viernes, diciembre 29, 2017

Laura García del Castaño: Mi padre no sabía sangrar...






Mi padre no sabía sangrar
pero aprendió a fumar como un jinete de la muerte
Encendía su cigarrillo y se sentaba en un rincón de la casa
Había humo en su mañana
La rabia y la ceguera le crecían por la siesta
Cuando se fue, no pude llorar
Todavía en medio de la noche veo la colilla encendida
una luz que no alcanza a iluminar nada
pero prende fuego a todos los rostros de mi mente
Acerco la frente y arde la proximidad de mi padre
Arde su corazón como un animal tejido en mi interior
Él aprendió a justificar su ausencia con la muerte
yo aprendí a jugar que me desangro. No es cierto.
Lo único cierto es que fumo en la oscuridad de aquel rincón
Llevo a mi padre al pulmón y me siento como él,
en el borde de la rabia y la ceguera
Soy una mujer distante. Soy la herida hermética
que mi padre no aprendió a sangrar
Y él es también mi radical y más cerrada herida
Por eso cada noche nos sentamos en silencio,
con más fuego que espanto
Nos sentamos a extinguir lo que no pudo apagarse
con la muerte
Me esfuerzo por sangrar pero sólo cae ceniza.



*Poeta argentina.

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sábado, febrero 20, 2016

Laura García del Castaño: Los demonios del mar...





cada día que asistí
a la defunción de un hombre o de un atleta
cada noche que arrojó
mi vida al fuego o al ensayo
la desilusión que me arrastró en su oleaje
los fuegos que estallaron en China
para ahuyentar a los demonios del mar
tan semejantes a la detonación de una mujer cercana
el picaporte gastado
por un antiguo instinto de huir
el chofer que anunció los cinco minutos finales
Chopin, que me acompañó en cada viaje
las hileras de árboles
que advertí sólo de regreso
las tardes que pasé a los seis años
cuidando esos cachorros
o las horas que paso aquí
centinela de lo perdido
han sido por desandar
por no ser domesticada
delirar un salmo
leer en voz alta algún pronóstico

el mate que mi padre dejó cargado esa mañana
su amigo ferroviario
en el trencito del parque Las Heras
la desolación que pude ver en sus ojos
ha sido desandar
ayudar a no rendirse

subir al podio que no premia
nadar tras los demonios del mar
encandilar a los cachorros de la desolación

los minutos finales
de un viaje y los nocturnos
la hilera de árboles
que advertí sólo de regreso
el tren más inofensivo de una vida
en el verano del 86
el ferroviario que miraba
sin llegar  más lejos
su esperanza huyendo
por esas vías cruciales
el picaporte que alguien gastó
por desandar y no ser domesticado
todo ha sido desandar
y no ser domesticado
asisto a la defunción
de un hombre o de un atleta
ensayo la detonación
de una mujer cercana
predico un nuevo gran pronóstico
hago estallar los fuegos del mar
para ahuyentar a los demonios del amor


*Laura García Del Castaño (Córdoba, Argentina, 1979)

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miércoles, junio 17, 2015

Laura García del Castaño: Poemas




Nadie te conoce
no saben cómo
dispones la risa, moderas el hambre,
controlas el celo,
la voracidad de la carne
desconocen cuándo
clavarías la lanza,
si serías quien da o quien bebe
del veneno
lo inesperado es un mundo de ciegos mirando el mar
esta habitación, la ropa sucia, tu dolor de espalda
que rujas como un niño maldito
no sugieren nada
sobre el corazón más tierno
sobre el bonsái más soleado
se esparce el musgo
florece la catástrofe.


llueve
el agua sube airosa con la ingenuidad de un niño
que desconoce su fortaleza
busca a su ahogado
Un colectivo de la virgen de Lourdes está cruzado
como una ballena que corta el mar
frascos con flores aguardan
bajo un puente marchito
tres hombres lloran contra el capot de un auto a su hermana muerta
por propia voluntad
La nicotina en un puño
la insolente excusa del que llama
Un flaco se arremanga
Una anciana revuelve su cartera en busca de consuelo
Peregrinan detrás del féretro dejando un espacio
como si fuese un meteorito que va a quemarlos con su cola
Ha sido el paso de un cometa por los días de un hombre
un derrumbe bajo el sol
ladrillos apilados que han envuelto la precariedad
y debajo un roedor
que al fin encuentra su casa.

Elena me enseña a regar los helechos
sumergirlos en un balde
cinco minutos
hasta que la humedad brote en la superficie
Lo importante - me dice -
es procurar el drenaje
regular la inmersión
yo le digo que conozco el trabajo
qué es un funebrero
sino un minero hundido a voluntad
un pez que regula la inmersión
un buzo que acompaña a los ahogados
sin ahogarse


Tomo un té antes de las pastillas de las nueve y treinta
no miro el calendario ni hago asteriscos sobre las fechas
me baño con el frío alivio de la negación
cierro la puerta para conservar
esa extraña apariencia de olvido
Es hoy donde se duerme, hoy el veneno dado al pajarito,
la sombra del árbol ha llegado más puntual
Mansa y amigable como la tristeza no habrá
es el cobertizo de una granja
donde se han guardado
herramientas que han fingido su protección
filos sin sospecha y sin nobleza.
A la noche una lectura nos aguarda
la silueta de alguien nuevo por memorizar
el efecto de la frialdad
la orfandad de un juicio apresurado
Tomo un té antes de las pastillas de las nueve y treinta
algo químico y vital meterá mi cabeza en un mecanismo 
que ahora exige
con los modales que fueron de la ambición
Entonces, en los segundos que dura
la procesión del vapor
la tez artificial del durazno
guardo un poco de luz, un gesto generoso,
el bocado de un poema de Ted Hughes
tu traje de franela azul
Temeroso cavo y entierro para después,
como un perro que ignora su suerte
y solo conoce las cínicas sobras
de un amo sin nobleza.

(de Los demonios del mar)

una mujer lava los platos con los ojos estáticos en el jabón
Un hombre esquila ovejas con la mirada perdida en la niebla
los galgos pasan con una manta amarilla sobre el lomo
ida y vuelta hasta el puente
saben o están acostumbrados
a manipular con una confianza que entristece
carecen de temor o de suspenso
Nada es inédito ni descuidado
alguien se columpia en el abismo limpiando ventanales
o eleva cajones formando filas concéntricas
de pie frente a la estufa
yo ejercito una persecución mental.


Nos despertó un zumbido
Habías soñado con pelusas enganchadas a las patas de un fino sillón,
yo, en cambio, soñé con abejas metiéndose por la ventanilla del micro,
abriéndose paso hasta mi cuello
Su furia me acompañó toda la siesta
Tarde cenamos
apartando del pescado las espinas
de nuestro diálogo
Qué poco se requiere para extinguir
las brasas de una cena
dos que no se han mirado
un cuchillo presiona la planta de los pies
un trapo seca
la sangre de un espejo
Dormimos
abrazados a un panal
evitando movernos
despertar al enjambre.

Frutos negros pudren el árbol que los ha parido
lo dice la naturaleza se cumple aquí
Son días de cinismo
días en que las mujeres mueren a manos de lo que entregan
los ancianos albergan niños roncos y perdidos
el agua pasa los tobillos y el fuego llega a la boca
El mundo se ha vuelto un punto de luz intermitente
Nadie quiere perder su oportunidad
de ser acribillado
de estrenar deslucimiento
sangran con desparpajo
culpan sin pudor
hacen hablar a los que ya no buscan responder nada
la superstición, su bello arte de peluquería
se sirve junto al café como un bocadillo saludable
la suerte se ha vuelto un asunto inconfesable
A la mañana alguien cuenta las letras de un nombre
otro ata el dinero a la estampa del arcángel
otro pone la cama orientada hacia el sur
La cuestión es pasar el día intentando
invocar, nunca aliviarse

Cautiverio

Esta cueva es mi casa
esta lentitud y esta métrica
para caminar entre las cáscaras
es mi diálogo con el bosque
la forma de no olvidar el regreso.
El sendero original estará lleno de maleza
habrán levantado un templo, una fábrica
una antena provisoria
que baje el mundo a las alturas
Soy la bestia en un rectángulo
que podría ser la habitación de un hombre
donde entran él y su cama
y con suerte una silla
Dar el zarpazo a la mosca atraída
por la corpulenta pasividad y el encanto
de la antigua destreza
pensar en ella como en el salmón
que se entrega manso
lejos del chorro
Llueve en esta jaula
comida por los hormigueros
el agua del hipopótamo se ha llenado de hojas
una tortuga ha quedado suspendida
en lo alto del cemento
Quién dice que los animales no sufren senilidad
extrañeza, estreñimiento?
Qué hace a este lugar distinto a un cementerio
a un hospital, a una cárcel?
Quién puede asegurar
 que esa tortuga a la orilla del piletón
como ese viejo recostado en el arco del geriátrico
no esperan
a costa de ahogarse
la corriente milagrosa
que los devuelva al mar.

(de El sueño de Sara Singer)

Muerto es aquel
al que deja de nombrarse - dice Antonio

Viajábamos en el Gacel por autopista
hablando de las casas amuralladas como cárceles
del invierno aguado
del negocio de las remiserias truchas
y de su pullover lleno de pelos
la mascota densa y energúmena
del solitario.

Es el bicho sinvergüenza que me
acompaña
cruza de pequines y chancho del monte
Su nombre es Enrique Vega
como un amigo de la secundaria, un flaco brillante
parco de palabras
que hace poco me enteré de su muerte por el diario
-La forma que tiene el destino de vengar a los ingratos-
el engendro es mudo de chiquito, como el Enrique y mientras exista,
mi amigo no morirá.

Enrique Vega se trepa como un hijo
auxilia  como un hermano
acoge como una casa a la que libraron de su fantasma

Antonio ignora que nombrar es dar remedio
alimentar un parásito que a la larga nos despecha,
un cigarrillo apagado
que se vuelve a encender
agrio y venenoso como lo que vive a la fuerza
Cada noche Antonio regresa
Encendido y de pie su animal lo espera
no ladra, aunque es muy agradecido
porque Enrique Vega sabe
que al principio fueron tres viviendo en esa casa,
que dos han forcejeado al llamado de su nombre
que uno ha triunfado
y que el perro ha muerto.





*Laura García del Castaño (Córdoba, 1979). Publicó en poesía cinco libros entre los que se destacan: El grito (2004), La vida en que sueñas (2012), El animal no domesticado (2014) y El sueño de Sara Singer (2014). Actualmente participa del café literario La Bandada.  Tiene un blog: www.lapalabrasembrada.blogspot.com

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