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domingo, diciembre 30, 2018

T.S. Eliot: LA TRADICIÓN Y EL TALENTO INDIVIDUAL


LA TRADICIÓN Y EL TALENTO INDIVIDUAL

T.S. Eliot, de Selected essays


 En el ámbito de las letras inglesas rara vez hablamos de tradición, aunque ocasionalmente aplicamos el término al deplorar su ausencia. No podemos referirnos a la “tradición” o a “una tradición”;  a lo sumo, empleamos el adjetivo al decir que la poesía de fulano es “tradicional” o incluso “demasiado tradicional”. Rara vez, pues, aparece la palabra, salvo en una frase de censura. De otro modo, es vagamente aprobatoria, con la implicación, en cuanto a la obra aprobada, de cierta placentera reconstrucción arqueológica. Apenas se puede hacer de la palabra algo grato a los oídos ingleses sin esta cómoda referencia a la apaciguante ciencia de la Arqueología.
 Ciertamente, es poco probable que la palabra aparezca en relación a nuestras apreciaciones de escritores vivos o muertos. Toda nación, toda raza, no sólo cuenta con sus propios giros mentales creativos, sino con sus giros críticos; y es incluso más olvidadiza de las deficiencias y limitaciones de sus hábitos críticos, que de los de su genio creativo. Conocemos o creemos conocer el método o hábito crítico de los franceses, a partir de la enorme cantidad de escritos críticos publicada en francés; y concluimos (somos gente tan inconsciente) que los franceses son “más críticos” que nosotros, y a veces como que nos adornamos con esa aseveración, dando a entender con ello que los franceses son menos espontáneos. Acaso lo sean; pero deberíamos recordar que la crítica es tan inevitable como la respiración, y que no redundaría en nuestro desdoro articular lo que nos pasa por la cabeza cuando leemos un libro o sentimos una emoción al respecto, o criticar nuestro propio modo de pensar en sus procedimientos críticos. Uno de los hechos que podría arrojar luz sobre este proceso radica en nuestra tendencia a insistir, al alabar a un poeta, en aquellos aspectos de su obra en que menos se asemeja a los demás. En estos aspectos o partes de su obra pretendemos hallar lo individual, lo que constituye la esencia propia del hombre. Habitamos, satisfechos, en las diferencias entre este poeta y sus predecesores, en especial sus predecesores inmediatos; nos empeñamos en encontrar algo que pueda aislarse para poder disfrutarse. Mientras que, si nos aproximamos a un poeta sin este prejuicio, con frecuencia encontraremos que no sólo las mejores partes de su obra, sino las más individuales, acaso resulten aquellas en las cuales los poetas muertos, sus ancestros, confirman su inmortalidad más vigorosamente. Y no me refiero al periodo impresionable de la adolescencia, sino al de la plena madurez.
Y aun si la única forma de tradición, de transmisión, consistiera en seguir los caminos de la generación inmediata anterior a la nuestra con una ciega o tímida adhesión a sus logros, la “tradición” debería sin duda desalentarse. Hemos constatado cómo las corrientes simplistas se han perdido entre las arenas; y cómo la novedad supera a la repetición. La tradición encarna una cuestión de significado mucho más amplio. No puede heredarse, y quien la quiera, habrá de obtenerla con un gran esfuerzo. Implica, en primer lugar, un sentido histórico que se puede considerar casi indispensable para cualquiera que siga siendo poeta después de los veinticinco años. Dicho sentido histórico conlleva una percepción no sólo de lo pasado del pasado, sino de su presencia; asimismo, empuja a un hombre a escribir no meramente con su propia generación en la médula de los huesos, sino con el sentimiento de que toda la literatura europea desde Homero, y dentro de ella el total de la literatura de su propio país, tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. Este sentido histórico, sentido de lo atemporal y de lo temporal, así como de lo atemporal y lo temporal reunidos, es lo que hace tradicional a un escritor. Y es, también, lo que hace a un escritor más agudamente consciente de su lugar en el tiempo, de su propia contemporaneidad.
Ningún poeta, ningún artista, posee la totalidad de su propio significado. Su significado, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas y artistas muertos. No se le puede valorar por sí solo; se le debe ubicar, con fines de contraste y comparación, entre los muertos. Es decir, es éste un principio de crítica no meramente histórico, sino estético. La necesidad de conformarse, de hacerse coherente, no es unilateral; lo que ocurre cuando se crea una nueva obra de arte, le ocurre simultáneamente a todas las obras de arte que la precedieron. Los monumentos existentes conforman un orden ideal entre sí, que se modifica por la introducción de la nueva obra de arte (verdaderamente nueva) entre ellos. El orden existente está completo antes de la llegada de la obra nueva; para que el orden persista después de que la novedad sobreviene, el todo del orden existente debe alterarse, aunque sea levemente. De esta manera se van reajustando las relaciones, las proporciones, los valores de cada obra de arte respecto del todo: he aquí la conformidad entre lo viejo y lo nuevo. Quienquiera que haya aprobado esta idea de orden, de la forma de la literatura europea o inglesa, no encontrará descabellado que el pasado deba verse alterado por el presente, tanto como el presente deba dejarse guiar por el pasado. Y el poeta consciente de esto, estará también consciente de las grandes dificultades y responsabilidades inherentes al caso. 
Desde un cierto ángulo, también estará consciente de que inevitablemente se le deberá juzgar de acuerdo con los estándares del pasado. Digo que según éstos se le juzgará, no se le mutilará; no se le juzgará tan bueno como los muertos, o mejor o peor que ellos; y desde luego, no se le juzgará de acuerdo con cánones de crítica en desuso. Se emitirá un juicio, una comparación, en los cuales dos cosas se midan una a la otra. Adecuarse solamente sería para la nueva obra no adecuarse del todo; al no ser nueva, una obra de arte no sería tal. Y nótese que no consideramos que lo nuevo sea más valioso porque logre adecuarse; pero su adecuación es una prueba de su valor, una prueba, claro está, que sólo se puede aplicar lenta y cautelosamente, pues ninguno de nosotros es juez infalible de la conformidad. Decimos: parece adecuarse, y es quizá individual, o parece individual, y acaso se adecue; pero difícilmente hallaremos que es una y no la otra.
Procedamos a una exposición más inteligible de la relación entre el pasado y el poeta: éste no puede tomar el pasado como un bulto, una masa indiscriminada; tampoco puede formarse totalmente basándose en uno o dos seres que personalmente admira, o en un periodo concreto de su preferencia. Lo primero resulta inadmisible; lo segundo es una experiencia importante de la juventud, y lo tercero es una compensación placentera y bastante deseable. El poeta debe estar muy consciente de la corriente principal, que no fluye, única e invariablemente, a través de las más distinguidas reputaciones. Debe tener plena conciencia del hecho obvio de que el arte nunca mejora, pero que la materia del arte no es exactamente la misma en todos los casos. Debe darse cuenta de que la mente de Europa —la mente de su propio país—, una mente que con el tiempo él aprenderá a valorar como algo mucho más importante que la suya propia, es una mente cambiante, y que, este cambio es un desarrollo que no abandona nada en route, que no considera anticuados a Shakespeare, a Homero, o al dibujo sobre piedra de los peones de Magdalen. Que este desarrollo, acaso este refinamiento —ciertamente, esta complicación—, no significa, desde el punto de vista del artista, ningún mejoramiento. Quizá ni siquiera un mejoramiento desde el punto de vista del psicólogo, o al menos no al grado que lo imaginamos; tal vez, a fin de cuentas, sólo se base en una complicación en cuanto a economía y maquinaria. Pero la diferencia entre el presente y el pasado es que el presente consciente es la conciencia del pasado de una manera y a un grado tal en que la conciencia personal del pasado no puede mostrarse.
Alguien ha dicho: “Los escritores muertos nos parecen remotos porque nuestro conocimiento es mucho mayor que el suyo”. Precisamente. Y son ellos lo que conocemos.
Me llama la atención una objeción muy común a aquello que claramente constituye una parte de mi programa para el métier de la poesía. La objeción consiste en que la doctrina requiere de una ridícula cantidad de erudición (pedantería), exigencia que puede rechazarse por apelación a las vidas de los poetas en cualquier pantheon. Incluso se afirmará que demasiado aprendizaje mata o pervierte la sensibilidad poética. Si bien seguimos creyendo que un poeta debe saber lo suficiente, siempre y cuando no afecte su necesaria receptividad y su necesaria pereza, no resulta deseable confinar al conocimiento a todo aquello que pueda caber en una fórmula útil para los exámenes, los salones, o incluso, para los pretenciosos alcances de la publicidad. Habrá quien pueda absorber el conocimiento, y habrá lentos que deban adquirirlo con el sudor de su frente. Shakespeare extrajo más historia esencial de Plutarco, que la mayoría de los hombres podría absorber de la totalidad del Museo Británico. Hay que insistir, por tanto, en que el poeta desarrolle o procure la conciencia del pasado, y luego continúe desarrollándola a lo largo de su carrera.
Su vida será un continuo renunciar a lo que él es en el momento, en pro de algo mucho más valioso. El progreso de un artista constituye un ininterrumpido sacrificio personal, una constante extinción de la personalidad.
Queda por definir este proceso de despersonalización y su relación con el sentido de la tradición. En esta despersonalización puede decirse que el arte alcanza la condición de ciencia. Así pues, los invito a considerar, como una analogía sugerente, la acción que tiene lugar cuando un finísimo fragmento de platino se introduce en una cámara que contiene oxígeno y sulfuro bióxido.
II
La crítica honrada y la apreciación sensible, se dirigen siempre a la producción poética, no al poeta. Si escuchamos el confuso vocerío de los críticos de periódicos y los susurros de las repeticiones populares consiguientes, oiremos mencionar los nombres de los poetas en gran número; si buscamos no un mero conocimiento libresco, sino el goce de la poesía, y pedimos un poema rara vez lo encontraremos. He tratado de destacar la importancia de la relación entre un poema y los demás a través de otros autores, y he sugerido la concepción de que la poesía sea un todo vivo, que incluya la poética que ha sido escrita en todos los tiempos. El otro aspecto de esta teoría impersonal de la poesía es la relación del poema con su autor.
Y yo insinué, por un una analogía, que la mente del poeta maduro difiere de la del inmaduro, no precisamente en cualquier valoración de su «personalidad», no siendo necesario que sea más interesante, o que tenga «más que decir», sino más bien que sea un instrumento más finamente acabado, en el cual sentimientos especiales o muy variados, tengan libertad para entrar en nuevas combinaciones.
La analogía era de tipo catalítico. Cuando los dos gases previamente mencionados, se mezclan en presencia de un filamento de platino, forman sulfuro ácido. Esta combinación sólo puede realizarse si el platino está presente; sin embargo, el nuevo ácido formado no contiene absolutamente nada de platino, y el platino no ha sido, en apariencia, afectado; ha quedado inerte, neutral, invariable. La mente del poeta es la hebra del platino. Puede operar parcial o exclusivamente sobre la experiencia del hombre mismo; pero, mientras más perfecto sea el artista, tanto más completamente separados en él, estarán, el hombre que sufre y la mente que crea; y con más perfección digerirá la mente y transformará las pasiones, que son sus materiales.
En la experiencia, percibiremos que los elementos que entran a la presencia de los catalizadores que efectuarán la transformación, son de dos clases: emociones y sentimientos. El efecto de la obra de arte sobre la persona que la goza es una experiencia diferente en su cualidad de cualquiera otra experiencia no artística. Podrá estar formada por una emoción o podrá ser una combinación de varias; y distintos sentimientos, inseparables para el escritor en palabras, frases o imágenes determinadas, pueden agregarse para obtener el resultado final. O podrá confeccionarse una poesía de alto vuelo, sin el empleo directo de emoción alguna: compuesta solamente a base de sentimientos. El Canto XV del Inferno (Brunetto Latini) es la obra de la emoción que en la situación se evidencia; pero el efecto, aunque único, como en cualquiera obra de arte, se obtiene por una considerable complejidad de detalles. El último cuarteto presenta una imagen, un sentimiento unido a una imagen, que «llegó», y no fue un simple resultado de lo anterior, sino que permaneció quizá suspenso en la mente del poeta, hasta que surgió la combinación oportuna y propicia a su incorporación. La mente del poeta es, en el hecho, un receptáculo para reunir y acopiar innumerables sentimientos, frases, imágenes que permanecen allí, hasta que logran combinarse todas las partículas indispensables para constituir una nueva aleación.
Si se comparan varios de los mejores pasajes de la poesía, se verá cuán grande es la variedad de tipos de combinaciones, y también cómo cualquier criterio semi-ético de «sublimidad» yerra completamente la nota. Porque los componentes no son la «grandeza», la intensidad de las emociones, sino la intensidad del proceso artístico, la urgencia, por decirlo así, bajo la cual se realiza la fusión y cuenta efectivamente en el resultado. El episodio de Paolo y Francesca emplea una emoción definida, pero la intensidad de la poesía es algo enteramente distinto de cualquiera impresión de intensidad que se produzca dentro de la supuesta experiencia. Además, no es más intenso que el Canto XXVI, el viaje de Ulises, el cual no depende directamente de ninguna emoción. Es posible obtener una gran variedad en el proceso de la transmutación de emociones: el asesinato de Agamenón o la agonía de Otelo, produce un efecto artístico aparentemente más aproximado a un posible original que las escenas del Dante. En el Agamenón, la emoción artística se aproxima a la emoción de un espectador real; en Otelo se aproxima a la emoción del mismo protagonista. Pero la diferencia entre arte y el acontecimiento es siempre absoluta: la combinación que hay en el asesinato de Agamenón es probablemente tan compleja como la del viaje de Ulises. En ambos casos ha existido una fusión de elementos. La oda de Keats contiene una cantidad de sentimientos que nada tienen en especial que hacer con el ruiseñor, pero que el ruiseñor, en parte quizá por su nombre atrayente y en parte por su reputación, obliga a asociar.
El punto de vista que estoy procurando atacar está quizá relacionado con la teoría metafísica de la unidad substancial del alma; pues mi concepción es que el poeta tiene no una «personalidad» que expresar, sino un medio particular, que es sólo medio y no personalidad, en el cual las impresiones y las experiencias que pueden ser importantes para el hombre, pueden no tener injerencia alguna con la poesía, y lo que llega a tener importancia dentro de la poesía, puede pasar inadvertido en el hombre, en la personalidad.
Citaré un pasaje que es lo suficientemente desconocido, como para ser considerado con atención fresca a la luz —u obscuridad— de estas observaciones:

 And now methinks I could e’en chide myself
For doating on her beauty, though her death
Shall be revenged after no common action.
Does the silkworm expend her yellow labours
For thee? For thee she does undo herself?
Are lordships sold to maintain ladyships?
For the poor benefit of a bewildering minute?
Why does yon fellow falsify highways,
And put his life between the judges lips,
To refine such a thing-keeps horse and men
To beat their valours for her?

 [Y ahora pienso que hasta podría reprenderme
Por perder el juicio a causa de su hermosura, aunque su muerte
Será vengada tras acciones no comunes.
¿Acaso teje el gusano su amarilla seda
Para ti? ¿Acaso se despoja de lo suyo para ti?
¿Por ventura véndense los señoríos en obsequio de las damas
Por el mísero beneficio de un minuto aturdidor?
¿Por qué adultera aquel sujeto los caminos,
y arriesga su vida a los labios del magistrado,
Para llenar su objeto en mejor forma-mantiene caballo y hombres
para quebrantar el valor de ellos en su honor?]

 En este pasaje (como es evidente si se toma en su contexto) hay una combinación de emociones positivas y negativas: una intensa y fuerte atracción hacia la belleza y una idénticamente intensa fascinación por la fealdad, que es contrastada con la primera y la destruye. Este balance de emociones en contraste, yace en la dramática situación a la cual este pasaje es pertinente, pero esa situación sola es inadecuada a ella. Esta es, por decirlo así, la emoción estructurada proporcionada por el drama. Pero el efecto total, el tono dominante, se debe al hecho de que una cantidad de sentimientos flotantes, teniendo una afinidad de ningún modo superficialmente evidente, se han combinado con ella para darnos una nueva emoción artística.
 No son sus emociones personales, las emociones provocadas por incidentes particulares de su vida, lo que hace en modo alguno que el poeta sea interesante o notable. Sus emociones particulares pueden ser simples, crudas o desabridas.
La emoción de su poesía será algo muy complejo, pero no con la complejidad de emociones propias de la gente que experimente emociones muy complejas o inusitadas de la vida. Un error, en verdad, un error de excentricidad en poesía consiste en buscar nuevas emociones humanas que expresar; y en esta búsqueda de innovaciones en lugares inadecuados, lo que hace es descubrir lo contrario.
 La misión del poeta no es descubrir nuevas emociones, sino usar las emociones ordinarias y elaborarlas poéticamente de manera que expresen sentimientos que no están en ninguna de las emociones reales. Y las emociones que él jamás ha experimentado, le servirán a su turno tan bien como las que le son familiares.
Por consiguiente, tenemos que admitir que la «emoción recolectada en tranquilidad» es una fórmula inexacta. Pues no es emoción ni recolección ni, sin torcer el sentido, tranquilidad. Es una concentración, algo nuevo que resulta de la acumulación de una gran cantidad de experiencias, las que para una persona práctica y activa, no parecerían en modo alguno experiencias, es una concentración que no se realiza conscientemente o como producto de una deliberación. Estas experiencias no son «recolectadas», y se unen finalmente en una atmósfera que es «tranquila» sólo en cuanto es una atención pasiva del acontecimiento. Por supuesto que la historia no termina aquí. Hay una gran proporción, en la elaboración de la poesía, que debe ser consciente y deliberada. En suma, el mal poeta es generalmente inconsciente allí donde debe ser consciente, y consciente donde debiera ser inconsciente. Ambos errores lo llevan a hacerse «personal». La poesía no consiste en dar rienda suelta a las emociones; no es la expresión de la personalidad sino una liberación de la personalidad. Pero, por cierto, sólo aquellos que tienen personalidad y emociones, saben lo que significa querer liberarse de estas cosas.
III
Este ensayo se propone detenerse en las fronteras de la metafísica o del misticismo y limitarse a extraer conclusiones tan prácticas que puedan ser aplicadas por las personas responsables e interesadas en la poética. Trasladar el interés desde el poeta a la producción poética, es un objeto muy laudable: pues nos llevaría a una estimativa más justa de la verdadera poesía, de la buena y de la mala. Hay muchas gentes que aprecian la expresión sincera de la emoción en vano, y hay u grupo más pequeño de personas en condición de apreciar la excelencia técnica. Pero muy pocos saben cuando hay una expresión de emoción significativa, una emoción que deriva su vida del poema y no de la historia del poeta. La emoción del arte es impersonal. Y el poeta no puede alcanzar esta impersonalidad, sin darse por entero a la tarea que realiza. Y difícilmente sabrá él lo que debe hacerse, a menos que viva en lo que no sea un mero presente, sin el momento actual del pasado, salvo que tome conciencia, no de lo que está muerto, sino de lo que ya tiene vida.

sábado, diciembre 22, 2018

T. S. Eliot: El cultivo de los árboles de Navidad



De las muchas actitudes ante la Navidad,
hay algunas que debemos rechazar:
la social, la torpe, la comercial,
la desordenada (la de los bares abiertos hasta medianoche)
y la infantil que no es la del niño
para el que la vela es una estrella
y el ángel dorado que despliega sus alas
en la cima del árbol, no decoración, sino ángel.
El niño ante el árbol se asombra.
Dejémosle que siga en su espíritu
con la Fiesta que es tal y no pretexto.
De ahí que el rapto brillante, la maravilla
del primer árbol de Navidad que se recuerda,
de ahí que las sorpresas, las delicias
de las nuevas posesiones (cada una
con su peculiar olor y emocionante),
la espera del ganso o del pavo
y el alborozo de su llegada.
De ahí que la alegría y la reverencia
no deban olvidarse en la experiencia posterior,
en la cotidianidad o el tedio o la fatiga,
en la certeza de la muerte o la conciencia del fracaso
o en la piedad del converso
que puede corromperse por la vanidad
que no gusta a Dios y desagrada a los niños
(y aquí recuerdo con gratitud a Santa Lucía,
su villancico y su corona de fuego):
De ahí que antes del fin, la navidad número ochenta
(y “ochenta” significa la que sea la última)
los recuerdos acumulados de la emoción anual
deben concentrarse en inmenso gozo
que será también inmenso temor
como en la ocasión en que descienda
el terror a cada alma:
porque el principio debe recordarnos el fin
y la primera venida, la segunda.
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The  Cultivation of Christmas Trees

There are several attitudes towards Christmas,
Some of which we may disregard:
The social, the torpid, the patently commercial,
The rowdy (the pubs being open till midnight),
And the childish – which is not that of the child
For whom the candle is a star, and the gilded angel
Spreading its wings at the summit of the tree
Is not only a decoration, but an angel.
The child wonders at the Christmas Tree:
Let him continue in the spirit of wonder
At the Feast as an event not accepted as a pretext;
So that the glittering rapture, the amazement
Of the first-remembered Christmas Tree,
So that the surprises, delight in new possessions
(Each one with its peculiar and exciting smell),
The expectation of the goose or turkey
And the expected awe on its appearance,
So that the reverence and the gaiety
May not be forgotten in later experience,
In the bored habituation, the fatigue, the tedium,
The awareness of death, the consciousness of failure,
Or in the piety of the convert
Which may be tainted with a self-conceit
Displeasing to God and disrespectful to children
(And here I remember also with gratitude
St.Lucy, her carol, and her crown of fire):
So that before the end, the eightieth Christmas
(By “eightieth” meaning whichever is last)
The accumulated memories of annual emotion
May be concentrated into a great joy
Which shall be also a great fear, as on the occasion
When fear came upon every soul:
Because the beginning shall remind us of the end
And the first coming of the second coming.

*Traducción: José Luis Justes Amador

viernes, febrero 01, 2013

T.S.Eliot: Qué es la poesía menor"....

Material extractado del blog La Biblioteca de Marcelo Leites (http://ustedleepoesia2.blogspot.com.ar/)


          No me propongo ofrecer, ni al comienzo ni al final, definición alguna de la «poesía menor». El peligro de una definición es que podría despertarnos la esperanza de zanjar, de una vez por todas, quiénes son los poetas «mayores» y quiénes los «menores». Luego, si intentáramos hacer dos listas, una de los poetas mayores de Inglaterra y otra de los menores, descubriríamos que dentro de cada una concordamos en pocos nombres, que sobre muchos más diferimos, y que no hay dos personas cuyas listas sean iguales; ¿de que serviría entonces la definición? Lo que podemos hacer en cambio, pienso, es tomar nota del hecho de que cuando calificamos a un poeta de «menor» queremos decir cosas diferentes según las épocas; podemos aclararnos las ideas acerca de cuáles son esas diferentes cosas, y evitar así la confusión y el malentendido. Como no cabe duda de que cada cual seguirá dando al término un significado distinto, tendremos que arreglárnoslas con él lo mejor posible, como con tantas palabras, y hacer el intento de no apretujar todo en una definición. Lo que me preocupa es disipar toda connotación despreciativa del término «poesía menor», junto con la insinuación de que la poesía menor es más fácil de leer, o menos digna de ser leída, que la «poesía mayor». La pregunta, simplemente, es: ¿qué tipos de poesía menor hay, y por qué debemos leerla?
  El abordaje más directo, creo, consiste en examinar los distintos tipos de antologías poéticas; porque una de las asociaciones del término «poesía menor» le da el significado de «clase de poemas que leemos nada más que en las antologías». Y, de paso, me alegra tener la ocasión de decir algo sobre los usos de las antologías, porque si comprendemos esos usos también podremos defendernos de los peligros —pues hay amantes de la poesía que son antoloadictos y no pueden leer poemas en ninguna otra forma. Claro que el valor primordial de las antologías, como el de toda la poesía, yace en la capacidad de dar placer; pero más allá de esto deben cumplir varios fines.
           Una clase de antología, que se defiende por sí misma, es la consistente en poemas de poetas jóvenes, que todavía no han publicado volúmenes o cuyos libros no son muy conocidos. Estas colecciones tienen un valor especial tanto para poetas como para lectores, ya representen el trabajo de un grupo de poetas con ciertos principios comunes, ya la unidad esté dada por el hecho de que todos los poetas son de la misma generación literaria. En general es deseable que el poeta joven pase por diversas etapas de publicidad antes de tener un librito para él solo. Primero, los periódicos; no los famosos, de circulación nacional —la única ventaja de ser publicado en ellos es para el poeta joven la guinea [o guineas] que pueda recibir en pago—, sino las pequeñas revistas dedicadas al verso contemporáneo que publican editores jóvenes: A menudo estas revistas parecen circular únicamente entre colaboradores reales y supuestos; su condición suele ser precaria, aparecen a intervalos regulares y su existencia es breve, pero su importancia colectiva es desproporcionada en relación a la oscuridad en que se debaten. Además del valor que tienen como experiencia para futuros editores —y los buenos editores literarios juegan un papel importante en la salud de la literatura—, le dan al poeta la ventaja de ver su trabajo impreso, compararlo con el de contemporáneos igualmente oscuros o levemente más conocidos, y recibir la atención y la crítica de quienes con mayor probabilidad comprenderán su modo de escribir. Porque cada poeta debe hacerse un lugar entre otros poetas, y dentro de su propia generación, antes de solicitar un público más amplio o de mayor edad. Estas revistas pequeñas también brindan a los interesados en publicar poesía un medio de seguir a los principiantes y observar su trayectoria. A continuación, un reducido grupo de escritores jóvenes, con ciertas afinidades o simpatías regionales mutuas, puede producir un volumen conjunto. Con frecuencia tales grupos se vinculan formulando una serie de principios o reglas, a las cuales habitualmente no se adhiere nadie; con el tiempo el grupo se desintegra, los miembros mas débiles desaparecen y los más fuertes despliegan estilos individuales. Pero el grupo y la antología grupal cumplen un objetivo útil: por lo común los poetas jóvenes no reciben mucha atención del público en general, lo que sin duda les conviene, pero necesitan el apoyo y la crítica mutuos y de otras pocas personas. Y, por último, están las antologías de nueva poesía más abarcadoras, compiladas de preferencia por editores jóvenes más independientes. Su valor radica en que dan al lector de poesía una idea de lo que está pasando, la posibilidad de estudiar los cambios temáticos y estilísticos, sin tener que recorrer numerosos periódicos o volúmenes separados; y sirven para dirigirle la atención ulterior a los progresos de los pocos poetas que le parezcan promisorios. Pero ni siquiera estas colecciones llegan al lector común, que como regla no sabrá de estos poetas hasta que hayan producido varios volúmenes y por consiguiente encontrado lugar en antologías que cubran períodos más amplios. Cuando mira uno de estos libros, tiende a juzgarlo con criterios que no deberían aplicarse: a juzgar lo promisorio como si fuera una ejecución madura, y a juzgar la antología, no por sus pocos poemas mejores, sino a lo sumo por el nivel medio.
  Las antologías de circulación más vasta son desde luego aquellas que, como el Oxford Book of English Verse, abarcan toda la literatura inglesa hasta la última generación; o las que se especializan en un período particular del pasado; o las que abarcan la historia de cierta etapa de la poesía inglesa; o las que se limitan a la poesía «moderna» de las últimas dos o tres generaciones, incluyendo los poetas vivos que hayan establecido cierta reputación. Estas últimas, claro, también cumplen parte de los fines de las antologías puramente contemporáneas. Pero, ciñéndonos por conveniencia a las antologías que solo incluyen obras de poetas muertos, preguntémonos qué utilidad puede esperarse que presten a los lectores.
  No cabe duda de que The Golden Treasury o el Oxford Book han introducido a mucha gente en Milton, Wordsworth o Shelley [no en Shakespeare: pero no esperamos trabar contacto con un poeta dramático a través de antologías). Pero yo no diría que quien haya leído a estos poetas y gozado de ellos, o de media docena más, en una antología, pero no haya tenido la curiosidad y el apetito de abordar sus obras completas, y averiguado al menos qué otra cosa podía gustarle, es un verdadero amante de la poesía. El valor de las antologías como introducción a la obra de los grandes poetas se acaba pronto; y no seguimos leyendo antologías por las selecciones de estos poetas, aunque tengan que estar allí. La antología también nos ayuda a descubrir si existen poetas menores cuya obra nos gustaría conocer mejor —poetas que no figuran tan conspicuamente en las historias de la literatura, que acaso no hayan influido en el curso de la literatura, poetas cuya obra no es necesaria en los esquemas abstractos de la educación literaria, pero cuya obra puede ejercer una fuerte atracción personal en ciertos lectores. Por cierto, yo pondría en duda la autenticidad del amor por la poesía de todo lector que no tenga afecto personal por la obra de uno o más de estos poetas sin importancia histórica; sospecharía que quien solo gusta de los poetas que los libros de historia coinciden en considerar más importantes probablemente no sea más que un estudiante concienzudo cuyas apreciaciones contienen poco de él mismo. Tal vez este poeta no sea importante, debería decir uno, desafiante, pero para mí su obra es buena. Como traba uno contacto con tal poesía, y si llega a trabarlo, es en gran medida cuestión de azar. Puede que en una biblioteca familiar haya un libro que alguien compró cuando lo publicaron, porque se hablaba mucho de él, y que nadie leyó nunca. Fue así cómo, de niño, di con un poema por el cual mantengo un cálido afecto: The Light of Asia, de Sir Edwin Arnold. Es un largo poema épico sobre la vida del Buda Gautama: yo debía de tener una simpatía latente por el tema, pues lo leí entero con gusto, y más de una vez. Nunca he sentido la curiosidad de saber algo sobre el autor, pero hasta hoy me sigue pareciendo un buen poema, y cuando conozco alguna persona que lo haya leído y apreciado esa persona me atrae. Ahora bien, en las antologías uno no suele encontrarse con fragmentos de epopeyas olvidadas; de todos modos es posible que le impresione cierta pieza de un autor oscuro, que lleve a una relación íntima con la obra de cierto poeta que nadie más parece disfrutar, ni haber leído.
  Así como la antología puede presentarnos poetas que no son muy importantes, pero cuya obra nos gusta, si es buena puede proporcionarnos conocimientos útiles sobre otros poetas que no nos gustan pero son muy importantes. Solo existen dos razones para leer enteros The Faery Queen o The Prelude de Wordsworth. Una es que uno disfrute leyéndolos; y disfrutar de cualquiera de estos poemas es un mérito notable. Pero si uno no los disfruta, la única razón que queda es que piense hacerse profesor de literatura, o crítico literario, y tenga que leerlos. Y sin embargo Spenser y Wordsworth son tan importantes en la historia de la literatura inglesa, debido a la cantidad de poesía que se entiende mejor cuando se los conoce, que todo el mundo debería saber algo de ellos. No hay muchas antologías que ofrezcan fragmentos sustanciales de poemas largos; existe una muy útil, de Charles Williams, especialmente cualificado porque gozaba realmente de toda clase de poemas largos que no lee nadie más. Pero incluso una buena antología compuesta de poemas breves puede darle a uno cierto conocimiento, que vale la pena tener, de aquellos poetas que no disfrutamos. Y así como todo el mundo debe tener gusto personal por cierta poesía a la cual otros no dan importancia, todo el mundo, sospecho, es indiferente a la obra de uno o más poetas cuya grandeza hay que reconocer.
  La siguiente función de la antología sólo puede cumplirse si el compilador es no solo un hombre de muchas lecturas, sino de gusto muy sensible. Hay muchos poetas que, sosos en general, tuvieron destellos ocasionales. La mayor parte de nosotros carece de tiempo para leer enteras las obras de competentes y distinguidos poetas sosos, especialmente los de otras épocas, y descubrir por nuestra cuenta los trozos buenos; y pocas veces vale la pena aunque podamos darnos el lujo. Hace un siglo o más, todos los amantes de la poesía devoraban los libros de Tom Moore tan pronto como salían: hoy en día, ¿quién ha leído entero incluso Lalla Rookh? Southey fue Poeta Laureado, y consiguientemente escribió epopeyas: yo conozco una persona a quien de niña le leyeron el Thalaba, si no The Curse of Kehama y le conserva un afecto parecido al que guardo yo por The Light of Asia. Me pregunto si mucha gente habrá leído el Gebir; y sin embargo Landor, el autor de ese majestuoso poema largo, era sin duda un poeta muy capaz. Hay muchos poemas largos, no obstante, que parecen haber sido sumamente legibles cuando fueron publicados pero ahora no lee nadie —aunque sospecho que hoy en día, cuando la prosa de ficción satisface la necesidad que antes, para la mayoría de los lectores, colmaban las historias en verso de Scott y Byron y Moore, hay pocos que lean un poema muy largo incluso si acaba de ser impreso. De modo que las antologías y los volúmenes de selecciones son útiles: porque nadie tiene tiempo de leer todo, y porque hay poemas de los que sólo siguen vivas algunas partes.
  La antología puede tener otra utilidad que, siguiendo con el tren de pensamiento que he mantenido hasta ahora, podríamos pasar por alto. Estriba en el interés de la comparación, de acceder, en un espacio breve, a una sinopsis del recorrido de la poesía; y si hay mucho que sólo puede aprenderse leyendo todo lo de un poeta, hay mucho que aprender pasando de un poeta a otro. Moverse de aquí para allá entre una balada de frontera, una canción isabelina, un poema lírico de Blake o Shelley y un monólogo de Browning, da la posibilidad de tener experiencias emotivas, y motivos para el pensamiento, que no se tienen cuando la atención se concentra en un solo poeta. Así como en una cena bien concebida uno no disfruta una cantidad de platos en sí sino la combinación de cosas buenas, hay placeres de la poesía que deben recibirse en conjunto; y es bien posible que leídos uno detrás de otro, poemas muy diferentes de autores de distintos temperamentos y épocas distintas puedan revelar cada uno su sabor peculiar, porque cada uno tiene algo que a los otros les falta. Para gozar de este placer hace falta una buena antología, y también cierta práctica en su empleo.
  Volveré ahora al tema del que acaso ustedes piensen que me he desviado. Aunque no son los únicos representados en las antologías, podemos pensar en los poetas menores como aquellos que sólo leemos en las antologías. Contra esta idea tuve que interponer un caveat, afirmando que cada lector de poesía debería tener ciertos poetas menores que, para él, valga la pena leer íntegros. Pero a partir de este punto encontramos más de una clase de poeta menor. Hay, por supuesto, poetas que han escrito un solo buen poema, o muy pocos: de modo que no parece haber motivos para que alguien vaya más allá de la antología. Así, por ejemplo, el caso de Arthur O'Shaughnessy, cuyo poema que empieza «Where are the music makers"(Dónde están los hacedores de música...?) figura en cualquier antología que incluya poesía de fines del siglo XIX. Así, para algunos lectores aunque no para todos, los de Ernest Dowson o John Davidson. Pero los poetas de quienes puede decirse que, según todos los lectores, sólo dejaron uno o dos poemas dignos de lectura son en realidad muy pocos: lo más posible es que si un poeta ha escrito un buen poema, en el resto de su obra haya algo que vale la pena leer, al menos para algunas personas. Dejando aparte a estos pocos, descubrimos que a menudo pensamos que es menor el poeta que sólo ha escrito poemas breves. Pero a veces también podemos considerar poetas menores a Southey, a Landor y a una cantidad de escritores de los siglos XVIII y XIX, aunque dejaron poemas del tamaño más monumental: y creo que pocos hoy en día, al menos entre los lectores jóvenes, considerarían poeta menor a Donne, aunque nunca hubiera escrito sátiras y epístolas, o a Blake, aunque no hubiera escrito sus Libros Proféticos. De modo que debemos registrar como poetas menores, en un sentido, a ciertos poetas cuya reputación descansa en poemas muy largos; y como poetas mayores a algunos que únicamente escribieron poemas cortos.
  En principio parecería más fácil referirse a los escritores menores de épica como secundarios, o más ásperamente como grandes poetas fallidos. Fracasaron, sin duda, en el sentido de que hoy nadie lee sus largos poemas; son secundarios, en el sentido de que a los poemas largos los valoramos según patrones muy altos. Sentimos que la molestia de leer un poema largo no vale la pena a menos que, en su especie, sea tan bueno como The Faery Queen, o Paradise Lost, o The Prelude, o Don Juan, o Hyperion, y los demás poemas largos de primer orden. No obstante, hemos visto que para alguna gente vale la pena leer esos poemas secundarios. Por lo demás, notamos que no es posible dividir simplemente los poemas largos en un pequeño número de obras maestras y una gran cantidad por los que no hace falta molestarse. Puesto que entre poemas como los que acabo de mencionar y una estimable obra menor como The Light of Asia hay toda suerte de poemas largos de distintos tipos e importancia diversa, no podemos trazar una línea definitiva entre lo mayor y lo menor. ¿Qué decir de las Seasons de Thomson y del Task de Cowper? Son poemas largos que, si sus intereses tienen otro rumbo, a uno le alcanzará con conocer por extractos; pero me niego a admitir que sean poemas menores, y que en cada uno de ellos haya una parte tan buena como el todo. ¿Qué decir de la Aurora Leigh de la señora Browning, que nunca he leído, o de ese largo poema de George Eliot cuyo nombre no recuerdo?
                                            
  Si nos es difícil dividir a los escritores de poemas largos en poetas mayores y menores, no es más fácil hacerlo con los escritores de poemas cortos. Un caso muy interesante es George Herbert. Todos conocemos un puñado de poemas suyos que aparecen repetidamente en las antologías; pero cuando leemos su poesía completa, nos asombra descubrir que los poemas que nos parecen tan buenos como los de las antologías son muchos. Pero The Temple es algo más que una cantidad de poemas religiosos de un solo autor: el libro, como quiere sugerir el titulo, fue construido siguiendo un plan; y, a medida que vamos conociendo mejor los poemas de Herbert, descubrimos que hay algo que obtenemos del libro entero, que no es simplemente la suma de sus partes. Lo que al principio parece una serie de poemas líricos hermosos pero aislados, llega a revelarse una continuada meditación religiosa con un marco intelectual; y, en cuanto todo, el libro nos descubre el espíritu devocional anglicano de la primera mitad del siglo XVII. Más aun, entendemos mejor a Herbert, y nos sentimos recompensados por el trabajo, si sabemos algo sobre los escritores teológicos ingleses de su época; si sabemos algo sobre los escritores místicos ingleses del siglo XIV; y si sabemos algo de ciertos poetas contemporáneos de él —Donne, Vaug-han, Traherne— y alcanzamos a percibir lo que todos tienen en común con su origen y educación galeses; y, finalmente, aprendemos algo sobre Herbert comparando la típica devoción anglicana que expresa con el sentimiento religioso más continental, y más romano, de su contemporáneo Richard Crashaw. En definitiva, pues, yo al menos no puedo admitir que se califique a Herbert de poeta «menor»: porque lo que me viene a la mente cuando pienso en él no es un puñado de poemas predilectos, sino la obra entera.
  Comparemos ahora a Herbert con otros dos poetas, uno un poco mayor que él y el otro de la generación previa, pero ambos muy distinguidos escritores de lírica. De los poemas de Robert Herrick, también pastor anglicano pero hombre de temperamento muy distinto, recibimos la misma impresión de una personalidad unificadora; y llegamos a conocer mejor esa personalidad leyendo todos sus poemas, y por haberlos leído todos disfrutamos más de nuestros preferidos. Pero, primero, en los poemas de Herrick no hay un propósito consciente de continuidad; es un hombre más puramente natural y espontáneo, que escribe sus poemas al imperio de su antojo; y, segundo, la personalidad que se expresa en ellos es menos insólita —de hecho es su sincera medianía lo que les da encanto. En términos relativos, recibimos mucho más de un poema de él que de un poema de Herbert; y sin embargo en él todo sigue habiendo algo más, que en las partes. Luego tomemos a Thomas Campion, el escritor de canciones isabelino. Yo diría que, dentro de sus límites, en toda la poesía inglesa no hubo un artesano mas consumado que Campion. Admito que para comprender plenamente sus poemas debemos saber algunas cosas: Campion era músico, y escribía sus canciones para que se cantaran. Apreciamos mejor sus poemas si tenemos algún conocimiento de la música Tudor y de los instrumentos para los que era escrita; nos gustan más si nos gusta esa música; y entonces queremos no simplemente leerlos, sino oírlos cantados, y con el marco musical del propio Campion. Pero no necesitamos saber nada de lo que, en el caso de Herbert, nos ayuda a entenderlo mejor y disfrutarlo más; no necesitamos preocuparnos de lo que pensaba, ni de los libros que leía, ni de su origen racial o su personalidad. Lo único que necesitamos es el marco musical isabelino. Lo que obtenemos, al pasar de los poemas de las antologías a la lectura de su obra entera, es un placer reiterado, el goce de las bellezas nuevas y las renovadas variaciones técnicas, pero no una impresión de totalidad. En el caso de él no podemos decir que el todo sea más que la suma de las partes.
   No digo que la prueba —que de todos modos cada cual llevará a cabo por su cuenta, con resultados diversos— de comparar el todo con la suma de las partes sea en sí un criterio satisfactorio para distinguir los poetas mayores de los menores. Nada es tan simple: y aunque después de leer a Campion no sintamos que conocemos al Campion hombre, como sí sentimos después de leer a Herrick, sobre otras bases, debido a que es de largo el artesano más notable, yo pondría a Campion por encima de Herrick en importancia, aunque muy por debajo de Herbert. Todo lo que he afirmado es que una obra consistente en una cantidad de poemas cortos, aun de poemas que individualmente tomados parezcan acaso algo magros, puede, por la unidad que le da un esquema subyacente, equivaler a un poema largo de primer orden en el establecimiento del derecho del autor a ser poeta «mayor». Ese derecho puede quedar establecido por un solo poema largo, claro está, y cuando ese poema largo es suficientemente bueno, cuando encierra la unidad y la variedad adecuadas, no precisamos conocer —o si las conocemos no precisamos darles gran valor— las demás obras de un poeta. Por mi parte, considero poeta mayor a Samuel Johnson por el solo testimonio The Vanity of Human Wishes, y a Goldsmith por el testimonio de The Deserted Village,
En este punto, parece, hemos llegado a la conclusión provisoria de que, sea lo que sea un poeta menor, un poeta mayor es aquel cuya obra debemos leer toda a fin de apreciar plenamente cada parte: pero ya hemos matizado un poco esta afirmación extrema admitiendo a cualquier poeta que haya escrito siquiera un poema largo cuya unidad contenga variedad suficiente. Pero sin duda hay muy pocos poetas en inglás de cuya obra pueda decirse que debería leerse toda. Shakespeare, por cierto, y Milton; y respecto a Milton puede señalarse, no solo que debemos leer enteros sus diversos poemas largos —Paradise Lost, Paradise Regained y Samson Agonistes—, sino que es preciso leerlos todos, como es preciso leer todas las obras de Shakespeare, para comprender plenamente cada una; y a menos que leamos asimismo los sonetos de Shakespeare, y los poemas menores de Milton, en la apreciación de lo que hayamos leído faltará algo. Pero los poetas que justifican semejante exigencia son muy pocos. Uno se las puede arreglar muy bien en la vida sin haber leído los últimos poemas de Browning o de Swinburne; yo no afirmaría con seguridad que haya que leer todo lo de Dryden o de Pope; y ciertamente no me cabe a mí negar que hay partes de The Prelude o The Excursion que toleran ser pasadas por alto. Poca gente querrá conceder mucho tiempo a los primeros poemas largos de Shelley, The Revolt of Islam y Queen Mab, aunque sin duda vale la pena leer las notas a este último. 
Tendremos pues que decir que un poeta mayor es aquel de cuya obra hemos de leer gran parte, aunque no la totalidad. Y además de preguntarnos ¿de qué poetas vale la pena leer toda la obra?, debemos preguntarnos ¿de qué poetas vale para mí la pena leer toda la obra? La primera pregunta sugiere que deberíamos tratar de mejorar nuestro gusto permanentemente. La segunda sugiere que debemos ser sinceros acerca de nuestros gustos. Así, por un lado, no sirve de nada leer diligentemente siquiera a Shakespeare o Milton de principio a fin, a menos que den ustedes con algo que les guste en seguida: solo este placer inmediato les dará, bien la motivación para leer el todo, bien la perspectiva de algún beneficio una vez lo hayan hecho. Y tal vez haya, y por cierto debería haber —como ya he dicho—, ciertos poetas que signifiquen para ustedes lo suficiente como para inducirlos a leer toda su obra, por más que para otra gente no tengan acaso el mismo valor. Y esta clase de gusto tal vez no sólo pertenezca a una fase del desarrollo de su gusto que superarán, sino que indique cierta afinidad entre ustedes y un autor particular que durará toda la vida: quizá ocurra incluso que estén ustedes especialmente cualificados para apreciar un poeta que muy pocas personas son capaces de disfrutar.
  Diría entonces que en relación a la grandeza e importancia relativas de nuestros poetas impera cierta ortodoxia, si bien son muy pocas las reputaciones que se mantienen totalmente inalteradas de una generación a otra. Ninguna reputación poética permanece siempre en el mismo lugar: se trata de una bolsa en fluctuación constante. Hay muy pocos nombres que fluctúan solamente, por así decir, dentro de un margen estrecho de puntos: poco importa si Milton sube hoy a 104 y mañana baja a 97 y 1/4. Hay otras reputaciones, como la de Donne o la de Tennyson, que varían con mayor amplitud, de modo que uno tiene que juzgar su valor por un promedio que abarque un lapso prolongado; hay otras que sostenidamente permanecen mucho tiempo bajo par, y a ese precio resultan buenas inversiones. Y hay poetas que son buenas inversiones para algunos, aunque no tengan cotización en el mercado y sus acciones sean invendibles —y me temo que en este punto se agota la comparación con la bolsa. Pero yo diría que, si bien existe un ideal objetivo de gusto poético ortodoxo, ningún lector puede ni debe tratar de ser ortodoxo por completo. Hay sin duda ciertos poetas que han gustado a tantas generaciones de personas inteligentes, sensibles y de vastas lecturas, que [si en algo nos gusta la poesía] bien vale la pena esforzar-nos por descubrir las razones, y si no podemos disfrutarlos nosotros también. De los poetas menores, hay por cierto algunos sobre los cuales, tras algunas pruebas, podemos adoptar sin peligro la opinión habitual de que dos o tres poemas los representan harto adecuadamente: pues, como ya he dicho, nadie tiene tiempo de descubrirlo todo por su cuenta, y hay cosas que debemos aceptar confiando en los demás.
  Con todo, la mayoría de los poetas menores —de aquellos que conservan alguna reputación— son poetas de quienes todo lector de poesía debería saber algo, pero a muy pocos de los cuales cualquier lector llegará a conocer bien. Algunos nos atraen a causa de alguna compatibilidad personal específica; otros por su tema, otros por una cualidad particular, el ingenio o el pathos por ejemplo. Cuando hablamos de Poesía, con P mayúscula, tendemos a pensar únicamente en la emoción más intensa o la frase más mágica: no obstante en la poesía hay muchas lucernas que no son mágicas, que no se abren a la espuma de mares peligrosos, pero que pese a todo son perfectas ventanas. Creo que George Crabbe era muy buen poeta, pero uno no acude a él en busca de magia: si les gustan las descripciones realistas de la vida pueblerina en Suffolk hace ciento veinte años, en un verso tan bien escrito que convence de que no podría decirse lo mismo en prosa, Crabbe les gustara: es un poeta que debe ser leído en grandes lonjas, si es que se lo lee;  de modo que si lo encuentran aburrido pueden echarle un vistazo y seguir de largo. Pero vale la pena saber que existió, porque a lo mejor podía gustarles, y también porque les dirá algo sobre la gente a quien le gusta.
  Las principales tesis que he intentado defender hasta ahora son, creo, las siguientes: la diferencia entre poetas mayores y menores no tiene nada que ver con que hayan escrito poemas largos o solo poemas cortos, aunque todos los poetas muy grandes, que son pocos, hayan tenido algo que decir que únicamente podía decirse en un poema largo. Lo que importa es si el conocimiento de la totalidad, o al menos de una parte muy grande, de la obra de un poeta nos hace disfrutar más uno cualquiera de sus poemas, porque nos hace comprenderlo mejor. Esto entraña la presencia de una unidad significativa en toda la obra. El aumento de la comprensión no se puede expresar con palabras: yo no podría decir exactamente por qué creo comprender y disfrutar mejor de Comus por haber leído Paradise Lost, o de Paradise Lost por haber leído Samson Agonistes, pero estoy convencido de que es así. No siempre puedo decir por qué, por haber estado con una persona en situaciones diferentes, y observado su conducta en diversas circunstancias, siento que comprendo mejor su conducta o proceder en una ocasión determinada: pero creemos que, por inconsistente que sea su conducta, esa persona es una unidad, y que tratarla a lo largo de un período nos la hace mas inteligible. Finalmente, he mitigado esta discriminación objetiva entre poetas mayores y menores refiriéndola al lector particular. Porque quizá no haya ningún gran poeta que tenga exactamente la misma significación para dos lectores, por muy de acuerdo que estén en su eminencia; tanto más probable, entonces, que no haya dos lectores para quienes el modelo de la poesía inglesa sea el mismo. De modo que, tomados dos lectores de igual competencia, determinado poeta puede ser para uno mayor y para el otro menor.
  Queda por hacer una reflexión final, cuando se trata de considerar la poesía contemporánea. A veces vemos que los críticos, en su primera toma de contacto con la obra de un nuevo poeta, afirman con seguridad que es poesía «mayor» o «menor». Dejando de lado la posibilidad de que lo que el crítico esta alabando o situando pueda no ser poesía en absoluto [porque a veces uno puede decir: «Si esto fuera poesía, sería poesía mayor... Pero no lo es»], no me parece aconsejable decidirse tan rápido. A lo máximo que puedo comprometerme, respecto de la obra de un poeta vivo que acabo de conocer, es a afirmar si es o no poesía autentica. ¿Tiene este poeta algo que decir, un poco diferente de lo que cualquiera ha dicho antes, y ha encontrado, no solo una manera diferente de decirlo, sino la manera diferente de decirlo que expresa la diferencia de lo que esta diciendo? Aun comprometiéndome solo en esto, sé que acaso esté asumiendo un riesgo especulativo. Puede que me impresione lo que el autor intenta decir, y que pase por alto el hecho de que no ha encontrado la manera nueva de decirlo; o que la nueva forma de hablar, que al principio da la impresión de que el autor ha encontrado algo propio que decir, resulte ser un manierismo que solo oculta una visión totalmente convencional. Para cualquiera que como yo,  lea buena cantidad de manuscritos, y manuscritos de autores de quienes nunca ha visto otra obra, las trampas son todavía mas peligrosas: porque un conjunto de poemas puede ser tanto mejor que todos los demás que acabo de mirar, que no es difícil que confunda la pasajera sensación de alivio con la percepción del talento notable. Hay muchos que se conforman, bien con mirar antologías —e incluso cuando un poema los impresiona pueden no tomar conciencia, o si la toman tal vez no se fijan en el nombre del autor— bien con esperar hasta que se haga patente que cierto poeta, después de haber producido varios volúmenes [lo cual es en si una corroboración], ha sido aceptado por los reseñadores (y lo que mas nos impresiona no es lo que los reseñadores dicen cuando escriben sobre un poeta, sino las referencias que hacen a ese poeta cuando escriben sobre otro).
  El primer método no nos lleva muy lejos; el segundo no es muy seguro. Por una parte, todos tendemos a estar un poco a la defensiva con respecto a nuestra época. Nos gusta sentir que nuestra época puede producir un arte grande, tanto más cuanto que acaso tengamos la oscura sospecha de que no puede; y de algún modo sentimos que, si pudiéramos creer que tenemos un gran poeta, la certeza alcanzaría para tranquilizarnos y darnos confianza en nosotros mismos. Es un deseo patético, pero además perturba el juicio critico, porque puede empujarnos a la conclusión de que es un gran poeta alguien que no lo es; o a despreciar injustamente a un buen poeta porque no es grande. Y con los contemporáneos no habría que ocuparse tanto de averiguar si son grandes o no; habría que atenerse a la pregunta: ¿Son auténticos?, y dejar la cuestión de la grandeza al único tribunal que puede decidir: el tiempo.
  En nuestra época hay, en realidad, un público considerable para la poesía contemporánea: quizás haya mas curiosidad y mas expectación hacia ella que la que había una generación atrás. Existe, por un lado, el peligro de desarrollar un público lector que no sepa nada de ningún poeta anterior, digamos, a Gerard Manley Hopkisn, y carezca de la formación necesaria para valorar críticamente. También existe el peligro de que la gente espere a que la reputación contemporánea de un poeta quede establecida para leerlo; y la angustia, para quienes aun estamos en el oficio, de que, siendo aún contemporáneos, no seamos leídos hasta después de que otra generación haya establecido sus poetas. Para el lector el peligro es doble: no llegar a leer nunca algo del todo fresco, y no volver a leer nunca lo que siempre conserva la frescura.
  Por eso debemos guardar una proporción entre las lecturas de poesía pasada y poesía moderna. Yo no confiaría en el gusto del que nunca lee poesía contemporánea, y sin duda no confiaría en el gusto del que no lee otra cosa. Pero incluso mucha gente que lee poesía contemporánea desperdicia el placer, y el provecho, de descubrir algo por su cuenta. Cuando ustedes leen poesía nueva, poesía de alguien cuyo nombre todavía no se conoce mucho, alguien de quien todavía no se han ocupado los reseñadores, están ejerciendo, o deberían estar ejerciendo, su propio gusto. No hay nada más a que atenerse. El problema no es, como piensan muchos lectores, tratar de les guste lo que no les gusta, sino dar a la sensibilidad la libertad de actuar naturalmente. Por mi parte, me resulta muy difícil: pues cuando uno lee a un poeta con el propósito deliberado de tomar una decisión, ese propósito puede interferir y oscurecer la conciencia de lo que uno siente. Es difícil hacerse las dos preguntas, ¿Es bueno, me guste o no?» y ¿«Me gusta?», al mismo tiempo: y a menudo descubro que la mejor prueba es que cierta frase, imagen o verso de un poema nuevo me vuelva mas tarde a la mente sin haberla convocado. También descubro que me es útil mirar los poemas nuevos de las revistas de poesía, y las selecciones de nuevos poetas en las antologías contemporáneas: porque al leerlos no me estorba la pregunta ¿«Debería ocuparme de que se publicaran?» A algo semejante, creo se debe que cuando voy a escuchar por primera vez una pieza musical, o a ver una nueva exposición de pintura, prefiero ir solo. Porque si voy solo, no estoy obligado a expresarle una opinión inmediata a nadie. No es que necesite tiempo para decidirme: necesito tiempo para saber que sentí realmente en el momento. Y ese sentimiento no es un juicio sobre la grandeza o la importancia: es una percepción de la autenticidad. Así cuando leemos a un poema contemporáneo, en realidad no nos concierne decidir si es un poeta «mayor» o «menor». Si leemos un poema y respondemos a él, en cambio, tendríamos que querer leer más del mismo autor; y cuando hayamos leído suficiente, deberíamos ser capaces de responder a la pregunta: ¿Es simplemente más de lo mismo?; en otras palabras, ¿es simplemente lo mismo, o es diferente pero no se resuelve en nada, o hay entre los poemas una relación que nos hace ver un poco más en cada uno? Es por eso que, con la misma prudencia que respecto a la obra de los poetas muertos, debemos leer no solo poemas aislados, como nos dan las antologías, sino la obra de un poeta.

 *Alocución ofrecida en Swansea, en septiembre de 1944, ante la Asociación de Libreros de Swansea y Gales Occidental. Subsiguientemente publicada en The Sewanee Review.
** Sobre poesía y poetas; Barcelona 1992).
***TS Eliot (E.E.U.U.1888 - Londres, 1965).  (Traduc.: Marcelo Cohen)

domingo, noviembre 11, 2012

T.S.Eliot, otros poemas...

Material extractado del blog campodemaniobras.blogspot.com.ar

Ejercicios para los cinco dedos
I. Versos a un gato persa

Los pájaros cantores del aire remontan
hacia los verdes prados de Russell Square.
Debajo de los árboles no hay alivio
para la mente ofuscada, los agudos deseos
y los ojos vivaces del Osito Lanudo.
No hay consuelo sino en el dolor.
Oh, ¿cuándo dejará de rechinar el corazón?
¿Cuándo brindará descanso la silla rota?
¿Por qué se demora el día estival?
¿Cuándo se alejará el fluir del Tiempo?


II. Versos a un terrier de Yorkshire
En un campo parduzco se alzaba un árbol
y se lo veía retorcido y seco.
En un cielo oscuro, desde una nube verde,
gritaron, matraquearon, gruñeron sin parar.
El perrito estaba seguro y abrigado
debajo de un ededredón de cretona,
pero el campo estaba agrietado y parduzco,
y el árbol encogido y seco.
Perros y gatos de caramelo deben todos
gatos y perros de jalea deben todos
reducirse a polvo, como enterradores.
Perrito, aquí hago una pausa
levantando mis patas delanteras,
hago una pausa, y duermo interminablemente.


III. Versos a un ánade en el parque
La larga luz vibra a través del lago,
las fuerzas de la mañana tiemblan,
el amanecer se inclina sobre el césped,
aquí no hay lagartija o serpiente mortal
sino sólo un perezoso ánade y un pato.
He visto el resplandor de la mañana,
he tenido el Pan y el Vino,
he dejado que los mortales emplumados tomen
aquello a lo cual tienen mortal derecho,
pellizcando el pan y también el dedo,
presas más fáciles que el ondulante gusano;
porque yo sé, y también tú debieras saberlo,
que pronto el gusano inquisidor robará
nuestra bien conservada complacencia.


IV. Versos a Ralph Hodson, Esqre.
¡Qué placer conocerlo a Mr. Hodson!
(Todos quisieran conocerlo):
con su entonación musical y
su mastín de Baskerville
que, a una sola palabra de su amo,
nos seguirá más y más velozmente
y nos degarrará pedazo a pedazo.
¡Qué placer conocerlo a Mr. Hodson!
Adorado por todas las camareras
(lo consideran algo aparte),
mientras su refinado paladar exprime
el jugo de la torta de grosellas,
¡Qué placer conocerlo a Mr. Hodson!
(Todos quisieran conocerlo)
Tiene 999 canarios
y en torno de su cabeza pinzones y hadas
revolotean con jubiloso éxtasis.
¡Qué placer conocerlo a Mr. Hodson!
(Todos quisieran conocerlo).


V. Versos para Cuscus Caraway y Mirza Murad Alí Bag
¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!
Con sus rasgos de corte clerical,
y su semblante tan torvo,
y su boca tan afectada,
y su conversación con tal primor
sujeta al Qué Precisamente
y al Supuesto Que y Tal Vez y Pero.
¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!
Con su perro rabón bastardo
y un abrigo de piel
y un gato puercospín
y un sombrero de mafioso:
¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!
(Tenga la boca abierta o cerrada)


T. S. Eliot (St. Louis, 1888-Londres, 1965), Retrato de una dama y otros poemas. Versión y notas de Alberto Girri y Enrique Pezzoni, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1983.
Five-Finger Exercises
I. Lines to a Persian Cat
The songsters of the air repair / To the green fields of Russell Square. / Beneath the trees there is no ease / For the dull brain, the sharp desires / And the quick eyes of Woolly Bear. / There is no relief but in grief. / O when will the creaking heart cease? / When will the broken chair give ease? / When will Time flow away?

II. Lines to a Yorkshire Terrier
In a brown field stood a tree / And the tree was crookt and dry. / In a black sky, from a green cloud / Natural forces shriek'd aloud, / Screamed, rattled, muttered endlessly. / Little dog was safe and warm / Under a cretonne eiderdown, / Yet the field was cracked and brown / And the tree was cramped and dry. / Pollicle dogs and cats all must / Jellicle cats and dogs all must / Like undertakers, come to dust. / Here a little dog I pause / Heaving up my prior paws, / Pause, and sleep endlessly.

III. Lines to a Duck in the Park
The long light shakes across the lake, / The forces of the morning quake, / The dawn is slant across the lawn, / Here is no eft or mortal snake / But only sluggish duck and drake. / I have seen the morning shine, / I have had the Bread and Wine, / Let the feathered mortals take / That which is their mortal due, / Pinching bread and finger too, / Easier had than squirming worm; / For I know, and so should you / That soon the enquiring worm shall try / Our well-preserved complacency.

IV. Lines to Ralph Hodgson Esqre.
How delightful to meet Mr. Hodgson! / (Everyone wants to know
him) - / With his musical sound / And his Baskerville Hound / Which, just at a word from his master / Will follow you faster and faster / And tear you limb from limb. / How delightful to meet Mr. Hodgson! / Who is worshipped by all waitresses / (They regard him as something apart) / While on his palate fine he presses / The juice of the gooseberry tart. (How delightful to meet Mr. Hodgson! / (Everyone wants to know him), / He has 999 canaries / And round his head finches and fairies / In jubilant rapture skim. / How delightful to meet Mr. Hodgson! / (Everyone wants to meet him).

V. Lines for Cuscuscaraway and Mirza Murad Ali Beg
How unpleasant to meet Mr. Eliot! / With his features of clerical cut, / And his brow so grim / And his mouth so prim / And his conversation, so nicely / Restricted to What Precisely / And If and Perhaps and But. /How unpleasant to meet Mr. Eliot! / With a bobtail cur / In a coat of fur / And a porpentine cat / And a wopsical hat: / How unpleasant to meet Mr. Eliot! / (Whether his mouth be open or shut).

miércoles, noviembre 07, 2012

T.S.Eliot: Canto de amor de J. Alfred Prufrock




Traducción de Pablo Ingberg:


S’io credessi che mia risposta fosse
a persona che mai tornasse al mondo,
questa fiamma staria senza più scosse.
Ma per ciò che giammai di questo fondo
non tornò vivo alcun, s’i’odo il vero,
senza tema d’infamia ti rispondo.

Vayamos pues, tú y yo,
Cuando el crepúsculo se extiende contra el cielo
Como un paciente eterizado en una mesa;
Vayamos, por algunas calles semidesiertas,
Murmurantes refugios
De noches mal dormidas en hoteles de paso
Y restaurantes con serrín y restos de ostras:
Calles que continúan como una discusión aburridísima
Con el propósito insidioso
De conducirte a una pregunta abrumadora...
Ah, no preguntes, “¿Cuál es?”
Vayámonos a hacer nuestra visita.




En la sala las mujeres van y vienen
Mientras conversan sobre Miguel Ángel.


La niebla amarillenta que restriega su lomo en las ventanas,
El humo amarillento que restriega su hocico en las ventanas,
Sacó la lengua hacia las varias esquinas del crepúsculo,
Se demoró sobre los charcos estancados en torno a los desagües,
Dejó caer sobre su lomo el hollín que hacen caer las chimeneas,
Se deslizó por la terraza, dio un salto repentino,
Y al ver que era una suave nochecita de octubre,
Se enruló en torno a la casa, y se quedó dormido.


Y por cierto habrá tiempo
Para el humo amarillento que resbala a lo largo de la calle
Restregándose el lomo en las ventanas;
Habrá tiempo, habrá tiempo
De preparar una cara para encontrar las caras que te encuentras;
Habrá tiempo de matar y de crear,
Y tiempo para todos los días de las manos
Que levantan y vuelcan en tu plato una pregunta;

Tiempo para ti y tiempo para mí,
Y tiempo todavía para cien indecisiones
Y tiempo para cien visiones y revisiones
Antes de dedicarse a la tostada y el té.

En la sala las mujeres van y vienen
Mientras conversan sobre Miguel Ángel.


Y por cierto habrá tiempo
De preguntar, “¿Me atrevo?” y, “¿Me atrevo?”
Tiempo de volverse y bajar las escaleras,
Con un claro de calvicie en medio de mi pelo
(Dirán: “¡Cómo le está raleando el pelo!”)
Mi saco, el cuello duro subiéndoseme firme a la barbilla,
Mi corbata cara y sobria, pero sujeta por un simple alfiler
(Dirán: “¡Pero qué flacos sus brazos y sus piernas!”)
¿Me atrevo a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que un minuto habrá de revertir.




Pues las he conocido ya todas, conocido todas
He conocido los crepúsculos, mañanas, tardes,
He medido mi vida en cucharitas de café;
Yo conozco las voces que agonizan en caída agonizante
Bajo la música de un cuarto alejado.
¿Cómo pues aventurarme?

Y he conocido ya los ojos, conocido todos
Los ojos que te fijan a una fórmula,
Y una vez formulado, repantigándome en un alfiler,
Una vez ya pinchado a la pared y retorciéndome,
¿Cómo empezar entonces
A escupir todas las colillas de mis días y vías?
¿Y cómo aventurarme?

Y he conocido ya los brazos, conocido todos
Los brazos enjoyados y blancos y desnudos
(Pero a la luz de la lámpara, ¡con un vello castaño!)
¿Es el perfume acaso de un vestido
Lo que me impulsa así a la digresión?
Los brazos que reposan a lo largo de la mesa, o se envuelven en un chal.
¿Y habría pues de aventurarme?
¿Y cómo comenzar?


Voy a decir, pasé al oscurecer por unas calles angostas
Y miré el humo que sube de las pipas
De hombres solos en mangas de camisa, asomados a ventanas?...


Yo debiera haber sido un par de garras deshechas
que barrenara el fondo de mares silenciosos.
. . . . .

Y la tarde, el crepúsculo, ¡duerme tan plácidamente!
Alisada por unos largos dedos,
Dormida... fatigada... o finge estar enferma,
Estirada en el piso, aquí junto a nosotros.
¿Habría, tras el té y las masas y el helado,
De tener el valor de forzar el momento hasta su crisis?
Pero aunque yo he llorado y ayunado, llorado y rezado,
Aunque vi mi cabeza (ligeramente calva) traída en una bandeja,
No soy ningún profeta y esto no es gran cosa;
He visto mi momento de grandeza parpadear como una llama,
Y he visto al eterno Lacayo sostenerme el abrigo, y reír entre dientes,
Y en suma, tuve miedo.


¿Y acaso habría valido al fin la pena, sí, después de todo,
Después ya de las tazas, la mermelada, el té,
Entre la porcelana, entre un poco de charla tuya y mía,
Acaso habría valido al fin la pena,
Haber cortado de un mordisco la cuestión mediante una sonrisa,
Haber aprisionado el universo hasta hacerlo una bola
Para echarlo a rodar hacia alguna pregunta abrumadora,
Para decir: “Soy Lázaro, venido aquí de entre los muertos,
Vuelto para contarles todo a ustedes, voy a contarles todo”
Si alguna, acomodándose una almohada junto a la cabeza
Dijera: “Eso no es lo que quise decir en absoluto.
No es eso, en absoluto”?


¿Y acaso habría valido al fin la pena, sí, después de todo,
Acaso habría valido al fin la pena,
Después de los ocasos y jardines y las calles regadas,
Después de las novelas, de las tazas de té, después de las polleras que se
arrastran por el suelo
Y esto, y tanto más?
¡Imposible decir exactamente lo que quiero decir!

Pero como si arrojara una linterna mágica los nervios en gráficos contra
una pantalla:
¿Acaso habría valido al fin la pena
Si alguna, acomodándose una almohada o arrojando un chal,
Y girando en dirección a la ventana, dijera:
“No es eso en absoluto,
No es eso lo que quise decir, en absoluto.”?

. . . . .
¡No! Yo no soy ningún príncipe Hamlet, y no se suponía que lo fuera;
Soy un noble del séquito, alguno que podrá
rellenar un desarrollo, iniciar una escena o tal vez dos,
Aconsejar al príncipe; sin duda, un instrumento fácil,
Deferente, contento de ser útil,
Cauto, político, y meticuloso;
Lleno de frases elevadas, pero un poco obtuso;
A veces, la verdad, casi ridículo
Casi, a veces, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Tendré que arremangar mis pantalones.

¿Tendré que repartir mi pelo desde atrás? ¿Me atrevo a comerme un
durazno?
Voy a ponerme pantalones blancos de franela, y caminar por la playa.
He escuchado cantar a las sirenas, entre ellas.

Yo no creo que vayan a cantar para mí.

Las he visto cabalgar mar adentro las olas
Peinando el pelo blanco de las olas soplado hacia atrás
Cuando el viento sopla el agua blanca y negra.
Nos hemos demorado en las cámaras del mar
Junto a muchachas del mar coronadas de algas rojas y castañas
Hasta que nos despierten unas voces humanas, y nos ahoguemos.


*Material extractado de: http://www.pabloingberg.com.ar/pdf/traduccion-breves/Eliot-Prufrock2.pdf