jueves, junio 30, 2011

Javier Villafañe II: La sola

En el camino se encontró con un buey. Le acarició la cabeza y le dijo:
-¿Quiere venir a mi casa?
Y el buey respondió:
-Sí, señora.
Era una tarde de invierno. Hacía mucho frío.
Mientras iban caminando la mujer le preguntó al buey:
-¿Qué le gusta comer?
-Pasto; siempre como pasto.
- En mi casa no hay pasto -contestó la mujer-. En mi casa hay solamente paredes y una enredadera.
-Me comeré la enredadera -dijo el buey.
- No, por favor; la enredadera, no. La plantó un hijo mío.
-Entonces, ¿qué como? -preguntó el buey, y se detuvo.
La mujer también se detuvo.
-Buey, ¿no le gusta el azúcar?
-Sí, muchísimo. Estaría todo el día comiendo azúcar.
-Entonces le daré azúcar.
Y siguieron caminando. La mujer por la vereda, el buey por la calle.
-Le daré azúcar -repitió la mujer-. Todo el día le estaré dando azúcar. Después le pasaré un cepillo por el lomo y dormirá conmigo. ¿Quiere?
-Sí -comentó el buey.
Llegaron a una esquina. La mujer se detuvo. El buey también se detuvo.
-Esta es mi casa -dijo la mujer.
Abrió la puerta y agregó:
-Suba.
Y el buey comenzó a subir la escalera. Le costaba trabajo. Puso una mano en un peldaño, otra mano en otro peldaño. La mujer lo empujaba de atrás. Sentía todo el peso del buey sobre los hombros.
-¡Por fin! -exclamó la mujer-. Ya llegamos.
El buey miró hacia abajo y dijo:
-No puedo irme de aquí. Jamás podría bajar esta escalera.
-Es lo que yo quería -dijo la mujer-. Todos los que subieron, bajaron la escalera y se fueron. Yo viví esperándolos.
La mujer besó al buey en la frente. Lo acarició entero y le puso en la boca un terrón de azúcar.
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