jueves, febrero 10, 2011

V Premio El Príncipe Preguntón de poesía para niños

Como apoyo a la creación literaria y al fomento de la lectura entre los niños, la Diputación de Granada, España, convoca la V edición del premio “El Príncipe Preguntón”. El premio, inspirado en el personaje lorquiano del mismo nombre, se convoca desde 2007, en colaboración con Ediciones Hiperión.
Podrán participar en el premio autores de cualquier nacionalidad, mayores de edad, con un único libro inédito y no premiado anteriormente. El libro será exclusivamente de poesía infantil en idioma español, con una extensión que puede oscilar entre los 300 y los 600 versos aproximadamente.
El premio consistirá en la publicación de la obra seleccionada en la colección Ajonjolí, de la editorial Hiperión, y además el autor premiado recibirá 3.000 euros. Se recibirán trabajos hasta el 25 de febrero de 2011 inclusive.
Bases
1. Podrán participar en el premio autores de cualquier nacionalidad, mayores de edad, con un único libro inédito y no premiado antes en certamen alguno. Quedan excluidos los ganadores de anteriores convocatorias.
2. Pueden concurrir exclusivamente libros de poesía para niños escritos en español.
3. Las obras se presentarán por quintuplicado, mecanografiadas a doble espacio, escritas por una sola cara en formato A4 y debidamente encuadernadas. Su extensión puede oscilar entre los 300 y los 600 versos aproximadamente. El participante deberá remitir, junto a su obra, sus datos personales: una breve nota bio-bibliográfica, fotocopia del DNI o pasaporte, domicilio, teléfono y correo electrónico.
4. La convocatoria queda abierta desde la fecha de publicación de estas bases hasta el día 25 de febrero de 2011 inclusive. Los originales irán dirigidos al Excmo. Sr. Presidente de la Diputación de Granada. Podrán enviarse por correo o entregarse en el Registro General de la Diputación de Granada (calle Periodista Francisco Barrios Talavera, 18014 Granada) o presentarse en cualquiera de las otras formas previstas en el artículo 38.4 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común. En su exterior deberá constar claramente que optan al IV Premio de poesía para niños El Príncipe Preguntón. No se admitirán originales enviados por correo electrónico. Se entenderán dentro de plazo los recibidos antes del 26 de febrero de 2011 o aquellos cuyo matasellos de Correos sea anterior a esa fecha.
5. El jurado del premio estará formado por cinco miembros y será presidido por el titular de la Diputación de Granada o persona en quien delegue. Formarán parte de él personas dedicadas al mundo de la cultura.
6. El premio está dotado con 3.000 euros y la publicación de la obra ganadora en la colección Ajonjolí, de la editorial Hiperión, que se encargará de la difusión y distribución del libro como parte de su catálogo. El premio puede ser declarado desierto. El fallo del jurado se hará público el día 5 de mayo de 2011 y se comunicará personalmente al ganador.
7. Los originales no seleccionados podrán ser retirados en la sección de Publicaciones (plaza de Mariana Pineda, 10, 4º, 18009 Granada) entre los días 20 de mayo y 29 de julio de 2011, plazo a partir del cual la Diputación de Granada procederá a su destrucción.
8. El hecho de concurrir a este premio significa la aceptación de sus bases. El fallo del jurado es inapelable. Todas las incidencias no previstas en estas bases serán resueltas por la Junta de Gobierno de la Diputación de Granada o por el jurado cuando éste quede constituido.
Para mayor información dirigirse a:
Diputación de GranadaDepartamento de PublicacionesPlaza de Mariana Pineda, 10, 4º18009 GranadaTel: (34) 958 402 803Email: almacenpub@dipgra.esWeb: www.dipgra.es

miércoles, febrero 09, 2011

Eduardo Mileo: Poemas de pintores


Noche oscura del alma
(Hieronymus Bosch, 1450-1516)


Voy a romper el hechizo
que me separa como un vidrio
de mis ojos.
No es necesario ver.
Pero yo veo
en las astillas la infancia castigada,
los ojos de un caballo
que murió de no andar.
Érase una vez
y ya no es nada:
reliquias
en un cofre encerradas para siempre.
Pero yo continúo
como un ángel en sus cuitas con Dios
con el amor que llamo Dios
y está dormido.

He recibido un insulto:
analfabeto.
Así han querido pagarme mis cabras.
Pero yo estoy aquí
con mi diluvio
y mis encarnizadas actrices
y mis duelos.
No consagro mis ojos a las brasas.
Y no me aparto de ellas.
Temo al sueño liviano.
Al silencio
que se arropa conmigo cuando duermo.
No es necesario ser así.
Tener razón.
Mentir
para que no se juzgue a la verdad.
Pero vivimos a tientas:
un instante y nos vamos.
Yo desearía un poco más.

Hace frío en este cuarto.
La chimenea huele a polvo viejo.
Entre los libros del anticuario hay una hendija de luz.
Ya ni el temor
es mi enemigo.

*

Fiesta
(Peter Brueguel, 1525-1569)


Hoy mataron un puerco.
Trozaron
la carne involuntaria
entre risas
y festejados insultos.
Esos hombres poseen
una felicidad muscular.
Y son harto expresivos
en la sangre tintos.
Una mujer ha llegado
con víveres
hasta la prieta cabaña
donde ya acicalados
la esperan entre aplausos.
La mujer sonríe.
Deja
los amorosos recados
sobre la mesa
y se marcha segura
meneándose
para esquivar la inquietud de los ojos.
Los hombres han sabido trabajar
y reciben la comida
con beneplácito.
Todos a un tiempo hablan
se chacotean disputando
las deseadas porciones.
Sus pesados
aunque ágiles brazos
manejan
con destreza el cuchillo.
Corre la vida por las gargantas:
la sangre amada del Señor.

*

Sombras de pájaros
(Vincent van Gogh, 1853-1890)


Enfermé
por no poder seguir mi movimiento.
Mi madre me miró con la piedad
de sus ojos hechos para el fuego.
Aquí estoy tranquilo.
Pienso en los jardines
que ella cuidaba,
en sus sábanas que huelen a sol.
Hacen así las lavanderas
y lo que queda se lo lleva el río.

Recibo cartas,
alguna bebida que me traen
las enfermeras piadosas.
Bebo viendo a mi madre
leer tras la ventana.
Afuera hace frío y pinto soles.
Las lavanderas lavan
una luna que cayó en el río.

Mi madre me dio un hermano:
mi sombra necesaria.
Temer y amar es mi destino.
Ordeno mis tijeras
en la mesa de luz
como sombras de pájaros.

Partiré.
Pero tendré que llegar a la partida.
El cielo es un océano con ojos.

*

Los ojos de la pasión
(Joseph Turner, 1775-1851)


Vuelo sobre vientos.
Soy de una libertad tangible.
Me parió una tormenta
y me destruye como a un barco.
Soy macizo en el mar
como la niebla:
hendido
por el humano rayo de la luz.
Pasión:
cuántos ojos se apagan en tu nombre.

Siento envidia de esa planta
que lleva
sus hojas al calor del sol.
Indiferente a la vida
que a su lado crece
crece
en su propia vida.
Pinto el mar porque tengo
nostalgia de la tierra.

Me parió una tormenta y me destruye
como a un barco.

*

Mutilaciones
(Frida Kahlo, 1907-1954)

Oh, Paraíso.
Pesadilla de la vigilia.
No soy yo quien te invoca
sino las tímidas
criaturas del placer.
Una boca de pez
en un cuerpo de acróbata.
¿Eso eres?
¿Quién soy?
Madera navegante
podrida por la sal.

Trenzan unas niñas
sus bucles de crepúsculo.
Sus cuerpos apenas
desnudos por la sombra,
dormidos
en su reciente despertar.

Estamos excluidos,
sueño mío. Lo cercano no puede
rozarse con un dedo.

Mi destino es hablar para la fruta.
Pero siento que el agua
se estanca dentro mío.
El aire.
La sangre.

Oh, sueño mío,
resiste.

*

Aullidos
(Edvard Munch, 1863-1944)

Del otro lado de la calle
se escuchan todavía
los gritos.
Una sirena
le pone música
a la distancia.

Casi todos
los días
lo mismo:
el silencio no para
de sonar.

Pero esos gritos
hoy
y la sirena,
el estilete entrando en la garganta.

No es universo
todavía
mi angustia.
Pero siento ya el campo
sembrado.

* Eduardo Mileo (Buenos Aires, 1953). Editó los libros Quítame estas cruces (1982), Tiendas de campaña (1985), Dos épicas (junto a Alberto Muñoz, 1987), Puerto depuesto (1987), Mujeres (1990; 2ª edición, 2005), Misa negra (junto a Alberto Muñoz, 1992), Poema del amor triste (2001), Poemas sin libro (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 2002), Muro con lagartos (2004) y Poemas del sin trabajo (2007) Junto al compositor Raúl Mileo, ha editado los CD de canciones A boca de jarro e Irala, sueño de amor y de conquista. Integró la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA).

martes, febrero 08, 2011

Armonía Somers: El hombre del túnel

Iba saliendo de aquel maldito caño -un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera- cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá más remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mí tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoíris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbaraté, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mí desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenía la misma ramita verde de diez o doce años atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones- habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
-Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con esta estúpida rendición de noticias:
-Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó tomándose confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría qué conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mi aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus fabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venía la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia atrás los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarle limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de siempre -farfullé- la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por sí como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarlos para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
-¡Sí! -grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros sí más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la invención de las siete caídas -alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.
*De La calle del viento norte. Todos los cuentos 1953 - 1967.

Juan Carlos Onetti: Bienvenido Bob

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.
Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente -yo estaba de pie recostado contra el piano- empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me miró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "¿Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club -recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo- porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años -le dije- eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos -dijo-, no terminaría en la noche".
"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "Usted puede equivocarse -le dije-. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no -dijo rápidamente-, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparato de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero -decía también- tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa -la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio-, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.
Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.
Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada -ni Inés- podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.
Ahora hace cerca de un año que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron -hoy se llama Roberto- comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado que cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el sitio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acompañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.
Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.
No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.

Leopoldo Brizuela: La isla de Waichai

Acto I
La isla de Waichai

En el extremo sur del archipiélago de Tierra del Fuego, casi tan al sur como puede irse en este mundo, existe una isla pequeña, rocosa y desolada, que los marinos llaman “la isla de Waichai”.
La isla se halla en el choque de dos océanos. Desde los acantilados del este, que azota el Atlántico, una ría estrecha se abre paso hasta la ensenada diminuta en donde, al amparo de tres colinas y a orillas de un arroyo, se alza una única construcción. Con su casita de madera montada sobre pilotes, su barracón detrás y su capilla, parece apenas uno de los tantos refugios con que los imperios marcaban sus confines y a los que ni un siglo entero de abandono y tempestad ha logrado volver menos acogedores. En los larguísimos inviernos, la ensenada es como un cuenco de nieve donde toda tormenta se apacigua; en la primavera temprana, cuando aquello que no es piedra es rama seca, se asemeja a un nido inmenso a la espera de las primeras bandadas.
En torno de la “Hostería” hay hitos y carteles que recuerdan la época mítica en que navegantes de todas las naciones, impulsados por un único sueño, pasaban por aquí rumbo al Cabo de Hornos. Pero hoy son pocos los viajeros que hacen noche en la isla y esperan la goleta que cada tanto llega desde Ushuaia para internarse en el laberinto de islas y canales. Waichai, su único habitante y virtual propietario, es uno de los últimos sobrevivientes de las tribus diezmadas a principios de siglo, y los viajeros suponen, por lo demás, que ha de preferir su soledad a la compañía de cualquier “hombre del norte”. Y sin embargo, cuando un bote es arriado de algún buque, aquel indio viejísimo sale renqueando de la casita, se planta en la playa y con la típica postura del vigía otea como si esperara una visita de importancia extrema.
“Sucede, quizás”, suponíamos nosotros mientras nos acercábamos remando entre las barrancas de roca, “que la vejez o la enfermedad lo han hecho desear la compañía de sus antiguos enemigos. O tal vez”, pensamos cuando al fin nuestro bote encalló sobre el colchón de turba y Waichai llegó a tirar vigorosamente de la proa para acarrearnos hasta la arena seca, “que si la edad lo obliga a desandar su memoria, ha de sentirse hermanado con los extraños visitantes de estos días, gente que no se interesa por el presente más que para leer pasado en él: naturalistas, paleontólogos, exiliados o, como nosotros, buscadores de historias”.
En verdad, desde que pusimos pie en tierra firme su actitud fue cordial pero parca, como si hubiera reconocido en nosotros una urgencia que era imprescindible respetar. Sin una palabra nos guió a través de un jardín recién sembrado y nos hizo entrar en la casita; encendió un candil exiguo, puso la mesa austeramente y nos sirvió la cena según la expeditiva costumbre de a bordo: revuelto de cornead-beef, papa y cebolla y un generoso botellón de snap; tomó mantas y sábanas de una estantería y por fin nos dejó solos en aquella penumbra, como si quisiera que los propios objetos de la casa nos contaran su historia, la increíble y triste historia que hasta ahora sólo han contado las leyendas y que yo ahora quiero narrar en este libro.
El snap, dicen los marinos, es el remolcador de la nostalgia, y cediendo poco a poco a la borrachera fuimos comprobando que el ámbito era pequeño y a la vez infinito, vasto y a la vez irreal, como si se tratara del desván de las ciudades que añorábamos, el depósito de los materiales disímiles con que alguna vez se formó la pesadilla de la historia. La alfombra sobre la que nuestra mesita se bamboleaba nos reveló de pronto rayas transversales que sólo podían ser las de una cebra; la pared que rozamos con el respaldo de la silla resultó ser un antiguo panel de utilería que representaba el balcón de un castilo medieval. Comenzaba a atardecer, y los últimos rayos de sol descubrieron junto a la única ventana una vitrina polvorienta dispuesta con tal arte que no pudimos menos que acudir y preguntarle.
En el estante superior, entre piezas de platería y porcelana grabadas con el escudo de una familia noble se abría un antiguo libro de actas atestado de fotos, recortes de diarios, manuscritos. Un daguerrotipo amarillento nos devolvió la primera imagen que tuvimos del lugar —la ría entre barrancas, las tres colinas, el arroyo exiguo— pero con todas sus construcciones recién terminadas; y en el centro, rodeadas de una multitud de niños indios, dos mujeres sonreían abrazándose por los hombros. Un amarillento panfleto del Ejército de Salvación describía la función benéfica que el FAMOSO CIRCO INGLÉS THE GREAT WILL brindó en la Plaza de Toros de Valparaíso el 1° de agosto de 1914; y entre una larga guirnalda de retratos de actores y artistas de variedad se destacaba la foto de una mujer extrañísima, vestida al exacto modo de aquellos niños nativos: arco, flecha y una larga túnica de piel de guanaco. La portada de una Revista del Museo de Ciencias de La Plata mostraba una cuadrilla de hombres armados al que un viejo les señalaba el horizonte del desierto patagónico; era Sir Julius Stephen, el famoso cazador de indios. Por fin, al pie de una crónica titulada NAUFRAGIO FANTÁSTICO, un dibujo en tinta mostraba un montón de marineros señalando, desde la cubierta de un acorazado, la superficie del mar; y allí, congelado en el centro de un iceberg, como esas flores perpetuamente abiertas dentro de un pisapapeles de cristal, un típico elefante de circo con su gema en la frente, su solideo y su montura de borlas.
Los días son tan cortos en las islas, dicen los marinos, que cae la noche antes de acabar cualquier faena: mucho antes de empezar a armar el rompecabezas de aquella historia, también a nosotros la penumbra nos había rodeado por completo. Una extraña incomodidad nos invadió. El candil se había agotado hacía rato y un viento lúgubre silbaba entre los pilotes de la casita, hacía cimbrar las paredes de madera y se colaba por sus muchos intersticios un frío tan intenso que nos hizo desear de pronto el abrigo prometido por Waichai. Tanteamos la penumbra en busca de la puerta por la que el indio había salido, la empujamos con el hombro para vencer la oposición del viento y entonces, como una encarnación de nuestras más secretas fantasías, encontramos lo que nunca hubiéramos esperado.

Aquella puerta daba a un traspatio casi completamente en sombras, salpicado de manchas blancas que en un principio confundimos con montoncitos de nieve. Y a pesar de que el viento se volvía allí casi doloroso, Waichai se hallaba en lo alto del umbral del barracón de enfrente, mirando por encima del techo de la casita un punto fijo del cielo. La certeza repentina de que todo era parte de un rito, algo así como esa oración que los musulmanes rezan cada anochecer de cara a la Meca, nos impidió llamar su atención; y sólo cuando nos acercamos a él descubrimos que eso que miraba no era sino el Faro del Fin del Mundo, recortado como un tótem contra el rojo del anochecer y alrededor del cual giraba alborotada una aureola de bandadas. El faro aún no se había encendido, y la propia espera de su luz nos sugirió que Waichai no sólo veneraba aquella imagen sino que, como nosotros mismos, le hacía preguntas... y que quizás no volvería a recordarnos hasta que su dios le respondiese.
Perplejos, sólo atinamos a sentarnos dos o tres escalones más abajo. Y cuando así, casualmente, bajamos la mirada, descubrimos que esos manchones blancos en el piso eran en realidad una cincuentena de lápidas, casi todas sin cruz ni nombre y tan pequeñas que no podían ser sino de niños. Bajo una de las ventanas, la luz de hogar que llegaba desde adentro nos permitió distinguir la inscripción de la tumba más grande.

Lady X
Condesa de Broadback
1872 - 1949
The Tempest, 1, 2, 15 - 16

Dicen los marinos que el Faro del Fin del Mundo es el punto más lejano del sur al que llegan las bandadas en sus migraciones, y que es allí donde reciben, en un lenguaje que sólo ellas pueden entender, las instrucciones para desandar su camino. Y fuera porque su movimiento circular se había contagiado al interior de nuestra mente; fuera porque también nosotros habíamos recibido de ellas una instrucción, cuando cerramos los ojos y vimos las tumbas tatuadas en el interior de nuestros párpados, ellas mismas empezaron a girar en torno a un único punto de oscuridad, como palabras que se arremolinan antes de formar una frase. Y aunque presentíamos una larga historia de tragedias, no pudimos menos que acogerlas, soñando con que nos llevaran de vuelta al norte añorado.


*De Inglaterra...
**Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963). Narrador, poeta, periodista, docente. Publicó Tejiendo agua, (Premio Fortabat de Novela 1985), Inglaterra. Una fábula (Premio Clarín novela), El placer de la cautiva (2001, nouvelle), Los que llegamos más lejos (relatos, 2002), Fad (poemas, 1995) dos libros de reportajes y varias antologías sobre el oficio de narrar. Otras de las distinciones que obtuvo son: Premio Edelap de Cuento, en 1996, y Premio Konex diploma al Mérito en la categoría “Cuento quinquenio 1999-2004”, en el 2004. Desde 1987 da clases de escritura creativa en forma particular y en organizaciones no gubernamentales. Coordinó durante diez años el taller de escritura de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Es colaborador habitual de Clarín, La Nación y Página/12.

viernes, febrero 04, 2011

Francis Ponge: La naranja

Extractamos de la siguiente dirección -ttp://losporquesdelarosa.blogspot.com/2011/02/traduccion-de-lorange-de-francis-ponge.html, esta hermosa traducción de ponge. Gracias al poeta Alejandro Mendez por haberlo publicado en facebook.


Traducción de L'orange de Francis Ponge
La naranja
Al igual que la esponja, la naranja aspira a recobrar su compostura tras pasar por la prueba de haber sido estrujada. Pero si bien la esponja lo consigue siempre, la naranja jamás, porque sus células ya estallaron, sus tejidos ya se desgarraron. Mientras externamente va de a poco recobrando su forma gracias a su elasticidad, un líquido de color ámbar se ha derramado, acompañado de un frescor y de perfumes suaves, es verdad, pero también a veces de la amarga conciencia de que han sido expulsadas precipitadamente sus pepitas.
¿Hay que tomar partido entre estas dos maneras de soportar la opresión? La esponja es puro músculo, y se llena de viento, del agua limpia o sucia, según el caso, y esta gimnasia es innoble. La naranja es más refinada, pero demasiado pasiva -y el sacrificio perfumado… es en verdad hacerle las cosas demasiado fáciles al opresor.
Pero no es suficiente para hablar de la naranja el haber recordado su manera específica de perfumar el aire regocijando a su verdugo. Es necesario destacar también el glorioso tono del líquido derramado que, mejor que el jugo del limón, obliga a la laringe a abrirse generosamente para decir la palabra y para tomarlo, sin muecas aprensivas, sin rispidez en las papilas gustativas.Y uno se queda sin palabras para contar la admiración que despierta la envoltura de la tierna, frágil y rosada esfera en este espeso papel secante húmedo en el que la epidermis extremadamente fina pero muy pigmentada, hirientemente sápida, tiene el punto justo de rugosidad que permite retener dignamente la luz sobre la forma perfecta de la fruta.Pero al final de un estudio demasiado breve, hecho lo más rotundamente posible, es necesario ir al grano: la semilla, parecida a un minúsculo limón, tiene el color de la madera blanca del limonero, y por dentro es de un verde de arveja o de brote nuevo. Y allí se puede reencontrar, detrás de la explosión sensacional del farol veneciano de sabores, colores y perfumes que es la esfera frutada en sí misma, la relativa dureza y el verde (no desprovisto por cierto de sabor) de la madera, de la rama y la hoja: un resumen pequeño pero que ciertamente es la razón de existir de la fruta.

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Baldomero Fernández Moreno: dos poemas


La torre más alta


«La torre, madre, más alta
es la torre de aquel pueblo,
la torre de aquella iglesia
hunde su cruz en el cielo.


“Dime, madre, ¿hay otra torre
más alta en el mundo entero?»
«Esa torre sólo es alta,
hijo mío, en tu recuerdo.»



Barrio característico


Una pereza gris de mayorales
se dobla vulgarmente en las esquinas.

Abren su boca negra y pegajosa
los almacenes y las fiambrerías.

Enfrente, en un portal, un viejecito
mesa sus barbas blancas y judías,

junto a cuatro paquetes de cigarros
y un par de números de lotería.

Fachadas de ladrillos,
cercos de cinacina…

Es hermoso, de noche,
ver huir, calle abajo, los tranvías,

con un polvo de estrellas en las ruedas
y en la punta del trole una estrellita.


*Baldomero Fernández Moreno (Buenos Aires 1886-1950). Su soneto más recordado es "Setenta balcones y ninguna flor".

jueves, febrero 03, 2011

Tatiana Oroño: De La piedra nada sabe


Tejidos

Alguien me enseñó a tejer con bolillos y aprendí. En un patio con glorieta, fuente de azulejos moriscos y tuberías rotas. La labor consistía en ir siguiendo el dibujo del modelo en papel pinchado sobre una almohadilla alargada con varios hilos en cuyas puntas, atados, los bolillos sonaban, al chocar entre sí, con minúsculo zapateo. La almohadilla estaba acostada sobre una especie de cama de muñecas. No era una cama, se llamaba escalerilla. Con ella en la falda aprendí a pasar de un lado a otro los trémulos garrotes que al irse entrecruzando iban trabando un tejido arborescente. Mi instructora lo remató. La labor calada sin gancho de aguja era fruto de un juego al aire libre, resultado de un baile de pequeños zuecos de boj.
...
Encaje de Brujas

En mi familia éramos laicos, gente sin fiestas de comunión ni bautismos, ni esa ilusión de vestidos blancos que compartían los demás. Pero a los 7 años sentí el llamado de la fe. Con la punta de los dedos eché mano a un panadero a la deriva. Porque sabía que si arrancaba la semilla, un pan diminuto invaginado en el pompón ingrávido, podría pedir un deseo. Pedí que mi padre volviera y riera ella, porque una madre sin risa es algo complicado. Lo dejé en el aire y ahí quedó, en suspenso, indeciso. Soplé para que se llevara el pedido a destino. Que no podía ser otro que la buena voluntad de Dios. Quien tenía que estar de mi parte.
Años después escribí un nombre de varón en un vidrio empañado. El vidrio era casi tan alto y ancho como la pared. Afuera, de noche. En la superficie condensada de frío desnudé letras que desquitaban del impredecible futuro calando en el cielo la escritura bordada por la punta del dedo. Estoy segura que los poderes puestos en obra por aquel conjuro eran de naturaleza inviolable. Puse al cielo en función indeleble de papel de calco. Así se golpea, comprendí, a las puertas del corazón de la misericordia. Desde adentro de esta casa triste y con un solo dedo grabar un nombre en la memoria del cielo es caer de rodillas sin doblarlas.
Años después el hijo la llamaba por teléfono desde el exilio en México. Ella me dijo por qué mantenía durante todos esos años el jardín con tanta pulcritud de podas, injertos y trasplantes, el año entero con la espalda doblada. Cuando me confió que trabajaba para que el día que él llegase lo encontrara todo lindo, como siempre, entendí.
También actúo así. Parecido. No vendrá nadie en Navidad. Pero estrené el mantel amarillo. Tapé el pan dulce con la servilleta bordada en España. Tampoco fue usada nunca.
Dos piezas labradas con el arte del encaje de Brujas.
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Con la suerte de un huevo crudo

La vida fue partida como un huevo crudo y así se inauguró mi segunda infancia. Lo incierto me esperaba como a un huevo desvalido, tras un golpe seco. Despojado de su cáscara y forma ovoide y en instantes, sin que él pudiera prevenirlo, también de su carne de agua viva.
Una yema rolliza me quedó atrapada en un lugar.
Más inteligente que un huevo me aferré a lo mío antes que los filos de cualquier herramienta rasgaran la última membrana de lo que quedaba.
Desde entonces pensé, con la imaginación de un huevo, que la vida probablemente consistiera en pasar por eso. Primero un tanteo suave para asegurarse, y un golpe seco que divide la cáscara en dos cuencos pronto vacíos.
Los cuencos han sido vaciados de su cristalino por una costumbre ciega.

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El martirio del agua

A los veinte y pico, la vida había vuelto a partirse.
Él había dicho que creía estar enamorado de otra. Y en respuesta la vida la había hecho pararse e irse a controlar la cartilla de horarios del suero y los inyectables.
No dejes que te roben el alma – le advertía el abuelo a la madre de la niña enferma. Y la advertencia dejaba claro que todo lo demás no dependía de uno. Te podían robar el cuerpo.
Ella tanteaba buscando el tesoro. El alma. Con las uñas roídas. Los dedos arrugados como pasas de uva.
Podía estar en aquella hoja húmeda donde se habían diluido las palabras escritas. Reescribía el papel hinchado con distintas frases enteras o rotas, o las mismas, repetidas muchas veces, mientras lo miraba sin tocarlo. Ellas se adherían y se despegaban. Eran consignas, palabras de amor, libros enteros, pancartas, pasacalles. Declaraciones de derechos. Reflexiones filosóficas. Anotaciones al margen. Notas al pie. Se mostraban en el papel como se muestra el visado de un documento, como se atestigua identidad en una aduana. Se mostraban y desaparecían. El papel tenía cuerpo. Un cuerpo blando embebido. A él podían asomarse ediciones enteras, de todos los tiempos
Ante un cuerpo se puede imaginar. Ante un cuerpo sobreviviente al martirio del agua imaginar es inevitable.
Los libros que les habían sido robados avanzaban en líneas que recordaban cada una su lugar, en capítulos enteros capaces de reagruparse por su fuerza de cohesión, por la memoria localizada de cada una de sus mínimas partes. El alma de la literatura transitaba por la hoja borrada con unanimidad de movimientos, multitudinaria, organizada. A ritmo de aeropuerto.
Y aunque hubiera transmigrado el alma de la revolución también hundía su huella en el papel donde habían naufragado las palabras que se habían vuelto ilegibles.

...

Estación Central

Cuando íbamos a viajar, una vez por año, el día empezaba de noche. Madrugábamos y las cosas entraban a los ojos más llenas de luz. De una luz más levantada y potente, con refracciones que inundaban el comedor y se multiplicaban en los rincones iluminados a deshora. En las tazas del desayuno apurado bajo luz artificial rebotaba el chorro de agua. Anómalo. Subíamos con los sentidos encandilados en el taxi a oscuras. Nos dejaba en la Estación Central. Por cualquier entrada se desembocaba en el hall que atravesábamos como si supiéramos que el cielo sólo aclararía después de haber subido en penumbras al vagón. Y sólo amanecería, con olor a tierra, cuando el tren partiera. Mientras tanto el cielo esperaría. Caminábamos en dirección a la boletería como si nos reabsorbiera la inmovilidad del sueño. La extensión nos bebía los pasos. El vendedor daba pasajes recortado en la ventanilla de barrotes de bronce siempre lejana. Caminábamos en el tumulto de los viajeros sumergidos en el tamaño inabarcable del viaje.


*Poeta y narradora uruguaya (San José, Uruguay, 1947). Publicó diversos libros.
**Los textos que se transcriben están incluidos en su libro La piedra nada sabe.

Fredy Yezzed: La sal de la locura

Es uno de esos hombres y mujeres que vagan como fantasmas por pasillos y patios, que se hacinan en celdas y salas, uno de esos hombres y mujeres sin rostro que habitan el cementerio viviente de un hospital psiquiátrico. Adentro soy yo y mi propia imagen. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro, dice Ariel Müller, personaje central de la inquietante travesía que nos propone Freddy Yezzed, el autor de este libro.
Movidas por una fuerza irreductible, las palabras de Müller resuenan como los huesos de las hojas secas al ser pisadas. Tal la sutileza y también la intensidad que las anima en su desesperado discurrir (Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma). Son palabras cuya precisión hace doler, y cuya pérdida por obra del olvido convierte al silencio en una materia tan letal como el filo del ala de una mariposa.
Acaso consciente del desafío que implica internarse en el camino “más alto y más desierto”-y esta vez son de Jacobo Fijman las palabras-, Fredy Yezzed altera la escena de representación poética tradicional, jugando al límite sus recursos: desde la impecable composición que lleva a cabo de su alter-ego Ariel Müller (véase la función que cumple en este sentido la inclusión del prólogo en este libro), hasta la acertada elección de la forma del poema en prosa, permiten traducir con fidelidad los movimientos, elucubraciones, ensueños y obsesiones de una existencia atravesada por la noche más oscura del alma.
Decir de ese dolor la verdad: acaso sea ese el mayor logro de La sal de la locura.
María del Carmen Colombo*

POR ACCIDENTE he pasado hoy la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: ¡había olvidado cómo era mi rostro! Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.
Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.



HAY UN HOMBRE en el jardín al que he llamado El perplejo de las lilas. Desde la madrugada se arrastra con su bata blanca como una rata enferma. Camina por las orillas de las paredes con un afán asustadizo. Cuando lo interrumpen en su camino se exalta, se lleva las manos a la cabeza y gruñe de una forma maligna. Baja las escaleras apoyado como un niño parapléjico. Desde muy cerca se puede apreciar una insólita mueca de malestar que se va tornando, poco a poco, mientras se acerca a las lilas, en una risita mongólica.
Frente a las lilas lo invade la infección de la felicidad. Brinca y levanta los brazos de una manera grotesca. Luego cae extenuado como la tristeza del plomo. Acerca su nariz a cada uno de los racimos de lilas. Las aspira como llenando sus pulmones con milagros. Entonces la luz las roza con su lengua y, una a una, las lilas van abriendo sus párpados. En sus alucinaciones o en las mías vemos una especie de insecto que quiso ser hada abrirse o aletear. El hombre es sacudido a ramalazos una y otra vez por la belleza. Por el movimiento insólito de la tierra. Por las pruebas de existencia que Dios nos revela ante nuestro asombro.
Nadie sabe cómo se llama aquel hombre. Yo lo miro desde lejos y me digo: El perplejo de las lilas.



LA SOLEDAD AQUÍ sólo remite a una pena: la idea de haber nacido en ninguna parte y de caminar a ningún lugar. En las tardes decenas de inciertos caminan por horas alrededor de la fuente. Sin saberlo, siempre en contra de las manecillas del reloj: siempre sin saberlo con el deseo de desdoblar el tiempo. Los miro amarrado a una columna. Me arrastra ese remolino humano. Ese ojo miope de Dios. Van todos detrás de un recuerdo grato: el chillido de las gaviotas junto al mar, el trabajo humilde de los hombres en el puerto, ese gorrión que salvaron de la muerte. La fuente como un huracán va convocando la vida invisible. La fuente va tejiendo ese instante en que la ternura se volvió desgracia.
La fuente como un canto de sirena me arrastra… y yo quiero saberlo todo.



HAY UN TERRIBLE abismo entre palabra y palabra, cuyo fondo es lo que no puedo nombrar. Ellas mienten como las sirvientas que ocultan el vaso quebrado del día. Ellas ocultan por ese miedo a desnudarse, a mostrarse en público con el rostro que no tienen. Las palabras trafican con el desencanto, me alejan del jardín exacto, de lo que aún no ha naufragado. Las palabras me vendan los ojos, me tientan a caminar en la oscuridad, me empujan por las escaleras. Creemos en ellas porque sólo entendemos el pequeño ensueño que arrojan de sus puños. Caen como un polvo en la noche. Suenan como un cuerpo desnudo contra el piso. La impotencia de inventar una palabra que me nombre. La felicidad está en lo que nunca dirán. Las palabras: sogas hechas a la medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia. Ni la tortura ni la espera paciente ni el caso omiso las conmueve. Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma. Quisiera, por un instante, asomar la punta de la nariz al jardín de la palabra noche. Quisiera por un milagro y, entonces, decir de este dolor la verdad.

*Texto contratapa del libro.
*Del libro La sal de la locura (Buenos Aires, 2o10), primer premio de poesía Macedonio Fernández 2010.
*Fredy Yezzed (Bogotá, Colombia, 1979, reside hoy en Argentina). Su segundo trabajo de poesía, El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, ha recibido una mención honorífica del Premio Nacional de Literatura-Poesía 2007 del Ministerio de Cultura de Colombia. Ha obtenido el XII Premio Nacional Universitario de Cuento Universidad Externado de Colombia 2001; el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2003; el Premio Nacional Poesía Capital 2005 y el XXVII Concurso Nacional Metropolitano de Cuento 2006. Es licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad de La Salle y profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana.

miércoles, febrero 02, 2011

Tani Mellado: Aquí no vive nadie

IX

también yo te amaba y masticaba la sombra de tu cuerpo
me acercaba a esa sombra con breve salto
porque también te amaba cuando estabas
y te vaciabas de luz sin preguntar mi nombre
ni por qué te seguía
pero también sabía que aquello era el murmullo
amoroso del que está partiendo
porque te estabas yendo entonces
rodabas
como una máquina infalible que deja en el suelo
unas marquitas como pisadas de perros
diminutos / de loros
como cáscaras de frutas invisibles
que dicen no me olvides
que riega / la niña de la albahaca
y la memoria rodando papelitos en el viento
cuando te ibas por la ruta y te quedabas
pegado a los alambrados / a las matas
no me voy del todo me decías
pero yo veía que la mancha de la luna se achicaba
que la luz era plena en lo oscurito
y me olvidaste nomás entre los ojos
bebiendo la pupila un sueño líquido
de tigre ciego que atrapa el color de la presa
y se le olvida entreabierto el otro ojo
que es árbol del follaje acolchonado
por donde el sol retumba en cada salto
que hacia tu sombra el barranco
me incendiaba.


*(Del libro: Aquí no vive nadie, 2010)
** Luciana A. Mellado. Poeta, investigadora y docente universitaria. Publicó Las niñas del espejo (2006), Crujir el habla (2008) y Aquí no vive nadie (2010). Dirige, junto con Andy Maldonado, la plaqueta de poesía patagónica “Peces del desierto”. Para ver más: blog enlapiznegro.blogspot.com

martes, febrero 01, 2011

Horacio Castillo*: dos poemas

Anquises sobre los hombros

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre
sobre los hombros.
Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.
Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.


La ciudad del sol

Expulsados de la ciudad bajo el cargo de fabuladores,
vamos de un lado al otro, durmiendo ya en cuevas,
ya a la intemperie, y alimentándonos de hierbas y raíces
o con la miel de algún panal hallado fortuitamente.
Han venido con nosotros las mujeres y los niños,
y cuando nos reunimos junto al fuego del atardecer,
sus ojos se vuelven una y otra vez hacia las murallas:
después de todo, allí pasamos parte de nuestra vida.
Pero lo exigía la razón. ¿Cómo podían soportar
que llamáramos a la piedra río, al árbol estrella?
¿Cómo podían soportar que llamáramos al pájaro
magnolia?
Lo exigía la razón. Y ahora, desde aquí,
vemos con tristeza las anchas puertas de bronce,
las altísimas torres doradas por el sol;
y cuando entran o salen las caravanas
los mercaderes describen las mesas y vasos de oro,
los magníficos altares cubiertos de ofrendas,
las armas que colman todos los recintos
y que en el próximo milenio, dicen, incendiarán el cielo.
Lo exigía la razón. Y ahora, como una horda,
vamos de un lado al otro balbuceando nuestra lengua,
hablando el dialecto de una ciudad perdida
que ya nadie comprende. ¿Cómo podían soportar
que llamáramos al fuego pez, al agua paloma?
¿Cómo podían soportar que llamáramos a la rosa
destino,
ellos, los que creen que las bellotas son bellotas?

*Horacio Castillo (Ensenada -La Plata -Prov. de Bs.As., 1934). Poeta y traductor de poesía griega. Publicó, entre otros, los siguientes libros: Descripción (1971); Materia acre (1974); Tuerto rey (1982); Alaska (1993); La casa del ahorcado (1999); Los gatos de la Acrópolis (1998); Cendra (2000).

lunes, enero 31, 2011

Gustavo Adolfo Bequer: Ofelia


Como la brisa que la sangre orea
sobre el oscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías
en el silencio de la noche vaga.
...
Símbolo del dolor y la ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.

El poeta Antonio Preciado en la Argentina

La cita es el martes 1º de febrero a las 19, en el CC. de la Cooperación, Av Corrientes 1543 (Sala Jacobo Laks).
Allí el poeta afro-ecuatoriano Antonio Preciado, realizará una lectura de poesía.
Coordinará: Modesto López. Presentará : Juano Villafañe.
La entrada es libre y gratuita.

viernes, enero 28, 2011

Concha García: Traslado





del poemario ACONTECIMIENTO (Tusquets, Barcelona, 2008)


Hay acontecimiento, pero también pérdida, así es Zahowen
tocando el laúd.

No hay acontecimiento ni pérdida, así es Zahowen no
tocando el laúd.

Zhuangzi

Así comienzan los deshielos en el imperio de la personalidad.
Maria del Carmen Colombo



Traslado
La cocina no es muy grande
se puede echar un vistazo al mar
si te subes al peldaño de la terraza.
La tostadora está mejor cerca
del fregadero. Se lava las manos
en un ejercicio de noble interioridad
parecido a buscar la página de aquel libro
cuando ella era un rincón.




Los aleteos de algunas aves hacen ruido
y llegan hasta la cama, pasan por detrás
de la pared. Después de haber colocado
el cuadro en el ángulo previsto
se ha arrepentido, y es que el halo de luz
que sale de la claraboya no deja que se vea
con claridad el dorso de la mano del ángel.






Ya no hay alacenas, tampoco es que haya
mucho lugar para dejar estos botes de consera,
Habría sido mejor disponer del armario
para otros menesteres, pero debo poner la comida
en algún lugar. Qué lindo día. Si alguien me amara..




Pone la ropa en vertical, que no se bambolee,
el viento va a ser del sur y traerá arena. Si los días
corriesen no tanto, si la dichosa cristalera
tuviese las juntas bien apretadas, si me hubiese
dicho alguien que todo lo que iba a durar
se lo iba a llevar un tonto olvido.., mmm me gusta
pasear de arriba abajo por esta diminuta terraza.






Supongo que habrá tirado los recuerdos,
la cara en forma de sol, el bolígrafo
terminado en un pequeño sombrero de copa
y el termómetro de pared.
La última vez que la vi estaba sola,
yo no la espiaba, no supo nunca
que sólo estaba tres asientos más atrás.





Un apagón repentino en la ciudad
no dejó que viese el final,
yo llevaba una blusa de manga corta
estaba expectante. Me vi doblar la esquina,
luego me fui a un bar, eran las 12.
Tenía que llamar por teléfono.
Había vivido un día poco fantástico,
de esos que se unen a tu tiempo
en forman de liquen, pero son tronco,
una extraña forma entre vegetal
y mineralizada, adherida
sencillamente a una nada.




El sillón no hace su servicio, está demasiado apartado
de la televisión y si quiere ver de cerca las noticias
debe arrastrarlo lo cual es una molestia. De perfil
tengo una sonrisa graciosa. Nada avanza. La cristalería
está en su casa todavía. ¿Habrá tocado alguna copa pensando en mi?
¿Genero pensamientos yo en otro? ¿Puedo disfrutar del sueño
que tuve e interpretarlo mientras meto en la lavadora
cinco kilos de colada? Qué rara alegría.




Existen mil formas de rehacerse
si los posos descansan largos días.
Ponía en el dorso. Al girarla
éramos cinco en la foto.




Me puse a descansar, no quería
que acto alguno me diese ímpetu,
me extrañé del ruido, era insólito
como si se centrifugase la ropa
o una decena de cocteleras
fuesen agitadas al unísono,
todo daba igual,
un montón de puños cerrados,
la quietud del espejo, el ángulo favorito
donde te apretabas los labios,
unos dedos que palpaban otro tacto.




Un cuarto de siglo o treinta años atrás
sobre mi propia vida. Me corta la respiración[1].
Hay que conversar mucho menos bufff cuánto polvo.
Señalar las montañas en el mapa y en sus rugosos relieves
dejar el dedo un rato. Lo único que falta por ocurrir
es que concluya de una vez la tarde. Se verá cuando
no sea necesario descorrer la cortina.



De cuando no paso
la esquina que me aguarda
su sin fin de huecos
tanteando el camino
para no ir en horizontal
una ciudad se antepuso
a la idea de ciudad
me envolvía una gasa de cielo
las mondas de mandarinas
en una mesa eran recuerdo
con color de retrato.
Se vertía agua en un acantilado
las piezas no engarzaban
el remordimiento por el no.
Largo, en el extraño día.

1] - Versos de Philip Larkin de su poema “I have Started to say”.
*Concha García: (La Rambla, Córdoba, España, 1956). Vive en Barcelona. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Es cofundadora del Aula de Poesía de Barcelona, y presidenta de la Asociación Mujeres y Letras. Ha pubicado, entre otros, los siguientes poemarios: Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas (Premio Aula Negra, 1986), Otra ley (1987), Ya nada es rito (1º Premio de Poesía Barcarola 1988), Desdén (1990), Anagrama del acoso húmero (1987), Pormenor (1992), Ayer y calles (1º Premio Gil de Biedma, 1995), Cuántas llaves (1998), Árboles que ya florecerán (2001), Luz de almacén (2001), Diálogos de la Hetaira (20o3), Lo de ella (2008), Acontecimiento (2008), Un brillo del no (2010). En narrativa publicó en el año 2001 Miamor.doc. Su obra ha aparecido en numerosas antologías dentro y fuera de España.

jueves, enero 27, 2011

Alicia Eguren en el blog Poesía y Ramos Generales

En el blog del poeta y compañero marplatense Nando Bonatto Poesias y Ramos Generales
podés leer un poema de Alicia Eguren

R. Magritte


“El poeta que escribe, piensa con palabras familiares, el poeta que pinta piensa con figuras familiares de lo visible. La escritura es una descripción invisible del pensamiento, y la pintura es la descripción de lo visible.” René Magritte







* Imágenes y texto extractados de, Amor Arte, página que desde ya recomendamos.

Conocido por sus ingeniosas y provocativas imágenes, pretendía con su trabajo cambiar la percepción preacondicionada de la realidad y forzar al observador a hacerse híper sensitivo a su entorno. Magritte dotó al surrealismo de una carga conceptual basada en el juego de imágenes ambiguas y su significado denotado a través de palabras poniendo en cuestión la relación entre un objeto pintado y el real. (...)
Realiza sus primeros cursos de pintura en Châtelet. En 1915 comienza a hacer sus primeras obras en la línea del impresionismo. Entre 1916 y 1918 estudia en la Academia de Bellas Artes de Bruselas. Expone por primera vez en el Centro de Arte de Bruselas en 1920 junto a Pierre-Louis Flouquet, con quien comparte un estudio. Tras el servicio militar trabaja temporalmente como diseñador en una fábrica de papel. En 1923 participa con Lissitzky, Moholy-Nagy, Feininger y Paul Joostens de maria florecen una exposición en el Círculo Real Artístico. Su obra del período 1920-1924, por su tratamiento de los temas de la vida moderna, su color brillante y sus investigaciones sobre las relaciones de la forma tridimensional con la superficie plana del cuadro, muestran las influencias del cubismo, del orfismo, del futurismo y del purismo. En 1922 ve una reproducción de "La canción de amor" de De Chirico, que le impresiona profundamente, y a partir de 1926 se independiza de las influencias anteriores y basa su estilo en el de De Chirico. En obras como "La túnica de la aventura" (1926) expresa su sentido del misterio del mundo por medio de la irracional yuxtaposición de objetos en una atmósfera silenciosa. En "El asesino amenazado" (1926), el espacio en perspectiva deriva de De Chirico y de los decorados de los primeros melodramas cinematográficos. En este mismo año se une a otros músicos, escritores y artistas belgas, en un grupo informal comparable al de los surrealistas de París. En 1927 se establece en las cercanías de París y participa, durante los tres años siguientes, en las actividades del grupo surrealista (sobre todo, se relaciona con Éluard, Breton, Arp, Miró y Dalí). Aporta al Surrealismo parisino un resurgimiento del ilusionismo. A diferencia de Dalí, Magritte no usa la pintura para expresar sus obsesiones privadas o sus fantasías, sino que se expresa con agudeza, ironía y un espíritu de debate. En 1928 participa en la exposición surrealista en la galería Goemans de París. En 1930 regresa a Bruselas huyendo del ambiente polémico parisino, y allí pasa tranquilo el resto de sus días. A partir de 1926 el estilo de Magritte, también llamado "realismo mágico", cambia poco; entre 1928 y 1930 investiga las ambiguas relaciones entre palabras, imágenes y los objetos que éstas denotan. En "La perfidia de las imágenes" (1928-1929) retrata meticulosamente una pipa, y debajo, con igual precisión, pone la leyenda Ceci n'est pas une pipe (Esto no es una pipa), cuestionando la realidad pictórica. "El espejo falso" (1928) explora la misma idea: el ojo, como un falso espejo, reflejando las nubes blancas y el cielo azul pintados de forma realista; en este cuadro introduce el tema del paisaje ilusionista, interpretado en clave pictórica, alejado de toda intención naturalista. Magritte explora en toda su obra el problema del espacio real frente a la ilusión espacial, que es el trasunto de la pintura misma. Hace muchas variaciones sobre este tema, quizá la más clara de todas sea "Los paseos de Euclides" (1955), donde muestra un caballete con un cuadro frente a una ventana, a través de la cual se ve un paisaje; la escena pintada corresponde exactamente al fragmento de paisaje sobre el que se sitúa el cuadro, llevando el problema de la pintura, como confrontación naturaleza-ilusión, a la cuarta dimensión. En 1933 hace una exposición individual en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas y en 1936 su primera individual en Estados Unidos en la galería Julien Levy de Nueva York. En ese mismo año su obra está presente en Arte fantástico, Dadá, Surrealismo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En los años cuarenta la obra de Magritte adopta una paleta y una pincelada impresionistas y en 1947-1948 desarrolla sus cuadros llamados fauvistas. La respuesta de la crítica es, en general, hostil hacia estas obras, y Magritte vuelve a su acostumbrado estilo. Son característicos de los años cincuenta los cuadros en los que tanto figuras interiores como paisajes y objetos aparecen convertidos en roca. A lo largo de los años cuarenta expone asiduamente en la galería Dietrich de Bruselas. En los dos decenios sucesivos recibe numerosos encargos para la ejecución de pinturas murales en Bélgica. Desde 1953 expone frecuentemente en la galería Alexander Iolas de Nueva York, París y Ginebra. Se organizan retrospectivas sobre su obra en 1954 en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, y en 1960 en el Museo de Arte Contemporáneo de Dallas y en el Museo de Bellas Artes de Houston. Viaja por primera vez a Estados Unidos en 1965, con motivo de una retrospectiva que el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedica. Durante el año siguiente viaja a Israel. Muere en Bruselas el 15 de agosto de 1967, pocos días después de la inauguración de una importante muestra de su obra en el Museo Boymans Van Beuningen de Róterdam.

miércoles, enero 26, 2011

Thomas Mann: El camino del cementerio


El camino del cementerio pasaba junto a la carretera, seguía siempre a su lado hasta llegar a su destino, el cementerio. Al otro lado de la carretera había en primer término viviendas, edificios nuevos del suburbio, algunos todavía en construcción; y a continuación se encontraban unos campos. En cuanto a la carretera, franqueada por árboles, añosas hayas nudosas, estaba sólo en parte pavimentada, mientras que el camino del cementerio estaba tapizado de guijarros, cosa que le daba un aspecto de agradable sendero. Una pequeña zanja seca, llena de hierba y llores silvestres, separaba la carretera del camino.
Era ya muy entrada la primavera, próximo el verano. El mundo aparecía risueño. El cielo azul del buen Dios estaba poblado de nubecitas blancas, redondas y compactas, salpicado de diminutos grumos, blancos como la nieve, de graciosas formas. Los pájaros gorjeaban en las hayas, y sobre los campos se deslizaba un suave airecillo.De un pueblo cercano se aproximaba un carruaje en dirección a la ciudad. Tuvo que pasar un trecho por la parte pavimentada y otro por la parte no pavimentada de la no pavimentada de la carretera. El carretero dejaba colgar las piernas por ambos lados de la lanza, silbando del modo más desastroso. En la parte trasera estaba sentado, dándole la espalda, un perrito de color amarillento que miraba por encima de un puntiagudo hocico, el camino que se iba esfumando con un semblante indescriptible, serio y concentrado. Era un perro sin igual, una verdadera joya de perro, un perro que le alegraba a uno el alma; mas desgraciadamente esto no viene al caso y debemos volver a nuestro tema.Pasó desfilando un grupo de soldados. Provenían de un cuartel cercano y marchaban silbando a su aire. Un segundo carruaje, que venía de la ciudad, se dirigía lentamente al pueblo cercano. El carretero dormía y en el carro no había ningún perro, por lo que este carro carece de todo interés. Dos jóvenes operarios venían andando. Uno era jorobado y el otro alto como un gigante. Andaban descalzos, pues llevaban sus botas colgadas a la espalda, gritaron alguna cosa con buen humor al carretero y siguieron adelante. El tránsito era más bien regular, sin complicaciones ni incidentes.

Por el camino del cementerio sólo se veía a un hombre; caminaba despacio, con la cabeza caída y apoyado en un bastón negro. Este hombre se llamaba Piepsam, Lobgott Piepsam, y nada más. Mencionamos expresamente su nombre por el modo singular como se comportó.
Vestía de negro porque iba a visitar las tumbas de sus seres queridos. Llevaba un tosco y desharrapado sombrero de copa, una levita desgastada por el tiempo, pantalones que le iban demasiado estrechos y demasiado cortos, y unos guantes negros, raídos de todos lados. Su garganta, una garganta larga, enjuta, con una gruesa nuez, surgía de un cuellopostizo - de bordes raídos - que se deshilaba. Pero cuando este hombre levantaba la cabeza - lo hacía de vez en cuando para ver cuánto le faltaba todavía para llegar al cementerio -, entonces se podía ver un rostro singular, un rostro que, sin duda, no se podría olvidar tan prontamente.

Era un rostro bien afeitado y pálido. Sin embargo, de entre las hundidas mejillas se destacaba una bulbosa nariz, de un color rojo excesivamente encendido y poco natural, repleta en su superficie de una serie de pequeñas protuberancias, tumores malsanos, que le conferían un aspecto disforme y fantástico. Esta nariz, cuyo intenso color contrastaba violentamente con la palidez mortecina de la cara, tenía algo de fabuloso y pintoresco, parecía postiza, como si se tratara de una nariz de carnaval o de una broma melancólica... Pero esto no cuadraba con él... Mantenía la boca cerrada, una boca ancha, de comisuras hundidas, y cuando alzaba la vista, sus cejas negras, con algunos pelillos blancos, se levantaban bajo el ala del sombrero, y entonces se podía ver con toda claridad cuán inflamados y tristemente hundidos eran sus ojos. Sin embargo era un rostro que a veces podía inspirar viva simpatía.

El aspecto de Lobgott Piepsam no era de lo más alegre. No armonizaba con esta risueña mañana. Incluso tratándose de alguien que iba a visitar la tumba de sus seres queridos, resultaba su aspecto demasiado triste. Sin embargo, si uno consultaba su corazón, forzosamente tenía que admitir que existían suficientes motivos para ello. Piepsam estaba un poco deprimido, ¿cómo diría yo...? - es difícil hacer comprender a personas alegres como vosotros una cosa parecida -, era un poco desdichado, había sido un poco maltratado por la vida. ¡Mas ay!, si he de decir la verdad, no lo era sólo un poco, lo eramuchísimo. Era muy desgraciado, sin exageración.

En primer lugar, era dado a la bebida. Pero no hablemos de esto. En segundo lugar, era viudo, huérfano y abandonado de todos; no le quedaba en el mundo ni una sola alma amiga. Había perdido a su mujer - su nombre de soltera era Lebzelt - al dar a luz un niño antes de los seis meses; era el tercer hijo y había nacido muerto. Los otros dos también habían muerto: uno de difteria, el otro de nada en concreto, probablemente de debilidad general. Pero no se acabaron aquí los infortunios. Poco después perdió sus medios de subsistencia: fue desposeído vergonzosamente del empleo con que se ganaba la vida. Y todo esto fue sumándose a aquel vicio, más fuerte que Piepsam mismo. Al principio tal vez hubiera podido atajarlo, pero periódicamente se fue abandonando a él desenfrenadamente. Cuando le fueron arrebatados esposa e hijos, cuando se vio solo en el mundo, sin ninguna clase de ayuda, y sin familia, el vicio se apoderó de él y poco apoco fue quebrando su resistencia espiritual. Había sido funcionario de una compañía de seguros, una especie de copista importante, con un sueldo mensual de noventa marcos.
Sin embargo, en el estado de irresponsabilidad en que se encontraba, cometió equivocaciones garrafales, y tras repetidas advertencias, fue finalmente despedido por su constante falta de formalidad.Desde luego que esto no levantó los ánimos de Piepsam, antes bien le precipitó a la ruina total, pues debéis saber que la desdicha del hombre mata poco a poco su dignidad -es conveniente dedicar un poco de atención a estas cosas -, y por esto le coloca en una situación singular y terrible. De nada sirve que el hombre afirme su propia inocencia: en la mayoría de los casos se despreciará a sí mismo por su desgracia. Ahora bien, el autodesprecio y el vicio se hallan en la más escalofriante relación, van siempre juntos, seayudan mutuamente. Es una cosa terrible. Y esto es lo que pasaba con Piepsam. Se dio a la bebida porque no se estimaba, y cada vez se estimaba menos porque el fracaso continuo de sus buenos propósitos quebrantó su confianza en sí mismo. En un armario ropero solía guardar una botella de un líquido venenoso amarillento - por prudencia nos callamos su nombre -.

En cierta ocasión Lobgott Piepsam había caído literalmente de rodillas ante este armario y se había cortado la lengua con los dientes; no obstantefinalmente sucumbió.. Ciertamente no resulta agradable contaros estas cosas, pero son instructivas. Así pues, iba este hombre por el camino del cementerio, golpeando con su bastón negro el suelo. El suave vientecillo jugaba con su nariz, pero él no lo notaba. Con las cejas completamente alzadas, sus ojos hundidos y tristes miraban el mundo, ¡qué hombre tan mísero y perdido! De repente oyó un ruido a su espalda y se puso a escuchar: desde lejos se acercaba un suave rumor a toda velocidad. El hombre se volvió y se quedó parado escuchando...

Era una bicicleta, cuyos neumáticos rechinaban al contacto con el suelo lleno de guijarros, se acercaba a toda marcha. Pero luego tuvo que disminuir considerablemente su velocidad, porque Piepsam no se movía de en medio del camino.

En el sillín iba sentado un joven, un jovencito más bien, un turista despreocupado. Desde luego, no tenía ninguna pretensión de ser contado entre los grandes y poderosos de este mundo! Conducía una bicicleta de mediana calidad, - no importa de qué marca -, que costaría unos doscientos marcos y había dado buen resultado por casualidad. Y con ella acababa de salir de la ciudad para correr un poco por el campo, pedaleaba como unrayo a través de la inmensa y libre naturaleza del buen Dios. ¡Bien por el chico!, llevaba una camisa de colores, una chaqueta gris, botas de deporte y la gorra más arrogante del mundo: era un ingenio de gorra, de cuadros verdes, con un botón en lo alto. Por debajo de la gorra asomaba un espeso tupé de cabello rubio revuelto, que le caía sobre la frente.

Sus ojos eran de un azul brillante. Se acercaba como la vida y tocaba el timbre; pero Piepsam no se apartó ni un pelo del camino. Permanecía de pie y contemplaba a la vida con rostro impasible.La vida le echó una mirada llena de enojo y se le acercó despacio, al tiempo que Piepsam empezaba a andar de nuevo. Pero cuando ella, la vida, pasó por su lado, dijo Piepsam pausadamente y en tono grave:

- Número nueve mil seiscientos siete.

Luego apretó los labios y se puso a mirar fijamente el suelo a sus pies, mientras sentía sobre sí la mirada de la vida.

La vida se había vuelto. Tenía una mano apoyada en el sillín y conducía despacio.

- ¿Cómo dice? -preguntó...

- Número nueve mil seiscientos siete - repitió Piepsam - ¡Oh!, no es nada. Le voy a denunciar.
- ¿Que me va a denunciar? -preguntó la vida volviéndose todavía más y conduciendo más despacio, de modo que para guardar el equilibrio tenía que apoyarse en el volante...

- Claro - respondió Piepsam a una distancia de cinco 0 seis pasos.

- Pero, ¿por qué? -preguntó la vida y desmontó. Se quedó de pie parecía muy sorprendido.- Sabe muy bien por qué.
- No, no lo sé.
- Pues debería saberlo.

- Pero no lo sé -dijo la vida - ¡y me interesa muy poco saberlo!- Y diciendo esto se dispuso a montar de nuevo en la bicicleta. Verdaderamente no tenía pelos en la lengua.

- Lo denunciaré porque va en bicicleta por aquí, no por allí, por la carretera, sino por aquí, por el camino del cementerio -dijo Piepsam.

- Pero, ¡querido señor! -dijo la vida con una sonrisa de enfado e inocencia, al tiempo que se volvía y ponía de nuevo pie a tierra-.
- Mire usted, todo el camino está lleno de señales de bicicleta... Por aquí pasa todo el mundo en bicicleta...

- Me da igual - replicó Piepsam -, le denunciaré.

- Pues bien, ¡haga lo que le dé la gana! - gritó la vida, y montó en la bicicleta. Esta vez montó de verdad, y no se puso en ridículo fracasando en el intento; se dio impulso una sola vez con el pie, se sentó seguro en el sillín y se puso a pedalear con todas sus fuerzas para recobrar la velocidad que su temperamento exigía.

- Si continúa pasando por aquí, por ese camino del cementerio, tenga por seguro que le denunciaré - dijo Piepsam con voz fuerte y temblorosa. Pero a la vida no le inquietaba demasiado esto; continué pedaleando cada vez a mayor velocidad.

Si en este momento hubierais visto el rostro de Lobgott Piepsam, os hubieseis estremecido de la cabeza a los pies. Apretó sus labios tan fuertemente, que sus mejillas, e incluso su encendida nariz se trasmudaron. Bajo las cejas, levantadas forzadamente, sus ojos seguían el vehículo que se alejaba con expresión de loco. De repente se precipitó tras él. Recorrió en un momento el trecho que le separaba de la máquina, y se agarró a la bolsa del sillín; se asió a ella con ambas manos, se colgó con todo el peso de su cuerpo y zarandeó con todas sus fuerzas la bicicleta que, impulsada hacia delante, iba en zigzag. Y todo esto con los labios apretados de un modo sobrehumano, en silencio y con una mirada salvaje. Quien le hubiera visto, seguramente se habría preguntado si se proponía impedir al joven continuar su camino, o bien si estaba poseído de un inmenso deseo de hacerse remolcar, para subirse detrás de la bicicleta y acompañar al muchacho a dar unas vueltas pedaleando como un rayo por la inmensa y libre naturaleza de Dios..., ¡viva! La bicicleta no pudo resistir mucho tiempo este peso desesperado; se paró, se inclinó y volcó.

Entonces la vida se puso furiosa. Había conseguido levantarse sobre un pie, levantó el brazo derecho y dio tal puñetazo en el pecho del señor Piepsam, que éste retrocedió vacilando algunos pasos.Luego dijo la vida con voz irritada y amenazadora:

- ¡Está usted borracho, hombre! Si se le ocurre detenerme otra vez, le parto la crisma, ¿me entiende? ¡Queda advertido! -Y diciendo esto volvió la espalda al señor Piepsam, se colocó la gorra en la cabeza con un movimiento de indignación y montó de nuevo en la bicicleta. No, realmente no tenía pelos en la lengua. Tampoco esta vez le falló el sistema.

Un solo intento le bastó, se sentó seguro en el sillín y puso en marcha la máquina.
Piepsam veía cómo su espalda se iba alejando cada vez más de prisa.Permaneció de pie jadeante y siguiendo a la vida con la mirada... No se caía, no le sucedía ningún accidente, ningún neumático reventaba, ninguna piedra se le interponía en el camino; la vida saltaba por el camino como si tuviera muelles. Y Piepsam empezó a chillar y a echar pestes -muy bien se le hubiera podido llamar rugidos a aquello, pues no parecía ya una voz humana.

-¡No seguirá adelante! -gritó-. ¡No lo hará! Irá por fuera del camino del cementerio, ¡¿me oye?!... ¡Se apeará, se apeará inmediatamente! Le denunciaré, le demandaré. ¡Dios mío! Si por lo menos te cayeras, si te cayeras de una vez, canalla fanfarrón, te pisaría, con la bota te pisaría la cara, maldito granuja...

¡Nunca se habrá visto cosa semejante! ¡Un hombre maldiciendo en el camino del cementerio, un hombre que vociferaba como un poseso, bailaba de indignación, hacía cabriolas, movía brazos y piernas, y no sabía estarse quieto! El vehículo ya se había perdido de vista, y Piepsam continuaba alborotando en el mismo lugar.

- ¡Detenedle! ¡Detenedle! ¡Monta en bicicleta por el camino del cementerio! ¡Partidle el alma a este condenado mequetrefe! ¡Ay..., ay¡... Si te tuviera a mano, te desollaba, perro, majadero, idiota, fanfarrón, imbécil, ignorante, sietemesino!... ¡Apéate! ¡Apéate ahora mismo! ¿Es que nadie te hace morder el polvo...? ¡Pasear en bicicleta! ¿Dónde se ha visto cosa semejante? ¡Y por el camino del cementerio! ¡Rufián! ¡Sinvergüenza! ¡Mico condenado! ¿Tienes ojos azul brillante, no? ¿Y nada más? ¡Que el diablo te los arranque, ignorante, fanfarrón, ignorante, ignorante...! Piepsam se puso a decir términos imposibles de reproducir, se encrespó cada vez más, y profirió ignominiosas maldiciones con voz cascada, al tiempo que crecía la rabia de su cuerpo. Un par de niños con una cesta y un perro faldero se acercaban por la carretera; treparon por la zanja y rodearon al vocinglero mirando llenos de curiosidad su rostro descompuesto. Los gritos habían llamado también la atención de algunas personas que trabajaban allí cerca en las nuevas construcciones o habían empezado ya a echar la siesta.

Algunos hombres, así como mujeres que trabajaban la argamasa, se acercaron por el camino hacia el grupo. Piepsam, sin embargo, se encolerizaba por momentos, cada vez estaba peor. Agitaba los puños a tontas y a locas hacia el cielo y en todas direcciones, pataleaba, daba vueltas sobre sí mismo, doblaba las rodillas y de un bote se levantaba de nuevo, fatigado de tanto gritar. Ni por un instante dejaba de decir pestes. Apenas si tenía tiempo de respirar, y era asombrosa la cantidad de palabras que salían de su boca. Su rostro estaba terriblemente hinchado, su sombrero de copa se le había caído hasta la nuca, y la pechera le colgaba por fuera del chaleco. Hacía rato que se había puesto a hablar de generalidades y decía cosas que ni de lejos tenían nada que ver con el caso.
Eran alusiones a su vida viciosa y a la religión, proferidas en tono inconveniente y
entremezcladas de descabelladas blasfemias.
-¡Acercaos, acercaos todos! -rugió -. No sólo vosotros, vosotros y los demás. ¡Eh, vosotros!, ¡los de las gorras y ojos azul brillante! Quiero gritaros verdades en los oídos, que os pondrán los pelos de punta para siempre, ¡pobres diablos ... ! ¿Os burláis ¿Os encogéis de hombros?... Yo bebo.,. ¡sí, bebo! Incluso me emborracho, si esto lo que queréis oír. Escuchad, chusma vanidosa, se acerca el día en que Dios nos juzgará a todos... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡ Infieles inocentes...! ¡El Hijo del Hombre vendrá entre nubes, y su justicia no es de este mundo! Os echará a las tinieblas exteriores, a vosotros, razadespreocupada, donde hay llanto y...

El grupo se había hecho más numeroso. Algunos reían, otros le miraban con las cejas fruncidas. Habían llegado más obreros y mujeres de las construcciones. Un carretero había detenido su carruaje en la carretera, se había apeado y con el látigo en la mano se había acercado también atravesando la zanja. Un hombre sacudió a Piepsam por el brazo, pero de nada sirvió. Un grupo de soldados que marchaban por allí estiraron sus cuellos mirando hacia él. El perro faldero ya no podía estarse quieto por más tiempo, descansó sus patas delanteras en el suelo y le ladró en la cara con el rabo encogido.De repente, Lobgott Piepsam se puso a gritar de nuevo a pleno pulmón:

- ¡Te apearás, te apearás inmediatamente, mequetrefe ignorante! -describió con el brazo un ancho semicírculo y se desplomó sobre sí mismo. Yacía allí, repentinamente enmudecido, como un montón negro, en medio de la expectación general. Su sombrero de copa salió disparado, pegó un bote en el suelo y luego se quedó también tendido.

Dos albañiles se agacharon sobre el inmóvil Piepsam y empezaron a discutir sobre el extraño caso, en este tono espontáneo y sensato que tienen los obreros. Luego uno de ellos se puso en pie y desapareció a paso ligero. Los que quedaban hicieron todavía algunos ensayos con el que yacía en el suelo sin sentido. Uno le roció con el agua de una cuba, otro vertió un poco de aguardiente en el hueco de su mano y le frotó las sienes con él. Mas todos los esfuerzos fueron inútiles.
Pasaron algunos segundos. Luego se percibió un ruido de ruedas y un coche se acercó por la carretera. Era una ambulancia, y se detuvo en el lugar: estaba tirada por dos hermosos caballitos y a cada lado llevaba pintada una descomunal cruz roja. Dos hombres de elegante uniforme descendieron del pescante, y mientras uno de ellos se dirigía a la parte trasera del coche para abrir la portezuela y sacar la camilla corrediza, el otro corría por el camino del cementerio, apartaba a los mirones y arrastraba hacia el coche al señor Piepsam con la ayuda de un hombre del pueblo. Fue extendido sobre lacamilla y metido en el coche como un pan en el horno. Una vez cerrada la puerta, los dos hombres de uniforme subieron de nuevo al pescante. Todo esto se hizo con gran precisión, con un par de movimientos hábiles, tris tras, como en un número simiesco de circo. Y, luego, se llevaron a Lobgott Piepsam.