miércoles, abril 04, 2012

C. G. Jung: James Joyce, la tenia...


(…) El libro (se refiere al Ulises)  puede leerse desde el final, puesto que no existe ni antes ni después, ni arriba ni abajo. Todo había sido antes así, o bien habría de serlo en el futuro. Con igual placer puede leerse una conversación desde el final, pues no destroza ninguna agudeza. Como conjunto, carece de ellas, pero cada frase es una agudeza. Puede también dejarse de leer en medio de una frase —la parte anterior de esa frase tiene todavía bastante raison d’étre para estar viva o parecerlo. El carácter vermiforme que crea una cola para la cortada extremidad de la cabeza, y una cabeza para la cola, impregna todo el libro.
Esta cualidad inaudita y torcida del espíritu de Joyce muestra que su obra pertenece a la clase de los animales de sangre fría, y en especial, a la de los gusanos, los cuales, si fuesen capaces de hacer literatura, utilizarían para escribir, a falta de cerebro, el gran simpático .
Sospecho que algo semejante se da en Joyce, es decir, pensamientos y sentimientos viscerales a consecuencia de una intensa opresión de la actividad cerebral, que, en su caso, se encuentra reducida esencialmente a la percepción.
Es preciso admirar en Joyce sin reserva la actividad de los sentidos: lo que se ve y cómo lo ve, lo que escucha, huele y palpa es sobremanera sorprendente, tanto interior como exteriormente.
El mortal corriente limítase, por lo común, si es especialista en la percepción, en la esfera de los sentidos, o a lo exterior, o a lo interior. Joyce conoce lo uno y lo otro. Las guirnaldas de series de asociaciones subjetivas se enlazan y mezclan a las figuras objetivas de una calle de Dublín. Lo objetivo y lo subjetivo, lo externo y lo interno, se infiltran recíproca y constantemente; tanto, que a pesar de toda la claridad de la imagen aislada, persiste en último término la duda de si se trata de una tenia física o trascendental.
La tenia es en sí todo un cosmos vital, y posee una fecundidad fabulosa; imagen que me parece horrenda, y sin embargo no del todo inadecuada para los capítulos de Joyce.
En efecto, la tenia no puede producir otra cosa que una nueva tenia, pero esta facultad la posee en abundancia inagotable. El libro de Joyce podría contener lo mismo 1.470 páginas que un múltiplo de esta cifra; sin embargo, su inmensidad no quedaría disminuida en una sola gota, ni tampoco sería dicho lo esencial. Mas ¿quiere Joyce decir algo esencial? ¿Tiene todavía ese prejuicio demodé una justificación de existencia? Oscar Wilde considera la obra de arte como algo completamente inútil. En nuestra época, ni el filisteo objetaría nada en contra de esta tesis; pero su corazón espera, no obstante, algo «esencial» de la obra de arte. ¿Dónde se esconde esto en Joyce? ¿Por qué no lo dice? ¿Por qué no lo muestra al lector, insinuándolo con gestos expresivos —una semita sancta ubi stulti non errent? (…)
De este pétreo inframundo álzase la visión de la tenia, de movimientos peristálticos y ondulaciones serpentinas, que produce un efecto monótono a causa de su eterna reproducción proglotídea. Cierto que ningún proglótido es enteramente igual a los otros, aun cuando son parecidos hasta confundirse. En cada una de las partes, por pequeña que sea, del libro, el propio Joyce es, a la vez, él mismo y el contenido exclusivo del trozo. Todo es nuevo y todo ha existido siempre desde el principio. ¡Suma subordinación a la naturaleza! ¡Qué opulencia y qué... tedio! Joyce me aburre hasta arrancarme lágrimas, pero es un fastidio irritante, peligroso, como no podría producirlo ni aun la trivialidad más enojosa. Es el tedio de la naturaleza, el monótono silbido del viento en los acantilados de las Hébridas, la salida y la puesta del sol en el Sahara, el bramido del mar (…)

*Véase Quién es Ulises, Santiago Rueda Editor.
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