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domingo, marzo 18, 2018

Silvia Guerra: Tres poemas de su Antología*




I
como un rinoceronte
así de topo
con una cruz
en medio de la cara
así de día
cuesta que te cuesta
trabaja la mansalva
para en la noche
rebasar espuma
para morir
con su locura
a raya
en un confín
de su lejana tierra.


II
Como si fuera un ansia impenetrable
inmensa que quisiera volar todo tu cuerpo
con solo abrir los brazos
porque a veces parece que vas caminando
por un prado por un verde camino caminando
y sientes que te envuelve
                     que te llena y empiezas
                     a hacerte tan fuerte
                          que podrías
                               podrías aflojar este cinto
                               olisquear este aire
                                                  Enloquecerte

III


Quizá un día se cambie el mecanismo
y si uno se despierta en plena noche
no sienta el motor que se prende o apaga
 imperturbable
los ómnibus que empiezan a correr
hacia el trabajo
los semáforos cuando cambian de luz
ahí en la esquina

quizá el mecanismo se revierta
y uno pueda escuchar, oído alerta
cómo con claridad se deletrea
alguna hoja en el árbol
                        de tanto

* Hilda Guerra. Poeta uruguaya.
** Estos poemas fueron extraídos de Un mar en madrugada, Antología de la autora, editada por Hilos Editora (2016).

viernes, octubre 25, 2013

Silvia Guerra: La Ofelia de Millais





Para  Elías Uriarte
Para Verónica D`Auria
El tálamo es un agua oscura y verde que parece que tiene transparencia.
Aquí yace la bella entrecerrados ojos que dan cuenta de un vidrio milenario.
Las flores esparcidas por el agua están tan frescas como si estuvieran vivas, y no
se aprecia bien si algunas de las floridas ramas no caen de los arbustos de la orilla. Hay piedras en el fondo y el vestido se borda dorado con ramaje y con borlas que también son flores empastando el entorno de una inigualable primavera. El verdor se trastoca hacia un azul de Prusia leve, como bajo, que campea por la escena dando una pátina de aire oscurecido. ¿Qué hora será en esta descripción?
La luz, oblicua sobre un sauce, también tiñe unas varas acuáticas y el rostro de la muerta envolviéndolo todo en una atmósfera extendida hacia esa misma luz que lo ilumina.
¿En qué momento suspendido de hojas y de flores y de rostro expuesto se expone esta visión?
El rostro de reseda, los labios entreabiertos, los ojos leves, las manos hacia arriba de palmas extendidas. Hay un ligero corte en la línea del brazo que sobresale de la línea del agua. Las palmas extendidas de ese modo, ¿piden, esperan recibir, preguntan? Metálico el vestido – de oro recamado- el pelo extenso a ambos lado del cuerpo que empapado se esboza y sobresale en partes: el rostro, tan de seda y de cera por el que todavía campea un color, un rubor de la vida una minucia de aire entre los labios,  el blanco cuello, el torso hasta los senos insinuados; la cintura la pelvis, se pierden bajo el agua. Y sobre las piernas vuelve a flotar el vestido – un poco inflado de aire y agua, se confunde con fondo o con orilla- sobre el oro crecen hojas y unas rosas abandonadas de guirnalda.
Hay una comunión entre la luz, las hojas y las flores, Ofelia muerta- las manos hacia arriba, los ojos y la boca entreabierta-  el agua. Hay algo de expectante que se extiende e inquieta por la luz y la pátina del aire, por lo vivo y lo muerto, por el instante en suspensión que se ofrece y la fuga pertinaz del que el entreabierto ojo da cuenta.
***



*Silvia Guerra (Maldonado, Uruguay, 1961). Ha publicado, entre otros libros: De la arena nace el agua (1987), Idea de la aventura (1990), La sombra de la azucena (2000) y Nada de nadie (2001), Estampa de un tapiz (Plaquette, Pen Press, NY, 2006).  Ha coeditado la correspondencia entre Gabriela Mistral y algunos escritores uruguayos, y en 2007 apareció en España Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont (Ed. Bassari).

miércoles, julio 10, 2013

Silvia Guerra: Apenas si se nombra el porvenir...

Díptico Azucenas, de Sandra Arminio.


La vela que gotea

La vela que gotea sobre el mantel bordado.
 
La piel, pétalo sobre la fuente abandonada.
 
A un hombre le sangra la nariz rota de un golpe
 
en un ring de suburbio,
 
con las paredes húmedas
 
pintadas de naranja. Una mujer se levanta de una sala
 
a la que no habrá de volver dejando atrás
 
la infancia y la muñeca. El racimo y el sueño.
 
Y no haber nadie
 
Nadie que espere en ningún sitio.
 
Apenas si se barren los restos de la cena.
 
Apenas si se nombra el porvenir.
 
Apenas el ala violeta del sombrero.
 
El tacto, apenas.

  *De La sombra de la azucena, Cantus Firmus, Nueva York, 2000).

*Silvia Guerra (Uruguay, 1961). Ha publicado, entre otros libros: De la arena nace el agua (1987), Idea de la aventura (1990), La sombra de la azucena (2000) y Nada de nadie (2001).