sábado, octubre 12, 2013

Felisberto Hernández: Petrona



"(..) Aquella tía lejana, se llamaba Petrona. Se reía siempre de las longevas, parodiaba a una de ellas poniéndose “dura y fruncida” y siempre recordó las palabras que aquélla decía a su sobrino: “Nene, toca tu Nocturno”. Como de costumbre, yo rabiaba.
Pero un día empecé a pensar que Petrona, a pesar de no sentir el Nocturno, ni comprender ni estar en eso, ni ambicionar ninguna situación ni estado estético como el que gozábamos nosotros, sentía algo y a su manera, de lo que ocurría en los que oían o gustaban ese momento de arte. Como muchas personas sin cultura intelectual -ella apenas leía el diario- al estar entre personas “instruidas”, tenía tensión de espíritu; se adivinaba que en esos momentos cargaba demasiado su batería; y cuando había oportunidad de reírse, descargaba con violencia su risa, que era más convulsiva y duraba más rato que la de los otros. Igualmente ocurría cuando en la conversación aparecía una persona que se hubiera encontrado en situación un tanto difícil o propensa a caer en ridículo.
La simpatía del estado de Petrona con el de la persona en cuestión, influía directamente sobre sus acumuladores y esperaba con retenida impaciencia -aun sin ella saberlo- la oportunidad de soltar intermitentes explosiones de risa. Precisamente, si las convulsiones de su risa inquietaban tanto, era porque se percibía el esfuerzo por contenerlas. Su risa era aspirada y sus convulsiones medio desahogadas y medio tragadas -alguien decía “degolladas”-. Tal vez, ese afán de contener su risa presionando desesperadamente sobre todos sus frenos musculares, respondía a su propósito de no hacer “papelones”, de no mostrar una risa chabacana. Y así, luchando con su risa ofrecía un espectáculo impresionante y extraño. En ese espectáculo, no sólo aparecía la reacción de la persona que llamamos sana, saludable, que nos presenta gran riqueza de energías y que al iniciar su contacto con ambientes superiores a los que está acostumbrada a actuar, esas energías se vuelven sobre sí mismas, frenadas por pudor, porque percibe la diferencia de ambiente y desea esconder su historia, o porque sabiendo que la descubren y que da el espectáculo, le es simplemente violento penetrar en un ambiente distinto; sino que Petrona también ofrecía un misterio que escondía cierto matiz brutal, persistente, burlón. Si por un lado era generosa, abnegada, consecuente en los cuidados y trabajos que se tomaba por nosotros -estaba en casa antes de nosotros nacer- también se burlaba continuamente y se le ocurrían bromas crueles. Cuando yo tenía tres años, una noche en que me habían dejado solo y con la luz prendida, vi aparecer por una puerta gris y entreabierta, algo como una gran pata negra de araña moviéndose; y era ella que se había forrado la mano y el brazo con una media negra y la asomaba haciendo contorsiones. Recuerdo muy bien esta impresión.
Y en casa decían que creyeron que me enloquecía.
Ella tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la barriga blanca. Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba ciego. Una noche de lluvia, después que yo estaba acostado vino a mi cama y vi que levantaba las cobijas apresuradamente; enseguida sentí en los pies la barriga fría y viscosa del sapo. Algunas noches después, mi madre notó un ruido raro después de apagada la luz; prendió rápidamente un fósforo y descubrió que yo dormía con los pies y las piernas para arriba, pegados contra la pared. Ahora vuelvo a sentir un poco la angustia de cuando apagaban la luz, de cuando la mecha de la lámpara dejaba escapar los últimos hipos; y que al final, después de casi apagada del todo, el último hipo tardaba más pero era más grande y ya todo quedaba completamente oscuro. Entonces empezaba a ver sapos en mi cama y a poner los pies en la pared. Mi madre me llevaba para su cama y mi padre venía a la mía. Cuando mi madre estaba por dormirse, yo le daba un codazo para que no se durmiera porque seguía sintiendo miedo a los sapos.
Petrona contribuía a malcriarnos porque era muy buena y nos hacía todos los gustos. Y esto desde la mañana hasta la noche. Todavía en la noche nos llevaba a todos la bolsa de agua caliente o el porrón. Una noche, cuando todos volvimos del teatro -y mi hermanita, la del loro, tendría cuatro años- nos encontramos, como de costumbre con las camas calientes. Y a mi hermanita le había puesto, además, la muñeca y un pequeño porrón de tinta con agua caliente a los pies de la muñeca. Cuando mi hermana mayor -la de “Pobre María”- tenía unos nueve años, la retaban porque siempre andaba corriendo y “hecha una chiva”. Petrona le dijo que si corría le saldrían cuernos, como a las chivas. Y esa tarde, que llovía e hicieron tortas frías, Petrona hizo con masa un gran cuerno frito y se lo llevó. Después, mi hermana caminaba despacio, en puntas de pie y se tocaba la frente.
Aunque Petrona no había cultivado su sentimiento estético en el arte, en cambio tenía desarrollado el sentido estético de la vida, en ciertos aspectos del comportamiento humano. (Claro que ella no le hubiera llamado sentido estético. Tal vez nunca haya pronunciado la palabra “estético”). Tenía el concepto de lo que era lindo y de lo que era feo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Y todo esto sintetizado en la palabra “papelón”: se trataba de hacerlo o de no hacerlo.
Tenía una sensibilidad especial para que ciertos hechos, le hicieran cosquillas. Y de ahí su constante risa atragantada. No nos hubiera bastado el criterio de que aquella burla fuera una reacción secreta de venganza contra las personas de otra cultura. Parecía que sobraba algo, que este criterio fuera sobrepasado y que con él no alcanzáramos toda la realidad de su persona. También provocaba el pensamiento de que en aquella burla o reacción tan gozosa, había escondida una extraña forma temperamental, que ella no podía menos que abandonarse continuamente a esa tendencia suya y que estaba al mismo tiempo condenada a estarla deteniendo siempre. En total podría decir que nos sería difícil encontrarla -en el sentido de comprenderla- si la buscábamos con criterios o sentimientos comunes y que nos sentiríamos siempre tentados a postergar el juicio que de ella quisiéramos formarnos. En cambio, ella, pronto, inmediatamente, se lo formaba de los demás. Realmente ella era una persona muy equilibrada. (Aunque a veces, bajo las más grandes apariencias de equilibrio encontráramos las locuras más sorprendentes o los misterios más inescrutables). Desde su equilibrio, desde cierta frescura que le daba el no haber sido interferida por ninguna teoría estética o de alguna otra clase -que quizá hubiera tentado a su espíritu a quedarse con algo que podía resultar una pequeña extravagancia o alguna rara predilección- y sobre todo desde su misterio, observaba a los demás y descubría con gran facilidad, precisamente, la menor extravagancia a que una persona se hubiera entregado.
Así que en una reunión de arte, entendía de las actitudes que tomaban los demás. Y entonces su gran posibilidad de burla. (...)"


*Véase: Por los tiempos de Clemente Colling.

Margaret Atwood, dos relatos






Autobiografía

Lo primero que recuerdo es una línea azul. Estaba a la izquierda, donde el
lago se fundía con el cielo. En aquel punto había una pared de arena, pero
no se veía desde donde yo estaba.
A la derecha el lago iba estrechándose hasta convertirse en un río y ha-
bía una presa y un puente cubierto, algunas casas y una iglesia blanca. Al
frente había una pequeña isla rocosa con unos cuantos árboles. A lo largo
de las orillas se veían grandes rocas erosionadas y los troncos cortados de
árboles enormes, que sobresalían del agua.
Detrás hay una casa, un camino que se adentra en el bosque, el acceso
a otro camino que no se veía desde donde yo me encontraba, pero que en
cualquier caso estaba allí. Al llegar a un punto el camino se ensanchaba;
la avena que en algún distante invierno se había caído de los morrales
que llevaban los caballos de los leñadores había germinado y crecido. Allí
anidaban halcones.
En una ocasión, en la isla rocosa había un esqueleto de ciervo medio
comido, que olía a hierro, olía como cuando se frotan las manos con
herrumbre y esta se mezcla con el sudor. Ese olor es el punto en que se
disuelve el paisaje, en que deja de ser paisaje y se convierte en otra cosa.


 Una parábola

Estoy en una habitación sin ventanas que se abran ni puertas que se cie-
rren, algo que puede parecer un manicomio, pero que en realidad no es
más que una habitación, la habitación en que una vez más me siento a
escribirte, otra carta más, otra hoja de papel, sorda, muda y ciega. Cuando
termine la tiraré al aire y por así decirlo desaparecerá, pero el aire no opi-
nará lo mismo.
Estoy escuchando tus preguntas. La razón de que no las conteste es
que de ninguna manera son preguntas. ¿Hay respuesta a una piedra o
al sol? “¿Para qué es esto?”, preguntas, a lo que solo se puede contestar
diciendo que no todos somos utilitarios. “¿Quién eres en realidad?” es la
pregunta que hace el gusano de la manzana mientras la atraviesa. Un co-
razón roído puede ser el centro, pero ¿es la realidad?
En cuanto a mí, tal vez no sea más que el espacio entre tu mano derecha
y tu mano izquierda cuando colocas las manos en mis hombros. Mantengo
tu mano derecha y tu mano izquierda separadas, a través de mí también
se tocan. Se parece al silencio, que también es un sonido. Yo soy el tiempo
que tardas en pensarlo. Entras en mi tiempo, sales de él, yo no puedo entrar
ni salir, ¿por qué preguntarme? Tú sabes cómo es y yo no. Los espejos no
sirven para nada.
Pregúntame en cambio quién eres tú: cuando entras en esta habitación
por la puerta que no está, no es a mí a quien veo, sino a ti.

miércoles, octubre 09, 2013

Alice Munro: “Prue”



Prue vivía con Gordon. Eso fue después de que Gordon hubiese dejado a su mujer y antes de que volviese con ella (un año y cuatro meses en total). Algún tiempo después, él y su mujer se divorciaron. Después vino un período de indecisión, de vivir juntos de vez en cuando; luego la esposa se fue a Nueva Zelanda, probablemente para siempre.

Prue no volvió a la isla de Vancouver donde Gordon la había conocido cuando estaba trabajando como camarera en un hotel de temporada. Consiguió un empleo en Toronto, en una floristería. En aquella época tenía muchos amigos en Toronto, la mayoría de ellos amigos de Gordon y de su mujer. Les gustaba Prue y estaban dispuestos a sentirlo por ella, pero ella se burlaba hasta que lo dejaban. Es muy agradable. Tiene lo que los canadienses del este llaman un acento inglés, aunque nació en Canadá, en Duncan, en la isla de Vancouver. Su acento le sirve para decir las cosas más cínicas de forma simpática y despreocupada. Ella presenta su vida en anécdotas y, aunque el sentido de la mayoría de sus anécdotas sea que las esperanzas se han desvanecido, que los sueños son ridículos, que las cosas nunca resultan ser como se esperaba, que todo se altera de un modo grotesco y nunca hay una explicación, las personas siempre se sienten animadas después de escucharla; dicen de ella que es un alivio encontrarse con alguien que no se tome demasiado en serio, que sea tan poco vehemente, tan civilizada, y que nunca formule ninguna petición ni queja auténticas.

La única cosa de la que se queja fácilmente es de su nombre. Prue es de colegiala, dice, y Prudence es de doncella vieja. Los padres que le dieron aquel nombre debían de haber sido demasiado cortos de vista incluso para tener en cuenta la pubertad. ¿Qué hubiera sucedido, dice, si se hubiese desarrollado mucho de pecho, o si hubiera llegado a tener una mirada voluptuosa? ¿O era el mismo nombre una garantía para que no llegase a ello? Ahora, a sus cuarenta y muchos, delgada y agradable, atendiendo a los clientes con una respetuosa vivacidad, complaciendo a los invitados, podría no hallarse lejos de lo que aquellos padres tenían en mente: brillante y atenta, una espectadora jovial. Es difícil admitir su madurez, su maternidad, sus problemas reales.

Sus hijos ya adultos, fruto de un prematuro matrimonio en la isla de Vancouver que ella llama un desastre cósmico, vienen a verla y, en lugar de querer dinero, como los hijos de otras personas, le traen regalos, intentan arreglarle las cuentas, hacen que le pongan aislamiento en la casa. Ella está encantada con sus regalos, escucha sus consejos y, como una hija alocada, olvida responder a sus cartas.

Sus hijos esperan que no esté en Toronto por Gordon. Todo el mundo lo espera. Ella se reiría de la idea. Da fiestas y va a fiestas; a veces sale con otros hombres. Su actitud hacia el sexo es muy tranquilizadora para aquellos de sus amigos que caen en terribles estados de pasión y de celos y quieren zafarse de sus amarras. Parece considerar el sexo como un capricho saludable y algo tonto, como el bailar o la buena comida, algo que no debería interferir con que las personas sean amables y agradables las unas para con las otras.

Ahora que su mujer se ha ido para siempre, Gordon va a ver a Prue de vez en cuando, y a veces la invita a cenar afuera. A veces no van a un restaurante, a veces van a su casa. Gordon es un buen cocinero. Cuando Prue o su mujer vivían con él, era incapaz de cocinar, pero en cuanto se puso se convirtió, y lo dice en serio, en mejor que cualquiera de ellas.

Hace poco, él y Prue estaban cenando en casa de Gordon. Había hecho pollo Kiev y crema quemada de postre. Como la mayoría de los cocineros recientes y serios, hablaba de comida.

Gordon es rico, comparado con Prue y con la mayoría de la gente. Es neurólogo. Su casa es nueva y está construida en una colina al norte de la ciudad, donde antes había granjas pintorescas e improductivas. Ahora allí hay casas muy caras, singulares, diseñadas por arquitectos, en parcelas de medio acre. Prue, cuando describe la casa de Gordon, dice:

—¿Sabes que hay cuatro cuartos de baño? De modo que si cuatro personas quieren tomar un baño al mismo tiempo no hay problema. Parece un poco exagerado, pero está muy bien, realmente, y nunca tienes que atravesar el salón.

La casa de Gordon tiene una zona de comedor elevada, una especie de plataforma rodeada de un hueco para conversar y otro para escuchar música y de un bancal con muchas plantas bajo el cristal inclinado. Desde el comedor no se puede ver el vestíbulo, pero no hay paredes intermedias, de modo que desde una zona se puede oír algo de lo que ocurre en la otra.

Durante la cena sonó el timbre. Gordon pidió disculpas y bajó las escaleras. Prue oyó una voz de mujer. La persona a quien pertenecía todavía estaba afuera, de modo que no pudo oír las palabras. Oyó la voz de Gordon, un tono bajo y cauteloso. La puerta no se cerró, parecía que no se hubiese invitado a pasar a la persona, pero las voces siguieron, sordas y enojadas. De repente se escuchó un grito de Gordon y apareció a mitad de las escaleras, haciendo ademanes con los brazos.

—La crema quemada —dijo—. ¿Podrías encargarte?

Bajó corriendo mientras Prue se levantaba e iba a la cocina para salvar el postre. Cuando volvió, él estaba subiendo las escaleras más despacio, con aspecto inquieto y cansado.

—Una amiga —dijo abatido—. ¿Estaba bien?

Prue se dio cuenta de que hablaba de la crema quemada y dijo que sí, que perfecta, que había llegado justo a tiempo. Él le dio las gracias, pero no se animó. Parecía que no era el postre lo que le preocupaba, sino lo que fuera que había sucedido en la puerta. Para alejar su mente, Prue empezó a hacerle preguntas profesionales sobre las plantas.

—No sé nada de eso —le dijo—. Y tú lo sabes.
—Pensé que podías haber aprendido. Como la cocina.
—Ella se encarga de las plantas.
—¿La señora Carr? —dijo Prue, nombrando a su asistenta.
—¿Quién pensabas?

Prue se sonrojó. Odiaba que pensasen que recelaba.

—El problema es que creo que me gustaría casarme contigo —dijo Gordon, sin ningún apreciable cambio en su humor. Gordon es un hombre grande, de rasgos duros. Le gusta llevar ropa gruesa, suéters abultados. Sus ojos azules están a menudo enrojecidos y su expresión indica que hay un alma indefensa y confundida retorciéndose dentro de esa formidable fortaleza.
—Qué problema —dijo Prue jovialmente, aunque conocía a Gordon lo suficiente como para saber que lo era.

El timbre sonó de nuevo, sonó dos, tres veces, antes de que Gordon pudiese llegar a la puerta. Esta vez hubo un estrépito, como de algo arrojado y que caía con fuerza. La puerta se cerró de golpe e inmediatamente después se veía de nuevo a Gordon. Vaciló en los escalones y se llevó una mano a la cabeza haciendo al mismo tiempo un gesto con la otra mano para indicar que no había sucedido nada grave, que Prue se sentase.

—Condenado maletín —dijo—. Me lo ha tirado.
—¿Te dio?
—Pasó rozando.
—Hizo mucho ruido para ser un maletín. ¿Estaba lleno de piedras?
—Probablemente de botes. Su desodorante y demás.
—Oh.

Prue lo miró mientras se servía una copa.

—Me gustaría tomar un café, si es posible —dijo ella. Fue a la cocina a poner el agua y Gordon la siguió.
—Creo que estoy enamorado de esa persona —dijo él.
—¿Quién es ella?
—No la conoces. Es muy joven.
—Oh.
—Pero realmente creo que me quiero casar contigo, dentro de unos cuantos años.
—¿Cuando ya no estés enamorado?
—Sí.
—Bueno. No creo que nadie sepa lo que puede pasar en unos cuantos años.


Cuando Prue cuenta esto dice:

—Creo que tenía miedo de que me fuera a reír. No sabe por qué se ríe la gente ni por qué le arrojan sus maletines de fin de semana, pero se ha dado cuenta de que lo hacen. Realmente, es una persona muy correcta. Una estupenda cena. Entonces llega ella y le tira la maleta. Y es totalmente razonable que piense en casarse conmigo dentro de unos años, cuando ya no esté enamorado. Creo que primero pensó en decírmelo de manera que no le diera vueltas a la cabeza.

Ella no menciona que a la mañana siguiente tomó uno de los gemelos de Gordon de su cómoda. Los gemelos son de ámbar y los compró en Rusia, en las vacaciones que hicieron él y su esposa cuando volvieron a juntarse. Parecen cuadrados de azúcar cristalizada, dorados, translúcidos, y éste se aprecia rápidamente en su mano. Lo deja caer en el bolsillo de su chaqueta. Tomar uno no es realmente un robo. Podría ser un recuerdo, una travesura íntima, una tontería.

Está sola en casa de Gordon; él se ha ido temprano, como siempre. La asistenta no llega hasta las nueve. Prue no tiene que estar en la tienda hasta las diez. Se podría hacer el desayuno, quedarse y tomar café con la asistenta, que es amiga suya de antaño. Pero en cuanto tiene el gemelo en el bolsillo no se detiene. La casa parece un lugar demasiado desolado como para pasar ni un sólo momento más en ella. Fue Prue, en realidad, quien ayudó a escoger el terreno para la construcción, pero ella no es la responsable de la aprobación de los planos... la esposa estaba de vuelta para entonces.

Cuando llega a su casa pone el gemelo en una vieja lata de tabaco. Sus hijos compraron esta lata de tabaco en una chatarrería y se la regalaron. En aquel tiempo ella fumaba y sus hijos estaban preocupados por ella, así que le dieron esta lata llena de toffees, de caramelos y de pastillas de gelatina, con una nota que decía: «Por favor, en vez de fumar, engorda». Eso fue para su cumpleaños. Ahora la lata tiene dentro varias otras cosas además del gemelo. Todas cosas pequeñas, no de gran valor, pero tampoco despreciables. Un pequeño plato de esmalte, una cuchara de sal de plata de ley, un pez de cristal. No son recuerdos sentimentales. Ella nunca  los mira, y se olvida a menudo de lo que tiene allí. No son botines, no tienen un significado ritual. Ella no se lleva algo cada vez que va a casa de Gordon, ni cada vez que se queda, ni para señalar lo que ella podría llamar visitas memorables. Ella no lo hace ofuscada y no parece sentir ningún apremio. Sencillamente toma algo de vez en cuando, y lo oculta en la vieja lata de tabaco, y más o menos se olvida de ello.

 
*De Las lunas de Jupiter, 2010.