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martes, noviembre 18, 2008

Sí..., ¡las vacas rojas vuelan!

Una vaca roja volando sobre los techos de zinc: es eso lo que vi aquella tarde, cuando me asomé al balcón. Iba agitando sus enormes alas amarillas, como vagando en el aire, perdida pero contenta, sonreía.
No sabía que Marc Chagall la había visto volar mucho antes, sobre los tejados de un pueblito de su rusia natal.
Ahora puedo afirmar, con seguridad, que las vacas, rojas vuelan.

Marc Chagall: Siempre se me oprimía el corazón*

(...) Me parece estar viéndote, mamá.
Te acercas a mí sin hacer ruido. Tan lenta que quisiera ayudarte. Sonríes de mi sonrisa. ¡Ah qué sonrisa, la mía! Mi madre había nacido en Lyozno, donde pinté la casa del cura, delante de la casa de la valla, y frente a la valla, los cerdos.
Pope o no. Al pasar sonríe, con su cruz resplandeciente; viene a darme la bendición. Acaricia su cadera con la mano. Los cerdos, como cachorros, corren a su encuentro.
Mi madre era la hija mayor de mi abuelo, que pasó la mitad de su vida sobre la estufa descansando, una cuarta parte en la sinagoga y el resto en la carnicería. Descansó tanto que mi abuela no lo pudo soportar y murió en la flor de la juventud.
Fue entonces cuando el abuelo empezó a moverse. Así empezaron a moverse también las vacas y las terneras.
¿Era mi madre realmente demasiado bajita?
Mi padre se casó con ella sin mirarla. Pero es un error.
Nos parecía que nuestra madre tenía una expresión extraña, todo lo posible en su ambiente de arrabal.
¡Pero no quisiera alabar a mi madre, alabar demasiado a mi madre que ya no está! ¿Puedo hablar de esto?
A veces, preferiría no hablar, sino sollozar. En el cementerio, me precipito por la puerta. ¡Más ligero que una llama, que una sombra en el aire, corro a derramar lágrimas! Veo alejarse el río, en la distancia el puente y, muy cerca, las vallas de la eternidad, la tierra, la tumba.
Aquí está mi alma. Buscadme aquí, aquí estoy, ved mis cuadros, mi nacimiento. ¡Tristeza, tristeza! Aquí tengo su retrato.
Da igual. ¿No estoy en él yo mismo? ¿Quién soy yo?
Vas a sonreír, te extrañará, te reirás, hombre pasajero.
Lago de sufrimientos, pelo gris demasiado precoz, ojos -una ciudad de lágrimas, alma que apenas es, cerebro que ya no es.
¿Qué hay pues?>
La veo gobernando la casa, dirigiendo a mi padre, construyendo casitas sin parar, abriendo un colmado, llevando un coche cargado de mercancías, sin dinero, a crédito. ¿Con qué palabras, con qué medios mostrarla sonriente, delante de la puerta o en la mesa, sentada largo tiempo a la espera de cualquier vecino para poder, en su desánimo, aliviar su espíritu?
Por la noche, cuando la tienda estaba cerrada, los niños otra vez en casa, papá se dormía sobre la mesa, la lámpara descansaba y las sillas se aburrían; afuera, ya no sabíamos dónde estaba el cielo, en qué lugar se había escapado la naturaleza, no porque fuéramos silenciosos, sino porque todo permanecía inmóvil. Mamá estaba sentada delante de la gran estufa, con una mano sobre la mesa, la otra sobre la barriga.
Su cabeza apuntaba hacia arriba, hacia su peinado, sujetado por una aguja.
Golpeaba con un dedo la mesa, cubierta con un mantel de hule, golpeaba varias veces, cosa que significaba:"Todos durmiendo. ¡Vaya niños que tengo! No tengo nadie con quién hablar".
Le gustaba hablar. Jugaba con las palabras, las pronunciaba tan bien que el interlocutor, molesto, sonreía.
Sin cambiar la actitud, sin apenas mover los labios y con la boca cerrada, el peinado puntiagudo en su lugar, preguntaba, se callaba o hablaba como una reina. Pero no hay nadie. Desde lejos, yo era el único que la seguía.
Me pedía: "Hijo mío, habla conmigo".
Yo soy un niño y mamá es una reina. ¿De qué podemos hablar?
Se enfada, golpea con más frecuencia la mesa con el dedo.
Y la casa se cubre de un velo de tristeza.
Viernes, después de la comida del Sabbat, cuando papá se quedaba dormido sin excepción, siempre en el mismo momento, con la plegaria inacabada (¡de rodillas ante ti, pequeño papá!), sus ojos se entristecían y les decía a sus ocho hijos: "Niños, cantemos la canción del rabino, ¡ayudadme!".
Los niños cantaban, se dormían. Ella empezaba a llorar y yo le decía: "Ya empiezas, así no canto más".
Quisiera decir que es en ella, en alguna parte, donde se escondía mi talento, que a través de ella se me transmitía todo, excepto su espíritu.
Ahora se acerca a mi habitación (en casa de Javich, en el patio).
Llama a la puerta y me pregunta: "¿Hijo mío, estás aquí? ¿Qué haces? ¿Estaba Bella en tu casa? ¿Quieres comer?".
"Mirá mamá, ¿te gusta esto?".
Mira la pintura Dios sabe con qué ojos.
Espero el veredicto. Al fin, pronuncia, lentamente:
"Sí, hijo mío, ya lo veo; tienes talento. Pero, hijo mío, escúchame. ¿No harías mejor en convertirte en empleado? Me compadezco de ti. Con esa espalda. ¿A quién has salido?"
No era sólo nuestra madre, sino también la madre de sus hermanas. Si una de ellas se quería casar, era mi madre quien decidía si el novio era el adecuado. Ella era la que juzgaba, se informaba, preguntaba. Si el novio vivía en otra ciudad, allí se iba, y cuando había descubierto la dirección, entraba en la tienda de enfrente para comprar algo y empezaba a hablar. Por la tarde, hasta intentaba observar la casa del novio a través de la ventana.
¡Han pasado tantos años desde que murió!
¿Dónde estás ahora, madrecita? ¿En el cielo, en la tierra? Estoy aquí lejos de ti. Estaría mejor, si hubiera estado más cerca de ti; al menos habría contemplado tu sepulcro, tocado tu lápida.
¡Ay madre! Ya no puedo rezar y cada vez lloro menos.
Pero mi alma piensa en ti, en mí y mi pensar se consume en la pena.
No te pido que reces por mí. Tú misma sabes las penas que puedo estar sufriendo. Dime, madrecita: desde el otro mundo, desde el paraíso, desde las nubes, desde donde estés, ¿te consuela mi amor?
¿Podré con mis palabras tejer para ti dulzura, tierna y acariciadora?
*Fragmento extractado del Libro Mi vida, de Marc Chagall, ediciones El Acantilado.

Marc Chagall: con qué palabras se nombra a un padre

"Cuando observaba a mi padre debajo de la lámpara, soñaba con cielos y cuerpos celestes, mucho más allá de nuestra calle. Toda la poesía de la vida se condensaba en la tristeza y el silencio de mi padre. Allí estaba la fuente inagotable de mis sueños: mi padre (...).
¿Con qué palabras se nombra a un padre? (...). Un padre interroga por los sueños de un hijo."
......
"Mi padre tenía los ojos azules, pero sus manos estaban llenas de callos. Trabajaba, oraba, callaba. Como él, también yo callaba. ¿Que sería de mí? Debería quedar asi toda mi vida, sentado delante de una pared o debería, yo tambien, acarrear toneles? Yo observaba mis manos.Tenía manos demasiado delicadas....Yo debía hallar una profesion especial, que no me obligara a separarme del cielo y de las estrellas, y que me permitiera encontrar un sentido de la vida. Sí, exactamente eso buscaba. En mi patria, sin embargo, nunca nadie había pronunciado las palabras "arte,artista". ¿Qué es eso de artista?, pregunté" (...)".
........
"¿Habéis visto alguna vez en las pinturas florentinas a uno de esos personajes con la barba jamás afeitada, los ojos marrones y a la vez color ceniza, y la tez de barro cocido y recubierto de pliegues y de arrugas?
Es mi padre.
O si habéis visto alguna de las figuras de la Hagada, con su aspecto pascual y tontorrón. (¡Perdóname, mi pequeño papá!)
Te acuerdas, te hice un boceto. Tu retrato debiera de haber provocado el efecto de una vela, que se enciende y que se apaga al mismo tiempo. Su olor —el del sueño.
Una mosca zumba —maldita sea— y por su culpa me duermo.
¿Hay que hablar de mi padre?
¿Qué vale un hombre si no vale nada? ¿Si no se le puede apreciar? Y, por esta razón, me cuesta encontrar palabras adecuadas para él.
Mi abuelo, preceptor religioso, no tuvo mejor idea que colocar a mi padre —su hijo mayor—, cuando era un niño, de empleado en un almacén de arenques y a su hijo menor en una peluquería.
No, no fue ni empleado, durante treinta y dos años tan sólo un simple obrero.
Levantaba paquetes pesados y mi corazón temblaba como un barquillo turco cuando veía que cargaba tanto peso y que removía con sus manos heladas los pequeños arenques. El gordinflón de su jefe era tan distante como un animal disecado.
La salmuera del arenque doraba a veces la ropa de mi padre. Los reflejos caían más allá, de arriba y de los lados. Tan sólo su cara, ora amarilla, ora blanca, esbozaba de vez en cuando una leve sonrisa.
¡Vaya sonrisa! ¿De dónde provenía?
Resoplaba de la calle, por donde deambulaban sombras errantes que reflejaban el claro de luna. De pronto, vi brillar sus dientes. Me recordaban los del gato, los de la vaca, cualquier tipo de dientes.
Todo me parecía misterioso y triste en mi padre. Imagen inalcanzable.
Siempre cansado, preocupado, tan sólo su mirada ofrecía un reflejo suave, de un azul grisáceo.
Con su uniforme, grasiento y sucio por el trabajo, con anchos bolsillos de donde sobresalía un pañuelo rojo apagado, regresaba a casa, alto y flaco. La noche entraba con él.
De sus bolsillos sacaba un montón de pasteles, de peras confitadas. Con su mano arrugada y sucia las repartía entre nosotros, los niños. Llegaban a la boca más deliciosas, sabrosas y translúcidas que si llegaran de la fuente de la mesa.
Y una noche sin los pasteles y las peras que salían del bolsillo de papá era una noche triste para nosotros.
Sólo se llevaba bien conmigo, este corazón del pueblo, poético y aturdido por el silencio.
Ganó, hasta el final de sus mejores años, poco más de veinte miserables rublos.
Las pequeñas propinas de los compradores tampoco hicieron mejorar su sueldo. Pero mi padre no fue un muchacho pobre.
La fotografía de sus años de juventud y mis incursiones en el guardarroa me demostraron que mi padre se casó con mi madre dotado de una cierta fuerza física y financiera que le permitió regalarle —a una chica joven de baja estatura que todavía creció después de casarse— una magnífica bufanda.
Cuando se casó, dejó de mandar su sueldo a su padre y llevó su propia casa.
*Fragmentos extractados del libro Mi vida, del pintor Marc Chagall.