sábado, agosto 06, 2016

Ariel Williams: de su libro La risa huérfana






VENGO DE UNA GALGA MAYOR



1
Como no tuve mis antepasados (los negué), entonces
crié unas piernas y corrí corrí. Me fui de ellos
y ni los iba queriendo más, y así era adelantarse
a lo que no era.
Correr. ¿Quién me había lanzado?
Nadie, nadie me había empujado, pero me fui
de los que me habían sido y la tierra se fue vaciando;
a las cosas se les salía como un agujero negro,
como un silencio quieto mientras yo iba pasando;
a las compañeras de mi ser se les abrió una palabra
que era como un cielo y su pronto.

2
Me fui criando como una especie de cuerpo nuevo
con la persona distinta. Fue a partir de las piernas,
desde ahí fui subiendo nacido, diferente.
Las patas eran ojos que iban tanteando, ¿qué seré, qué seré?,
decían y decían. Y yo subía por las venas,
por los músculos fuertes de tanto correr. Subía ojeado nuevo,
secreto.
En el medio del movimiento del ir, se me iban apareciendo
unas manos del sentir, un decirme yo. Como
si fuera una sangre tibia queriendo hacia su arriba
y creciendo.


3
Entonces fui como un poblamiento, fui como un entrar
en cuerpo.
Cuando llegué a mis ojos y vi las cosas del mundo,
me quedé bastante quieto por dos días,
veía el sol la tierra larguísima los árboles moviéndose verdes
¡los animales! ¡las otras personas! Cuando llegué a mis orejas
y escuché al mundo, me quedé silencioso por tres días,
y escuché el agua que goteaba el susurro de la brisa
el grito de unos pájaros y la voz humana,
la voz humana.
Ah, entonces llegué a mi piel y sentí la tibieza de la luz
la caricia de otras manos la aspereza de la ropa el frío,
metí mis manos en el agua y era como una piel fresca
envolviendo.



4
Probé las cosas de comer y de tomar, muchas.
Las aceitunas verdes y negras; la carne de las aceitunas negras
era como una noche blanda,
la carne del queso era como un silencio.
Desde el estómago me subían manos a pedirme cosas,
eran unos bichos de hambre, querían saber, querían saber
y probaban.
Había un gusto de cosas limpias. Salía el sol y alguien
volvía del mar con pescados y su belleza plateada quieta
se abría para que les viéramos los músculos blancos,
y les tiraban pimienta y orégano y especias.
Los ojos de los peces muertos apuntaban uno para el cielo,
y el otro miraba la oscuridad del suelo.



5
Y todo eso había sido sin un sentimiento, era parecido
a una máquina que se descubría viva;
pero ahí llegaba yo a un corazón, ahí estaban las cosas
que hacían latir y llorar, había ojos que golpeaban
al pasar por uno, voces de gente que traían los seres
de la emoción, susurros escondidos en la carne,
y había labios y los decires se venían como agujas. Y
las distintas partes del cuerpo que saben sentir. Entonces
descubrí que yo flotaba en una especie de agua de mí,
más amplia que los brazos el torso la cabeza las piernas,
más amplia que ese estar corporándome,
y en esa agua
yo era como un ser yendo y viniendo, transmitido y
atravesado por queridas.

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