domingo, enero 29, 2017

Hilda Guerra: LA MISIÓN DE LAS ARTES (Occidente – Oriente)



                         

Es innegable que en los principios de la historia la humanidad presentaba señales de barbarie. En ese período de transición, entre los desintegradores de átomos y el esfuerzo de muchos por mejorar la calidad de vida, es imprescindible que los artistas –encargados de elevar los espíritus- a través de la belleza, logren el equilibrio “izunome”.
El Museo de Bellas Artes M.O.A. de Atami (Japón) es un reflejo de esto último. Programado por Mokichi Okada, es un complejo que reúne varios edificios. Está construido pensando en el hombre del futuro.
 Cavado dentro de la montana, se sube por tres escaleras mecánicas que desembocan en la cima a un hall central, donde un juego de luces de colores –rayo Laser- asombra. Una pirámide es el punto central de un espectáculo de ritmos cambiantes y matices que abarcan toda la gama del arco iris, tiñendo las escaleras de entrada de distintas tonalidades y figuras.
Allí se conjuga un Manet con la Bahía de Sagami, las xilografías japonesas con los inmensos ventanales suspendidos de aproximadamente cinco pisos (se destrozarían si estuviesen apoyados), el marco del océano Pacífico con obras que forman parte del Tesoro Nacional de ese país: algunas de las cuales se expusieron en nuestro Museo de Bellas Artes y la Biblioteca Nacional Argentina entre el 13 al 25 de octubre de 1995. Fue una Exposición de Obras Selectas del Museo bajo la denominación: Tesoros del Arte Japonés inspirados en el Hombre y La Naturaleza.
La arquitectura de este Museo está al servicio de la naturaleza en forma de cuadros vivientes, con pinos enmarcados. Cuenta con Casa para la Ceremonia del Té –Ippaku-an- cuyo tejado se realiza con láminas de cobre, y la Sala Dorada es una réplica de la construida por el generalísimo Toyotomi Hideyoshi, salas de video y audiovisuales, escaleras para días de lluvia, restaurante, Teatro Noh –con sistema de traducción simultánea en tres idiomas.
Nos enfrentamos a cada instante con una visión amplia “daijo” entre la fibra de vidrio y el jarrón con diseño de glicinas de Nonomura Ninsei, el cemento donde fueron colocados doscientos treinta paneles en forma de pétalos, con la estatua de la diosa Bodhisattva o la diosa Avalokitesvara o el espacio situado a la salida del túnel-galería denominado Plaza Moore, donde se exhibe la escultura “El Rey y la Reina” de Henry Moore. Uno de los escultores más notables que ha dado el siglo XX.
Además de los mármoles de Italia, Grecia, Cuba, Portugal, India e Irán.  Una serie de paisajes de Hirohique Ando (perteneciente al periodo Edo) un desnudo de Goyo Hashiguti (era Taisho) o el Canal de Venecia de Hiroshi Yoshida (1926).
Desde un marco natural de bambúes se domina el Monte Iwato, una cascada artificial de trece metros de ancho por ocho de alto vierte tres mil litros de agua por minuto. Además de la floresta de pinos y el jardín de los cerezos.
Como si estuviera flotando en la bahía se divisa la isla Hatsushima, y es fácil en este clima, sentir que el grado más alto de creatividad se puede representar con una sola flor. 
Este Museo es uno de los más visitados del Japón y uno de los pocos donde se reúnen obras de Oriente y Occidente.

Las artes elevan el espíritu a través de la contemplación y no dudamos que el objetivo de esta creación es la formación de un mundo mejor: el prototipo de un Paraíso Terrestre.
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