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domingo, septiembre 27, 2015
viernes, septiembre 25, 2015
Casi un epígrafe
(..) Un hombre vive asediado por su propia mentira, pensó, que cuando aún no ha cambiado de máscara y está por hacerlo, o el retrato terminado y la cara real contemplándose por primera vez, en ese breve lapso de confrontación se siente el tipo anónimo, indiferenciado o sin identidad a la mano. (...) El hecho de obtener dos copias, una para la amante, a la que se la impusiera con cierto narcisismo, y otra no sabía con destino a quién cuando ya ha muerto la madre, estaba indicando que su mujer (...), ocupaba un lugar en el orden establecido de la vida." (...)
sábado, julio 11, 2015
Armonía Somers: El hombre del túnel*
Iba saliendo de
aquel maldito caño -un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de
diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la
carretera- cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por
qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la
angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje
inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente
para y por nada.
Reptando a duras
penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la
superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de
caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas
completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo
terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del
cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por
el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia,
se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada
vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un
hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por
un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo,
sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios,
yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse
en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así,
solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo
llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré
la cosa.
El hombre de las
suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente.
Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un
bigote caído de retrato antiguo y tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del
agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando
fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del
estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo
preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a
uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá más remedio que
contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo
fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo
tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como
siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí
del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme
por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la
locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida
había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente
para mí tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un
arcoíris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de
pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía
arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario
básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la
masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones
del riesgo. Malbaraté, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto
me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato,
balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con
demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me
enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico,
según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en
la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría
provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mí desde la piedra,
debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que
ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto,
divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de
la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse
que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por
encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin
techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció
inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado.
Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca
con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no
hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin
aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir
del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él
reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa
terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de
enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en
una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados,
una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber
sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la
ventana para regar unas macetas y lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos
años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de
estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie
pudiese creerlo, tenía la misma ramita verde de diez o doce años atrás en la
mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá
profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos
siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento,
él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como
en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije
agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del
después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé.
Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta
violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú
desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas
maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y
marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije
contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones- habla la estudiante que
vive en el último piso de enfrente...
-Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo
podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido
de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la
muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya
baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos
que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se
atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le
ordené con una voz que no parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar.
¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo
el que pasa!
Mis incoherencias,
la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle.
Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza
negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos
segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con
esta estúpida rendición de noticias:
Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro?
Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un
episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le
grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo
o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó
tomándose confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque
yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería
capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro
sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir
quién sabría qué conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se
me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por
breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mi aire abanicado por sus
alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de
esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte
para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando
comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo
era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me
tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer
en sus fabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio
favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el
trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación,
sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de
la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula
hacia la escalera.
Iría, quizás,
hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez,
cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de
provisiones en la mano, se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su
prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que
traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la
oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que
ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse
toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a
puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca
del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve más
remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse
interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del
destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero
que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome
fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era
tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su
periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las
otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que
siempre los demás actuaban de desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre
vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que
nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga
viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor
automático, y nadie supo en el piso de dónde venía la mudanza, casi llegué a
saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia atrás los cabellos en un
espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las
apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de
quitarle limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo
ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la
última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto
atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel
volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro
maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en
este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo.
Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la
jaula, cuando vi recostada a la pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de
siempre -farfullé- la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea
ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y
mientras la puerta del ascensor se abría de por sí como un sexo acostumbrado,
el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión
de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo.
Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien
debió inventarlos para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las
entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo
quemado.
-¡Sí! -grité de
golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que
también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del
vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes
girando en el aire de la caja con otros sí más pequeños que le habían salido de
todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el
mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las
ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en
busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi
objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado
allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del
tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas,
el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás
que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una
protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo
vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los
vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que
igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la
invención de las siete caídas -alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como
una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez
en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a
sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca.
Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.
*Armonía Somers. Escritora uruguaya. Cuento de La rebelión de la flor, Antología personal
El Cuenco de Plata, 2009. Cuento para confesar y morir
sábado, julio 07, 2012
Armonía Somers: El hombre del túnel (cuento para confesar y morir)
Iba saliendo de aquel maldito caño -un tubo de
cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido
el coraje de meterme para atravesar la carretera- cuando lo conocí. Contaba
entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar
normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y
que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la
bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros
el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad
del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron
varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse
de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro
completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución
frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de
la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver
aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar
los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de
sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que
era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían
de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo
esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera
como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una
imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la
alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en
forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en
una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y
tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun
sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del
caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de
los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te
llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas
veces no habrá más remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto
típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se
desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad,
quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta
extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé
enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de
asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los
tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en
tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mí tal una golosina barata
cualquiera, sino como si se desplegase un arcoíris privado en un mundo vacío. Y
casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la
gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran
unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como
pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera
haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbaraté, pues, el
homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de
piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que
caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta
de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa
llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco
pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi
propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había
sonreído para mí desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre
dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada
tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo,
como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir
por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre
un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero
celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre
permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había
provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no
coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que
un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos,
pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que
nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el
prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para
una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la
acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del
vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había
elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación
inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego
de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y
lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había
cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se
hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenía la
misma ramita verde de diez o doce años atrás en la mano. Entonces yo pensé:
esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en
los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En
ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego
que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío,
haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del
ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo
de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás,
las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más
tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas
eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio
vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije contrariando mi repugnancia a este
tipo de humillaciones- habla la estudiante que vive en el último piso de
enfrente...
-Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero,
simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita
en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas
es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya
a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para
reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le ordené con una voz que no
parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían
pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría
machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el
punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar
después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía
aún al forastero en la misma actitud, volvió con esta estúpida rendición de
noticias:
-Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro?
Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un
episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le
grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo o
usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó tomándose
confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre
pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería capaz de ir a
acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que
amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría qué conexiones
secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se me había ido perdiendo entre
uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás,
volví a sentir mi aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de
las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren,
que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en
adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar
injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga
llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus fabulaciones, que
era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto
como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él
seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el
dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al
interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la
velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color
indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano,
se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había
hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el
pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la
rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se
habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la
anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro
instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca
del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve
mas remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a
dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante
del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la
volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio
entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había
desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde
mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él
fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de
desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que
uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta
tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo
después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso
de dónde venía la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que
se echaba hacia atrás los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a
decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y
el mejor de mis trabajos, aquel de quitarle limpiamente su hombre a una prójima
desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta
para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría
decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no
otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por
vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme
ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios
de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la
pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de siempre -farfullé- la atracción
invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene
verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se
abría de por sí como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la
escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles.
El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la
memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarlos para
los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón,
hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
-¡Sí! -grité de golpe, completamente libre ya de
toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del vacío, sin más significación
que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la
caja con otros sí más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me
acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que
había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían
como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras.
Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi objetivo, el abrazo
consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad,
omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces
cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el
asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser
quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se
alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco
que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren
expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan
la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la invención de las siete caídas
-alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el
pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro
bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas,
siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O
la consagración del absoluto y desesperado vacío.
* De La rebelión de la flor, Antología personal, El Cuenco de Plata, 2009.
Armonía Somers: Historia en cinco tiempos...
La mujer
Nada en el mundo podía compararse a su desgracia de hombre. Nada... En medio
Nada en el mundo podía compararse a su desgracia de hombre. Nada... En medio
de
los puñetazos dados sobre la mesa, en la que bailoteaba a cada impacto la
lámpara
de queroseno, se producía el desparramo intermitente de aquellas
palabras obsesivas, rubricadas por las lágrimas que iban cayendo en cada
embestida del desahogo. Porque una casilla junto a la vía del ferrocarril, que
es la última miseria a que puede llegarse, era algo sin importancia. No poseer
más bienes en un mundo atiborrado de objetos posibles como éste, que una cama,
una mesa, la silla de la palangana y el cajón del primus y, si acaso cupieran
en el inventario, ciertos banderines provenientes de un remolcador desguazado
con que tuviese que tapar los agujeros de las paredes, tampoco esto daba para
desesperar mucho. Pues lo cierto era que hasta hace unas pocas horas había
estado ella, la mujer, siempre cantando y riéndose, nunca se sabría si de
estúpida o de feliz, o de las dos cosas al mismo tiempo. Y también llorando de
tanto en tanto, para distraerse, según su explicación bastante oscura.
Todo temblaba allí, y hasta lo que estaba suspendido en clavos se desprendía en ocasiones al paso de la máquina. Ella había adoptado un sistema: reírse del escándalo producido por la epilepsia de los utensilios y tratar al mismo tiempo de disminuir sus efectos. Percibía por las plantas de los pies la vibración lejana. Y entonces, al llegar el momento preciso, se abrazaba a los enseres más precariamente situados y les impedía caer, sosteniéndolos por turnos brevísimos como los malabaristas.
- Elena, Elena -dijo de pronto el hombre a media voz, como si ella se hubiese corporizado en base a los elementos del vacío.
La dibujó en el aire. Tenía naricilla respingona y dientes limpios por la virtud de una saliva milagrosa. Y se conservaba siempre blanca, aun sin cuarto de baño, por la única vía de la palangana que estaba sobre
Todo temblaba allí, y hasta lo que estaba suspendido en clavos se desprendía en ocasiones al paso de la máquina. Ella había adoptado un sistema: reírse del escándalo producido por la epilepsia de los utensilios y tratar al mismo tiempo de disminuir sus efectos. Percibía por las plantas de los pies la vibración lejana. Y entonces, al llegar el momento preciso, se abrazaba a los enseres más precariamente situados y les impedía caer, sosteniéndolos por turnos brevísimos como los malabaristas.
- Elena, Elena -dijo de pronto el hombre a media voz, como si ella se hubiese corporizado en base a los elementos del vacío.
La dibujó en el aire. Tenía naricilla respingona y dientes limpios por la virtud de una saliva milagrosa. Y se conservaba siempre blanca, aun sin cuarto de baño, por la única vía de la palangana que estaba sobre
esa silla, y que a
veces debían vigilar a causa del suelo desparejo. Fue precisamente aquella
serie de pensamientos neutros, desconectados del drama de la fuga, lo que le
permitió penetrar con suavidad en cierta zona mal vigilada por la angustia, la
misma que suele abrirse a los que están velando a un ser querido, evaporándoles
las lágrimas.
En ese lampo vertiginoso entre el dolor y el olvido de la causa, la volvió a revivir en aquellos momentos en que el tren nocturno se les echaba encima de golpe estando ambos en la cama, y ella, por la fuerza de la costumbre, se despertaba abrazándolo para sostenerlo. Entonces, y trasmitidas por la locomotora, él sentía todas las vibraciones que pueden recorrer un cuerpo femenino hecho de pequeñeces agregadas a la talla principal, como esos muñecos que fabrican los chicos, por falta de madurez creadora.
Se sonó la nariz, tornó a leer el papelucho: “Me boy, siento que hotro destino me yama. Si es para vien, no me hesperes nunca.” De pronto, por obra y gracia del maldito tren que se acercaba, y los ladridos del perro que decidiera quedarse, el hombre dio en mirar las paredes de lata donde se iba a producir el mal de san vito de
En ese lampo vertiginoso entre el dolor y el olvido de la causa, la volvió a revivir en aquellos momentos en que el tren nocturno se les echaba encima de golpe estando ambos en la cama, y ella, por la fuerza de la costumbre, se despertaba abrazándolo para sostenerlo. Entonces, y trasmitidas por la locomotora, él sentía todas las vibraciones que pueden recorrer un cuerpo femenino hecho de pequeñeces agregadas a la talla principal, como esos muñecos que fabrican los chicos, por falta de madurez creadora.
Se sonó la nariz, tornó a leer el papelucho: “Me boy, siento que hotro destino me yama. Si es para vien, no me hesperes nunca.” De pronto, por obra y gracia del maldito tren que se acercaba, y los ladridos del perro que decidiera quedarse, el hombre dio en mirar las paredes de lata donde se iba a producir el mal de san vito de
los colgados. Maldición. Ella se había llevado como único
equipaje los banderines de señales, que desde el primer momento constituyeran
su embeleso. No volvería más, pues, nunca más. Estaba todo dicho. La sensación
de cosa que ya no tiene remedio le alcanzó un golpecito de condolencias en la
espalda, comenzó a serenarlo con fórmulas de circunstancias. Sí, se dijo sin
esperar que alguien viniera a contárselo de afuera, una cierta esperanza
hubiese sido peor, algo para estirar la pena inútilmente. Vio aquella cosa
verde planear por breves instantes de uno a otro rincón y luego desvanecerse en
el aire con olor a soledad de la pieza, justo cuando el combustible comenzaba a
agotarse y la mecha de la lámpara a saltar como en una sola pata.
Era ya casi de madrugada. Lo supo por el gallo, tan buen marido, tan circunspecto en su dolor cuando ellos íbanle comiendo una a una las gallinas. Que luego se acabaron, junto con el último grano de maíz. Y
Era ya casi de madrugada. Lo supo por el gallo, tan buen marido, tan circunspecto en su dolor cuando ellos íbanle comiendo una a una las gallinas. Que luego se acabaron, junto con el último grano de maíz. Y
entonces él quedó
picoteando en el pozo que había practicado en busca de lombrices. Que también
se fueron terminando, pues. ¿Todo? No. Quedaron aún el perro y el caballo, para
los que siempre habrá algún resto aunque el hombre no coma. Haciendo aquel
balance, Juan sin mujer cayó en la cuenta que tenía muchas pertenencias en el
mundo. Hasta con la evasión del color de los banderines. Pues qué cosa mejor
que unos pedazos de diarios para los agujeros. Nunca se supo que eso despertara
la codicia de nadie...
El gallo
Iba y venía a su casa de hombre solo con esa filosofía del espacio que comienza a provocar la cama cuando nadie incomoda ya, y uno puede dormir a lo ancho, abriendo brazos y piernas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué? La mugre que comienza a prenderse de las sartenes en ausencia de la mujer no es tal cosa, sino grasa. Y la grasa curte el metal, mejorando las frituras. Su finada madre siempre lo decía: Los ricos no saben lo que son
El gallo
Iba y venía a su casa de hombre solo con esa filosofía del espacio que comienza a provocar la cama cuando nadie incomoda ya, y uno puede dormir a lo ancho, abriendo brazos y piernas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué? La mugre que comienza a prenderse de las sartenes en ausencia de la mujer no es tal cosa, sino grasa. Y la grasa curte el metal, mejorando las frituras. Su finada madre siempre lo decía: Los ricos no saben lo que son
los gustos de las comidas, de
tanto limpiar el c... de las ollas...
Aquella mañana, a pesar de cumplirse treinta días del abandono, se levantó más alegre que nunca. El perro y
Aquella mañana, a pesar de cumplirse treinta días del abandono, se levantó más alegre que nunca. El perro y
el caballo le dieron ese golpe de luz interior que
no proviene de ninguna fuente lumínica, porque puede sentírselo aun en medio de
la noche. Miró hacia el sitio donde en general pululaba el gallo ahondando
pozos y no lo vio. Rayos, no lo había oído cantar, era cierto. Ni tampoco
defenderse de nada. Un bicho de esos es como una nación cuando se conmueve. Por
investigar la cosa, ensilló con toda la paciencia con que se puede alargar el
placer de hacerlo, montó y salió a recorrer el campo a lo largo de la vía,
seguido por el perro. Y allí, a una media legua más o menos, lo vio, caminando
quién sabría hacia dónde, como un hombre primitivo en pos de las tierras
fértiles, sin importársele ya de los recuerdos de aquellos días de maíz, que
luego se hicieron sólo migas de mantel, pero que eran algo. Y que después,
cuando a nadie se le hubiera ocurrido dejar migajas, se transformaran en largas
jornadas de lombrices, de más en más escasas, hasta llegar a cero.
Cada vez se hallaba el hombre a menos distancia del animal, que seguía la línea férrea como un sonámbulo
Cada vez se hallaba el hombre a menos distancia del animal, que seguía la línea férrea como un sonámbulo
en los pretiles. Iba ya a dos pasos de su cola, cuando
de pronto recapacitó. Pero no en simple dueño de un gallo trashumante, sino de
sí, de su propio libre albedrío llegado el caso de largarse. Un gallo que se va
porque se agotaron los pozos donde buscar lombrices, pensó. Pero si era igual
que un hombre hasta para marcharse sin saber adónde, cuando la necesidad
aprieta mucho y los días amanecen y se gastan sin soltarnos prenda...
El perro
Y ya no más que temer. Al fin, las propiedades que se pierden solas son las mejores, porque al menos expresaron su deslealtad natural, no anduvieron con rodeos. Así lo estaba razonando todo junto al cerco de la casilla, cuando, no ya por la sensibilidad plantar de la mujer, sino por las orejas del perro, supo que venía el tren. Como siempre el animal empezó a ensayar un avance con las patas de atrás, limándolas contra las piedras, a bien de estar en buenas condiciones para correr junto al convoy algunos metros ladrando a todo volumen. Las cosas habían principiado, pues, como siempre. De pronto, y tal el que asiste a las situaciones fulminantes de los sueños, pareció meterse por los ojos del hombre aquella imagen, el cocinero del tren arrojando ciertos comestibles por la ventanilla. El perro, con el hambre pudorosa que era el orden del día en la casa, dio sin embargo un vuelco moral en el orgullo y agarró por los aires lo que se le venía. Pero el tipo, al cual se le habrían echado a perder por alguna razón las provisiones, empezó a tirar más y más cosas por la borda. Y así el animal largó lo que portaba en la boca para ir por las siguientes, sin comerse ninguna y sin abandonar tampoco las otras. A todo lo que alcanzaron sus ojos, el tren seguía descargando su vientre descompuesto y el maldito perro agarra y deja las presas. Luego, ya no se vio más nada.
Aguardó toda la tarde. No, un perro es el último ser viviente que puede esperarse que nos traicione por el vislumbre de una nueva abundancia. Sin embargo fue así, aunque no estuviera escrito. Es que en materia de infidelidad puede sucedernos todo, dijo en la tarde vacía de resonancias, hasta que el perro abandone también el lugar donde ni la mujer ni el gallo se animaron a seguir tirando.
Era un final de jornada con anuncios visibles de tormenta. Y fue agarrándose de aquella pequeñez de orden meteorológico que logró el mismo escape de la primera noche sin mujer, en base a los pensamientos de escasa importancia que revoloteaban en su aire. Cuando caían ya las primeras gotas, y se vio por el color del cielo que aquello iba a ser cosa de agua y viento, ató el caballo a la cerca lo más fuerte que pudo y penetró en la casilla, dispuesto a saborear a plena conciencia su refinada soledad de hombre que ya no tendrá a nadie por quien sacrificar las propias decisiones, aun la de abandonarlo todo para los que se arrojan sobre bienes mostrencos.
-Maldita esclavitud -dijo encendiendo la lámpara -malditos trastos acumulados. Uno pasa la mitad de la vida junta que junta. Y luego, un día que quiere montar aunque sea en pelo y largarse no puede. A veces sólo porque le dará cierto asco pensar que en el colchón donde se ha dormido vaya a instalarse un pueblo de lagartijas.
El caballo
Esa noche el cielo se descolgó. Entre el silbido de las locomotoras y el viento que arrancaba los pegotes de diarios de los agujeros, se protagonizó un dúo salvaje que sólo le fue posible dominar echándose algo fuerte en el estómago y metiendo la cabeza bajo las cobijas. Iba ya a soplar la llama cuando un rayo brutal caído en la cantera próxima, y acompañado en su resonancia por un chasquido como de resquebrajamiento, casi arrancó la vivienda. Menos mal que dejara bien amarrado el caballo al cerco, pensó, porque entreabrir nomás la puerta sería para salir por los aires con casilla y todo como en un globo antiguo. Y el olor azufrado del aire lo fue tumbando de a poco en el sueño.
A la mañana siguiente todo había quedado en silencio. Era, cierto, una calma sospechosa de campo de batalla cuando el pelotón yace por tierra. Abrió con ciertas aprensiones de sobreviviente único, miró en redondo. El barro formaba alrededor de la casa una especie de compota negra que ni con cinco días de sol iría a endurecerse. Notó, además, algo raro en su torno. Era como un despertar en la habitación del amigo que ha llevado a dormir a su compañero de beberajes después de una noche violenta. Hasta que de pronto hizo pie en la realidad, viendo que no estaba más la cerca. Y bueno, un chisme así, qué puede interesar después de tanta pérdida... Pero tampoco vio el caballo que la había arrancado en la noche con su fuerza bruta exaltada por el espanto, a la caída del rayo y al no poder reventar el cabestro.
El alambre
Sin el caballo y ni siquiera la cerca para tomarla de trampolín, decidió escapar como pudiese de aquella masa movediza de lodo. De vez en cuando alguna piedra sobresalida le permitía dar el salto y buscar otra que
El perro
Y ya no más que temer. Al fin, las propiedades que se pierden solas son las mejores, porque al menos expresaron su deslealtad natural, no anduvieron con rodeos. Así lo estaba razonando todo junto al cerco de la casilla, cuando, no ya por la sensibilidad plantar de la mujer, sino por las orejas del perro, supo que venía el tren. Como siempre el animal empezó a ensayar un avance con las patas de atrás, limándolas contra las piedras, a bien de estar en buenas condiciones para correr junto al convoy algunos metros ladrando a todo volumen. Las cosas habían principiado, pues, como siempre. De pronto, y tal el que asiste a las situaciones fulminantes de los sueños, pareció meterse por los ojos del hombre aquella imagen, el cocinero del tren arrojando ciertos comestibles por la ventanilla. El perro, con el hambre pudorosa que era el orden del día en la casa, dio sin embargo un vuelco moral en el orgullo y agarró por los aires lo que se le venía. Pero el tipo, al cual se le habrían echado a perder por alguna razón las provisiones, empezó a tirar más y más cosas por la borda. Y así el animal largó lo que portaba en la boca para ir por las siguientes, sin comerse ninguna y sin abandonar tampoco las otras. A todo lo que alcanzaron sus ojos, el tren seguía descargando su vientre descompuesto y el maldito perro agarra y deja las presas. Luego, ya no se vio más nada.
Aguardó toda la tarde. No, un perro es el último ser viviente que puede esperarse que nos traicione por el vislumbre de una nueva abundancia. Sin embargo fue así, aunque no estuviera escrito. Es que en materia de infidelidad puede sucedernos todo, dijo en la tarde vacía de resonancias, hasta que el perro abandone también el lugar donde ni la mujer ni el gallo se animaron a seguir tirando.
Era un final de jornada con anuncios visibles de tormenta. Y fue agarrándose de aquella pequeñez de orden meteorológico que logró el mismo escape de la primera noche sin mujer, en base a los pensamientos de escasa importancia que revoloteaban en su aire. Cuando caían ya las primeras gotas, y se vio por el color del cielo que aquello iba a ser cosa de agua y viento, ató el caballo a la cerca lo más fuerte que pudo y penetró en la casilla, dispuesto a saborear a plena conciencia su refinada soledad de hombre que ya no tendrá a nadie por quien sacrificar las propias decisiones, aun la de abandonarlo todo para los que se arrojan sobre bienes mostrencos.
-Maldita esclavitud -dijo encendiendo la lámpara -malditos trastos acumulados. Uno pasa la mitad de la vida junta que junta. Y luego, un día que quiere montar aunque sea en pelo y largarse no puede. A veces sólo porque le dará cierto asco pensar que en el colchón donde se ha dormido vaya a instalarse un pueblo de lagartijas.
El caballo
Esa noche el cielo se descolgó. Entre el silbido de las locomotoras y el viento que arrancaba los pegotes de diarios de los agujeros, se protagonizó un dúo salvaje que sólo le fue posible dominar echándose algo fuerte en el estómago y metiendo la cabeza bajo las cobijas. Iba ya a soplar la llama cuando un rayo brutal caído en la cantera próxima, y acompañado en su resonancia por un chasquido como de resquebrajamiento, casi arrancó la vivienda. Menos mal que dejara bien amarrado el caballo al cerco, pensó, porque entreabrir nomás la puerta sería para salir por los aires con casilla y todo como en un globo antiguo. Y el olor azufrado del aire lo fue tumbando de a poco en el sueño.
A la mañana siguiente todo había quedado en silencio. Era, cierto, una calma sospechosa de campo de batalla cuando el pelotón yace por tierra. Abrió con ciertas aprensiones de sobreviviente único, miró en redondo. El barro formaba alrededor de la casa una especie de compota negra que ni con cinco días de sol iría a endurecerse. Notó, además, algo raro en su torno. Era como un despertar en la habitación del amigo que ha llevado a dormir a su compañero de beberajes después de una noche violenta. Hasta que de pronto hizo pie en la realidad, viendo que no estaba más la cerca. Y bueno, un chisme así, qué puede interesar después de tanta pérdida... Pero tampoco vio el caballo que la había arrancado en la noche con su fuerza bruta exaltada por el espanto, a la caída del rayo y al no poder reventar el cabestro.
El alambre
Sin el caballo y ni siquiera la cerca para tomarla de trampolín, decidió escapar como pudiese de aquella masa movediza de lodo. De vez en cuando alguna piedra sobresalida le permitía dar el salto y buscar otra que
sirviera de
próximo apoyo. Hasta que logró advertir los hilos del alambrado que lo
separaban de la vía. Sólo uno, el de arriba. Los otros colgaban reventados por
las tensiones de la noche. Vio también que el alambre era de púas, y lo fue
tomando con grandes precauciones. Pero aun así resultaba difícil eludir los
pinchos, más juntos que lo que da el ancho de una mano. Además, cada vez que
intentaba preocuparse de disminuir el riesgo, o se hundía en el barro o se
agarraba con más fuerza del hilo, siempre dispuesto a recordarle el precio del
peaje.
En uno de esos forcejeos cayó de espaldas. Fue una sensación humillante
de cucaracha accidentada, que lo enajenó de sus últimos vestigios de orgullo
humano. Incorporándose como pudo, volvió a prenderse con todas las uñas, sin
importarle ya las criminales rosetas del hilo. En medio de su dolor, y por
breves instantes de recuperación de la memoria, se le aparecían en el aire
cosas extrañas (el gallo que gira en la veleta, el perro, la mujer y el caballo
en una pista de circo), la mitad de una zona real y la otra en la de las
pesadillas. Pero era necesario por encima de todo aquello mantenerse en forma
ante las alternativas del barro y el alambre, un barro que seguiría
extendiéndose un buen trecho, pero un alambre que en determinado momento
pudiera
estar cortado.
Fue cuando ya no acertaba si a continuar o caer de una vez, y además su instinto le decía que algún próximo ferrocarril estaba por echarle su aliento en la cara, que le ocurrió alumbrar una idea perdida en un recodo de su existencia, cuando le arrojaron durante noches y noches una extraña imploración contra cierto mal de niño que parecía querer llevárselo. Una mujer cuya cara se hallaba oculta bajo toneladas de tiempo invocaba en aquel entonces a alguien en la misma forma especial con que él lo estaba haciendo respecto a la continuidad del alambre. Era más que extraño eso de haber perdido el final del asunto, como una novela a la que le han arrancado la última página, pero que en tal forma será el espejo de la propia vida que sobren los desenlaces. Un remate como éste, por ejemplo, que se acabase ahora el hilo. El cruce de un camino firme lo interrumpía al llegar al poste. Agarrándose a este último sostén, el hombre vio pasar a cierta distancia el mundo desprevenido de vehículos y gente a pie que se desplazaba. Iba ya a enrostrarles a gritos lo que terminaban de hacerle, nada menos que interrumpir su trance evocativo, cuando el misterioso ser aguantador de las arengas de la curandera, que quizás se habría enfundado en el alambre, pareció cambiar de mensaje. Y él lo vio todo de pronto, allí cerca, casi sin creerlo. Su mujer, de regreso de la aventura estéril, venía en su dirección por la carretera, con el gallo flaco bajo el brazo y la actitud de una madre que encuentra jugando junto al río al chico perdido y lo trae a arreglar cuentas en la casa. Detrás, con las orejas gachas y un mundo de experiencias incomunicables en la mirada, trotaba al sesgo el perro. Era cuestión, pensó el hombre aun sin largar el poste, de salir ahora los tres en busca del caballo, para volver a empezar el ciclo.
Fue cuando ya no acertaba si a continuar o caer de una vez, y además su instinto le decía que algún próximo ferrocarril estaba por echarle su aliento en la cara, que le ocurrió alumbrar una idea perdida en un recodo de su existencia, cuando le arrojaron durante noches y noches una extraña imploración contra cierto mal de niño que parecía querer llevárselo. Una mujer cuya cara se hallaba oculta bajo toneladas de tiempo invocaba en aquel entonces a alguien en la misma forma especial con que él lo estaba haciendo respecto a la continuidad del alambre. Era más que extraño eso de haber perdido el final del asunto, como una novela a la que le han arrancado la última página, pero que en tal forma será el espejo de la propia vida que sobren los desenlaces. Un remate como éste, por ejemplo, que se acabase ahora el hilo. El cruce de un camino firme lo interrumpía al llegar al poste. Agarrándose a este último sostén, el hombre vio pasar a cierta distancia el mundo desprevenido de vehículos y gente a pie que se desplazaba. Iba ya a enrostrarles a gritos lo que terminaban de hacerle, nada menos que interrumpir su trance evocativo, cuando el misterioso ser aguantador de las arengas de la curandera, que quizás se habría enfundado en el alambre, pareció cambiar de mensaje. Y él lo vio todo de pronto, allí cerca, casi sin creerlo. Su mujer, de regreso de la aventura estéril, venía en su dirección por la carretera, con el gallo flaco bajo el brazo y la actitud de una madre que encuentra jugando junto al río al chico perdido y lo trae a arreglar cuentas en la casa. Detrás, con las orejas gachas y un mundo de experiencias incomunicables en la mirada, trotaba al sesgo el perro. Era cuestión, pensó el hombre aun sin largar el poste, de salir ahora los tres en busca del caballo, para volver a empezar el ciclo.
* Armonía Somers, seudónimo de Armonía Liropeya Etchepare Locino ( Uruguay, 1914-1994) Escritora
y pedagoga uruguaya.
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