Mostrando las entradas con la etiqueta Narradores. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Narradores. Mostrar todas las entradas

viernes, julio 19, 2013

Felisberto Hernández: Historia de un cigarrillo...




Pintura surrealista.

 A Antonio Soto (Boy)

I



Una noche saqué una cajilla de cigarrillos del bolsillo. Todo esto lo hacía casi sin querer. No me daba mucha cuenta que los cigarrillos eran los cigarrillos y que iba a fumar.



Hacía mucho rato que pensaba en el espíritu en sí mismo; en el espíritu del hombre en relación a los demás hombres; en el espíritu del hombre en relación a las cosas, y no sabía si pensaría en el espíritu de las cosas en relación a los hombres. Pero sin querer estaba mirando fijo a una cosa: la cajilla de cigarrillos. Y ahora analizaba repasando mi memoria. Recordaba que primero había amenazado sacar uno pero apenas tocándolo con el dedo. Después fui a sacar otro y no saqué ese precisamente, saqué un tercero. Yo estaba distraído en el momento de sacarlos y no me había dado cuenta de mi imprecisión. Pero después pensaba que mientras yo estaba distraído, ellos podían haberme dominado un poquito, que de acuerdo con su poquita materia, tuvieran correlativamente un pequeño espíritu. Y ese espíritu de reserva, podía alcanzarles para escapar unos, y que yo tomara otros.





II



Otra noche estaba conversando con un amigo. Entonces me distraje y volví a sentir otra cosa de los cigarrillos. Cuando tenía ganas de fumar y tomaba uno de ellos, pensaban tomar uno de tantos. Sin querer evitaba tomar uno que estaba roto en la punta aunque eso no influiría para que no se pudiera fumar. Mi tendencia era a tomar uno normal. Al darme cuenta de esto, saqué el cigarrillo roto más afuera de la cajilla que los demás. Invité a mi compañero. Vi que a pesar de que ése fuera el más fácil de sacar, él tuvo el mismo sentimiento de unidad normal y prefirió sacar otro. Eso me preocupó, pero como seguimos conversando me olvidé. Al rato muy largo fui a fumar, y en el momento de sacar los cigarrillos me acordé. Con mucha sorpresa vi que el roto no estaba y pensé: "me lo habré fumado distraído" y me alivié de la obsesión.





III



Esa misma noche en otra de las veces que saqué la cajilla me encontré con lo siguiente: el cigarrillo roto no me lo había fumado, se había caído y había quedado horizontal en el fondo de la cajilla. Entonces al escapárseme tantas veces, me volvió la obsesión. Tuve una fuerte curiosidad por ver qué ocurría si se fumara. Salí al patio, saqué todos los que quedaban en la cajilla sin ser el roto; entré a la pieza y se lo ofrecí a mi compañero, era el único y tendría que fumar "ése". Él hizo mención de tomarlo y no lo tomó. Me miró con una sonrisa.



Yo le pregunté: "¿Usted se dio cuenta?". Él me respondió: "¿Pero cómo no me voy a dar cuenta". Yo me quedé frío, pero él enseguida agregó: "Le quedaba uno solo y me lo iba a fumar yo". Entonces sacó de los de él y fumamos los dos del mismo paquete.





IV



Al día siguiente de mañana recordé que la noche anterior había puesto el cigarrillo roto en la mesa de luz. La mesa de luz me pareció distinta: tenía una alianza y una asociación extraña con el cigarrillo. Pero yo quise reaccionar contra mí. Me decidí a abrir el cajón de la mesa de luz y fumarlo como uno de tantos. Lo abrí.



Quise sacar el cigarrillo con tanta naturalidad que se me cayó de las manos. Me volvió la obsesión. Volví a reaccionar. Pero al ir a tomarlo de nuevo me encontré con que había caído en una parte mojada del piso. Esta vez no pude detener mi obsesión; cada vez se hacía más intensa al observar una cosa activa que ahora ocurría en el piso: el cigarrillo se iba ensombreciendo a medida que el tabaco absorbía el agua.



En Narraciones incompletas. Texto extractado de Biblioteca Ignoria.


viernes, julio 12, 2013

Elías Canetti: Mi primer recuerdo...



Matisse: El cuarto rojo.

Mi recuerdo más remoto está bañado de rojo. Salgo por una puerta en brazos de una muchacha, ante mí el suelo es rojo y a la izquierda desciende una escalera igualmente roja. Frente a nosotros, a la misma altura, se abre una puerta y aparece un hombre sonriente que viene amigablemente hacia mí. Se me arpoxima mucho, se detiene, y me dice: "¡Enséñame la lengua!". Yo saco la lengua, él palpa en su bolsillo, extrae una navaja, la abre y acercando la cuchilla junto a mi lengua dice: "Ahora le cortaremos la lengua". No me atrevo a retirar la lengua, él se acerca cada vez más hasta rozarla con la hoja. En el último momento retira la navaja y dice: "Hoy todavía no, mañana". Cierra la navaja y la guarda en su bolsillo.

Cada mañana cruzamos la puerta y salimos al corredor rojo, se abre la puerta y aparece el hombre sonriente. Sé qué es lo que va a decir y espero su orden para mostrar la lengua. Sé que me la cortará y cada vez tengo más miedo. Así comienza el día, y la historia se repite muchas veces.



 Guardo esto para mí y es sólo mucho más tarde que se lo menciono a mi madre. De color rojo sólo recuerda la pensión de Karlsbad, donde había pasado el verano de 1907 con mi padre y conmigo. Habían traído para el pequeño de dos años una niñera de Bulgaria, una muchacha que no tenía quince años de edad. Todas las mañanas salía temprano con el niño en brazos, hablaba sólo búlgaro, pero se encontraba a gusto en la animación de Karlsbad y regresaba siempre puntualmente con el pequeño. Una vez la vieron en la calle con un joven desconocido; no sabe qué decir de él, una relación casual. Tras pocas semanas se comprueba que el joven ocupa la habitación frente a la nuestra, al otro lado del corredor. A veces la muchacha corre a su encuentro durante la noche. Mis padres se sienten responsables por ella y la envían inmediatamente a Bulgaria.

Ambos, la muchacha y el joven salían siempre de casa a primera hora, así debió tener lugar el primer encuentro, así debió comenzar todo. La amenaza del cuchillo surtió efecto, el niño guardó silencio durante diez años.



*Elías Canetti nació en Bulgaria en 1905. Premio Nobel de Literartura, 1981.

**Este texto está incluido en el libro La lengua absuelta (Ed. Raíces, Barcelona, 1980).

jueves, mayo 09, 2013

Reina Roffé, Monte de Venus

El martes 14 de mayo, a las 19, se presentará en el Museo del Libro y la Lectura (Las Heras 2555- Las Heras entre Aguero y Austria) la reedición de la novela MONTE DE VENUS, de la escritora Reina Roffé.

jueves, mayo 02, 2013

Hugo Correa Luna, Retratos


1. Retrato de una mujer que acaba de amasar los ñoquis


descansa el brazo en la mesada
desentendida la mano colgante al borde
pendiente de los dedos hociquitos laminados de uñas
husmeando el aire
abajo
donde no se figura el hombro severamente ocupado
arriba
de tendones sin esfuerzo derramados al antebrazo
y con esfuerzo
más arriba
los tendones hacia arriba
armando el cuello
el camino a la distensión de la tarde
el puente al sueño
el delicado pasaje
más y más arriba
a la mirada
vuelta abajo hasta los dedos cortinados de uñas
hurgando el aire
más abajo
donde no se figura el hombro
ni la tarde ni la siesta ni la sombra
ni el olor de lo que acecha

9 de marzo, 2012

2. Retrato de una hija

la indevuelven
la desmadran
no aparece


se entresija en los ojos de la madre
y no aparece


demorado el gesto en el azar
de un clic
se ata a sí mismo
el enigma
no sale
de esos ojos de esa boca de esa tarde
de esa lluvia de esa última gota
de esa sombra enmarcada en la repisa
el gesto que le sigue
no aparece

se entresija en los ojos de la madre
recorre la memoria de la madre
se aviva en el recuerdo de la madre

no aparece

24 de marzo, 2012


3. Retrato de una poesía otoñal


algo va decandeciendo
decandece el cielo
decandecen las hojas
el sol decandece
y el calor
claro
además
también decandece la memoria de las brasas en los ojos

y es lento el decandecer
del fuego
cuando cede el sentido a las ascuas

destellos
destellitos en fuga
se persiguen
pabilando las miradas
decandecen
moscas avispas lacias

dorado es
por la siesta
el vago
levantisco
frugal
encampanado
vivaz recandecer de la mirada

y abrúmase el lector:
decir
la palabra
justa

* Hugo Correa Luna, narrador y poeta argentino. Publicó (novelas): El enigma de Herbert Hjortsberg, Barcelona, El Cobre, 2005 y La pura realidad, Bs. As., Losada, 2007. En poesía tiene publicado Andado poesía, Bs. As., Ediciones de Cero, 1989. Cuentos de su autoría han sido publicados en diversas antologías:Cuentos argentinos (una antología), Madrid, Siruela, 2004 (compilación de Eduardo Hojman), El cuento argentino Año 1983. Bs. As., Editorial de Belgrano, 1983. (Autores varios), Poesía varia, Bs. As., Botella al Mar, 1982. (Autores varios).

lunes, abril 22, 2013

Vilas Matas: Salinger



"
"Vi a Salinger en un autobús de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era él. Ocurrió hace tres años cuando, al igual que ahora, simulé una depresión y logré que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tomé la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve más días porque obviamente no me convenía correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve sólo dos días y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era él, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, habían fotografiado, hacía poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.
Jerome David Salinger. Allí estaba al fondo del autobús. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habría parecido más una estatua que un hombre. Era él. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No.
Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos —The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, Carpenters; Seymour: An Introduction (1963)—, no ha publicado hasta el día de hoy nada más, es decir que lleva treinta y seis años de riguroso silencio que ha venido acompañado, además, de una legendaria obsesión por preservar su vida privada.
Le vi en ese autobús de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que tenía la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús. Por lo visto, cuando la chica leía se le aflojaba ligeramente la mandíbula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella —por decirlo con una expresión de Salinger— fue para mí lo más fatal de todo Manhattan.
Me enamoré. Yo, un pobre español viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamoré. Y aunque viejo y jorobado, actué desacomplejado, actué como lo haría cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompañaba algún hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me quedé de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me había quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento —al alcance de muy pocos— de que estaba viajando con Salinger. Quedé dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qué él había dejado de publicar libros y por qué se ocultaba del mundo.
Tenía que elegir entre la chica o Salinger. Dado que él y ella no se hablaban y por lo tanto no parecía que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no tenía demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Debía obrar con rapidez. Decidí que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces planeé acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
—Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y también creo que, aquí donde me ve, jorobado y viejo, yo podría, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El corazón de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autobús, al ver a la chica de sus sueños, una pregunta casi calcada a la que había yo en secreto formulado. Y recordé el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shirley Lester. Y decidí que provisionalmente llamaría así a mi chica: Shirley.
(...)
Se me ocurrió acercarme a Salinger y decirle:
—Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
(...)
Decidí acercarme a él y preguntarle:
—Señor Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qué no publica desde hace más de treinta años, yo lo que quisiera saber es su opinión acerca de ese día en el que Lord Chandos se percató de que el inabarcable conjunto cósmico del que formamos parte no podía ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurrió otro tanto y por eso dejó de escribir.
Finalmente, tampoco me acerqué para preguntarle todo eso.
(...)
Por otra parte, pedirle un autógrafo tampoco era una idea brillante.
—Señor Salinger, ¿sería tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, cómo le admiro.
—Yo no soy Salinger —me habría contestado. Para algo llevaba treinta y tres años preservando férreamente su intimidad.
(...)
Me encontraba ya desesperado y cada vez más empapado de sudor en aquel autobús de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conocían. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que debían bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al unísono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pensé que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo buscándole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqué yo también a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles algún provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a él decir en aquel autobús podía leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, sé sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecerán, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las páginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve inédito de Salinger, las palabras que le escuché decir aquel día.
Llegué a la puerta de salida del autobús poco después de que la pareja hubiera descendido por ella. Bajé, agucé el oído, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material inédito de un escritor mítico.
—La llave —le oí decir a Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—¿Qué? —dijo Shirley.
—La llave —repitió Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—Dios mío —dijo Shirley—. No me atrevía a decírtelo... La perdí.
Se detuvieron junto a una papelera. Parándome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
De repente, Salinger abrió los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
—No te preocupes —dijo él—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí inmóviles, y yo tuve que seguir andando, no podía por más tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugué con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo así como una línea ambigua y casi invisible en la que se esconderían los finales de los cuentos inéditos. Luego volví la vista atrás para ver cómo seguía todo aquello. Se habían apoyado en la papelera y estaban más abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareció que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hacía más que repetir lo que de él ya había oído antes:
—No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Seguí mi camino, me alejé. El problema de Salinger era que tenía cierta tendencia a repetirse."


* Del libro Bartleby y cía. Enrique Vila-Matas, 1999.


jueves, abril 11, 2013

Natalia Ginzburg: Silencio



He oído Pelléas et Mélisande. De música no entiendo nada. Sólo se me ha ocurrido confrontar la letra de los viejos libretos de ópera (Pago con mi sangre ― el amor que puse en ti), letras fuertes, sangrientas, pesadas, con la letra de Pelléas et Mélisande (J'ai froid  ta chevelure), letras fugaces, como de agua. Del cansancio, del disgusto por las letras fuertes y sangrientas, ha nacido esta letra de agua, fría, huidiza.
Me he preguntado si no ha sido ése (Pelléas et Mélisande) el principio del silencio.
Porque, entre los vicios más extraños y graves de nuestra época, hay que mencionar el silencio. Los que hoy hemos probado a escribir novelas, conocemos el disgusto, la infelicidad que se apodera de uno cuando llega el momento de hacer hablar a personajes entre sí. Durante páginas y páginas, nuestros personajes se intercambian observaciones insignificantes, pero cargadas de una desolada tristeza: «¿Tienes frío?», «No, no tengo frío». «¿Quieres un poco de té?», «No, gracias». «¿Estás cansado?», «No lo sé. Sí, quizá estoy un poco cansado». Nuestros personajes hablan así. Hablan así para engañar al silencio. Hablan así porque no saben ya cómo hablar. Poco a poco van saliendo también las cosas más importantes, las confesiones terribles: «¿Le has matado?», «Sí, le he matado». Arrancadas dolorosamente al silencio, surgen las pocas y estériles palabras de nuestra época, como señales de náufragos, fuegos encendidos entre colinas lejanísimas, débiles y desesperadas llamadas que el espacio se traga.
Entonces, cuando queremos hacer hablar entre sí a nuestros personajes, medimos el profundo silencio que se ha ido adensando poco a poco en nuestro interior. Comenzamos a callar de niños, en la mesa, ante nuestros padres, que nos hablaban todavía con esas palabras sangrientas y pesadas. Nosotros permanecíamos callados. Estábamos callados por protesta o por desdén. Estábamos callados para hacer comprender a nuestros padres que aquellas grandes palabras suyas no nos servían ya. Nosotros teníamos en reserva otras. Emplearíamos nuestras nuevas palabras más tarde, con personas que las comprendieran. Éramos ricos de nuestro silencio. Ahora estábamos avergonzados y desesperados de él, y conocemos toda su miseria. No nos hemos liberado jamás de él. Aquellas grandes palabras viejas que servían a nuestros padres son monedas fuera de curso y no las acepta ya nadie. Y las palabras nuevas, nos hemos dado cuenta que no tienen valor, de que con ellas no se compra nada. No sirven para establecer relaciones, son como agua, frías, infecundas. No nos sirven para escribir libros, ni para mantener ligada a nosotros a una persona querida, ni para salvar a un amigo.
Entre los vicios de nuestra época, sabido es que está el de la sensación de culpa: se habla y se escribe mucho de ella. Todos la padecemos. Nos sentimos implicados en una historia cada día más sucia. También se ha hablado de la sensación de pánico: todos la padecemos también. La sensación de pánico nace de la sensación de culpa. Y aquel que se siente espantado y culpable, calla.
De la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, cada cual se busca un modo de curarse. Unos se van a hacer viajes. En el ansia de ver países nuevos, gente distinta, está la esperanza de dejar tras de uno los propios turbios fantasmas; está la secreta esperanza de descubrir en algún punto de la tierra la persona que pueda hablar con nosotros. Otros se emborrachan para olvidarse de sus turbios fantasmas y para hablar. Y están, también, todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos se pasan las veladas dormidos en una sala de proyecciones, con una mujer al lado a la que, de esta forma, no están obligados a hablarle; otros aprenden a jugar al bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Suele decirse que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar al silencio.
Existen dos especies de silencio: el silencio consigo mismo y el silencio con los demás. Una y otra forma nos hacen sufrir igualmente. El silencio con nosotros mismos está dominado por una violenta antipatía que nos invade hacia nuestro propio ser, por el desprecio hacia nuestra misma alma, tan vil que no merece que le digan nada. Está claro que hay que romper el silencio con nosotros mismos si queremos intentar romper el silencio con los demás. Está claro que no tenemos ningún derecho a odiar a nuestra propia persona, ningún derecho a callar nuestros pensamientos a nuestra alma.
El medio más difundido para liberarse del silencio es ir a que le psicoanalicen a uno. Hablar incesantemente de sí mismo a una persona que escucha, que es pagada para que escuche: poner al descubierto las raíces del propio silencio; sí, esto quizá puede dar un momentáneo alivio. Pero el silencio es universal y profundo. El silencio volvemos a encontrarlo en cuanto salimos por la puerta de la habitación donde aquella persona, pagada para que escuchara, escuchaba. Volvemos a caer inmediatamente en él. Entonces, aquel alivio de una hora nos parece superficial y trivial. El silencio está sobre la tierra: que se cure de él uno de nosotros por una hora, no sirve para la causa común.
Cuando vamos a que nos psicoanalicen, nos dicen que tenemos que dejar de odiar con tanta fuerza a nuestra propia persona. Pero para liberarnos de este odio, para liberarnos de la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, se nos sugiere vivir de acuerdo con la naturaleza, abandonarnos a nuestro instinto, seguir nuestro puro placer, hacer de nuestra vida una pura elección. Pero hacer de la vida una pura elección no es vivir de acuerdo con la naturaleza, sino vivir contra natura, porque al hombre no le es dado elegir siempre: el hombre no ha elegido la hora de su nacimiento, ni su propio rostro, ni a sus padres, ni su infancia; el hombre, en general, no elige la hora de su muerte. El hombre no puede sino aceptar su propio rostro, del mismo modo que no puede sino aceptar su propio destino; y la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira. Las cosas que nos dicen aquellos a los que acudimos para que nos psicoanalicen no sirven porque no tienen en cuenta nuestra responsabilidad moral, la única elección que no está permitida en nuestra vida; los que hemos ido a que nos psicoanalicen sabemos muy bien que aquella atmósfera de efímera libertad en la que gozábamos viviendo según nuestro puro placer, era una atmósfera enrarecida, innatural, en definitiva, una atmósfera irrespirable.
En general, este vicio del silencio que envenena nuestra época suele ser expresado con un lugar común: «Se ha perdido el gusto de la conversación». Es la expresión fútil, mundana, de algo verdadero y trágico. Diciendo «el gusto de la conversación», no nombramos nada que nos ayude a vivir; pero lo que nos falta es la posibilidad de una libre y normal relación entre los hombres, y nos falta hasta el punto de que algunos de nosotros se han matado por la conciencia de esta privación. El silencio cosecha sus víctimas día a día. El silencio es una enfermedad mortal.
Nunca como hoy las suertes de los hombres han estado tan estrechamente ligadas entre sí, de tal modo que el desastre de uno es el desastre de todos. Se verifica, pues, este extraño hecho: que los hombres se encuentren estrechamente ligados cada uno al destino del otro, de modo que la caída de uno solo arrastra a otros miles de seres, y al mismo tiempo están todos sofocados por el silencio, incapaces de intercambiarse unas cuantas palabras libres. Por eso ―porque el desastre de uno es el desastre de todos― los medios que se nos ofrecen para curarnos del silencio se revelan sin base. Se nos sugiere que nos defendamos con el egoísmo de la desesperación. Pero el egoísmo no ha resuelto jamás ninguna desesperación. Estamos demasiado habituados incluso a llamar enfermedades a los vicios de nuestra alma, y a sufrirlos, a dejarnos dirigir por ellos, o a ablandarlos con jarabes dulces, a curarlos como si fueran enfermedades. El silencio debe ser considerado y juzgado desde un punto de vista moral. No nos es dado elegir ser felices o infelices.
Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices. El silencio puede llegar a una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede enviciar los días de la juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser considerado, y juzgado, desde un punto de vista moral. Porque el silencio, como la pereza y como la lujuria, es un pecado. El hecho de que sea un pecado común de todos nuestros semejantes en nuestra época, de que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.

Véase Las pequeñas virtudes.