Frederick Sandys. María Magdalena, 1859. Traducido del francés antiguo al alemán por Rainer Maria Rilke en 1911: Die
Liebe der Magdalena; luego del alemán al francés contemporáneo por los
editores de Artfuyen en 2000, y fragmentos traducidos del francés al español
por Gabriela Trujillo.
"Magdalena, la santa amante de Jesús, lo amó en sus tres estados. Lo amó vivo,
lo amó muerto, lo amó resucitado. Manifestó la dulzura de su amor hacia
Jesucristo presente y vivo; la constancia de su amor hacia Jesucristo muerto y
sepultado; las impaciencias y los arrebatos, el furor, los desmayos y los
excesos de su amor abandonado hacia Jesucristo resucitado y subido a los
cielos.
Cuando veo a Magdalena a los pies de Jesús, me parece que veo el amor
extraviado lamentando sus propios extravíos y buscando el buen camino a los
pies de Aquél que es el camino mismo.
[...]
Si es el amor que te guía, Magdalena, ¿qué has de temer? Osa todo, emprende
todo. El amor no conoce límites, sus deseos son su regla, sus arrebatos son su
ley, sus excesos su medida. El amor no teme nada más que el temor mismo, y su
título de propiedad es la audacia de pretender a todo y la libertad de
emprenderlo todo.
[...]
El amor une, el pecado aleja, y el amor penitente es como ambos. Magdalena
corre hacia Jesús: es el amor; Magdalena no osa acercarse a Jesús: es el
pecado. Entra audazmente: es el amor; se acerca con temor y desasosiego: es el
pecado. Perfuma los pies de Jesús: es el amor; los inunda de sus lágrimas: es
el pecado. Esparce y prodiga sus cabellos: es el amor; para secar los pies de
Jesús: es el pecado. Es ávida e insaciable: es el amor; no se atreve a pedir
nada: es el pecado. Pero Magdalena llora; pero suspira; pero mira, pero calla:
es el amor y es el pecado - juntos.
[...]
He aquí los admirables y misteriosos recovecos del amor penitente, que avanza
huyendo, que posee rechazando de alguna manera el objeto de su amor. No se atreve
a decirle al Esposo con la libertad de la Esposa: Ven, Amado de mi corazón,
ven, ven pronto; pero encuentra la manera de llamarlo, de otra manera,
diciendo: Vete, vete; Aléjate, Señor, decía Pedro, porque soy un pecador.
[...]
Magdalena ganó todo sin haber pedido nada, porque tenía a Jesús en el fondo de
su corazón, oyendo todo lo que Él decía, y escuchando aún mejor lo que Aquel no
se atrevía a decir.
2
[...]
¿Cómo harás, oh amor, para que amor y justicia, con preceptos tan adversos, se
concilien? He aquí la solución. Magdalena se arroja a sus pies, sin atreverse a
besar a Jesús: es para ceder a la justicia; ¡pero qué hábil e ingeniosa es! Al
tomarlo por los pies, tiene a Jesús entero: es para satisfacer al amor. Jesús
no puede escapar, ya que está atrapado por sus sagrados pies, y me parece
escuchar a Magdalena que dice con la Esposa: Hallé luego al que ama mi alma; Lo
así, y no lo dejé. O, imitando a Jacob: No te abandonaré hasta que me hayas
bendecido. O más bien, yendo más allá de Jacob: No te dejaré, aun cuando me
hayas bendecido.
En efecto, Jesús la bendice y le perdona sus pecados, pero ella no lo abandona;
y cada vez que puede, regresa a sus pies, ya que no quiere una bendición, sino
que lo quiere a él entero.
[...]
Magdalena, no temas. El que confiesa en El Cantar de los cantares que dejó
apresar su corazón por un solo cabello de su Esposa, ¿podrá desenredar de sus
pies la trampa de tu cabellera entera? ¿Temes que escape, rompiendo tus lazos
fácilmente?
No, no: no busques a otros. Aprende a conocer el genio del amor: no se niega a
ser cautivo; pero quiere a la vez ser libre. Quiero decir que el amor sólo
quiere ser cautivo por su propia voluntad. Quiere lazos delicados y tiernos;
lazos que sean fuertes simplemente porque no se les quiere quebrantar. Tus
cabellos bastan entonces para tomarlo y atarlo, y no podrás hallar lazos más
apropiados.
[...]
Ve, corazón exhausto, fatigado, corazón que nunca encontraste quien fuese capaz
de recibir la inmensidad de tu amor, ve a abismarte en el Océano; ve a perderte
en el infinito; ve a absorberte en el Todo. Ahí nace en el corazón de Magdalena
un tierno y apasionado no sé qué, que sólo busca ocuparse de Jesucristo; que
languidece, que desfallece, que se deja llevar por él.
A cada momento, ella muere, y a cada momento, besando los pies de Jesús, renace
a una vida nueva, para inmolarse justo depués. Magdalena se da entera y prodiga
todo: sus perfumes, sus cabellos, sus lágrimas, sus suspiros y su corazón
mismo. Pareciera que desea agotarse para su Amado. Teme sin embargo el
agotarse, ya que quiere dar, sin mesura alguna.
3
Si su prodigalidad es infinita, su avidez no lo es menos. Ella no puede dejar
de besar los pies de Jesús, y Jesús supo adivinar el hambre furiosa de este
amor insaciable. Desde que entré, dice, no ha dejado de besarme los pies.
[...]
He aquí entonces María Magdalena, atada a Jesús corazón a corazón, íntimo a
íntimo. No vive más que para Jesucristo; y, ¿se sorprenderán si lo sigue por
doquier, en sus viajes, en sus suplicios, y hasta los horrores del sepulcro?
Ella busca por doquier a su Único, el único objeto de su amor, el único e
inquebrantable amparo de su corazón desfalleciente, y no lo puede encontrar.
En qué piensas, Jesucristo, al atraer los corazones tan intensamente, al atarlos
a Tí, y luego retirarte de manera tan imprevista? Oh, ¡qué cruel eres! Oh,
¡cómo juegas con los corazones que te aman!
Es el método de Jesucristo, es su actitud ordinaria. Atrae poderosamente a los
corazones, los vuelve ávidos e insaciables, se los gana, los domina, los ata,
se da a ellos de mil maneras para liarlos de tal manera que no respiren más que
por él; y tan pronto como están atados sin remedio, se retira, se esquiva, los
pone a prueba con fugas y privaciones horribles. Éstos se quejan, y Jesús se
ríe de sus quejas; los deja agotarse y consumirse a través de avideces
innombrables. Él mismo atiza el fuego para quemarlos, y los ve de lejos sin
conmoverse, jugando, por así decirlo, con sus arrebatos y sus furores.
[...]
De esta manera trató Jesús a María Magdalena. Al principio, no le niega nada.
(...) Magdalena, cautivada por su bondad, se compromete y se ata. Jesús, viendo
este amor bastante firme, poco a poco retira su mano. No dar más es poca cosa:
le quita poco a poco lo que hasta ahora le ha dado. Se prepara a morir; quiere
que Magdalena esté presente. Le habla a su santa madre y a su discípulo
querido; pero no le dirige la palabra a su casta amante, que languidece al pie
de la cruz.
Ella no se desanima: sigue a los que lo sepultan para ver adónde llevan su
cuerpo. (...)
[...]
Magdalena, ¿qué buscas? Él ya no está.
[...]
Finalmente, aparece Jesús, él mismo, pero como un desconocido. Se deja
reconocer; querrá tal vez contentar a su ávido amor. En lo absoluto. Al
contrario, quiere atormentarlo sin medida; ya que, al precipitarse impetuosa
Magdalena hacia él, Jesús le dice: No me toques, que todavía no he subido al
Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre.
Oh Dios, qué amante, ¡aparecer frente a su amada sólo para anunciarle su pronta
partida! Pero déjala al menos que bese tus pies. No, no lo harás. Ella se
lanza, creyendo encontrar en Jesús la misma soltura, y éste la empuja y le dice
No me toques, que todavía no he subido al Padre. Palabras inventadas
para ser eternamente el tormento de un amor. No me toques ahora que estoy entre
tus brazos; espera a tocarme cuando haya subido a los cielos. Vete de mí
mientras estoy presente; espera y tócame cuando ya no esté sobre tierra; te
abalanzarás entonces con todas tus fuerzas. Es como si dijera: Consúmete,
rómpete el corazón con esfuerzos inútiles. ¿No es burlar al amor el hablarle de
este modo?
[...]
Ella entonces corre, busca, se consume, se agota, se desgarra el corazón con
deseos violentos. Es ahí donde el amor, frustrado de no tener lo que desea,
entra en furor y no puede más soportar la vida. Magdalena, urgida y exhausta,
no puede abrazar a Jesús más que a través de las oscuridades de la fe, es decir
que puede besar más bien su sombra y no su cuerpo.
4
[...]
Dentro de poco, dice [Jesús] a la Iglesia, ya no me veréis, y dentro de otro
poco me volveréis a ver. ¡Cuánta dulzura en estas palabras! O más bien, ¡cuánta
crueldad en estas palabras!
¿A quién hablas así, oh Jesucristo? ¿Sabés que le hablas a corazones que te
aman? Cuentas por nada los siglos enteros de privaciones, cuando al amarte los
momentos mismos son eternidades. Porque eres la Eternidad misma, y no se
cuentan los momentos cuando se sabe que a cada momento se pierde la eternidad
entera.
[...]
¿Qué le dirás, Magdalena, a Jesús tu amante? ¿Te quejarás que te ha engañado?
No, no: no te engaña; o, si nos engaña, es de otra manera. Es que nos une a él
más íntimamente cuando todos nuestros sentidos resienten únicamente alejamiento
y separación. Es de esta manera que el amor debe ser tratado durante este
peregrinaje. Tiene que alimentarse de fe; vivir únicamente de esperanza; debe
crecer entre los abandonos y las privaciones más insoportables; porque no debe
solamente morir, sino morir mártir de Jesucristo: que sus propios ardores sean
su martirio, y que el Amado sea su tirano.
5
Abramos el sagrado Cantar, y leamos en él el misterio del amor. Veremos que la
Esposa suspira siempre; siempre aspira; siempre expira y languidece. Casi nunca
se lee un momento de júbilo. Siempre: Ven. Siempre: Tórnate. Dice casi siempre:
lo busqué, Trabé de él, y no lo dejé. Nunca: Lo tengo, lo poseo.
Viene como por brincos y saltos, semejante a los corzos, y a los cervatinos.
Aparece; habla; y después huye. Mira, pero a través de ventanas; se deja ver,
pero a través de rejas. Encuentra a la Esposa dormida, y no quiere que se le
despierte; por miedo a que ésta sienta demasiado su presencia. Lo tuvo, dice
ella, y jura no dejarlo jamás; pero él se escapa solo. Y regresa; llama a la
puerta; desespera que se le abra; ella demora un poco; él pasa la mano por un
agujero; esparce un poco de mirra, algun presente; todas las entrañas de la
Esposa se conmueven por esta señal. Se levanta exaltada; corre para abrir la
puerta; su Amado ha pasado de largo.
[...]
Tal es la condición del amor de los viajeros, en el cual Dios se manifiesta
escondiéndose; no para satisfacer, sino para irritar al amor. Ya que, durante
el tiempo de este exilio, nunca está tan presente como cuando parece alejarse y
que se le pierde de vista, y su majestad se manifiesta cuando destruye y disipa
hasta la vista de ésta. Es por esto que la divina Esposa, habiendo aprendido
que al amado le place comunicarse mientras se escabulle, que sus fugas son sus
encantos, sus esperas – impaciencias-, sus rechazos –dones-, que sus desprecios
son caricias; cuando ve que el Esposo es totalmente suyo cuando parece
perderlo; después de cansarse llamándolo, instruída por las experiencias del
amor durante el exilio, entonces sigue sus ímpetus y su cántico diciendo: Huye,
Amado mío; fuge, dilecte mi.
La Esposa quiere que huya a la misma velocidad que le había deseado para que
llegase. Tórnate, amado mío, decía, sé semejante al gamo, o al cabrito de los
ciervos. Y ahora dice: Huye, amado mío; y sé semejante al gamo, o al
cervatillo.
¡ Qué extraña e incomprensible actitud de la Esposa! ¡Decir con tanto ardor :
Regresa, Amado mío, y decir justo después: Huye, amado mío; y querer dar a los
pies del amado la agilidad de los corzos y de los ciervos para apresurar y
precipitar su huida! ¿Será inconstancia? ¿Será hastío? ¿Será algún despecho
amoroso? De ninguna manera. Es un efecto admirable del misterio del amor. Ella
ve que su casto Esposo se da a la vida huyendo, escondiéndose, escabulléndose. Así,
lo empuja a huir; y lo que es más sorprendente, es que lo hace en el momento en
que éste la acaricia más tiernamente que nunca.
Él dice: Oh, Tú que moras en los huertos, entre las flores, entre los
perfumes, entre las frutas, entre las delicias del santo y divino amor, los
compañeros escuchan tu voz - Házmela oir : quae habitas in hortis, fac me
audire vocem tuam. Querrá aparentemente escuchar de ella palabras dulces, y
recibe por toda caricia las siguientes: Huye, amado mío; Y sé semejante al
gamo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas. Ella ama más sus
propias privaciones que los dones y favores que le puede ofrecer a Él. Es por
esto que se exclama: Huye. Y de esta manera se cierra el Cantar de los
cantares.
Es que esta es la consumación de todo el misterio del santo amor. Todos los
ardores y todos los ímpetus se terminan, ya que se trata de perderlo todo.
Magdalena, poseerás y besarás los pies de Jesús en los primeros días del amor.
Cuando habrá que consumarlo, Jesús te dirá: No me toques más.
Tal es la conducta, tales son los recovecos, tal es la tiranía del amor divino
durante estos tiempos miserables de cautiverio y de exilio. Vendrá el día de la
eternidad, en el que veremos, en el que amaremos, en el que nos regocijaremos,
en el que viviremos por los siglos de los siglos.