lunes, agosto 13, 2012

William Blake: Los hombres/están enfermos de amor...

Cantos de pájaros/perfumes de flores (Milton, II, Pl.31, vv 28-62)


 
Escucha al ruiseñor dar comienzo a la canción de primavera:
la alondra, sentada en su lecho terreno, cuando aparece
la aurora, lo escucha silenciosa; luego, saltando
      de los sonoros trigales ondulantes,
dirige el coro del día: trinos, trinos, trinos
ascendiendo sobre las alas de la luz dentro del vasto espacio,
repercutiendo contra el adorable azul y reluciendo en le bóveda celeste,
su pequeñísima garganta trabaja con inspiración; cada pluma
sobre el cuello, el pecho y las alas vibran con el efluvio divino.
Toda la Naturaleza lo escucha silenciosa, y el pavoroso sol
permanece inamovible sobre la montaña mirando al pajarillo
con ojos de suave humildad y maravilla y de amor y miedo.
Entonces, desde su verde espesura, todos los pájaros empiezan
     su canción sonora;
el tordo, el pardillo y el jilguero, el petirrojo y el reyezuelo
despiertan al sol desde su dulce ensueño sobre la montaña.
El ruiseñor ensaya de nuevo su canción, y a través del día
y a través de la noche gorjea exuberante, toda ave que canta
atiende su sonora armonía con amor y reverencia.

Percibe los preciosos perfumes de las flores,
nadie puede decir cómo desde un centro tan pequeño brotan tales dulzuras,
olvidando que dentro de ese centro  la Eternidad ensancha sus puertas
por siempre perdurables, que ferozmente custodian Og y Añak.
Primero, antes que rompa el alba, el gozo se abre en las corolas
      de las flores,
gozo hasta las lágrimas que el sol naciente enjuga;
      primero el tomillo silvestre
y la ulmaria, ondulando suave y plumosa entre los juncos,
luz saltando sobre el aire, conducen la alegre rondinela. Despiertan
a la madreselva durmiendo sobre un roble (la ostentosa belleza
en algazara sobre el viento); el blanco espino, del hermoso mayo,
abre sus mjil ojos adorables. Escucha dormir aún a la rosa…
nadie se atreve a despertarla; pronto abre las purpúreas cortinas de su lecho
y aparece con la majestad de su belleza. Toda flor
-el clavel, el jazmín, el alhelí, la clavelina de pluma,
el junquillo, el blando lirio- abre sus cielos. Todo árbol,
flor y yerba pronto colman el aire con una danza innumerable,
sin embargo, todo se concierta dulce y adorable. Los hombres
     están enfermos de amor.
     
*Véase: La música de la humanidad, Tusquets Editores, 1993.
** Trduc. Ricardo Silva-Santisteban.


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