciones de terciopelo, en madejas de oloroso jazmín, en cascadas de ozono y, después, en súbitos desiertos sin aire, esos grandes bulbos negros que proliferan hasta el infinito, monstruosos racimos de tinieblas repletos de jugos sombríos. Yo me deslizo a través de estrechas cornisas, inclino la cabeza bajo esas arcadas, esas criptas y bóvedas bajas, y he aquí que, repentinamente, se rompe el techo, se detiene en un estrellado suspiro, entorna la cúpula de su cielo inmenso para conducirme de nuevo directamente al apretado dédalo de sus arcadas, pasadizos y vanos.
En el corazón de esos retiros de sombrío silencio,
de esos corredores sin aliento, se pueden distinguir aún retazos de
conversaciones abandonadas allí por los noctámbulos, sintagmas de inscripciones
hechas sobre los carteles, compases de risas perdidas en un largo surco de
murmullos que la brisa no ha disipado. Y ocurre también que la noche me rodea,
como en una angosta habitación sin salida. El sueño me vence y apenas me doy
cuenta de si mis piernas me soportan o si hace rato que descanso en la pequeña
habitación de un hotel. Pero he aquí que, ahora, siento un cálido beso
aterciopelado que unos labios perfumados han perdido en el espacio, he aquí
que, ahora, se abren las celosías de una ventana cuyo alféizar traspaso con una
gran zancada, y, entonces, prosigo más lejos mi camino, bajo las parábolas de
las estrellas fugaces. Del laberinto de la noche surgen dos paseantes.
Ensimismados tejen una conversación, extraen de la oscuridad la decepcionante
trenza de un diálogo sin salida. Sus pasos resuenan sobre el pavimento,
ritmados por el monótono golpeteo de un paraguas (tales paraguas os protegen de
los aguaceros de astros y meteoros) y sus enormes cabezas de noctámbulos,
provistas de sombreros hongos, titubean a la manera de los borrachos. Más
adelante me detengo bajo la conspiradora mirada de un ojo negro y bizqueante,
mientras, apoyándose en el pomo de su bastón, una huesuda mano con los nudillos
muy pronunciados, pasa cojeando en la oscuridad, con su palma cerrada alrededor
de la empuñadura de asta de ciervo (semejantes bastones ocultan algunas veces
en su interior largas cuchillas afiladas).
Finalmente, en los extramuros de la ciudad, la noche renuncia a sus juegos, aparta su velo y nos descubre su faz grave y eterna. Ya no nos encierra en ese quimérico laberinto de alucinaciones y delirios: nos abre su eternidad llena de estrellas. El firmamento asciende hasta el infinito, las constelaciones fulguran en toda su majestad, en sus eternos posicionamientos, y trazan en el cielo figuras mágicas como si quisieran anunciar, proclamar con su pavoroso silencio algo definitivo. Del centelleo de esos universos lejanos desciende un croar de ranas, el tumulto argentado de los astros. El cielo de julio siembra la inaudita adormidera de los meteoros que infiltra silenciosamente por el cosmos.
A una cierta hora de la noche –allá arriba las constelaciones soñaban siempre su sueño eterno- me encontraba de nuevo en mi calle: una de esas estrellas, destellando a la entrada de la calle, exhalaba un extraño perfume. Al abrir la puerta de casa sentí la corriente de aire que barría la calle como si fuera un oscuro pasillo. En el comedor aún humeaban cuatro velas sobre un candelabro de bronce. Mi cuñado todavía no estaba. Desde la partida de mi hermana no cenaba casi nunca en casa, y regresaba ya muy entrada la noche.
Despertando de mi sueño, me daba cuenta de su presencia mientras se despojaba de las ropas, con la mirada abuhada y pensativa. Después apagaba la vela, y una vez desnudo permanecía durante mucho tiempo sin dormir, entre la tibieza de las sábanas. Sin prisa, una agitada duermevela desarmaba progresivamente ese gran cuerpo. Y aun entonces mascullaba, soplaba, suspiraba penosamente, se debatía como agobiado por un peso que hundiera sus entrañas. De vez en cuando profería repentinamente un seco sollozo, apenas audible. Lleno de temor yo preguntaba en la oscuridad: “¿Qué sucede, Karol, qué tienes?” Pero entonces él estaba ya lejos y marchaba por los abruptos caminos del sueño, ascendiendo penosamente las alturas del ronquido.
Por la ventana abierta la noche respiraba con lentas contracciones. En el seno de su informe masa circulaba un fluido oloroso y fresco, sus partículas comenzaban ya a resquebrajarse, dejando pasar finísimas hebras de olor. La materia muerta de la oscuridad buscaba su liberación en las inspiradas pulsaciones del oloroso jazmín, pero las enormes tinieblas aún permanecían en el fondo de la noche inertes y sofocadas.
A través de la rendija de la puerta que daba a la habitación contigua brillaba un hilo de luz, cuerda dorada, resonante y frágil como el sueño del recién nacido que lloraba allí dentro de su cuna. Se oía todo un gorjeo de caricias, el idilio entre la nodriza y el pequeño, el bucólico primer amor, tiernos sufrimientos y enojos que amenazaban por todas partes los demonios de la noche, que atraídos por aquella temblorosa luminaria de vida, hacían aún más espesa la negrura detrás de la ventana.
Del otro lado se encontraba, en primer lugar, una gran habitación vacía y oscura; luego, el dormitorio de mis padres. Si aguzaba el oído podía escuchar cómo mi padre, colgado del pecho del sueño, se dejaba llevar en éxtasis hacia parajes ilusorios, con todo su ser entregado a ese vuelo onírico y sin límites. Su ronquido lejano y sonoro narraba la epopeya de su travesía por los desconocidos dédalos del sueño.
Así, las almas entraban parsimoniosamente en el sombrío afelio, en la faz sin sol de la vida, cuyos contornos jamás habían sido percibidos por ningún mortal. Y permanecían allí, como muertos, entre espantosos estertores y lamentos, mientras el negro eclipse pesaba como un plomo sobre sus almas. Y, finalmente, cuando lograban alcanzar el negro Nadir, el más profundo Orco de las almas, atravesaban con un supremo esfuerzo sus extraños promontorios; entonces, hinchando de nuevo los fuelles de sus pulmones con una nueva melodía, ascendían a base de profundos ronquidos hacia la aurora.
Densa y sorda, la oscuridad oprimía la tierra, sus gigantescas formas yacían allí muertas, como negras bestias inertes de las que colgaban sus lenguas, dejando escapar de sus fauces vaharadas de saliva. Pero ya otro olor, otro matiz de las tinieblas, anunciaba lejanamente la proximidad del amanecer. Los venenosos fermentos del nuevo día gestaban la noche, crecía, como con ayuda de levaduras, su fantástica pasta, desarrollándose en extraordinarias formas, desbordándose de todas las cubas y artesas, fermentando rauda, y despavorida de que el día no la sorprendiera en aquella procreación orgiástica e inmovilizara para siempre las innumerables y mórbidas excrecencias, la monstruosa descendencia de la autogénesis que nacía en las arcas y las artesas de la noche, como esos demonios que van a lavarse por parejas en las bañeras infantiles.
Este es el momento durante el cual la cabeza más lúcida, la más insomne, se adormece por un instante y se desliza en el sueño, la hora durante la cual, los enfermos, los melancólicos y los desesperados encuentran finalmente un paréntesis de reposo. ¿Quién conoce la auténtica duración de esa pausa durante la cual la noche corre una cortina sobre todo lo que aún se está tramando en sus profundidades? Pero este breve entreacto le basta para cambiar totalmente el decorado, retirar el enorme dispositivo del escenario y liquidar la grandiosa empresa de la noche con todos los fantasmas de su oscura pompa. Os despertaréis sobresaltados con el sentimiento de llegar con retraso y, realmente, percibiréis en el horizonte, al mismo tiempo, el diáfano surco de la aurora y la negra masa de la tierra que lentamente se consolida.
*Bruno Schulz: La Noche de Julio en: El Sanatorio bajo la Clepsidra,
Finalmente, en los extramuros de la ciudad, la noche renuncia a sus juegos, aparta su velo y nos descubre su faz grave y eterna. Ya no nos encierra en ese quimérico laberinto de alucinaciones y delirios: nos abre su eternidad llena de estrellas. El firmamento asciende hasta el infinito, las constelaciones fulguran en toda su majestad, en sus eternos posicionamientos, y trazan en el cielo figuras mágicas como si quisieran anunciar, proclamar con su pavoroso silencio algo definitivo. Del centelleo de esos universos lejanos desciende un croar de ranas, el tumulto argentado de los astros. El cielo de julio siembra la inaudita adormidera de los meteoros que infiltra silenciosamente por el cosmos.
A una cierta hora de la noche –allá arriba las constelaciones soñaban siempre su sueño eterno- me encontraba de nuevo en mi calle: una de esas estrellas, destellando a la entrada de la calle, exhalaba un extraño perfume. Al abrir la puerta de casa sentí la corriente de aire que barría la calle como si fuera un oscuro pasillo. En el comedor aún humeaban cuatro velas sobre un candelabro de bronce. Mi cuñado todavía no estaba. Desde la partida de mi hermana no cenaba casi nunca en casa, y regresaba ya muy entrada la noche.
Despertando de mi sueño, me daba cuenta de su presencia mientras se despojaba de las ropas, con la mirada abuhada y pensativa. Después apagaba la vela, y una vez desnudo permanecía durante mucho tiempo sin dormir, entre la tibieza de las sábanas. Sin prisa, una agitada duermevela desarmaba progresivamente ese gran cuerpo. Y aun entonces mascullaba, soplaba, suspiraba penosamente, se debatía como agobiado por un peso que hundiera sus entrañas. De vez en cuando profería repentinamente un seco sollozo, apenas audible. Lleno de temor yo preguntaba en la oscuridad: “¿Qué sucede, Karol, qué tienes?” Pero entonces él estaba ya lejos y marchaba por los abruptos caminos del sueño, ascendiendo penosamente las alturas del ronquido.
Por la ventana abierta la noche respiraba con lentas contracciones. En el seno de su informe masa circulaba un fluido oloroso y fresco, sus partículas comenzaban ya a resquebrajarse, dejando pasar finísimas hebras de olor. La materia muerta de la oscuridad buscaba su liberación en las inspiradas pulsaciones del oloroso jazmín, pero las enormes tinieblas aún permanecían en el fondo de la noche inertes y sofocadas.
A través de la rendija de la puerta que daba a la habitación contigua brillaba un hilo de luz, cuerda dorada, resonante y frágil como el sueño del recién nacido que lloraba allí dentro de su cuna. Se oía todo un gorjeo de caricias, el idilio entre la nodriza y el pequeño, el bucólico primer amor, tiernos sufrimientos y enojos que amenazaban por todas partes los demonios de la noche, que atraídos por aquella temblorosa luminaria de vida, hacían aún más espesa la negrura detrás de la ventana.
Del otro lado se encontraba, en primer lugar, una gran habitación vacía y oscura; luego, el dormitorio de mis padres. Si aguzaba el oído podía escuchar cómo mi padre, colgado del pecho del sueño, se dejaba llevar en éxtasis hacia parajes ilusorios, con todo su ser entregado a ese vuelo onírico y sin límites. Su ronquido lejano y sonoro narraba la epopeya de su travesía por los desconocidos dédalos del sueño.
Así, las almas entraban parsimoniosamente en el sombrío afelio, en la faz sin sol de la vida, cuyos contornos jamás habían sido percibidos por ningún mortal. Y permanecían allí, como muertos, entre espantosos estertores y lamentos, mientras el negro eclipse pesaba como un plomo sobre sus almas. Y, finalmente, cuando lograban alcanzar el negro Nadir, el más profundo Orco de las almas, atravesaban con un supremo esfuerzo sus extraños promontorios; entonces, hinchando de nuevo los fuelles de sus pulmones con una nueva melodía, ascendían a base de profundos ronquidos hacia la aurora.
Densa y sorda, la oscuridad oprimía la tierra, sus gigantescas formas yacían allí muertas, como negras bestias inertes de las que colgaban sus lenguas, dejando escapar de sus fauces vaharadas de saliva. Pero ya otro olor, otro matiz de las tinieblas, anunciaba lejanamente la proximidad del amanecer. Los venenosos fermentos del nuevo día gestaban la noche, crecía, como con ayuda de levaduras, su fantástica pasta, desarrollándose en extraordinarias formas, desbordándose de todas las cubas y artesas, fermentando rauda, y despavorida de que el día no la sorprendiera en aquella procreación orgiástica e inmovilizara para siempre las innumerables y mórbidas excrecencias, la monstruosa descendencia de la autogénesis que nacía en las arcas y las artesas de la noche, como esos demonios que van a lavarse por parejas en las bañeras infantiles.
Este es el momento durante el cual la cabeza más lúcida, la más insomne, se adormece por un instante y se desliza en el sueño, la hora durante la cual, los enfermos, los melancólicos y los desesperados encuentran finalmente un paréntesis de reposo. ¿Quién conoce la auténtica duración de esa pausa durante la cual la noche corre una cortina sobre todo lo que aún se está tramando en sus profundidades? Pero este breve entreacto le basta para cambiar totalmente el decorado, retirar el enorme dispositivo del escenario y liquidar la grandiosa empresa de la noche con todos los fantasmas de su oscura pompa. Os despertaréis sobresaltados con el sentimiento de llegar con retraso y, realmente, percibiréis en el horizonte, al mismo tiempo, el diáfano surco de la aurora y la negra masa de la tierra que lentamente se consolida.
*Bruno Schulz: La Noche de Julio en: El Sanatorio bajo la Clepsidra,
viernes, marzo 23, 2012
Bruno Schulz: La mitificación de la realidad
Lo esencial de la realidad es el sentido. Lo que no tiene sentido
no es real para nosotros. Cada fragmento de la realidad vive en
la medida que participa de un sentido universal. Las
antiguas
cosmogonías expresaban esto con la sentencia: “En el principio
fue el Verbo”. Lo que no es nombrado no existe para nosotros.
Nombrar una cosa equivale a englobarla en un sentido universal.
Una palaba aislada, pieza de mosaico, es un producto
reciente, resultado –ya– de la técnica. La palabra primitiva era
divagación girando en torno al sentido de la luz, era un gran
todo universal. En su acepción corriente, hoy la palabra es sólo
un fragmento, un rudimento de una antigua, omnímoda e integral mitología.
De ahí esa tendencia en ella a regenerarse, a retoñar, a completarse
para regresar a su sentido entero.
La vida de la palabra consiste en que tiende hacia miles de combinaciones,
como los trozos del cuerpo descuartizado de la serpiente legendaria
que se buscan en las tinieblas.
Ese organismo complejo ha sido desgarrado en sílabas, en sonidos,
en discursos cotidianos; utilizado bajo esa forma nueva, en su sentido
práctico, se ha convertido en un instrumento de comunicación.
La vida de la palabra –y su desarrollo– fue desplazada hacia un
camino utilitario, y se vio sometida a las normas de la vida
práctica. Sin embargo, cuando las exigencias de la
práctica se
relajan, cuando la palabra liberada de esa presión se abandona
a sí misma y vuelve a sus propias leyes, se produce en ella una
regresión; tiende entonces a completarse, a encontrar sus antiguos lazos,
su s e n t i d o; y esa tendencia de la palabra
hacia su matriz, su añoranza
del remoto origen, nosotros la llamamos p o e s í a .
La poesía son cortocircuitos de sentido que se producen entre las
palabras, un repentino brote de mitos ancestrales.
Cuando utilizamos las palabras corrientes nos olvidamos de que
son fragmentos de historias antiguas y eternas, y que construimos
–como los antiguos– nuestra casa con añicos de las estatuas de los
dioses. Nuestros conceptos y términos más concretos son remotísimas
derivaciones de los mitos y las historias antiguas. No
hay ni un átomo,
en nuestras ideas, que no provenga de ahí, que no sea
una mitología transformada, mutilada o cambiada. La función
más primitiva del espíritu es la creación de fábulas, “de historias”.
La ciencia ha encontrado siempre su fuerza motriz en el convencimiento
de hallar al final de sus esfuerzos el sentido último del mundo, sentido
que busca en las alturas de sus artificiales construcciones. Pero
los elementos que utiliza ya han sido usados, provienen de historias
antiguas desarmadas. La poesía reconoce el sentido perdido, restituye
las palabras a su lugar, las enlaza según ciertos significados. Manejada
por un poeta, la palabra adquiere conciencia, podríamos decir,
de su sentido primero, se desarrolla espontáneamente según sus propias
leyes, recupera su integralidad. De ahí que toda poesía sea una creación
mitológica, que tiende a recrear los mitos del mundo. La mitificación
del mundo no ha terminado. Ese proceso únicamente ha sido
obstaculizado por el desarrollo de la ciencia, empujado a una vía secundaria
donde permanece, separado de su sentido. La ciencia tampoco es
otra cosa que un esfuerzo por construir el mito del mundo, puesto
que el mito está contenido en los elementos que ella utiliza y nosotros
no podemos ir más allá del mito. La poesía alcanza el sentido del mundo
por deducción, anticipando, a partir de grandes atajos y audaces aproximaciones.
La ciencia apunta al mismo fin por inducción, metódicamente, teniendo
en cuenta todo el material de la experiencia. Mas, en el fondo,
ambas buscan lo mismo. Incansablemente, el espíritu humano añade
a la vida sus glosas –los mitos–, incansablemente intenta “conferirle un sentido”
a la realidad. La palabra, abandonada a sí misma, gravita, tiende
hacia el sentido.
El sentido es el elemento que arrastra al ser humano al proceso de
la realidad. Es un dato absoluto y que no puede ser deducido de
otros datos. Es imposible explicar por qué algo nos parece “sensato.”
Atribuirle un sentido al mundo es una función indisociable de la palabra.
La palabra es el órgano metafísico del hombre.
Con el tiempo, la palabra se anquilosa, deja de vehiculizar sentidos
nuevos. El poeta le devuelve a las palabras su virtud de cuerpos conductores,
creando acumulaciones donde nacen tensiones nuevas.
Los símbolos matemáticos son un desarrollo de la palabra en nuevos
dominios. La imagen es también un derivado de la palabra, de la que
todavía no era signo, sino mito, historia, sentido.
Normalmente consideramos la palabra como una sombra de la
realidad, como un reflejo. Sería más justo decir lo contrario.
La realidad es una sombra de la palabra. La filosofía es, en el fondo
filología,
estudio profundo y creador de la palabra.
miércoles, enero 18, 2012
Bruno Schulz: El señor Karol...
Los sábados
por la tarde, mi tío Karol –trasnochador episódico– se dirigía andando hasta el
balneario, que distaba a una hora de camino de la ciudad, para visitar a su
mujer y a los niños que pasaban allí el verano.Desde la partida de su esposa, la casa no se había vuelto a limpiar y la cama permanecía siempre deshecha. El señor Karol llegaba a casa ya muy entrada la noche, extenuado por sus correrías nocturnas a las que le incitaban aquellos días tórridos y vacíos. Las sábanas arrugadas, en desorden, eran entonces para él como un puerto, una isla salvadora en la que encallaba sin fuerzas, náufrago a la deriva durante días y noches por un mar proceloso.
A tientas, en la oscuridad, se hundía entre las colinas blancas, las cordilleras y montones de plumas tibias, y así dormía, hacia un rumbo desconocido, del revés, cabeza abajo, hundido en la suave pulpa del edredón, como si quisiese atravesar mientras dormía los macizos poderosos de la ropa de cama, que crecían en la noche. Luchaba contra ellos en su sueño, como un nadador con el agua; los aplastaba con todo su cuerpo, se hundía allí como en una gran artesa de pasta cremosa, y se despertaba en el ceniciento amanecer, jadeante, empapado de sudor, arrojado a la orilla de aquella marea blanca, que no había podido domar en el transcurso de las violentas refriegas nocturnas.
Aún a medio dormir, permanecía un momento suspendido en el borde de la noche, respirando ávidamente, mientras que las sábanas crecían en torno a él, hinchaban y fermentaban, cubriéndolo de nuevo con un desprendimiento de pasta densa y blanquecina. Dormía hasta muy entrada la mañana; las almohadas formaban una gran planicie blanca por la que transcurría al fin su sueño apaciguado. Por esos caminos poco a poco volvía en sí, y al día, y a la realidad, y finalmente acababa abriendo los ojos como un pasajero somnoliento cuando el tren se detiene en una estación.
La habitación estaba sumida en una penumbra rancia, en la que se respiraba el poso de muchos días de soledad y silencio. Solamente bullía en la ventana un enjambre de moscas matinales, y los estores ardían, deslumbrantes. Al bostezar, el señor Karol arrojaba de su cuerpo, de las cavidades más profundas los restos del día anterior. Aquellos bostezos lo sacudían como convulsiones, como si se vaciase hasta los miasmas. Y así se desprendía de la arena, del peso no digerido del día anterior.
Habiéndose aliviado de ese modo, ya más libre, anotaba en su agenda los gastos, calculaba y soñaba. Después permanecía tumbado, inmóvil, con la mirada turbia, de ojos saltones y húmedos, color de agua. En la penumbra glauca de la habitación, sólo iluminada por el día que filtraban las cortinas, sus pupilas reflejaban todos los objetos brillantes, como pequeños espejos: las manchas blancas del sol en torno a la ventana, el rectángulo dorado de los estores; reflejaban toda la habitación como si fuesen una gota de agua, sin omitir el silencio de las alfombras y de las sillas vacías.
Mientras tanto, en el exterior el día bordoneaba, cada vez más resplandeciente; el sol enloquecía a las moscas. La ventana no podía contener aquel incendio blanco, luminosas reverberaciones recorrían las cortinas.
Entonces se arrastraba fuera de las sábanas y permanecía, por un instante, sentado al borde de la cama, quejándose maquinalmente. Cerca de la cuarentena, su cuerpo comenzaba a engordar. En aquel organismo hinchado de grasa, extenuado por los abusos sexuales pero aún lleno de jugos, parecía que su destino futuro maduraba poco a poco en el silencio.
Mientras que se abandonaba a ese entumecimiento vegetal, reducido a su sola circulación y respiración, a la pulsación profunda de sus jugos, crecía en el interior de su cuerpo, sudoroso y cubierto de vello en distintas partes, un futuro indescifrable, sin expresar; una excrecencia monstruosa y fantástica que aumentaba en una latitud desconocida.
Mas, no se asustaba, pues se sentía ya idéntico a esa cosa extraña e inmensa que debía acontecer, y crecía con ella sin resistencia, en una comunión insólita, paralizado por un tranquilo horror, reconociéndose en la formidable exuberancia que surgía ante su mirada interior. Con uno de sus ojos veía entonces tenuemente otra realidad, como queriendo alejarse hacia otra dimensión.
Saliendo de su ensimismamiento encontraba de nuevo sus pasos perdidos y lejanos, y, entonces, volvía en sí y al momento presente; veía sus pies sobre la alfombra, gordos, blancos y delicados como los de una mujer; se quitaba poco a poco los gemelos dorados de la camisa. Después iba a la cocina, hallaba en un rincón sombrío un balde de agua –círculo de un espejo silencioso y vigilante que lo esperaba allí–, único ser vivo y consciente en la casa desierta. Entonces vertía el agua en la palangana y con su piel probaba su humedad insípida y estancada.
Se aseaba larga y cuidadosamente, intercalando pausas entre las diferentes manipulaciones que llevaba a cabo.
La casa dejada al abandono no reconocía en él a su dueño, los muebles y las paredes lo escrutaban con una muda desaprobación. Al entrar en su silencio se sentía como un intruso en el corazón de aquel reino hundido donde transcurría otro tiempo, un tiempo diferente. Tomaba precauciones de ladrón para abrir sus propios cajones, andaba de puntillas por temor a despertar un eco ruidoso, exagerado e irritable, que esperaba el menor pretexto para estallar.
Y, finalmente, cuando yendo de un armario a otro, encontraba todas las prendas de vestir necesarias y daba por acabado su aseo en medio de aquellos muebles, que, con aire ausente, lo soportaban en silencio, cuando ya al fin estaba preparado, a punto de salir, con el sombrero en la mano, se sentía molesto por no poder encontrar, en el último momento, la palabra capaz de quebrar aquel mutismo hostil, y entonces se dirigía lentamente hacia la puerta, resignado, cabizbajo, mientras que en el otro sentido, hacia el fondo del espejo, alguien que le daba la espalda para siempre se alejaba sin prisa a través de una fila de habitaciones que nunca existieron.
Bruno Schulz: El señor Karol. Las tiendas de color
canela. Maldoror. Traducc.: Jorge Segovia y Violetta Beck.
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