domingo, febrero 08, 2015

Daniel Moyano: Cuento: Para dos pianos



Era la edad dorada, eran los tiempos heroicos del gobernador Herminio que los domingos inauguraba fábricas de luz en los pueblos oscuros, abrazaba a medio mundo y comía muchos cabritos todo al mismo tiempo, y por intermedio del Cholo Lanzilloto, un poeta que llegó a ministro, y de Carlos Cáceres, un pintor de Chilecito que era director de cultura y después se fue a París para siempre, nos permitió formar un Cuarteto con piano, de modo que mientras él electrificaba la campaña nosotros la musicalizábamos. A Irma y a mí nos acababa de nacer Ricardo y en la ciudad no había conservatorio, menos mal que en eso me llama Cáceres para decirme que hay que crearlo y también un cuarteto estable pero ya, y así se hace, de modo que el hijo vino con el conservatorio bajo el brazo. Vivíamos en un caserón antiguo, Rivadavia casi esquina Sarmiento, con techos de zinc, tan caliente que de noche había que dejar la puerta de calle abierta para dejar correr el aire. Con el aire una noche entró uno de esos burros noctámbulos que recorren las calles husmeando en los tarros de la basura en busca de papeles alimenticios, y se comieron por lo menos siete de mis mejores cuentos de entonces, que nunca pude reconstruir y que seguramente andan todavía por ahí, en la memoria animal, corriendo vaya a saber qué suerte misteriosa. Irma había dejado su piano en su casa de allá lejos en la pampa húmeda, un Krämer que le llegó de Europa por mar, embalado con maderas de abeto que eran un lujo en nuestro cono sur. Cuando se tocaba en él una canción de su tierra que dice “Oh Tannenbaum”, se acordaba de su Vaterland y crujía de emoción. Un piano tan bueno que hasta su embalaje era musical, madera de árbol de navidad europea, con nieve de verdad además de Stille Nacht heilige Nacht, es que el Krämer era música por donde se lo mirara. Prometieron enviárselo cuando algún pariente con camión viajara a nuestra apartada zona, pero los años pasaban y pasaban y el piano no venía. Le habíamos reservado un sitio especial en la casa, fuera del alcance de los burros intrusos. Estábamos tan seguros de que finalmente lo enviarían, y tan acostumbrados a su presencia virtual, que jamás pasábamos por el lugar que él de algún modo ocupaba, para no atropellarlo.

Krämer. Una palabra que recordaba el verso de Rilke, ése que hablaba de la Musik der Kräfte, música de las fuerzas. Su nombre rilkeano y su lejanía allá en la pampa húmeda le daban una tremenda fuerza. En casa mi violincito solitario, sonando sin acompañamiento, era una pura tristeza. Pero el día que llegara el Krämer mitológico (estaba estudiando La folía de Corelli para presentarme al concurso del “cuarteto estable pero ya” de Cáceres), bueno, acaso pudiera convertirme en el Zlatko Topolski de La Rioja. Topolski, nombre mágico, era el amo polaco del violín en Córdoba.      
Todo iba encaminado para conseguirlo. La sonata de Corelli me salía bordada, los vecinos en la vereda se paraban a escucharme. Lo único que no me ayudaba era mi apellido. Moyano no cuadra con la profesión de violinista, a causa de la tradición judía que hay sobre el tema. En el mejor de los casos, se parece al del dueño de un bodegón, chicos, vayan a lo de don Moyano y traigan vino; y en el peor, a un cuchillero no precisamente borgeano o de ficción sino del temible barrio Güemes de Córdoba: tengan cuidado che, ahí viene el negro Moyano, y cuando anda “calzado” es medio peligroso.
Andar calzado significaba llevar una púa, y púa era uno de los nombres del cuchillo. Pero en mis tiempos de músico por los barrios de Córdoba yo tocaba mandolina y la única púa que calzaba era la del instrumento, púa que en buen romance es llamada plectro por don Fray Luis en su “Oda a la vida retirada”, de la que no teníamos ni la más remota noción en nuestra Córdoba maleva in illo tempore.
Una noche tenebrosa en barrio Firpo, de ésas de vino y puñaladas de los tangos, yo había tenido que dejar de tocar para esquivar los botellazos, y cuando por fin todo parecía apaciguarse y el patrón me pedía que siguiera tocando para ayudar a restaurar la calma, dije “tráiganme la púa”, que los borrachos me habían hecho saltar de la mano. Al oír la palabra, dos de los malevos sacaron nuevamente sus cuchillos creyendo que yo quería atacarlos. Y lo único que me disponía a atacar era un vals peruano muy de moda.
Irma, que era dulcísima, una vez intentó recordar no sé qué melodía pulsando un teclado imaginario. Yo había conseguido vender en Inglaterra un cuento que se salvó de ser comido por los burros, y tenía no sé cuántas libras esterlinas. De modo que le dije sin pensarlo dos veces: mañana mismo nos vamos a Buenos Aires y compramos un piano. Los buenos costaban un dineral, y estábamos juntando ladrillos para hacer la casa. Nos pasaron el dato de uno baratito en un cambalache para el lado del Once, y allí lo encontramos, pequeño y feo, en un rincón de la trastienda. Era piano por milagro, casi una espineta, y costaba treinta mil. O sea apenas unos mil ladrillos. El sonido no era malo, pero le faltaba fuerza. Y bueno, como instrumento provisional hasta que llegara el Krämer, no estaba mal del todo. No tenía nombre por ningún lado. Lo bautizamos Pérez. Perecito.
Lo despacharon por ferrocarril, en pleno enero. Un riesgo,claro. Casi mil trescientos kilómetros encerrado en un vagón, con el traqueteo de los durmientes flojos y el calor del desierto; la posibilidad de que el arpa se oxidase en el cruce de las Grandes Salinas, donde caben juntas Suiza y Dinamarca; el peligro de rotura en las maniobras de enganche y desenganche de vagones. Lo normal era que llegara en tres días, pero a ese tren le tocaron las primeras crecientes del verano, que como todos los años levantó tramos de vías en Cruz del Eje y hubo que esperar a que en otro tren llegaran vías y durmientes para hacer un desvío, de modo que el Pérez llegó varios días después de lo previsto, sin embalaje, envuelto en papel de estraza y unos cartones sucios atados con hilo sisal, un desastre, desafinado y con tres martillos flojos. Sobre la tapa del teclado, pegada con cintas,  una llave de afinar. Al comprarlo no nos dijeron que no mantenía más de una semana la afinación, pero tuvieron la delicadeza de enviarnos una llave.
Ocupó el espacio reservado para el Krämer (sólo una parte, el Pérez era la mitad más pequeño), mejor dicho se lo prestamos, dada su condición de piano transitorio. Lo limpiamos por fuera y por dentro, donde encontramos dos cucarachas que por pertenecer a un piano eran buñuelescas. Después de comprobar el estado ruinoso de su arpa, agravado por el salitre de la travesía, las clavijas gastadas, las cuerdas deshilachadas, resolvimos afinarlo al principio con un La más bien bajo, parecido al de los tiempos de Verdi, de 432 vibraciones por segundo, acaso un poco menos, con lo que mi violín sonaba menos pero el Pérez parecía respirar mejor. Lo inauguramos con La folía. Sonaba de maravilla. Parecía haber sido construido especialmente para esa pieza, con la que el pianito podía exhibir sin esfuerzo todos sus colores. Era como si se la supiera de memoria, como si la tocara solo, decía Irma, como si tuviera esa pieza guardada adentro, oculta entre las cuerdas. Porque bastaba apretar las teclas del primer acorde para que su viejo maderamen se estremeciese, desplegase las velas y navegara impulsado por todos los vientos.
En un mes de trabajo, la sonata de Corelli estaba metida en mis dedos, de la misma manera que el Perecito la tenía grabada en sus cuerdas becquerianas. Y una madrugada clara como la del Martín Fierro cuando cruzan la frontera, salimos calle Rivadavia abajo rumbo al conservatorio para presentarnos al concurso, nosotros muy nerviosos y Ricardo tan tranquilo dentro del vientre de su madre, a pocos días de su nacimiento.
El jurado, venido de Buenos Aires o sea casi de Europa, parecía terrible. No sé qué idea tendrían ellos de nosotros, los de tierra adentro, pero cuando dije que acompañado por mi mujer iba a tocar La folía, uno de ellos dijo “che, ¿pero no es muy difícil eso?. El piano del flamante conservatorio, un Gaveau de media cola, sonaba como dos Pérez juntos. Hay que ver lo que tuve que subir el la de mi violín. No parecía afinado en el 440 de todo el mundo sino en el 456, según últimas tendencias llegadas secretamente de Alemania. Menos mal que no teníamos que cantar, si no quedábamos afónicos. El que ganaba era mi violincito, que en vez de ser de serie y de carpintería barata parecía un violín de autor, de algún luthier de nombre rimbombante.
Y ganamos el concurso, claro,  o sea el derecho a integrar el Cuarteto Estable del Conservatorio, de formación inmediata, y la Orquesta de Cámara del futuro; un horizonte musical increíble se levantaba esa mañana junto con el sol. Carlos Cáceres lo había pensado como un Quatour à cordes (ya para entonces Carlos era medio franchute), pero como no se presentó ningún viola (no había una sola en veinte leguas a la redonda), llamamos a la pianista Edith Fernández, que era todo un lujo, y lo convertimos en un “Klavier Quarttet”, para el que no había casi nada original, salvo sendos cuartetos de Beethoven, Brahms, Mendelssohn, Mozart, y pare de contar. Primer violín Chicho Palmieri, segundo el susodicho, Celestino Palmieri al cello, y Edith, nimbada por la aureola de haber sido discípula, y buena, del maestro Scaramuzza y compañera de Martha Argerich, al Gaveau. El conjunto nos permitió entronizar, en una provincia secularmente marginada de la música, el Cuarteto Opus 16 de Beethoven, que desparramamos por casi todos sus pueblitos. Y aunque nuestro Cuarteto desapareció cuando los sucesos de 1976, y la obra fue olvidada, si escarbáramos un poco veríamos que se encuentra perfectamente resguardada para tiempos mejores, en el inconsciente musical colectivo.
Pero bueno, volviendo al asunto del Perecito, a quien, para ayudarle a superar su status medio precario llamábamos a veces Kleine Pérez, cada día parecía más patente que había que sustituirlo, porque ya no aguantaba ni siquiera el la de Verdi. Nosotros teníamos que progresar, hacer méritos, tocar cosas cada vez más difíciles, y él no daba para tanto, era de otra generación. Sonaba bien únicamente en La folía; en todo lo demás, un desastre.
Habíamos decidido deshacernos de él, friamente, dejando a un lado cualquier tipo de sentimentalismo. Se trataba de un piano envejecido, y bueno, eso no tenía remedio. Venderlo si se podía, de lo contrario regalarlo, y se acabó. No queríamos que estuviese presente cuando se produjera la llegada gloriosa del Krämer; sería una situación muy desagradable para todos. Pese a la frialdad de la decisión, cuando lo oíamos sonar con sus medias voces (los pulmones no le daban para más) nos parecía que él sabía que íbamos a abandonarlo a su suerte; y que entonces se esmeraba más, tratando de mantener durante más de una semana su vacilante afinación; pero debido justamente a ese esfuerzo, se desafinaba todavía más; y para colmo de golpe, todas sus cuerdas al mismo tiempo; como atacado por un acceso de tos. Perecito quería quedarse a vivir para siempre con nosotros, pero ya no tenía salud. El anuncio de venta aparecía una vez por semana en el periódico local. Siempre sin resultados. Y eso que no decía “vendo piano” sino “vendería”, con lo cual dábamos a entender que en última instancia hasta lo regalábamos. Y sólo por este hecho el Perecito permanecía entre nosotros. Cada vez que en la esquina frenaba un camión creíamos oír que el corazón del pianito se ponía a latir asustadísimo creyendo que se trataba del Krämer que por fin llegaba. Situación que él temía y lo hacía temblar enteramente porque significaba su desaparición o su traslado a cualquier cementerio de pianos, que ni siquiera existen. Entonces su cadáver, como el de Paganini excomulgado por el Papa por tener pactos con el Diablo, ni siquiera podría dormir en tierra santa. Por eso tiritaba, y nosotros dos con él, cuando se oía el ruido de un camión que se detenía cerca de nuestra casa. Como en el fondo no queríamos venderlo, empezamos a prestarlo. Unos días fuera de casa permitía que lo valoráramos un poco más, como sucede con las personas ausentes. Fue inútil afinarlo con el la 440 que la gente exigía: no aguantaba ni media hora esa afinación. Así que lo dejamos más o menos por donde él quiso, cerca, sin alcanzarlo, del 432 de Verdi. Pero ni siquiera eso aguantaba; a cada rato había que buscar la llave, que nunca estaba en su sitio, para llevarlo hasta la superficie. Alterando, por su afinación defectuosa, las voces de los cantantes, arruinó algunos prestigios formados y acabó con varias carreras folclóricas bien iniciadas. Sopranos y tenores, sin percatarse de lo que sucedía, cantaban fuera de sus registros y no se podían explicar por qué la gente los abucheaba. Su hazaña más notable en ese sentido fue el encuentro que tuvo con una cabra gorda y muy pintarrajeada de origen riojano, que acababa de venir de Europa llena de ínfulas extrañas. Ella volvía al terruño con aires de María Callas o de Rita Streich, pero en cuanto sus comprovincianos la oyeron cantar y midieron su vibrato la bautizaron Cabra para siempre. Ella, que tenía noticias del Perecito, entró esa noche en el escenario luciendo en la cara sus tres capas de pintura y en cuanto divisó al Kleine Pérez dispuesto a acompañarla movió la cabeza y los rulos postizos negativamente, y salió por un lateral sin decir ni beeh. Algunos aplaudieron su gesto, diz que con aviesas intenciones. Con lo que nuestro Kleine se convirtió en el único piano que en vez de acompañar hizo callar a una cantante. Una mañana tempranito, Barrera, un vendedor ambulante, se presenta en casa con la misma fuerza de un camión que se detiene en la esquina y nos dice:
     Ese piano suena mal porque ustedes nunca le han dado la importancia que merece. Lo tienen ahí como de lástima, a la espera de que les llegue el otro. Necesita de alguien que lo cuide en su vejez y le dé la importancia que más o menos se merece. ¿Por qué no me lo venden?
Fue un poco duro ver cómo Barrera se lo llevaba. Nos liberamos de la posible tristeza de su despedida pensando que en pocos días más, según indicios ciertos, tendríamos al Krämer con nosotros. Barrera ideó un carromato tirado por dos o más caballos, con piano incorporado, para alquilárselo a los serenateros. Con sus ruedas de automóvil, apenas hacía ruido al deslizarse. Tenía un toldo plegable, de aluminio, para casos de lluvia inesperada. Por su media voz y el desgaste de los martillos, que medio pegaban de costado como si en vez de golpear pellizcara las cuerdas, parecía una guitarra barroca, y esto era su atractivo principal y base del negocio. De la antigua forma del Perecito, lo único visible era el teclado. El resto estaba integrado al carromato formando parte de su carrocería, a tal punto que el piano era la carrocería misma, sólo que sonora. Esta fue su primera degradación. Cuando decayeron las serenatas, su dueño lo alquilaba a los pequeños circos que se atrevían a llegar a nuestra apartada región, y ahí se lo veía entre fieras escleróticas y payasos aburridos, como una especie de atracción cómica. Pero la gente, que conocía su historia, al oírlo sonar en vez de reír lloraba.
Ya para entonces, de tan gastadas que estaban sus cuerdas, se decía que en vez de sonar hablaba. Los circos, cuando las crisis más o menos periódicas se hicieron permanentes, excluyeron a La Rioja de sus giras. Entonces Barrera puso en venta su invención, y el Perecito fue adquirido por un comerciante de la vecina localidad de Sanagasta, adonde se trasladó tirado por dos caballos a través de treinta kilómetros de pedregales que dejaron sus cuerdas en un estado consternante. Los folcloristas del lugar, que desconocían el uso de las teclas, lo consideraron pura percusión utilizándolo como bombo, golpeándolo por cualquier parte. Y él aguantaba porque estaba muy viejo y justamente por eso ya nada le dolía.
En cuanto dejó de ser novedad como instrumento, su nuevo dueño lo convirtió en una especie de bar o mostrador. La gente bebía apoyada en una barra que a la vez sonaba tocando piezas folclóricas de moda. Su madera reseca absorbía el vino que caía de las copas, y cuando se emborrachaba, en vez de las piezas de gusto general intentaba exponer el tema de La folía, que era su orgullo y su recuerdo de días mejores, pero esta música no gustaba a la gente y lo hacían callar.
Y bien, finalmente llegó el mes de marzo del 76 y pasó lo que pasó, tuvimos que hacernos cargo de que había que abandonar la ciudad y el país y poner proa hacia España si queríamos seguir viviendo, y cuando tras muchas horas de viaje se nos iba acabando la provincia, cerca de los límites con Córdoba, medio adormecidos por el silencio del desierto y por los años oscuros que empezaban, vimos cruzarse con nosotros un camión procedente de la pampa húmeda, y en su carrocería, con su embalaje de árbol de navidad europea, nada menos que el Krämer mitológico, que al no encontrar destinatario regresó sin pena ni gloria hacia un destino incierto.
Allí se convirtió, por falta de quien lo tocara alguna vez, en un objeto decorativo. Las teclas se le llenaron de sarro, el olvidó se metió hasta lo más hondo de su estructura íntima de piano, y no tardó en atacarlo el más terrible de los virus: el Silencio. Sus dueños, aburridos de su presencia inútil, se lo cambiaron a un vecino por un televisor en color. En esos pueblos de la pampa lluviosa es difícil luchar contra las manchas de la humedad en las paredes de las casas viejas. Los nuevos dueños del Krämer no lo canjearon para usarlo como instrumento musical (nadie sabía música en la casa) sino para disimular una gran mancha de humedad en la sala destinada a las visitas. Lo cubrieron con una enorme carpeta blanca llena de encajes, con su nombre bordado en hilos azules, salvo los dos puntitos de la letra a, hechos con hilos rojos.
Dicen que para unas navidades intentaron abrirlo, levantar la tapa del teclado, pero ésta estaba soldada firmemente con ciertas impurezas calcáreas de las teclas y el implacable moho del tiempo. Con lo que la carpeta blanca se convirtió en sudario. De pronto en Madrid empezaron a pasar más años, y un día el cartero llega y me entrega un sobre grande y gordo, y al abrirlo vemos que se trata de una partitura, con una aclaración manuscrita apenas legible que nos dice algo así como “ésta es una zamba que hemos hecho para el Perecito”. La letra de la pieza nos reveló el final de nuestro piano. Lo preparaban para que tocara música folclórica, pero él, tozudo,en medio de las piezas intercalaba acordes de Corelli, parece que le encantaban las citas. La gente, que desconocía el valor de las mismas, creía que eran errores. El mientras tanto estaba tratando de darles lo mejor. Sus últimos dueños, oyendo tanto empecinamiento que no estaban dispuestos a tolerar, decidieron que había que tirarlo a la basura. Dice la letra que, ya sin ruedas y casi sin teclas, mientras era transportado como leña para un asado, sus tablas, en el fondo del carro, empezaron a sonar intentando desarrollar torpemente el tema de La folía. Pero no pasaba de las tres o cuatro notas iniciales. Entonces las repetía, cada vez con menos sonido y mayor lentitud, hasta enmudecer por falta de cuerda, como sucede con las cajitas de música.


*Daniel Moyano – [2 noviembre 1989]

Ezra Pound: Y los días no están lo suficientemente llenos

Gracias a Paseante Libros





Y los días no están lo suficientemente llenos
Y las noches no están lo suficientemente llenas
Y la vida se pasa como pasa un ratón por el campo
                       Sin agitar la hierba.... 


(Versión de Ezequiel Zaidenwerg) 


(Poema extraído de ARGENTARIUM. Antología de poemas cortos de E.L.P, traducidos por autores argentinos. Ediciones En Danza.)

viernes, febrero 06, 2015

Antonella Anedda: Aniversario II


Hace veinte años era inquieta
como un pájaro capturado
pero el matrimonio reveló
en su quietud un vacío
donde el mundo piensa mirarte vivir
y en cambio tú te balanceas sobre un asta invisible.

En un tiempo la vida era severa, en blanco y negro
-como las fotos de los objetos que tomaba
Después lentamente comenzaron a aflorar los colores:
al comienzo, sinopias, luego más decididos y ahora densos
capaces de arrojar sangre a quien los mira.
La casa de enfrente, por ejemplo,
observada en todas sus variaciones de luz, es mi obra maestra.

¿Soy yo la que a la mañana me pongo la ropa preparada la noche
      anterior?
¿Esa tela apenas arrugada sobre la madera de la silla?
Tú no existes, dice la llama que en algún lugar del pecho
ha comenzado a murmurar mientras se agita.
Qué importa, dice el río, lamiéndome los zapatos con su fango.
Slp hacen los remolinos a los lejos.
Como sábanas de los sueños de amor... ¿qué soy?
Parejas, cuchicheando. Al alba, entre los arbustos.
Veo mi cuerpo: ahora libera chispas
capaces de iluminarme el camino.

Envejeciendo me lleno de imágenes.
Antes, el alma rechazaba las formas
turbada, amasaba el sexo con el alimento.
El blanco y el negro servían para poner orden en el exceso
hasta que entre las grietas he comenzado de nuevo a amar.
He separado el sexo del alimento, el alimento de los cuadros
y silenciosamente las imágenes me han recompensado:
me venían al encuentro como espejo de los fondos
pero también con la nitidez de las faltas.
Sin sombras: cosas que debían ser vistas.
Historias de las que no hay que apartar los ojos.

Hace falta un tiempo para el inventario.
Incluido el crimen latente en nosotros.
Basta un detalle para que me visiten los delitos
como la (verdadera) historia de los hombres
que violentaron y mataron por aquí indiferentes
a ese ruido de ramas, ese partirse de leños
que no impidieron a la sangre tocar las hojas
y a los gritos elevarse entre la alondras.

No somos lo que nos gusta creer.
Fingimos finalmente hasta que se nos desliza la vida.
También yo, todavía.
¿Quién dice que de verdad me procrearon,
que no me encerrarán, como ayer a la desconocida, en un ataúd de pino
cuando mi catálogo está apenas en el comienzo?
sobre el margen de una era con el útero vacío
para siempre un antro donde no entrarán
sino agua y algas, finalmente.
Es el tiempo de la carcajada en el desierto
cuando en lugar de la belleza
está el movimiento del cuerpo que se nutre zapando
las papas y las coliflores en la huerta.
...
Allá entre las plantas estaba aquel chico
al que habrá llevado la madre
luego desaparecido en algún instituto.

La ausencia abre la garganta hasta el pecho,
es una de las tantas coronas de espinas
que vuelan al acaso sobre las frentes de los seres humanos.

El chico se ha perdido
y no estoy en condiciones de encontrarlo.
Hoy es mi aniversario de matrimonio
"todavía joven", dicen, pero en realidad vieja:
en un tiempo las mujeres de mi edad descansaban
mientras la vida...
La vida se refleja aquí, en el riachuelo.
La cara del chico toma cuerpo
como la luna contra el horizonte de cartón
de cuando me casaba y el amor...

¿Dónde estaba el amor? ¿En qué se convirtió durante todos esos años?
¿Se había desmenuzado en mil recuerdos distintos que se entrechocan como
     vajilla?
¿Había dejado caer su cuerpo? ¿Sus esquirlas centelleaban todavía?

El espejo está vacío,
¿pero todo está de veras muerto o comienza lentamente a florecer?:
un huevo, un zumbido, el canto de una rana
la salamandra que avanza cautamente a lo largo del muro,
mientras un hombre entra limpiándose los zapatos en el felpudo
y el café rebosa destilando su negrura
para bendecirme, hoy.

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Anniversario II

Venti anni fa ero inquieta
come un uccello catturato
ma il matrimonio si è rivelato
nella sua quiete un vuoto
dove il mondo pensa di guardarti vivere
e invece tu dondoli su di un’asta invisibile.

Un tempo la vita era severa, in bianco e in nero
- come le foto degli oggetti che scattavo
Poi  lentamente sono affiorati i colori:
all’inizio sinopie, poi più decisi e ora densi
capaci di dare sangue a chi li guarda.
La casa di fronte per esempio
osservata in ogni variazione di luce è il mio capolavoro.

Sono io che al mattino metto i vestiti preparati la sera prima?
Quelle stoffe appena increspate sul legno della sedia?
Tu non esisti, dice la fiamma che in una parte del petto
ha cominciato crollando a mormorare.
Che importa, dice  il fiume lambendomi le scarpe col  fango
Slp fanno i gorghi al largo.
Come lenzuola dei sogni d’amore…che sono?
Coppie, bisbiglianti. All’alba, tra i cespugli.
Vedo il mio corpo: adesso sprigiona faville
capaci di rischiararmi il cammino.
Invecchiando mi riempio di immagini.
Prima l’anima scacciava le forme
turbata le impastava al sesso, al cibo.
Il bianco e nero, servivano a mettere ordine al troppo
finché tra le fessure ho ricominciato a amare.
Ho diviso il sesso dal cibo, il cibo dai quadri
e quietamente le immagini mi hanno ricompensato:
mi venivano incontro con lo specchio degli sfondi
ma anche con il nitore delle colpe.
Senza ombre: cose che dovevano essere viste.
Storie da cui non distogliere gli occhi.

Ci vorrebbe un tempo per elencare. 
Anche il crimine latente in noi.
Basta un dettaglio perché mi visitino i delitti
come la (vera) storia degli uomini
che violentarono e uccisero qui intorno incuranti
dei tonfi dei rami, di quel troncarsi di legni
che non impedirono al sangue di toccare le foglie
e alle urla di salire tra le allodole.

Non siamo quello che ci piace credere.
Fingiamo fino all’ultimo finché ci scorre la vita.
Anche io, ancora.
Chi dice che davvero mi generarono,
che mi chiuderanno come ieri la sconosciuta in una bara di pino
quando il mio catalogare è appena all’inizio?
sul ciglio di un’era con l’utero vuoto
per sempre un antro dove non entreranno
che acqua e alga, finalmente.
E’ il tempo della risata nel deserto
quando al  posto della bellezza
c’è il moto del corpo che nutre zappando
le patate e i cavolfiori nell’orto.
Là  tra le piante c’era quel bambino
al quale avrebbero portato via la madre
poi scomparso in qualche istituto.

L’assenza apre la gola fino al petto,
è una delle tante corone di spine
che volano a caso sulle fronti degli esseri umani.

 Il bambino si è perso
io non sono in grado di trovarlo.
Oggi è il mio anniversario di matrimonio
“ancora giovane”, dicono ma in realtà vecchia:
un tempo le donne della mia età  riposavano
mentre la vita…
La vita si specchia qui nel rigagnolo.
La faccia del bambino si concretizza
come la luna contro l’orizzonte di cartone
di quando mi sposavo e l’amore…

Dov’era l’amore? In cosa si era tramutato durante tutti quegli anni?
Si era sminuzzato in mille ricordi diversi che cozzano come stoviglie?
Aveva lasciato cadere il suo corpo? Le sue scaglie baluginavano ancora?

Lo specchio è vuoto
ma tutto è davvero morto o inizia piano a fiorire?:
un uovo, un ronzio, il canto di un rana
il geco che avanza cautamente  lungo il muro,
mentre un uomo entra pulendosi le scarpe sul tappeto
e il caffè trabocca stillando  il suo nero
fino a benedirmi, oggi.


*Antonella Anedda (Roma, 1958), "Dal balcone del corpo", 2007, Antologia, selección, traducción y prólogo de Jorge Aulicino, Hilos Editora, Buenos Aires, 2014.
Material extraído del blog Campo de Maniobras.
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miércoles, febrero 04, 2015

Luis Ángel Colombo: Luca Vive



Después que pasó, todos los parroquianos comentaron lo mismo, en forma unánime. La voz cantante la puso Nino, después del tercer whisky a la salud del General, cuyo cuadro nadie se animó a sacar, ni siquiera Pepe, el dueño del bar.
--Bueno --me espetó--. A vos, solo a vos se puede acercar ese pelado veintidós, porque  sos el más parecido a él.
--Ah, sí? –le contesté asombrado-. Y qué tengo yo de parecido, eh?
--Todo: la ropa, esa mirada extraña, si te pelaras serías igual a él.
“Lo voy a pensar”, me dije para mí, volviendo a leer el diario y hacer tiempo, hasta regresar a la pensión donde vivía.
Aclaro que el Pelado Veintidós, como lo llamaba Nino, era Luca, un ignoto, para mí, cantante de rock. Se me había acercado y me había dicho en un enrevesado castellano:
--Eh, Barba, haceme un poema, que te lo canto con música de mi banda. Y ahí nomás, sin respirar, se había mandado dos copas de ginebra. Después, como si no hubiera querido esperar mi respuesta me había dado la espalda, derrumbándose en una silla, aislado de todos, en el fondo del bar.
Pepe me había hecho una seña y me susurró: “No le haga caso, ni le hable, después seguro que le dirá que se confundió”.
Volví a mi diario y a mirar por la ventana cómo el invierno avanzaba implacable y poco a poco el bar se vaciaba. Todos los habitués se iban a sus casas, sólo quedábamos Nino, hablándole al cuadro; el dueño, al fondo; Luca, tirado sobre una mesa, y yo.
Eran las seis y cuarto, yo había abandonado la oficina hacía algo más de una hora. Mi ansiedad era leer y soñar con algo nuevo y más real. Siempre que iba al boliche lo hacía con un compañero de trabajo, juntos matábamos algunas horas en ese tugurio.
Esa vez, y cuando estaba por terminar la lectura, lo vi frente a mí, con una sonrisa triste y burlona:
--¿Escribiste algo “Rimbaud”?
--Sí –respondí-. Una temporada en el infierno  escribí…
Me había dado la espalda:
---Ciao –se reía y mascullaba-. Sí, Una temporada en el infierno, nada menos.

II
Falté varios días al bar. Después del trabajo me iba directo a la pensión. El frío –a pesar de mi simpatía por el invierno- no me gustaba soportarlo. Un viernes le dije a mi compañero si no le gustaría un tintillo en lo de Pepe. Pero se disculpó y no fue de la partida.
Cuando llegué al bar estaba lleno de pendejos, parecían alumnos del Nacional Buenos Aires que estaba a dos cuadras. Pero no, estos eran más prole. Me acomodé como pude en el mostrador. Pepe se acercó con un tinto frío y un plato de maníes, sonrió y me preguntó:
--¿Sabe a quién esperan éstos?
Hice un gesto que lo dijo todo.
--A Luca, su amigo.
Me encogí de hombros.
--Usted se asombra, pero esos pibes se desviven por hablar con él.
--¿Y él…?
--Ni los mira, usted es un privilegiado.
Los pibes de a poco se fueron yendo. Miré el reloj: eran las seis. Me aburría pero igual no tenía nada qué hacer. Pepe, más aburrido que yo, se había sentado detrás de la máquina de café.
Cada vez quedaban menos chicos. Yo también decidí irme. En la pensión 
–pensaba- quizás iba a mirar televisión con los encargados y cenara con ellos. Caminé unos metros y alguien me llamó:
-Eh, Rimbaud, a vos…
Me di vuelta: era el Pelado, abrigado con una bufanda, un suéter, sucio, y zapatillas raídas, los pantalones daban lástima.
--Ah, te gusta que te llame así, no?
--Me da lo mismo –respondí.
--¿Ya se fueron los pendejos?
-No, algunos quedan –le dije.
--Qué cagada… ¿Y, escribiste?
--Nunca escribí nada más que cartas –le respondí.
--No importa, alguna vez le habrás escrito una poesía a alguna mina.
-No, no lo hice.
-No te creo –dijo el Pelado-. Mañana a la noche tocamos con mi banda, ¿no querés venir?
-¿Adónde?
-Tomá la ivitación, te vas a divertir.
-¿Y qué tocan ustedes?
-Cómo qué tocamos –me contestó furioso-. Rock and roll, ¿te gusta?
-Má sí, mañana nos vemos.
-Te espero Rimbaud. Te espero.
-¿Y ahora –murmuró-: cómo carajo hago para tomarme una ginebra?!
Yo me escabullí. 

III
Esa noche no hubo ni tele ni cena ni nada: sopa caliente y a la cama. Me desperté como de costumbre temprano, para llevar la ropa al lavadero, hacer footing y leer algo. Pensar en la jornada que me esperaba me hacía sentir extraño.  Leí la invitación: “La cueva del rock, esta noche SUMO”. Quizás ese fuera el nombre del conjunto, pensé. Almorcé y sábado y siesta fueron sinónimos.
Cuando desperté se me ocurrió llamar a mi compañero de andanzas, quizás si no tuviera taller de algo me acompañaría: fracasé, esa música no le gustaba. Entonces decidí ir solo.
El espectáculo empezaba a las 23. El lugar era un galpón que alguna vez había sido fábrica o depósito y que se había convertido en un salón que hacía las veces de teatro. En la puerta, ordenando una larguísima fila  de pibes y pibas que fumaban porro y cigarrillos había dos torres humanas con caras de pocos amigos.
Crucé la calle para observar más de lejos: en la esquina un patrullero daba instrucciones a un montón de tipos vestidos de pibes, pero que no engañaban a nadie.Esperé a que en la cola apareciera alguien como yo, veterano y no tan roquero, pero fue en vano. Hice otro rato de tiempo en la esquina y decidí regalar la entrada.
Rim, Rim, Rimbaud: la inconfundible voz del Pelado me hizo sobresaltar. Me di vuelta y lo vi, estaba con dos tipos más, tenía una remera con una inscripción “FUCK YOU”.
-¿Qué hacés Luca, yo no me llamo Rim…, eh?
-Para mí sos ese nombre, y me dio una palmada en la espalda.
-¿Qué, te vas?
-Sí. Esto es para mocosos, yo tengo más de cuarenta.
-Y qué tiene que ver, esperá que abran la otra puerta y entrás conmigo. ¿Tenés la invitación?
-Sí.
-Dámela.
Se la di y se la entregó a uno de los que estaba con él.
-Dáselas a alguno de ésos, y señaló a unos pibes que deambulaban perdidos.
De pronto un tipo lo llamó: “Luca, Luca está todo okey, vamos! Me agarró del brazo y entramos; atravesamos un largo corredor, se escuchaban gritos y música, al final se distinguía una luz: era el camarín del cantante. Entró primero, luego los tipos que estaban con él y por último yo. Parecía el bar de Pepe, botellas por todos lados, Luca tenía una ginebra en la mano y tomaba del pico.
-Salud, me dijo –inmediatamente un tipo delgado de pelos parados me preguntó:
-¿Qué tomás, flaco?
-Vino tinto –respondí. Me acercó un vaso, brindé con Luca.
Los músicos empezaron a afinar. Varias mocosas quisieron entrar, pero Luca furioso las echó. Un tipo me preguntó de mala manera:
-Flaco, ¿qué hacés acá? No se puede estar.
- Soy invitado de Luca, no sé adónde debo ir –se escuchaba el sonar de un saxo y de una guitarra.
-Ah, disculpá, andá por ahí y ponete esto: era una credencial que decía “Control”.
-Con esto no vas a tener problemas.

IV
Pasé por varios lugares, todos me saludaban y palmeaban. Una piba de no más de veinte años me dio un beso y siguió de largo. Con la mirada intentaba abarcar lo que sucedía: luces multicolores, humo, petardos y gritos se mezclaban. En el escenario Luca con una botella saludó, arrancó el primer tema. Todos bailaban, saltaban y reían y tuve la idea de escapar, pero estaba bloqueado.
Fueron tres temas seguidos. Me ahogaba. Poco a poco sentía que me desvanecía, buscaba aire. Vi una puerta e intenté acercarme, algo de aire helado se filtraba. Estaba mejor pero todo era un caos. De pronto Luca agradeció a todos y me nombró: “Espero que estés Rimbaud, porque yo no sé tu nombre”, y luego aclaró que yo era un amigo del bar.
Sentí un pequeño calor cerca de la cara y después me fui. Era demasiado.
Esa fue la última vez que charlé con Luca, ahí en la puerta de un lugar que, seguramente, él al igual que yo detestaba. Después, por otras circunstancias y curiosidad, quise enterarme del derrotero de SUMO, hasta que un verano Luca se olvidó de darle cuerda al reloj, el bobo se le paró y ahora es solo un recuerdo que veo de la casa donde dice LUCA VIVE. ¿Será cierto?


*Texto inédito.






martes, febrero 03, 2015

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domingo, febrero 01, 2015

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Se viene, se viene...