sábado, julio 07, 2012
Osvaldo Lamborghini: Mi Infancia...
viernes, mayo 18, 2012
Osvaldo Lamborghini en La Matanza...
- Festival de Poesía en la EscuelaJUEVES 21 de Junio
Sede: ESB 186 / EP 97. Avelino Díaz 500. Villa Celina. La Matanza. GCBA
8.30 hs. Talleres:
-EP 97 (escuela primaria): Marta Brykman sobre obra de Berta Finkel,
Ana Adjiman y Alejandra Correa sobre Zooloco de María Elena Walsh.
-ESB 186 (escuela secundaria):Taller: Marcelo Leites sobre obra de Héctor Viel Temperley; Proyección de cortos de la BN: El libro perdido.9.30 hs. Mesa de lectura:
María del Carmen Colombo lee a Osvaldo Lamborghini
Gisela Galimi lee a Adelia Prado
Eduardo Abel Giménez lee a Wislawa Szymborska
domingo, octubre 04, 2009
ayer

Cuándo murió Cámpora?
Ayer, 19 de diciembre de 1980, pero,
la verdad, ¿a quién va a importarle la verdad?
–en el país inmundo (amado)
donde el pajarraco inmundo ¡Martínez!
de Hoz puede ser ministro de Economía:
en el país argentino estéril
de los estériles militares argentinos.
Me acuerdo que Perón decía: “–No,
si las armas no las tienen de adorno,
lo que tienen de adorno es la cabeza”.

¡El país argentinoide!
¿Cuándo murió Cámpora?
Ayer, querida mía.
Si vos supieras (sabés)
cuántas leguas de tierra cuesta cada palabra
y que encima, debajo, la pueblan y repueblan de cadáveres:
el ‘80, ¡qué hijos de puta!
trajeron a los inmigrantes
–para matarlos.
El loquito Videla y el degenerado de Harguindeguy.
Y el pelotudo máximo: Viola.
Agotaron la cuota del perdón, que era mucha.
¡Y yo hablo en serio, no estoy jodiendo!
Lamborghinis del mundo, uníos.
Algunos, para hacerse la paja, utilizan la mano de Zenón:
bella como un talón, nadie lo niega,
Digámoslo a coro, idiotas: “¡Telón!”
En la Epoca en que no hay un carajo para transferir...
Pero es la Gran Epoca (jamás minúsculos)
Precisamente: porque...
sábado, mayo 09, 2009
Osvaldo Lamborghini: Matinales (aguas del alba)
"Enredado al dormirse en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amaneció atravesado por su cuchillo, amaneció muriéndose como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre, muere. Una manera de morir; tal vez el horizonte se le volvió pálido. El caballo, suyo y cerca, se le volvió pálido. Lejano, como el blanco más doctrinario. Con los dedos casi en estertor tocó la punta del cuchillo, que le sobresalía del cuerpo, hasta insensible sentirse las yemas. (“Flor, astillas de un palo mesmo.”) La sangre corría en pequeños charcos, pero él se regodeba en el calorcito de su herida mayor, en el tajo –como se dice—de su muerte. El espíritu vaga en estas contraseñas. El espíritu habla. Cualquiera el primer inmortal. Habían (un lodazal) sus intestinos abiertos; habían y miró la sangre de sus dedos (reído porque esa sangre era tan floja como un horizonte lejano) pálido: cuando el horizonte suyo estaba ahí, volcándose de su cuerpo pero en un absoluto fuera de aquí (ya que hogareños) sin posible vista i te quiero ver. Hoy/ nada de dobles/ claro torrente del despertar. El espíritu en estas contraseñas: Soñar –dice—es lo inaudible de toda alegría. Al alcance de cualquier confusión feliz, en cambio, está el sonar: o la música solamente encantatoria, el ukelele del tonto: la música, en un ritmo de proseguir, cuando la muerte ya dijo fin.Al hacerse el alba más alba, sorbiendo los primeros mates, ésos que saben como tratados, la mujer y la hija se hicieron cargo de los caballos.
--Venga, pingo.
La mujer miró el cadáver sin hacerse cargo. Esparció aire co los dedos sobre el cuerpo al son de un murmurar breve y como de pedido, encargo.
--Por aquí anduvo el sexo nocturno. Algún sueño, de seguro.
--Y el padre se madrugó solo –asintió la niña, con los ojos abismados.
Las dos, ayudándose a tirar la puñalada, despenaron al caballo junto al señor de la pampa.
--No has de beber sangre de animal.
--No, madre –se corroboraron.
El chico del rancho tomaba la leche (de la mañana) sobre una mesa de tabla. Entraron la hija y la madre. Venían un poco salpicadas de la faena con el caballo. El chico había quedado medio cojo desde aquel día en que le enseñaron a domar con entusiasmo, desde temprano ser un gaucho. Arrastraba la patita con una infinita paciencia de destino: malacara.
--Ha muerto el padre –le susurraron.
En cada ser anida la ampolla de los afectos, frágil. La ampolla verde, la ampolla de la tarde. Pero era de mañana, ocasión para esas aguas amatinales. Oculto tras el pañuelo el chico salió al campo. Vagó por la inmensidad inútil de esa tierra, que tanto nos encanta. No quiso mirar el cadáver. Arrancó derecho para el ombú más cercano, arrastrando la pierna santa. Vestía también la moda de antaño: bombachas y alpargatas floreadas, gorra de vasco, como corresponde a todo gaucho.
Los mocos ya lo estaban como blindando. Pegó un sorbido así de grande y tuvo miedo. Que en el cerebro se le formara un coágulo. O que el veintre se le abominara, en exceso, por tragarse semejante palangana. El diablo, que estaba en la copa del ombú, como esperándolo, le dijo (es el espíritu el que habla):
--¡Qué porquería de niño!
--¡Qué repugnante!
--¡Guacho, para colmo!
El diablo se rió antes de desaparecer, con ese rasguito típico que destempla las guitarras. El chico, entigrecido, empezó a patear el tronco del árbol (con la pierna sana), y al mismo tiempo –a sus adentros—se murmuraba: “ Ah, no. Yo agarro ahora y me vuelvo loco”.
--¡Hijo! –(Es el espíritu el que habla).
--¡Hijo! ¡Sacame de encima estos restos de caballo: aun bajo la tierra me ahoga la sanre del zaino!
¿Pero cómo volverse loco? Decirlo era una cosa, y otra. ¡Hacerlo! –a qué tanto dudar—rápido. Probó clavándose un dedo en la oreja. No sintió nada. O dolor, pero no hálito loco. (Voy a esperar un poco, meditó, quizás son largueros los efectos, como cuando de la mañana a la tarde me volví rengo.) Loco.
Cuando ya empezaba a delirar, como ya se empuñaba y se escalaba a sí mismo como el palo enjabonado de la modestia pueblerina, vino otro señor de la llanura, montando en pelo su yegua blanca. Era peligroso el hombre, sobre todo y cuanto más para los niños: ya se lo habían advertido. Además: ya se le veían los signos. Ya le saltaba la baba de los labios.
--Vení, vení conmigo a la laguna y te muestro el poni austrfaliano.
--No y no y no.
--¡Qué lindo cojo!
En la laguna habría una maravilla de caballo. Picado:
--Cómo es un poni australiano? ¿Tiene la crin llena de moñitos, como esos del circo?
En la laguna, en las aguas del alba.
Cuando la locura habla –ténganlo como una fija—la pampa se repuebla con la innumerable risa de los memos. De los ranchos salen, con sus ukeleles huecos, fundidos a la rima, atravesados por los ecos. Ëste es el son: ellos son. Lo que el viento impele.
En el triste manicomio de –un nombre: Lontananza —el niño está, medieval, aferrado a una argolla por cadena bufa que te bufa.
Es el alba. Es el delirio abarrotado por las rejas. Una celda de barro, adobe, paja. Los círculos se hacen de “avizorar, palabra. Lo que chirría en los oídos es el torniquete de los labios. Lo que saborea el paladar es un interminable gollete de imágenes. Chupar hasta hartarse, que nunca harta. Éste es el pezón de la baraja: los que fueron sus ojos hoy son ratas. Hartas de la carne y de la sangre del zaino, la emprendieron ya con el señor de la pampa: un regodeo pleno con la linfa y con sus barbas, hasta sus botas de caña. Tiempo al tiempo. Un poni australiano/ con la crin encintada/ bufa, impele, escribe, lee, habla, mata.
--¡Hijo! Sacame de encima estos restois de caballo: aun bajo tierra me ahoga la sangre del zaino!
--¿Aldaba? ¡Ah, para mí que sea de plata! O de oro blanco. ¡O mejor de caballo!
-Crin –dijo el grillo—crin crin.
Música porque sí, música vana.
Siempre es el espíritu el que habla:
Soré/Resoré, de la llanura clancas divinidades. La madre y la hija, la dulce entraña. El padre, la irreconocible piltrafa. En este tapete, que no es precisamente verde, se le escribe al que lee. Frase por frase.
Siempre es el espíritu el que habla:
De la humedad o rocío de la mañana, como a flor de agua, ascendió la esfinge que el clam reclama/ la pierna del cojo (y bien) extirpada. Yace en una vasija con mirilla de plata y pesa menos que un gusano, arrancado de un golpe con una pinza de depilar –figura—el ceño de la máscara. El padre lo adoraba.
Siempre es el espíritu el que habla:
Enredado al domirme en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amanecí atravesado por mi cuchillo, amanecí muriéndome como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre. Una manera de morir, tal vez, pegado a lo interminable."
Osvaldo Lamborghini: cazador nocturno de la vanguardia local
Reproducimos a continuación el reportaje realizado a Osvaldo Lamborghini por el poeta Luis Thonis, el 4-3-1981 (1), extractado de http://librospeligrosos.blogspot.com "La obra de Osvaldo Lamborghini puede parecer breve si partimos de la convención que remite lo legible de un texto a su cantidad de páginas. No obstante, El Fiord, (1969) , Sebregondi Retrocede (1973) o su reciente libro Poemas (1981), ediciones Tierra Baldía - hablan de esa otra cantidad, la de sus insistencias, fundadoras de una nueva literatura argentina.Es posible hablar ya de lo lamborginesco para designar una contra mitología tramada en y sobre los escombros rítmicos de las líneas menores de nuestra cultura.En sus varias inflexiones dichos libros pueden aparecer como vanguardia, es decir, como algo previamente informulado. Lamborghini en varios tramos de la conversación define su vanguardia, respecto de las leyes, los patrones, los verosímiles que impone el mercado. Pero basta habitar una página de Sebregondi para entrever que este cazador nocturno no retrocede sin abrir un juego donde coexisten diversas hechuras lingüísticas en un trabajo inusual con el lenguaje. La dificultad de clasificar el ya mítico Fiord, o seguir linealmente las andanzas del marqués de Sebregondi -¿poemas?, ¿novelas?, ¿falsas novelas que fracasan en ese lugar donde no hay victoria ni derrota y sólo queda la dicha y el riesgo de escribir?- se acentúa al extremo en Poemas. (…)
L.T.: Las referencias al gauchesco, el tango, el lunfardo, las glosolalias hacen a una poética –en Poemas– que recorre diversos tópicos de nuestra literatura, la reescriben. Se va engendrando otro lenguaje, de señas inciertas, por ejemplo, “Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura?” ¿Piensa que una nueva escritura sólo puede nacer de una “vieja lengua”, de su tesoro verbal?
L.T.: ¿El Fiord y Sebregondi retrocede carecen de antecedentes directos en la literatura argentina? O si los tienen, ¿no es más legible lo que en ellos se pierde que la deuda cultural en que se apoyan?
O.L.: Lo que en ellos se pierde es una generación de lectores aldeanos descerebrados por la ecriture, nada más.
O.L.: Pienso –pero yo nunca sé si pienso o “escribo”- que toda literatura es montaje, incluida la puramente “facial”, como ocurre ahora con los punks, que se dibujan cicatrices en la cara. Montan, sobre sus propios cuerpos, el relato no vivido de aquella historia: la pesadilla de papá y mamá. Claramente, esto no responde a su pregunta: se trata, más bien, de una maniobra de “diversión”: montaje: por supuesto…, Martínez Estrada, Eiseinstein, José Hernández…, es montar demasiado: creo que así se nos van a cansar pronto los caballos. Estoy jugando con las palabras, y lo único que puedo responder, “¡ex corpus!”, en cuanto a “mi” libro y su relación con el montaje, es el “mi” entre comillas.
O. L.: Más el set “bajo” del Ropero, la Pava, el Mate, la Pensión.
Osvaldo Lamborghini: Un caso tortuoso

Fue ayer un día de pasos transparentes. Caminé, compré sin ganas bajo el bronce, una novela rubia expuesta a la Recova de Once como quien ampara en la copa al delincuente, que quiebra el cuello de la mujer, igual que un tallo, en despedida.
Fue ayer un día de pasos decadentes. Ayer un día de tanta transparencia para ver quería hablar y no podía, tocar y no podía. ¡Ayer fue un día!
--Tanto dolor, ay, en la obviedad de la palabra obvia. Hablábanme detrás las voces claras, a mis vulnerables espaldas les cantaban coros de no decir, de enmudecer. Coros de palidecer, de no fluir, coros de no advertir –en un grado aceptable, transparente— tanto dolor, el ay, en la obviedad de la palabra obvia, obviamente.
Por unos pesos de fraude encadenado compré la tal novela bajo el cobre. Y me fui a pasear a tantas millas que hasta pude olvidar las dulces esclavillas, que: en mi fantasía: adorantes me lamían el cáliz, lo hacían fluir y hacia él fluían. Ayer fue un día de pasos no esplendentes.
Al amparo de la copa el delincuente, bajo ese raro/amparo transparente, reflotó los trozos de su carne en mi bebida y yo rocé con los labios esa muerte: después tragué las hilachas cadavéricas, junto con el alcohol embestial medida.
Fue ayer un día de soportar la embestida, transprente y al mismo tiempo aparatosa: consistía, ella, en una ráfaga lela, en una avanlancha de capullos misteriosos –gacha flora—así como al compás de la novela esa fragilidad bebía transparencia de la copa y, en la carne muerta, bien leía.
Y leí después en letras de oro: “Por qué cantas o enmudeces todavía en este coro?”. De los ganchos para la carne colgaban rimas ( y bien que colgan) y ellas, las rimas, estaban podridas.
He aquí –murmuré—un espejo que no refleja, una vaciedad sin brillo que no asemeja, y he aquí un diálogo con el semejante que no puede seguir, ya, más adelante.
--Tanto dolor, ay, en la obviedad de la palabra obvia. Bajo el bronce, bajo el cobre, en medio de la red tendida por los pasos transparentes, compré por fin esa novela. Eternamente.*
*Extractado del libro Novelas y cuentos, publicado por Ediciones del Serbal (Buenos, Aires, 1988).
**Osvaldo Lamborghini había nacido en 1940. Falleció en Bacelona en 1985.
lunes, octubre 27, 2008
Osvaldo Lamborghini: presentación del Teatro Proletario de Cámara
Participan: César Aira, Ricardo Strafacce y Anxo Rabuñal.

