miércoles, junio 18, 2014

Graciela Paz: Lisboa antigua

1

Escribe para mí   una letra
un renglón de perfume sin registro
               una palabra insoportable
escribe su silencio en alto
                            en telas de metal
                                en bastidores
con uñas de  marfil   y   pajaritos
muertos en combate
escribe para mi una carta
un naipe furioso
       envenenado
una maldita transparencia que
                                se pierde
se confunde con otra y no llega
o llega para otras que no entienden
ni una forma en el lomo de los sobres que
  tiran con las sobras al río
      sin embargo

       primitiva razón, la luna
       hace de brillo lo que toca.


 2

Y habrían de venir
                     éstas
desvestidas de algo     no desnudas
         apenas cubiertas por un roce
         invisible temblor
         violeta
sin lustre de jardín
sin opulencia
humildes como  el  cuerpo
                                 solo
en  el  día primero de la muerte.

 3

Planear        salir de alto
             bendito el hueso
lo que cubre  de fuerza  este peligro
    la energía en la hoja impertinente

    astuta  y suave
            irse   de  viaje con la tierra.

 4 

Azul marino  el pelo
                madurado
ahora bajo los tilos 
                   blanco
de vejez inaudita  ese trapecio
         en un cielo sin red
 inmaculado
entre dudosas  lluvias hechas
                     por otras aguas
hilo ebrio en el aire  que se une
              se junta con los juncos
              se acomoda
al breve  sueño  de quien salta
                    en cuerpo y alma
por encima del justo entendimiento
  enternecido por absurdo

                 y  duradero     oro falso
verla como viera
ese volar de ella en su mirada
herida en lentitud   por intemperie
por puntos del paisaje
       entrando  a pique
       mar   adentro.

 5

Al fin vino
          de Lisboa   me dijo
           amaneciendo
en viscosa dulzura  el alba
con el noble
espíritu abierto de las tramas
casi  buena
     es decir
inevitable
esa angustia pequeña en la garganta
testimonio  perdido        mi  palabra.


* Estos poemas están incluidos en la primera parte del nuevo libro de esta poeta argentina (1950): Lisboa antigua (Ed. Catálogos), que ya se encuentra en todas las librerías del país.


sábado, junio 07, 2014

Lelé Santilli: La ruta de la costa




Material extractado de http://www.fipr.com.ar/edicionesanteriores/2012/p_lela%20-santilli.html



La ruta de la costa
es este largo brete en escalón
que va
desde la altura del morro
hasta el filo de un largo farallón
abatido en la playa.
Ahí vuelven los pájaros
a la estatura humana,
al hormigueo de los fines
de semana,
-y-
sólo para arrostrarnos
la vastedad de su dominio,
se acunan en el agua,
anidan sobre el risco, planean
bellamente en el abismo.
Me asomo a mi temor
para seguir con la mirada
esa otra agitación,
de la bandada.
A nosotros,
gregarios al extremo
de las grandes ciudades,
casi no nos cabe más que alejarnos
en fila
-en nada diferentes de la hormiga-
hasta la hoja verde.


No un puerto
sino una marina
adonde van a comprar
los que saben de ostras frescas.
Las barcas más añosas
recalan más allá. Aquí
varan los gráciles -y pequeños-
señores de la bahía,
erizados de mástiles y masteleros
desnudos. De tanto en tanto
un carguero, ominoso a la distancia,
rompe en ludir la más suave de las calmas
como un viento fantasma. Quizá
en el muelle
un lobito dormido se acomode,
una gaviota se reoriente
mirando inquisitiva hacia la costa.
¿Será un gesto
de amarre, cuando todo se mueve?
Ellos no necesitan buscar
falsos pretextos. ¡Hasta el pez
está en su medio!



Conchas vacías
a un lado y otro del camino,
pretenden alterar la geología
muy por encima de una profunda
falla. En una pobre analogía,
yo sigo aquí,
encallada,
usando el mismo cuerpo que suelta
sus amarras
día a día.



Pasan los detectores de metales,
las aves se comen
las almejas,
los constructores de castillos
se llenan los bolsillos de tesoros del día.
Aquí no hay nada para mí.
Sólo caminar y caminar,
y  la cría del dragón del infinito
lanzando espuma a mis pies.



De nuevo
es el dial de las gaviotas,
enloquecido por el viento,
quien lleva y trae fragmentos de unas voces
de niño
jugando su partido. Sin parto
y de este recorrido
sólo vuelve mi infancia.



Otra clase de diáspora me aleja
de mi suerte. Una semilla alada,
su poquito de tierra
y el tiempo que una cree
le disputa a la muerte
transformándose,
cuando…



…Ejércitos de arena cruzan al otro lado
del cono del reloj
y toda proporción, razón o término
se invierte en números de muerte
delirada.



Hago lo que puedo
para sentirme parte de este cuento
de nubes u ovejitas
deshechas por el viento: saltan
y saltan. Yo sueño,
todavía.



Despierto en un paisaje en blanco
y negro. Nubes a paso de hombre,
rumiando su destierro.

No las sigo.


2.
La hormiga se pudre por dentro:
afuera deja su uniforme
planchado, metálico,
intacto.
Y aún así
no es mucho lo que dura
el indicio
de tanto poderío
o signo pequeñito
de la marcha.
“Las hormigas cabezonas
siguen causando desastres
en Hawai. Han avanzado,
destruyendo a las otras colonias”
Las flores
de las islas son aún
más vulnerables.

Y el peso de todas las hormigas
del mundo
es mayor que el peso
de la humanidad entera.
Todas ellas hacen un cuarto
de los insectos del planeta.
Eso no alivia nada.

Ellas siguen avanzando.
Si alguien hubiese dejado
un cuerpo humano maniatado,
estaqueado a ras de tierra,
sabemos:
ese cuerpo será devorado
por otras bestias o
por las hormigas.

Podría pasarle lo mismo
a cualquier otra cosa
que quede en el camino,
inerme,
inerte.



3.
Tratando de encontrar
la forma
de subirse a la orilla,
el cuerpo retorcido
de la vieja nutria de río.
Antes, cuando vivía
en un solo país, era más fácil.
El salto
fue por decisión propia.
Había una estrategia. No ésta,
quedarse muda antes de que cantara
el gallo.
¿O era el gallito ciego?
¿O el perro del hortelano?
Lo dicho: un salto calculado
al vientre de la bestia,
la misma
que se adhiere a la piel
como vestido
y luego se desnuda,
muda, insípida, indolora
hasta que asienta. En ese
ir y venir
ludir
vaivén
es que una se acostumbra
a que las cosas vayan perdiendo
calidad,  los vegetales vuelvan a estar
en una góndola común del súper,
la ropa siga siendo
del thriftstore de la Mission
los remedios,
genéricos.
Pero también se pierden
las letritas
como botones. Por eso, ésto
es más parecido
al huerto en el balcón
que a cuando el placer era semilla
entre terrones,
contrabando galáctico,
turbinas desgarrando el cuerpo
del alma. Recién llegado, uno
esperó por la otra
sin saber ni la fecha ni la ocasión festiva
para esta unión ya rasgada, novia impura.
O quizás
haya habido más de un alma
para este pobre cuerpo, sin que le toque
a cada cual su cada quien,
porque en el éter
todo se confunde.

Vanidad sería pretender
que en este andar a tientas
la tentación de ser
se vea en su horizonte
como línea
que oculta un sol
en su caída. No hay nada terso
aquí. Veladura sobre veladura
de sedas y revoques,
de vestigios
y agudas lanzas
revolviendo una herida
que nunca es sólo tuya/ o toda mía.
Piedad-aún hoy- por la otra
historia nunca escrita,
lengua oscura en más hondo
silencio
que en el fondo
repica.


** Lelé Santilli vivió en Armstrong y Rosario alternativamente, hasta que se fue a Buenos Aires, donde estuvo 10 años y trabajó en el área de la salud mental. En 1992 publicó Seda terrestre  y planea publicar pronto la cercanía de las cosas. Algunos de sus poemas fueron publicados en distintos medios y países. Suele incursionar en otros géneros y/o medios de expresión. En 1993 fue a vivir a San Francisco, California, donde también trabajó en Salud Mental. Dictó un taller como Poeta invitada en la Universidad de Berkeley. Regresó a Argentina en abril de 2012. Vive entre Rosario y  Buenos Aires.

jueves, junio 05, 2014

Ricardo Zelarayán: Fuego de las islas









Fuego de las islas
mis cabellos queridos
miel de mi río
La primera carta de amor estrujada
La carta no recibida
y siempre esperada
es todo lo que puedo hacer
desde este lejano sur
camalotecito
no sigas al sur
fuego de las islas
cabellos queridos
abrázanos
da vueltas a nuestro
alrededor
como una calesita
muéstrame río tus islas
con el fuego verde del mediodía
Oh río que vienes hacia el sur
vámonos de vuelta para allá
No vengas hacia mí
Allá voy.
Corazón isla
los árboles se topan
no gemir
cosido a puñaladas
Yacaré olvidado
en mi corazón-cucharón-isla
río suavemente cuchareado
metido en una esponjita
y dale nomás isla de lanchas enamoradas
isla-ilusión
Iisla suavemente reflejada
abismo líquido que me das alas.