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miércoles, marzo 20, 2019
jueves, febrero 04, 2016
Irene Gruss: Entre la pena y la nada
Balcones
Esa vieja a lo lejos apenas
puede colgar en la soga un repasador,
antes lo retorció pero ya no
como antes,
cuando la fuerza era ciega y
eran sábanas, toallones, el
mameluco de su hombre, los
infinitos
calcetines, no, ahora ya no,
apenas da en el blanco con ese
broche
y lo aprieta, se agarra de la
soga.
Suspira.
De pronto mueve su cabeza,
ve que la estoy mirando, la
saludo como si la conociera.
Sonríe y
va hasta la maceta del malvón,
me la ofrece
entre los cables, el aire que
nos separa.
Debo anotar este goteo
Debo
anotar este goteo,
la leche acuosa de la acacia
aquí en el balcón (deck o lujo de cabaña veraniega),
y se supone debo mencionar el asombro noche tras noche,
y el mar atrás, su tronar atrás pero la contemplación de repente se esfuma,
esta paz se esfuma porque no vi
muerto el rostro de mi madre, no sentí sus manos entibiándose,
después enfriándose, como estoy ahora a la altura de la copa de una acacia,
quizá fue esta leche acuosa o alguien que puso en boca de una tal
Mrs. Ramsay: “Sobre la vida, sobre la muerte; no, pensó, no se puede decir nada de esto a nadie”.
la leche acuosa de la acacia
aquí en el balcón (deck o lujo de cabaña veraniega),
y se supone debo mencionar el asombro noche tras noche,
y el mar atrás, su tronar atrás pero la contemplación de repente se esfuma,
esta paz se esfuma porque no vi
muerto el rostro de mi madre, no sentí sus manos entibiándose,
después enfriándose, como estoy ahora a la altura de la copa de una acacia,
quizá fue esta leche acuosa o alguien que puso en boca de una tal
Mrs. Ramsay: “Sobre la vida, sobre la muerte; no, pensó, no se puede decir nada de esto a nadie”.
*El
encomillado pertenece a Virginia Woolf.
Autorretrato
Ah, si pudiera recostarme,
ser así, la mosquita muerta que inclina su cuello, lánguida;
si borrara el rictus de una Callas desahuciada, Magnani en
batón, así me veo,
dulces musas de la debilidad, dónde estáis, denme la brisa,
dénmela,
no la ventolina a orillas del mar, siempre a orillas del
mar, ay me,
mandolina y no viola da gamba,
quién me miraría si él observa el culo
de la que pasa, ay me, cuántas uñas delicadas habrán
rasguñado el hombro, la nuez,
su espalda, oh, su espalda, y engalanar lo que no tengo,
un aspecto sutil, ese gesto de no haber sufrido hambre,
menos ansia
de saber, una sor Juana cortejada por virreyes y virreinas, la
suavidad
del papiro, y el vientre sin estrías, ay me,
si hubiese usado aquel pote, si no supiera que el tiempo no
es el Teatro No,
máscara que cubre el savoir faire y otras minucias, oh,
gatitas, si pudiera lagrimear,
las he visto contonearse sinuosas hacia mi objeto incólume,
han conseguido lo que apenas logré encaramar, robar, gozar
como Dios manda, ah, Dios, si estuvieras aquí, mándame
un rayo, algún fulgor,
esa luz que oculta la vejez, la insensatez,
y vuélveme buena, modosa, bella y paciente,
Ingrid en Casablanca, un lirio en flor, el sonido
de la música.
Entre
la pena y la nada
Habría que nacer riendo a carcajadas
como hilo de fe, como costumbre.
Pero amor y dolor es lo que expulsa.
Curioso, la gana del llanto primero,
"que grite, que llore, que respire de una vez",
y el alivio, así. Curioso, la palmada en la nalga.
Y luego chupar, prenderse, y el hambre: la necesidad.
Saciados o no, a dormir
se ha dicho.
La mañana y la noche,
asombro por lo que hace la luz con uno.
Y el despertar y el moverse;
crecer, dormir.
El cielo es otro mundo. La calle
es otro mundo. El otro
es otro.
La risa llega después. Como
alegría o canto.
La burla llega después, y
es puro rictus, pura alegoría.
Hay dicha entre la pena y la nada,
entre el sonido y la furia, la duda, el estertor.
Gracia y piedad. Sí,
como reír a carcajadas.
como hilo de fe, como costumbre.
Pero amor y dolor es lo que expulsa.
Curioso, la gana del llanto primero,
"que grite, que llore, que respire de una vez",
y el alivio, así. Curioso, la palmada en la nalga.
Y luego chupar, prenderse, y el hambre: la necesidad.
Saciados o no, a dormir
se ha dicho.
La mañana y la noche,
asombro por lo que hace la luz con uno.
Y el despertar y el moverse;
crecer, dormir.
El cielo es otro mundo. La calle
es otro mundo. El otro
es otro.
La risa llega después. Como
alegría o canto.
La burla llega después, y
es puro rictus, pura alegoría.
Hay dicha entre la pena y la nada,
entre el sonido y la furia, la duda, el estertor.
Gracia y piedad. Sí,
como reír a carcajadas.
*Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950). Los poemas que se transcriben pertenecen a su último libro Entre la pena y la nada (Ediciones del Dock, 2015)
Véanse los blogs de la autora: elmundoincompletoblogspot.com y lamitaddelaverdadblogspot.com
sábado, noviembre 08, 2014
Irene Gruss: Lo inacabado
El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo.
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco,
la brasa sin atizar.
miércoles, febrero 16, 2011
Irene Gruss: Movimiento

Una mujer sola frente al mar
es más majestuosa que él.
Puede pasar una gaviota
agurando la muerte
o puede caer el sol humedeciendo
las lonas de las carpas
hasta apagarlas,
pero una mujer
frente al mar
mece su soledad como una dueña
y no se estremece.
La luz del mar tiene la importancia
y el movimiento de su ánimo, de su alma.
El viento suena alrededor
de la mujer
y la despierta:
ahora se trata de la playa sin luz, una mujer,
el sol caído, el sonido del mar,
carpas levantadas,
el viento que lo da vuelta
todo.
*Irene Gruss, Buenos Aires, 1950.
es más majestuosa que él.
Puede pasar una gaviota
agurando la muerte
o puede caer el sol humedeciendo
las lonas de las carpas
hasta apagarlas,
pero una mujer
frente al mar
mece su soledad como una dueña
y no se estremece.
La luz del mar tiene la importancia
y el movimiento de su ánimo, de su alma.
El viento suena alrededor
de la mujer
y la despierta:
ahora se trata de la playa sin luz, una mujer,
el sol caído, el sonido del mar,
carpas levantadas,
el viento que lo da vuelta
todo.
*Irene Gruss, Buenos Aires, 1950.
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