lunes, octubre 03, 2011

Miguel Ángel Bustos: El Himalaya o la moral de los pájaros


"Lo que yo intenté (…) fue cortar todo lo que había hecho hasta ahora: el poema corto, muy breve. Hacer el poema largo, narrativo, una epopeya de mitologías. (…) Busqué construir una especie de códice, apoyado en un texto y en dibujos. Lograr  lo  equivalente a un ideograma chino o japonés. Pintar el verbo es mi obsesión. Obedecemos a un idioma abstracto, como en todo Occidente, no tenemos jeroglíficos, como los mayas. Yo quise que este libro se abriera y se leyera como los sacerdotes mayas o aztecas cuando abrían a pleno sol sus códices y leían las figuras o jeroglíficos trasmutados así: el dibujo era verbo, y el verbo dibujo. 'Los sacerdotes aquellos que en la Casa de las Palabras abren ruidosamente los códices', dice un viejo poema maya. (…)"
                  Extractado de un reportaje al autor, incluido en Miguel Ángel Bustos prosa 1960-1976, Ed. Del CCC.

1
Himalaya boca callada, piedra mentira. Ah, moral de los pájaros: sí, ilumina.
Que recuerde, el primer juego-juguete que vino a mí y ya no se irá de mí por nunca fue un cristal; pero qué cristal; algo líquido y duro que no caía por milagro del arco bronce que lo ataba.
Bajo el agua es más que el agua porque está detenido y es móvil. Si toco una llama con mi cristal, soy invierno: el fuego gira y no es su resplandor ya más. Por hábito y piedad cada tanto lo arrojo en las brasas para que devore y llene el Fulgor con su siesta de infierno.
6
No, yo no voy en este cuerpo que me lleva, ni toco en el agua un elemento que fluye y se estanca hasta morir. A quien ves, cuando me miras, es aquel rostro que te doy por miedo jamás ver tu calavera que finge ojos verdes, húmedos lentos sobre tu boca que recita letanías entre incienso y campanas que están en mí. Oigo tu voz idéntica en vos, ajena a mi memoria que te quiere inmóvil. Si me siguieras, si llegaras a mi cristal. En su casa de Fulgores, ¿quién podría decir: yo, me siento el yo de mi rostro para vos? Estaría en vos y hablaría a aquel mi cuerpo que cree poseerme. Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal.
Si alguien me preguntara qué soy; porque ciertas sombras marean; le diría: no soy todo, ni nada, ni algo. Con mi cristal soy el planeta que te lleva por mares a tierras de oro y rapiña y el horizonte te lo doy yo.



Tocaremos la luna. Poseeremos el cráneo del
 Sol.
Qué patria o cielo verbal ilumina al fuego
en su casa de líquidos esmaltes; carro de Elías,
purificación de las ciudades muertas, árbol místico de la sangre, agua y
 sombra transparente, vitral de dioses aniquilados.
Sol antiverbal. Sol carnívoro en sonidos o silencios en el horizonte
 frío de la tierra sin 
pájaros.
Sol tigre.
                             [De El Himalaya o la moral de los pájaros, Libro Primero, El Sol A ntiverbal]

 
En aquel tiempo del triste colegio, en aquel que jamás recuerdo; soñaba con tigres y pájaros en lucha y mi corazón era el desierto y el cielo, el sol y la luna de aquel mundo final.
Llegó hasta mí un sacerdote, llegó y me dijo: por lo que piensas morirán tus ojos, tu piel será maldita, como la piel de las momias, amarás a dios en todo lo que te destruya. Me senté junto al muro más cruel y lloré la lepra del cielo. Cayó mi corazón, lo perdí. Y reyes ya de sangre pájaros y tigres me acosan para siempre y todas mis aguas, todos mis ríos, huyen muertos hacia el atroz y calmo Mar de las Tinieblas.
Y el ángel de la locura, el ángel de la fiebre mira, en mí al monte coronación del Verbo; escribo para que me sea dado el Silencio.
                                [De: El Himalaya o la moral de los pájaros, Libro Segundo, Mare Tenebrarum]

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