sábado, mayo 09, 2009

Osvaldo Lamborghini: Matinales (aguas del alba)

"Matinales (agua del alba)" es uno de los textos de Osvaldo Lamborghini que más me gustan. Lo busqué en internet para subirlo a este blog del amasijo, pero no lo encontré. Así que con mucha paciencia lo fui transcribiendo del original (Novelas y cuentos, Ed. Serbal, 1988). Espero que lo disfruten.
"Enredado al dormirse en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amaneció atravesado por su cuchillo, amaneció muriéndose como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre, muere. Una manera de morir; tal vez el horizonte se le volvió pálido. El caballo, suyo y cerca, se le volvió pálido. Lejano, como el blanco más doctrinario. Con los dedos casi en estertor tocó la punta del cuchillo, que le sobresalía del cuerpo, hasta insensible sentirse las yemas. (“Flor, astillas de un palo mesmo.”) La sangre corría en pequeños charcos, pero él se regodeba en el calorcito de su herida mayor, en el tajo –como se dice—de su muerte. El espíritu vaga en estas contraseñas. El espíritu habla. Cualquiera el primer inmortal. Habían (un lodazal) sus intestinos abiertos; habían y miró la sangre de sus dedos (reído porque esa sangre era tan floja como un horizonte lejano) pálido: cuando el horizonte suyo estaba ahí, volcándose de su cuerpo pero en un absoluto fuera de aquí (ya que hogareños) sin posible vista i te quiero ver. Hoy/ nada de dobles/ claro torrente del despertar. El espíritu en estas contraseñas: Soñar –dice—es lo inaudible de toda alegría. Al alcance de cualquier confusión feliz, en cambio, está el sonar: o la música solamente encantatoria, el ukelele del tonto: la música, en un ritmo de proseguir, cuando la muerte ya dijo fin.
Al hacerse el alba más alba, sorbiendo los primeros mates, ésos que saben como tratados, la mujer y la hija se hicieron cargo de los caballos.
--Venga, pingo.
La mujer miró el cadáver sin hacerse cargo. Esparció aire co los dedos sobre el cuerpo al son de un murmurar breve y como de pedido, encargo.
--Por aquí anduvo el sexo nocturno. Algún sueño, de seguro.
--Y el padre se madrugó solo –asintió la niña, con los ojos abismados.
Las dos, ayudándose a tirar la puñalada, despenaron al caballo junto al señor de la pampa.
--No has de beber sangre de animal.
--No, madre –se corroboraron.
El chico del rancho tomaba la leche (de la mañana) sobre una mesa de tabla. Entraron la hija y la madre. Venían un poco salpicadas de la faena con el caballo. El chico había quedado medio cojo desde aquel día en que le enseñaron a domar con entusiasmo, desde temprano ser un gaucho. Arrastraba la patita con una infinita paciencia de destino: malacara.
--Ha muerto el padre –le susurraron.
En cada ser anida la ampolla de los afectos, frágil. La ampolla verde, la ampolla de la tarde. Pero era de mañana, ocasión para esas aguas amatinales. Oculto tras el pañuelo el chico salió al campo. Vagó por la inmensidad inútil de esa tierra, que tanto nos encanta. No quiso mirar el cadáver. Arrancó derecho para el ombú más cercano, arrastrando la pierna santa. Vestía también la moda de antaño: bombachas y alpargatas floreadas, gorra de vasco, como corresponde a todo gaucho.
Los mocos ya lo estaban como blindando. Pegó un sorbido así de grande y tuvo miedo. Que en el cerebro se le formara un coágulo. O que el veintre se le abominara, en exceso, por tragarse semejante palangana. El diablo, que estaba en la copa del ombú, como esperándolo, le dijo (es el espíritu el que habla):
--¡Qué porquería de niño!
--¡Qué repugnante!
--¡Guacho, para colmo!
El diablo se rió antes de desaparecer, con ese rasguito típico que destempla las guitarras. El chico, entigrecido, empezó a patear el tronco del árbol (con la pierna sana), y al mismo tiempo –a sus adentros—se murmuraba: “ Ah, no. Yo agarro ahora y me vuelvo loco”.
--¡Hijo! –(Es el espíritu el que habla).
--¡Hijo! ¡Sacame de encima estos restos de caballo: aun bajo la tierra me ahoga la sanre del zaino!
¿Pero cómo volverse loco? Decirlo era una cosa, y otra. ¡Hacerlo! –a qué tanto dudar—rápido. Probó clavándose un dedo en la oreja. No sintió nada. O dolor, pero no hálito loco. (Voy a esperar un poco, meditó, quizás son largueros los efectos, como cuando de la mañana a la tarde me volví rengo.) Loco.
Cuando ya empezaba a delirar, como ya se empuñaba y se escalaba a sí mismo como el palo enjabonado de la modestia pueblerina, vino otro señor de la llanura, montando en pelo su yegua blanca. Era peligroso el hombre, sobre todo y cuanto más para los niños: ya se lo habían advertido. Además: ya se le veían los signos. Ya le saltaba la baba de los labios.
--Vení, vení conmigo a la laguna y te muestro el poni austrfaliano.
--No y no y no.
--¡Qué lindo cojo!
En la laguna habría una maravilla de caballo. Picado:
--Cómo es un poni australiano? ¿Tiene la crin llena de moñitos, como esos del circo?
En la laguna, en las aguas del alba.
Cuando la locura habla –ténganlo como una fija—la pampa se repuebla con la innumerable risa de los memos. De los ranchos salen, con sus ukeleles huecos, fundidos a la rima, atravesados por los ecos. Ëste es el son: ellos son. Lo que el viento impele.
En el triste manicomio de –un nombre: Lontananza —el niño está, medieval, aferrado a una argolla por cadena bufa que te bufa.
Es el alba. Es el delirio abarrotado por las rejas. Una celda de barro, adobe, paja. Los círculos se hacen de “avizorar, palabra. Lo que chirría en los oídos es el torniquete de los labios. Lo que saborea el paladar es un interminable gollete de imágenes. Chupar hasta hartarse, que nunca harta. Éste es el pezón de la baraja: los que fueron sus ojos hoy son ratas. Hartas de la carne y de la sangre del zaino, la emprendieron ya con el señor de la pampa: un regodeo pleno con la linfa y con sus barbas, hasta sus botas de caña. Tiempo al tiempo. Un poni australiano/ con la crin encintada/ bufa, impele, escribe, lee, habla, mata.
--¡Hijo! Sacame de encima estos restois de caballo: aun bajo tierra me ahoga la sangre del zaino!
--¿Aldaba? ¡Ah, para mí que sea de plata! O de oro blanco. ¡O mejor de caballo!
-Crin –dijo el grillo—crin crin.
Música porque sí, música vana.
Siempre es el espíritu el que habla:
Soré/Resoré, de la llanura clancas divinidades. La madre y la hija, la dulce entraña. El padre, la irreconocible piltrafa. En este tapete, que no es precisamente verde, se le escribe al que lee. Frase por frase.
Siempre es el espíritu el que habla:
De la humedad o rocío de la mañana, como a flor de agua, ascendió la esfinge que el clam reclama/ la pierna del cojo (y bien) extirpada. Yace en una vasija con mirilla de plata y pesa menos que un gusano, arrancado de un golpe con una pinza de depilar –figura—el ceño de la máscara. El padre lo adoraba.
Siempre es el espíritu el que habla:
Enredado al domirme en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amanecí atravesado por mi cuchillo, amanecí muriéndome como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre. Una manera de morir, tal vez, pegado a lo interminable."

Osvaldo Lamborghini: cazador nocturno de la vanguardia local

Reproducimos a continuación el reportaje realizado a Osvaldo Lamborghini por el poeta Luis Thonis, el 4-3-1981 (1), extractado de http://librospeligrosos.blogspot.com

"La obra de Osvaldo Lamborghini puede parecer breve si partimos de la convención que remite lo legible de un texto a su cantidad de páginas. No obstante, El Fiord, (1969) , Sebregondi Retrocede (1973) o su reciente libro Poemas (1981), ediciones Tierra Baldía - hablan de esa otra cantidad, la de sus insistencias, fundadoras de una nueva literatura argentina.Es posible hablar ya de lo lamborginesco para designar una contra mitología tramada en y sobre los escombros rítmicos de las líneas menores de nuestra cultura.En sus varias inflexiones dichos libros pueden aparecer como vanguardia, es decir, como algo previamente informulado. Lamborghini en varios tramos de la conversación define su vanguardia, respecto de las leyes, los patrones, los verosímiles que impone el mercado. Pero basta habitar una página de Sebregondi para entrever que este cazador nocturno no retrocede sin abrir un juego donde coexisten diversas hechuras lingüísticas en un trabajo inusual con el lenguaje. La dificultad de clasificar el ya mítico Fiord, o seguir linealmente las andanzas del marqués de Sebregondi -¿poemas?, ¿novelas?, ¿falsas novelas que fracasan en ese lugar donde no hay victoria ni derrota y sólo queda la dicha y el riesgo de escribir?- se acentúa al extremo en Poemas. (…)

Luis Thonis: La aparición de Poemas introduce una variante respecto de El Fiord o Sebregondi Retrocede, obras por sí diferentes ¿Se trataría menos de una diferencia entre prosa y poesía, que de la continuidad de una obra indefendible genéricamente?
Osvaldo Lamborghini: Hay menos la ilusión de equivalencia con un posible–imposible- “pase al acto” en Poemas –en fin– que en El Fiord y Sebregondi Retrocede. De todos modos la "Narración de la Historia" – título de un cuento de Correas pero mías son las mayúsculas- no está excluida de este libro “último”. La Narración de la Historia es un arte en la Argentina: una cuestión capital y, al mismo tiempo, o por lo mismo, federalizable: contra el despotismo de una sola Aduana, contra el despotismo de una “organización nacional”.
L.T.: Las referencias al gauchesco, el tango, el lunfardo, las glosolalias hacen a una poética –en Poemas– que recorre diversos tópicos de nuestra literatura, la reescriben. Se va engendrando otro lenguaje, de señas inciertas, por ejemplo, “Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura?” ¿Piensa que una nueva escritura sólo puede nacer de una “vieja lengua”, de su tesoro verbal?
O.L.: Inscribir lo ya escrito, inscribir. El parche glosolálico –batirlo– es un triunfo momentáneo, breve, de cierto exceso de sentido: el paqué de Girando En la Masmédula resucita a millones de hablantes frescos como lechugas, y decapita, afortunadamente, la tartamudez engolada de los catedráticos. Son demasiadas las lenguas que se añudan en la Argentina. Y el “aquí me pongo a cantar”, la potencia doble de poder decirlo, es un buen ejemplo de glosolalia feliz.
L.T.: ¿El Fiord y Sebregondi retrocede carecen de antecedentes directos en la literatura argentina? O si los tienen, ¿no es más legible lo que en ellos se pierde que la deuda cultural en que se apoyan?
O.L.: Lo que en ellos se pierde es una generación de lectores aldeanos descerebrados por la ecriture, nada más.
L.T.: Opongo la “pérdida”, que refiere a las posiciones del sujeto en el lenguaje, a la idea positivista, cualquiera sea la ideología en que se ampare, de recuperación porque ésta ha dado lugar a un historicismo lineal, binario, escolar, que excluye de sí el cuerpo, el deseo, el goce, pensando el no sentido como sin sentido –sólo hay historia del Sentido. En cuanto a las rupturas, recordemos que en Muerte y Transfiguración del Martín Fierro, Martínez Estrada ya establecía todo un sistema de analogías formales entre algunas partes separables del Poema –las escenas de la Pelea y la Payada– y los procedimientos de montaje, ex corpus, del cine de Eiseinstein; explicaba también que su lectura es otra a través de Kafka. Si usted reivindica esa tradición, en sus textos habría montaje…
O.L.:
Pienso –pero yo nunca sé si pienso o “escribo”- que toda literatura es montaje, incluida la puramente “facial”, como ocurre ahora con los punks, que se dibujan cicatrices en la cara. Montan, sobre sus propios cuerpos, el relato no vivido de aquella historia: la pesadilla de papá y mamá. Claramente, esto no responde a su pregunta: se trata, más bien, de una maniobra de “diversión”: montaje: por supuesto…, Martínez Estrada, Eiseinstein, José Hernández…, es montar demasiado: creo que así se nos van a cansar pronto los caballos. Estoy jugando con las palabras, y lo único que puedo responder, “¡ex corpus!”, en cuanto a “mi” libro y su relación con el montaje, es el “mi” entre comillas.
L.T.: ¿Y?
O.L: Y que escucho, mezclo, repito, y tacho y cambio de lugar, y cito. Exageradamente tal vez. Macedonio leía “a oscuras”, y así entonces se produjo ese perfecto acontecimiento de moviola: el film quebrado plantea el espacio y el tiempo (la metáfora) simultánea de Shopenhauer, Quevedo, Del Campo, y William James.
L.T-: Usted también tiene varios caballos.
O. L.: Más el set “bajo” del Ropero, la Pava, el Mate, la Pensión.
L.T.: En sus libros hay una ausencia de “conciencia moral” o de “visión del mundo”. ¿Esa ausencia inscribe al autor como un fragmento más entre otros? ¿Cuántos Lamborghini han escrito y cómo se deslazan en las letras de Poemas?
O.L.: La mía es una literatura familiar: el deseo (y también las ganas) de prolongar indefinidamente la sobremesa. Pero la historia no lo permitió: presencias entrañables, ineludibles distanciamientos. Hay otro Lamborghini, Leónidas: los dos, más tantos otros que no tienen la suerte/desgracia de portar el Lamborghini, estamos precisamente allí, en ese fragmento que pretende, sí, conservar un museo de vanguardia, algún chiste de Macedonio. Porque el Museo, siempre irrisorio en estas latitudes, es preferible al universo concentracionario de los comentaristas sabios: “en el lento divagar del cabaret…”.
L.T.: Respecto de los narradores, ¿qué pueden tener que ver entre sí, por ejemplo, la voz monótona que organiza el espacio clausurado de El Fiord con el atonalismo, esa voz que llega a disgregarse en relatos como "La Mañana", aparecido en la revista Escandalar?
O.L.: El Fiord es un final. Mi primer libro, pero que está pensado como el título. Pero claro: ¿quién se entiende? Me gusta El Fiord como intento de frontera, de “últimas poblaciones”. Lo que usted llama voz monótona cumple aquí otra función: ¿se habrá acabado lo que se daba? Si después los narradores se multiplican, el hecho se debe menos a un efecto “barroco” de polifonía que a una escisión cada vez mayor del Narrador, no de Osvaldo Lamborghini. Como si dijéramos, empezar eternamente para llegar a los mismos resultados.
L.T.: Y esa escisión, esa “esquizia” del narrador hará que la mirada caiga hacia algo no representable, haciendo imposible la lectura transparente. Sin embargo, en cuanto a la mirada que no quiere caer, a la crítica que se desprende de ella, fundada en el mito del Escribir Bien, las cosas no están de todo claras; por una lamentable paradoja, en la literatura suele considerarse como ajeno lo que podría leerse a la vista: ¿a qué se debe ese efecto de extrañeza que produjo y sigue produciendo Poemas?
O.L.: Es cierto lo que usted señala: esa “baja” paradoja que hace aparecer a mis escritos como “extraños”, cuando la verdad es que ellos se limitan a cortar y plegar diferentes propuestas de la literatura argentina: sólo que sin respetar sus supuestas intenciones, ni su aparente linealidad. Ascasubi, Le Pera, Hernández, Cayol, Del Campo, Gardel, conviven –violentamente,¿hay otra manera?- en mis textos.Contrario ejemplo es el caso de nuestro actual ( y lamentable) teatro realista, en el (lamentable) estilo de El gran deschave. Pero punto final aquí: es casi de mala fe ponerse a deschavar (aquí), tanta, pero tanta mala fe.

(1) Este diálogo, con la introducción respectiva, apareció por primera vez en el Diario Convicción. Era el diario de los militares y a muchos les resulta insólito. Pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que la línea política la escribían periodistas como Alejandro Horowitz y en la parte cultural tenía cierta independencia. Estábamos en la cada de Arturo Carrera y a Osvaldo se le ocurrió el reportaje, aparecido por la generosidad de Ernesto Shòo, que se tomaba sus riesgos en ciertas cosas que publicaba. En realidad, fue un corte en una conversación ininterrrumpida en la que no todo era acuerdo. El reportaje causó indignación a algunos dentro del diario por la forma de expresarse de Lamborghini – hay que tener en cuenta el contexto militarizado de ese momento – y afuera también hubo una cuota de mala fe, ya que no había nada que sonara oficial. Al contrario. Antes había escrito sobre Néstor Perlongher, también publicado en la editorial de Rodolfo Fowguil…finalmente los militares vinieron a preguntar quién era yo: lo que decía sonaba raro. Jorge Dorio, después me contó que el director le dijo: a ese tipo pueden llevárselo, escribe en griego…parece que eso desalentó a los defensores de la patria. "

Osvaldo Lamborghini: Un caso tortuoso


"--Tanto dolor, ay, en la obviedad de la palabra obvia. Fue ayer un día de pasos transparentes donde a igual sinceridad y en bestial medida cada paso era un reflejo, una despedida, y al quebrarse el vidrio, a cada paso mío, yo quedaba ausente.
Fue ayer un día de pasos transparentes. Caminé, compré sin ganas bajo el bronce, una novela rubia expuesta a la Recova de Once como quien ampara en la copa al delincuente, que quiebra el cuello de la mujer, igual que un tallo, en despedida.
Fue ayer un día de pasos decadentes. Ayer un día de tanta transparencia para ver quería hablar y no podía, tocar y no podía. ¡Ayer fue un día!
--Tanto dolor, ay, en la obviedad de la palabra obvia. Hablábanme detrás las voces claras, a mis vulnerables espaldas les cantaban coros de no decir, de enmudecer. Coros de palidecer, de no fluir, coros de no advertir –en un grado aceptable, transparente— tanto dolor, el ay, en la obviedad de la palabra obvia, obviamente.
Por unos pesos de fraude encadenado compré la tal novela bajo el cobre. Y me fui a pasear a tantas millas que hasta pude olvidar las dulces esclavillas, que: en mi fantasía: adorantes me lamían el cáliz, lo hacían fluir y hacia él fluían. Ayer fue un día de pasos no esplendentes.
Al amparo de la copa el delincuente, bajo ese raro/amparo transparente, reflotó los trozos de su carne en mi bebida y yo rocé con los labios esa muerte: después tragué las hilachas cadavéricas, junto con el alcohol embestial medida.
Fue ayer un día de soportar la embestida, transprente y al mismo tiempo aparatosa: consistía, ella, en una ráfaga lela, en una avanlancha de capullos misteriosos –gacha flora—así como al compás de la novela esa fragilidad bebía transparencia de la copa y, en la carne muerta, bien leía.
Y leí después en letras de oro: “Por qué cantas o enmudeces todavía en este coro?”. De los ganchos para la carne colgaban rimas ( y bien que colgan) y ellas, las rimas, estaban podridas.
He aquí –murmuré—un espejo que no refleja, una vaciedad sin brillo que no asemeja, y he aquí un diálogo con el semejante que no puede seguir, ya, más adelante.
--Tanto dolor, ay, en la obviedad de la palabra obvia. Bajo el bronce, bajo el cobre, en medio de la red tendida por los pasos transparentes, compré por fin esa novela. Eternamente.*

*Extractado del libro Novelas y cuentos, publicado por Ediciones del Serbal (Buenos, Aires, 1988).
**Osvaldo Lamborghini había nacido en 1940. Falleció en Bacelona en 1985.

Francisco Madariaga, un surrealista de los esteros


Por Jorge Monteleone*
“(…) Su universo no es cristiano (como el de Viel Témperley), pero en él lo sagrado es una presencia, arcaica y material. En su poesía toda inmanencia encarna en una red de imágenes que hacen sangrar la mirada. Uno de los vocablos que resuena con más frecuencia en sus libros es infinitud, pero a la vez el infinito sólo aparece encadenado a la imagen, como una fuente abierta. El espacio imaginario de su poesía corresponde a una zona de experiencia vital del autor: la región de la campaña subtropical y acuática del norte de la provincia de Corrientes. Es el espacio de los esteros, las lagunas y los estuarios; de las boas curiyú y los yaguaretés; de soles malvas y amarillos; de tronar de caballos, de jaguares y ríos rosados, voces del gauchaje, fulgores de mujeres deseadas, apariciones de ánimas y de bandidos. Se trata de aquella zona que madariaga llama ùn escenario general’: la geografía q ue todo hombre posee como una patria íntima, y también el fonde de mundo que deforma al paisaje del poema, a medias entre lo concreto y lo imposible. En la poesía de Madariaga la naturaleza siempre se manifiesta sobre natural, en un cruce incesante del paisaje y de lo infinito. En el paraíso de los esteros, el sujeto del poema siempre se enciende sanguíneo, se alza en el cuerpo de la cólera y el deseo. Y por ello la poesía es su destino posible y su orgánica epifanía.”**

*Buenos Aires, 1957. Escritor, crítico literario y traductor. Actualmente se desempeña como investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (UBA), donde además dirige, desde 1992, el Boletín de Reseñas Bibliográficas. Obtuvo dos veces la beca del DAAD, otorgada por la República Federal de Alemania. Se ha especializado en teoría sobre el imaginario poético y los vínculos entre experiencia vivida e imaginación literaria, así como en la crítica de la poesía hispanoamericana y de la Argentina en particular. En ese campo ha publicado más de un centenar de ensayos y artículos en medios académicos de América y de Europa. Desde 1991 ejerce el periodismo cultural en diversos medios gráficos y audiovisuales de Buenos Aires. Dirige la revista de poesía y poética Abyssinia. Participa como asesor literario y cronista de viaje del proyecto cultural viajesinfin. Ha publicado: Ángeles de Buenos Aires (con fotografías de Marcelo Crotti), 1994; El relato de viaje. De Sarmiento a Umberto Eco, 1998; Puentes / Pontes (con Heloísa Buarque de Hollanda), Antología de la poesía argentina y brasileña, 2003. Tradujo por primera vez al español la controvertida pieza teatral Eva Perón, de Copi. Prepara, para publicar en la editorial Adriana Hidalgo: El nómade. Cartas de Rimbaud.

**Véase Antología bilingüe Puentes/Pontes. Poesía argentina y brasileña contemporánea. Fondo de Cultura, Buenos Aires, 2003 (página 14).

Más poemas de Coco Madariaga*


Ríos rosados

1
Rojo ataúd de zanjas mortuorias
en los bosques invernales,
he volcado tu agua
bebieron mis caballos
y salieron cantando del terror.
Amarilla era el alma.

2
No te he olvidado, mi color de la
poesía.
No he olvidado tu casa de manteles
acuáticos,
vareados por el agua,
los rodeos de ganados criolloes proyectándose
en el cielo,
ni a la bruja del caballo ruano
en la alborada de gritos salvajes y
palmeras.

Oh nuevo resplandor del horizontes,
la imagen ya de mí no necesita
pero yo necesito de la imagen
del fuego destructor de la
ignorancia.


*Poeta correntino (1927-2000). Publicó, entre otros: (1954) El pequeño patíbulo; 1959/60 Las jaulas del sol ; 1963 El delito natal; 1967 Los terrores de la suerte; 1968 El asaltante veraniego; 1973 Tembladerales de oro; 1976 Aguatrino ; 1980 Llegada de un jaguar a la tranquera; 1982 La balsa mariposa; 1985 Una acuarela móvil; 1985 Resplandor de mis bárbaras; 1988 El tren casi fluvial; 1997 País Garza Real; 1998 Aroma de apariciones.

Francisco "Coco" Madariaga: País Garza Real

Un puente de agua rosada cantando,
y la infinitud será también mi
País Garza Real.
Me llevaré una comarca de esteros,
lagunas, palmares,
y unos labios, unos ojos, mis
caballos.

viernes, mayo 08, 2009

Casa de la Cultura del barrio de Flores

En la calle Artigas 206, Capital, funciona la Casa de la Cultura del barrio de Flores. En ese lugar, el sábado 16 de mayo, a las 20.30, tendrá lugar la muestra “El Matadero”, con pinturas de Carlos Alonso, Jorge Bravo y María de los Ángeles Ventura, y esculturas de Julio Carabelli y Lila Oliva. Para quien desee concurrir, se recuerda que las obras serán exhibidas hasta el domingo 31de mayo.

Virginia Woolf: El presente, el pasado...

“(…) El pasado solo regresa cuando se desliza tan suavemente como la superficie de un río profundo. Entonces, a través de la superficie se ven las profundidades. En estos momentos, una de mis mayores satisfacciones consiste en no pensar en el pasado, sino en que, precisamente en dichos momentos, vivo con suma intensidad el presente. Porque el presente, cuando cuenta con el apoyo del pasado, es mil veces más profundo que el presente cuando nos apremia tan de cerca que no se puede sentir nada más, cuando la película en la cámara sólo produce impresión en la vista. Pero, para sentir el presente deslizándose sobre las profundidades del pasado, es necesario tener paz. El presente ha de ser suave, habitual (…)”*


*Fragmento extractado del libro Momentos de vida, Ed. Lumen, 2008, págs.134-135.

Farandol 2009

Si tenés ganas de escuchar poesía, leída por sus propios autores, podés acercarte, el próximo viernes 15 de mayo, a las 20:30 en la UGC nº2, Haedo, Rivadavia y Estrada.
Conducen: Viviana Abnur – Carlos Dariel – Fabián Vique
Invitados especiales : Osvaldo Vigna / Romina B. Canet, Jorge Dorio.
Cierre musical: Alejandro Miniaci.
Micrófono abierto para todos los concurrentes.

José Lezama Lima: Enersto "Che" Guevara, comandante nuestro

"Ceñido por la última prueba, piedra pelada de los comienzos para oír las inauguraciones del verbo, la muerte lo fue a buscar. Saltaba de chamusquina para árbol, de alquileida caballo hablador para hamaca donde la india, con su cántaro que coagula los sueños, lo trae y lo lleva. Hombre de todos los comienzos, de la última, del quedarse con una sola muerte, de particularizarse con la muerte, piedra sobre piedra, piedra creciendo el fuego.Las citas con Tupac Amaru, las charreteras bolivarianas sobre la plata del Potosí, le despertaron los comienzos, la fiebre, los secretos de ir quedándose para siempre. Quiso hacer de los Andes deshabitados, la casa de los secretos. El huso del transcurso, el aceite amaneciendo, el carbunclo trocándose en la sopa mágica. Lo que se ocultaba y se dejaba ver era nada menos que el sol, rodeado de medialunas incaicas, de sirenas del séquito de Viracocha, sirenas con sus grandes guitarras. El medialunero Viracocha transformando las piedras en guerreros y los guerreros en piedras. Levantando por el sueño y las invocaciones la ciudad de las murallas y las armaduras. Nuevo Viracocha, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios en la ensoñación.Como Anfiareo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada del cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.
*Poeta, narrador y ensayista cubano (1910-1976).
**Casa de las Américas, La Habana, Año VIII, No. 46, enero-febrero 1968.

jueves, mayo 07, 2009

Evita: 7 de mayo de 1919


"... Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico dentro de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que siste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país (...)" (12 de marzo de 1947)

Alfonsina Storni: Orden

Orden

Conato de tormenta. El mar se alza contra el buque; caballo encabritado quiere voltear a su jinete.
Sopapeado por las olas, aquél brama rencorosamente con sus fibras, cuerdas vocales.
La proa brinca el mar.
La hélice, cola enloquecida de vacío, quiere desprenderse y saltar hacia el espacio.
Un orden superior, una armonía de subordinación mantiene tabla sobre tabla, hierro sobre hierro.
Ejército de "pioneers" cada clavo, cada cuña, cada remache, se mantiene en su puesto celando su pequeño radio.
Un grito solo de deserción, un comienzo de desbande, y los perros azules del mar se lanzarían a la caza humana.
Pero hay una palabra colectiva del humilde guardián: -¡Presente!
Así, el buque cabecea a su antojo, se deja gustar, coquetea gallardamente.
¡Ah, la libertad, el impulso absoluto, la explosión del yo!
Cabello tembloroso sobre una fauce ávida, penetro el sentido íntimo del orden.
(La Nación, 1930)
(Extractado de Alfonsina Storni, Losada, 1999)

Chéjov*: Gallinas


"(…) Mi padre tenía gallinas de las razas más variadas y extraordinarias y de una constitución tan delicada, que no podían soportar los fríos invernales y causaban al criador muchas preocupaciones e inquietudes. Sus relaciones con las gallinas eran tan complejas e íntimas que era difícil descifrarlas. Cuando el gallo no cortejaba a la gallina que mi padre había designado para tal objeto, en el corral se oían gritos e insultos y el gallo huía de mi padre, clamando por socorro; todo el gallinero se alborotaba, y mi padre, enfurecido, se alejaba a su gabinete. Pero cuando llegaba el momento de “cargar la incubadora” (los huevos se empollaban, naturalmente, en forma artificial), se ponía en movimiento toda la casa. La sirvienta calentaba el agua, mi hermano llevaba esa agua al cuarto con la incubadora, yo cuidaba del termómetro y la lámpara, mientras que mi padre disponía sobre la red de la incubadora los huevos, marcando en ellos las fechas, las razas, etc. Y cuando, al cabo de tres semanas, salían de los huevos los pollitos, mi madre y yo debíamos representar a la gallina clueca, pronunciando tiú-tiú-tiú y golpeando con un dedo contra la mesa ante el pico mismo de cada pollito, al paso que mi padre inventaba en ese tiempo toda clase de dispositivos, los cuales, bajando de arriba sobre las diminutas espaldas de toda la gran familia de pollitos recién nacidos, debían crear para éstos la ilusión de la pancita vellosa de la gallina."**
*Antón Pávlovich Chéjov, escritor ruso nacido en Taganrog (1860-1904).
**Texto extraído del libro Autobiografía (Ediciones Índice, Buenos Aires, 1960).

Esta vez es denserio

Este viernes a las 22, podés sintonizar ESTA VEZ ES DENSERIO, programa que se transmite por radio Cultura FM 97.9 o por Internet:
http://www.fmradiocultura.com.ar/radio_en_vivo.htm

Produce Gabriela Salomone.
Opera “el indio” Norberto.
Colaboradora especial Vanesa Elias.
Copiloto Hernán Lucchetti.
Conduce el escritor Esteban Charpentier.

Teléfono para comunicarse en vivo: 5031-9807/08
estavezesdenserio@gmail.com

Nunca*, de Katherine Mansfield**

"(…)--Qué miras, abuelita? ¿Por qué te paras a cada momento y te fijas en la pared?
(…) Dímelo, abuela –dijo Kezia, insistiendo.
La anciana suspiró, tiró rápidamente la lana dos o tres veces alrededor de su pulgar, y pasó la aguja de hueso a través del rizo; estaba añadiendo mallas.
--Pensaba en tu tío William, queridita –dijo tranquilamente.
--Mi tío William de Australia? –preguntó Kezia, porque tenía otro.
--Sí, claro.
--¿El que no he visto nunca?
--Aquél, sí.
--¿Y qué, qué le ha ocurrido?
Kezia lo sabía bien, pero quería que se lo contasen de nuevo.
--Se había ido a las minas, tomó una insolación y ha muerto –dijo la anciana señora Fairfield.
Kezia parpadeó y consideró de nuevo el cuadro… Un hombrecito volcado como un soldadito de plomo junto a un gran agujero negro.
--¿Te da tristeza pensar en él, abuela?
No podía sufrir el ver a su abuelita enternecida.
Le tocó entonces reflexionar a la anciana. ¿La ponía triste mirar lejos, lejos tras ella? ¿Contemplar la larga perspectiva de los años huidos como Kezia la había vistop hacer? ¿Mirarlos a los idos, como lo hace una mujer, mucho tiempo después de haber ellos desparecido? ¿La ponía triste eso? No, la vida era así.
--No, Kezia.
--Pero por qué –preguntó Kezia.
Levantó un brazo desnudo y se puso a trazar en el aire unos dibujos.
--¿Por qué el tío William tuvo que morir? No era viejo.
La señora Fairfield empezó a contar las mallas de tres en tres.
--Ha ocurrido así –dijo con tono absoluto.
--¿Es que todo el mundo está obligado a morir? –preguntó Kezia.
--¡Todo el mundo!
--¿También yo?
En la voz de Kezia había un acento de terrible incredulidad.
--Algún día, querida.
--Pero, abuela…
Kezia agitó su pierna izquierda y movió los dedos de sus pies. Sentía arena en ellos.
--¿Y si yo no quiero?
La anciana suspiró de nuevo y sacó un largo hilo de la pelota.
--No se nos consulta, Kezia –dijo tristemente--. Eso nos ocurre a todos, tarde o temprano.
Kezia permaneció inmóvil, reflexionando sobre esas cosas. No tenía ganas de morir. Morir significaba que sería preciso marcharse de squí, abandonarlo todo siempre, abandonar… Abandonar a su abuela. Vivamente giró sobre sí misma.
--Abuela –dijo con voz asombrada y conmovida.
--Qué, gatita mía?
--Tú no tienes que morir.
Kezia hablaba resueltamente.
--¡Ah, Kezia –la abuela levantó los ojos, sonrió, meneó la cabeza, no hablemos de eso!
--Pero no puede ser. No podrías abandonarme. No podrías dejar de estar aquí…
Aquello era terrible.
--Prométeme que no harás eso nunca, abuela –rogó Kezia.
La anciana siguió su labor de punto.
--¡Prométemelo! Di nunca!
Pero su abuela no salía de su mudez.
Kezia se dejó deslizar hacia debajo de la cama: era incapaz de aguantar aquello más tiempo; ligera, saltó sobre las rodillas de su abuela, anudó sus manos alrededor del cuello de la anciana y se puso a besarla debajo de la barbilla, detrás de la oreja y a soplarle el cuello.
--Di nunca…,di nunca
Ella jadeaba entre los besos. Luego empezó muy suavemente, ligeramente, a hacer cosquillas a su abuela.
--¡Kezia!
La anciana dejó caer la labor. Se echó atrás, balanceándose en la mecedora. Se puso a hacer cosquillas a Kezia.
--Di nunca, di nunca, di nunca –susurraba Kezia, mientras descansaban allí, riendo, una en brazos de otra.
--¡Ea, basta, ardilla mía! ¡Basta, caballito salvaje! –dijo la anciana señora Fairfield, enderezándose la cofia--. Recoge mi labor.
Ya las dos habían olvidado a qué se refería este nunca."

*Fragmento extractado del libro En la bahía, Editorial Losada, Buenos Aires, 1938. Pp., 49,50, 51 y 52. Traducción del inglés: Leonor Acevedo.
**Katherine Mansfield es el seudónimo de Kathleen Beauchamp (Nueva Zelanda, 1888- 1923), narradora y poeta.

Narradores latinoamericanos en Casa de la Lectura

Este viernes 8 de mayo, a las 18, en la Casa de la Lectura, Lavalleja 924, y con entrada libre y gratuita, podrás disfrutar de los textos de cuentistas latinoamericanos*, interpretados por las narradoras orales Elsa Viñas de Blanco, Lidia Steren, Mónica Días Rocca y Liliana Kus.
(*Relatos de Eduardo Galeano, Hebe Uhart, Pedro Orgambide, Ángeles Mastreta, Augusto Monteroso, Onofre Cardoso, Silvina Ocampo, Gabriel García Márquez y Mario Benedetti.)

miércoles, mayo 06, 2009

Proust: La belleza en las cosas más usuales


"(...) Ahora solía quedarme sentado a la mesa, acabada la comida, mientras retiraban el servicio (…). Me gustaba encontrar en la realidad, apreciándolo como elemento poético, aquel ademán interrumpido de los cuchillos atravesados en las mesas, la bombeada redondez de una servilleta desdoblada donde el sol intercala un retazo de amarillo terciopelo, la copa medio vacía que así delata mejor la noble amplitud de sus formas, y el fondo de su cristal translúcido, parecido a una condensación del día, un poco de vino oscuro, pero todo chispeante; el cambio de volúmenes y la transmutación de los líquidos por obra de la luz, esa alteración de las ciruelas que pasan del verde al azul y del azul al oro en el frutero casi vacío; el paseo de aquellas sillas, viejecitas, que van dos veces al día a instalarse alrededor del mantel puesto en la mesa como en un altar en el que se celebran los ritos de la gula, y en el que hay unas ostras con unas gotas de agua lustral en el fondo como pilitas de agua bendita, y buscaba yo la belleza en donde menos me figuré que pudiese estar, en las cosas más usuales, en la vida profunda de los bodegones."**
*Escritor francés (1871-1922).
**Fragmento extractado de A la sombra de las muchachas en flor. Ed. Pluma y Papel, Buenos Aires, 1999 (pág. 438). Traducción: Pedro Salinas.

Enrique Molina: Alta marea

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras
sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor
de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto
con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o
enfundadas en ropas polvorientas

pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol
de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
aguas y de los campos con las violencias de este planeta
que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia
del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

*Poeta argentino (Buenos Aires, 1910- 1996). Publicó, entre otros, los siguientes libros: Las cosas y el delirio (1941), Pasiones terrestres, (1946), Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951), Amantes antípodas (1961), Fuego libre (1962) , etcétera.

Viajar Sola, de Mercedes Araujo

Agradecemos a la poeta Teresa Arijón por recordamos que hoy, miércoles 7 de mayo, la editorial Abeja Reina, presentará el libro de Mercedes Araujo, Viajar sola. La cita es en Librería Fedro: Carlos Calvo 578, barrio de San Telmo, a las 19.30.

Virginia Woolf: Comprender un poema*

"Era una tarde de primavera y nos tumbamos --Nessa y yo— en el largo césped, detrás del Flower Walk. Había llevado conmigo The Goleen Treasury. Lo abrí y empecé a leer un poema. E instantáneamente y por primera vez lo comprendí (no recuerdo cuál era). Fue como si se hubiera transformado en totalmente comprensible. Tuve una sensación de transparencia en las palabras que se da cuando dejan de ser palabras y se intensifican de tal manera que parece que se viven; se prevén como si expresaran lo que ya se está sintiendo. Quedé tan pasmada que intenté explicar la sensación. “Se tiene la impresión de comprender lo que se quiere decir”, dije torpemente. Supongo que Nessa lo ha olvidado; nadie hubiera podido comprender por mis palabras, la extraña sensación que tuve, allí, en la cálida hierba, de que la poesía se convertía en verdad. Tampoco estas palabras expresan la sensación. Es igual a lo que siento, a veces, mientras escribo. La pluma sigue el rastro."
Fragmento extractado del libro Momentos de vida, Ed. Lumen, 2008, pp. 126, 127.

martes, mayo 05, 2009

Felisberto*: el traje de vivo y el traje de bobo**

"(...) Yo mismo no tenía ideas definidas sobre mis compañeros (...). Cuando uno de ellos se encontraba con otro --sobre todo si era por primera vez--, por más simpatía que se provocaran, ya uno empezaba a probar al otro --con un disimulo que parecía natural-- uno de estos dos trajes: el de vivo o el de bobo. Apenas el otro calzara una manga o una pierna del pantalón que éste le arrimara, ya éste pensaría en el otro y lo vería siempre en el traje que primero habría calzado. Esta lucha de los trajes podía ser amistosa por mucho tiempo: cada uno luchaba con el otro detrás de las palabras que pronunciaba y muchas veces la paz era mantenida con la ilusión que cada uno tenía de estar él vestido de vivo y ver al otro con el traje de bobo, también había amistades en las que uno reconoía su traje de bobo y admiraba en el otro el traje de vivo. Yo me encontraba en un caso más raro: apenas el otro venía hacia mí lleno de simpatía, pero trayendo en los ojos la duda del traje que me pondría, yo ya levantaba un brazo o una pierna para calzar el traje de bobo. Al principio el otro se desconcertaba ante la facilidad con que ocurrían las cosas: tal vez él hubiera puesto un traje de bobo encima de uno de vivo. Pero no tardaba mucho en confirmar que yo tenía un solo traje; y cuando descubría que yo tocaba el piano, pensaría: 'Con razón: éste está pensando en la música. A lo mejor éste era bobo y lo pusieron a estudiar el piano'."
*Felisberto Hernández, escritor uruguayo nacido en Montevideo en 1902. Además de narrador fue pianista.
**El fragmento que se transcribe está incluido en el volumen 3 de sus Obras Completas, Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.

Poesías escogidas del poeta José Pedroni

Poesías escogidas es el nombre del libro del poeta argentino José Pedroni*, publicado por Editorial Botella al Mar y que será presentado en la Feria del Libro el domingo 10 de mayo, a las 16, en el Rincón de la Lectura, Pabellón Ocre, entrada por Avenida Santa Fe. Presentarán la obra: Graciela Capacci, Florencia Locelso y Horacio Semeraro.

*José Pedroni había nacido en Gálvez, Provincia de Santa Fe, en 1899. Sus primeros poemas los publica en 1920 y, entre su fecunda obra poética, corresponde destacar La gota de agua (1923), Gracia plena (1925), Poemas y palabras (1935), Diez mujeres (1937), El pan nuestro (1941), Nueve cantos (1944), Monsieur Jaquín (1956), Cantos del hombre y Canto a Cuba (1960), La hoja voladora (1961), El nivel y su lágrima (1963). Murió en 1967.
Deshojamiento
La nieve casta su perdón desmiga
sobre la oscura ancianidad del suelo.
Cuando la tierra ya no puede, amiga,
calladamente se deshoja el cielo.

Así, el espino, el parral, y el banco,
visten la gracia de este nuevo adorno.
El haz de leña es un osito blanco
y es una choza de esquimal el horno.

Fija en la mía tu mirada pura,
pues dan mis ojos a un paisaje interno,
y mira como nieva tu ternura
sobre mi triste corazón de invierno.
(Del libro Gracia plena)

Tu vuelta, milonga

Letra de Alberto Hilarión Acuña
Musica de Casalla (editorial Lagos)

Se recomienda la versión de la cantante Nelly Omar

Recitado:
Desde su pago lejano
le llegó a la pulpería,
esa carta de María
que está temblando en su mano...

Canto:

Tu vuelta vivo esperando
a pesar de tu tardanza
acaricio la esperanza
de que me sigas amando
de noche "aliveo" mi cruz
cuando un galopar escucho
y se me hace que es tu pucho
cualquier bichito..., de luz.

A veces he visto a "mama"
como sus lágrimas seca,
porque ando medio "culeca"
y toso mucho en la cama,
de sonsa agarré un resfriao
en la última pamperada
por salir desabrigada
creyendo que habías chiflao.

Mi trenza negra esa mata
que fue nidal de tus besos
hilvanan tu ausencia de esos
mal llamao hilos de plata,
flecos del poncho plateao
de la luna mi aparcera
que alguna noche de espera
me los habrás obsequiao.

A veces se me figura...
un mostrador, la tranquera
"ande" emborracho mi espera
entre vasos de amargura,
no quería incomodarte
pero hoy, me animé a escribirte
porque tengo que decirte
que somos dos..., a esperarte.

lunes, mayo 04, 2009

Poemas de Tatiana Oroño*

Tejidos
Alguien me enseñó a tejer con bolillos y aprendí. En un patio con glorieta, fuente de azulejos moriscos y tuberías rotas. La labor consistía en ir siguiendo el dibujo del modelo en papel pinchado sobre una almohadilla alargada con varios hilos en cuyas puntas, atados, los bolillos sonaban, al chocar entre sí, con minúsculo zapateo. La almohadilla estaba acostada sobre una especie de cama de muñecas. No era una cama, se llamaba escalerilla. Con ella en la falda aprendí a pasar de un lado a otro los trémulos garrotes que al irse entrecruzando iban trabando un tejido arborescente. Mi instructora lo remató. La labor calada sin gancho de aguja era fruto de un juego al aire libre, resultado de un baile de pequeños zuecos de boj.
Encaje de Brujas
En mi familia éramos laicos, gente sin fiestas de comunión ni bautismos, ni esa ilusión de vestidos blancos que compartían los demás. Pero a los 7 años sentí el llamado de la fe. Con la punta de los dedos eché mano a un panadero a la deriva. Porque sabía que si arrancaba la semilla, un pan diminuto invaginado en el pompón ingrávido, podría pedir un deseo. Pedí que mi padre volviera y riera ella, porque una madre sin risa es algo complicado. Lo dejé en el aire y ahí quedó, en suspenso, indeciso. Soplé para que se llevara el pedido a destino. Que no podía ser otro que la buena voluntad de Dios. Quien tenía que estar de mi parte.
Años después escribí un nombre de varón en un vidrio empañado. El vidrio era casi tan alto y ancho como la pared. Afuera, de noche. En la superficie condensada de frío desnudé letras que desquitaban del impredecible futuro calando en el cielo la escritura bordada por la punta del dedo. Estoy segura que los poderes puestos en obra por aquel conjuro eran de naturaleza inviolable. Puse al cielo en función indeleble de papel de calco. Así se golpea, comprendí, a las puertas del corazón de la misericordia. Desde adentro de esta casa triste y con un solo dedo grabar un nombre en la memoria del cielo es caer de rodillas sin doblarlas.
Años después el hijo la llamaba por teléfono desde el exilio en México. Ella me dijo por qué mantenía durante todos esos años el jardín con tanta pulcritud de podas, injertos y trasplantes, el año entero con la espalda doblada. Cuando me confió que trabajaba para que el día que él llegase lo encontrara todo lindo, como siempre, entendí.
También actúo así. Parecido. No vendrá nadie en Navidad. Pero estrené el mantel amarillo. Tapé el pan dulce con la servilleta bordada en España. Tampoco fue usada nunca.
Dos piezas labradas con el arte del encaje de Brujas.
*Tatiana Oroño nació en San José, Uruguay, en 1947. Publicó diversos libros.
**Los textos que se transcriben están incluidos en La piedra nada sabe, publicado recientemente.

Elias Canetti*: Mi recuerdo más remoto**

"Mi recuerdo más remoto está bañado de rojo. Salgo por una puerta en brazos de una muchacha, ante mí el suelo es rojo y a la izquierda desciende una escalera igualmente roja. Frente a nosotros, a la misma altura, se abre una puerta y aparece un hombre sonriente que viene amigablemente hacia mí. Se me arpoxima mucho, se detiene, y me dice: "¡Enséñame la lengua!". Yo saco la lengua, él palpa en su bolsillo, extrae una navaja, la abre y acercando la cuchilla junto a mi lengua dice: "Ahora le cortaremos la lengua". No me atrevo a retirar la lengua, él se acerca cada vez más hasta rozarla con la hoja. En el último momento retira la navaja y dice: "Hoy todavía no, mañana". Cierra la navaja y la guarda en su bolsillo.
Cada mañana cruzamos la puerta y salimos al corredor rojo, se abre la puerta y aparece el hombre sonriente. Sé qué es lo que va a decir y espero su orden para mostrar la lengua. Sé que me la cortará y cada vez tengo más miedo. Así comienza el día, y la historia se repite muchas veces.

Guardo esto para mí y es sólo mucho más tarde que se lo menciono a mi madre. De color rojo sólo recuerda la pensión de Karlsbad, donde había pasado el verano de 1907 con mi padre y conmigo. Habían traído para el pequeño de dos años una niñera de Bulgaria, una muchacha que no tenía quince años de edad. Todas las mañanas salía temprano con el niño en brazos, hablaba sólo búlgaro, pero se encontraba a gusto en la animación de Karlsbad y regresaba siempre puntualmente con el pequeño. Una vez la vieron en la calle con un joven desconocido; no sabe qué decir de él, una relación casual. Tras pocas semanas se comprueba que el joven ocupa la habitación frente a la nuestra, al otro lado del corredor. A veces la muchacha corre a su encuentro durante la noche. Mis padres se sienten responsables por ella y la envían inmediatamente a Bulgaria.
Ambos, la muchacha y el joven salían siempre de casa a primera hora, así debió tener lugar el primer encuentro, así debió comenzar todo. La amenaza del cuchillo surtió efecto, el niño guardó silencio durante diez años. "
*Elías Canetti nació en Bulgaria en 1905. Premio Nobel de Literartura, 1981.
**Este texto está incluido en el libro La lengua absuelta (Ed. Raíces, Barcelona, 1980).

Un poema de Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.

Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como un rayo,
no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia:
"Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento".

viernes, mayo 01, 2009

Boca que besa no canta: Reportaje a la poeta argentina Olga Orozco

(Este reportaje fue publicado en la revista Último Reino, en diciembre de 1994 y realizado por: María del Carmen Colombo, Patricia Somoza y Mónica Tracey.)

La obra de Olga Orozco es fundante en la literatura argentina contemporánea. La publicación de su último libro Con esta boca en este mundo fue el motivo para hablar acerca de su escritura, de sus compañeros de ruta, de la literatura como medio de vida, de sus casi desconocidos relatos, del amor, de la poesía, de una pasión infinita.
Ella dice que habla en endecasílabos, con la medida de su respiración. Dice también que nunca se sintió poeta. Que su poesía ha sido una apuesta esperanzada y sin esperanza a la vez, apenas una aproximación, una búsqueda de respuesta a cada interrogante. Sin embargo, la que habla es Olga Orozco, la autora de libros como
Los juegos peligrosos, Museo salvaje, La noche a la deriva
. Su casa llena de luz es el lugar de encuentro, la escena propicia para la conversación.

P: ¿En qué momento sintió que era una poeta?
O.O: Ah, yo no lo he sentido nunca. Todavía no lo siento. Siento que soy una persona que escribe poemas. Nada más. Pero de allí a sentir que soy una poeta, no lo sentí nunca, todavía estoy aspirando al título.
P: ¿Alguna vez dudó de su escritura?
O.O: Siempre, permanentemente. Yo siempre siento que el poema es una especie de apuesta esperanzada y sin esperanza a la vez. Porque sé que no voy a acertar nunca con el centro preciso de nada de lo que quiero decir. Es una aproximación, nada más. Pero la apuesta se vuelve a repetir, naturalmente, no se renuncia. No sé, creo que debe ser la sensación de casi todos. Creo que salvo los poetas muy descriptivos, esos que consiguen encerrar un paisaje en lo que hacen, el resto no llega nunca a ese centro. Pero si la poesía se te confunde con una visión sagrada y no sé si acertar con algo es acertar también con la palabra sagrada, el momento de acierto con algo debe ser como una revelación. Yo supongo que se paga muy caro: se debe pagar o con el silencio, o con la enajenación o con el balbuceo permanente como Rimbaud, Hölderlin o Artaud.
P: “Hemos hablado demasiado del silencio...”, dice usted en un poema de su último libro...
O.O: Hay dos clases de silencio: está el silencio de la pausa, es decir el silencio del vacío, que puede darse por muchas razones. Y está el silencio de la plenitud, que siempre es aparente (enseguida sientes que lo tienes que llenar con algo nuevo). Pero yo creo que se ha sobrevalorizado el silencio con relación a la palabra. Parece que todo el mundo escribiera para llegar al silencio. Y yo creo que es una mala interpretación acerca de Rimbaud, quien es tomado como ejemplo para esto. Como si la gran consecución, el gran logro de Rimbaud hubiera sido su silencio. Yo no creo que haya sido así, para nada. Ahora, ¿es una renuncia, es un desdén o es otra cosa? No lo sabemos.
P: ¿Cómo juega en su escritura el silencio? Porque pareciera que en sus textos no hay lugar para el silencio, sino que siempre el silencio está nombrado.
O.O: Y, tal vez, no sé. Eso no lo he pensado demasiado, les confieso. Lo que podría decir, sí, es que existe una solicitación continua de eso que Octavio Paz llama “los signos en rotación”, justamente cuando habla acerca de Mallarmé. Las solicitaciones son muchas, casi siempre cuesta más renunciar a las solicitaciones que buscar la solicitación en sí. Porque la opción siempre me mutila, la opción siempre me priva de algo –yo soy bastante barroca como ustedes ven--. Creo que de allí viene la no búsqueda tan absoluta del silencio.
P: Algo que se repite como una afirmación es que usted encontró temprano una voz y la mantuvo a lo largo de toda su producción poética. ¿Usted siente que es así?
O.O: Creo que de algún modo los asuntos son los mismos. Y creo que pasa con todos los poetas. Se trata de un largo poema que podría ser ininterrumpido. Porque uno gira más o menos alrededor de las mismas cosas acuciantes internas, ¿no? Yo creo que debo haber conseguido tal vez una mayor riqueza de expresión, una mayor soltura en los recursos, una mayor maduración reflexiva como para que lo que antes se manifestaba de una manera más ingenua tome caminos más en espiral. Pero creo que en esencia son las mismas cosas.
P: ¿Nunca sintió la tentación de intentar otro tono o siempre fue así y no le interesó probar otro?
O.O: Yo creo que en mí es el tono de mi propia respiración. Naturalmente, cuando en mi primera adolescencia hice cosas formales --escribir sonetos, romances, liras, cosa que por otra parte quedó tan atrás que ni recuerdo una siquiera– el tono tal vez fuera otro. Yo creo que mi tono corresponde a mi ritmo, y mi ritmo respiratorio es el endecasílabo y el heptasílabo. De haber inventado otro tono, habrían tenido que venir a hacerme respiración artificial. La otra vez vino a verme García Saraví, y se escuchaba el ruido de una canilla. Entonces él me pregunto qué era eso, y yo le dije: “en esta casa todo canta o llora”. Y él me dijo: “¿no te das cuenta que hablás en endecasílabo?”. Y yo le dije: “Cómo no me voy a dar cuenta si es la medida de mi respiración. Ahora te los regalo porque éstos son los que utilizo de entrecasa”, le contesté.
P: Sin embargo en relación con su obra poética sus relatos resultan sorprendentes. Usted es conocida y reconocida como poeta pero poca gente sabe que escribió cuentos.
O.O: Sí, claro, porque además mi libro de relatos tuvo muy mala suerte. La oscuridad es otro sol apareció y, a los dos meses, desapareció. Y es de lectura obligatoria en Universidades, en Estados Unidos, inclusive en los seminarios, y me escriben muchachos de allá pidiéndome que les mande una fotocopia, porque en las librerías de acá les contestan que el libro está agotado. Y bueno, está el sótano de Losada lleno de libros. Sin embargo, un día me llamó Nicolás Babini para decirme que gracias a este libro yo había conquistado la celebridad. En el diario Clarín un artículo empezaba diciendo: “Por más que la poeta Olga Orozco diga que la oscuridad es otro sol, la población de Buenos Aires no opina lo mismo”, y seguía hablando de los cortes de luz.
P: ¿Se podría hablar de una escisión entre sus relatos y su poesía?
O.O: Yo creo que no la hay. Incluso en mis relatos se encuentran muchas de las claves de mi poesía. Hay muchísimos elementos de angustia y de muchas otras cosas, ¿no?
P: Sin embargo, en sus relatos está presente el humor.
O.O: Y, claro, la poesía no puede hacer humor, para mí, para mi tono. Si yo hago humor, rompo... con todo. Me resulta más fácil hacer humor en una cosa que es lineal y que es un poco accidental para mí. Porque yo creo que, cabalmente, mi tecla está en la poesía, no en el relato. Inclusive, no sé, creo que hay demasiadas imágenes tal vez.
P: No cabe duda de que son los relatos de una poeta, pero además tienen humor.
O.O: Tienen humor, tienen acción y tienen un diálogo que no es forzado. Pero además están armados como yo hago los poemas. No sé si ustedes se han fijado que en mis poemas hay una estructura muy rígida, son de una arquitectura muy acabada. Es decir, las escaleras no dan al vacío, las ventanas no se abren en un pilar, se abren donde deben abrirse, lo que está en la línea veinticuatro no se contradice con lo que viene en la línea treinta y dos. Nunca un elefante levanta una pestaña ni sucede ese mundo de cosas. A los relatos yo tenía que pensarlos dibujando casi, para que alguien que acababa de pasar por un lugar no se encimara con otro que ya estaba en ese lugar. Hablo de personas pero lo mismo me sucedía con las paredes y los objetos.
P: ¿Usted siente que la poesía y los relatos le han dado posibilidades diferentes?O.O: Bueno, claro, el relato me dio la posibilidad de contar de una manera lineal. En mi poesía yo no cuento, es otra cosa. Tampoco hago humor, ya lo decía antes.
P: ¿Por qué la idea de que el humor no puede estar en la poesía?
O.O: No, no. No es que yo crea que no puede estar. Es mi caso. En mi caso hay a veces una cierta ironía. Al humor no he llegado nunca.
P: Tal vez sea porque en su poesía la palabra está tratada como palabra sagrada.
O.O: Así es la cosa. En mí la poesía se mezcla un poco con la plegaria misma. Muchas veces me encasillan dentro del surrealismo, cosa que no es para nada real. Tal vez haya un parentesco en la actitud ante la vida, en la valorización de muchos elementos oníricos, en la creencia en muchos planos diferentes de la realidad –que no son solamente los visibles–, en el apego a la libertad, al amor, al erotismo, a un montón de cosas que ensalzan los surrealistas. Pero yo, por ejemplo, nunca hice automatismo, jamás. Y pienso, y lo sigo pensando, que si alguna vez hiciera automatismo yo no desembocaría en la poesía sino en la plegaria.
P: Usted tiene un humor muy agudo.
O.O: Es cierto, el humor me ha sacado siempre de los grandes abismos. El humor es lo diario. Y la poesía es otro nivel. Es lo que dice Bachelard: la poesía es lo vertical, naturalmente. Lo vertical es la excavación en lo profundo o la ascesis, la elevación, la búsqueda de lo alto. La prosa es lo lineal, lo horizontal, la vida diaria en la que pueden caber costumbres, rutinas, diálogos, entra todo lo posible de la comunicación humana. Pero eso yo digo que en mis relatos yo soy realista. Los hechos son reales.
P: Con algo de fantasmagoría...
O.O: Yo tuve una abuela, nieta de irlandeses, que vivió con nosotros hasta los 97 años. Ella me contó cuentos, creo que hasta que yo tenía 25 años. Cuando yo estaba durmiendo, me iba a buscar a cualquier hora porque tenía insomnio, me hacía levantar para tomar fernet con ella y me contaba cuentos. Pero cuentos que no he encontrado en ningún lado; creo que alguno, seguramente, lo inventaba. Ella tenía una creencia muy grande en otros mundos, en elementos mágicos, etc… Y yo tenía muchos elementos sobrenaturales cuando era chica – y cuando grande también--. El cuarto de mi abuela y el mío se comunicaban por medio de una puerta. Yo veía siempre el resplandor de las velas, porque ella pasaba largas horas despierta rezando. Uno de mis cuentos termina con eso: yo estoy viendo una señora que se está hamacando en una silla vienesa que hay en mi cuarto, una señora transparente hecha como de humo..., y cuando le pregunto a mamá me dice que es mi abuela Florencia. Me estaba hablando de alguien que había muerto hacía cincuenta años, y yo oigo, entonces, un ruido en el patio de la casa, un roce extraño como de alas en las persianas. Entonces me levanto para ver qué pasa. Y ella me ve pasar por delante de la puerta y me pregunta: “dónde va, hijita”. Y yo le digo: “no sé, abuela, escucho ruidos en el patio”. Ella me responde: “no es nada, váyase a la cama, son los fantasmas”.
P: ¿Cree que ese clima de la infancia propició su acercamiento a la literatura?O.O: Bueno, supongo que sí. Porque yo comencé a escribir antes de saber escribir. Tampoco tuve nunca oposición en mi casa para la literatura: papá era un excelente lector, me leía a Leopardi, a Dante, me los traducía, desde muy chica.
P: ¿A qué poetas reconoce como maestros?
O.O: Yo puedo reconocer como maestros hasta al oleaje, al viento de la pampa, al canto de los pájaros, a la Biblia, al sermón, a los relatos de mi abuela que era fantástica. A tantas cosas puedo reconocer como maestros, y evidentemente mi primera formación fue muy clásica. Yo escribo verso libre pero empecé escribiendo verso casi clásico, rompiendo después.
P: ¿Qué leía usted?
O.O: Leía a Quevedo, a San Juan de la Cruz, a Garcilazo, a Lope...
P: ¿Y después de ellos?
O.O: Después de ellos pasé a los franceses: a Rimbaud, a Nerval, Artaud, Michaux, a Milosz, siempre tuve adoración por Milosz. Y de los españoles de la generación del 27, mi gran amor no fue ni García Lorca ni Alberti, sino Cernuda. Y los románticos alemanes, naturalmente.
P: ¿Eliot también?
O.O: Eliot también, y Rilke.
P: ¿Y los compañeros de ruta de su generación? ¿De quiénes se sintió próxima?O.O: ¿Dices en cuanto a la poesía, en cuanto a la mentalidad o en cuanto al afecto?
P: No sabemos si corre todo junto.
O.O: No, no. Porque mi poesía, por ejemplo, no tiene nada que ver con la de Alberto Girri, y Alberto era como mi hermano, una de las personas que más he querido, más próxima. Nos conocimos en la facultad con Alberto. He tenido por él un enorme cariño. Para mí su muerte ha sido un golpe muy duro... Bueno, por lo demás, como poetas: Molinari, Enrique Molina –tenemos bastante parentesco inclusive de lenguaje–, Bayley, Aguirre... Pero creo que a ninguno elegiría para compañero de la isla. En otro tiempo me hubiera ido con un médico ginecólogo. Ahora me iría con un sacerdote. (Y el grabador prefiere olvidar. Es el momento en que el grabador prefiere callar, mientras en la habitación luminosa persiste la risa. Con malicia sale la ocurrencia y la risa estalla. La misma que Olga Orozco reconoce que la ha ayudado a lo largo del camino, cuando la sensibilidad y la inteligencia le hablan de dolor y de absurdo. Tal vez porque “hay una misma cavidad para el dolor y la alegría”, como decía Victor Hugo. Es entonces cuando el humor la salva, la salva cada vez que dice un nombre en el sitio preciso. Y el grabador olvida. Cuando Olga Orozco habla su boca ríe en el mundo como en sus relatos.)
P: Dijo que conoció a Girri en la facultad, ¿usted estudio Letras?
O.O: Sí, Letras. No terminé la carrera, hice hasta cuarto año. Estudié en la UBA, en la calle Viamonte, empecé en 1938 y dejé en el ‘42.
P: ¿Usted sentía la necesidad de una formación académica?
O.O: No, pero pensé que necesitaba un orden. Un orden para estudiar. Después me casé y me resultó difícil retomar, sobre todo griego que era obligatorio hasta cuarto año.
P: ¿Le fue provechosa esa experiencia?
O.O: Bueno, me dio un cierto orden, una cierta disciplina que me hacía falta.
P: Hablamos de los compañeros de ruta, ¿qué pasa con las generaciones más jóvenes? ¿Siente que su poesía ha influido en ellas?
O.O: Eso se lo voy a preguntar a ustedes. No la encuentro como influencia, pero yo me entiendo muy bien con los jóvenes. Creo que no somos cerrados, que tenemos ductilidad como para ver dónde está la poesía. De la misma manera que yo la encuentro en muchachos que hacen poesía concreta, o que hacen ese tipo de cosa generativa en que una palabra trae otra, con muy poca ilación como no sea un parentesco a veces exclusivamente verbal.
P: ¿Usted se siente leída por las generaciones más jóvenes?
O.O: Sí, yo lo he sentido, porque he dado muchas conferencias, he hecho lecturas en universidades y yo encuentro el eco de los muchachos. Siempre me he sentido muy cómoda y muy acompañada y además he tenido una conversación muy libre, muy espontánea con ellos.
P: Nosotras creemos que su poesía está presente en la escritura de poetas mas jóvenes, a veces desviada, a veces con otro tono. Incluso nos parece difícil pensar en la existencia de Alejandra Pizarnik sin su poesía.
O.O: Bueno, yo la conocí a Alejandra cuando yo tenía treinta y seis años y ella, dieciocho. O antes: yo tenía treinta y cuatro y ella, dieciséis. Algo debo haber obrado.
P: Sin embargo, nos interesa reflexionar acerca de este tema porque hay un parentesco literario fuerte entre su poesía y la de Alejandra y pocas personas han reparado en esto.
O.O: Sí, sí, claro, por supuesto.
P: Tanto es así que hay versos suyos en los poemas de Alejandra, como “de estas aguas no beben las bestias del olvido”, que incluso se incluyen sin la cita correspondiente. ¿Le molesta esto?
O.O: No, a mí siempre me gusta que citen a mis clásicos.
P: Y, en general, ¿cuál es su opinión cuando un poeta incluye versos ajenos sin citar?
O.O: Yo creo que no está mal, es lo que llaman intertextualidad...Yo no lo haría. Creo que las cosas pueden ser lícitas. Pero bueno, también eso puede ser, es una manera, está expuesto ahí, que lo descubra quienquiera.
P: ¿Si en lo que usted está escribiendo, de pronto descubre que hay algo que quedó de otro escritor...?
O.O: Hago una búsqueda exhaustiva, y si no lo encuentro y tengo la sensación de que es de otro, lo saco. Quizá por un sentido de la propiedad desarrollado excesivamente, tal vez.
P: De todos sus libros, ¿cuál prefiere?
O.O: Siempre será el próximo, si existe. Cuando un libro se termina, lo que tengo es la sensación de que no está realizado del todo. Aunque nunca escribo un libro con la intención de escribir un libro, se va haciendo porque hay un oleaje que trae cosas semejantes de una época u otra época. Y después es lo que trae el oleaje de cada época.
P: ¿Ninguno de sus libros de poemas está pensado como unidad?
O.O: Yo creo que los únicos libros que escribí como una unidad total fueron Las muertes y Cantos a Berenice.
P: Museo salvaje también parece estar pensado como una unidad.
O.O: Claro, porque fue una época de angustias, y la angustia esencial mía era la angustia de muerte con relación a cierta sensación de enajenamiento con respecto a mi cuerpo, que Yurkievich confunde con asco y con algo demoníaco, y está muy equivocado. Jamás. El cuerpo siempre me ha parecido un intermediario sagrado.
P: ¿En qué trabajo se refiere Yurkievich a su libro Museo salvaje?
O.O: En un trabajo asqueroso.
P: Cuando se habla de Olga Orozco se hace mucho hincapié en el esoterismo. Sin embargo, lo esotérico marca fuertemente un momento de su producción, no toda su obra.
O.O: Por supuesto, eso está en Los juegos peligrosos, y después queda uno que otro elemento. Hay personas que han hecho tesis en Estados Unidos por ejemplo, muy bien hechas por cierto pero que toman exclusivamente el esoterismo. No lo religioso, que en mi poesía es tanto o más importante que lo esotérico. Además en Los juegos peligrosos hay una cantidad de elementos que están explícitamente jugados en ese orden pero en lo que no se tiene que insistir tanto.
P: En cuanto a lo religioso, sus poemas por momentos parecen sostener una creencia, por momentos parecen escenificar una duda en una lucha desesperada por creer.
O.O: Yo creo que están las dos cosas. Hay una fe profunda que a veces tambalea, sobre todo en los poemas que tienen relación con la muerte.
P: Como en el poema “Si me puedes mirar”, donde se pide por favor un testimonio...
O.O: Ah, sí, el poema a mi madre. Bueno, también lo pido en un poema de mi último libro. Pero no como si pidiera que Dios me manifieste su existencia, sino que me manifieste mi existencia. Porque yo, a veces, creo en una absoluta irrealidad de mi persona: esa es una de mis angustias grandes. Y a veces creo que no hay nada, como decía Borges, “que alguien me está soñando” y que a la vez yo proyecto un universo alrededor. En fin, una cosa muy berkeliana, pero eso es otro tema. Pero siento que mi angustia de muerte no me la quiero confesar y, además, que proviene de un cierto retorcimiento en la duda que no quiero sentir. Y es que, justamente, para mí lo contrario de la vida no es la muerte, para mí lo contrario de la muerte ha sido siempre la nada. Pero la nada es impensable: no te cabe la nada en tu cabeza como no te cabe lo que no tiene principio y lo que lo tiene, lo que no tiene fin y lo que lo tiene. No te cabe ninguna de esas cosas porque la conciencia funciona con otros caminos. Tal vez yo le tenga miedo a una cierta metamorfosis, que por fuerza se pueda producir después de la muerte y que es totalmente impensable –por más que golpee de este lado, no voy a saber cómo es ese tránsito–. Pero una tiene la sensación de que puede apegarse a eso que dice Sócrates según Platón: si hay algo después, bienvenido sea, ¿y si no hay nada? ¿Qué? ¿Qué importa?, ya ni estás. Pero es como si fueras a ver que no hay nada, a ver esa nada. Esa es la angustia brava.
P: En sus textos se habla de la caída, en un sentido bíblico.
O.O: Sí, sí, claro, para mí la caída sigue como en una cierta movilidad que no es visible, pero que está acá, en el mismo punto donde, aparentemente, estamos suspendidos.
P: En ese sentido, ¿qué pensadores, qué filósofos, quiénes formaron a la primera Olga Orozco y después con cuáles se fue afianzando?
O.O: Bueno, no tengo nada con qué quedarme definitivamente. Mi apego mayor ha sido por Kierkegaard, por Heidegger, por los existencialistas, en definitiva. Pero siempre con un Dios, no sin un Dios.
P: ¿Sus poemas de amor fueron escritos mientras usted estuvo enamorada o cuando el amor pasó?
O.O: Y... no. Mis poemas de amor, aun cuando siguiera enamorada, están escritos ya a una pérdida. Yo estoy con los españoles que dicen: “boca que besa no canta”. Estuve siempre muy ocupada mientras el amor era pleno y compartido como para sentarme a escribir. Creo que esa es una de las razones de que no haya escrito demasiado.
P: ¿Cual es su visión del amor?
O.O: Era siempre demasiado absoluta. Por eso la falta de perduración, justamente.
P: Quemándose en su propio fuego...
O.O: La falta de perduración no era mía sino de la otra parte. Como sucede con el amor absoluto y los hombres: es muy difícil que ellos se plieguen a un amor absoluto. Se sienten un poco asfixiados. Además resulta muy difícil encontrar la conjunción de un amor absoluto y un espíritu de fuego.
P: ¿Ante qué influencia mayor se sentó a escribir, qué la moviliza más fuertemente para la escritura?
O.O: Por un lado la ignorancia, en el sentido de que quería saber cosas y no recibía respuestas satisfactorias. Entonces empecé a interrogar yo a las cosas. La poesía ha sido para mí una interrogación, aunque aparentemente sea una aseveración. Por otro lado, el terror al tiempo y el temor a la muerte.
P: ¿Y con respecto a su último libro?
O.O: Bueno, es un libro duro. Fueron cuatro años terribles esos. Está escrito con pérdidas y ausencias, como sobrepasando el momento del grito. No lo escribí con el grito, lo escribí después. El grito lo dieron muy bien los griegos. Pero como hay una cosa de fe última, no es un camino cerrado. En fin, es el ritmo que una ha tenido entre azares y desdichas. Antes, ustedes me preguntaban a cuál de mis libros quería más. Yo no sé, el último es uno de los que más quiero. Y creo que es así porque ahí se convocan un montón de pérdidas que se recuperan a través de las palabras, y el resto es catarsis que también es importante.
P: Usted trabaja la pérdida como recuperación.
O.O: La ausencia termina por convertirse en una presencia, la ausencia termina por acompañarte.
P: Y con respecto a la realidad más inmediata, ¿la literatura le permitió vivir?O.O: A todo el mundo le parece que la literatura no sirve para nada, pero yo me he ganado la vida con la literatura, no con talleres literarios sino trabajando en editoriales. Trabajé muchos años, primero en Losada, más tarde con la editorial Muchnik, que después pasó a ser Fabril Editora. Allí era secretaria técnica cuando Pellegrini era asesor literario, yo trabajaba con él. Seguía todo el proceso del libro: el encargo, la traducción, la corrección de estilo y la de pruebas. Después, cuando cerró Fabril Editora, pasé a Claudia, fue la época de oro de Claudia. Usaba muchos seudónimos. Para los trabajos científicos elegí uno de hombre, porque parecía que daba más apoyatura. Ahora, miren qué nombre fui a elegir: Jorge Videla. Los trabajos de ocultismo los firmaba Richard Reiner. El consultorio sentimental, Valeria Guzmán. Los comentarios de libros los firmaba Martín Yañez. Lo que estaba más cerca de mi propio estilo eran las biografías de artistas que firmaba como Valentine Charpentier –naturalmente eran las personas lo que te permitían tomar, no las obras porque parecía que eso aburría a las lectoras de Claudia. Carlota Ezcurra escribía las notas frívolas y Helena Prado, algunas de modas.
P: ¿Alguna firmaba como Olga Orozco?
O.O: No, no. Y lo lamento.
P: ¿Le molestaba ganarse la vida con algo que no fuera estrictamente lo suyo?
O.O: No, para nada. Además creo que no me perjudicó hacer periodismo. Creo que me dio una mayor soltura y una capacidad de ver las cosas desde distintos lugares.
P: ¿Y después de Claudia?
O.O: Después elegí cuentos para Editorial Atlántida. Pero sin escribir, sólo los elegía.
P: ¿Que está escribiendo en este momento?
O.O: Estoy trabajando, como siempre, en algunos poemas y en el libro de relatos. Al libro de relatos le falta poco, ya podría publicarlo así como está, pero como tenía anotados dos relatos más de los que tengo hechos (uno está por la mitad y el otro no tiene más que anotaciones), estaba esperando terminarlos para cerrar el libro: uno es una historia con gitanos y el otro, acerca de las hogueras de San Juan. Estos relatos están emparentados con los de La oscuridad es otro sol, los personajes inclusive son los mismos.
Es el final. Porque de lo que se habla es de proyectos, de lo que está por hacerse, del futuro, y de eso nadie puede dar cuenta. A ese futuro Olga Orozco está abierta como posibilidad de una escritura que sí seguirá dando cuenta en ese mundo definitivo de su literatura.

miércoles, abril 29, 2009

Las madres, de Verlaine y de Rimbaud*

Por José Lezama Lima
"(…) Ahora Paul Verlaine está en Londres con barras clownescas de brea y de hollín. Y Rimbaud está con él y ha sido la disculpa unas clases de francés que remediarán la pobreza. Detrás de ellos, como antiestrofa o coro, las madres. La de Rimbaud, que ve siempre que su hijo se le escapa desde que tenía diez años. Y la de Verlaine, que es la madre muy vieja del cuarentón largo, que ve que su hijo, más allá de la esposa y del hijo, la busca siempre, le pertenece. Ambas, como corcho tallado, se aprestan a seguir los designios de sus sucesiones. Piojoso, vociferante desigual, rueda de una a otra parte, como el plomo de una banda a otra del barco achicado como un tapón. Y la de Rimbaud, que recordaba el día que su hijo le pidió un piano y ante su consideración le descerrajó la mesa y luego le dio forma y registro de piano. Y la promesa de convertir todas las piezas de la casa en un piano si no llegaba el piano. Y la asombrada madre de Rimbaud, que ve que después del piano su hijo quiere ahora a Verlaine, que de noche camina hasta su casa gritando, sucio de hollín y de siniestros peldaños de buena canción, como si fuese entrada y salida de personajes previamente diseñados, cuando Rimbaud se escapaba de Londres, llegaba de inmediato la madre de Verlaine. De nuevo están juntos en Bruselas, ya con la madre de Verlaine. De regreso, la madre de Rimbaud le hace el sueño en un segundo piso, el granero, con breves borronaduras de cal. Le depara así en su rica sencillez, la misma provocación imaginativa que cuando después de píldoras de opio ve solo lunas blancas y lunas negras.
* Fragmento extractado de "Ensayos-Analecta del reloj", del libro José Lezama Lima, Obras completas, Tomo II, editado por Aguilar, México, 1977.

Desidia de autoridades y vecinos de Parque Chacabuco

El Parque Chacabuco agoniza, y a nadie parece importarle.
Ni siquiera a los vecinos del barrio, que ven valorizadas sus propiedades gracias a la cercanía de ese pulmón verde, se les mueve un pelo ante el notable deterioro del Chacabuco. Pasean, corren y se tiran entre la basura esparcida por todos lados. Toman mate cerca de las zanjas apestadas de mosquitos, indiferentes a los vahos nauseabundos que despide la tierra arrasada por los excrementos y el orín de animales y… humanos (¡). Son los mismos que uno encuentra en los cafés de los alrededores, opinando acerca de las epidemias de dengue y fiebre porcina, hablando, digo bien, porque a la hora de tomar recaudos, es decir, pasar a la acción, hacer algo, eligen hundirse en la desidia, siempre esperando, en el mejor de los casos, que del espacio público se encargue otro, no?
¿Cuál es la diferencia entre la actitud de esta gente --integrante de nuestras pulcras clases medias-- y la actitud de las tan chic autoridades de nuestra ciudad respecto del espacio público? Ninguna. Son tal para cual.