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jueves, marzo 03, 2016

Silvina Friera: Dardos poéticos en lenguaje directo

espectaculos
MIÉRCOLES, 2 DE MARZO DE 2016
LA POESIA DE SHARON OLDS EN EL LIBRO LA MATERIA DE ESTE MUNDO

Dardos poéticos en lenguaje directo

La poeta californiana ofrece, sin filtro, instantáneas de la vida familiar y la maternidad, entre otros temas. La materia de este mundo se presentará mañana en Espacio Enjambre con una entrevista a la autora vía Skype. Es la primera antología de Olds que se publica en el país.
 Por Silvina Friera
Los poemas de Sharon Olds son como alfileres oxidados que se clavan muy hondo en la piel. El cuerpo, que jamás es indiferente, percibe ese pinchazo brutal del lenguaje directo, afilado por la desnudez de las experiencias que desgrana en el empeño por capturar instantáneas de la vida familiar, la maternidad, la relación con los padres y los hijos, entre otros temas. No hay ademán compasivo ni piadoso. Menos aún un tono sentimental o almibarado. “En el oscuro cuarto de madera al mediodía/ la madre tuvo una charla con su hija./ La grosería no podía seguir, la maldad/ con su pequeño hermano, el egoísmo./ La niña de 8 años se sentó en la cama/ en un rincón del cuarto,/ los iris destilados como las últimas gotas de algo, su cara/ terca se ablanda, avergonzada,/ destellos plateados en los ojos como agua/ distante que se vislumbra a través de los bosques./ Aguantó y aguantó hasta quebrarse y gritar/ ¡Odio ser una persona! Y se zambulló/ en su madre/ como / en / un estanque profundo - y no sabe nadar,/ la niña no sabe nadar.” La materia de este mundo –que se presentará mañana a las 19.30 en el espacio Enjambre con una entrevista a Olds vía Skype– es la primera antología de la poeta norteamericana que se publica en el país en una edición bilingüe de Gog & Magog, con selección y traducción de Inés Garland e Ignacio Di Tullio y prólogo de Victoria Schcolnik.
“La vocación de Sharon Olds por ver es rigurosa. Las escenas de cada poema son narradas como quien mete la cabeza en el pozo, aguantando la respiración, y luego lanza a borbotones lo que hubiera quedado siempre en la oscuridad. Ya sea que se refiera al desencanto de la familia, a la orfandad que viene con la maternidad, al desenfreno del sexo, a la opresión sobre las mujeres, o a las desigualdades sociales; jamás habla en la abstracción de los enunciados”, plantea Schcolnik. Un ejemplo de ese modo de ver con una crudeza que huye despavorida del registro lírico es el poema “35/10”: “Mientras cepillo frente al espejo el pelo/ sedoso y oscuro de nuestra hija/ veo los destellos grises del mío,/ la sirvienta canosa detrás de ella. ¿Por qué será/ que justo cuando empezamos a irnos/ ellas empiezan a llegar, que el pliegue en mi cuello/ se hace más visible cuando los bellos huesos de sus/ caderas se afilan? Cuando mi piel muestra/ sus cicatrices secas, ella se abre como una flor/ húmeda y precisa en la punta de un cactus;/ cuando mis últimas oportunidades de concebir un hijo/ se sueltan de mi cuerpo, entre ellas las fallidas,/ su pequeña cartera llena de huevos, redondos y/ firmes como yemas, está a punto de/ desabrocharse con un chasquido./ A la hora de dormir,/ cepillo su pelo enredado y fragante. Es una vieja/ historia –la más vieja del mundo–/ la historia de la sustitución”.
“La calvinista maldita” –criada con la idea de que el infierno estaba en el futuro y el castigo en el presente– nació en San Francisco en 1942. Después de graduarse en la universidad de Stanford realizó un doctorado en Literatura Americana con una tesis sobre Ralph Waldo Emerson en la universidad de Columbia. Tenía 37 años cuando publicó su primer libro Satán dice (1980), que recibió el Premio de Poesía de San Francisco. “Todavía por aquel entonces era joven y salvaje. Ahora soy vieja y salvaje. Mientras sea fiel a mi lado salvaje todo me parece bien”, confesó la poeta en una entrevista. “Las hermanas del tesoro sexual”, uno de los poemas de ese libro inicial, muestran ese costado salvaje: “No bien mi hermana y yo salimos de la casa/ de nuestra madre, lo único que queríamos/ hacer era coger, borrar/ su pequeño cuerpo de gorrión y sus/ patitas de grillo. ¡Los cuerpos de los hombres/ eran como el cuerpo de nuestro padre! Las pantorrillas/ macizas, los flancos, los muslos, la estructura/ masculina de las caderas, las rodillas-/ podíamos tenerlo a él ahí, el declive de las nalgas prohibidas,/ la parte de atrás de las rodillas, la pija/ en la boca, ah la pija en la boca./ Como exploradores que/ descubren una ciudad perdida, nos volvimos/ locas de alegría, desvestíamos a los hombres/ lenta y cuidadosamente, como si/ descubriéramos artefactos enterrados que/ probaban nuestra teoría de una cultura perdida:/ que aunque Madre dijera que no estaba ahí,/ estaba ahí”.
La obra de la poeta norteamericana no es amable ni políticamente correcta. Evidentemente, su intención es desmitificar; escribir a contrapelo de cualquier idealización a través de la sexualidad y el erotismo, nombrar lo que el pudor o la vergüenza prefiere escamotear bajo la ortopedia lingüística. Algunos críticos, muy sueltos de boca y tan constreñidos por las convenciones, han calificado de “pornográfica” la poesía de Olds. Al margen de las incomodidades que pueda suscitar, ha recibido diversos reconocimientos como el Lamont Poetry, el National Book Critics Circle Award, el Premio T. S. Eliot y el Pulitzer de Poesía en 2013 por Stag’s Leap (2012), su último libro publicado. Lejos de la estampita de la heroína moral, Olds recuerda el momento en que salió a la arena política. “Cuando era joven, iba a las manifestaciones contra todas las guerras de ataques imperialistas... cuando tenía catorce años pasaba un día por delante de Woolworths, una pequeña cadena de tiendas, y me encontré con una manifestación contra la segregación en el Sur. Estaban en círculo, y yo les pregunté que quién tenía derecho a estar allí; me dijeron que cualquiera que quisiera formar parte del círculo estaba ya allí, con ellos, y así lo hice. Di un paso adelante y me uní al círculo”. En 2005 la poeta le escribió una carta abierta a Laura Bush, la ex primera de dama Estados Unidos, en la que rechazó la invitación al Festival Nacional del Libro en Washington, D.C: “Muchísimos norteamericanos que sintieron orgullo por nuestro país, ahora sienten angustia y vergüenza, por este régimen vigente de sangre, heridas y fuego. Pienso en el lino limpio de tu mesa, los cuchillos brillantes y las llamas de las velas, y no podría digerirlo”.
La materia de este mundo incluye poemas de ocho libros: Satán dice (1980), Los muertos y los vivos (1984), La celda de oro (1987), El padre (1992), El manantial (1996), Sangre, lata y paja (1999), La habitación sin barrer (2002) y Una cosa secreta (2004). Aunque no es descabellado que se la vincule con los llamados “poetas confesionales” como Robert Lowell, Anne Sexton o Sylvia Plath, Olds ha manifestado su rechazo a la palabra “confesional” y define su poesía como “aparentemente personal”. Schcolnik advierte que a la poeta norteamericana las metáforas le dan miedo: “Las comparaciones, por el contrario, la alivian. Son la relación entre las cosas y no la supresión de una cosa por otra”. La mayoría de los poemas de la antología podrían ilustrar esta cuestión, pero se elige al azar uno de los más impactantes, titulado “Después de 37 años mi madre me pide perdón por mi infancia”: “Cuando te inclinaste hacia mí, los brazos hacia adelante/ como alguien que trata de atravesar un incendio,/ cuando te balanceaste hacia mí, gritando que/ sentías mucho lo que me habías hecho, tus/ ojos llenos de líquido terrible como/ gotas de mercurio de un termómetro roto/ patinando por el piso, cuando gritaste suavemente/ ¿A quién más podía acudir? ¿A quién más tenía? La/ porcelana rota de tus manos se mueve hacia mí, el/ agua que mana de tus ojos como la humedad/ que sale de las piedras bajo mucha presión, yo no podía/ ver lo que haría con el resto de mi vida”.
* La materia de este mundo se presentará con entrada libre y gratuita a las 19.30 en Espacio Enjambre (Francisco Acuña de Figueroa 1656). Inés Garland dialogará con Sharon Olds.

domingo, septiembre 28, 2014

Sharon Olds: Poema para mi primer amante

Transcribimos este poema del sitio de facebook del poeta Jonio González.





Ahora que comprendo, me gusta
pensar en tu horror: te habían dado una joven
loca de amor, largo cuerpo
lozano y crudo, delgado como un jabón
gastado, pechos redondos y turgentes y
opalinos como pompas de jabón,
colocada entre tus piernas, dieciocho años,
intacta. Me gusta entender tu
horror, ahora, la forma en que la tomaste,
desvirgándola como si destripases un pescado,
marchándote en la mañana hablando de una esposa.
Ahora que sé
algo del miedo al amor
me gusta pensar en su cuerpo incandescente
verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose
a palmetazos contra una roca – caída en tu
regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,
una mujer enajenada de amor, recién
salidita, punzante como una herramienta a estrenar,
centelleante sobre tus muslos y todo lo que
podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un
caracol para sacarlo de su negra concha y después
deshacerte de ella. Me intimida que el horror
se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue
a ofrecerse, vino a ti y
lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la
dulce carne — sí, sí,
acepto el regalo.


*(Del libro: Los muertos y los vivos, Bartleby Editores, Madrid, 2009. Trad. J. J. Almagro y Carlos Jiménez Arribas.)

lunes, junio 30, 2014

Sharon Olds: La especialista en babosas



Cuando era especialista en babosas, apartaba
las hojas de la hiedra, en busca de esos cuerpos
traslúcidos, brillosos, de gelatina verde,
que subían reptando lentamente
a mi merced, por la pared de piedra.
Al estar hechas casi todas de agua,
morían al instante si les echaban sal,
pero eso no era lo que a mí me interesaba. Lo que a mí me gustaba
era correr las hojas de la hiedra, quedarme respirando
el olor de la pared, y esperar en silencio hasta que el bicho
se olvidara de mí, y sacara las antenas;
ver cómo esos cuernitos relucientes se alargaban
como si fueran telescopios, hasta que finalmente
los extremos sensitivos salían a la luz,
íntimos e infalibles. Unos años más tarde,
cuando vi por primera vez a un hombre desnudo,
me sorprendió observar cómo se repetía
el callado misterio, ver a esa criatura
parsimoniosa y elegante salir de su escondite
y brillar en el aire polvoriento,
deseosa y tan confiada
que una podría llorar.

*Poeta norteamericana.
** Traduc.  Ezequiel Zaidenwerg.

sábado, junio 28, 2014

Sharon Olds: Toma de posesión






Cuando llegan los invitados a la fiesta de mi hijo
se reúnen en el salón -
hombre bajos, hombres de primer curso
con suaves mentones y mandíbulas.
Están de pie con las manos en los bolsillos,
dándose empujones, disputándose el sitio, pequeñas peleas
que estallan y se calman. Uno le dice a otro
¿Cuántos años tienes? Seis. Yo siete. ¿Qué pasa?
Se observan mutuamente, se ven a sí mismos
diminutos en las pupilas del otro. Carraspean
mucho, una sala de pequeños banqueros
que cruzan los brazos y fruncen el ceño. Podría darte
una paliza
, le dice uno de siete a uno de seis,
la tarta de la discordia, tan redonda y contundente como una
torreta, está detrás sobre la mesa. Mi hijo,
con pecas como motas de nuez moscada en sus mejillas,
su pecho estrecho como la quilla de una
maqueta de barco, manos largas,
frescas y finas como el día en el que le guiaron
fuera de mí, habla alto como un anfitrión
por el bien de todo el grupo.
Podríamos matar fácilmente a uno de dos años,
dice con su voz clara. Los otros
hombres están de acuerdo, se aclaran la garganta
como los Generales, se relajan y se ponen a
jugar a la guerra, celebrando la vida de mi hijo.


Los muertos y los vivos. Sharon Olds. Bartleby Editores. 2006. Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.

viernes, febrero 01, 2013

Sharon Olds: El padre...



Carrera

Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen 
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre 
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orientación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después, 
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós  a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué. 
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos 
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.


 Su quietud

El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar".
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.


Su olor


Durante sus últimos días de vida
quise encontrar un nombre para su olor: como levadura,
catalizador ocre alimentándose de líquido,
ingiriendo malta, excretando arrope,
fermento agrio, embriagador, exultante,
la bebida fuerte del sudor de mi padre.
Me inclinaba sobre la cama del hospital
y lo olía. Era cemento húmedo,
era acera de granito triturado, era cuarzo
y esquisto jurásico, o el olor agrio
del humidificador de cobre
lleno de humedad, era la puna, eran hilachas
ennegrecidas de tabaco; era el recuerdo del cloro
en el piso del vestuario de la piscina durante el verano;
el tenue olor a moho de la alfombra de su casa,
el esputo mordaz que huye de las fauces
nubladas de un borracho. Era también la cavidad
de un zapato de cuero, rancio,
mezcla de betún y medias ácidas:
en su olor, siempre, esa sensación
de mancha y la atracción de la mancha,
la armonía del aceite y el metal,
como si los mundos de la manufactura y de la industria
hubieran decidido usar su cuerpo
como glándula para sudar. El último día,
se alzó en su frente, una esfera de sudor
compacto, la tomé en mis labios.
Después de su último aliento, yacía ahí,
tendido de costado, inmóvil,
sin respirar, sin proferir sonido,
pero su olor era el mismo, ese olor viciado
fresco industrial doméstico varonil,
oscuro, reflejando puntos de luz.
Alguna vez pensé que al final
sería una palabra, una mirada, la presión
de su mano. Nunca, que él moriría
y yo, después, me inclinaría para olerlo,
respirándolo como se respira el aire,
profundamente, antes de partir hacia el exilio.

           


 Más allá del peligro

Una semana después de que murió
de pronto entendí
que su amor por mí estaba seguro:
ya nada lo podría alterar. A veces,
durante el último año, su rostro se iluminaba
cuando yo entraba a su habitación,
y una vez, medio dormido,
sonrió al pronunciar mi nombre.
Respetaba mi arrojo:
la vez que me ataron a la silla,
ataron a alguien que él respetaba, y cuando
dejaba de hablar durante semanas enteras,
yo era uno de los seres a quienes no le hablaba,
alguien con un lugar en su vida.
La última semana lo dijo sin querer:
entré a su cuarto y le pregunté
“Cómo estás,” y contestó, “Yo a ti también”.
Desde entonces, temí perder esas palabras.
Hasta el último momento podía equivocarme,
ofenderlo. Bastaría una de sus muecas de disgusto
para que volviera a joderme la vida.
Intenté no pensar demasiado,
ayudaba a cuidarlo, le limpiaba el rostro,
lo acompañaba.
Pero un rato después de que murió,
de pronto pensé, con asombro, ahora
siempre me amará, y me reí:
estaba muerto, ¡muerto!

Sus cenizas

La urna era pesada, pequeña pero tan pesada,
como la vez, semanas antes de morir,
cuando quiso pararse y puse mi hombro
bajo el suyo, mi mejilla contra su
espalda desnuda repleta de pecas
mientras ella sostenía el orinal. Había perdido
la mitad de su peso
y aún así pesaba tanto que casi no lográbamos sostenerlo
mientras expulsaba la orina crepitante
como fuego líquido. La urna
pesaba lo que ese metro ochenta, se calentaba
en mis manos mientras la acariciaba bajo el pinsapo azul.
La pala sacó la última bocanada de tierra
de la tumba—habrá hecho el mismo ruido arenoso
cuando rasparon sus cenizas del horno—
los demás llegarían en cualquier momento y yo
quería abrir la urna como si sólo así
pudiera conocerlo. Sobre el césped húmedo,
bajo los conos cubiertos de rocío,
forcé la parte de arriba, se abrió, y
ahí estaba, la verdadera materia de su ser:
racimitos de huesos moteados; un arco óseo
descolorido, como un hongo nacido
alrededor de una rama; guijarros manchados:
quizá las manchas fueran los canales de su médula,
quizá por ahí nadaron moléculas vivas
como si tuvieran una voluntad
que pudiera llamarse propia,
quizás en cada célula los cromosomas
emitieron destellos de luz al dividirse, chispas
al dejar atrás sus copias
relucientes. Miré ese salpicón de escamas,
esos restos semejantes a un avispero
de papel deshecho: qué era eso, era un hueso
de su muñeca, era su rótula elegante,
su quijada, o quizá esa parte de su cráneo blanda
al nacer: lo miré,
sus huesos y las cenizas donde yacían, blancas,
plateadas, como esas trémulas serpentinas de polvo
que la tierra va dejando a su paso al girar,
se siente su rugir pesado mientras se aleja.

Sentimientos

Cuando el médico residente auscultó el corazón detenido
yo lo miré, como si él o yo
fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo:
yo había perdido el lenguaje de los gestos,
no sabía qué significaba para un extraño
levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre.
Mi rostro estaba mojado, el de mi padre
apenas húmedo con el sudor de su vida,
esos últimos minutos de trabajo duro.
Yo estaba recostada en la pared, en un rincón,
y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo,
y todos los demás creían en el Dios Cristiano,
llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama,
sólo yo sabía que se había ido del todo,
sólo yo le dije adiós a su cuerpo
que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza
su pie, pensé en ese anciano esquimal
que sostiene la popa de la canoa mortuoria,
y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas.
Sentí la sequedad de sus labios
en los míos, sentí la levedad de mi beso
mover su cabeza sobre la almohada
así como se mueven las cosas
como por su propia cuenta en el agua mansa,
sentí sus cabellos de lobo en mis dedos,
se tambalearon las paredes, el piso,
el techo giraba como si no estuviera yo
saliendo del cuarto sino el cuarto
alejándose de mí. Me hubiera gustado
quedarme a su lado, cabalgar junto a él
mientras lo llevaban al lugar donde lo cremarían,
verlo entrar a salvo al fuego,
tocar sus cenizas tibias, y después llevarme
el dedo hasta la lengua. A la mañana siguiente,
sentí el cuerpo de mi esposo
aplastándome dulcemente como una pesa
sobre algo blando, una fruta, su cuerpo asiéndome
a este mundo con firmeza. Sí, las lágrimas brotaron,
como el zumo o el azúcar de la fruta.
Se adelgaza la piel, se rompe, se rasga: hay
leyes en este mundo y según ellas vivimos.


El cuerpo muerto 
 
No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

El último día
 
El último día de la vida de mi padre
lo bañaron por la mañana, doblaron la sábana a su cintura,
yo me senté con ellas y lo lavaron, clavículas,
hombros, costillas, pecho, la piel ocre,
irregular. Por la ventana veía
la montaña de California y sus pliegues
y pensé cómo habrá sido cuando fue hecha, suave,
tibia, maleable, pensé en mi padre antes,
casi líquido, insignificante, dentro de su madre.
Enjabonaban los ángulos de su cuerpo,
yo miraba la montaña, sus grietas,
sus sombras, sus luces:
siempre he querido creer cuanto ven mis ojos.
Doblaron la sábana hasta su cadera,
su muslo no era más que el fémur,
la piel como papel de carnicero
envolviendo un hueso para un perro.
Lo secaron y el pelo de su pecho se erizó,
salieron de la habitación por un momento
y quedé sola con él,
su pezón como un puñadito de guijarros,
trajeron una manta de algodón, tibia,
y giraron su cabeza hacia la ventana.
El amanecer resplandecía en su boca,
y en cada aliento yo veía una brasa diminuta,
una figura desmembrada temblar sobre su lengua.
Los lados de su lengua estaban salpicados
de óvalos mucosos como discos de marfil suave,
ahí sentada, yo miraba dentro de su boca,
nunca había entendido y tampoco
entendí entonces, el cuerpo y el espíritu.
Con la noche su respiración se hizo más corta,
la niebla caía azul, poderosa,
sobre casas y secuoyas,
apoyé mi cabeza en la cama en el camino de su respiración y la respiré,
aún dulce con su vieja dulzura mancillada
como la tierra húmeda con olor ácido y limpio a la vez.
Comenzó a oscurecerse una hora antes de morir,
su respiración se detenía por segundos
y volvía a empezar. Su cuerpo se arqueaba,
alejándose de la ventana, su piel
era de un amarillo vidrioso, respiraba, y se detenía,
respiraba. Pasé mis dedos por su cabello
y besé las comisuras de sus labios resecos. Respiró,
y su mujer y yo nos quedamos inclinadas esperando
la próxima respiración. Estaba volteado hacia mí,
la boca abierta y el cabello ondeando hacia atrás
como un hombre parado de cara al viento,
esperábamos y esperábamos la próxima respiración.
Luego la enfermera levantó sus párpados,
y en lo blanco, bajo cada iris,
había aparecido una línea oscura.
La enfermera le alzó la bata, vi su abdomen
relajado y gris, cubierto de pelo
como una promesa de bondad animal,
apoyó el estetoscopio contra su corazón
y esperó, luego bajó la bata
y dio un paso atrás, me miró, y asintió,
y entonces miré a mi padre,
su cabeza demacrada, su espalda arqueada
como para lanzarlo fuera de este mundo.
Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya
y respiré pero él no respiraba, respiré y
respiré pero él se oscurecía,
mi padre. Apoyé mi mano en su pecho
y lo miré, miré sus pestañas,
los poros de su piel, las grietas en sus labios,
los pelos de su nariz.
Entonces acomodé su cabeza sobre la almohada,
se movía tan fácilmente, y su oreja,
aplastada durante la última hora
se desdobló en el aire
abriéndose como una flor.

 El momento exacto de su muerte

Era él cuando respiró por última vez,
mi padre, aunque había cambiado tanto
que nadie que no hubiera estado con él
durante la última hora lo hubiera reconocido:
su piel, corpórea, como grasa animal,
los ojos hundidos en la cabeza,
la nariz adelgazada, la boca abierta
con esa lengua dentro como afirmación de la muerte,
una lengua seca, ondulada, oscurecida.
Podíamos ver la flema
crecida al fondo de su boca,
pero aún así era él, los brazos enormes, pesados,
las manchas de sangre bajo la piel,
negras y precisas, hasta ahí lo acompañamos
en cada paso, era él, su última respiración
fue suya, no inhalada como fruto del deseo,
pero suya, ligera como una semilla de algodoncillo,
huyendo de su boca y flotando en la habitación.
Y cuando la enfermera intentó oír su corazón,
su vientre plateado era su vientre,
y cuando se quedó parada
y asintió, por un instante era plenamente él,
mi padre, muerto pero él,
un hombre con la boca abierta y
manchas oscuras en los brazos. Parecía
alguien muerto en una lucha sin sangre:
tensos el cuello y la base de la cabeza,
como halando hacia atrás con violencia.
Parecía estar quedándose quieto, luego la piel
se tensó levemente alrededor de su cuerpo
como si lo puramente material lo reclamara,
y después, ya no era mi padre,
no era un hombre, no era un animal,
acaricié su cabello lentamente,
alzando mis dedos por sus ondas grises,
la materia sin vida y radiante,
la materia del mundo. 

 Muerte y homicidio

Intentamos mantenerlo vivo, lo cortamos,
lo entubamos, lo  exprimimos, lo torturamos,
pero no vencimos,
la muerte lo tomó de nuestras manos, lo convirtió
en pura imitación de sí mismo.
Es el trabajo del homicida, te quita
la vista, el gusto, el tacto, el oído,
y pone en tu lugar esa cosa
igual a ti, incapaz de todo,
que todo lo soporta sin importarle nada,
como si no tuviera vergüenza,
como si al cuerpo no perteneciera
ningún honor. Cuando la muerte
se llevó a mi padre,
pensé en homicidios, entendí
que el asesino te obliga a irte
dejando atrás ese muñeco, réplica de ti,
como si fuera algo creado por él
hincado en las orillas,
moldeando la sumisión del barro.


* La traducción es de la escritora Mori Ponsowy.
** Sharon Olds, EE.UU. 1942.