lunes, diciembre 16, 2013

Osvaldo Lamborghini: Matinales (aguas del alba) ...

"Matinales (agua del alba)" es uno de los textos de Osvaldo Lamborghini que más me gustan. Lo busqué en internet para subirlo a este blog del amasijo, pero no lo encontré. Así que con mucha paciencia lo fui transcribiendo del original (Novelas y cuentos, Ed. Serbal, 1988). Espero que lo disfruten.
 
 
"Enredado al dormirse en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amaneció atravesado por su cuchillo, amaneció muriéndose como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre, muere. Una manera de morir; tal vez el horizonte se le volvió pálido. El caballo, suyo y cerca, se le volvió pálido. Lejano, como el blanco más doctrinario. Con los dedos casi en estertor tocó la punta del cuchillo, que le sobresalía del cuerpo, hasta insensible sentirse las yemas. (“Flor, astillas de un palo mesmo.”) La sangre corría en pequeños charcos, pero él se regodeba en el calorcito de su herida mayor, en el tajo –como se dice—de su muerte. El espíritu vaga en estas contraseñas. El espíritu habla. Cualquiera el primer inmortal. Habían (un lodazal) sus intestinos abiertos; habían y miró la sangre de sus dedos (reído porque esa sangre era tan floja como un horizonte lejano) pálido: cuando el horizonte suyo estaba ahí, volcándose de su cuerpo pero en un absoluto fuera de aquí (ya que hogareños) sin posible vista i te quiero ver. Hoy/ nada de dobles/ claro torrente del despertar. El espíritu en estas contraseñas: Soñar –dice—es lo inaudible de toda alegría. Al alcance de cualquier confusión feliz, en cambio, está el sonar: o la música solamente encantatoria, el ukelele del tonto: la música, en un ritmo de proseguir, cuando la muerte ya dijo fin.
Al hacerse el alba más alba, sorbiendo los primeros mates, ésos que saben como tratados, la mujer y la hija se hicieron cargo de los caballos.
--Venga, pingo.
La mujer miró el cadáver sin hacerse cargo. Esparció aire co los dedos sobre el cuerpo al son de un murmurar breve y como de pedido, encargo.
--Por aquí anduvo el sexo nocturno. Algún sueño, de seguro.
--Y el padre se madrugó solo –asintió la niña, con los ojos abismados.
Las dos, ayudándose a tirar la puñalada, despenaron al caballo junto al señor de la pampa.
--No has de beber sangre de animal.
--No, madre –se corroboraron.
El chico del rancho tomaba la leche (de la mañana) sobre una mesa de tabla. Entraron la hija y la madre. Venían un poco salpicadas de la faena con el caballo. El chico había quedado medio cojo desde aquel día en que le enseñaron a domar con entusiasmo, desde temprano ser un gaucho. Arrastraba la patita con una infinita paciencia de destino: malacara.
--Ha muerto el padre –le susurraron.
En cada ser anida la ampolla de los afectos, frágil. La ampolla verde, la ampolla de la tarde. Pero era de mañana, ocasión para esas aguas amatinales. Oculto tras el pañuelo el chico salió al campo. Vagó por la inmensidad inútil de esa tierra, que tanto nos encanta. No quiso mirar el cadáver. Arrancó derecho para el ombú más cercano, arrastrando la pierna santa. Vestía también la moda de antaño: bombachas y alpargatas floreadas, gorra de vasco, como corresponde a todo gaucho.
Los mocos ya lo estaban como blindando. Pegó un sorbido así de grande y tuvo miedo. Que en el cerebro se le formara un coágulo. O que el veintre se le abominara, en exceso, por tragarse semejante palangana. El diablo, que estaba en la copa del ombú, como esperándolo, le dijo (es el espíritu el que habla):
--¡Qué porquería de niño!
--¡Qué repugnante!
--¡Guacho, para colmo!
El diablo se rió antes de desaparecer, con ese rasguito típico que destempla las guitarras. El chico, entigrecido, empezó a patear el tronco del árbol (con la pierna sana), y al mismo tiempo –a sus adentros—se murmuraba: “ Ah, no. Yo agarro ahora y me vuelvo loco”.
--¡Hijo! –(Es el espíritu el que habla).
--¡Hijo! ¡Sacame de encima estos restos de caballo: aun bajo la tierra me ahoga la sanre del zaino!
¿Pero cómo volverse loco? Decirlo era una cosa, y otra. ¡Hacerlo! –a qué tanto dudar—rápido. Probó clavándose un dedo en la oreja. No sintió nada. O dolor, pero no hálito loco. (Voy a esperar un poco, meditó, quizás son largueros los efectos, como cuando de la mañana a la tarde me volví rengo.) Loco.
Cuando ya empezaba a delirar, como ya se empuñaba y se escalaba a sí mismo como el palo enjabonado de la modestia pueblerina, vino otro señor de la llanura, montando en pelo su yegua blanca. Era peligroso el hombre, sobre todo y cuanto más para los niños: ya se lo habían advertido. Además: ya se le veían los signos. Ya le saltaba la baba de los labios.
--Vení, vení conmigo a la laguna y te muestro el poni austrfaliano.
--No y no y no.
--¡Qué lindo cojo!
En la laguna habría una maravilla de caballo. Picado:
--Cómo es un poni australiano? ¿Tiene la crin llena de moñitos, como esos del circo?
En la laguna, en las aguas del alba.
Cuando la locura habla –ténganlo como una fija—la pampa se repuebla con la innumerable risa de los memos. De los ranchos salen, con sus ukeleles huecos, fundidos a la rima, atravesados por los ecos. Ëste es el son: ellos son. Lo que el viento impele.
En el triste manicomio de –un nombre: Lontananza —el niño está, medieval, aferrado a una argolla por cadena bufa que te bufa.
Es el alba. Es el delirio abarrotado por las rejas. Una celda de barro, adobe, paja. Los círculos se hacen de “avizorar, palabra. Lo que chirría en los oídos es el torniquete de los labios. Lo que saborea el paladar es un interminable gollete de imágenes. Chupar hasta hartarse, que nunca harta. Éste es el pezón de la baraja: los que fueron sus ojos hoy son ratas. Hartas de la carne y de la sangre del zaino, la emprendieron ya con el señor de la pampa: un regodeo pleno con la linfa y con sus barbas, hasta sus botas de caña. Tiempo al tiempo. Un poni australiano/ con la crin encintada/ bufa, impele, escribe, lee, habla, mata.
--¡Hijo! Sacame de encima estos restois de caballo: aun bajo tierra me ahoga la sangre del zaino!
--¿Aldaba? ¡Ah, para mí que sea de plata! O de oro blanco. ¡O mejor de caballo!
-Crin –dijo el grillo—crin crin.
Música porque sí, música vana.
Siempre es el espíritu el que habla:
Soré/Resoré, de la llanura clancas divinidades. La madre y la hija, la dulce entraña. El padre, la irreconocible piltrafa. En este tapete, que no es precisamente verde, se le escribe al que lee. Frase por frase.
Siempre es el espíritu el que habla:
De la humedad o rocío de la mañana, como a flor de agua, ascendió la esfinge que el clam reclama/ la pierna del cojo (y bien) extirpada. Yace en una vasija con mirilla de plata y pesa menos que un gusano, arrancado de un golpe con una pinza de depilar –figura—el ceño de la máscara. El padre lo adoraba.
Siempre es el espíritu el que habla:
Enredado al domirme en los pliegues del chiripá, hoy ropa de antaño, amanecí atravesado por mi cuchillo, amanecí muriéndome como el que al despertarse mira el cielo, toca su sangre. Una manera de morir, tal vez, pegado a lo interminable."
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