lunes, abril 13, 2020

Álvaro García Linera: Pánico global y horizonte aleatorio


Incorporamos a nuestro blog del amasijo artículos de reflexión acerca de los muy difíciles momentos por los que transita la población mundial en este 2020 de gran crisis y, como se menciona en esta nota, de "angustiosa contingencia del porvenir".




PÁNICO GLOBAL Y HORIZONTE ALEATORIO

Álvaro García Linera [1]

Hemos entrado en tiempos paradójicos propios de una sociedad mundial en transición. Tiempos de inestabilidad generalizada en la que los horizontes compartidos se diluyen y nadie sabe si lo que viene mañana es la repetición de lo de ahora, o un nuevo orden social más preocupado por el bienestar de las personas… o el abismo. La angustiosa contingencia del porvenir es la única certidumbre.
Y es que ahora no estamos ante los azares regulares de la cotidianidad, como por ejemplo, cuando tomábamos un metro para dirigirnos al trabajo y no podíamos prever con quiénes nos encontraríamos en el vagón o si llegaríamos a tiempo. La incertidumbre actual es más profunda, es de destino, porque uno no sabe en realidad cuándo volverá a tomar el metro, si tendrá trabajo al cual dirigirse o, llegado el extremo, si estaremos vivos para entonces. Lo de hoy es pues un derrumbe absoluto del horizonte de las sociedades en la que la aleatoriedad del porvenir es de tal naturaleza que todo lo imaginable, incluida la nada, pudiera suceder.
Un diminuto virus de entre los cientos de miles que existen está llevando a que más de 2.600 millones de personas suspendan sus actividades regulares, que una gran parte de los trabajos con los que la gente reproduce sus condiciones de existencia esté paralizada, y que los gobiernos implementen estados de excepción sobre la posibilidad de desplazarse y agruparse. Un pánico global se ha apoderado de los medios de comunicación y una niebla de sospecha sobre el otro cercano, portador de la enfermedad, quiere encumbrarse en el espíritu de la época.

Las imposturas de la globalización

Y lo paradójico resulta del hecho que en momentos de exaltación de la globalización de los mercados financieros, de las cadenas de suministros, de la cultura de masas y de las redes, el principal cuidado que se despliegue ante una enfermedad globalizada sea el aislamiento individual. Es como una confesión de derrota de esos mercados globales y sus sacerdotes ante la necesaria persistencia de los Estados, la sanidad pública y las familias como núcleos imprescindibles de socialidad y protección. De ahí que resulte hasta grotesco ver a los profetas del libre comercio y del “Estado mínimo” que ayer exigían derribar las fronteras nacionales y deshacerse de los “costosos” sistemas de derechos sociales (salud, educación, jubilación y otros), salir ahora a aplaudir el cierre profiláctico de las fronteras y exigirle al Estado medidas más drásticas para atender a los ciudadanos y reactivar las economías nacionales.
Que la euforia globalizadora como destino final de la humanidad solo se aferre al encierro individual y que la única organización política prevaleciente ante la emergencia de una enfermedad global, resultante del propio curso de la globalización, solo sea el Estado, habla de una farsa sin atenuantes. Algo anda mal en esa paradoja: o bien la globalización como proyecto político-económico fue y es una estafa colectiva para el rédito de pocos o bien las sociedades aún no comprenden las “virtudes” del mundo global, lo que equivale a decir a si la realidad no se acomoda a la retórica, la que está fallando es la realidad y no la retórica sobre esa realidad. La verdad es que no hay respuesta globalizada a un drama global y ahí ya existe una sentencia histórica sobre una época aciaga.
Se trata en definitiva de un descomunal fracaso de la globalización tal como hasta ahora se la ha construido y, sobre todo, del discurso político que la acompañó y de las ideologías normativas que la secundaron.
Claro, si se globalizan los mercados de acciones, pero no la protección social; si se globalizan las cadenas de suministros, pero no el libre desplazamiento de las personas; si se globalizan las redes sociales, pero no los salarios ni las oportunidades, entonces la globalización es más una coartada de unos cuantos países, de unas cuantas personas para imponer su dominio, su poder y su cultura, que una verdadera integración universal de los logros humanos en beneficio de todos.
Se trata de una manera mutilada de globalizar la sociedad que, al tiempo de generar más desigualdades e injusticias, debilita los mecanismos de protección y cuidado creados a lo largo de décadas por los diferentes Estados nacionales.
Hoy vemos que los mercados financieros no curan enfermedades globales, solo intensifican sus efectos en los más débiles; hoy vemos que el libre comercio ha llevado a un retroceso en las condiciones de igualdad similares a las de inicios del siglo XX. Según Piketty, el 1 % de los más ricos de Estados Unidos, quienes el año 1975 llegaron a concentrar el 20 % de la propiedad del total de los activos inmobiliarios, profesionales y financieros, al año 2018 han aumentado su participación hasta en un 40 %, similar al año 1920; hoy sabemos que ninguna institución global tiene la más mínima posibilidad de cohesionar las voluntades sociales para enfrentar las adversidades globales, en cambio el Estado sí lo viene logrando. Es como si la “mano invisible” de Smith no solo fuese inservible para los cuidados de la humanidad, sino más peligrosa que la propia pandemia. Y es que la globalización hasta ahora funciona como un modo de acrecentar ganancias privadas de las empresas grandes del mundo, en contraparte es inútil para promover la protección de las personas.
La actual epidemia no es la primera de carácter global. Ya se han presentado otras desde el inicio del mercado mundial a principios del siglo XVI, durante la colonización de América cuando la viruela redujo entre el 70 y 80 % de la población originaria; luego, en distintos lugares del planeta las infecciones del cólera, de la gripe rusa en el siglo XIX, la gripe española, la gripe aviar, el VIH, recientemente el SARS 1, H1N1 y demás.
Las enfermedades globales emergen de los modos de subsunción formal y real de la naturaleza viva a la racionalidad de la producción mercantil que fracturan los procesos, regulados en la transmisión de enfermedades entre distintas especies animales. Subsunción formal, cuando se presiona a la pequeña economía agraria a internarse cada vez más en bosques y áreas ecológicamente autosostenibles para mercantilizar la flora y la fauna; subsunción real, cuando la producción plenamente capitalista impone ilimitadamente en los bosques modos de trabajo agrícolas extensivos articulados a los mercados de los commodities. En ambos casos la interface entre la vida silvestre y los seres humanos que se regulaba gradualmente durante décadas y siglos a través de la difusión en pequeñas comunidades, ahora se comprime en días o semanas en gigantescos conglomerados humanos, estallando en contagios fulminantes, masivos y devastadores.
Detrás de cada pandemia está una manera de definir la riqueza social como ilimitada acumulación privada de dinero y bienes materiales y que, por tanto, convierte a la naturaleza, con sus componentes de seres vivos e inanimados, en una simple masa de materia prima susceptible de ser procesada, depredada y financiarizada. Es un modo enceguecido de producir cada vez más dinero, pero impotente para producir un modo global para proteger a las personas y mucho menos a la naturaleza. El resultado es un orden dominante de sociedad que no comprende que su compulsiva manera de devorar la naturaleza en el altar de la ganancia es una manera de devorarse a sí misma.
Que los mercados y las instituciones globales ahora se escuden detrás de las legitimidades estatales para intentar contener los demonios destructivos que esta forma de globalización ha desatado es la constatación de un doble fracaso: de las instituciones globales para proponer factibles respuestas globales para proteger la salud de las personas de todos los países; y de los mercados globales para impedir el descalabro económico mundial acelerado por la pandemia.
Al estancamiento económico de los últimos años ahora le sigue la recesión global, es decir, un decrecimiento de las economías locales que va a llevar a un cierre viral de empresas, al despido de millones de trabajadores, a la destrucción del ahorro familiar, al aumento de la pobreza y el sufrimiento social. Y nuevamente los sacerdotes de la globalización, insuflados en su mezquindad, se cruzan de brazos a la espera de que los Estados nacionales gasten sus últimas reservas, hipotequen el futuro de al menos dos generaciones para contener el enojo popular y atemperar el desastre que los arquitectos de la globalización han ocasionado.
Cuando la pujanza global era evidente, ella tenía muchos padres, cada cual más enardecido respecto a la fingida superioridad histórica del libre mercado. Y ahora que la recesión mundial asoma las orejas, ella se presenta como huérfana y sin responsables. Y tendrá que ser el vapuleado Estado el que intente salir al frente para atenuar los terribles costos sociales de una orgía económica de pocos.

Regreso del Estado

Ciertamente asistimos y asistiremos a una revalorización general del Estado, tanto en su función social-protectiva, como económica financiera. Ante las nuevas enfermedades globales, pánicos sociales y recesiones económicas, solo el Estado tiene capacidad organizativa y la legitimidad social como para poder defender a los ciudadanos.
Estamos ante un momento de regresión colectiva a los miedos sociales que, a decir de Elías, son los fundamentos de las construcciones estatales. Pero por ahora solo el Estado, bajo su forma integral gramsciana de aparato administrativo y sociedad civil politizada y organizada, puede orientar voluntades sociales hacia acciones comunes y sacrificios compartidos que van a requerir las políticas públicas de cuidado ante la pandemia y la recesión económica.
Bajo estas circunstancias, el Estado aparece como una comunidad de protección ante los riesgos de muerte y crisis económica. Y si bien es cierto que el destino de muchos ha de depender de la decisión de pocos que monopolizan las decisiones estatales, y por eso Marx hablaba de una “comunidad ilusoria”, estas decisiones habrán de ser efectivas para crear un cuerpo colectivo unificado en su determinación de sobreponerse a la adversidad siempre y cuando logre dialogar con las esperanzas profundas de las clases subalternas.
Incluso la recesión global halla en el Estado nacional a la única realidad social capaz de reorganizar la flecha temporal del flujo de la riqueza de las naciones para adelantar hoy a todos lo que se producirá mañana, a fin de dar un empujón a los ingresos laborales, al consumo interno, a la generación estatal de empleo y al crédito productivo.
Cuánto durará este re-torno al Estado, es difícil saberlo. Lo que sí está claro es que por un largo tiempo ni las plataformas globales, ni los medios de comunicación, ni los mercados financieros ni los dueños de las grandes corporaciones tienen la capacidad de articular asociatividad y compromiso moral similar a los Estados. Que esto signifique un regreso a idénticas formas de estado de bienestar o desarrollista de décadas atrás no es posible porque existe unas interdependencias técnico económicas que ya no pueden dar marcha atrás para erigir sociedades autocentradas en el mercado interno y el asalariamiento regular. Pero, sin Estado social preocupado por el cuidado de las condiciones de vida de las poblaciones seguiremos condenados a repetir estos descalabros globales que agrietan brutalmente a las sociedades y las dejan al borde del precipicio histórico.
Las formas emergentes de Estado tendrán que combinar una revalorización del mercado interno, la protección social ampliada a asalariados, no asalariados y formas híbridas de trabajo autónomo, profundas políticas de democratización de la propiedad y las decisiones sobre el futuro, con la articulación controlada de las distintas cadenas de suministros mundiales, la fiscalización radical de los flujos financieros e inmediatas acciones de protección del medioambiente planetario.
Ahora, otra de las paradojas del tiempo de bifurcación aleatoria como el actual es el riesgo de un regreso pervertido del Estado bajo la forma de keynesianismos invertidos y de un totalitarismo del big data como novísima tecnología de contención de las clases peligrosas. Si el regreso del Estado es para utilizar dinero público, es decir, de todos, para sostener las tasas de rentabilidad de unos pocos propietarios de grandes corporaciones no estamos ante un Estado social protector, sino patrimonializado por una aristocracia de los negocios, como ya sucedió durante todo el periodo neoliberal que nos ha llevado a este momento de descalabro societal.
Y si el uso del big data es irradiado desde el cuidado médico de la sociedad a la contrainsurgencia social, estaremos ante una nueva fase de la biopolítica devenida ahora en data-política, que de la gestión disciplinaria de la vida en fábricas, centros de reclusión y sistemas de salud pública pasa al control algorítmico de la totalidad de los actos de vida, comenzando por la historia de sus desplazamientos, de sus relaciones, de sus elecciones personales, de sus gustos, de sus pensamientos y hasta de sus probables acciones futuras, convertido ahora en datos de algún algoritmo que “mide” la “peligrosidad” de las personas; hoy peligrosidad médica; mañana peligrosidad cultural; pasado mañana peligrosidad política.

La irreductibilidad del cuerpo

La realidad es que el cuerpo, los trazos del cuerpo en el espacio-tiempo social siempre han sido el obsesivo destino de todas las relaciones de poder y hoy lo es de manera absoluta. Decía Valery, en uno de sus diálogos, que lo más profundo de las personas es la piel y no se equivocaba. En la piel del cuerpo están grabados los códigos de la sociedad y por eso lo que más se extraña en el encierro es el encuentro de cuerpos, la acción de los cuerpos cercanos, el lenguaje de los cuerpos que nos hablan y nos educan sin tomar conciencia de ello.
Así pues, pareciera que también estamos enterrando en la angustia del encierro la cara tecnicista de la utopía liberal del individualismo autosuficiente que pretendía sustituir la realidad social por la realidad virtual. Es que los cuerpos, sus interacciones son y seguirán siendo imprescindibles para la creación de sociedad y de humanidad. Ahora sabemos que los empleos virtuales, el “teletrabajo”, importantes y en aumento, no son el modo predominante de la generación de riqueza de las naciones; que la fuerza de trabajo es siempre una composición de esfuerzo físico y mental; que las sociedades nacionales se paralizan si no hay actividad humana corporal interactuando con otras corporeidades. Es como si la piel y el cuerpo fueran fuerzas productivas de la sociedad en general y de las formas de comunidad en particular, comenzando por la familiar, nacional y mundial.
Un like en el Facebook es una convergencia cerrada de inclinaciones que no produce algo nuevo más que el incremento contable de adherencias anónimas. Una asamblea en cambio es una permanente construcción social-corporal de conocimientos prácticos y experiencias comunes.
El desasosiego y sensación de mutilación con las que la gente reacciona ante el necesario y temporal encierro revela que el cuerpo no es meramente un estorboso receptáculo de un cerebro capaz de dar el salto a la virtualidad absoluta. No, el cuerpo no es un cajón de neuronas organizadas; el cuerpo es la prolongación del cerebro en la misma medida que el cerebro es la prolongación del cuerpo y, por tanto, los mecanismos de conocimiento, de invención, de afectos y de acción social son actividades integrales de todo el cuerpo en su vinculación con otros cuerpos, con la humanidad entera y la naturaleza entera.
El cuerpo es, pues, un lugar privilegiado de conocimiento social y de producción de la sociedad.
Que los límites de la virtualidad global forzada saquen a la luz el valor de las experiencias del cuerpo es también otra de las paradojas del tiempo ambiguo. Y si bien es probable que de aquí a unos años esta experiencia angustiante sea olvidada, muchos saldrán a las calles con el cuello doblado hacia el celular, pero podrán hacerlo porque la gente está ahí, a la mano, interactuando con uno mismo, a través de las miradas y los gestos del cuerpo, aunque nuestra conciencia esté en el diálogo del wasap. Pero también es probable que la desesperación por el encuentro con los otros vuelva a manifestarse recurrentemente si es que no sabemos sacar ahora las lecciones de este tipo de globalización mezquina que no se preocupa ni por la gente común ni por la naturaleza en común; y quizá el pavor se convierta en un estado permanente de la convivencia social.
Los seres humanos somos seres globales por naturaleza y nos merecemos un tipo de globalización que vaya más allá de los mercados y los flujos financieros. Necesitamos una globalización de los conocimientos, del cuidado médico, del tránsito de las personas, de los salarios de los trabajadores, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre mujeres y hombres, de los derechos de los pueblos indígenas, es decir, una globalización de la igualdad social en todos los terrenos de la vida, que es lo único que enriquece humanamente a todos. Mientras no acontezca eso, como tránsito a una globalización de los derechos sociales, es imprescindible un Estado social plebeyo que no solo proteja a la población más débil, que amplíe la sanidad pública, los derechos laborales y reconstruya metabolismos mutuamente vivificantes con la naturaleza; sino que además democratice crecientemente la riqueza material y el poder sobre ella, por tanto, también la política, el modo de tomar decisiones que deberán ir cada vez más de abajo hacia arriba y cada vez menos de arriba hacia abajo, en un tipo de Estado integral que permita ir irradiando la democrática asociatividad molecular de la sociedad sobre el propio Estado.

Universidad en tiempos de caos planetario

Finalmente, la universidad pública es parte del Estado; de hecho, es una de sus instituciones más importantes en la formación de las múltiples legitimidades estatales y no estatales: universaliza la educación regular, distribuye los bienes educativos en la sociedad, construye capilaridades para el surgimiento de nuevos oficios y, por sobre todo, produce conocimiento social y modos de integración intelectual, lógica y moral de la sociedad con el Estado.
En tiempos neoliberales, a la par con el desmoronamiento del Estado social, las élites abrazaron vías de legitimación externas, las tecnocracias de universidades del norte, los consultores de organismos internacionales que se dedicaron a crear una liturgia en torno a las bondades de la expropiación de recursos públicos y la externalización del excedente económico nacional. Ello trajo una cadena de desprecios coloniales hacia el conocimiento local y las universidades públicas.
Ninguna sociedad es capaz de autodeterminarse, esto es de definir por sí misma su destino, sin producción de conocimiento de sí y del mundo. Por ello las universidades tienen hoy un doble reto: ampliar su capacidad de generación de conocimiento propio, esto es no solo repetir y difundir lo que otros han hecho en otras partes del mundo. Ciertamente el acceso a otros conocimientos locales es imprescindible para producir cosas nuevas; pero lo que sucede en cada patria ni es la validación empírica de lo que otros han teorizado en otros lugares ni mucho menos la “desviación” temporal de un destino al que hay que apegarse tarde o temprano.
Hay que tener la osadía de producir nuevos conocimientos, nuevas estructuras conceptuales que vuelvan inteligible esta huracanada de acontecimientos anteriormente inexistentes que sean capaces de dialogar con esquemas conceptuales producidos en otras partes del mundo y, también, de explicar de mejor manera, con categorías más lógicas, lo que sucede acá y lo que acontece también en esas otras zonas del planeta. Hoy es un momento excepcional para las ciencias sociales por la propia excepcionalidad de todo lo que viene aconteciendo en todos lados y en todos los terrenos de la experiencia social.
La sociedad latinoamericana a lo largo de su historia pasada y presente ha dado ejemplos de una inigualable audacia política y social para impugnar las múltiples relaciones de poder, para producir combinaciones institucionales novedosas, para levantar formas de acción colectiva vanguardistas muchas de las cuales sirven como ejemplo o referente de otras sociedades del mundo; y lo mismo debería suceder con la producción de conocimiento y teoría social. De hecho, eso ya viene sucediendo, solo que nos falta ver con mayor atención a lo que pasa en nuestro horizonte interior como fuente también de conocimiento universal.
Encima, contamos con una forma de proceder más plural y de cierta manera cosmopolita intelectualmente. A diferencia de las academias de los países centrales en la que cada universidad prestigiosa y cada intelectual reconocido, fruto del previsible efecto de competencia de las posiciones intelectualmente dominantes, practican un silencioso desprecio por lo que se produce en otras naciones, en una suerte de vergonzoso nacionalismo intelectual; en nuestros países, en cambio, existe una avidez, a veces sobredimensionada, por conocer la producción académica de otros países, especialmente si son dominantes. Esto que en principio es un lastre, fácilmente es y puede ser una gran ventaja si sumamos una irrefrenable pasión por lo propio, incluido lo propio continental. A eso es lo que finalmente podríamos llamar como producción de conocimiento universal mucho más potente que muchos conocimientos regionalistas y localistas dominantes que hoy simulan ser universales por el solo hecho del efecto, en la teoría, de la posición económicamente dominante en el planeta de los lugares donde se producen esos conocimientos.
Y, en segundo lugar, está el compromiso del estudiante, el profesor e investigador con la sociedad. Frente a una lectura distorsionada de la recurrida “neutralidad valorativa” que ilusiona hallar personas despojadas del conjunto de valores, inclinaciones políticas y apegos morales que atraviesan sus estructuras mentales, cosa que es ya en sí misma una valoración mágica del mundo; es por demás evidente que el investigador no puede desprenderse de su ser social ni de la trama de relaciones de poder que lo rodean. En estricto sentido, por lo general, la fuerza interior de cada buena investigación radica precisamente en la correcta administración de esa trama constitutiva del ser social del investigador. Una consciencia de esas determinaciones para inicialmente plantear el problema de investigación es el mejor punto de partida. Pero esta consciencia implacable de los criterios valóricos que ayudan a formular el hecho social a estudiar no puede ni servir para someter a las mismas razones el proceso ni el resultado de la investigación, porque entonces ya no se investiga, sino que se convalida algo que ya era sabido antes de la investigación, y el hecho social no emerge de una articulación de causalidades sino de deseos, anulando así el proceso de conocer.
La pertinencia de los compromisos sociales del investigador han de estar al momento de visibilizar los hechos a estudiar, al momento de formular las preguntas sobre los hechos que habrá que resolver, porque cada manera de ubicarse en el mundo habilita con mayor o menor evidencia un espacio de infinitas preguntas enmarcadas en las expectativas y juicios que se tienen sobre el curso del mundo.
La lealtad a los compromisos, si estos son críticos sobre la realidad del mundo, debe ponerse a prueba en la multidiciplinariedad y heterodoxia de las herramientas conceptuales para adoptar, retorcer, fusionar e inventar aquellas que mejor capten la dinámica de los acontecimientos. La propia investigación necesariamente va a hacer brotar en su desarrollo conceptos y esquemas lógicos que expresen de mejor manera las regularidades detectadas, y no hay que rehuir a estas. Los modos de obtener y medir los datos de los procesos sociales igualmente deberán adecuarse a cubrir la mayor parte de la cualidad del hecho escudriñado, en tanto que la articulación lógica de los resultados deberá estar guiada por la intensión de volver evidente, casi apodíctico, el flujo de las causalidades, tanto lógicas como prácticas de las personas involucradas en el hecho social. Así el compromiso social será tanto más válido por la fuerza argumentativa de los hechos, que por la retórica
Conocimiento social, el resurgimiento del Estado y los tiempos de incertidumbre estratégica de las sociedades abren un espacio infinito de posibilidades de creatividad social, de compromisos políticos y despliegue de herramientas académicas capaces de contribuir la autorreflexión de la sociedad e impactar en políticas públicas.
El mundo se encuentra atrapado en un vórtice de múltiples crisis ambientales, económicas, médicas y políticas que están licuando todas las previsiones sobre el porvenir; y lo peor es que ello viene con un inminente riesgo de que se impongan “soluciones” en las que las clases subalternas sean sometidas a mayores penurias que las que ya se tolera hoy. Pero la condición de subalternidad social o nacional tiene en ese torbellino planetario también un momento de suspensión excepcional de las adhesiones activas hacia las decisiones y caminos propuestos por las élites dominantes. El desasosiego planetario por la fragilidad de horizontes a los cuales aferrarse es también de las creencias dominantes, con lo que el sentido común se vuelve poroso, apetente de nuevas certidumbres. Y si ahí, el pensamiento crítico, en general, y la academia pública, en particular, ayudan a formular las preguntas del quiebre moral entre dominantes y dominados, y coadyuvan a visibilizar las herramientas de autoconocimiento social, entonces es probable que, en medio de la contingencia del porvenir, se refuerce aquel curso sostenido en las actividades de la comunidad, la solidaridad y la igualdad, que es el único lugar donde los subalternos pueden emanciparse de su condición subalterna.
Solo así el horizonte que emerja, sea el que sea o el nombre que quiera dársele, será propio; el que la sociedad es capaz de darse a sí mismo; y por el que vale la pena arriesgar todo lo que hasta hoy somos.

[1] Conferencia inaugural del ciclo académico de las carreras de Sociología y Antropología del Instituto de Altos Estudios Sociales, de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina, 30 de marzo de 2020.

sábado, marzo 14, 2020

Edgar Bayley Poemas






La Claridad


Me ha tentado siempre la claridad
Y la claridad se me ha negado a veces
Como un pájaro que vuela en sueños
Y cae y sigue cayendo
Sin volar
Como peso muerto

Me ha tentado siempre la claridad
Especialmente la claridad de las hojas del saúco
También la claridad del guijarro
Y de las ramas del abeto
Y la rápida y voraz claridad de una salamandra

He querido tener claridad para mirar
Los terrones del campo recién removido
Y para mirar también el mismo arado
Y el agua que se desliza límpida por la acequia

Claridad he querido para recorrer tantos sueños
Y glorias y poderes y dispersas situaciones y gentes
Y para estar en el aire sin ausentarme del fuego

Me ha tentado siempre la claridad
De estar totalmente en cada flor
En cada herida o condena o semilla
He querido tener claridad para vivir

Y cuando al fin pude definir la claridad que yo buscaba
Advertí cuánto sueño y plumón y roja tierra
Y confusión y olvido hacen falta para comprender claramente
Y estar aquí con total lucidez sentado a la vera del camino
Avivando el fuego bajo el cielo y el polvo de las horas

Y como me ha tentado siempre la claridad
Aquella vez cuando bajo un abierto y extendido sol
Comenzaron a encresparse las aguas de la bahía
Hasta adquirir un tinte violáceo
Y un gran pájaro blanco surgió de repente de entre las nubes
Batiendo sus alas y revoloteando suavemente a mi alrededor
Decidí que era el momento de arrojar estas palabras al mar
Porque la claridad que tanto he buscado
Sólo está en algunos silencios
En algunos espacios en blanco
Antes y después de unas pocas y triviales palabras


Un sol


No hay una naranja perfectamente redonda
No hay un día perfecto
Hay un sol para los que han peleado
contra las sombras
sin rendirse jamás
de noche
de día
a orillas del lago
bajo el sicómoro y el sauce
entre las rocas y las anémonas
Para ellos hay —habrá— un sol
porque han peleado contra las sombras
contra su propia oscuridad
su turbia lámpara
su ignorante desgano
Para ellos
habrá un sol
pero no hay
no habrá nunca un día perfecto
una naranja perfectamente redonda


Un hombre trepa por las paredes y sube al

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entra en el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre que tiene fuertes zapatones con clavos
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los buhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navio que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
el aire libre
el cielo
el viento
entre los geranios
las sombrillas
las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre

Edgar Maldonado Bayley (Buenos Aires, 1919-agosto de 1990) fue poeta, traductor, cuentista, ensayista, editor y dramaturgo. A partir de 1945 elegiría el nombre de Edgar Bayley para firmar su obra literaria.  Hermano del artista plástico, diseñador y arquitecto Tomás Maldonado.
Bayley fue ante todo poeta y uno de los teóricos que más profunda y lúcidamente reflexionaron acerca de la poesía en América Latina. Escribió ocho libros de poemas (En común, 1949), La vigilia y el viaje (1958),  Ni razón ni palabra (1961),  El día (1968), Celebraciones (1976), Nuevos poemas (1981), Alguien llama (1983) Libro de  relatos (Vida y memoria del doctor Pi), dos de ensayos (Realidad interna y función de la poesía (1966)  y Estado de alerta y estado de inocencia, 1989) y tres piezas teatrales (Burla de Primavera (1951), Farsa de Isopete y El sastre y Dulioto (1951 y 1953), todos ellos reunidos, junto a otros textos no incluidos en libro o inéditos, en el volumen Obras, publicado por Grijalbo Mondadori en 1999. Nuevos poemas (1981), Alguien llama (1983)
Desde 1947 hasta su jubilación en1980 trabajó en la Biblioteca de la Caja de Ahorro y Seguro. Falleció en Buenos Aires en agosto de 1990.
Perteneció a múltiples formaciones culturales entre 1940 y 1960. De la revista Arturo (1944) a Poesía Buenos Aires (1950-1960) hasta Zona de la poesía Americana (1963-1964). Durante la segunda mitad de los años 40 integró con otros poetas y pintores uno de los más importantes movimientos de vanguardia de la Argentina, el "Invencionismo". Bayley es considerado como un espíritu rector del  "Invencionismo" argentino. En un comienzo, tomó las ideas de Vicente Huidobro y las desarrolló como "... la creación de una realidad propia en el poema y una negación vigorosa de la melancolía".




martes, marzo 10, 2020

Taller de Lectura de Poesía Marzo 2020




Imagen extraída de Biblioteca Ignoria. No figura nombre autor/a


Taller de lectura de Poesía Marzo 2020
Autor elegido: Edgar Bayley
Lugar: Caballito
Comienzo: Jueves 12 de Marzo 2020
Horario: 19 a 21
Modalidad: taller grupal, cuatro reuniones de dos horas cada una
Coordina: María del Carmen Colombo
Interesados escribir a: cotocolombo@gmail.com

miércoles, marzo 04, 2020

Taller de Lectura de Poesía-Marzo 2020






Taller de lectura de Poesía Marzo 2020

Autor elegido: Edgar Bayley
Lugar: Caballito
Comienzo: Jueves 12 de Marzo 2020
Horario: 19 a 21
Modalidad: taller grupal, cuatro reuniones de dos horas cada una
Coordina: María del Carmen Colombo
Interesados escribir a: cotocolombo@gmail.com

lunes, febrero 24, 2020

Pier Paolo Pasolini


“La poesía no es una mercancía porque no es consumible. Es hora de decirlo: este parangonar la obra con un producto y a sus destinatarios como consumidores puede ser una metáfora divertida e ingeniosa. Pero nada más opuesto a la verdad. Antes bien, quien se atreve a decir en serio una cosa semejante no es sino un imbécil. La poesía no se produce “en serie”: no es, en consecuencia, un producto. Y el lector de poesía puede leer hasta un millón de veces un poema: jamás lo consumirá. Por el contrario, y por extraño que parezca, acaso a la millonésima vez es posible que le parezca más extraño, nuevo y escandaloso que la primera. La poesía no es un valor meta histórico porque ni se escribe ni se lee fuera de la historia. Es en todo caso, híper histórica porque su carga de ambigüedad no se agota en ningún momento histórico concreto.”


 De la nota, 23 de febrero de 2020

Las tribulaciones de Pier Paolo Pasolini 

La rabia del marginado

Sadie Madhur: Pequeño mamífero eléctrico




"Hay topos alrededor del mundo, hay caballos,
hay nutrias. Hay patos alrededor del mundo, hay
murciélagos por todos lados. Hay unos blancos que
parecen de peluche. Son osos
pequeños y otros inventos de costureras creativas.
Hay de todo en el mundo. Hay miles de seres, de
reinos, de cosas animadas e inanimadas."


domingo, febrero 09, 2020

Jacobo Fijman: El canto del cisne




EL CANTO DEL CISNE

Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.

Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.

Se erizan los cabellos del espanto.

La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos.

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!


*De su libro Molino rojo, 1926.
**  (Uriff, Besarabia, 1898-Buenos Aires, 1970). 

viernes, enero 31, 2020

TALLER DE LECTURA DE POESÍA FEBRERO 2020


TALLER DE LECTURA DE POESÍA FEBRERO 2020



Autor elegido: Jacobo Fijman
Libro elegido: Molino rojo
Cuatro reuniones de dos horas cada una
Jueves de 19 a 21
Inicio jueves 13 de febrero 2020
Coordina María del Carmen Colombo
Inscripciones: cotocolombo@gmail.com

jueves, enero 23, 2020

Vallejo, César: TEORÍA DE LA REPUTACIÓN


He estado en la famosa taberna Sztaron de la calle de Seipel, en Budapest, taberna, según se murmura, de una secreta firma bolchevique y cuyo gerente, Ossag Muchay, es tan cortés con la clientela. Muchay ha estado conmigo un gran rato, conversando y bebiendo absintio de Viena, esa distilación religiosa y armada, color de convólvulo, que extrae de una extraña gramínea salvaje, llamada dístilo dormido. La taberna, esta tarde, se ha visto visitada por muy contados parroquianos, que entraban, estirando los miembros, bebían malvadamente ante el mostrador y se iban con gran perfección. Dos muchachas jugaban en un rincón de la planta baja, un juego de dulce de hierro,3 con pequeñas tortugas de capa y cintas de colores. A la entrada de la misma sala, platicábamos el buen Muchay y yo. Hablábamos de las supersticiones del Asia Menor, de las salobres ciencias de aprehensión, de las hechicerías.
Me despedí de Muchay y abandoné la taberna. Avancé hacia la esquina y tomé la calle de Praga, que apareció invadida de gente. La multitud observaba por sobre los tejados las maniobras de la policía. Enteréme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que nadie sabía precisar. Un grupo de gendarmes salió de una de las torres de la iglesia de Ravulk, conduciendo preso a un hombre. Al descender el prisionero las gradas del atrio, pude verle entre la muchedumbre, trajeado de una pelliza en losanges, los ojos enormes, perrazo de gran estimación, que acabase de morder a una reina.
Hasta el comisariado fui detrás de esta gente. El comisario interrogó al preso, en tono de legal indignación:

––¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre?
––Yo no tengo nombre, señor, ––dijo el preso.
Se ha averiguado en Loeben, aldea donde vivía el aherrojado, por su nombre, sin conseguirlo. Nadie da razón de nada que se relacione con sus antecedentes de familia. En sus bolsillos tampoco se ha sorprendido papel alguno. Lo único que está probado es que vive en Loeben, porque todo el mundo le ha viso allí a diario, caminar por las calles, sentarse en los garitos, leer periódicos, conversar con los transeúntes. Pero nadie conoce su nombre. ¿Desde cuándo vivía en Loeben? Se ignora, por otro lado, si es húngaro o extranjero.
He vuelto a la taberna de Ossag Muchay y le he referido el caso en todos sus detalles y aun dándole la filiación minuciosa del preso. Muchay me ha dicho:
––Ese individuo carece, en verdad, de nombre. Soy yo quien guarda su nombre. ¿Quiere usted conocerlo?


Me tomó por el brazo, subimos al segundo piso y me condujo a un escritorio. Allí extrajo de un diminuto estuche de acero un retazo de papel, donde aparecía, en trazos gruesos y resueltos, pero tan enredados que era imposible descifrarlos, una firma delineada con tinta verde rana, de la que usan los campesinos de Hungría. Argumenté a Muchay:
––¿Se puede acaso tomar el nombre de una persona y esconderlo en un estuche, como una simple sortija o un billete...?
––Ni más ni menos, ––me respondió el tabernero.
––¿Y qué explicación tiene todo esto? ¿Cuál es, en resumen, ese nombre?
––Usted ni nadie puede saberlo, pues este nombre es ahora de mi exclusiva posesión. Puede usted conocerlo, mas no saberlo...
––¿Se burla usted de mí, señor Muchay?
––De ninguna manera. Aquel hombre perdió su nombre y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya saberlo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma que usted está viendo aquí.
––Pero si él la trazó, le será fácil trazar otra y otras.

––No. El nombre no es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una sola de las firmas, entre todas.
Sus inesperadas sutilezas de billar, empezaron a hacerme palos. Muchay, en cambio, hablaba sin vacilaciones. Encendió su pipa con dos centellas de pedernal croata. Cerró su estuche de acero y me invitó a bajar.
––La vida de un hombre, ––me dijo, descendiendo la escalera––, está revelada toda entera en uno solo de sus actos. El nombre de un hombre está revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es saber su nombre verdadero.
––¿Y en qué se funda usted para creer que la firma que usted posee, es la firma representativa de ese hombre? Además, ¿qué importancia tiene el saber el nombre verdadero de una persona? ¿No se sabe, acaso, el nombre verdadero de todas las personas?
––¿Escuche usted, ––me argumentó Muchay, dando inflexión prudente a sus palabras––, el nombre verdadero de muchas personas se ignora. Esta es la causa por la cual, en lugar de apresar al obrero de Loeben, no se ha apresado al patrón de la fábrica donde éste trabaja.
––Pero usted sabe el delito de que se le acusa?
––De un atentado contra el Regente Horthy.
Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.

Walter Benjamin: Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos


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lunes, diciembre 09, 2019

Maria Julia de Ruschi Ordalía del agua (plaquette)




                                               parece que vuesa merced debe ir adelante por el ahora,
                                           en cuanto tenemos la flor del verano en la mano
                                                                           Andrés de San Martín




La muerte fuera del tiempo 

madre,
el tiempo ha lavado a la muerte de toda manchacorrí desde las naves hacia las estrellascorrí desde las naves sobre el agua limpia,
purísima, iluminadahasta el horizontegusto a sangre en mi garganta,
los ojos cegados por el resplandorcorrí la lanza en ristre, belicoso,
la música del solestallando bajo el yelmomadre, la luz se convirtió en serpientesque se anudaron a mis piernas, a mi cinturamadre, la muertelavada de toda mancha me miróy yo miré hacia los barcosy vi a un niño que iba a cazar pájarosla sangre se escurrió entre mis dedosy vi a mi perro esperándome, jadeantey salí corriendo al huertomientras maduraba la muerteentre las hojasmadre,
la gloria, el saltoel relámpago en el pechola paz


Los marineros

 ―Soy Pedro, los dientes rotosun solo ojoel otro se lo llevó la gaviota en el picomi  madre a los doce nos expulsabacomo animalesdormía a la sombra de los barcosapoyada la cabeza sobre un rollo de cuerdas                   y arropado en el manto de las estrellas ―Y yo soy Juan, flacos los dientes
el ojo turbio y la lengua torpeajmaríla risa grande hueca amarga malade no haber sido acunadoajmaría nosotros los marinerosnos necesitan los capitanespara ignorarnos no hay manta¡no tengas frío!
no hay pan¡no tengas hambre!y si dicen“perdióse más de la mitad de la tripulación”esos somos nosotrosajmarí:
las estrellas de tu manto  

        La partida

                                       li capitani sui lo odiavano molto
                                                   Antonio Pigafetta  
Magalhais siempre extranjero
hacer crecer el tiempo
a razón de mil inexactitudes por segundo
telarañas
que soñaron astrónomos,
comerciantes y locos
ambiciosos, traidores
y navegantes por vocación o por la fuerza
Magalhais siempre extranjero
abre los portulanos sobre las rodillas del mar
y su voluntad desesperada
vuela ya, ya ha llegado, ya pisó cielo
el astrologus sensible de otra manera
a los ultrajes monárquicos
le calienta la cabeza
y el capitán está harto
del artero don Faleiro
su noche de sabiduría quedará en el muelle
y el sol le devorará en silencio el mapa de los ojos
horóscopos, cartas astrales,
naufragios y susceptibilidad de cuartos húmedos
en el barrio del puerto
ambos comerán de la mano de los monarcas
y morderán las manos de los monarcas
y las manos de los monarcas jugarán con ellos
así en la tierra como en el mar
mientras aquel a quien el sueño levanta
por encima de todos los desaires
y agrias certidumbres robadas en noches
de cacería delirante
ese, el señor de los señores,
el que no llegará pero hará llegar a todos
Moisés de suntuosas quimeras
engaña sutilmente a reyes, constelaciones y
parte suavemente de las orillas del mundo,
se aleja poco a poco
poco a poco
a la locura que le da sus laureles, que lo pierde
                     così voleva la sua infelice sorte


* María Julia De Ruschi nació en Buenos Aires. Poeta, traductora, ensayista. Publicó los siguientes libros de poesía: Polvo que une (1975), Et amava (1982), Artemis cantando, Artemis (1982) traducido, La mujer vacilante (2003), Salir de Egipto (2007) y Nada escrito (hilos, 2010). Codirigió la colección de poesía “el imaginero” e integró el Consejo Asesor de hilos editora.