miércoles, octubre 09, 2013

Margaret Atwood: Haciendo veneno



Cuando tenía cinco años, mi hermano y yo hicimos veneno. Por entonces vivíamos en una ciudad, pero probablemente habríamos hecho el veneno de todos modos. Lo guardábamos en un bote de pintura debajo de la casa de algún vecino y en él echamos todas las cosas venenosas que se nos ocurrieron: setas no comestibles, ratones muertos, bayas de serbal, que a lo mejor no eran venenosas, pero que lo parecían, pis que guardábamos para añadirlo al bote de pintura. Para cuando se llenó el bote, todo lo que contenía era muy venenoso.
Lo malo era que, ya que habíamos hecho el veneno, no podíamos limitarnos a dejarlo allí. Teníamos que hacer algo con él. No queríamos ponérselo a nadie en la comida, pero deseábamos un propósito, una realización. No había nadie a quien odiásemos tanto, ese era el problema.
No recuerdo qué hicimos al final con el veneno. ¿Lo dejamos bajo la
esquina de la casa, que estaba hecha de madera y era de un color amarillo parduzco? ¿Se lo echamos a alguien encima, a algún niño inofensivo? Seguro que no nos atrevimos con un adulto. ¿Es esta imagen que conservo verdadera, una carita surcada de lágrimas y bayas rojas, la súbita conciencia de que al final el veneno sí que era venenoso? ¿O es que lo tiramos?
¿Recuerdo aquellas bayas rojas flotando cloaca abajo, hacia las alcantarillas? ¿Soy inocente?
Para empezar, ¿por qué hicimos el veneno? Recuerdo con qué júbilo lo
removíamos y le añadíamos ingredientes, la sensación de magia y triunfo.
Hacer veneno es tan divertido como preparar un pastel. A la gente le
gusta hacer veneno. Si no entiendes esto, nunca entenderás nada.





*Escritora canadiense.

Jean Portante: Llueve al revés...



Lluvia. Gonzalo Espinosa.

SEQUÍA

el agua se ha retirado al cielo
y llueve al revés
las nubes se mojan unas a otras
pero ni una gota
está destinada a la tierra

de vez en cuando un mensajero
con una bandera blanca en la mano
sube allá arriba a negociar

es casi una costumbre
la lluvia ofrece un vaso de agua
a los que van a verla
siempre que lo beban allí mismo


EL PIRÓMANO

prendí fuego a los recuerdos
y el perro en la calle
comenzó a ladrar como
si se estuviera quemando
el pánico de encontrarme en él
apagó el incendio

lo que cuento no es
un sueño de pirómano
hasta las balas perdidas
estarán en adelante destinadas a matar

*Jean Portante, (Luxemburgo, 1950).
**Trad. de José María Holguera.
*** Cortesía: Jonio González.

Luis Thonis: No vienen avispas...



I

El verde ya no calma
inquieta más que el rojo
el rojo ya no está al alcance de la mano
el verde en todas partes
como un polen veraz
hay agujero porque crece
otro árbol
germina en grandes robles
el mundo animal
ve peligrar su programa
no vienen avispas
en el arrecife de madréporas
se cobija el pueblo del mar
neutral o embrujado
en el bosque se escruta
el desvelo de las formas solteras.

II

No profanen esas tumbas
la cueva de las larvas
está en otra parte
miles son los verdes
se vuelven pinos
se cambian en palmas
aquí no hay tumbas
los muertos están exentos
de eufóricas rapiñas
sus espectros sólo balan
un frío desgarra
las lomas del valle
enferma y convierte
a algunos en poetas.


III

Los árboles se las arreglan
para seguir creciendo
pero la tierra está cada vez
más muda más verde
la cueva de las larvas
está en otra parte la pisarán
cuando se disipe
el verde sombrío
cuando la fiebre sea azote
haya sangre en los ojos
y fuego en el corazón
en el sendero desierto
donde Dios mismo se extravió
y tuvo el valor de preguntarle
al campesino sorprendido
en qué camino estaba
un viento voluble y marino
acarició la cara del hombre
el viajero decidió entrar en un lago
posarse en sus aguas hipnotizadas
convenciéndose: no es algo grave
descender como un cofre cerrado
que nadie confundirá con un tesoro.

IV

En el tronco del hechizo el pastor del lobo
en el árbol encestado
el espíritu maligno
vas por el seto
hocico de astro y sol dorado
esa forma llamada humana
en la calma de una ola
el quisiera hacerla correr
sobre la hierba afelpada
la abeja en los tilos.
trae la miel de la infancia
es la pequeña patria de los elfos
los cristales arden
y el gato salta el ataúd sin verlo.

V

El falso muerto golpea el ataúd
el tejido humano serpentea
un sombrero de mosquetero
cae sobre las piedras
alguien aquí pasó a lágrima viva
darle la vida a alguien
prematuramente muerto
vuelve blandos a los párpados
chantaje obliga cuando el duelo
no está al alcance de la mano
con un dejo socarrón
el falso muerto golpea
tiene manos fuertes
pantorrillas de acero
quién imagina un vestido de bodas
marchado de escarlata
los escondrijos se alertan
nunca deja de golpear
carne mortificada
un cielo azul pizarra evoca
la mala estrella de la buena suerte.


*LUIS THONIS, Poeta, escritor, crítico y narrador. Nació en Buenos Aires en 1949. Ha escrito notas y ensayos en diversas revistas literarias. Ha publicado Siglo de Manos y la criatura (1987), Eunoe (1991), Cuerpos Inéditos (1995) y Estado y Ficción en Juan Bautista Alberdi (2001).

*Cortesía Alicia Gallegos.

jueves, octubre 03, 2013

Conejos Editorial: El oficio de escribir...

Los invitamos a "El oficio de escribir" 2013, actividad anual que en esta ocasión se realizará con la presencia de Eduardo Muslip, Monica Sifrim y Federico Falco. Un lujo de escritores que nos cuentan todo sobre su oficio.


JUEVES 10/10 a las 19, arranca puntual en el CCRojas (Av Corrientes 2038) Sala AUDITORIO
.

miércoles, octubre 02, 2013

Jorge Luis Borges: Emma Zunz





         El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
          Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
          En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
          No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
          El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
          Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
          ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
          Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
          La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
          Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
          Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
          Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
          La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

*El Aleph (1949).
** Jorge Luis Borges (1899–1986).

Georg Trakl: A los enmudecidos...




Ah, locura de la gran ciudad, al caer la tarde
a oscuros muros clavados miran árboles informes,
en máscara de plata el genio del mal observa,
luz con látigo magnético repele a la noche de piedra.
Ah, sumido son de campanas en ocaso.

Puta que alumbra entre helados temblores a un niño muerto.
Ira de Dios que azota furiosa la frente del poseso,
púrpura peste, hambre que rompe en trizas los ojos verdes.
Ah, la horrorosa risa del oro.

Mas calmada mana en guarida oscura humanidad más callada,
y en duros metales conforma la cabeza salvadora.


. Trad. José Luis Arántegui, en www.saltana.org. 
. Cortesía de Jonio González.