sábado, febrero 23, 2013

Marina Tvestaiéva: Poetas con historia y poetas sin historia... (fragmento)





Traducción: Selma Ancira
“(…) ¿Qué es el "yo" del poeta? En apariencia es el "yo" humano, expresado en el discurso poético. Pero sólo en apariencia, ya que a menudo los versos nos revelan algo oculto, ensordecido y aun ahogado que la propia persona no sabía que poseía y que no habría descubierto de no haber sido por el don de la poesía. Es la acción de las fuerzas, desconocidas para quien actúa y sólo se percata de su existencia en el momento mismo de la acción. Una analogía casi completa con el sueño. Si se pudiera -hay quien sí puede, sobre todo los niños- gobernar los propios sueños la analogía sería completa. El "yo" poético, el "yo" de los sueños es  aquello que en la persona está oculto y enterrado y aflora en los versos: en ellos está expuesto y es visible. En otras palabras, el "yo" del poeta es la fidelidad de su alma a ciertos sueños, la visita que de algunos sueños recibe el poeta, la fuente secreta ya no sólo de su voluntad, sino de su naturaleza toda. El "yo" del poeta es el "yo" de quien sueña más el "yo" de quien crea la palabra. El "yo" poético no es otra cosa que el "yo" del soñador que ha sido despertado por un inspirado discurso y que sólo se realiza en ese discurso. Esa es, en suma, la personalidad del poeta. Esa la ley de la particularidad del poeta. Por eso todos los poetas son tan similares y tan distintos a la vez. Similares porque todos, sin excepción, sueñan. Distintos por los sueños que tienen. Similares en su capacidad para soñar; distintos por sus sueños.

Todos los poetas se dividen en poetas con evolución y poetas sin evolución. En poetas con historia y poetas sin historia. Los primeros pueden ser representados gráficamente como una flecha, lanzada al infinito. Los segundos como un círculo. Sobre los primeros (la flecha) actúa la ley del autodescubrimiento progresivo. Se van descubriendo a través de todos los fenómenos con los que se encuentran en su camino, con cada nuevo paso que dan y con cada nuevo encuentro. Lo mío o lo ajeno, lo esencial o lo superfluo, lo casual o lo eterno. Todo es para ellos una piedra de toque. Una piedra de toque de sus fuerzas que crecen con cada nuevo obstáculo. Su autodescubrimiento es el conocimiento que adquieren de sí mismos a través del mundo, el conocimiento del alma a través del mundo visible. Su camino es el camino de la experiencia. Cuando ellos caminan nosotros sentimos físicamente el movimiento del aire que hienden. De ellos sopla viento. No giran la cabeza en su camino. Su experiencia se acumula por sí misma y se almacena en algún lugar atrás, como un saco en la espalda que nunca ejerce presión sobre los hombros. Uno jamás voltea a ver el peso que lleva atrás. El caminante no siente su mochila hasta el momento en que la necesita: cuando se detiene. El Goethe del Gotz von Berlichingen y el Goethe de La metamorfosis de las plantas no se conocían. Una vez que Goethe hubo tomado y puesto en su mochila todo lo que necesitaba de su yo de entonces se abandonó a sí mismo en los maravillosos bosques de la joven Alemania y de su propia juventud y siguió adelante. Si el Goethe maduro se hubiera encontrado en una encrucijada con el Goethe joven, probablemente no lo habría reconocido y habría sentido deseos de entablar con él una amistad. No hablo de la persona Goethe, sino del Goethe creador, y tomo este ejemplo como el más evidente.
Los poetas con historia (así como las personas con historia y como la historia misma) ni siquiera renuncian a sí mismos, simplemente no voltean a verse, no tienen tiempo -¡adelante!, ¡sólo adelante! Es la ley del movimiento y de la penetración. El Goethe del Gotz, el Goethe del Werther, el Goethe de las Elegías romanas, el Goethe de La teoría de los colores, etcétera, ¿dónde está? En todos lados. En ningún lado. ¿Cuántos son? Tantos como pasos haya habido. Cada paso era dado por una persona nueva. Uno se iba y otro llegaba. Él levantaba la huella de aquel caminante. Él era su propio músculo creador. Como Pushkin. Aunque..., tal vez eso sea el genio.
¡La soledad de estos caminantes! Buscan a alguien a quien tú ya no reconocerías. Se enamoran de alguien a quien tú ya has negado. Creen a quien tú ya has superado. De Goethe hasta sus ochenta y tres años (el año de su muerte) exigían Gotz (¡Goethe a los veinte!).
(...) No se trata de una cuestión de edad, no, todos cambiamos. Se trata de que el Goethe maduro no comprendía su propia juventud –hay poetas que se vuelven jóvenes en su vejez. ¡La trilogía de la Pasiónn de Goethe fue escrita por un anciano de setenta años! Es una cuestión de cambios, de horizontes que se abren, de espacios que se superan con anterioridad. Se trata de lo incalculable de los minutos, de lo infinito de las tareas, de lo inmenso de las fuerzas colombinas en él. Y la mochila sobre la espalda (Goethe en realidad andaba con un saco para guardar piedras y minerales) es cada vez más y más pesada. Y el camino conduce al infinito. Y las sombras crecen. Y ni las fuerzas ni el camino tienen límite.
Los poetas con historia son, ante todo, poetas de un tema. Siempre sabemos sobre lo que escriben, y si no lo sabemos, cuando hayan concluido su camino siempre sabremos a dónde iban (la existencia de una meta). No es frecuente que sean poetas exclusivamente líricos. Son demasiado grandes en extensión y envergadura, se sienten constreñidos en su "yo", aun en el más grande; extienden ese "yo" hasta que no dejan nada de él, hasta que llega a fundirse con el horizonte (Goethe, Pushkin). El "yo" humano se convierte en el "yo" del país, del pueblo, de un continente determinado, del siglo, del milenio, de la bóveda celestial... (El "yo" geológico de Goethe: "Vivo en los milenios".) El tema para un poeta así es un pretexto para un nuevo yo, que no siempre es humano. Todo su camino terrenal es una secuencia de reencarnaciones, pero no necesariamente en un ser humano: en una piedra, en una flor, en una constelación. Parecen encarnar en sí mismos todos los días de la creación.
Los poetas con historia son, ante todo, poetas de voluntad. No hablo de la voluntad que podría realizarse por sí misma: nadie dudaría de que una masa física como Fausto, o simplemente un poema de mil versos, no puede surgir por sí mismo. Por sí mismos pueden surgir ocho, dieciséis, difícilmente veinte versos -la mayor parte de las veces la marea lírica trae hasta nuestros pies sólo guijarros, aunque éstos sean los más preciados. Hablo de la voluntad de elegir, de la voluntad como elección. Decidirse no sólo a ser otro, sino a ser alguien. Decidir separarse de uno mismo. Decidir, como el héroe del cuento: a la derecha, a la izquierda o recto (y, también como el héroe de ese mismo cuento - ¡nunca atrás!). Al despertar una mañana Pushkin decide: "¡Hoy escribiré Mozart!". Ese Mozart es la renuncia a una multitud de otras visiones y cosas, es lo irrevocable de la elección: el sacrificio. Para utilizar el vocabulario contemporáneo diría que el poeta con historia deja de lado todo lo que no entra en su línea general -la de su personalidad, de su talento, de su historia. Quien elige es su infalible instinto de lo más importante. Y sin embargo, al final del camino recorrido por Pushkin nos queda la sensación de que Pushkin no podía no haber creado lo que creó, ni haber escrito lo que no escribió. Y nadie de nosotros se lamenta de que hubiera descartado el proyecto de las Almas muertas en favor de Gógol, ya que éste se encontraba en la línea general de Gógol. (El poeta con historia también tiene una clara visión de los otros, Pushkin sobre todo.) El rasgo principal de estos poetas es su deseo de alcanzar una meta. El poeta sin historia no puede tener este deseo. Él mismo no sabe lo que le traerá la marea lírica.
La poesía lírica pura no tiene un proyecto. Uno no puede obligarse a tener un sueño determinado o a sentir un sentimiento preciso. La lírica pura es un estado puro de vivencias -de sufrimiento, y en los intervalos ("mientras Apolo no llame al poeta para el sacrificio sagrado"*) en los bajamares de la inspiración- un estado de infinita pobreza. El mar se ha retirado, se lo ha llevado todo y no volverá antes de su debido tiempo. Algo constante y terrible pende en el aire sobre la palabra de honor de la inspiración desleal. ¿Y si algún día te abandona?
La poesía lírica pura no es otra cosa que el registro de nuestros sueños y de nuestras sensaciones además del ruego para que estos sueños y estas sensaciones nunca se agoten... Si al poeta lírico se exigiera además... ¿Pero qué además se le puede exigir? El poeta lírico no tiene de dónde asirse: no tiene el esqueleto del tema, ni las horas obligatorias de trabajo detrás de un escritorio; no tiene material del cual extraer nada, del cual ocuparse y hasta en el cual sumergirse en los momentos de marea baja; está completamente suspendido del hilo de la confianza.
No esperen sacrificios: el poeta lírico puro no sacrifica nada -está contento cuando llega aunque sea algo. Tampoco esperen de él una elección moral -sea lo que sea lo que haya llegado, "malo" o "bueno" -se siente tan feliz de que haya llegado que a ustedes (la sociedad, la moral, dios) no les cederá nada.
Al poeta lírico le ha sido dada únicamente la voluntad de realizar: lo suficiente para distinguir entre los dones que ofrece la marea. La poesía lírica pura no es otra cosa que el registro de nuestros sueños y de nuestras sensaciones. Mientras más grande es el poeta lírico, más limpio es su registro.

Un caminante y un pilar. El poeta sin historia es un pilar o, lo que es lo mismo, un durmiente. No importa lo que suceda a su alrededor, no importa qué creen (o destruyan) las olas de la historia
- él escucha sólo lo suyo, ve sólo lo suyo, conoce solamente lo suyo. (No importa qué ocurra a su alrededor, él no ve otra cosa que sus sueños.)
(...) Se puede decir de los poetas sin historia que su alma y su personalidad se formaron en el vientre materno. No necesitan aprender, ni adquirir, ni comprender nada -lo saben todo desde el momento de su nacimiento. No preguntan nada -sólo manifiestan. La evidencia y la experiencia no significan nada para ellos. En algunas ocasiones el círculo de sus conocimientos es muy reducido -no salen de él. En otras su círculo de conocimientos es muy amplio -jamás lo reducen para complacer a la experiencia. Han venido al mundo no para aprender sino para decir. Decir aquello que ya saben, todo lo que saben (si es mucho), lo único que saben (si sólo es una cosa). Han venido al mundo para que se les conozca. Los poetas líricos puros, los que sólo son poetas líricos, no permiten que nada ajeno penetre en su mundo; su instinto para lo ajeno es tan grande como el instinto de los poetas con historia para su línea general. Todo el mundo empírico es para ellos -un cuerpo extraño. En este sentido tienen la posibilidad de elegir, más bien de seleccionar, o más exactamente, de rechazar. Rechazan con toda la esencia de su naturaleza, y no sólo de su voluntad. Y con frecuencia su rechazo es inconsciente. En esto son, como en muchas otras cosas, quizá en todo -niños. Para ellos el mundo es: "¡Así no!" - "¡Así! j Yo sé cÓmo!" "¡Yo sé mejor!" ¿Y qué es lo que saben? Que de otra forma es imposible. Son las antípodas absolutas: "yo" soy el mundo (hablo del mundo humano: la sociedad, la familia, la moral, la iglesia que gobierna, la ciencia, el sentido común, cualquier forma de poder de cualquier organización humana en general incluyendo nuestro tan afamado "progreso"). Sus versos y sus destinos son siempre uno.
Para los poetas con historia no hay cuerpos extraños: participan conscientemente del mundo. Su "yo" es igual al mundo. De lo humano a lo cósmico. En esto radica la diferencia entre el genio y el genio lírico. Ya que existen los genios líricos puros. Pero de ellos nunca se dice: es un genio. Su extremada reserva y su especial forma de ser se señala a menudo con la expresión "poeta lírico". Así como también lo inconmensurable y hasta lo impersonal del genio se suele expresar con la ausencia o simplemente con la imposibilidad de una definición cualquiera. (Cualquier definición, puesto que da un significado exacto, es limitada.)
El "yo" no puede ser un genio. Puede llamarse genio al "yo", vestirlo con el nombre de un mortal cualquiera, darle temporalmente algunos indicios terrestres. No olvidemos que genio para los pueblos antiguos significaba un ser superior y bondadoso, una divinidad que estaba por encima (del hombre), y no el hombre en sí. Goethe era un genio porque por encima de él planeaba un genio. Este genio lo sedujo y lo apoyó hasta el final de sus ochenta y tres años -hasta la última página de la segunda parte de Fausto. Ese mismo genio quedó impreso en su faz inmortal.

La última explicación y, tal vez, la más sencilla. La poesía lírica pura vive de sentimientos. Los sentimientos son siempre los mismos. No tienen un desarrollo, no tienen lógica. No tienen un orden consecuente. Nos han sido dados todos al mismo tiempo, todos los sentimientos que algún día habremos de experimentar. Como las llamas de una antorcha están hundidos en nuestro pecho desde el momento de nacer. El sentimiento (como la infancia de un hombre, de una nación, de un planeta) siempre comienza por el máximo y en los genios y en los poetas se queda en ese máximo. El sentimiento no necesita de una causa, él mismo es la causa de todo. El sentimiento no necesita de la experiencia, lo sabe todo por anticipado. (Todo sentimiento es también un presentimiento.) Alguien a quien ha sido dado el amor, ama; alguien a quien ha sido dada la ira, se indigna; alguien a quien ha sido dada la ofensa, desde su nacimiento se sentirá ofendido. La susceptibilidad da pie a sentirse ofendido. El sentimiento no necesita de la experiencia, a priori sabe que está condenado. El sentimiento nada tiene que hacer en la periferia de lo visible, está en el centro, él mismo es el centro. El sentimiento nada tiene que buscar en los caminos, sabe que llegará y que conducirá a sí mismo. Un círculo encantado. Un círculo de sueño. Un círculo mágico. Y bien, una vez más: El pensamiento es una flecha. El sentimiento -un círculo.

Esa es la esencia de los poetas líricos puros, la naturaleza de la lírica pura. Y a nosotros en algún momento puede parecemos que evolucionan y cambian, pero no son ellos quienes evolucionan y cambian, sino su léxico, su arsenal lingüístico. Es raro aquel poeta lírico al que de entrada le han sido dadas las palabras -¡SUS palabras! A menudo, por impotencia comienzan utilizando palabras ajenas, no propias, palabras universales (y es precisamente en esa etapa cuando gustan a la mayoría que reconoce en ellos su propia falta de personalidad!). Cuando comienzan a hablar su propia lengua, en ocasiones con enorme rapidez, nos parece que han cambiado y que han crecido. Pero no son ellos quienes crecieron, creció y los alcanzó en altura su "yo" lingüístico. Incluso el músico más grande no puede expresarse en un teclado infantil.
Hay niños que ya nacen con el alma lista. Pero no hay un sólo niño que nazca con el lenguaje listo. (Hubo uno –Mozart.)

Los poetas líricos puros aprenden literalmente a hablar, ya que el lenguaje poético es la física de su creatividad, es el cuerpo de su alma, y todo cuerpo necesita desarrollarse. Lo más difícil para el poeta lírico es encontrar su propio lenguaje, no su propio sentimiento, ya que éste lo tiene desde que nació.
Pero no hay un poeta lírico que en su infancia no se haya expresado a sí mismo -a su yo íntegro, a su yo predestinado- en alguna estrofa de cuatro o de ocho versos que no volverá a darse nunca más y que bien podría servir de epígrafe para toda su obra, de fórmula para toda su vida. Una primera estrofa que podría también ser la última (una inscripción pre-natal, que también podría ser pre-mortuoria en su lápida).
"El velero" de Lermontov es eso. Los poetas líricos, en su mayoría, son niños de desarrollo precoz (y de corta vida -como hombres y como escritores), más exactamente -de agudeza precoz- de clara visión de estar condenados a la poesía lírica, Wunderkinder en el sentido literal de esta palabra, con un despierto sentido del destino, es decir de sí mismos. El poeta con historia nunca sabe lo que sucederá con él. Quien lo sabe es su genio, aquel que lo guía y le va descubriendo sólo lo indispensable para que pueda moverse con libertad: la dirección a seguir o la meta más próxima, dejando lo más importante oculto a la vuelta de la esquina. El poeta lírico siempre sabe que con él no sucederá nada, que no tendrá nada excepto a sí mismo: su propia experiencia lírica, trágica.
Tomemos como ejemplo a Pushkin que comenzó con sus poemas "de liceo" y a Lermontov que comenzó con "El velero". A Pushkin, en sus primeros versos, no podemos intuirlo, sólo el genio de Derzhavin pudo ver en el rostro vivo, en la voz viva, en el gesto vivo de aquel joven a un futuro genio. Pero en "El velero" de aquel Lermotov de dieciocho años ya está todo Lermontov: el Lermontov del desasosiego, de la humillación, del duelo, de la muerte. El joven Pushkin no podía haber escrito un poema como "El velero" -y no porque su talento no estuviera suficientemente desarrollado: estaba tan dotado como Lermontov. Pero es que Pushkin, como todo poeta con historia, como la historia misma, comenzó desde el principio y pasó toda su vida im Werden (realizándose), y Lermontov -desde el principio- ya era. Para descubrirse Pushkin tenía que haber vivido no una sola vida -un ciento. Para descubrirse Lermontov no tenía más que nacer. (….).
Cuando te aproximas a algo debes saber qué puedes esperar de él. Y debes esperar precisamente aquello que constituye su esencia. Cuando te aproximas al mar -y al poeta lírico- vas en busca de lo mismo; no buscas algo nuevo, vas por la repetición y no por la continuación. La poesía lírica, como el mar, incluso cuando la descubres por primera vez, inevitablemente -la relees. En tanto que a Pushkin, que anda siempre hacia adelante (como el río que fluye siempre hacia lo lejos), lo lees más adelante. Es la diferencia que hay entre el movimiento amplio, de vaivén, lírico y arrullador del mar -y el movimiento lineal, irrevocable e irreversible del río. La diferencia entre estar en un sitio y pasar por un sitio. Al río lo amas porque siempre es distinto, al mar -porque siempre es el mismo. Si quieres novedad, quédate a vivir junto al río.
La poesía lírica, como el mar, sola se inquieta, sola se calma, sola -en sí misma- se realiza. No en vano Heráclito dijo: "Nadie se baña dos veces en el mismo río" - tomando como símbolo de la corriente no al mar, que veía todos los días y que conocía muy bien, sino -al río. 
Cuando vas en busca del mar o del poeta lírico, no vas en busca de la corriente que no regresa, sino de la olas que siempre vuelven; no buscas el momento que no se repite, sino precisamente la repetición de lo imprevisto -del mar y de la lírica, lo invariable de los cambios y de las transformaciones, lo inevitable de tu asombro ante ellos.
¡Renovación! Ahí radica el poder de los poetas líricos sobre nosotros, la fuerza en la que se sostiene todo el ceremonial religioso, todo el hechizo, toda la magia, todas las invocaciones, todas las maldiciones, todas las uniones humanas y no-humanas. ¡Hasta los muertos se levantan de sus tumbas!
Quién le puede decir al grande y al auténtico: ¡sé diferente! ¡Sé! -es nuestra silenciosa plegaria. Al poeta con historia le decimos: "¡Mira hacia adelante!" Al poeta sin historia: "¡Ve más a fondo!" Al primero: "¡Adelante!" Al segundo: "¡Más!" (...).
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