lunes, marzo 25, 2019

Eugenia Cabaral: Presentación de su libro


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miércoles, marzo 21, 2018

Eugenia Cabral: Fragmento de su libro Vigilia de un sueño (Apuntes sobre Juan Larrea...)




Pequeña historia de un comenzar

En septiembre de 1991 conocí en casa del artista gráfico Sergio Gallardo
al poeta Vicente Luy, nieto de Juan Larrea. El contacto con Vicente se
produjo cuando yo comenzaba a publicar una revista literaria: Imagin Era,
cuya tapa imprimió Sergio. En febrero de 1992, Vicente fue a mi casa llevando
la bibliografía que tenía sobre su abuelo: La poesía de Juan Larrea,
de Robert E. Gurney; Juan Larrea. Ángulos de visión, edición de Cristóbal
Serra, y Al amor de Larrea, en la revista Pre-textos, con edición de Juan
Manuel Díaz de Guereñu. Asentó los libros sobre la mesa de cocina donde
estábamos y mirándome a los ojos, con su vehemencia que a la vez era elegante,
dijo: “Estos son los libros que tengo sobre mi abuelo. Quiero que vos
los estudies, solamente a vos puede interesarte hacerlo hoy en día”. Estaba
equivocado en ello y al mismo tiempo no lo estaba. Me proponía una tarea
ímproba para mis posibilidades materiales en aquel momento. Pero me
entusiasmó. En lo sucesivo, Vicente estableció una amistad estrecha con
mi hija, Natalia Herrera, uniéndola a su círculo de amigos en las aventuras
surrealistas que orquestaba. La amistad entre ellos se prolongó –con sus
paréntesis circunstanciales– hasta poco antes del infausto día en que “el
Bicho”, apodo derivado y apocopado de Vicente, decidió quitarse la vida en
la ciudad de Salta, en el Noroeste argentino. La tragedia de la descendencia
familiar de Juan Larrea trazaba un último nimbo luctuoso en esta tierra.

Retrocediendo a 1992, la revista Imagin Era, efímera como la mayor
parte de las publicaciones culturales independientes, apareció hasta 1993,
coincidiendo con la aceptación, por primera vez, de mi colaboración en el
suplemento literario del matutino La Voz del Interior. El artículo, a página
entera, era una reseña sobre la poesía de Córdoba durante la década de
1970, tema espinoso por el costado político y también por la dificultad para
reunir el material de investigación a causa de esas mismas circunstancias
políticas. Los militares habían censurado y hasta incinerado, con impecable
clasicismo inquisitorial, pilas de publicaciones a manos de la Comandancia
del Tercer Cuerpo de Ejército. El texto despertó simpatía entre los sobrevivientes
de aquel período porque, además, contenía información bastante
completa sobre el tema.
Por otra parte, desde 1992 asistía a unos seminarios que dictaba el Dr.
Gerardo García sobre psicoanálisis, que originaron la fundación de la actual
Escuela Freudiana de Córdoba. En 1995, la Escuela ya organizaba ciclos
de extensión cultural y en uno de ellos, dedicado al Surrealismo, fui
invitada a disertar sobre algún tema relativo a esta corriente. Aproveché
la ocasión para presentar un trabajo que venía elaborando sobre la poesía
de Larrea, a partir del material bibliográfico que me aportó Vicente
y deslumbrada por la poesía de Larrea, que no había leído hasta entonces.
Al acto organizado por la Escuela Freudiana en la Biblioteca Córdoba
concurrió, precisamente, el director del suplemento cultural de La voz del
interior, Juan Carlos González. Cuando los participantes terminamos de
leer nuestras ponencias, “Juanchi” se acercó a saludarme y me preguntó si
podía escribir una nota para publicarla en el suplemento de ese mismo jueves,
basada en la ponencia que había leído (era martes por la noche). Y que
la extensión del texto debía tener sesenta líneas de tipografía (el que yo
había escrito era de ciento veinte). Al día siguiente habría huelga general,
de modo que enviarían a buscar el texto en un vehículo del diario antes del
mediodía, pues no iba a funcionar el transporte público. Pero antes debía
llamar –a las diez de la mañana– por cualquier nueva indicación que fuere
preciso hacerme. Cuando llamé, el director me pidió que redujera mi
artículo a cuarenta líneas, por razones de espacio. Lo interesante era que
entonces solo tenía mi vieja máquina de escribir... y está de más explicar
los pormenores de un apurón literario sin el auxilio de una computadora.
Pero lo logré. No podía perder la oportunidad de difundir un breve ensayo
que venía decantando y ajustando a medida que leía y releía Versión celeste
y los textos críticos sobre Larrea que tenía en mi haber. Juanchi González
rescató en aquella misma edición otro texto que le había acercado Javier
Zugarrondo, un poeta, traductor y ensayista vasco residente en Córdoba, y
ambos aparecieron aquel jueves 17 de agosto de 1995. Después, tres artículos
más se publicaron en La Voz del Interior sobre el poeta bilbaíno.
En adelante, con el apoyo de varios escritores (Vicente Luy, el primero)
intenté impulsar la recensión biográfica de la presencia de Juan Larrea en
Córdoba y en Buenos Aires, su actividad cultural y académica, la altísima
calidad de su poesía y su reconocimiento internacional.
El criterio con que encaré las entrevistas a personas que hubieran tratado
a Larrea en diferentes circunstancias fue el de formarme una idea
aproximada de la atmósfera en que debió moverse el poeta y del aura que
lo había rodeado. La mayor parte, si no todos los entrevistados, me transmitieron
una gran ternura hacia el recuerdo del bilbaíno por encima de las
contradicciones que fueran capaces de señalar en él. Y quien dice ternura
nombra una forma particular del amor, esa forma que algunos de ellos
expresaron con un “¡este don Juan!”, moviendo la cabeza y riendo como
ante travesuras de muchacho. Y acaso fue realmente así, acaso Juan Larrea
fue un muchacho angelical hasta sus últimos días en que, transido de dolor
físico y soledad, porfiaba en escribir teorías sobre las que había estado
pensando recientemente, según me contó María Eugenia Courtade, una
artista plástica y escritora.
En su diario intelectual, Orbe, había dado cuenta de su esperanza acerca
de la condición humana:

“Actualmente las esencias vitales están repartidas. La materia no
corresponde al espíritu. Existe una disociación. Hace siglos que llevamos
un muerto dentro, que es necesario expulsar, pero como no es posible, la
naturaleza se ve en la obligación de nutrirse de su cadáver, de transformar
su medio de nutrición y su medio de reproducción, transformando la
carroña en esencias vitales. Lo mismo que el estómago del hombre. Pero
la humanidad se digiere a sí misma, se transmuta. Es como el gusano
encerrado dentro del capullo que es sostenido por fuerzas místicas y que
transforma su materia en materia nueva.”
A menudo (y no lo diré por modestia), durante la redacción de mis trabajos
y hasta durante la lectura de la obra larreana, he sentido que la obra
y en especial su poesía, como se dice vulgarmente, “me quedaba grande”.
Hoy no dudo de que así es: la admiración sigue sobrepasando los límites de
mi juicio crítico... pero tampoco puedo evitar hablar de ella. Es demasiado
hermosa para poder callar lo que me provoca. Necesito, como el enamorado
medieval, dar a conocer las virtudes de lo que me cautiva. O, mejor, para
referirme a la advertencia de Benito del Pliego:
“Como demuestran claramente las contribuciones de otros dos eminentes
estudiosos –Robert Gurney y, en menor medida, David Bary– es fácil
sucumbir a la perspectiva poética y reemplazar la crítica y el comentario
de la obra de Larrea por la justificación y el elogio y, de esta manera,
reforzar la figura ficticia en que Juan Larrea se transmutó y las metáforas
mediante las que entendió el mundo. Parafraseando a nuestro autor,
podríamos decir que algunos prefieren soñar a interpretar el sueño.”
Si bien con “perspectiva poética” se refiere el Dr. del Pliego a la sustancia
de la obra ensayística de Larrea, he tomado esa frase porque en mí
cumple un significado lato y unilateral: a mí sí me fascina su poesía casi
con exclusividad, en gran parte porque soy una lectora diríase monopolista
de poesía (y, en segundo lugar, de teatro). La pasión con que leo poesía no
es comparable al interés que me producen la narrativa o el ensayo. No tengo
alternativa, pues, salvo comportarme con parcialidad.
Se me hace difícil comprender las razones de Larrea para abandonar
la escritura de poemas por la de ensayos. Él, un escritor tan radical en su
aprehensión de la función poética del lenguaje. Únicamente Larrea podía
decir ciertas cosas de cierta manera. Sin embargo, también es no solo aceptable
sino admirable su decisión, tanto por motivos éticos como literarios.
Esa conciencia del borde donde la literatura deja paso a la política (y, por
qué no, a la lisa y llana propaganda), incluso si viniese revestida de otros
géneros representativos del poder del Estado, como la religión o la pedagogía,
es la más saludable que pueda encontrarse. Por algo la escisión entre
Pablo Neruda y Juan Larrea era inevitable en la manera en que Aristóteles
entiende que son inevitables las confrontaciones que conducen al desenlace
trágico: porque hay posiciones de los seres humanos que son inconciliables.
Otro de los móviles de mi aproximación a Larrea es el compartir la
afinidad con la poesía de César Vallejo. Claro que, a diferencia de él, acepto
plenamente la adscripción de Vallejo al marxismo, postura que Larrea
rechazaba con múltiples argumentos. Ahora bien, durante la década de los
noventa en la Argentina el neoliberalismo vino acompañado de los modelos
posmodernistas en la literatura, más proclives a admitir un marxismo
lavado, matizado y esquematizado como el de Neruda, que el radicalismo
poético y vital de un Vallejo. Incluso su lectura fue soslayándose en cantidad
mientras que la del chileno mantuvo su caudal de lectores bastante parecido
en número, pese a la caída del muro de Berlín. Probablemente también
porque, en América, Neruda suena familiar, trae aromas domésticos,
a diferencia de Vallejo, universal en su rebelión aunque sea más profundamente
telúrico que Neruda. Pero en el neoliberalismo eso no importa, todo
lo que sepa a rebelión genuina es demasiado “bold” (pesado o grueso, en la
jerga tipográfica) y la moda de los ochenta y noventa era “light”.
Córdoba no se sustrajo a aquella influencia destinada a sobrenadar en
lo superficial, que ofició de nuevo presupuesto para expulsar de la memoria
cultural la obra larreana, salvo en los exiguos círculos que lo habían tratado
y en los pocos nuevos adeptos que supe conseguir, entre ellos, Bernardo
Massoia, joven estudioso de la obra vallejiana. Afortunadamente, nuevos
aires corren en la Facultad de Filosofía y Humanidades. Ha apoyado el
acto conmemorativo realizado en marzo de 2012 en el Centro Cultural
España Córdoba, con la invitada Dra. Graciela Maturo y la presencia del
Dr. Diego Tatián; además, se realizó el seminario de posgrado dictado por
el Dr. Benito del Pliego, en marzo de 2013, en la Escuela de Letras de la
unc, denominado “Juan Larrea: vanguardia y pensamiento poético”.
  
En: Vigilia de un sueño. Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980). 

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martes, agosto 19, 2014

Eugenia Cabral: La fuente...

A continuación, transcribimos el texto escrito por la poeta cordobesa Eugenia Cabral, texto de  presentación de la antología 70 poemas (Hilos Editora, 2014), de Víctor Redondo. Agradecemos a Eugenia nos lo enviara para poder compartirlo con los lectores de este blog.



70 poemas. Víctor Redondo. Poesía.
Hilos Editora. Buenos Aires. 2014.

La fuente

A veces me pregunto cómo es el tiempo, cómo funciona. Ni tan siquiera me atrevo a reflexionar sobre qué es. Sólo intento comprender cómo sucede ese trayecto. Me bastaría entender un poquito de los mecanismos secretos del Gran Reloj, por cuya esfera transitamos. Y estas dudas me rodearon al leer este libro, por su calidad de testigo o testimonio del devenir.
¿Debía  recorrer cronológicamente su versos, del 1 al 70? Primer riesgo: que Cronos, el que siempre acecha, decidiera al fin del camino devorarnos a ambos poetas, el que escribió y la que leía. Además, cabía la probabilidad de que Víctor Redondo hubiera escrito mientras  circulaba alrededor de un estanque en cuyo centro se hallare la fuente de donde mana la poesía, puesto que en el poema titulado Una frase nombra al “peregrino anónimo de la antigua marcha”[1]. Y la antigua marcha es circular, como el giro terráqueo. Entonces, en ese vagar en torno de un surtidor central, lo que hoy es podría devenir ayer y el pasado, presente.
Solamente por desafiar el acecho del Cronos devorador decidí leer en línea recta los libros de Víctor Redondo incluidos en esta antología. Recorrí uno a uno los versos como quien da un paso tras otro, prestando oído al crujir de los zapatos, hasta que una frase en el poema Respuesta a una impertinencia, de Circe, detuvo mi andar. Víctor dice allí: …“debatiendo pasión con inteligencia”… Sentí que tocaba un punto nodal, una síntesis aprehendida en su desnudez. Es el torbellino donde hemos visto hundirse a muchas vidas y a muchas corrientes sociales. Y sagazmente dice “debatiendo”: el gerundio –que era el modo verbal adecuado para graficar un extenso desarrollo- remite a la actividad del diferir, no en su acepción de aplazar y aun menos la de divergir, sino en la de prolongar, extender.
El debate es un tipo de discurso que acude a motorizar hechos históricos, políticos, religiosos, axiológicos. Su ausencia o su presencia indican el grado de libertad disponible en un movimiento, en una sociedad. Antes de emprender una estrategia o de plantear un programa, el estadista, el héroe y hasta el funcionario debe resolver las proporciones que asignará, respectivamente, a la pasión y a la inteligencia, previendo que siempre bulle el caldero de la discusión entre esa dupla dialéctica.
Pero el debate entre esas coordenadas que Víctor señala se está produciendo aquí y ahora en su interior, en la arena subjetiva: …“creímos en cada gesto estar copulando con la razón”...[2]  Conserva la referencia épica pero el impulso es lírico. Debate la inteligencia, o la “codicia del  conocimiento”[3], contra la pasión, contra “el cuerpo con sus mensajes de selvas e insectos carnívoros”[4]. Y ya en Poemas a la maga había nombrado a “esa irritación de la conciencia”,[5] quizás describiendo el estado de la inteligencia con respecto a lo cotidiano. Pues lo cotidiano se inserta con insistencia en sus poemas, que nombra como “una bala circular que me asesina trescientas sesenta y cinco veces”.[6] Es como la circularidad del estanque.


En Respuesta a una impertinencia describe así la escena del debate: “paso mis noches arrojado (sí, como un fardo) / sobre la cama de mi sueño, allí / donde mi querubín canta y se / estremece entre la mina de ángeles.” El protagonista se dice abatido, pero sabemos que un poeta no lo está, puesto que prosigue escribiendo. Entonces refiere: “Y al poner estos delirios únicos en negro sobre blanco”… Vuelve a la impronta cartesiana que nuestras benditas escuelas nacionales, con su racionalismo pedagógico, nos indujeron a asimilar, junto con el himno patrio y la geometría euclidiana. Y aunque yo lo diga con humor el tema es serio. Por algo, en Poemas a la Maga, se habrá nombrado a sí mismo como “yo –un viejo demente de veintitrés años-“.[7]  Es que los jóvenes de nuestra generación a los veinte años ya éramos adultos o, cuando menos, así lo consideraban la policía y las Tres A, para aplicarnos el castigo. Porque estamos hablando de una obra poética escrita y editada casi íntegramente bajo el terrorismo de Estado en la Argentina, desde 1974 a 1983, y en los años siguientes a este reinado del terror. Escrita en su patria y durante el exilio. Durante la Guerra de Malvinas y el dolor postrero de aquella derrota.
La mecánica de exposición de contenidos que implica un debate es todo un desafío y, si bien no es la que escoge para sus libros -Homenajes tiene tono de himnos, en Poemas a la maga y en Circe hay una profusión barroca de musicalidades, en Mercado de ópera el poema siempre es en prosa- su registro en este poema tiñe al resto de ellos. Es como un derrame que ilumina y contamina hacia atrás la génesis y, hacia adelante, la heredad. En un debate la síntesis pesa tanto como la expresividad. Alguien va a salir ganancioso, alguien quedará cabizbajo. Se abrirán nuevas alternativas, o se saldará una cuestión. Quedaremos decepcionados por ambos contendientes, o alguno de ellos despertará la esperanza. Pero siempre nos abrirá expectativas, nos despejará incógnitas. Como dice Víctor, “desde que vi no puedo cerrar los ojos”.[8] Por eso este breve poema escrito -en apariencia- sólo para exponer con desparpajo algún argumento frente a cierta “impertinencia” me pareció de una dimensión histórica, además de lírica. Ahí me resonó lo que había dicho en Poemas a la Maga de “por mí y por todos doblan las campanas”.[9]


En cuanto al ataque o “impertinencia” cometido contra la subjetividad, que consiste en: “Así como no puedo / reprochar a la Revolución Francesa la destrucción del arte gótico cristiano”… me suena a la piqueta de la Razón, “esa mujer hermosa / y estéril”[10],  destruyendo las crueles sutilezas de la Fe. Una tarea histórica de transformación que, sin embargo, adoleció de imperfecciones evidentes al día de hoy. Y la imperfección es preocupante para los poetas. Víctor dice: …“tampoco puedo doblar en cuatro mi camisa sin que sobresalga una manga”. Otras manecillas que coinciden: el reloj de la Historia demoliendo edades enteras con el de puño, en la intimidad del hogar.
Luego, para que cesen de importunar la marcha alrededor de la fuente de la poesía, debe poner en orden los delirios y acude a “…‘eso algo’ que llamo palabra / ‘eso algo’ que es-cucha” (…) “impide que mi boca se abra o nombre / todo eso que (algo en mí) quiere terminar la farsa”. Dice –según creo escuchar- que podría romper el debate para prorrumpir en la pura acción. ¿O habrá vuelto a caer en aquello que, en Poemas a la Maga, definía como “esto ya no es poesía / es una infartación de mi voz”.[11]


La reflexión sobre la palabra, la poesía, el poema, la literatura, recorre estos poemas como buscando el inicio de un espiral. En Primer homenaje demarca un concepto relacionado con el tema de Respuesta a una impertinencia y, además, con la  función y jerarquía de la palabra: “Espacio de la creación donde el sí y el no se abaten / y donde la palabra es dominio de fantasmas”.[12] Y en La magia de la palabra su condición de erigirse en impedimento, freno, se dice abiertamente: “bajo el filo de la luz de mi aliento pierdo / la defensa de la fantasía / pierdo la defensa de la poesía como ejercicio de limpieza / y las palabras me ahorcan / las palabras duendes malditos / las palabras sin horarios / siempre dispuestas a la masacre”.[13] La palabra, ese don de luz concebido en la tradición judeocristiana como atributo divino, anterior a la humanidad y también origen de ella, requiere de nuestra adhesión a un ordenamiento, a una estructura, que no es el de la poesía aunque ésta se construya también con “palabras”. Las articulaciones mecánicas y convencionales del lenguaje, en lugar de las fusiones, simbiosis, sincretismos, de la poesía. En la Tercera parte de ese poema, describe: “porque la vida es sólo una / y sobre ella se lanza la jauría de palabras”.[14] 
La querella, el debate, entre las palabras y el poema es aquí rotunda. Dice en Primer Homenaje que “no hay Literatura, no hay estilo: / la palabra es una pasión enloquecida.”[15] El círculo del estanque alrededor del cual fisgoneamos los poetas deseando ser alcanzados aunque sea por unas gotas asperjadas desde la fuente de la poesía, se cierra ahí, en la pasión enloquecida.



 Durante la lectura de 70 Poemas creí ver –pues todo esto que digo es apenas visión, versión de lo leído- un paisaje instalado por el desarrollo del debate mencionado, como se puede seguir el derrotero de una gesta por los indicios y reliquias que ha ido depositando sobre un mapa. La pasión, efusiva por esencia, extiende y reitera muescas verbales. Víctor Redondo habla en diversos poemas de erotismo y de muerte, locura, monstruosidad, aniquilación, desatinos, infierno, “lo macabro”, ceguera, extinción, suicidio, espejos hechos triza o deformantes, “tumbas infinitas”, repetición, tinieblas, cenizas, obsesión, pantano, desnudez, abyección, fracaso, “pájaros muertos”, “cielo negro, vacío”. En cambio, la inteligencia va enunciando con fórmulas sintéticas y habla de entendimiento, sabiduría, visión, luz, Historia,  ironía. En Uno, señala: “Luchas con lo oscuro (…) en una noche que no es tuya”.[16]                                 
Ahora bien, ¿es posible dejar en suspenso, en stand by, diferir –en el sentido de aplazar- sino los términos, al menos la agotadora actividad del debatir? En su Décimo homenaje, Redondo habla de “el diálogo eternamente inconcluso”.[17] ¿Resulta posible diferirlo, cuando el debate es interno? Porque en Poemas a la Maga había observado que “el pensar es sufrimiento. / He aquí el límite de los sentidos. / Y prefiero esto a cualquier explicación”.[18]
Ese diferir del debate acuciante, del pensar que es sufrimiento, instala su pausa en los momentos de tránsito, de traslado desde un sitio geográfico a otro, incluso cuando los “objetos” transportados sean tan densos como los de Tráfico pesado, en Circe. Al no hallarse en un extremo crítico ni en otro, al no ser sino estar yendo desde uno a otro punto, el viaje oficia de interrupción de una actividad mediante la práctica de otra actividad. Los gerundios viajando o transitando podrían acoplarse al “debatiendo”, a su peso e importancia de transcurso de una épica relatada en clave de lírica, o viceversa.
En Homenajes hay una hipótesis del trayecto que condensa periplo y esencia: “¿No estaremos caminando sobre la imagen que nuestro cuerpos dibujan sobre el mundo?”[19]  Y Víctor va viviendo las travesías con el vértigo de la juventud del siglo veinte, “esa bala perdida en el corazón de las ciudades”,[20] a lo beat generation, a toda velocidad por la carretera. Así lo retrata en Balada para Tinieblas: “gimiendo sobre el lomo opaco de las autopistas / arrastrados besando el lomo opaco de las autopistas / que no nos atrapen los barrocos gestos del mundo / hacia la muerte”.[21] Y en el siguiente poema habla de “El tren de medianoche de mi mente”.[22]  Pero también explicita: …”lo mío (…) es un viaje hacia el comienzo de todo / es una visión hacia atrás”…[23] Y hacia atrás las derrotas que supimos concebir: “Somos peregrinos de un ejército perdido.  / Somos peregrinos y por ahora / la inmensidad vence”.[24] El eco borgiano del Poema conjetural (“ya los bárbaros vencen”) se desprende de su axioma. Es un eco histórico, no tan sólo literario. Pero Víctor Redondo abre el portal de la inmensidad, desafía con la solidez de los románticos aquel destino ineluctable. 
En Canto pagano, último poema de Circe, anuncia: “por el camino de su sombra llega el hijo de la luz / Sus ramos de flores negras crepitan como danzas El ojo resplandece.”

                                                                                                                     Agosto de 2014


[1] De Una frase, en Circe.
[2] De “Balada para tinieblas”, en Poemas a la Maga.
[3] De “Los jóvenes maestros. Tres”.
[4] De “Mira, estoy viviendo”, en Poemas a la Maga.
[5] De “Mira, estoy viviendo” I, en  Poemas a la maga.
[6] De “Magia de la palabra”, en Poemas a la Maga.
[7] De “Mira, estoy viviendo” I, en  Poemas a la Maga.
[8] De “Magia de la palabra”, en Poemas a la Maga.
[9] De Camino paralelo o cómo desemboco en Hart Crane, en Poemas a la Maga.
[10] De “Magia de la palabra”, en Poemas a la Maga.
[11] De “Mira, estoy viviendo” V, en  Poemas a la maga.
[12] De Primer homenaje, en Homenajes.
[13] De Magia de la palabra, en Poemas a la Maga.
[14] De Magia de la palabra, en Poemas a la Maga.
[15] De Primer Homenaje, en Homenajes.
[16] De Uno, en “Intermedio. Rituales secretos”, de Homenajes.
[17] De Décimo homenaje, en Homenajes.
[18] De “Mira, estoy viviendo” V, en  Poemas a la maga.
[19] De Cuarto homenaje, III, en Homenajes.
[20] De “Mira, estoy viviendo” I, en  Poemas a la maga.
[21] De “Balada para tinieblas”, en Poemas a la Maga.
[22] De “Magia de la palabra”, en Poemas a la Maga.
[23] De “Mira, estoy viviendo”, en Poemas a la Maga”.
[24] De “Los jóvenes maestros”.

*Eugenia Cabral  (Córdoba, Argentina, 1954).  Fundó junto a otros  poetas el grupo literario “Raíz y Palabra”.  Dirigió Ediciones Mediterráneas y  la revista Imagin Era – La Creación Literaria . Colaboró  en el suplemento cultural de “ La Voz del Interior”. Ha coordinado talleres literarios. Formó parte del núcleo fundador de la Primera Feria del Libro. Presidió la delegación Córdoba de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA). Publicó:  “La almohada que no duerme”(relatos, 1999), y en poesía“El buscador de soles”“Iras y fuegos – Al margen de los tiempos”,“Cielos y barbaries”“Tabaco” , “En este nombre y en este cuerpo”, entre otros libros.

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