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miércoles, abril 01, 2015
lunes, marzo 30, 2015
José Portogalo: Film
Una vez a Nemo, "el
ángel" le rompí la cabeza de un hondazo.
Yo tenía diez años y un corazón
violento como mis malas palabras.
Y una voz agria y dura que sabía
colarse en los tranvías
y dar vueltas en las barrancas
de Belgrano seguida por los guardianes.
Él era un niño rubio y manso
dejado de la mano de Dios.
Y hasta tenía los ojos húmedos
de un galgo que lame las manos del
/castigo.
Pactaba con medallitas de lata y
se regía por una oración.
Y jamás se le ocurría pensar que
a las muchachas había que poseerlas.
Pero éramos camaradas.
Yo con mi afán de romperlo todo.
De socavarlo todo.
Hasta las lenguas grasosas del
Río de la Plata en días de rabona.
Con mi lujosa agresividad de
niño aceptada en rueda de mayores.
Con mi inocencia zumbona de pantaloncitos
rotos en el traste.
Con mi alegría salvaje que
tuteaba a las "señoritas".
En Echeverría y 11 de setiembre
le lustraba los ojos a mi infancia.
Entre el olor y el sabor de la
mañana sentada sobre mis rodillas
sacaba mi corazón y en mis manos
se lo daba de comer a los
/gorriones.
Esto hacía gruñir a los ingleses
de piernas de palo y voz de vidrios
/rotos.
Pero mi honda lograba frustrar
el servilismo de los porteros.
y el corazón salía ileso porque
era puro como la pepita de un carozo.
Entonces yo estaba enamorado de
Perla White y de mi maestra de 3er.
/grado.
Me gustaban los ojos oscuros y
las pestañas rizadas de Pola Negri.
Y tenía una novia a quien le
relataba las aventuras de Sandokán.
Se llamaba Pola Morera y era
linda como la estampa de un libro.
Por ella quería ser William S.
Hart o el capitán de "La amenaza oculta".
A
mi novia le gustaban los ojos de acero de los cowboys de las
/películas
y me llamaba su pequeño
soldadito invasor.
Porque mi voz agria y dura dolía
como una pedrada
y siempre tenía los puños listos
para trizar narices.
El, con su dulzura de arcángel
bajo los cornizones
en una mañana de primavera de
cielo verde nube y de cartón,
yo, con mi hisopo flamígero
encendiendo las mejillas de las muchachas
en
una barricada de guerrillero de barrio.
Hoy Nemo "el ángel"
anda por las plazas de Buenos Aires
y predica el salvacionismo con
voz de Biblia y un tajo en la cabeza.
A veces se acompaña de un órgano
y dice que ve a Dios sobre los
árboles
y a Cristo sobre las aguas
sucias del pecado con intención de lavarlas.
Pero
yo sólo sé que Nemo "el ángel" es corredor de retratos.
*De
Tumulto.
domingo, marzo 29, 2015
sábado, marzo 28, 2015
Marta Miranda: La nadadora*
La cabeza
en cuarto de giro
la hace ver
alternativamente
el agua
la arena
alternativamente
la costa
el agua
El agua salada
purifica el ojo
la costa
el agua
los bañistas
aguanta la respiración
afuera
el mundo es imperfecto
*Véase el libro La nadadora (Bajo La Luna, 2008).
Marisa Negri: Las sanadoras*
El bicho
El
hijo del panadero mira por el rabillo del ojo
le
zumba un bicho en la cocina
el
Capitán debajo de la mesa
el
hueso del puchero entre los dientes
la
mosca sobre el hueso
El
chico se ladea
una
vez
otra
vez
Las
rodajas de jengibre sobre la tabla
Berta
sobre el cuchillo
zumba
el bicho
zumba
zumba zumba
todos
tenemos un bicho dentro de la cabeza
Quiero
los duraznos de la frutera
todos
El
licor de las hermanas
¿Es
la voz de la mosca?
El
día que subimos al techo no fui yo
fue
el bicho
Los
bichos tienen mil ojos
con
cerrar la mitad les basta para dormir
Inventos
Ningún
bicho puede hacer casa en el cuerpo
Me
darán un trompo
si
les llevo el bicho envuelto en alcohol.
....
Oración
por las que salen en las revistas
Oh
pecadoras
advierto
Los
ángeles también leen la revista Femirama.
Vendrán
por agua
flotando
en la ciénaga
Un
desfile de sábanas sin mácula
cubrirá
las carnes suntuosas
Oh
pecadoras
arrepiéntanse
han
desatado la furia de los órdenes celestes
Yo
Paulina
humilde
secretaria del Padre
nado
por vosotras
....
La barca de la fiebre
En
la pieza una bujía ensancha las sombras.
Arde
el brasero, arde la frente de la hija.
La
huesera escurre los trapos en la palangana fría.
El
agua mece en la frente de Consolación
Tengo sed, cúreme, dice por lo bajo
La
vieja toma en brazos la barca de la fiebre y canta:
Murió
el Capitán y lloré hasta caer dormida.
Recé para que volviera.
La
luz de la vela oscilaba sobre su manto negro.
Pero
ningún Barquero vino a visitarme.
*Las
sanadoras, Marisa Negri, Ediciones en Danza, 2012.
Alejandra Correa: Mi vecina es sorda...
Mi
vecina es sorda
hoy
apagó su audífono
y
se echó en la cama
Decidio
desconectarse
Adentro
de ella
en
su útero
encarnada
anda
hace horas a la deriva
sin
oir el tiempo
nada
la perturba
teléfonos,
golpes o timbres
ni
siquiera la desesperada secuencia morse
de
su marido que lo intenta todo
para
ahorrarse el cerrajero
él
ha ideado
un
cartel que baja desde mi ventana
a
la de su dormitorio y dice:
"Amalia,
prendé el audífono"
Ella
navega
su
cama ya se hizo barco
Afuera
los mares
afuera
los muelles
la
oigo rezar
* Alejandra Correa (1965
Minas, Uruguay). Vive en Buenos Aires desde los 3 años de edad y adoptó la
nacionalidad argentina. Ha publicado los libros de poesía: Río partido (1998), El otro
cielo, Buenos Aires); El grito
(2002, Alción Editora, Córdoba); y Donde
olvido mi nombre (2005, Alción Editora, Córdoba). Su último libro, Los niños de japón está inédito. Su
ensayo Parir es morir un poco, fue
publicado en Historia de la Mujeres en Argentina, Editorial Taurus (2000,
Buenos Aires), tomo I.
viernes, marzo 27, 2015
Hilos Editora: Zambeze, de Graciela G. Paz
Tenemos la alegría de celebrar el primer título de hilos editora 2015! Zambeze de Graciela González Paz
jueves, marzo 26, 2015
Simone Weil: Vacío y compensación
(...)
Mecánica humana. Quien sufre trata de comunicar su sufrimiento –ya
sea zahiriendo a otro, ya sea provocando su piedad —con el fin de disminuirlo,
y a fe que lo consigue. A quien está abajo del todo, al cual nadie compadece,
ni tiene poder para maltratar a nadie (por no tener hijos ni otras personas que
lo amen), el sufrimiento se le queda adentro y lo envenena.
(…)
Tendencia a extender el
dolor más allá de uno mismo: ¡yo aún la tengo! Las personas y las cosas no son
suficientemente sagradas (…) Ni en los peores momentos sería capaz de destruir
una estatua griega o un fresco del Giotto. ¿Por qué entonces otra cosa? ¿Por
qué, por ejemplo, un instante de la vida de un ser humano que podría ser un
instante feliz?
(…)
Deseo de ver sufrir al
prójimo exactamente lo que uno sufre. Por eso, el odio de quienes viven en la
miseria se dirige, salvo en los períodos de inestabilidad social, contra sus
semejantes.
Tendencia a extender el
sufrimiento más allá de uno mismo. Si por un exceso de debilidad no puede
provocarse la compasión ni tampoco hacer daño al prójimo, se daña la representación del universo en uno mismo.
Cualquier cosa hermosa y buena resulta
entonces como una injuria.
(…)
Hacer daño al prójimo es
recibir algo de él. ¿Qué? ¿Qué se gana? (y qué habrá que pagar a cambio?)
cuando se hace daño? Sale uno crecido. Sale uno más ancho. Ha colmado un vacío
al crearlo en el otro.
Poder hacer daño al prójimo impúnemente
–por ejemplo, descargando sus iras sobre un inferior que esté obligado a no
replicar- es ahorrarse un gasto de energía, gasto que el otro debe asumir. Lo mismo
que en la satisfacción ilícita de un deseo cualquiera. La energía que se
economiza de esa manera se degrada enseguida.
(…)
Una recompensa puramente
imaginaria (una sonrisa de Luis XIV) es el equivalente exacto de lo que uno ha
gastado, porque tiene exactamente el valor de lo que se ha gastado –al contrario de las recompensas reales, que,
como tales, se hallan o por encima, o por debajo. Así mismo, sólo los beneficios imaginarios proporcionan
energías para esfuerzos ilimitados. Pero es preciso que Luis XIV sonría de
verdad; si no lo hace, indecible privación. Un rey no puede pagar más que
recompensas, la mayor parte del tiempo imaginarias,
si no se volvería insolvente. (...)
*Véase La gravedad y la gracia.
miércoles, marzo 25, 2015
martes, marzo 24, 2015
Arrojas Poesía al Sur: Lectura de poemas
En el atril, San Benito de La Boca, pintura de Alejandra Fenochio, reproducida en estampitas que se repartieron entre el público. En la mesa de izq a derecha, los poetas María del Maria Del Carmen Colombo, Rodolfo Edwards Edwards y Amalia Boselli.
Gracias Marta Sacco y Zulma Duca.
Sábado 21 de marzo de 2015: Equinoccio de otoño- Día Internacional de la Poesía. San Benito. Edición especial dedicada a Benito Quinquela Martín, en el Día de su Santo ...
Gracias Marta Sacco y Zulma Duca.
Sábado 21 de marzo de 2015: Equinoccio de otoño- Día Internacional de la Poesía. San Benito. Edición especial dedicada a Benito Quinquela Martín, en el Día de su Santo ...
lunes, marzo 23, 2015
Antón Chejov : Miedos
En todo el tiempo
que he vivido en este mundo tuve miedo sólo tres veces.
El primer miedo, que
me produjo el hormigueo en el cuerpo y me puso los pelos de punta, obedeció a
una causa insignificante, pero extraña. Una vez, por no tener nada que hacer,
me dirigí a la estafeta postal para buscar los periódicos. Era un atardecer
tranquilo, caluroso, casi sofocante, como aquellos atardeceres monótonos del
mes de Julio, que, una vez comenzados, se prolongan en una serie continuada
durante una o dos semanas, acaso más aún, y de pronto los interrumpe
bruscamente una tormenta fuerte y un soberbio chaparrón cuyo electo refrescante
puede durar varios días.
Se ha puesto el sol
y una sombra gris cubría toda la tierra. En el aire inmóvil, estancado, se
condensaban emanaciones empalagosas de hierbas y flores.
Iba yo en un simple
carro tirado por el caballo de carga. Detrás, puesta la cabeza en un saco de
avena, dormía roncando suavemente el hijo del jardinero, Pashka, un chico de
ocho años, que me acompañaba por si fuera necesario en algún momento cuidar del
caballo.
Íbamos por el
estrecho, pero recto como una flecha camino vecinal, que se escondía más
adelante igual que una serpiente en medio del centeno alto y tupido. Lentamente
avanzaba el pálido crepúsculo; la franja aún iluminada del cielo se diluía
cubierta con una nube estrecha y deforme, que primero parecía un bote y luego
una persona envuelta en una manta...
Anduve así dos o
tres verstas hasta que empezaron a crecer sobre el fondo pálido del ocaso, uno
tras otro, siluetas de álamos, altos y esbeltos, luego apareció un río luminoso
y se extendió de pronto ante mis ojos, como por arte de magia, un hermoso
panorama. Había que detener al caballo, porque el camino recto se cortaba y
seguía luego por una vertiente escarpada cubierta de arbustos. Nos quedamos
parados en la cima de la colina y debajo de nosotros se abría un gran pozo, un
espacio lleno de tinieblas y de formas extrañas. En el fondo de este pozo,
sobre ancha planicie, vigilada por la hilera de álamos y acariciada por el
brillo del río se albergaba la aldea. Ahora, la aldea ya estaba dormida... Sus
chozas, la iglesia con el campanario y los árboles se destacaban sobre el
crepúsculo gris y sus imágenes oscuras se reflejaban en la superficie pulida
del río.
Desperté a Pashka
para que no se cayera del carro y comencé a bajar lentamente.
-¿Ya llegamos a
Lúkovo?- preguntó Pashka, levantando la cabeza perezosamente.
-Hemos llegado.
Agarra las riendas.
Guié al caballo
hacia abajo y observé la aldea. Desde el primer vistazo me sorprendió un asunto
extraño: en lo más alto del campanario, en una minúscula ventana, entre la
cúpula y las campanas vibraba una lucecita. Parecía la de un candil, que por
unos instantes se apagaba y luego, de pronto, resplandecía de nuevo. ¿De dónde
venía esa luz? Me resultaba incomprensible su origen. No podría haber ninguna
llama detrás de la ventanita, porque en la parte alta del campanario no se
encontraban ni iconos, ni candiles; allí, lo sabía perfectamente, se acumulaban
solamente vigas de madera, polvo y telarañas; subir hasta allí era muy difícil,
porque desde el campanario la entrada estaba clausurada.
Esta llamita parecía
ser más bien el reflejo de una luz exterior, pero aguzando con todas las
fuerzas mi vista, no pude distinguir ningún otro punto luminoso en todo este
enorme espacio que se extendía delante de mí. Tampoco había luna. La pálida,
casi apagada franja del crepúsculo no podía reflejarse en el campanario, porque
la ventanita no daba al poniente, sino al este. Todas esas reflexiones pasaban
por mi cabeza mientras descendía junto con el caballo. Al bajar, me subí otra
vez al carro y observé de nuevo la lucecita. El centelleo seguía como antes.
-"¡Qué
extraño!- pensé, perdiéndome en conjeturas. -Muy extraño".
Y se apoderó de mí,
poco a poco, una sensación harto desagradable. Al principio pensé que estaba
enfadado por no poder explicar un hecho sencillo, pero luego, cuando volví la
cabeza aterrorizado para no ver la lucecita y me aferré a Pashka, me di cuenta
de que se estaba apoderando de mí el miedo... Me embargó el sentimiento de
soledad, de angustia y temor, corno si me hubieran arrojado contra mi voluntad
en ese enorme pozo lleno de tinieblas donde me enfrentaba al campanario que me
observaba con su ojo encarnado.
-¡Pashka!- grité
aterrorizado, cerrando los ojos.
- ¿Sí?
-Pashka, ¿qué es esa
luz, la de arriba, la del campanario?
Pashka miró el
campanario por encima de mi hombro y bostezó:
-¿Quién sabe?
Este corto diálogo
con el muchacho me tranquilizo un poco, pero no por mucho tiempo. Pashka se dio
cuenta de mi ansiedad, observó con sus grandes ojos la lucecita, me miró de
nuevo, luego miró otra vez la lucecita...
-¡Tengo miedo!...
-susurró.
Pues entonces, fuera
de mí por el miedo, estreché con un brazo al muchacho contra mi pecho y di un
fuerte latigazo al caballo.
"¡Qué
tontería! -me decía a mí mismo-. Este fenómeno es aterrador porque es
inexplicable... Todo lo inexplicable es misterioso y por eso mismo
aterrador". Trataba de convencerme, pero al mismo tiempo seguía fustigando
al caballo.
Al llegar a la
estafeta postal, me entretuve adrede una hora charlando con el jefe de la
estación, leí dos, tres diarios, pero el malestar no me abandonaba todavía. En
el camino de regreso la lucecita había desaparecido, sin embargo siluetas de
chozas, de álamos y de la colina, a la que teníamos que ascender, me parecían
objetos animados. Pero cuál fue el origen de aquella lucecita, no lo pude
averiguar hasta hoy.
Por segunda vez
sufrí un fuerte ataque de pavor, su causa fue también insignificante... Volvía
de una cita amorosa, era la una de la mañana, cuando toda la naturaleza se
encuentra sumida en un sueño más profundo y más dulce, que precede a la
madrugada. Pero aquella vez la naturaleza no estaba dormida y la noche no
podría llamarse serena. Silbaban codornices, rascones, ruiseñores, becacinas,
chirriaban grillos y saltamontes; se extendía una ligera neblina sobre el pasto
y en el cielo, dejando de lado la luna pasaban las nubes corriendo quién sabe
adónde. La naturaleza no dormía, como si temiera perder los mejores momentos de
su vida.
Estaba caminado por
un sendero estrecho al borde mismo del terraplén del ferrocarril. La luz de la
luna se deslizaba por los rieles ya cubiertos de rocío. Grandes sombras de las
nubes pasaban a cada rato por el terraplén. Adelante a lo lejos se distinguía
una serena y opaca lucecita verde.
"Quiere decir,
que todo está en orden".- pensé yo, observándola.
Sentía en el alma
silencio, paz y una sensación de bienestar. Volvía de una cita, no había ningún
apuro, no tenía ganas de dormir, con cada respiro, con cada paso que retumbaba
en medio de los rumores uniformes de la noche me sentía joven y saludable. No
me acuerdo bien de todas mis sensaciones de aquel momento, ¡pero sí me acuerdo
de haberme sentido bien, muy bien! Después de haber caminado no más de una
versta, escuché de pronto detrás de mí un sonido monótono, como si fuera el
opaco murmullo de un riacho grande. Con cada segundo el sordo fragor se
acercaba más y su intensidad aumentaba. Miré hacia atrás: a cien pasos se
distinguía el bosque oscuro que acababa de atravesar. Allí el terraplén doblaba
hacia la derecha trazando un hermoso semicírculo y perdiéndose en la espesura.
Me detuve perplejo y esperé. Inmediatamente apareció en la curva de la vía una
enorme mole negra que, siguiendo los carriles, se dirigía hacia mí y pasó a mi
lado con la velocidad de un pájaro. En menos de medio minuto la mole
desapareció y el ruido se incorporó a los rumores de la noche.
Era un simple vagón
de carga. El mismo no representaba nada especial, pero su aparición, sin la
locomotora de noche, me pareció asombrosa. ¿De dónde provenía y qué clase de
fuerza lo empujaba para que corriera con tanta velocidad por los carriles de la
vía? ¿Adónde iba?
Si fuera
supersticioso hubiera pensado que los diablos y las brujas se dirigían a sus
bailes nocturnos y hubiera seguido mi camino; pero lo que sucedió me resultaba
totalmente inexplicable. No podía creer a mis propios ojos y me perdía en las
conjeturas, como la mosca en una telaraña...
Y sentí de pronto
que estaba muy solo, solo en todo ese enorme espacio: la noche, que me pareció
huraña, observaba mi rostro y espiaba mis pasos; todos los sonidos, los gritos
de los pájaros y el susurro de los árboles ya me parecieron siniestros, que
existían solo para perturbar mi imaginación.
Aceleré mis pasos y
sin darme cuenta eché a correr corno loco, más y más rápido. Y escuché
enseguida el gemido lastimoso de los cables telegráficos, que antes no había
notado.
"¡Al diablo!", pensaba, tratando de avergonzarme. "Es una cobardía, es una
estupidez..."
Pero la cobardía es
mucho más fuerte que el sentido común. Caminé más tranquilo recién cuando me
acerqué corriendo a la luz verde donde distinguí la garita del guardabarreras y
a él mismo parado al lado del terraplén.
-¿Lo viste?-
pregunté jadeante.
-¿A quién? ¿Qué te
pasa?
-¡Pasó por aquí un
vagón!
-Lo vi...-dijo el
hombre con desgano.
-Se desprendió del
tren de carga. En la versta ciento veintiuna hay una pendiente abrupta... El
tren arrastra los vagones hacia arriba. No aguantaron las cadenas del último
vagón que se desprendió y corrió hacia atrás... ¡A ver, si lo alcanzan
ahora...!
El extraño fenómeno
tuvo su explicación y desapareció la sensación de algo fantástico. El miedo
también desapareció y pude seguir mi camino.
La tercera vez que
sentí miedo muy fuerte ocurrió en el atardecer de una primavera temprana, al
volver de caza. El camino del bosque estaba lleno de charcos de agua a causa de
la reciente lluvia y la tierra chapoteaba bajo mis pies. El cielo rojo del
ocaso atravesaba todo el bosque, coloreando el follaje joven y los troncos, de
los abedules. Me había cansado mucho y me movía apenas.
Unas cinco o seis
verstas antes de llegar a casa, en el sendero del bosque, me encontré con un
gran perro negro, de raza "terranova". Al cruzarse conmigo, el perro
me miró fijamente a la cara y siguió corriendo.
-"Qué buen
perro…", pensé. "¿De quién será?"
Miré hacia atrás. El
perro estaba parado a diez pasos de distancia y seguía mirándome fijamente. Un
minuto, callados, nos estuvimos observando uno al otro, luego el perro, quizás
halagado por mi atención, se acercó meneando la cola...
Seguí mi camino. El
perro detrás.
"¿A quién
pertenece ese perro?," me preguntaba. "¿De dónde viene?"
Conocía a todos los
terratenientes y sus perros de caza en 30 ó 40 verstas alrededor. Ninguno tenía
un "terranova" similar. ¿De dónde pudo haber venido para encontrarse
en este bosque perdido, en el camino que nadie frecuentaba excepto los leñadores
con sus carros? Tampoco pudo haberse extraviado de algún viajero casual, porque
nadie seguiría este camino que no llevaba a ninguna parte.
Me senté en un
tronco y empecé a observar detenidamente a mi compañero de ruta. El también se
sentó, levantó la cabeza y con su mirada penetrante me miró... Me miraba sin
pestañear. No sé si a causa del profundo silencio, de las sombras y de los
sonidos del bosque o, quizá, por haberme cansado tanto, pero bajo la mirada
fija de los ojos del perro me sentí de pronto aterrorizado... Me acordé de
Fausto y de su bulldog, de las alucinaciones que sufren las personas
extremadamente cansadas. Me bastó para levantarme bruscamente y tratar de
alejarme con rapidez, pero el terranova me siguió...
-¡Vete, fuera!-
grité otra vez.
El perro volvió la
cabeza, me miró fijamente y movió la cola con alegría. Era evidente, que mi
tono severo le parecía divertido. Debería haberlo acariciado, pero la visión
del bulldog de Fausto no me abandonaba y el miedo se hacía más y más agudo...
La oscuridad se tornaba más espesa y esto me hacía más impresionable: cada vez
que el perro se me acercaba y me tocaba con su cola meneante, yo cerraba los
ojos horrorizado. Sucedió lo mismo que me había pasado con el campanario o con
el vagón extraviado: no aguanté más y corrí...
Encontré en casa al
huésped, a un viejo amigo mío, quien después de haber saludado, comenzó a
quejarse: mientras venía en un coche camino a mi casa, se perdió en el bosque y
su buen perro de raza quedó atrás y se perdió también.
NOTA
DE LA TRADUCTORA:
Existen
en ruso por lo menos once sinónimos de la palabra "miedo", pero cada
uno de ellos tiene un ligero matiz diferente, casi igual que en castellano.
Chéjov en su relato "Miedos" utiliza esta palabra, a pesar de que
cualquier otro escritor o pensador hubiera usado la palabra "terror"
a causa de la aparente carga mística que se percibe en este relato. Chéjov, sin
embargo, niega toda connotación mística, para él es un absurdo miedo atávico
que surge en el hombre cuando no encuentra ninguna explicación válida para un
hecho o un suceso. Además el autor utiliza la palabra "miedo" en
plural porque no quiere darle al título un significado abstracto sino hablar
concretamente de los tres miedos absurdos que había experimentado en su vida.
Se
reproduce: la traducción del ruso de Miedos, realizada para la publicación
"Referencias en la obra de Lacan" por Irina Bogdaschevski.
** De Antón Chejov
Anton Pávlovich (1860-1904), Tomo 5, 1886, Obra Completa de Chéjov (30 Tomos),
Moscú, 1976.
Blanca Varela: Tal vez en primavera
Deja
que pase esta sucia estación de hollín y lágrimas
hipócritas.
Hazte
fuerte. Guarda miga sobre miga. Haz una fortaleza
de toda la corrupción y el dolor.
Llegado
el tiempo tendrás alas y un rabo fuerte de toro o
de elefante para liquidar todas las dudas,
todas las
moscas, todas las desgracias.
Baja
del árbol.
Mírate
en el agua. Aprende a odiarte como a ti mismo.
Eres
tú. Rudo, pelado, primero en cuatro patas, luego en
dos, después en ninguna.
Arrástrate
hasta el muro, escucha la música entre las
piedrecitas.
Llámalas
siglos, huesos, cebollas.
Da
lo mismo.
Las
palabras, los nombres, no tienen importancia.
Escucha
la música. Sólo la música.
*Poeta peruana.
María del Carmen Pardo: poemas
*
Cuando nace
el día se afirma
en una sola estrella
tenaz
labriega
fecundada por el viento
el canto del hornero
corroe
la tierra
abre la mañana
cruz solitaria
en el camino
polvo piedra cardón
una luz que atraviesa.
…
albores de la noche
sangra una herida
suntuosa
en los ciruelos
carga la luz
un chal de nubes se derrumba
silueta noble
del sol en sus entrañas
sangre de plata.
…
Silencio en la frontera
un caballo camina lento
vacía su silueta
el horizonte rojo verde el campo
la luz de las ciruelas
se entremezcla en sus ojos
el árbol de las moras
el limonero
ladra entre sus patas el perro
las moscas los mosquitos
cansado cabecea
el sol ya se ha escondido
la noche sobre el pelo
* María del Carmen Pardo (Buenos Aires,1949). Colaboró con la revista El enjambre azul y con
diversas publicaciones de la Casa de la Poesía. Publicó dos plaquetas de
poemas: Balbuceos (2002) y Reencuentros (2003).
Los poemas que se publican pertenecen a un libro de próxima edición.
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