lunes, mayo 23, 2016

Noemí Ulla: Bailarina de tres brazos y El amigo de las palomas...

Con tres brazos la mujer bailaba. Dos se extendían para el lado izquierdo y el otro, quedaba solito del lado derecho. Se movía con agilidad y mucha gracia. Cuando llegó hasta mí pude ver que uno de los brazos de la izquierda no se articulaba; era de madera, fino como palo de escoba, pero ella lo movía con el otro desde el hombro y así daba la ilusión de que eran gemelos. En la cabeza llevaba unos velos que caían sobre la espalda y los hombros. Con seguridad que la cascada de esas gasas trastornaban la visión del brazo muerto y le prestaban movimiento.
Mi padre dijo con autoridad: No mires. Pero ya era tarde, había visto todo lo que mi padre no quería que viera. A su lado mi madre sonreía diciéndole que me dejara mirar y que así entendería. ¿Qué debía entender? me pregunté en silencio para no turbar el momento de fragilidad del diálogo de mis padres, en que él terminaba por admitir y ella por restarle importancia al espectáculo. ¿Y qué? —agregó mi madre—, no es más que un brazo de madera.
Y ahí se detuvo. Ella conocía todas las reglas del silencio, conocía el valor de la pausa para que mi padre midiera las palabras que ella decía mientras sus ojos verdes vagaban distraídos por la penumbra del circo. No había espectáculo de circo que papá no viera con toda la familia. Solía decirnos a los más chiquitos que en su infancia no lo habían llevado al circo y entonces, disfrutaba con nosotros de ver elefantes y damas chinas, la flor azteca y el juego de los cuchillos. A veces se volvía grande como con la mujer de los tres brazos y pensaba demasiado en nosotros, pero por suerte estaba ahí mamá para recordarle la infancia.
Cuando salimos del circo el parque se había poblado de personas y de sombras que debíamos atravesar. Era raro andar de noche por el parque, el que de día conocía tan bien por el andar de los cisnes y los patos del lago; se me ocurrió que se trataría de otro parque en otro lugar del mundo. Pregunté si estábamos lejos de casa para atender a la voz de mamá diciéndome “sí” e imaginar entonces que si me llegaba a perder en medio de los árboles ellos estarían a mi lado para salvarme. Después me dio por pensar que mi hermana mayor se las ingeniaría para tener tres brazos, ella siempre estaba inventando cosas que maravillaban a todos y yo no podía hacer más que quedarme en éxtasis viendo cómo sabía hacer los juegos más raros del mundo. Los altos faroles del veredón iluminaron de pronto unas caras conocidas a quienes mis padres saludaron con amabilidad, diciéndome que yo también debía saludar a los antiguos vecinos de la calle Catamarca. Saludé cuando ya habían pasado, saludé al aire y a los cisnes que se estarían deslizando ondulantes por el agua del lago. Pensé en el río y en los veleros que surcaban el agua dejándole dos colitas enruladas de ángulo agudo. Papá me preguntó si me habían gustado los números del circo y vi que le guiñaba un ojo a mamá, seguramente por el miedo que me habían dado los leones.
En el coche, sentada solita en el asiento de atrás, porque mis hermanos no habían querido ir al circo y ya tenían otros gustos, conversé con la mujer de los tres brazos. Le pregunté por qué le gustaba su brazo de palo y le conté las cosas que hacía mi hermana mayor. Mi padre, como siempre ocurría, me preguntó si estaba hablando sola otra vez. Ellos no podían verle el brazo de palo, ni ese brazo ni los otros ni a ella con sus largos velos, y me resultaba difícil decirles que ella estaba sentada en el coche conmigo, y que hablábamos, y que, como a mí, le daban cierta impresión los árboles del parque por la noche. Por fin comprendí que ella, tanto como yo, deseaba llegar a su casa, el circo, y la abandoné mirando cómo cruzaba la espesura.
Esa noche no fue una noche como tantas. Al llegar a casa, mis hermanos miraban televisión con los vecinitos del barrio. Papá se enojó muchísimo y cuando fuimos a la mesa mi hermana mayor le pidió disculpas con toda seriedad, mientras movía tres brazos como yo le había contado que hacía la mujer del circo. Papá quiso demostrar que estaba disgustado, pero muy pronto soltó la risa y se volvió a iluminar la noche.


El amigo de las palomas
 
Una mañana, al cruzar la calle Tucumán de espaldas a los Tribunales, encontré el nombre del paseo que tantas veces había recorrido sin descubrirlo. Las enormes letras del cartel anunciaban: Paseo Dr. Luciano Florencio Molinas. Pensé en mis lejanos compañeros de facultad, cuando ninguno de nosotros quería hacer la tesis de doctorado por considerarlo burgués y obsoleto. Años habían pasado, pero curiosamente unos días antes había oído decir en una mesa redonda de escritores, que jamás revelaban ni revelarían el título de doctor en los datos de sus libros. Las cosas no habían cambiado demasiado. Por suerte el revoloteo de unas palomas que se asentaron en un espacioso cantero en busca de granos, me sacó de esas reflexiones un tanto progresistas, o “progre” como se decía con dejo burlón en la actualidad. El hombre tomó un puñado de arroz y con firme ademán lanzó el alimento a las impacientes aves domésticas.
—Hace tres años que hago esto —dijo mientras caminaba elevando los brazos en dirección de las palomas y agregó enseguida —primero les traía un cuarto de arroz. Ahora son tres kilos.
Me pareció algo exagerado, y le contesté:
—Ellas lo esperan —pensando que hombre tan singular habría podido llevarles también otros granos de menor costo.
El hombre, siempre afirmado bajo el cartel de mi ilustre conciudadano, el estadista demócrata Dr. Luciano Florencio Molinas que daba nombre al paseo, precisó con seguridad:
—Prefiero más dárselos a ellas que a la gente —y siguió de largo como si yo fuera otra paloma.
Se me dio por seguirlo. ¿Qué vivienda ocuparía el raro personaje, más amigo de las aves que de los hombres? A unas tres cuadras de allí lo vi entrar en un lujoso edificio de Avenida Santa Fe que no coincidía con su modesta apariencia. El encargado no era, ya que estaba limpiando la vereda un muchacho de mediana edad, a quien el amigo de las palomas saludó con reserva. No me atreví a preguntar al conserje de quién se trataba, no tenía el desparpajo ni la habilidad de Columbo y el hombre tampoco parecía dispuesto a la intriga, enfrascado como estaba en fregar la vereda. Pensé que era una anécdota más de la gran ciudad y seguí mi camino.
Horas más tarde debía encontrarme con el hombre que había sido el amor de mi juventud e imaginé cómo me comportaría, ¿como Charlotte Rampling frente a Jean Rochefort en el film que había visto en los últimos días De amor y desencuentro, donde la vacilación entre el amor y el odio acumulados durante tantos años de no verse, creaba en la protagonista una furia absurda, rayana en el patetismo? Decidí distraerme, llegaba la hora de las clases de italiano que debía dar al grupo de estudiantes.

Portami i girasoli ch’io gli trapianti
nel mio terreno bruciato dal salino
e mostri tutto il giorno agli azurri specchianti
del cielo l’ansietà del suo volto gialino.

Escuchábamos decir a Miguel, uno de los estudiantes, en la voz de Eugenio Montale y venían al recuerdo aquellos días de verano en que mi padre volvía del campo trayéndome la hermosa flor, dos girasoles, para ilustrar la clase de botánica con mis compañeras y la maestra de sexto grado.

Tendono a la chiarità le cose oscure,
si esauriscono i corpi in un fluire
di tinte: queste in musiche. Svanire
è dunque la ventura delle venture.

Volvía Montale en la voz de Anita, otra de las lectoras, y cada uno de los estudiantes daba a Montale la entonación particular que le sugería el famoso poema. Lo había llevado Miguel, pidiéndome que lo leyéramos y comentáramos en clase.
El sol iba cayendo con pereza mientras observábamos la tarde sin preocuparnos del calor del verano.
Cuando encontré al amor de mi juventud, sentado a la mesa de la amplia confitería, dejó a un costado el diario de la tarde y me recibió confundido. No fue fácil hablar al principio. Nos mirábamos a los ojos y cada uno de nosotros esperábamos a que el otro iniciara una conversación interrumpida durante muchísimos años. Él fue quien habló primero.
—¿Qué vas a tomar? —dijo con dulzura, y sentí que mil cuchillos herían mi corazón por haberlo defraudado. Apenas esas palabras en apariencia convencionales para lo que nos había reunido de nuevo, me trajo su paz, su estar más allá del mundo que nos rodeaba, siempre lejos de cualquier discordia, tal vez la misma lejanía con que había resuelto apartarse de mí. Para su criterio yo lo había engañado allá lejos en el tiempo, viéndome con un novio anterior durante nuestra primera ruptura.
Hablamos de nuestros hijos, los hijos de cada uno de nosotros, sin que nada turbara los sentimientos. Pero de pronto, como sacando conejos de la galera, él recordó a mi madre y a mis hermanas, en momentos muy precisos que detalló con calma. Después, mucho después, llegaron leves reproches. De ambas partes, y allí, por un instante, se nos quebró la voz y la noche. Sin embargo pude decir lo que quise, mientras él escuchaba con sabia mansedumbre argumentos que ya habían perdido todo sentido. También él dijo cosas inoportunas, pero en un momento me tomó una de las manos y balbuceó: ¡Cuánto tiempo!
Lo miré muy adentro de los ojos negros y afirmé entre el ir y venir de la gente que pasaba a nuestro alrededor: ¡Cuánto te quise! Él sonrió como solía hacerlo cuando estaba feliz, y ya en paz, nos separamos. No quise que me acompañara, solo por verlo irse. Ya habíamos partido nuestras vidas y así debimos aceptarlo. Vi su silueta. Alto, delgado y lento, caminó entre los plátanos y los jacarandaes. No hubo girasoles, tampoco lluvia de arroz para celebrar la unión que no fue. Como a palomo y paloma, nos arrulló la luz de la oscura noche.


*Noemí Ulla. Autora argentina de amplia trayectoria. Sus títulos recientes incluyen los libros de relatos Una lección de amor y otros cuentos (2005), En el agua del río (2007) y Nereidas al desnudo (2010), así como los ensayos Obsesiones de estilo(2004), De las orillas del Plata (2005) y Variaciones rioplatenses (2007). Es Académica de Número de la Academia Argentina de las Letras.

domingo, mayo 22, 2016

Reina Roffé: Despedida a Noemí Ulla

Nos informa la escritora argentina Reina Roffé:

Dolor inmenso. Mi querida y leal amiga de décadas, la magnífica escritora y académica NOEMÍ ULLA, para sus más cercanos, Quita, ha fallecido hoy alrededor de las 8 de la mañana, hora argentina. 
Hemos estado unidas desde siempre, y muy especialmente en estos últimos años, en los que fue un gran apoyo para mí en momentos difíciles. Su sensibilidad y don de gente la distinguían.Una persona entera y noble hasta el final. Sé que vivimos heridos de mortalidad, pero ahora mismo, rabio, rabio contra la agonía de la luz, como bramaba el poeta Dylan Thomas. ¡Qué injusticia enorme es la muerte! 
Me queda, como forma de consuelo, atesorar tantos y gratos encuentros y paseos que disfrutamos juntas en Madrid, en Buenos Aires y durante aquel viaje a Alemania, en 1987, tan rico en charlas y descubrimientos, que esta foto testimonia. Hasta pronto bella, amada y elegante amiga.



Delmira Agustini: Las alas





Yo tenía...
                      ¡dos alas!...
 Dos alas,
que del azur vivían como dos siderales
¡raíces!...
Dos alas,
con todos los milagros de la vida, la Muerte
y la ilusión. Dos alas.
fulmíneas
como el velamen de una estrella en fuga;
dos alas
como dos firmamentos
como tormentas, con calmas y con astros...

¿Te acuerdas de la gloria de mis alas?...
el áureo campaneo
del ritmo; el inefable
matiz atesorando
el Iris todo, más un Iris nuevo
ofuscante y divino.
que adorarán las plenas pupilas del futuro
(¡Las pupilas maduras a toda luz!)... el vuelo...

El vuelo ardiente, adorante y único,
que tanto tiempo atormentó los cielos,
despertó soles, bólidos, tormentas,
abrillantó los rayos y los astros;
y la amplitud: tenían
calor y sombra para todo el mundo,
y hasta incubar más allá pudieron.

Un día, raramente
desmayados a la tierra,
yo me adormí en las felpas profundas de este bosque...
¡Soñe divinas cosas!...
Una sonrisa tuya me despertó, paréceme...
¡Y no siento mis alas!
¿Mis alas?...

-Yo las vi deshacerse entre mis brazos...

¡Era como un deshielo!

*Gran poeta uruguaya.

sábado, mayo 21, 2016

Jorge Castro Vega: Poemas



LO QUE CONTÓ MÁS TARDE LA SERPIENTE


Desde luego, grita
golpea, destruye. Incluso
ha llegado a dormirse de puro enojado.
Dormirse durante siglos,  sin soñar  nada
nada en absoluto
y de repente despertar
entre aullidos,  empapado en vinagre
con un par de clavos en las manos.

En cuatro  palabras:
vive furioso consigo mismo.
Y ya no queda nadie en el Edén
(salvo la música de Bach)
a quien pueda  achacársele la culpa.

Desde que los echó, no juega
no canta, no baila.
Y ha dejado de rezar.

                                                           (El mismo río, inédito)
NUNCA CONTÉ OVEJAS

Porque no sabría que hacer
con la pata  lastimada
de aquella que miró tan mansamente
cuando la separé del rebaño
y le ordené saltar con ojos llenos.

Cuentos las camas en que he dormido
por más de una semana. Es eficaz
y ajeno al asunto del madero
la esponja con vinagre y todo eso.

(Cosas que pasan, 1997)
ODISEA, CANTO  XXV

Te mando noticias de la noche
La noche salió de mi cuaderno
Y sin que pudiera evitarlo
Se perdió en el mar

He luchado con el mar
Toda la noche

(Poesía de sitio, 1985)




CONSTRUCCIÓN


Borradores:
                        Poemas que otros escribieron
(Ladrillos en la Torre de Babel)
                        Para que me escribiera yo
Torpe ladrillo en borrador

                        Que nadie suba

Otros bajarán
A la hora de la resurrección o la locura
                        A todos y a cualquiera
En un abrir y temblar los ojos
                        Nos pasarán en limpio

                                                                                
                                                                              (Poesía involuntaria, 1987)


*  JORGE CASTRO VEGA (Montevideo, 1963), abogado, crítico literario y teatral. Ingresó al Poder Judicial en 1998; actualmente, se desempeña como juez en Montevideo. Publicó: Primera línea (1982), Poesía de sitio (1985), Poesía involuntaria (1987),  Poesía certificada (1989),  Poesía arbitraria- Antología personal (1989), Con motivo de Ana (1991), Un poco de sol  (1993) y Cosas que pasan (1997).  Sus textos han sido incluidos en diversas muestras y antologías; entre ellas: Antología Plural de la poesía uruguaya del siglo XX (W. Benavides, R. Courtoisie y S.  Lago, Seix Barral 1995), Poésie uruguayenne du XXe siècle, (M. Renard, Editions Patiño 1998), Poesía uruguaya-Antología esencial (R. Courtoisie, Visor 2010). Se anuncia la publicación de un nuevo libro: El mismo río.



jueves, mayo 19, 2016

José Martí: Odio el mar



Odio el mar, sólo hermoso cuando gime
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encórvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:—
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.—

Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía;
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y pecho seguro, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal. —También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover al hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.

Que yo voy muerto, es claro:  a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella,
Ígnea, varia, inmortal, amo la vida.

Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la próvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Más grande y más hermoso que los mares.

Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:—
Vilo, y lo dije: —algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin cólera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.

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En el verso número 16 Carlos Javier Morales trae:
         Firme y pecho seguro, al hombre aguarda
En el verso número 20:
          Para mover el hombre a las virtudes,
En el verso número 39 Carlos Javier Morales trae estos dos versos:
          Lo imaginan más grande y más hermoso
          Que el cielo azul y los repletos mares!—


Gabriela Pais: De su libro Las ruinas

Aguas abajo


Sin alivio, sin aliento,
ríos descontrolados  aguas abajo,  aguas abajo,
azulejos pálidos, paredes blancas devuelven la imagen,
"de lo que viene
y lo que va".
Reptil inmóvil mi cuerpo de dolor.

El nombre de esta enfermedad es mi nombre.
Lo sustantivo aquello que se nombra,
verbo ontológico.

Eterno es el rebote de pared en pared.
Ay los precipicios, los adentros y las profundidades.

La herida inconmensurable abre su mandíbula


y muerde
hasta tragarme.



Bambú


Siete son los días del Bambú y siete mis ciclos
de vara madura,
siete vidas el embrión árbol
y la vida de los gatos.

Soy hebra hembra al final de las ruinas.

Hay raíces en las leyes de este mundo
y ramas
en el lenguaje de los frutos.



*Gabriela Pais (Buenos Aires, 1970), es profesora y licenciada en Letras ( Universidad Nacional de Lomas de Zamora.). Actualmente integra la cátedra de Literatura Española Moderna y Contemporánea.  Hasta 2008 dirigió la Editorial La Bohemia. En el año 2006 estuvo a cargo de la logística y organización del I Congreso de Literatura: Arte y Cultura en la Globalización, que se llevó a cabo en el Centro Cultural de la Cooperación. Integró la comisión organizadora del  II Encuentro Internacional de Poesía. Lecturas de Primavera. Ha sido docente a cargo de diversos talleres y seminarios relacionados con los estudios poéticos, y  ha participado en numerosos congresos, encuentros y jornadas. Fue invitada del III Encuentro de Poesía "Ser al fin una palabra" que se llevó a cabo en la Ciudad de México DF. Publicó: Escapada de la forma ausente, La Bohemia, Buenos Aires, 2000 y Ediciones Tinta Nueva México DF, 2006, Las ruinas, en la antología Mujeres poetas en el país de las nubes XV Encuentro Internacional, Centro de Estudios de la Cultura Mixteca de Oaxaca, México, 2007, "Ruta ancestral", en la antología Palabras que caen en la carne, L´Harmattan, Paris, 2013, Las Ruinas Poemas de la Hembra Hebra, Ediciones El mono armado, 2014.

domingo, mayo 15, 2016

César Vallejo: Trilce XLIII



Quién sabe se va a ti. No le ocultes.
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada.
Está duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. ¡Anda! Cómo le tendrías pena.

Narra que no es posible,
todos digan que bueno,
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse. ¿No?
¡Sí! Acaríciale. No le arguyas.

Quién sabe se va a ti, madrugada.
¿Has mirado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Pero no vaya a saber

que lo haces porque yo te lo ruego. ¡Anda!

miércoles, mayo 11, 2016

Joachim Gasquet: Cézanne. Somos un caos irisado

Fragmento extractado del blog: http://demispasosenlatierra.blogspot.com.ar/2014/02/somos-un-caos-irisado.html

"Anciana con un rosario", Paul Cézanne
National Gallery, Londres


"(...) Ya sabe usted que cuando Flaubert estaba escribiendo Salammbô, decía que veía púrpura. Bueno, pues cuando yo estaba pintando mi Anciana con un rosario, yo veía un tono Flaubert, una atmósfera, algo indefinible, un color azulino y rojizo que se desprende, me parece a mí, de Madame Bovary. De nada me servía leer a Apuleyo para desechar esa obsesión que por un momento temía que fuese peligrosa, demasiado literaria. No había manera. Ese gran azul rojizo me caía, me cantaba en el alma. Me bañaba entero en él.
YO: ¿Se interponía entre usted y la realidad, ente sus ojos y el modelo?
CÉZANNE: En absoluto. Flotaba, como en otra parte. Yo escrutaba todos los detalles de los vestidos, la cofia, los pliegues del delantal, descifraba el rostro hipócrita. Hasta mucho después no advertí que la cara era rojiza, el delantal azulado, como tampoco recordé hasta después de acabado el cuadro la descripción de la vieja sirviente en el círculo de labradores. Lo que intento plasmarle es más misterioso, se enmaraña en las raíces mismas del ser, en la fuente impalpable de las sensaciones, pero eso mismo es, creo yo, lo que constituye el temperamento y solo la fuerza inicial, id est, el temperamento, puede llevar a alguien hasta el objetivo que debe alcanzar. Antes le decía que el cerebro, libre, del artista debe ser como una placa sensible, un aparato registrador simplemente, en el momento en que trabaja, pero, tras diferentes baños de experiencia, esa placa sensible ha adquirido la receptividad necesaria para impregnarse de la imagen concienzuda de las cosas. Un largo trabajo, la meditación, el estudio, de los sufrimientos y las alegrías, la han preparado. Una meditación constante de los procedimientos de los maestros y, además, el medio en el que nos movemos habitualmente...ese sol, fíjese...El azar de los rayas, la marcha, la infiltración, la encarnación del sol en el mundo, ¿quién pintaría jamás eso? ¿Quién lo contará? Sería la historia física, la psicología de la Tierra. Todos más o menos, personas y cosas, somos simplemente un poco de calor solar almacenado, organizado, un recuerdo de sol, un poco de fósforo que arde en las meninges del mundo. Tendría usted que oír a mi amigo Marion al respecto. Yo quisiera desprender esa esencia. la moral dispersa del mundo es el esfuerzo que hace tal ver para volver a ser sol. Ésa es su idea, su sentimiento, su sueño de Dios. Por doquier un rayo golpea en una puerta obscura. Una línea por doquier circunscribe, mantiene un tono prisionero. Yo quiero liberarlos. Los grandes países clásicos, nuestra Provenza, Grecia, Italia, tal como los imagino, son aquellos en que la claridad se espiritualiza, en que un paisaje es una sonrisa flotando de inteligencia aguda...La delicadeza de nuestra atmósfera se debe a la delicadeza de nuestro espíritu. Están una en el otro. El color es el lugar en que nuestro cerebro y el universo se encuentran. Por eso parece tan dramático a los pintores verdaderos. Mire esta Sainte-Victorie. Qué impulso, qué sed imperiosa del sol y qué melancolía, por la noche, cuando toda a pesadez vuelve a caer...Esos bloques eran de fuego. Aún hay fuego en ellos. La sombra, el día, parece retroceder estremeciéndose, tener miedo de ellos; ahí arriba está la caverna de Platón: observe que, cuando pasan grande nubes, la sombra que cae de ellas se estremece sobre las rocas, como quemada, bebida al instante por una boca de fuego. Por mucho tiempo carecí del poder y del saber para pintar la Sainte-Victorie, porque imaginaba la sombra cóncava, como los otros, que no miran, mientras que, fíjese, es convexa, verdad, huye de su centro. En lugar de adensarse, se evapora, se fluidifica. Participa, toda azulada, en la vibración ambiente del aire. Como allí, a la derecha, en el Pilon du Roi, ve usted, al contrario, que la claridad se mece, húmeda, espejeante. Es el mar...Eso es lo que hay que expresar. Eso es lo que hay que saber. Ése es el baño de ciencia, podríamos decir, en el que hay que sumergir la placa sensible propia. Para pintar bien un paisaje, debo descubrir en primer lugar las capas geológicas. Piense que la historia del mundo data del día en que dos átomos se encontraron, en que dos torbellinos, dos danzas químicas, se combinaron. Veo subir esos grandes arco iris, esos prismas cósmicos, esa alba de nosotros mismos por encima de la nada, me saturo con ellos leyendo a Lucrecio. Bajo esa fina lluvia respiro la virginidad del mundo. Un agudo sentido de los matices me excita. Me siento coloreado por todos los matices del infinito. En ese momento mi cuadro y yo ya somos uno. Somos un caos irisado. Vengo ante mi motivo y me pierdo en él. Sueño, vagabundeo. El sol me penetra, sordo, como un amigo lejano, que reanima mi pereza, la fecunda. Germinamos. Cuando vuelve a caer la noche, me parece que no pintaré y que nunca he pintado. Necesito la noche para poder apartar los ojos de la tierra, de este rincón de tierra en el que me he fundido. Una buena mañana, el día siguiente, se me aparecen despacio las bases geológicas, se establecen capas, los grandes planos de mi tela, dibujo mentalmente su pedregoso esqueleto. Veo aflorar las rocas bajo el agua, pesar el cielo. Todo cae a plomo. Una pálida palpitación envuelve los aspectos lineales. Las tierras rojas salen de un abismo. Empiezo a separarme del paisaje, a verlo. Me desprendo de él con ese primer bosquejo, estas líneas geológicas. La geometría, medida de la tierra. Me embarga una tierna emoción. De las raíces de ese emoción suben la savia y los colores. Como una liberación. ¡La irradiación del alma, la mirada, el misterio exteriorizado, el intercambio entre la Tierra y el Sol, el ideal y la realidad, los colores! Una lógica aérea, coloreada, sustituye bruscamente la lóbrega, la tozuda geometría. Todo se organiza, los árboles, los campos, las casas. Veo: por manchas. La capa geológica, el trabajo preparatorio, el mundo del dibujo se hunde, se ha desplomado como en una catástrofe. Un cataclismo se ha apoderado de ella, la ha regenerado. Un nuevo período vive. ¡El de verdad! Aquel en el que nada se me escapa, en que todo es denso y fluido a la vez, natural. Ya solo hay colores y en ellos claridad, el ser que los piensa, esa subida de la Tierra hacia el Sol, esa exhalación de las profundidades hacia el amor. El genio consistiría en inmovilizar esa ascensión en un minuto de equilibrio, sin por ello dejar de sugerir su impulso. Quiero apoderarme de esa idea, de ese chorro de emoción, de ese vapor por encima de la hoguera universal. Mi tela pesa, un peso entorpece mis pinceles. Todo cae. Todo recae bajo el horizonte. De mi cerebro a mi tela, de mi tela hacia la tierra. Pesadamente. ¿Dónde está el aire, la ligereza densa? El genio consistiría en desprender la amistad de todas esas cosas al aire libre, en la misma subida, en el mismo deseo. Pasa un minuto del mundo. ¡Pintarlo en su realidad! Y para ello olvidarlo todo. Convertirse en sí mismo. Ser entonces la placa sensible. Dar la imagen de lo que vemos, una vez olvidado todo lo que ha aparecido ante nosotros.
YO: ¿Es posible?
CÉZANNE: Yo lo he intentado (...)"

"Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo"
Joachim Gasquet
Gadir Editorial, 2009