jueves, septiembre 29, 2011

Bruno Schulz: El señor Karol


Los sábados por la tarde, mi tío Karol –trasnochador episódico– se dirigía andando hasta el balneario, que distaba a una hora de camino de la ciudad, para visitar a su mujer y a los niños que pasaban allí el verano.


Desde la partida de su esposa, la casa no se había vuelto a limpiar y la cama permanecía siempre deshecha. El señor Karol llegaba a casa ya muy entrada la noche, extenuado por sus correrías nocturnas a las que le incitaban aquellos días tórridos y vacíos. Las sábanas arrugadas, en desorden, eran entonces para él como un puerto, una isla salvadora en la que encallaba sin fuerzas, náufrago a la deriva durante días y noches por un mar proceloso.

A tientas, en la oscuridad, se hundía entre las colinas blancas, las cordilleras y montones de plumas tibias, y así dormía, hacia un rumbo desconocido, del revés, cabeza abajo, hundido en la suave pulpa del edredón, como si quisiese atravesar mientras dormía los macizos poderosos de la ropa de cama, que crecían en la noche. Luchaba contra ellos en su sueño, como un nadador con el agua; los aplastaba con todo su cuerpo, se hundía allí como en una gran artesa de pasta cremosa, y se despertaba en el ceniciento amanecer, jadeante, empapado de sudor, arrojado a la orilla de aquella marea blanca, que no había podido domar en el transcurso de las violentas refriegas nocturnas.

Aún a medio dormir, permanecía un momento suspendido en el borde de la noche, respirando ávidamente, mientras que las sábanas crecían en torno a él, hinchaban y fermentaban, cubriéndolo de nuevo con un desprendimiento de pasta densa y blanquecina. Dormía hasta muy entrada la mañana; las almohadas formaban una gran planicie blanca por la que transcurría al fin su sueño apaciguado. Por esos caminos poco a poco volvía en sí, y al día, y a la realidad, y finalmente acababa abriendo los ojos como un pasajero somnoliento cuando el tren se detiene en una estación.

La habitación estaba sumida en una penumbra rancia, en la que se respiraba el poso de muchos días de soledad y silencio. Solamente bullía en la ventana un enjambre de moscas matinales, y los estores ardían, deslumbrantes. Al bostezar, el señor Karol arrojaba de su cuerpo, de las cavidades más profundas los restos del día anterior. Aquellos bostezos lo sacudían como convulsiones, como si se vaciase hasta los miasmas. Y así se desprendía de la arena, del peso no digerido del día anterior.

Habiéndose aliviado de ese modo, ya más libre, anotaba en su agenda los gastos, calculaba y soñaba. Después permanecía tumbado, inmóvil, con la mirada turbia, de ojos saltones y húmedos, color de agua. En la penumbra glauca de la habitación, sólo iluminada por el día que filtraban las cortinas, sus pupilas reflejaban todos los objetos brillantes, como pequeños espejos: las manchas blancas del sol en torno a la ventana, el rectángulo dorado de los estores; reflejaban toda la habitación como si fuesen una gota de agua, sin omitir el silencio de las alfombras y de las sillas vacías.

Mientras tanto, en el exterior el día bordoneaba, cada vez más resplandeciente; el sol enloquecía a las moscas. La ventana no podía contener aquel incendio blanco, luminosas reverberaciones recorrían las cortinas.

Entonces se arrastraba fuera de las sábanas y permanecía, por un instante, sentado al borde de la cama, quejándose maquinalmente. Cerca de la cuarentena, su cuerpo comenzaba a engordar. En aquel organismo hinchado de grasa, extenuado por los abusos sexuales pero aún lleno de jugos, parecía que su destino futuro maduraba poco a poco en el silencio.

Mientras que se abandonaba a ese entumecimiento vegetal, reducido a su sola circulación y respiración, a la pulsación profunda de sus jugos, crecía en el interior de su cuerpo, sudoroso y cubierto de vello en distintas partes, un futuro indescifrable, sin expresar; una excrecencia monstruosa y fantástica que aumentaba en una latitud desconocida.

Mas, no se asustaba, pues se sentía ya idéntico a esa cosa extraña e inmensa que debía acontecer, y crecía con ella sin resistencia, en una comunión insólita, paralizado por un tranquilo horror, reconociéndose en la formidable exuberancia que surgía ante su mirada interior. Con uno de sus ojos veía entonces tenuemente otra realidad, como queriendo alejarse hacia otra dimensión.

Saliendo de su ensimismamiento encontraba de nuevo sus pasos perdidos y lejanos, y, entonces, volvía en sí y al momento presente; veía sus pies sobre la alfombra, gordos, blancos y delicados como los de una mujer; se quitaba poco a poco los gemelos dorados de la camisa. Después iba a la cocina, hallaba en un rincón sombrío un balde de agua –círculo de un espejo silencioso y vigilante que lo esperaba allí–, único ser vivo y consciente en la casa desierta. Entonces vertía el agua en la palangana y con su piel probaba su humedad insípida y estancada.

Se aseaba larga y cuidadosamente, intercalando pausas entre las diferentes manipulaciones que llevaba a cabo.

La casa dejada al abandono no reconocía en él a su dueño, los muebles y las paredes lo escrutaban con una muda desaprobación. Al entrar en su silencio se sentía como un intruso en el corazón de aquel reino hundido donde transcurría otro tiempo, un tiempo diferente. Tomaba precauciones de ladrón para abrir sus propios cajones, andaba de puntillas por temor a despertar un eco ruidoso, exagerado e irritable, que esperaba el menor pretexto para estallar.

Y, finalmente, cuando yendo de un armario a otro, encontraba todas las prendas de vestir necesarias y daba por acabado su aseo en medio de aquellos muebles, que, con aire ausente, lo soportaban en silencio, cuando ya al fin estaba preparado, a punto de salir, con el sombrero en la mano, se sentía molesto por no poder encontrar, en el último momento, la palabra capaz de quebrar aquel mutismo hostil, y entonces se dirigía lentamente hacia la puerta, resignado, cabizbajo, mientras que en el otro sentido, hacia el fondo del espejo, alguien que le daba la espalda para siempre se alejaba sin prisa a través de una fila de habitaciones que nunca existieron. 

Bruno Schulz: El señor Karol. Las tiendas de color canela. Maldoror. Traducc.: Jorge Segovia y Violetta Beck.

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