lunes, marzo 15, 2010

Bom Bom Pland, especial narrativa!

Este jueves 18 de marzo, a las 20, podrás disfrutar de la lectura de tres narradores argentinos:
Raquel Heffes, Patricia Kolesnicov y Julián Martínez Vázquez.
La cita es en Bompland 1660. No te lo pierdas!

Paul Klee en fragmentos

. “El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible”

. “El objeto en sí está muerto con seguridad. La sensación que provoca el objeto pasa a primera línea. […] La forma externa se convierte así en algo particularmente variable, que se mueve a todo lo largo de la escala de los temperamentos, según la movilidad del dedo índice, como se puede decir en este caso. Los medios técnicos varían de acuerdo con ello. La «escuela» de los viejos maestros está con toda seguridad liquidada.”

. (En el arte) “se abandona la región del lado de acá y se construye otra del lado de allá, a la que está permitido ser un si total. Abstracción.”

. “Cuanto más horrible el mundo (justo como hoy), tanto más abstracto el arte, mientras que un mundo feliz produce un arte de este mundo.”

. “¿Abstracto? Ser pintor abstracto no significa de entrada abstraer de los objetivos naturales en que es posible comparar los objetos, sino que se basa, independientemente de esos objetivos, en la puesta en libertad de relaciones pictóricamente puras.”

. “Todo lo perecedero no es sino un símbolo. Lo que percibimos es una proposición, una posibilidad, un hecho auxiliar. La verdad reside, invisible, en el fondo de todas las cosas. El mundo es el objeto de mi arte aunque no sea este mundo, el mundo visible.”

. “Antes se describían las cosas que uno veía sobre la tierra, que uno veía con gusto o que uno hubiera querido ver. Ahora, la realidad de las cosas visibles se hace patente, dando expresión a la creencia de que, en relación con la totalidad del mundo, lo visible es sólo un ejemplo aislado, y de que las otras verdades están, de modo latente, en la mayoría. Las cosas se manifiestan en un sentido amplificado o multiplicado, contradiciendo a menudo a las experiencias racionales del pasado. Se aspira a una sustancialización de lo casual.”


.(…) “su avance en la percepción y observación de la naturaleza le capacita, cuanto más penetra en la concepción del mundo, para alcanzar una nueva naturalidad, la naturalidad de la obra, dejando atrás lo deseado esquemático. Crea entonces una obra o participa en la creación de obras a semejanza de la obra de Dios.”

. “Somos artistas, prácticos activos, por lo que aquí nos movemos por naturaleza en un ámbito preferentemente formal. Sin olvidar que antes del comienzo formal o, dicho de un modo más simple, antes de la primera línea, existe toda una pre-historia, no sólo el anhelo, el deseo del hombre de expresarse, no sólo la necesidad exterior de ello, sino también un estadio general de la humanidad, cuya orientación se denomina ideología, que aparece aquí y allá con la necesidad interna de manifestarse. Subrayo esto para que no se produzca el malentendido de que una obra se compone sólo de forma.”

.“La quietud sobre la Tierra es una restricción de la materia. Considerar esta detención como primaria es una equivocación […]. La obra es también ante todo una génesis, nunca se la vive como producto.”

. “Lo productivo es precisamente el camino, lo fundamental, el hacerse está por encima del ser […]. La génesis como movimiento formal es lo fundamental en la obra.”

. “Estudiamos los caminos que ha seguido otra persona en la creación de su obra con el fin de conocer los caminos recorriéndolos. Este tipo de consideración nos debe preservar de considerar la obra como algo rígido, como algo imposible de cambiar.”


. “Las obras nos consideran.”

Macedonio Fernández: Poema de Poesía del Pensar


A Jorge Luis Borges,
con devolución de la Luna,
este deterioro de astronomía y Astronomía de Enfrente.¹

Intento de esta poemática
La máxima esperanza de Poesía es que el mundo (la Contingencia) sólo exista por consentimiento de la Conciencia en su naturaleza de amor, que como tal vive de lo idéntico y por ello aquiesce a ese modo de lo idéntico que es la regularidad, la uniformidad.
Lo que se ha llamado la «metafísica» de Poe es la metafísica que no pudo esperarse de un poeta, la de las moléculas; la metafísica del poeta es la naturaleza de la conciencia en su aptitud de recepción activa del acontecer o contingencia.
La poesía es cada acto de esta aceptación. ¿Por qué será que le place a la Conciencia ese consentimiento?
Mi intento presente es una poemática del pensar especulativo. Por ejemplo: nos preguntamos no qué inteligibilidad explica sino qué poesía justifica estos hechos:
--La Muerte, o sea la multiplicidad de los mortales en lugar de la continuidad o persistencia de un Inmortal; lo ocioso, aparente, de rehusar la inmortalidad y sustituirla por la multiplicidad de muertes y nacimientos.
--La involuntariedad de la Voluntad; existimos por casualidad como sobrevivientes y sin embargo, somos la Voluntad; la Voluntad de vivir existe por casualidad; ¿por qué la Voluntad de vivir ha creado la subsistencia de la especie, con fragilidad de los individuos por la inexorabilidad del mundo mecánico?
--Por qué hay Imágenes, por qué hay Memoria, por qué hay el Ensueño; ¿necesito, cuando sueño que estoy asustado, la imagen del asesino?; estoy asustado durmiendo, nada más; para qué el mundo, si no por eso voy a dejar de sentir odio, ternura, deseos.
--La invención del Pasado, que nos hace aparecer sobrevivientes, ridiculizados por una inmensidad de Nada anterior a nuestro ser, como una espumita en una inmensa ola. ¿Por qué existió Grecia, que es una imagen, y no existen el trueno y la lluvia que tan netamente me represento y que sucederán el año que viene?
--La Crítica de lo Dado, que niega, rehúsa admitir lo Dado, o sea el Mundo imponiéndose al espíritu.
--Por qué ligamos casualmente un campo de principio hedónico con un campo de principio longevístico: la psique y el cuerpo. La psique con esto pierde toda gracia de su ser que es el variar y acontecer sin causa.
Mi poemática del Pensar intentará la transcripción de lo que pasa en la conciencia en los momentos en que acepta emocionalmente un mundo doloroso del darse real; pero la poesía está en cada uno de estos actos de consentimiento. Artista es el que transmite de algún modo esos momentos concienciales, describe, historia un momento de aceptación de la contingencia no antes querida por el alma.
Es pueril llamar «explicación» al aferramiento del hecho anterior a un hecho; «explicación» es hallar la justificación estética ?es decir, conforme con las apetencias del alma, de la conciencia? de cada una de las aquiescencias del universo por el alma, bajo la hipótesis de la voluntariedad integral, de la Recepción Activa que antes de Max Scheler advirtió William James.
Todo el pensar construcciones o estructuras (materiales) para correlacionarlas y ponerlas una a una como contrafiguras de los hechos de conciencia (el mundo external como correlato de secuencias de lo sentido, de las series psicológicas), es un pensar impráctico, una invención libre, que no podría justificarse sino como uno de los modos estéticos, no como un modo de conocimiento pasivo.
Esta persecución de componer, descubrir estructuras de lo material correlativas a los fenómenos morales parecería, así, casi una especie de necesidad estética de la conciencia, puesto que no es práctica, no es requerida para la acción intraconciencial; parecería un momento de aceptación de la contingencia o mundo por la conciencia o alma, como dije. Y esta aceptación constituye lo que yo llamaría poesía del pensar, ya que no se trata del pensar utilitario. El ejemplo fundamental lo da la totalidad del cosmos, que es en grande lo que en el ensueño es la imaginería: ambas son pretextaciones que se da a sí la conciencia, porque si soñando siento miedo o viva alegría ¿para qué invento la imaginería de una agresión o incendio de una fiesta? ¿Por qué no me contento con sentir miedo o alegría sin motivación conocida, sin imaginería? Los tigres, que causan miedos y los miedos que causan tigres ?Realidad, Ensueño? son dos parejos modos de la Pretextación. ¿Y ésta para qué? No lo sé. Lipps quizá lo explica.
Lo mismo puede ser que hayamos inventado así al cosmos: como el total paisaje de las pretextaciones de la conciencia para su sentir.

Metafísica- estética de este poema a la Luna
Lo que estamos buscando es adivinar cómo nuestra conciencia dio aceptación a lo mecánico, cuándo, por qué ocurrió en esta conciencia que poseemos, que somos (y sin embargo sólo conocemos por Labor², no por mero ser nosotros ella); y sabiendo que la Luna era poema, era del alma, la dejó entrar a aparente sujeción, a deslizarse, a ascensos y descensos en un pentagrama de leyes.
¿Por qué aceptó la Conciencia que la Luna apareciera y desapareciera por su inserción fija en series fenomenales mecánicas? La conciencia pudo negarse, no sentirla ni verla, como a todo lo que no quiere que ocurra mecánicamente.
Después de cada una de esas aceptaciones, la conciencia se complace en una uniformidad, en una regularidad que confirma su identidad. Porque una de las apetencias de la conciencia es la identidad de lo que le es grato, la Luna; por ello concede la regularidad del fenomenismo lunar para que así la Luna sea siempre la Luna, porque sólo lo idéntico es amado, lo que pierde su identidad instante por instante nunca es amado; amor repugna a lo no idéntico.
---

¹ El primer texto de Astronomía de Balcón, adición americana al vistoso juego de tópicos que subdividen la sublime Clasificación de las Ciencias, se le envidia a Borges desde el título: Luna de Enfrente. Para estar agradeciblemente donde aplauden arrímasele la presente aportación; péguesele gloria al escudero. Por lo que la Astronomía de Balcón, que es una sola, queda ya con dos textos. Ya está así anunciada una Astronomía Poca que alguna vez saldrá impresa y hasta extensa. Se habrá de reconocer entonces que de Astronomía poco se sabe algo en nuestro país; contaremos con alguno aquí que vea más allá de su nariz, que astronomice. (Nota del Autor)² La de ordenación de los fenómenos psíquicos: los percibimos por trabajo de esfuerzo mental, no por el sentir cada uno de los elementos de la sucesión o del juego de simultaneidades; no nos vale llamar Objeto Inmediato a la Psique si faltando el trabajo de atención indirecta lo ignoramos lo mismo que a los mediatos, desconocemos qué ha ocurrido en la psique, prolijamente, en sus detalles. (Nota del Autor.)

Revista Sur, 1943.

Véase las Obras completas, Ed. Corregidor.

Macedonio Fernández: Es que amas más las memorias por más reales que los presentes?

Poema al astro de luz memorial
Poema a la memoria en lo astral
(Yo todo lo voy diciendo
para matar la muerte en "Ella")

TESIS: Es más Cielo la Luna que el Cielo, si una Cordialidad de la Altura es lo que buscamos.

Astro terrenalicio de la luz segunda.
Astro terrenalicio de la luz dulce
que con aventura extraña visitas las noches de la Tierra, unas sí y otras no, pero siempre de una noche para otra con diversa libertad de visita, siempre o más breve o más detenida
y cada serie de tus visitas comienzas tímidamente y mitad decreces noche a noche y mitad decreces noche a noche, haciéndote un visitante diferente de noche en noche, para en mínimo ser cual comenzaste partir a un no volver de algunos días.

Astro terranalicio de un día sí y otro no, de una vez más y otra menos, pero que no dejas nunca de serlo.
¿Para qué astro eres entonces visita de sus noches, pues no eres terrenal en tus ciertas ausencias, o es que los otros días piensas en ti sola como sólo en la Tierra en las noches de tu plena luz?
Dile a un poeta que no lo sabe todo, si está hecha tu ausencia con un pensar en ti, o quizá con un lucir a otro. Porque poeta es saberlo todo.
Trechos de tu órbita la Tierra no los sabe, y ella tan cierta está de algún imposible tuyo para tenerse en sus noches y este amor alternante no se enduda, en tanto en mí, hombre de continuidad en humano amor me puso incurablemente en sospecha.
Pero te amamos tanto, astro de la luz segunda, tu dulce luz tanto amamos memorizando a la Tierra el Sol no presente con tu luz recuerdo; yo al menos te amo tanto, que cuando vuelves ceso de creer en tu ausencia de ayer y de otros días. También como la Tierra, yo creo que sólo por imposible ayer no estabas.

Astro memorioso que esmeras un día de cada dos en tocar de
diurnidad la noche terrenal,
cual si supieras que la memoria solar de la Tierra Solaricia es
desfalleciente de un día a otro alternado día
y así antes y después le has de hacer noches diurnales a la Tierra
y lo haces tú, tú que no tienes olvido por ausencia, tú que ausente por noches
fías en la memoria de ti por la Tierra, inquiétaste
por la memoria solar de la Tierra.
Tutora de la fidelidad terrenal al recuerdo del Sol, en eso eres
solaricia; pero eres terrenalicia en tu fidelidad de compañía a la
órbita de la Tierra.
He comprendido un misterio tuyo pero éste no.
Terrenalicia tú, solaricia la Tierra ¿es que velas por toda la Memoria en el mundo y
amas más las memorias, por más reales, que los Presentes?
Aquí callo sin comprender.
¿O es que no nos vienes en tu amor sino en un menos amor y en principal
cuida del amor solario de la Tierra?
Cuando te veo recién arribada, alcanzado por ti nuestro borde, pareciendo vacilar allí
y como a emprender un rodar a lo largo del horizonte por gustarlo, y luego te pliegas a un ascenso ¿qué nos quieres decir así?
Quedemos sin saberlo hoy también; mañana, más tarde —para qué son nuestros días sino para trabajar más y otra vez los misterios— más enérgicamente, en buena hora de mi espíritu contemplaré, escucharé el misterio de tu sentido en el Misterio Todo.

Cuando tú quieres ser el ojo del ciprés y con un mirar obseso aferras nuestra contemplación debemos comprenderte dolorida, tanto como cuando nosotros en un no poder ya resistir nos revolvemos como tú ahoraoh único astro que mira
(pues todos los otros saetan ásperos de chispas que nunca miraron).
Oh único astro de mirada,nos revolvemos clamando hacia el no ser.
Y ya ahora te desprendiste del follaje y tiendes
hacia el horizonte,te serenas, vagas
y cuando la nubecilla en gran viento flota, te aguzas flecha
disparada de ella vertiginosapara detenerte, serenarte cunado huiste bastante de aquel pasajero copo al que le opusiste tu fuga, caprichosa tristey complacida de tu juego y nuestro asombro, nos encaras con ligerezay en fin vas cayendo con ladeado mirar distraído hacia el borde del mundo.
Y ya te fuiste, con tus pobres dichas y quejas.
En toda la andanza, sólo en el perfil de los cipreses lloraste, y tanto que pediste nuestra piedad.Y ahora por faltar tuyo un cielo sin mirada en las noches,ahora sólo habrá astros que agitan, no tú que acompañas.
Oh, sí, acompañas
con cuántas gracias saltas de copa en copa siguiéndonos entre
los árboles con tus saltitos de luz a sombras.

El único mirar dulce que viene de lo alto es el tuyo
el chispear del viaje de indiferencia de las otras estrellas
molesta y agita, y no nos mira.
Heridos de ellas, corremos a ti cuando aparecesy con dolor nuestro comienza la ausencia tuya.
Sí; porque pudiera que el móvil chispear de las estrellas sea dolor
como hay dolor en nosotros
pero es que tú, Luna, que también sufres, miras y acompañas.
Eres más sabia o afortunada en la mitigación participante.
Qué es la Luna no lo sabemos hombres y aun artistas y poetas,
qué sentido tienen su ser y sus modos, su adhesión a la Tierra,
su seguimiento al Sol, su mediación mnemónica entre la Tierra y el Sol
y por qué quiere hacer diurnales unas y no otras de las noches terrenas,
y tantas cosas más neciamente explicadas, que de ella ignoramos
pero que sólo puede explicarlas la Doctrina del Misterio.
Que el Sol te atrae, que la Tierra también, que recibes la luz del Sol y sin amor, por fuerza
la reflejas a la Tierra, éstas no son explicaciones; no se nos dice por qué el Sol brilla, por qué en torno suyo gira la Luna en torno de la Tierra, ya que pudo ser otramente; por qué hay una luz interceptable, por qué hay una luz que tiene sombras, por qué ceden a su paso unas cosas y otras no y hay lo opaco y lo traslúcido.
Mecánica dirá por qué, pero yo no pregunto sino para qué, razón para el alma, pues Conciencia se anula si admite un Mundo rígido, y todo el porqué físico no es más que decirme el antes de algo, o sea una evasión no una respuesta.
Lo que anhelamos explicar es qué debemos sentir y adivinar ante estos hechos, ante el comportamiento lunar, qué nos quiere decir y de qué manera concierta con el misterio total único. La espontaneidad, el acontecer libre, no es una respuesta; es un renunciamiento explicativo.
Todavía no poeta, no soy poeta, no hay poeta, pues de eso no se sabe. Hasta ahora, pues, sólo vivimos.
Debió enseñársenos y debimos entenderlo antes que nuestro saber ignorado innato y luego nuestro acto nos hicieran gustar por primera vez el pecho materno. ¿Pero cómo, se dirá,
ha de esperar el niño a conocer el sentido de la Luna para empezar a nutrirse, si en tanto morirá? ¿Pero por qué, digo yo, ha de precisar nutrirse antes de entender el sentido de la Luna y se ha de morir si deja lo uno por lo otro? La ciencia nada explica, es evidente; pero el poeta no lo dijo nunca tampoco, aún.
Y yo miraré la próxima Luna todavía sin entenderla.
Oh Luna, que puede amarse, bien me pareces Pobrecita del Cielo.

*Véase, Macedonio Fernández, obras completas, Ed. Corregidor.

Convocatoria para Escritores y Editores

Agradecemos a la poeta Mónica Sifrim por enviarnos tan buena información:

Convocatoria para escritores y editores Feria del Libro de Buenos Aires

El Ente Cultural de Tucumán invita a editores independientes y autores de libros de reciente aparición a participar de la XXXVI Feria del Libro Internacional de Buenos Aires. Los libros serán exhibidos para su venta en el Stand de Tucumán. Se recibirán tres ejemplares por título, en la Dirección de Letras del Ente Cultural, ubicada en San Martín 251) 1º piso, lunes a viernes de 8.30 a 13 horas, a partir de hoy, lunes 15 de marzo hasta el 5 de abril. (Por razones de organización no se recibirán ejemplares pasada esa fecha).

Prensa: tel.: 0381-4524436Ente Cultural de Tucumánwww.tucumanescultur a.gov.ar

sábado, marzo 13, 2010

Exposición de Claudia Parral, artista plástica


Lazos Culturales de Argentina y Ecuador: inauguración

El cuadro que se encuentra a la izquierda se llama "Boda", y es sólo un pequeño adelanto que te acercamos, a través de este medio, de la maravillosa producción de la artista plástica Claudia Parral.
Justamente, el viernes 19 de marzo a las 19, en el Museo de Arte Contemporáneo de La Plata, (MACLA), Centro Cultural, Pasaje Dardo Rocha - Calle 50 e/ 6 y 7 - La Plata, Claudia expondrá una serie de catorce de sus trabajos.
Organiza Embajada de Ecuador en la Argentina.
Si querés deleitarte más, entrá a: http://www.claudiaparral.com.ar/

viernes, marzo 12, 2010

Feria de Frankfurt: Magdalena Faillace evoca al autor de Cambalache

Es uno de los episodios que menos deseo afrontar”, confiesa Magdalena Faillace cuando se le pregunta por los autores argentinos que viajarán a ( la Feria) de Frankfurt.” Así comienza uno de los párrafos de la nota aparecida en el diario Página/12, matutino que parece haberse convertido en vocero de la funcionaria.
Es claro, cuando los mecanismos de transparencia no se implementan, cuando lo único que funciona es la ineptitud, el “dedo de dios”, las “colas de paja” empiezan a sudar.

Justamente, por eso, la presidenta del Cofra, organismo encargado de la organización de la Feria de Frankfurt, que otrora se desempeñara como funcionaria, entre otros, durante el gobierno menemista, tira tres o cuatro nombres de escritores que, en principio, nadie cuestionaría, como para cubrirse –vieja treta—de lo que, seguramente, vendrá, cuando se haga público el famoso listado de nombres: “Lo estamos dilatando no tenemos el listado todavía”, sigue Faillace, engañando a los escritores, igual que lo ha hecho hasta ahora, como pobres niños tontos.

Pero la tomada de pelo no termina ahí, porque nuestra querida funcionaria aclara que por culpa de lo mucho que trabajaron, ella y su equipo se quedaron sin vacaciones! Y todo para armar semejante cambalache.

jueves, marzo 11, 2010

Convocatoria: Premio Hispanoamericano Poesía para Niños 2010, Fondo de Cultura

La Fundación para las Letras Mexicanas y Fondo de Cultura Económica convocan al Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños en su edición 2010.
Podrán participar todos los escritores que lo deseen, sea cual sea su nacionalidad, siempre que los poemas estén escritos en castellano.
El plazo está abierto hasta el 5 de julio de 2010; el premio consistirá en 200.000 pesos mexicanos y la publicación del libro.
Presentación de trabajos: hasta el 5 de julio de 2010.
Publicación de resultados: septiembre de 2010.


MÁS INFORMACIÓN: Fondo de Cultura Económica - El Salvador 5665 - (1414) Buenos Aires - Argentina. Tel. (5411) 4771 8977 - e-mail: info@fce.com.ar
Visitá el soguiente sitio web: www.fce.com.ar

miércoles, marzo 10, 2010

Concurso Nacional de Nuevas Revistas Culturales "Abelardo Castillo"

La Secretaría de Cultura de la Nación organiza esta convocatoria para apoyar el surgimiento de nuevas publicaciones culturales.
Se seleccionarán hasta 10 proyectos de nuevas revistas culturales. Cada uno recibirá un subsidio por un monto máximo total de $20.000 para publicar los 4 primeros números de la nueva revista.
Pueden participar organizaciones de la sociedad civil con personería jurídica. Aquellos grupos de
personas que no tengan personería jurídica podrán recibir el subsidio asociándose con una organización que sí la posea.
Los proyectos que se recibirán son de revistas que aborden de manera exclusiva alguno o varios de los siguientes temas: música; artes escénicas; literatura; artes visuales; diseño; cine; medios audiovisuales y multimedia; y pensamiento aplicado a la política, las ciencias sociales, la filosofía y la historia.
Además de la documentación que se indica en las bases del Concurso, hay que presentar en papel un Número Cero de la revista, el cual deberá tener un mínimo de 16 páginas, sin restricciones de formato. Este Número Cero deberá incluir contenidos reales, que formarán parte de la eventual primera edición.
Los proyectos deben presentarse del 1º al 30 de abril de 2010, personalmente, de lunes
a viernes de 10 a 17, en la oficina de Subsidios de la Secretaría de Cultura, Alsina 1169, 2º piso, ciudad de Buenos Aires. O por correo postal, escribiendo a:

Dirección Nacional de Industrias Culturales, Av. Alvear 1690, 1º Piso (CP
C1014AAQ) Buenos Aires. Argentina.

No se recibirán proyectos por correo electrónico.

Las bases del certamen y la documentación para presentar puede descargarse aquí:
http://www.cultura.gov.ar/direcciones/? info=detalle&idd=4&idi=209&id=144

sábado, marzo 06, 2010

Luis Felipe Noé: "El pintor que más me influyó fue Perón"

"El pintor que más me influyó fue Perón. Y eso no quiere decir que yo viniese de una familia peronista, ni que Perón fuese pintor, pero así se me reveló. El 17 de Octubre, las manifestaciones estudiantiles, las corridas de toda esa época agitada y todo lo que vino después. Yo fui testigo del incendio del Jockey Club. Yo lo veía, en la esquina, y me di cuenta de que era un cuadro de Goya. Iba a las manifestaciones peronistas, pero no como participante, sino como observador. Después, con los años, me salieron cuadros con carteles, con los carteles encima del cuadro" (…). Fuente: Diario Clarín.

*La imagen pertenece al cuadro Introducción a la esperanza.

Daniel Santoro: Lucha de clases


El pintor argentino Daniel Santoro reconstruye en sus obras las connotaciones simbólicas de la mitología generada por el peronismo.

Paul Klee: Papá gallina

El pintor Paul Klee eligía jugar al "papá gallina" al criar a su hijo, mientras su madre daba conciertos y lecciones de piano fuera del hogar.

Bruno Schulz*: La época genial

I
Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanecen enhebrados en su curso como en un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuencias que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar. Esto también tiene su importancia en la narración ya que su alma es la sucesión y la continuidad.
Mas, ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes? ¿Acaso el tiempo es demasiado insignificante para todos los sucesos? ¿Es posible que todas las localidades del tiempo fuesen vendidas? Preocupados, corremos a lo largo del tren de sucesos preparándonos para el viaje. Por el amor de Dios, ¿acaso no hay aquí venta de billetes para el tiempo?… ¡Señor revisor!
¡Calma! Sin pánico, lo arreglaremos calladamente con nuestros propios medios.
¿Habrá oído hablar el lector de los carriles paralelos del tiempo en el tiempo de doble vía?
Sí, existen ramificaciones del tiempo, en verdad algo ilegales y problemáticas, que llevan un contrabando semejante al nuestro, ese acontecimiento fuera de lugar, inclasificable, y uno no puede mostrarse demasiado exigente.
Intentemos, pues, encontrar en algún punto de la narración un desvío, un callejón sin salida, para arrojar allí esa historia ilícita. Sin miedo, sucederá imperceptiblemente, el lector no sufrirá ningún trauma. Quien sabe, quizá, mientras estamos hablando de ello, la dudosa maniobra ya ha sido realizada y avanzamos por la vía paralela.

II
Mi madre se precipitó en la habitación muy asustada y rodeó mi grito con sus brazos queriendo apagar su incendio, sofocarlo en los pliegues de su amor.
Cerró mi boca con la suya y gritó conmigo.
Mas la rechacé y, mostrando la columna de fuego, aquella viga dorada llena de brillo y polvo que atravesando el aire como una astilla no dejaba abatirse, grité:
– ¡Arráncala, arráncala!
La estufa de carbón se hinchó mostrando un enorme garabato coloreado pintado en su frente, la sangre subió a las venas y parecía que de esa convulsión de arterias y tendones, de toda esa henchida anatomía a punto de estallar, se liberaría con un agudo grito de gallo.
Permanecía así con los brazos en cruz, con los dedos estirados, alargados, apuntando furioso, severamente preocupado, derecho como un poste de señales y temblando de emoción.
Mi mano pálida, ajena, me llevaba, me arrastraba, tiesa, era una mano de cera como las enormes manos votivas, como una mano angelical alzada en juramento.
Fue a finales del invierno. Los días con charcos de agua y calor solar dejaban en el paladar un sabor a fuego y pimienta. Los cuchillos relucientes cortaban la pulpa de miel del día en surcos plateados, en prismas repletos de colores y brillantes especias. La esfera del mediodía acumulaba en reducido espacio todo el brillo de aquellos días indicando las horas ardientes y llenas de fuego.
A esa hora, al no poder dar cabida al calor, el día se pelaba en placas de latón plateadas, en hojas crujientes de estaño y capa tras capa iba descubriendo su corazón resplandeciente.
Y, como si fuera poco, las chimeneas lanzaban nubes de humo argentado y cada instante explotaba con una elevación de ángeles, una tormenta de alas devoradas por el insaciable cielo, siempre abierto a nuevas explosiones. Sus claros relámpagos estallaban en blancos plumeros, las lejanas fortalezas se abrían en silenciosos abanicos de amontonadas erupciones bajo la brillante ráfaga de una invisible artillería.
En la ventana del cuarto, colmada de cielo, las interminables olas ascendían hasta romperse en las cortinas en llamas, humeantes; se sumergían en el fuego sombras doradas y vibrantes torbellinos de aire. En la alfombra yacía un oblicuo y ardiente cuadrilátero, ondeante en su claridad, sin poder despegarse del suelo. Esa columna de fuego me indignaba profundamente. Permanecí hechizado, con las piernas abiertas, lanzándole insultos con voz indiferente, ajena. //
En el umbral, en el vestíbulo, consternados, asustados, levantando los brazos hacia el cielo, estaban mis parientes, mis vecinos, mis engalanadas tías. Se acercaban de puntillas y volvían a alejarse, miraban a través de la puerta llenos de curiosidad. Yo gritaba.
– ¡Veis –grité a mi madre y a mi hermano–, os dije siempre que todo estaba detenido, uncido al aburrimiento, aprisionado! ¡Ahora mirad qué diluvio, qué florecimiento de todo, qué dulzura!…
Lloraba de felicidad e impotencia.
– ¡Despertaos –exclamé–, venid a ayudarme! ¡Solo no puedo hacer frente a esta inundación, no puedo abrazar este diluvio...! Yo solo, ¿cómo podré contestar al millón de preguntas deslumbrantes con las que Dios me inunda?
Y como callaban, grité furioso:


–¡Deprisa, capturad de lleno esa abundancia, haced provisiones!
Pero nadie pudo echarme una mano: estaban allí, desamparados, mirándose unos a otros y ocultándose detrás de la espalda del vecino.
Entonces comprendí lo que tenía que hacer.
Apasionadamente, empecé a sacar de los armarios los viejos infolios y libros de cuentas de mi padre, semidestrozados y cubiertos de escritos, y comencé a arrojarlos al suelo bajo aquella columna de fuego que ardía colgada en el aire. No tenía suficiente papel. Mi madre y mi hermano traían sin parar nuevas brazadas de viejos periódicos que amontonaban en el suelo. Yo, sentado entre aquellos papeles, cegado por la luz, con los ojos llenos de explosiones, cohetes y colores, dibujaba. Dibujaba deprisa, con pánico, sobre las páginas impresas y garabateadas. Mis lápices de colores recorrían las columnas de textos ilegibles poblándolas de geniales garabatos, de caracoleadas vueltas, estrechándose de repente en anagramas visionarios, en luminosas revelaciones, que después se volvían a desatar en forma de relámpagos vacíos y ciegos en busca de la inspiración.
¡Ah, esos dibujos luminosos que surgían como bajo una mano ajena!; ¡oh, esos colores transparentes! Cuántas veces hoy todavía, después de tantos años, los hallo en sueños, en el fondo de viejos cajones, brillantes y frescos como el alba, aún húmedos del primer rocío matinal: ¡figuras, paisajes, rostros!
¡Ah, esos azules celestes que congelan la respiración con un toque de miedo!, ¡oh, esos verdes más verdes que la sorpresa!, ¡oh, esos preludios y gorjeos de colores apenas presentidos, intentando encontrar su nombre!
¿Por qué los malgasté entonces en la despreocupación de la abundancia con una impensable ligereza? Consentí a los vecinos revolver y saquear aquel amasijo de dibujos.
Se llevaron pilas enteras. ¿En qué casas pararán, en qué basureros estarán perdidos? Adela empapeló la cocina con ellos que se volvió luminosa y multicolor, como si por la noche hubiera nevado detrás de las ventanas.
Aquella manera de dibujar estaba llena de crueldad, trampas y agresiones. Cuando me sentaba así, tenso como la cuerda de un arco, inmóvil y acechante mientras los papeles ardían en cegadoras llamas, bastaba con que el dibujo, atrapado en mi lápiz, hiciera el más leve intento de escapar. Entonces mi mano, convulsionada por nuevos reflejos e impulsos, se lanzaba encima felinamente. Y, ya ajena, salvaje, rapaz, con rápidas mordeduras, mataba al monstruo que intentaba escapar al lápiz. Y sólo entonces se relajaba, cuando ya muertos e inmóviles los cadáveres desplegaban sobre un cuaderno, como en un herbario, su multicolor y fantástica anatomía.
Era una cacería mortal, una lucha a vida o muerte. ¿Quién podría distinguir al agresor de la víctima en ese nudo donde brotaba la rabia, en ese enredo de gañidos y terror? Sucedía que mi mano arremetía dos o tres veces para, en la cuarta o quinta hoja, alcanzar a su víctima. A menudo gritaba de dolor y miedo cogido entre las tenazas de esos monstruos que serpenteaban bajo mi bisturí.
De hora en hora las visiones se multiplicaban, se apelmazaban y formaban atascos hasta que un día todos los caminos y senderos se llenaron de procesiones y todo el país se ramificó en múltiples peregrinajes de criaturas extrañas y de animales.
Al igual que en los días de Noé fluían esos cortejos multicolores, esos ríos de pelajes y crines, esos ondeantes lomos y rabos, esas cabezas aprobadoras, al ritmo de sus pasos.
Mi habitación constituía la frontera y la barrera. Aquí se detenían, se apretujaban con balidos suplicantes, daban vueltas, pisoteaban nerviosa y salvajemente criaturas jorobadas y cornudas embutidas en pelajes y armaduras zoológicas, y, asustadas unas de otras, miraban con ojos sorprendidos y temerosos a través de los orificios de sus tupidas pieles mugiendo lastimeramente, amordazadas en sus máscaras.
¿Acaso esperaban que las nombrara, que les desvelara un misterio que ni ellas mismas comprendían? ¿Acaso me preguntaban un nombre para entrar en él y llenarlo con su propio ser?
Acudían extraños leviatanes, criaturas-preguntas, criaturas-proposiciones y tuve que ponerme a gritar y ahuyentarlos con mis propias manos.
Se apartaban a reculones, bajando la cabeza, mirando de reojo, se dispersaban y volvían a regresar para fundirse en un caos sin nombre, en un revoltijo de formas.
¡Cuántos lomos horizontales y jorobados pasaron bajo mi mano, cuántas cabezas se deslizaron bajo mi caricia aterciopelada! Comprendí entonces por qué los animales tenían cuernos.
Éstos eran todo lo inexplicable que no cabía en sus vidas, un capricho salvaje e inoportuno, una irrazonable y ciega obstinación, una ideé fixe que sobrepasó los límites de su ser y que, sumergida repentinamente en la luz, se coaguló formando una materia tangible y dura. Adquirió así una forma imprevisible, increíble, retorcida en arabescos fantásticos y aterradores e invisible a sus ojos, una cifra desconocida, bajo cuya amenaza vivían los animales.
Comprendí por qué esos animales eran dados al pánico irracional y feroz: sumidos en la locura no podían liberarse del enredo de sus cuernos, entre los cuales, cabizbajos, miraban tristes y encolerizados buscando una salida entre sus astas. Aquellos animales estaban lejos de ser liberados, portaban sobre su cabeza, con resignación y pena, los estigmas de su error.
No obstante, los gatos todavía se encontraban más alejados de la luz. Su perfección asustaba. Encerrados en la precisión de sus cuerpos, no conocían el error ni la digresión.
A veces descendían por un instante al fondo de su ser; inmovilizados en su pelaje, se volvían serios, amenazadores y solemnes, y sus ojos se ponían redondos como la luna, absorbiendo la luz en sus embudos de fuego…
Mas, un momento después empujados a la superficie, devueltos a la orilla, bostezaban su propio vacío, desencantados y sin ilusiones.
Su vida estaba hecha de una contenida gracia que no dejaba lugar a una alternativa. Aburriéndose en su cárcel de perfección sin salida, penetrados de spleen, afectaban, con el labio fruncido, una crueldad sin objeto en su pequeña cara, alargada por hirsutos y oscuros pelos. //
Más abajo se deslizaban furtivamente los hurones, los turones y los zorros, ladrones en el reino animal, criaturas de mala conciencia. Alcanzaron su lugar en la existencia mediante la intriga, la trampa, contrariamente al plan de la creación; perseguidos por el odio, amenazados, siempre alerta, siempre temerosos, amaban ardientemente su vida robada, oculta en las madrigueras; estaban dispuestos a dejarse desgarrar por defenderla.
Al final pasaron todos y el silencio se hizo en mi habitación. Me puse de nuevo a dibujar sumido en mis papeles bañados en luz. La ventana estaba abierta y sobre el alféizar tórtolas y palomas temblaban al contacto de la brisa primaveral. Inclinando la cabeza, mostraban inquietas el perfil de un ojo redondo y vidrioso, dispuestas a emprender el vuelo. Los días tornábanse suaves, opalinos y luminosos, o, a veces, nacarados, llenos de una velada dulzura.
Llegaron las fiestas de Pascua y mis padres se fueron durante una semana para visitar a mi hermana casada.
Me dejaron solo en casa presa de mis inspiraciones.
Adela me traía todos los días el desayuno y la comida. No advertía su presencia cuando aparecía en el umbral, respirando la primavera en su vestido de tul y volantes.
A través de la ventana abierta entraban ligeros efluvios llenando la estancia con el reflejo de lejanos países.
Durante un instante aquellos colores de claras lejanías se mantenían en el aire para diluirse enseguida, dispersarse, y ser reemplazados por sombras azules, por la ternura y la emoción. La avalancha de imágenes cedía poco a poco, la fuerza de las visiónes se atenuaba.
Me hallaba sentado en el suelo. A mi alrededor yacían lápices, pastillas de acuarelas, colores divinos, los frescos azules, los verdes perdidos en los límites del asombro.
Y cuando cogía el lápiz rojo, se abrían paso en el luminoso mundo fanfarrias de un feliz color escarlata, y en todos los balcones rompían olas de rojas banderas y las casas se ponían en fila a lo largo de las calles en una línea recta, triunfal. Los desfiles de los bomberos municipales en uniforme color frambuesa se pavoneaban sobre los claros felices caminos, y los hombres saludaban con sus sombreros color cereza. Una dulzura de cereza, el canto de los pinzones, inundaban el aire saciado de lavanda y suaves destellos.
Y cuando cogía el color azul, el reflejo cobaltado de la primavera pasaba por todas las calles y penetraba por todas las ventanas, que, al abrirse, dejaban oír una tras otra el tintineo de sus cristales, colmados de azul y fuego celestial; los visillos se erguían como alarmados y una ligera y alegre corriente empujaba aquellas ondeantes muselinas y adelfas en los balcones vacíos, como si a lo lejos, en el otro extremo de aquella larga y clara avenida, alguien hubiera aparecido y, radiante, se acercara precedido por la noticia, por el presagio, anunciado por el vuelo de las golondrinas, por las señales luminosas que se percibían aquí y allá.

III
Precisamente durante las Pascuas, a finales de marzo o comienzos de abril, Szloma, hijo de Tobiasz, abandonaba la prisión en la que lo encerraban durante el invierno a causa de sus escándalos, de sus locuras veraniegas y otoñales. Una tarde de esa primavera, lo vi desde mi ventana, saliendo del peluquero que hacía a la vez de sacamuelas y cirujano de la ciudad; con una elegancia adquirida bajo el rigor carcelario, abrió la puerta acristalada, resplandeciente, y descendió los tres escalones de madera, lozano y rejuvenecido, con la cabeza cuidadosamente rasurada, vestido con una chaqueta algo corta y un pantalón a cuadros, también corto, delgado y con aire juvenil a pesar de sus cuarenta años.
La plaza de Santa Trinidad estaba vacía y limpia. Tras los deshielos primaverales y el fango, que barrieron más tarde las lluvias torrenciales, el pavimento se veía ahora lavado, seco, como consecuencia de numerosos días de un tiempo apacible y discreto, días ya largos, quizá incluso demasiado amplios para aquella estación precoz, casi desmesuradamente alargados, sobre todo al atardecer, cuando el crepúsculo se estiraba interminablemente, todavía vacío y estéril en su inmensa espera.
Cuando Szloma hubo cerrado la puerta acristalada de la peluquería, el cielo la llenó inmediatamente, como llenaba todas las pequeñas ventanas de aquella casa, abierta a la umbrosa profundidad del firmamento.
Habiendo descendido la escalera, Szloma se encontró completamente solo al borde de la gran concha vacía de la plaza, cubierta por el azul del cielo sin sol. La plaza, grande y limpia, parecía aquella tarde una bola de cristal, un año nuevo no empezado todavía. Szloma se detuvo al borde, completamente apagado y gris, atrapado entre tonalidades azulosas, sin atreverse a romper la perfecta esfera del día aún no utilizado.
Sólo una vez en el transcurso del año, el día en que salía de la prisión, Szloma se sentía tan puro, nuevo y ligero. El día lo recibía lavado de sus pecados, renovado, reconciliado con el mundo, y abría ante él sus horizontes puros, orlados de una silenciosa belleza.
No se apresuraba. Detenido en el borde del día, no se atrevía a pasar, a rayar con su paso menudo y juvenil en el que se insinuaba una leve cojera, la concha de la tarde delicadamente abovedada.
Una sombra transparente se extendía sobre la ciudad. El silencio de las tres de la tarde subrayaba la resplandeciente blancura de tiza de las casas que se desplegaban sin ruido, como los naipes de una baraja, alrededor de la plaza. Apenas vislumbradas esas imágenes, ya estamos dando otros naipes que extraen sus reservas de blancura de la gran fachada barroca de la iglesia de Santa Trinidad, que ordenaba presurosamente su agitado ropaje: inmensa camisa divina cayendo del cielo, plegada en pilastras y vanos, henchida de volutas y arquivoltas patéticas.
Szloma levantó el rostro y aspiró el aire. Una ligera brisa le trajo el perfume de las adelfas, el olor de los aderezos pascuales y de la canela. Entonces estornudó ruidosamente, y, aquel estornudo, llevó a las palomas que estaban sobre el tejado del puesto de policía a emprender un asustado vuelo. Szloma sonrió: por el temblor de sus narices, Dios le anunciaba la llegada de la primavera. Era aquella una señal más infalible que el regreso de las cigüeñas; a partir de entonces, los días iban a estar marcados por esas explosiones que, perdidas entre el ruido de la ciudad, aquí y allá, añadían su ingenioso comentario a los acontecimientos.
– ¡Szloma! –exclamé desde la ventana de nuestro piso.
Szloma advirtió mi presencia y me envió su agradable sonrisa y un saludo militar.
– Estamos solos en la plaza tú y yo –dije a media voz, pues la bola del cielo resonaba como un tonel.
– Tú y yo –repitió con una triste sonrisa–. ¡Qué vacío está el mundo hoy!
Podríamos dividirlo y nombrarlo de nuevo: yace abierto, desamparado, sin pertenecer a nadie. Un día como éste, el Mesías se acerca hasta el borde del horizonte y contempla la tierra. Y cuando la ve así, blanca y silenciosa bajo el cielo azul, puede ocurrir que los límites se difuminen bajo su mirada, que azulosas estelas de nubes formen una escala bajo sus pies y que descienda a la tierra sin saber él mismo lo que hace. Sumida en la ensoñación, la tierra no reparará en aquel que habrá descendido sobre sus caminos, y los hombres una vez despiertos de la siesta no recordarán nada. La historia será borrada y todo volverá a ser como en los siglos de los siglos, antes del comienzo.
– ¿Adela está en casa? –preguntó sonriendo.
– No hay nadie, pasa un momento. Te enseñaré mis dibujos.
– Si no hay nadie, no rechazaré ese placer. Abre la puerta.
Después entró, echando a derecha e izquierda una mirada de ladrón.

IV
– Son unos dibujos formidables –decía–, retirándolos de sus ojos con gesto de experto. Su cara se iluminaba con el reflejo de los colores y las luces. A veces ponía una mano semicerrada alrededor del ojo y miraba a través de ese catalejo improvisado, con los rasgos contraídos por una mueca de seriedad y conocimiento.
– Se podría decir –continuó– que el mundo pasó por tus manos para renovarse y mudarse y cambiar de piel como un maravilloso lagarto. Ah, ¿crees que yo hubiera robado y cometido tantas locuras si el mundo no estuviese tan usado y decaído, si las cosas no hubieran perdido su dorada potestad, lejano resplandor de las manos divinas?
¿Qué se puede hacer en un mundo así? ¿Cómo no dudar, no decepcionarse, cuando todo está cerrado a cal y canto, el sentido amurallado en su entraña, y cuando tú golpeas siempre contra los ladrillos como contra el muro de una prisión? Ah, Józef, tú tenías que haber nacido antes.
Ambos permanecíamos de pie en la habitación semioscura y profunda, alargada en perspectiva hacia la ventana abierta sobre la plaza. De allí nos llegaban las pulsaciones ligeras de las olas de aire que se estiraban sin ruido. Cada soplo traía una carga nueva, acompañada con los colores del horizonte, como si la anterior se hubiera desgastado y agotado. Aquella habitación sólo vivía del reflejo de las casas distantes; como una cámara oscura, conservaba los colores en su profundidad. Por la ventana podía verse, como por el pequeño extremo de un anteojo, sobre el tejado del puesto de policía a las palomas arrullándose y paseando a lo largo de la cornisa. En ocasiones, levantaban el vuelo todas juntas dibujando un semicírculo por encima de la plaza. Entonces, la pieza se iluminaba por un instante y los reflejos de sus alas abiertas parecían alargarla, después, se apagaba cuando al descender volvían a cerrar sus alas.
– A ti, Szloma– dije– puedo revelarte el secreto de estos dibujos. Desde el principio he dudado de ser realmente su autor. A veces me parecen un involuntario plagio, algo que me hubiera sido sugerido, aconsejado… como si una fuerza extraña se hubiera servido de mi inspiración para fines que ignoro. Porque he de confesártelo –añadí en voz baja mirándole a los ojos– encontré el Auténtico.
– ¿El Auténtico? –preguntó, con la cara iluminada por un súbito resplandor.
– Sí, además mira tú mismo –dije–, arrodillándome ante el cajón de la cómoda.
Saqué primero el vestido de seda de Adela, una caja con cintas, sus zapatos nuevos de tacón alto. La fragancia de los polvos y el perfume inundó la estancia. Finalmente, extraje todavía algunos libros; en el fondo se encontraba oculto, desde hacía tiempo, el Libro: y brillaba.
– Szloma –dije conmovido–, mira, aquí está…
Mas él, sumido en una profunda meditación, examinaba con la mayor seriedad el zapato de Adela que tenía en la mano.
– Esto, Dios no lo dijo –murmuró–, sin embargo, esto me ha convencido, desarmado, esto me ha privado de mi último argumento. Estas líneas irresistibles, conmovedoramente exactas, definitivas, golpean como el relámpago en el corazón de las cosas. ¿Cómo protegerse, qué oponerle cuando uno está ya vencido, traicionado por los aliados más fieles? Los seis días de la creación fueron claros y divinos. Mas, el séptimo día, Él sintió bajo sus dedos una trama extraña y, asustado, retiró las manos del mundo, aunque su vehemencia creadora hubiera sido calculada para muchas más noches y días. Ah, Józef, desconfía del séptimo día…
Y levantando con perplejidad el esbelto zapato de Adela, continuó, como hechizado por la irónica expresividad de aquella cáscara vacía y acharolada:
– ¿Comprendes el monstruoso cinismo de este símbolo en el pie de la mujer, la provocación de su andar perverso sobre esos rebuscados tacones? ¡Cómo podría abandonarte al poder de tal símbolo! Dios me libre…
Mientras decía esto, deslizaba hábilmente bajo su chaqueta los zapatos, el vestido, los collares de Adela.
– ¿Qué haces, Szloma? –dije asombrado.
Mas él se dirigía precipitadamente hacia la puerta, cojeando levemente, en su pantalón a cuadros un poco corto.
Ya bajo el umbral, volvió hacia mí una cara gris, completamente borrosa, y, con un gesto tranquilo llevó la mano a sus labios. Después franqueó la puerta.
**Escritor, dibujante y pintor polaco (1892-1942).

viernes, marzo 05, 2010

Marc Chagall: recuerdos de infancia


Si se trata de sus recuerdos de infancia, el pintor no aplica reglas de perspectiva ni de gravedad, ya que ambas no tienen cabida en la memoria: todos los recuerdos surgen juntos y de allí, la yuxtaposición de imágenes utilizadas.

jueves, marzo 04, 2010

No soy de aquí ni soy de allá...

Para mi hermano Luis, que me hizo conocer esta canción de Facundo Cabral:


Me gusta el sol, Alicia y las palomas,
el buen cigarro y las malas señoras,
saltar paredes y abrir las ventanas
y cuando llora una mujer.

No soy de aquí ni soy de allá
no tengo edad ni porvenir,
y ser feliz es mi color de identidad.

Me gusta el vino tanto como las flores
y los conejos y los viejos pastores
el pan casero y la voz de Dolores
y el mar mojándome los pies.

No soy de aquí ni soy de allá
no tengo edad ni porvenir,
y ser feliz es mi color de identidad.

Me gusta estar tirado siempre en la arena
o en bicicleta perseguir a Manuela
o todo el tiempo para ver las estrellas
con la María en el trigal.

No soy de aquí ni soy de allá
no tengo edad ni porvenir,
y ser feliz es mi color de identidad.

miércoles, marzo 03, 2010

Bomplan, lectura de poesía al aire libre

Este jueves 4 de marzo, a las 20
Leerán los poetas: Osvaldo Bossi, Rosa Lesca, Claudia Masín
Espacio Cultural Bonpland, Asamblea de Palermo
Bonpland 1660 (lindo número!)

Nelson Guerra: guaroj

Nos explica el poeta uruguayo Nelson Guerra
Creación de nuevas formas.

"Yo planteé esa forma que consiste en estrofas de 10 versos octosílabos con rima asonantada en los pares, y reiteración forzada del 1er. y 4to. verso, como noveno y décimo. (Guaroj es una palabra sobreviviente del lenguaje perdido de los charrúas, significa "diez".)
No es la gran reforma, ni nada que se le parezca, lo creé pensando que podría servir de acicate para que otros elaboraran formas novedosas y destacables. No soy un poeta formalista, lo mío discurre por igual en todos los caminos de la poesía.
El resultado fue notable. Cantidad de poetas de varios países americanos, y también de España, respondieron con sus guaroj. Ahora estamos experimentando con otras métricas.
Tenemos el guaroj, el guaroj de itálico modo (endecasílabo), tridecasílabo, heptadecasílabo, y la experimentación no se detiene. Aquí un guaroj de itálico modo.

Guaroj en violeta profundo
Quiero verte llegar. No tardes tanto.
Necesito tu sombra, las glicinas
ya gotean , gotean , blancas horas
que el reloj minutea con desidia.
Llegarás trasparente por la calle
Serás bella y real en la sonrisa
y andará un no se qué poniendo alfombras
de jazmines y rosas amarillas
Quiero verte llegar. No tardes tanto
que el reloj minutea con desidia.

Quiero verte llegar, eterna y joven
Que tremenda la tarde y su agonía!
Cuanta sombra violeta y perfumada
derramada en la luz de nuestra esquina
Ah, poderte decir: te esperé mucho.
Verte así tan igual! Estás tan linda!
Yo he cambiado un poquito. Se me nota?
Son las huellas de ausencias malvividas.
Quiero verte llegar, eterna y joven
derramada en la luz de nuestra esquina.

Van subiendo de a una las estrellas
Se ha encendido un farol. El aire enfría.
Y la noche otra vez copiando el brillo
de tus ojos de almendras y de almíbar
me propone algún bar, un par de copas
Una vieja canción, una rutina
Te veré en cada rostro de muchacha
cada voz, cada amor, cada sonrisa.
Van subiendo de a una las estrellas
de tus ojos de almendras y de almíbar."

Carlos Mastronardi: La conciencia desolada*

Texto extractado de: http://www.autoresdeconcordia.com.ar/mastronardi_texto09.htm


"Todo creador que intenta hacer un monstruo indivisible del arte y de la vida, se ve precisado a quebrantar las reglas que ejercen soberanía sobre la empresa estética. De ahí la ausencia de leyes rítmicas, musicales y sintácticas que singulariza al poema-vida. (El alma, claro está, nada sabe de sintaxis y puede sortear la puntuación y las demás exigencias de la lógica comunicativa.) Se diría agotada la casta de quienes renuncian a los bienes literarios demasiado accesibles. Valéry es el último gran poeta francés que aspira al rigor melódico; es también el último que establece distingos entre el lenguaje práctico y el lenguaje estético. (1)
El fértil Edgar Poe, tan expansivo en Europa, parece haber legado su coherencia a Valéry; a los superrealistas, su neurosis y sus estados oníricos.
Mallarmé redondea y labra pequeñas unidades poéticas donde cada verso y cada vocablo se hallan severamente determinados por el conjunto verbal. Este orgánico afán, sólo fecundo en un terreno circunscripto y menor, se manifiesta también en Valéry, poeta que actúa sobre orbes estilísticos cerrados, sobre la totalidad del mecanismo poético que tiene entre manos. Así lo prueban sus contrastes, sus analogías, sus vaivenes, sus correlaciones. Con sagacidad venturosa, sabe templar los glaciales ámbitos de la abstracción mediante el uso de un idioma carnal y voluptuoso que siempre tiende a la música. Numerosas intenciones concéntricas y resonancias secundarias vibran en torno del foco central.
Como todo literato que estudia su audacia y dirige su aventura, no sólo se atiene a rígidas convenciones sino que gradúa y somete a un régimen austero los dones insólitos, las dádivas irregulares que de tiempo en tiempo distribuye en el área del poema. La sorpresa constante y la temeridad apoyada, como tantas otras virtudes excesivas, acaban por anular las piezas literarias donde brillan; la opulencia dispendiosa, así en la vida como en el arte, desemboca necesariamente en la pobreza. Ningún atletismo espectacular, ninguna ostentación de fuerza destemplan las páginas de nuestro poeta, cuyos aciertos momentáneos preceden o siguen a las líneas opacas que componen su reverso y que son como las instancias prudentes de su maestría. El acicate y la brida se complementan si queremos la marcha armoniosa.

Cabe preguntar, ¿por qué eligió la poesía en vez de afirmarse en alguna de las disciplinas que no tienen por objeto el mundo sensible? Si atendemos a sus fines, a sus deseos, acaso pueda admitirse que nunca debió salir de sus matemáticas juveniles. En cualquier dominio de la cultura hubiera podido cumplir su admirable experiencia mental (2). Todos sabemos que Valéry trabajaba sobre Valéry.
La doctrina implícita en su conducta creadora tenía una base móvil, relativista. Los borradores cuentan o valen tanto como el logro final –si es que puede hablarse de acabamiento y de fin en su orbe poético.
El camino es más atrayente que la evasiva meta. Cada bosquejo, cada etapa del poema es comparable al anillo de una larga cadena que siempre tendrá un extremo libre…El método es una necesidad; su consecuencia escrita, un azar permutable, un deleite interino. En la límpida brega de Valéry se enfrentan lo real y lo posible, lo dado y lo exigido. Con riesgo de simplificarlo en extremo, cabe exponer que todas sus preocupaciones se condensan en una preocupación de entraña psicológica. Digamos nuestra extrañeza: se lo tilda de inhumano siendo evidente que prefiere el hombre a las obras del hombre, la sustancia pensante a los artificios de la cultura.
Firme ante el riesgo dilemático, sólo confía en el espíritu, en ese delicado instrumento que, según su propia definición, nunca podremos conocer en su esencia (3). Más de una página suya destaca el carácter discontinuo del pensamiento y reconoce las mudanzas del ser “absorto en su variación”.
Acaso resulte oportuno mencionar ahora, no a sus maestros, sino a sus “parientes”, a sus afines, a las naturalezas reflexivas que nos recuerdan la suya. Como Hegel, antepone la Idea al yo, el conocimiento anónimo y absoluto a los accidentes que se suceden en la hondura de la conciencia individual. (4) La moderna crítica francesa, más sensible a la historia militar que a la historia de las ideas, lo aleja y purifica de Hegel.

Sin embargo, el punto de convergencia que dejamos señalado no es el único. Según Valéry, para quien el hombre es reflejo de un Pensamiento indiviso y genérico, la evolución de la cultura puede estudiarse sin necesidad de mencionar autores y fechas. Asimismo, escribe que el acto voluntario, además de crear lo nuevo fuera del yo, modifica al sujeto, modifica al sujeto volitivo, puesto que la acción reacciona sobre quien la quiso y en cierta medida transforma el carácter de la persona de quien emana. (L’energie espirituelle.) El constante desdoblamiento de la conciencia le lleva a decir: “Je suis libre, donc je ,’enchaîne”. (Moralités. ) Y expresa de la vida: “Les contradictions la surexcitent” (Idée Fixe.) Dentro de esta misma línea filosófica, he aquí un homenaje al idealismo absoluto: “L’homme pense, donc je suis, dit l’Univers” (Moralités.)
Más próximo aún lo sentimos al escéptico Hume, ese temerario disociador del espíritu que bebió en manantiales franceses y que sin duda hubiera leído con encanto La Joven Parca. Tanto el filósofo insular como el poeta del abismático Narciso han profesado el racionalismo empírico.
En la voluntad de poderío acaso pueda encontrarse una de las fuentes generadoras de Valéry. Claro está que, demasiado sutil para complacerse en actuar de modo directo y primario sobre el medio social, prueba sus fuerzas en un sentido que excluye todo poderío externo, todo sometimiento de las almas ajenas. Como Nietzsche, abate los viejos templos y ofrenda su desdén a los ídolos milenarios. Sólo confía en sí mismo porque sólo confía en los hombres. Su naturaleza no es dionisíaca; su estilo no es alegórico. Sin embargo, se encuentra con Nietzsche en los áridos dominios de la soledad en vigilia y del arrojo sombrío. (5)
Ya en el ámbito especulativo de nuestro tiempo, Valéry se nos figura un anticipo experimental de Huizinga, cuyas riquezas doctrinarias no dimanan, por cierto, de un azar venturoso. Uno y otro sostienen que la gratuidad y el hedonismo constituyen el doble cimiento de las obras humanas; las trabas son otros tantos estímulos y las leyes que debe respetar el creador –el jugador- aumentan su goce operativo. Azariento es el punto de partida; el proceso es riguroso. Sostiene nuestro poeta: “L’artiste serait peu de chose, s’il ne spéculait sur l’incertain”. (6)
Nunca sacrifica en el ara de las supersticiones; en último análisis, su culto a la inteligencia omnipotente es una suerte de resignación dinámica. Mal avenido con los aficionados a la eternidad, Dios siempre está lejos de su campo especulativo.

Su agudeza inquisitiva se dirige a los actos de conciencia, a ese puro acontecer que en todo momento la crea. La conciencia no es otra cosa que posibilidad acumula y radiante. Así parece intuirla, pero no por ello hemos de ver en él un existencialista avant la lettre. Precursor o no, los acuerdos profundos que advierte entre el pensar y el hacer lo avecinan a las nuevas corrientes filosóficas. Creemos que algunas regiones de Sartre se hallan como avistadas o prometidas en este aforismo: “Un homme à l’état non sollicité est à l’état néant”. Para Valéry, el carácter del hombre es la conciencia, y la conciencia una perpetua consunción, un desprendimiento sin reposo de cuanto en ella se manifiesta. Y del conjunto de su obra se infiere que el espíritu –movimiento pendular entre el ser y la nada- es siempre responsabilidad, desazón, proyecto. (En una carta amistosa que está en Buenos Aires, lamenta la extinción de los valores que constituían la sustancia de su vida, y agrega, como de paso: “Francia sabe muy bien que está en juego lo que otorga a la vida un significado –pues la vida, por sí misma, no tiene ninguno”.) Pese a estas aproximaciones, su verdadera progenie espiritual ha militado bajo las insignias del racionalismo y quizás frecuentó el templo de la Ciencia Positiva. Pudo hacer suya la famosa fórmula de Comte: “Savoir pour prévoir, prévoir pour pouvoir”. Sorprende que sus críticos no hayan prestado voz a esta afinidad patente. Como su antecesor, Valéry siente que las ilusorias estructuras metafísicas levantadas por el hombre, no pasan de encadenamientos verbales despojados de toda fuerza persuasiva y sólo aptos a definir el estadio infantil de la humanidad. Por otra parte, ambos hacen de la complejidad la conquista última y más noble.
Valéry desaparece tras su obra. Absorbido él mismo por su tema básico y trocado en emblema de las virtudes que ensalza –no son muchas- ya es parte y consecuencia de un acervo escrito que lo desfigura: hoy lo consideramos paradigma de la más levantada inteligencia. Ello no obstante, su poderosa voluntad constructiva desmaya algunas veces. Su prosa, a un tiempo densa y ligera, acoge con excesiva liberalidad los guiones, las bastardillas, los paréntesis y las frases subrayadas que suelen interrumpir el curso natural del estilo. El frecuente vocablo impreciso, la originaria irracionalidad del idioma, le impusieron estos hábitos escrupulosos y molestos, que son otras tantas disculpas impetradas al lector. Por lo demás, vastas zonas de su obra son comparables a las formaciones aluvionales, acumulativas. En fragmentos, en máximas, en apotegmas se atomiza su prosa. Su excesiva movilidad interna encuentra cauce en ese estilo aforístico y condensado que es tradición en los moralistas franceses. Quizá pueda afirmarse que el tabaco y el café –delicias menores a las cuales se ofrendó con exceso- de algún modo le impusieron una expresión nerviosa, descarnada y rápida; semejante a un fuego sin materia es su período.
A pesar de esta inclinación dispersiva –sólo acentuada en su prosa- le indigna la fragmentación impávida que es habitual en las clases de Retórica de los colegios franceses. Sostiene que el buen disfrute del poema reclama una sola y abarcante ojeada. Cuando sufre parcelación o se lo analiza como si fuera una pieza oratoria o narrativa, su noble organismo padece daño estético. Este aserto permite apreciar hasta qué punto Valéry rindió tributo a los principios de la arquitectura
Su fervor arraigaba en las artes plásticas, en la psicología, en la música, en las ciencias exactas. Escribió poemas.
Quizá no todos perciban en su poesía un orbe concluso y acabado, pero todos creemos que no es fácil continuar su esfuerzo ni proseguir sus tenaces experiencias, vecinas del delirio lógico. Pese a su extenso influjo, más señalado en lo ético que no en lo estético, y por grandes que sean las honras dispensadas a sus libros, cabe afirmar que Valéry no tiene descendencia. No se trata, por cierto, de una omisión punible…Antes bien, el carecer de discípulos puede ser un buen signo, un venturoso indicio de perfección solitaria. Su obra supone un largo proceso cuya reconstrucción es imposible, no una habilidad aprendida, exterior; puesto que las disciplinas profundas son inimitables –reclaman una particular disposición del espíritu – para adelantar en su camino es preciso disponer de un mecanismo interno semejante al suyo. Árida y desolada es su fuerza.
Borges sostiene que los versos de Rilke y los de Yeats son más dignos del futuro, pero asevera también, ya con plena justicia, que la personalidad de Valéry es más interesante que la de Rilke o la de Yeats. En la medida en que los excede, Valéry viene a sufrir un desmedro. Suele creerse que los dones excedentes, los bienes que sobrepasan las exigencias de la Musa, perjudican al Poeta Ideal que los posee. Autores hay cuyas fronteras íntimas coinciden con las de su obra. Otros no se agotan en ella sino que la desbordan y rebasan calladamente, como si quisieran defender del escrutinio público las más hondas provincias de su imaginación y de su pensamiento. Su labor revelada deja traslucir, sin embargo, estos patrimonios intactos, estos bienes mantenidos en reserva.
Más cuantiosos y comunes son los escritores sin resto, vale decir, los que sólo están presentes en sus libros. Cuando mueren nos dejan su esencia: así como podemos armar una máquina luego de conocer todas sus piezas y resortes, así nos será dable rescatarlos en sus libros. Valéry no integra, como es evidente, esta última familia literaria.
“Tacho la vida”. Suya es esta exclamación que ha promovido innumerables exclamaciones. Esa opaca sustancia –la vida-, para alcanzar validez artística, ha de ceñirse a un proceso de noble depuración. La “tacha” de Valéry decepciona y exaspera a los nuevos apóstoles del instinto, a los recientes vicarios de los impulsos vitales. Necesario es prevenirse frente a los elocuentes sacerdotes de las Calorías Biológicas. No pocas veces, son homicidas en potencia que se ignoran como tales. La Vida que no se desposa con valor alguno y que en sí misma encuentra su finalidad, sólo dio a las comunidades, en tiempos remotos, la ley de la selva y la caverna; en nuestra oscura edad, los vitales campos de concentración y otros infiernos organizados para salvar la dicha de las generaciones venideras.
Por nuestra parte, creemos que Valéry vivió más y mejor –dicho de otro modo: con mayor claridad y altura- que los numerosos campeones verbales de la Vida, en cuyos lastimados espíritus resuena todavía ese valeroso rechazo.
La “tacha” de Valéry, tan grata a los simbolistas como a los modernos cultores de abstracciones estéticas, tiene un alcance puramente literario. Los datos inmediatos y los elementos directos, cuando no se ordenan en un elegido eslabonamiento, en una secuencia que diga del autor, se mantienen a medio camino entre el mundo de la naturaleza y el mundo del arte. La finalidad de este último no es la vida sino una crisis o un quebranto persuasivo de la vida; todo aquello que aparece como perdido y simplificado en el mundo real ha de imponerse con vehemente jerarquía en la creación estética, cuyas convenciones y leyes desprenden una esencia preciosa del territorio siempre oscuro de las posibilidades.
La agudeza y la fuerza de Valéry descuellan en numerosos trechos de su obra. He aquí algunas frases que permiten reconocerlo: “Belleza es aquello que desespera”, estatuye un imprevisto rapto romántico; afianzado en su clásica contención confiesa que abomina de las cosas extraordinarias: “son una necesidad de los espíritus débiles” (7); con ánimo de encarecer el esfuerzo empeñoso y digno sostiene que la facilidad “debe adquirirse y no aceptarse”; rehúsa otra vez los bienes casuales: “La idea de inspiración contiene esta otra: lo que nada cueste es lo que posee más valor”; sugiere que en el sueño suelen acertar los reprimidos y los amargos, no los mejor dotados: “Las soñaciones más extrañas, más bellas, más audaces nunca son las de los hombres más profundos, más imaginativos, más aventureros”; finalmente, este lapso de una conversación con su amigo Gide: “Me toman por poeta, pero me importa poco la poesía. Sólo por casualidad he compuesto versos; yo sería exactamente el mismo si no los hubiese escrito: quiero decir que tendría, ante mis propios ojos, el mismo valor”. Sostuvo también que de sus páginas no publicadas podría hacerse un verdadero manual de nihilismo.
La épica tentativa suya, considerada en su raíz, es una gran afirmación del hombre. Y ello, pesar del escepticismo hacendoso que fue su refugio y su muralla. Era un artesano del Renacimiento, pero sin el tono animoso y pleno de ese momento ascensional de la cultura.
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(1) “Desconfío de todas las palabras” ha escrito. Este vasto recelo verbal, si bien no le impidió escribir poemas, le impuso un vocabulario poético restringido y desnudo de connotaciones utilitarias, cotidianas.
(2) Ya lo sugirió Thibaudet : la actividad de Valery “desplegada en otros registros, hubiera alcanzado la misma fortuna”.
(3) La conciencia se disuelve en sí misma; resurge y muere de modo constante. Este concepto parece ondular a lo largo de Esbozo de una Serpiente. Y leemos en La Joven Parca: “Je renouvelle en moi mes énigmes, mes dieux./ Adieu, pensai-je, Moi, mortelle soeur, mensonge.”
(4) O moi, ce n’est pas toi qui trouves ton idéc; mais au contraire, c’est ton idée qui te trouve et t’adolpe.
(5) Jean Whal nos antecede: señala esta afinidad, pero la refiere a otros aspectos de ambos escritores (Poésie, Pensée, Perception, Paris, 1948)
(6) En un subversivo discurso académico, como queriendo desnudar de solemnidad y de pompa a las grandes obras del pasado, Valéry ha dicho: “El arte clásico es arte que se orienta hacia el ideal del juego…”
(7) El vocablo débil, en su acepción moral, aparece con frecuencia en la prosa de Varieté y de Eupalinos. "

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*De Valery o la infintud del método. Editorial Raigal, Buenos Aires, 1954.