domingo, enero 21, 2018

Libro recomendado: Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson


Jacobo Rauskin*: Las manos vacías


Futura madre
quizás abandonada
por uno que se hizo humo.
La veo triste, pensativa y dominical,
cuando cruza la plaza esta mañana.
Ver mujeres en tal condición
forma parte de mi trabajo.
¿Para qué? No lo sé.
Tampoco tiene mucha importancia.
Yo veo amor herido en su manera de andar,
de dar tímidamente unos pasos
con la indecisa gracia de un ave que camina.
Para mi gusto, para mi manera
de ver el mundo en su más íntima
y secreta correspondencia,
ella, hoy, en la cálida mañana,
es una garza melancólica
que ha salido a dar un paseo.
Ahora cruza, sin la menor prisa,
este jardín municipal con pájaros,
con un Jacaranda florido,
con un sol cariñoso,
un sol que te acaricia el cuello,
que te invita a dormir, pero
no eres tú quien está por llegar a la calle;
es ella, que por poco pisa mi sombra
y, sin embargo, no me ve.
Mejor así.
Seré el poeta clandestino
de su tristeza pasajera.


  

*Jacobo Rauskin. Poeta paraguayo (Villarica, 1941).Ha publicado más de veinte poemarios. Es miembro de la Academia Paraguaya de la Lengua y académico correspondiente de la Real Academia Española. Ha sido catedrático en la Universidad Católica de Asunción, y actualmente se desempeña como Director de la Biblioteca Municipal «Augusto Roa Bastos» de Asunción, Paraguay. En 2007, se le concedió el premio Nacional de literatura.

jueves, enero 18, 2018

María Cristina Santiago*: Lenguaje




Una va llena de palabras
por la vida
y aún así la sed persiste
En el desierto egipcio
la pirámide guarda
secretos
de antiguas religiones
Tantos años perdidos
en busca del nombre
y tan sencillo
estaba ahí, a la vista
en una sola flor
que se deshoja y al instante
adquiere –ese momento—
la perfección exacta
de un sólido platónico,
semejante
a un prado
donde volverán ¿volverán? a florecer
las margaritas
¿A tu edad?
A mi edad
Este renacer de dimensión sin tiempo
es percibir la plenitud de la belleza
Y qué es la belleza,
mi querido,
sino una boca sin sed
y con la luz
que en cada despertar
invita , más radiante,
al nuevo riesgo

* María Cristina Santiago es poeta argentina. Publicó diversos libros.
El poema que se transcribe está incluido en su nuevo libro Poemas de la luz y la bruma (Ediciones del Dock, Colección Pez Náufrago, diciembre 2017)

lunes, enero 15, 2018

Hugo Padeletti: La dicha*






La ladera entreabrió los apretados
abismos de sus hojas y surgió
la digital purpúrea:
-Para ti, que comprendes la belleza
silvestre,
mi beatitud.

La ladera cerró los apretados
abismos de sus hojas y siguió
la digital purpúrea:
-No olvides la cadencia de mis flores,
su canción y su luz,
porque ellas repican sus campanas
sobre la dicha.

Ya el gusano de seda entre las hojas
de la morera
se ha tejido un capullo delicado
y un día volará.
Yo también, escuchando
la digital-purpúrea serenata,
he tejido un capullo sonrosado
y acaso volará.

Quién sabe si los soles de plumaje
de oro que iluminan
la noche del espacio

no nacieron en un pecho


-Hugo Padeletti: poeta y artista plástico argentino, recientemente fallecido.
* Poema tomado del blog: La biblioteca de Marcelo Leites.

domingo, enero 07, 2018

Diane Waskoski*: Gracias a mi madre por las clases de piano


Pintura original Zhana Veil
                                               Gracias Flora Levi*


El alivio al poner los dedos sobre las teclas
como si caminando en la playa
encontraras un diamante
tan grande como un zapato;

como si
acabaras de construir una mesa de madera
y el olor del aserrín estuviera en el aire,
tus manos secas y ásperas;

como si
hubieras eludido
al hombre en la oscuridad que te ha estado siguiendo
todo la semana;

el alivio
de poner tus dedos en el teclado
tocando los acordes de
Beethoven
Bach,
Chopin
una tarde en que no tenía con quién hablar,
en que los suaves suéteres con forma de anuncios de revista
y el cabello de clase media, republicano, limpio y brillante
entraba a las casas alfombradas
y me dejaba sola
con los pisos desnudos y unos pocos libros

Quiero agradecerle a mi madre
por trabajar a diario
en una oficina gris
en garajes y compañías de agua
le quitaba la crema a su café a los 40
para perder peso. Su pesado cuerpo
escribía sus delicados libros de bibliotecaria
sola, sin un hombre que mirara su rostro
su cuerpo, su prematuro cabello blanco
enamorado
Quiero agradecerle a mi madre
por trabajar y pagar siempre
mis clases de piano
antes de pagar el préstamo al Banco de América
o comprar la despensa
o arreglar nuestro viejo y ruidoso Ford.

Yo era una niña tranquila
con miedo de entrar sola a una tienda
con miedo al agua
al sol
a las hierbas sucias en los traspatios
con miedo al mal aliento de mi madre
y con miedo a las visitas ocasionales de mi padre
al saber que volvería a marcharse
con miedo a no tener dinero
con miedo a mi torpe cuerpo
que sabia
nadie amaría jamás

Pero atravesé tocando
en el viejo piano vertical
que obtuvimos por $10,
toqué a través del miedo
a través de la fealdad,
de crecer en un mundo de comprar en tiendas de baratijas,
y un deseo de amar
un mundo sin amor.

Toqué a través de una cara fea
y de tardes, días, veladas y noches solitarias,
incluso mañanas, vacía
como una lata de café oxidada,
toqué a través del susurro de la primavera
y quise que todo a mi alrededor brillara como una ola angosta
en una playa lisa al atardecer en el sur de California,
Toqué a través de
un sombrero vacío de mi padre en el closet de mi madre
y una cama en la que dormía sólo de un lado,
sin arrugar nunca una pulgada
del otro
esperando
esperando.

Toqué a través de los honores escolares
el único lugar en que podía
hablar
el salón de clases,
o en mis clases de piano, el canario de la señora Hillhouse siempre
cantaba más por mi talento,
como si hubiera dejado una parte de mi cuerpo al entrar
a su casa
y buscara ahora cada pieza de marfil
en el teclado, deslizaba mis dedos en crestas negras
y por suaves rocas
me preguntaba dónde perdí mis órganos,
o mi boca que a veces se abría
como una amapola de California,
ancha y con contrastes,
hermosa en grandes campos,
cerrada por completo día y noche,

Toqué a través de cada edad,
pero todas parecían eternas
o tal vez siempre
viejas y solitarias,
solo quería una cosa, rodeada por las polvosas hojas
con olor amargo de los naranjos,
solo quería ser tocada por el hombre que me amara,
que estuviera ahí cada noche
para poner su larga y fuerte mano en mi hombro,
cuyas caderas despertaría junto a mí en la mañana,
cuyo bigote podría peinar un rostro hasta dormir,
soñando con pianos que hicieran el sonido de Mozart
y Schubert sin pedir
que la vida absorbiera todo
lo que tienes a diario,
sin pedir el vacío
de una pequeña vida tímida.

Quiero agradecer a mi madre
por dejarme a veces despertarla a las 6 de la mañana
cuando practicaba mis clases
y por asegurarse de que tuviera un piano
en donde dejar mis libros de la escuela, todas las tardes.
No he tocado el piano en 10 años,
tal vez por miedo a que el poco amor que he logrado recoger
como polvo, del fondo de los bolsillos
se pierda,
se escape,
hacia la caverna terriblemente vacía que soy
si la vuelvo a abrir por completo, alguna vez.
El amor es un hombre
con bigote
que me abraza dulcemente cada noche.
que siempre está ahí cuando necesito tocarlo;
no podría conocer el doloroso
estruendo de la música del pasado
que su amor evita que golpee, que sacuda,
que retumbe en mi cerebro
que hace todo lo posible para destrozar la precaria materia gris
cuando estoy sola;
él no escucha al canario de la señorita Hillhouse cantar para mi,
cómo le gusta el sonido de mi clase esta semana,
decirme,
confirmarme lo que dice mi maestra,
que tengo un talento para el piano
que pocos de sus alumnos tenían.
Cuando toco al hombre
que amo
quiero agradecerle a mi madre
por las clases de piano
durante todos esos años,
que mantienen el recuerdo de Beethoven,
un atormentado hombre sordo,
en mi mente;
de la belleza que puede venir
incluso de un horrible
pasado.


*Diane Wakowski, Escritora norteamericana (California, 1937).
** Nos aclara Flora Levi: "Presentamos, en versión del poeta y traductor Iván Viñas (Ciudad de México, 1981) un largo poema de la escritora norteamericana Diane Wakowski (California, 1937). Ha sido identificada con los llamados “deep image poets”, con los poetas beat y con la poesía neoconfesional. Ha merecido distinciones como el William Carlos Williams Award"..

Nelson Guerra*: ¡Hasta la vista!



Hoy me separo del mundo.
Hoy lo desconozco.
No coincide más ni el amor ni la memoria. Por eso es que estoy escribiendo como los otros.
Aunque lo deteste. (No a los otros, en mí es que lo detesto).
No se trata de masificarme.
Dije que me separo. Me divorcio. Me excomulgo.
¿O no?
Yo pude ver la noche del verano. Hace mucho tiempo.
Era la baya azul de un guaviyú, que tenía prendida, una chispa irisada de rocío.
La noche cósmica, íntegra, en una esferita de un centímetro.
Me lo ofrecía una muchacha sonriente, de ojos con fondo de río Uruguay atardecido.
Ya no quedan amores como aquellos.
La luz cambió, como sus nubes.
Como el clima cambió.
Nieva en Miami, es lo que dicen.
Y las muchachitas de jean rotoso,
clavos en la nariz y en las orejas
y en los labios
y aún en la vagina, en los pezones,
no se parecen en nada a las flores que recuerdo.
Porque había flores en el mundo. ¿Saben?
Muchas caminaban,
algunas bailaron conmigo
y hasta eran sabrosamente olfateables.
Satenamente acariciables.
Coloridas.
Y yo que siempre me negué a pedir facilidades al poema,
pretendiendo que lo que quería expresar valía algo,
podía ser importante para algún hipotético afásico,
y que por eso merecía que el poema me hiciera descuentos especiales
como en Tienda Inglesa
en la Semana de Shangrilá o de Carcosa, renuncio.
Me tomaré algunos milenios de licencia.
Ya compré lo necesario para tallar madera.
O para plantar tomates.
También eso es importante, y da lo mismo.

*Nelson Guerra, poeta uruguayo.



sábado, enero 06, 2018

Fernando Gabriel Caniza: A nadie le importa*



Cambio de color

A veces se puede
reconstruir un trayecto si
hurgamos entre capas
muy profundas de nuestras acciones.
Se piensa: qué hacemos
cómo llegamos hasta aquí
quién está bajo nuestro techo
si esto sirve para seguir
en modo programa
con la llama activa
a pesar de la tormenta.

Y sospechamos
matar, matarse, morir de muerte
herida derramada, es un desvío
si se busca despegar en el viento.
Y sospechamos
en medio de ruinas
la carne blanda se derrite
en pocos minutos
cuando la fogata cambia de color.




La chispa

Se quiere paz cuando hay guerra
y en la paz algunos pesados
piden sangre pa’los que
interfieren sus negocios.
Si hay represalia el desconcierto
se apodera de los pasos
el andar de miles
no cambia nada en apariencia
es más bien
poesía cargada de futuro
escenario adecuado
para que una chispa
encienda la hojarasca.

Algunos dicen
en el pasto seco alcanza
una chispa bien dirigida para
que arda la espesura.
Así, con un alma en piedra,
se golpearían nuevas
piedras hasta que apareciera
la potencia transformadora
de la materia en un gran fuego.
Otros quieren esparcir
pequeños focos ardientes
en campo abierto
confían en sus luces
como un destino mágico.

Con firmeza
insistimos durante añares
la maleza tarda
en ponerse a punto.
Está demostrado:
repartir chisperos no siempre
genera fuego envolvente
tampoco una hoguera bien
alimentada, garantiza
una llama perdurable.


  
Ciega la fe

Si no fuera por la poesía
no nos salvaría ni Tarzán
si tuviéramos fe ciega en la
trascendencia y en la contemplación
seríamos místicos.
Si proclamásemos con absoluta seguridad
el predominio de los objetos sobre
la conciencia y el pensamiento
seríamos materialistas.
Inconducente mientras
no supiéramos antes qué
son materia y velocidad,
entre varias cuestiones.

Ella y vos, más nosotros
movemos el péndulo sin
discreción alguna.

Si intentáramos disolver
las contradicciones
sería un delirio demasiado
siniestro en esta época.
Por momentos atrae la inmanencia,
concentrarnos en nosotros y
en la naturaleza, para ensayar
respuestas a muchas dudas.
Dudas despreciables para
quienes sostienen que es
pura jactancia de intelectuales.

Volvamos a nuestras elucubraciones.
Yo con mis vaivenes continuos
Y vos con el destino a cuestas
Y todos con el ceño fruncido
manos arrugadas por escarbar
en promesas de esos
que tienen ciega la fe.



*Los tres poemas son del libro A nadie le importa  (Editorial La Gran Nilson– 2016).