domingo, mayo 22, 2016

Reina Roffé: Despedida a Noemí Ulla

Nos informa la escritora argentina Reina Roffé:

Dolor inmenso. Mi querida y leal amiga de décadas, la magnífica escritora y académica NOEMÍ ULLA, para sus más cercanos, Quita, ha fallecido hoy alrededor de las 8 de la mañana, hora argentina. 
Hemos estado unidas desde siempre, y muy especialmente en estos últimos años, en los que fue un gran apoyo para mí en momentos difíciles. Su sensibilidad y don de gente la distinguían.Una persona entera y noble hasta el final. Sé que vivimos heridos de mortalidad, pero ahora mismo, rabio, rabio contra la agonía de la luz, como bramaba el poeta Dylan Thomas. ¡Qué injusticia enorme es la muerte! 
Me queda, como forma de consuelo, atesorar tantos y gratos encuentros y paseos que disfrutamos juntas en Madrid, en Buenos Aires y durante aquel viaje a Alemania, en 1987, tan rico en charlas y descubrimientos, que esta foto testimonia. Hasta pronto bella, amada y elegante amiga.



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jueves, mayo 09, 2013

Reina Roffé, Monte de Venus

El martes 14 de mayo, a las 19, se presentará en el Museo del Libro y la Lectura (Las Heras 2555- Las Heras entre Aguero y Austria) la reedición de la novela MONTE DE VENUS, de la escritora Reina Roffé.

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miércoles, febrero 27, 2013

Reina Roffé: Juan Rulfo, biografía no autorizada

"Desde que lo leyera por primera vez siendo una joven estudiante, Reina Roffé quedó prendada de Juan Rulfo, de sus libros y de su misterio. A partir de ahí, empezó a escribir sobre él, publicó Autobiografía armada en 1973, lo entrevistó en 1974, dio a conocer Las mañas del zorro en 2003 y ahora, en Juan Rulfo. Biografía no autorizada, amplía y expande lo anterior. ¿Por qué Rulfo dejó de publicar y, según algunos, directamente de escribir? ¿Por qué reconstruyó su biografía hasta convertirla en un mito plagado de pistas falsas? ¿Cómo se situó respecto de los autores del boom latinoamericano? Reina Roffé busca descifrar nuevamente estos misterios que probablemente no cesen, mientras nuevas generaciones siguen abordando el maravilloso y desértico universo de El llano en llamas y Pedro Páramo." (...)

Así comienza la nota que, con el título de "El llanero solitario", apareció en el Suplemente "Radar"del diario Página/12,  el domingo, 21 de octubre de 2012, firmada por Claudio Zeiger. A continuación reproducimos el reportaje realizado a  la autora por el mencionado periodista.

(...)

-Claudio Zeiger: ¿Cómo fue tu acercamiento a Rulfo y su obra, y cómo se fue desarrollando a lo largo de los años?
-Reina Roffé: –De aquellos autores que se dieron a conocer internacionalmente en los 60 y 70, de la mano del boom latinoamericano, Rulfo fue quien más me interesó. Sus dos exiguas obras, que leí en esos años, me fascinaron y quise saber quién estaba detrás. Comencé a leer cuanta entrevista le hacían y los trabajos críticos que iban surgiendo sobre Pedro Páramo y El llano en llamas. Yo era muy joven y hablaba con tanto entusiasmo de Rulfo que Alberto Vanasco y Juan Carlos Martini Real, que dirigían la revista Latinoamericana, me pidieron que escribiera algo para ellos, y de ahí surgió lo que denominé Autobiografía armada, un texto en primera persona que trabajé como si fuera un relato, construido con fragmentos de reportajes y declaraciones de Rulfo, y cuyo protagonista principal era él mismo hablando de su infancia, de su pueblo, de la Revolución mexicana, de la revuelta cristera, de cómo elaboró sus cuentos y la novela. El texto se publicó en la revista y, luego, apareció en forma de libro, con bellas ilustraciones, en una edición de Corregidor de 1973. Era un libro muy breve que más tarde, en 1992, descubrió un editor catalán que lo recuperó para editorial Montesinos. Después de este tímido acercamiento a Rulfo, y ya recientemente, surgió la posibilidad de escribir la biografía para Espasa Calpe de España. Una biografía que titulé Juan Rulfo. Las mañas del zorro, y vio la luz en 2003 con muy buena recepción crítica. La edición se agotó pronto, pero, en el ínterin, la editorial canceló la colección de biografías de escritores y mi libro no fue reeditado hasta ahora aumentado y corregido.
¿Por qué esta edición dice Biografía no autorizada en el subtítulo? –Para indicar que el texto no ha pasado por ningún visto bueno, por ningún filtro de ésos por los que suelen pasar las biografías. Para esta edición, enriquecí fragmentos relacionados con su trabajo en el Instituto Indigenista y con otros tramos de su vida y también incorporé más testimonios y anecdotarios.
-Uno de los aspectos centrales de Rulfo fue su cerrazón, su toma de distancia, pero vos pudiste entrevistarlo. ¿Cómo describirías el impacto que te produjo?
–Conocí a Rulfo en 1974, cuando visitó Buenos Aires como miembro de la comitiva oficial de intelectuales que acompañaron al presidente mexicano Luis Echeverría Alvarez en un recorrido por América latina. Parte de la delegación se había alojado en el Plaza Hotel, y allí lo entrevisté gracias a la amabilidad de Edmundo Valadés y de Augusto Monterroso, que hicieron de puente. Fui a visitarlo con Héctor Lastra y Martini Real, dos escritores que, lamentablemente, ya han fallecido, y a quienes siempre recuerdo con especial cariño. Los tres teníamos una gran expectativa por encontrarnos con un autor tan singular y enigmático. La leyenda sobre su extraña personalidad, su melancolía, su negativa a seguir publicando, su modestia y timidez, que lo llevaban a escaparse de la prensa, se había expandido como un reguero de pólvora. Ciertamente, su conversación estaba llena de silencios, de momentos incómodos para un interlocutor que no lo conocía en profundidad, cosa que hacía difícil entrevistarlo. Pero cuando encontraba lo que quería decir, finalmente hablaba y lo hacía con frases cortas, con un lenguaje poético campesino realmente encantador. Entonces, uno se daba cuenta de que no era tan tímido, sino, como él mismo decía, “de chispa retardada”.
-En ese momento, 1974, ¿qué te llamó más la atención de él? –Advertí que, como todo ser apartado o automarginado, le gustaba ser incluido, que le prestaran atención. Ese encuentro fue para mí muy revelador. Era un hombre que llevaba en su rostro una pena enorme. Tenía editores y lectores reclamándole más libros, contaba con una crítica que lo ponderaba, algo con lo que sueñan todos los escritores, y sin embargo no podía, por retraimiento o exigencia desmesurada, escribir nada que él considerara apto para su publicación. Por un lado, lo tenía todo y, por otro, nada, aunque lo respaldaban sus dos magníficas obras.
-A la luz de los libros, incluyendo este último, ¿tenés una “versión” definitiva acerca del mito de Rulfo, de su silencio, su retiro, su lugar entre los otros escritores latinoamericanos? –Esta biografía es lo último que voy a publicar sobre Rulfo, precisamente porque doy por terminada mi composición de lugar sobre un autor insuperable, incluso por él mismo, que no pudo dar a conocer nada más, porque sentía que todo lo que intentó después de su libro de cuentos y de Pedro Páramo no daba la talla, no tenía el nivel de lo anterior y, en consecuencia, decidió, valiente y atinadamente, abstenerse, algo que lo honra, pues da ejemplo de ética personal. Con mi biografía intenté reescribir los vacíos, los baches, los puntos ciegos del escritor. Una de las cosas que más me atrajeron como materia de investigación fue la cuestión de la mentira en Rulfo. Me resultó muy interesante observar cómo fue urdiendo fragmentos de su vida a través de una serie de embustes. Mintió en casi todo, incluso en asuntos que no tenían mayor importancia: cambió su fecha y lugar de nacimiento varias veces, maquilló su infancia, contó historias distintas sobre cómo había ocurrido el asesinato de su padre, mintió sobre los estudios que había cursado, ocultó hasta el final, cuando ya no era necesario hacerlo, que había sido seminarista. Juró y perjuró que estaba escribiendo libros que, finalmente, nunca publicó, y de los que apenas se encontraron un par de páginas, algún fragmento, nada significativo. Mintió, pero también desmintió, desmintió ciertas lecturas, sus influencias literarias, odió y habló pestes de los críticos que vieron en su obra la huella de Faulkner, porque quería ser el más original de todos, cuando sabemos que cada lectura que realizamos deja una marca y no es algo para avergonzarse. Además, orienté la escritura de esta biografía hacia el enfoque de lo que se había callado de este autor, lo que el propio Rulfo había silenciado o tergiversado para mostrar la distorsión, la permanente metamorfosis de la verdad en él. Me di cuenta de que a veces uno no está a la altura de sus deseos o expectativas, y Rulfo era una persona que deseaba demasiado, que pedía mucho de sí mismo. En Rulfo había que leer, digamos, la “mexicanidad” y sus múltiples trabas: la imposibilidad de decir no, no sé; su aspecto insondable, que se cubría de elementos imaginarios, incluso melodramáticos o de humor, a veces agudo y otras francamente ácido, para desdibujar o endulcorar cierta verdad que no podía nombrar.
-Además, abordaste esta nueva y última biografía con todo un bagaje propio de escritora. –Escribimos porque nos rehacemos escribiendo. En este sentido, abordar la escritura de una biografía, sobre todo la de un escritor, representa un claro ejercicio de reescritura y también de transformismo o travestismo, porque el biógrafo se transforma en el personaje narrado y, a veces, el personaje se vuelve como el narrador. Ambos ignoran esta mudanza, simplemente sucede, especialmente cuando sintonizamos de tal forma con la mitología del otro: en Rulfo, el niño abandonado, el hijo del desconsuelo, el escritor silencioso y silenciado que se produce una suerte de coexistencia. La biografía es un espejo del Yo, de un Yo que puede ser el mío en la medida en que la escritura sobre la vida del otro empieza a reflejarme peligrosamente. De cualquier forma, poco hay que sea definitivo. Y como existe mucha información sobre Rulfo que permanece blindada, quizá más adelante alguien pueda tener acceso a ese material oculto y aportar nuevos datos, ofrecer otra mirada. Pero yo doy por concluida mi tarea.

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lunes, enero 28, 2013

Eduardo Mileo: La pesca en el hielo y Veneno...



Comencé a pescar en el hielo
cuando murió mi madre.
Todas las mañanas
iba en el trineo
a inventar de nuevo el mundo.
Los peces me daban el calor
de su movimiento.

Creo que sé lo que hago:
cavo un hueco y busco
vida en el útero helado.

Veneno

Como cada mañana se abre
con el olor del pan
se abrió mi corazón con el dolor
de tu partida.

Ubre de silencio me amamanta.
Túnica de harina me amortaja.
El trigo que se mueve con el viento
me mueve sin propósito.

No hay bendición que me contenga
ni consuelo que me llegue repartido.
El pan que me alimenta
es el pan que me envenena.

*Poemas extractados del blog del autor:


bloglaprida

bloglaprida.blogspot.com/

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Reina Roffé: Aves exóticas*



Aves exóticas

La discusión se había iniciado en el fondo, quizás en la cocina, epicentro de las pequeñas y grandes violencias cotidianas. Mediaron unas cuantas palabras y unos pocos gritos, los necesarios.
Un pájaro cruzó el patio aleteando dificultosamente en la llovizna oblicua que caía desde la mañana, cuando oí:
-Me voy para siempre.
Tía Reche se precipitó en dirección al pasillo y comenzó a correr hacia las escaleras. Al fin huía de la casa y de sí misma.
¿Cómo era, cómo había sido apenas un segundo antes de que esa fuerza ajena a su persona se apoderase de ella y la pusiera en movimiento? Movimiento ahora detenido en el propio impulso, en el coraje de escapar; en las piernas, los pies, el paso, el ligero contoneo de todo el cuerpo.
Había sido una mujer cansada, de un cansancio antiguo que venía con ella como su palidez, la sonrisa leve, los ojos delatando la desgana, el tedio, el aullido ahogado y el convencimiento de que nada merecía la pena.
De pequeña, atravesaba las calles de tierra de un pueblo con nombre ostentoso, perdido en la provincia de Santa Fe, para esconderse en la estación del ferrocarril con un sueño que se desvanecía una y otra vez: subir a ese tren que la llevaría a Buenos Aires. Sin embargo, cuando la familia se mudó a la capital, de la ciudad sólo le interesó el puerto, donde desembarcaron los sefaradíes provenientes de Marruecos y, entre ellos, sus propios padres siendo todavía muy jóvenes, a principios de siglo.
Al evocarla, me resulta difícil atribuirle exclusivamente a su aspecto de nómada -siempre estaba como en otra parte- la melancolía permanente que exhalaba.
De ninguna de las versiones sobre ella se desprende una causa que justificara su ausencia, el encierro en sí misma que la convirtió en invisible para los demás.


Nadie la veía. El aprendizaje hacia su invisibilidad debió de comenzar temprano, cuando aún era una niña y se quedaba horas siguiendo el camino de las hormigas en los intersticios de las baldosas. Algo común en la infancia, en la soledad de la infancia. Pero, en su caso, habría que hablar de otro tipo de soledad, sin la que nada le era posible.
Recuerdo el vuelo incesante del pájaro aquella mañana, y a tía Reche, una estatuilla de obsidiana creciendo monumental a medida que corría por el pasillo.
Parecía otra, era otra.
En la casona de Jobson-Vera, donde había nacido hacia 1925, padres y hermanos se olvidaban de ella, no porque quisieran sino por el empeño que ponía en ser olvidada, en volverse una mancha incolora, filigrana imperceptible del suelo o las paredes. Las maestras de la escuela solían calificarla con notas altas, pero decían que era como una prolongación del banco de clase: apagada, quieta, cumpliendo con el presente obligatorio.
Cumplía y sé que cumplió rigurosamente con el encargo de cada viernes al atardecer, en el pueblo. La comunidad sefaradí de Jobson, por entonces unas tres o cuatro familias, a falta de sinagoga había improvisado un oratorio en la trastienda de su padre, el abuelo que yo no llegué a conocer. Allí, pocas veces reunían a tiempo diez hombres, número imprescindible para que el rabino diera comienzo a la ceremonia. Tía Reche tenía designado salir en busca de los que faltaran. Ella no entendía esta ley, y aunque intuyo su indignación por el hecho de que las mujeres no contaran, estoy convencida de que se tomó seriamente su tarea semanal. Su hermana, la mayor, que nunca le guardó los secretos, aseguraba que, una vez, al serle imposible
encontrar al décimo hombre, decidió sustituirlo. Se vistió con las ropas en desuso de los varones de la casa, tapó sus redondeces en ciernes con un abrigo ancho, engominó su pelo, se cubrió con la kipá y completó la cifra.
Pasó desapercibida en aquella ocasión y también a los veinte años, cuando repitió la hazaña en Buenos Aires sin necesidad alguna y nada menos que en el templo de la calle Piedras, siempre colmado de fieles. Estas son las únicas travesuras o transgresiones que se le conocen. Después, le perdió el gusto a todo y optó por comportarse como una autómata cuyos actos alguien digita.
Y a pesar de ello, el corazón le latía deprisa. Aún hoy creo oír su rápido y furioso bombeo el día que corrió hacia las escaleras con la intención de alcanzar la última puerta de la casa. Veo a tía Reche, sigo viéndola, movida y en movimiento sobre un fondo azul cobalto, sonrosada, radiante, arracimada de uvas, adornada de perlas, coronada de laureles. La tía Reche que experimentaba emociones y sentía amor y rabia, aunque estuviese anegada en muerte. De seguro, esperaba más que cualquiera. ¿Cuánto más? ¿Un suplemento de cariño, una paga extra de tolerancia o el
extra soñado de las loterías, los excedentes ilusorios en el negocio de la vida? La
magnitud de lo que esperaba, sospecho, se le había transformado en carga, en una desmesura insostenible.
De ahí, quizá, sus noches en blanco, el conocimiento precoz del fracaso y la pena, una pena ya instalada, esencial e irreductible que, no obstante, la hacía rebelarse contra su propio saber de que la vida era sólo la vida que pasaba. ¿Y si hubiera sido el insomnio, duro y llano, el promotor de tantas impresiones? Cómo llenar el vacío, cortejar la oscuridad sin que la razón enloqueciera ante la idea -primero inocente, después obsesiva- de que todo esfuerzo era en vano, el amor una ficción carente de sentido, más un etcétera abarcando los motivos que la filosofía popular abrazaba y, a la vez, descalificaba en dichos, refranes, canciones y películas. El único asidero real para ella era el tic tac de los relojes, la campanada previsible de las iglesias, la sirena de alguna desgracia, la pelea de los gatos en el tejado, la respiración de la noche batallando en su cráneo.
También era invisible por su silencio. Difícilmente le salían las palabras de la boca. Las pronunciaba a destajo, en voz baja, con resistencia y hasta con rubor en las mejillas, un rubor salvaje, impropio de su palidez, que suscitaba en los otros una gran incomodidad. Para tía Reche las palabras deberían sonar gastadas de antemano, baladíes, innecesarias. No las decía, amagaba decirlas, se le enredaban en la punta de la lengua, se volvían contra ella, hacia adentro, en un murmullo.
Las contadas personas que pudieron verla y oírla, sólo sintieron por ella algo similar a una veneración platónica. Jamás corrió rumor alguno de que hubiese estado enamorada o hubiese tenido un amor. Mantuvo su virginidad intacta.
En las fotos y en mi memoria, tía Reche aparece tan atractiva como la mayoría de las mujeres de su época y su clase social. Incluso, entre los veinte y los treinta años, irradiaba un encanto sorprendente que la ponía por encima de las jóvenes más bellas. Tal vez en la sutileza de sus formas y de su fondo existía un matiz disuasorio que intimidaba a los hombres, impedía el acercamiento, disolvía la incitación. Aquellos que, acaso, hubiesen querido tenerla, pronto cambiaban el deseo por el respeto.
Un respeto que ella, posiblemente, anhelaba en otro orden de cosas: en el trato diario, en lo más inmediato de la realidad que, para su desdicha, se le presentaba hostil o desangelada. Todo la tocaba e imprimía su marca a golpe de tralla: la ferocidad de su madre acusándola de ser un trozo de carne, la prepotencia de los varones de la casa, el egoísmo de las hermanas y hasta la necedad de los vecinos o la intolerancia religiosa de algunos miembros de la comunidad. No lloraba porque sabía que era inútil, pero acusaba recibo con una desesperación tangible. Si alguien hubiera extendido una mano hacia ella, podría haber palpado esa red tensa que la envolvía.
Como una ola que rompe y espuma, tía Reche avanzaba por el pasillo emanando una sensación de identidad recuperada. Todavía me recreo en aquel momento, en la fuerza oculta que puede haber dentro de una ostra marina.
Tengo para mí que en sus horas blancas, las del insomnio y la clarividencia, era cuando cada pieza se ensamblaba en ella con una continuidad de bosque: los árboles ardían y las bestias gritaban el fin del mundo. Así, el pequeño malestar del día se trocaba en dolor agudo. Al salir de la noche, la suma daba como resultado una naturaleza yerma que, desde luego, no podía compartir con nadie. Estaba inhabitada pero no muerta, y ésa era su peor derrota.
Hubo un tiempo en que quiso vivir a semejanza de sus semejantes. Buscó un empleo y rogó a sus padres le permitieran trabajar fuera de casa. La dejaron. Ya había cumplido los veinticinco años y sabían que se quedaba para vestir santos. La imagino en el autobús observando a la gente dormitar su cansancio, un cansancio bueno, sin vueltas ni reveses. Con qué ganas se hubiese cambiado por la señora corpulenta que resoplaba con la boca entreabierta el madrugón, su energía sometida al sueño reparador que la haría despertar sonriente como un bebé bienavenido.
La palmadita en el hombro seguida de cierta envidia que suscitaba en ella esa levedad con que los demás transitaban la existencia, la inducían a desarrollar una intensa actividad. Por entonces, hacía a pie rápido más de treinta calles. En la oficina realizaba su labor y la de dos o tres compañeros. Comía en los bares más bulliciosos con la intención de que la cháchara y la exuberancia de los gestos, las voces, la alegría simple y espontánea que prodigaban los otros se le adhiriera a los huesos, rompiera su silencio. El ruido la imbuía, hacía vibrar sus tímpanos, sus tuétanos, chasquear la lengua, castañetear los dientes y estallar por dentro, muda, más sola, más abandonada. Durante los días de incursiones vitales, caía exhausta. Dormía unas horas, alrededor de tres, que ya era un triunfo. Pero a la mañana siguiente, sufría de doble cansancio: el habitual y el de un gran agotamiento físico que ahondaba más aún su naturaleza de ser flotante.
No había manera. Obraba en ella indefectiblemente una inversión de valores. Todo proyecto que emprendía para igualarse a los demás encaminaba y definía su dirección contraria, el extravío. Con el tiempo, recuerdo, aprendió a reírse de sí misma, lo que tal vez le proporcionó la única satisfacción íntima de la que era capaz de gozar con plenitud. Mientras pudo disfrutar de su propio personaje, sus andares cobraron el aplomo de una santa. Más que una transformación, se produjo un exacerbado despliegue de sus caracteres dominantes. Las maneras reposadas, tan
habituales en ella, se volvieron estáticas. Su tez, de por sí blanca, adquirió el color de la porcelana. Parecía esculpida en mármol, alabastro o, con más exactitud, en vidrio.
Por la transparencia, se asemejaba a una imagen tallada en cristal que traslucía otros cuerpos, como si fuese una ventana abierta. Cuando alguien la miraba y le hablaba, no se dirigía a ella sino a quien estuviese detrás.
En una ocasión, vio a su hermana menor en la calle y, creyendo que ésta la saludaba, respondió alzando el brazo y agitando la mano, pero su hermana pasó de largo sin reconocerla y al encuentro de otra persona. El episodio le provocó una  sucesión de carcajadas que paladeó como si se tratara de un manjar agridulce.
Confirmar, al borde de los cuarenta años, que continuaba siendo invisible, incluso cuando no lo deseaba, le supo, por un lado, a elixir liberador (podía pasar desapercibida como la pestaña de una mosca y reírse de todos a sus anchas) y, por otro, al regusto del veneno con que ella misma o algo en ella había funcionado para volverla insignificante, un flash que se pierde con la misma velocidad de su repentino estertor.
¿Estertor? Tuvo en algunos momentos chispas de vida, aunque resplandecieran y duraran sólo instantes. Porque aquel día, cuando su madre volvió a reprocharle que era un trozo de carne y ella respondió que se iba para siempre, todo su cuerpo vibró con una vehemencia floreciente. Corrió por el pasillo hacia las escaleras, zona crucial de la casa donde tenían lugar duelos y celebraciones. Las escaleras que conducían a la calle se presentaban en ese instante, como ahora en mi memoria, recortadas del conjunto, un espacio salvador de llegada y de salida.
Llovía, y en la otra punta, la del fondo, un pájaro sobrevolaba el patio. Tía Reche alcanzó el vestíbulo. Ganó el primer tramo sin perder el impulso ni el coraje.
Yo hacía fuerza, pujaba con ella, por ella, también por mí. Pero necesitó tomar aliento en el descansillo. El breve alto antes de abrir la puerta cancel y bajar hasta el final, la demoró, la detuvo irremediablemente.
El segundo de vacilación fue decisivo. Era mejor permanecer con los suyos que arriesgarse a vivir entre desconocidos, pensó tal vez. La soledad familiar suele tener un tono menos desolador que la del exilio y, por lo tanto, carecía de importancia dónde y con quién estuviese: una mujer afincada sólo en su mundo particular es una extraña para todos en todas partes.
Al volver sobre sus pasos, tía Reche aún temblaba, pero había en ella una serenidad de rendición frente a su propia batalla, como si hubiese aceptado un veredicto, como si hubiese tenido una revelación. Su mirada era la de un guardabosques escudriñando aves exóticas.

* Reina Roffé, De Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras (Ed. Leviatán, 2004).


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jueves, mayo 17, 2012

Reina Roffé: Juan Rulfo, biografía no autorizada


Novedad de mayo 2012


Prólogo de Blas Matamoro

"El retrato de Juan Rulfo es perseguido por Reina Roffé en todos los frentes posibles y en los intersticios menos conocidos para mostrar cómo, por qué y en qué circunstancias Rulfo se convierte en un creador. Ésta es la primera biografía que aborda todas las etapas vitales y creativas del autor jalisciense y ofrece, al mismo tiempo, uno de los perfiles psicológicos más agudos del célebre escritor de El llano en llamas y Pedro Páramo.
Visto por sí mismo, por los más próximos, por grandes escritores contemporáneos, ningún aspecto de su historia personal ha quedado fuera. Por el contrario, aparecen aquí todas sus fobias y sus filias, sus odios y sus amores más ocultos como, asimismo, las relaciones conflictivas que mantuvo con Octavio Paz y Juan José Arreola. De tal manera, el Rulfo que emerge de estas páginas tiene un lado completamente distinto del que se dio a conocer. Un escritor que dejó de escribir durante treinta años para convertirse en una suerte de juglar moderno o narrador oral que relevó al otro, al que ya no escribía, dando rienda suelta a su imaginación.

Armoniosamente, el paciente texto de Roffé se construye entre una ausencia y un silencio. La muerte viene y va de la una al otro y viceversa. El silencio, en contra de lo usual, no llevó a Rulfo hacia el suicidio. Lo condujo, en cambio, a lo taciturno de ese lugar sin lugar donde hay que abstenerse por el peligro que señala Roffé en una fórmula lapidaria y especialmente lúcida: no se puede escribir sin hacer literatura.»
Blas Matamoro

«Mentir era para Rulfo –en quien ficción y verdad se mezclan, conviven naturalmente– una forma de preservarse, pero también de oponer resistencia a la realidad gris y desangelada; una búsqueda de regocijo íntimo, la travesura del adulto que saca a pasear al niño eterno, que no cesa de jugar, y fantasea cada día con algo distinto… Un escritor que representó mejor que nadie la paradoja de narrar y ser narrado al mismo tiempo, de ser personaje y autor a la vez.»
Reina Roffé

*www.forcolaediciones.com

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