sábado, marzo 02, 2013

El amor de Magdalena. Sermón anónimo francés del siglo XVII (traduc. R. M. Rilke)




Frederick Sandys. María Magdalena, 1859. Traducido del francés antiguo al alemán por Rainer Maria Rilke en 1911: Die Liebe der Magdalena; luego del alemán al francés contemporáneo por los editores de Artfuyen en 2000, y fragmentos traducidos del francés al español por Gabriela Trujillo.




"Magdalena, la santa amante de Jesús, lo amó en sus tres estados. Lo amó vivo, lo amó muerto, lo amó resucitado. Manifestó la dulzura de su amor hacia Jesucristo presente y vivo; la constancia de su amor hacia Jesucristo muerto y sepultado; las impaciencias y los arrebatos, el furor, los desmayos y los excesos de su amor abandonado hacia Jesucristo resucitado y subido a los cielos.

Cuando veo a Magdalena a los pies de Jesús, me parece que veo el amor extraviado lamentando sus propios extravíos y buscando el buen camino a los pies de Aquél que es el camino mismo.

[...]

Si es el amor que te guía, Magdalena, ¿qué has de temer? Osa todo, emprende todo. El amor no conoce límites, sus deseos son su regla, sus arrebatos son su ley, sus excesos su medida. El amor no teme nada más que el temor mismo, y su título de propiedad es la audacia de pretender a todo y la libertad de emprenderlo todo.

[...]

El amor une, el pecado aleja, y el amor penitente es como ambos. Magdalena corre hacia Jesús: es el amor; Magdalena no osa acercarse a Jesús: es el pecado. Entra audazmente: es el amor; se acerca con temor y desasosiego: es el pecado. Perfuma los pies de Jesús: es el amor; los inunda de sus lágrimas: es el pecado. Esparce y prodiga sus cabellos: es el amor; para secar los pies de Jesús: es el pecado. Es ávida e insaciable: es el amor; no se atreve a pedir nada: es el pecado. Pero Magdalena llora; pero suspira; pero mira, pero calla: es el amor y es el pecado - juntos.

[...]

He aquí los admirables y misteriosos recovecos del amor penitente, que avanza huyendo, que posee rechazando de alguna manera el objeto de su amor. No se atreve a decirle al Esposo con la libertad de la Esposa: Ven, Amado de mi corazón, ven, ven pronto; pero encuentra la manera de llamarlo, de otra manera, diciendo: Vete, vete; Aléjate, Señor, decía Pedro, porque soy un pecador.

[...]

Magdalena ganó todo sin haber pedido nada, porque tenía a Jesús en el fondo de su corazón, oyendo todo lo que Él decía, y escuchando aún mejor lo que Aquel no se atrevía a decir.

2

[...]

¿Cómo harás, oh amor, para que amor y justicia, con preceptos tan adversos, se concilien? He aquí la solución. Magdalena se arroja a sus pies, sin atreverse a besar a Jesús: es para ceder a la justicia; ¡pero qué hábil e ingeniosa es! Al tomarlo por los pies, tiene a Jesús entero: es para satisfacer al amor. Jesús no puede escapar, ya que está atrapado por sus sagrados pies, y me parece escuchar a Magdalena que dice con la Esposa: Hallé luego al que ama mi alma; Lo así, y no lo dejé. O, imitando a Jacob: No te abandonaré hasta que me hayas bendecido. O más bien, yendo más allá de Jacob: No te dejaré, aun cuando me hayas bendecido.
En efecto, Jesús la bendice y le perdona sus pecados, pero ella no lo abandona; y cada vez que puede, regresa a sus pies, ya que no quiere una bendición, sino que lo quiere a él entero.

[...]

Magdalena, no temas. El que confiesa en El Cantar de los cantares que dejó apresar su corazón por un solo cabello de su Esposa, ¿podrá desenredar de sus pies la trampa de tu cabellera entera? ¿Temes que escape, rompiendo tus lazos fácilmente?
No, no: no busques a otros. Aprende a conocer el genio del amor: no se niega a ser cautivo; pero quiere a la vez ser libre. Quiero decir que el amor sólo quiere ser cautivo por su propia voluntad. Quiere lazos delicados y tiernos; lazos que sean fuertes simplemente porque no se les quiere quebrantar. Tus cabellos bastan entonces para tomarlo y atarlo, y no podrás hallar lazos más apropiados.

[...]

Ve, corazón exhausto, fatigado, corazón que nunca encontraste quien fuese capaz de recibir la inmensidad de tu amor, ve a abismarte en el Océano; ve a perderte en el infinito; ve a absorberte en el Todo. Ahí nace en el corazón de Magdalena un tierno y apasionado no sé qué, que sólo busca ocuparse de Jesucristo; que languidece, que desfallece, que se deja llevar por él.

A cada momento, ella muere, y a cada momento, besando los pies de Jesús, renace a una vida nueva, para inmolarse justo depués. Magdalena se da entera y prodiga todo: sus perfumes, sus cabellos, sus lágrimas, sus suspiros y su corazón mismo. Pareciera que desea agotarse para su Amado. Teme sin embargo el agotarse, ya que quiere dar, sin mesura alguna.

3

Si su prodigalidad es infinita, su avidez no lo es menos. Ella no puede dejar de besar los pies de Jesús, y Jesús supo adivinar el hambre furiosa de este amor insaciable. Desde que entré, dice, no ha dejado de besarme los pies.
[...]

He aquí entonces María Magdalena, atada a Jesús corazón a corazón, íntimo a íntimo. No vive más que para Jesucristo; y, ¿se sorprenderán si lo sigue por doquier, en sus viajes, en sus suplicios, y hasta los horrores del sepulcro? Ella busca por doquier a su Único, el único objeto de su amor, el único e inquebrantable amparo de su corazón desfalleciente, y no lo puede encontrar.

En qué piensas, Jesucristo, al atraer los corazones tan intensamente, al atarlos a Tí, y luego retirarte de manera tan imprevista? Oh, ¡qué cruel eres! Oh, ¡cómo juegas con los corazones que te aman!

Es el método de Jesucristo, es su actitud ordinaria. Atrae poderosamente a los corazones, los vuelve ávidos e insaciables, se los gana, los domina, los ata, se da a ellos de mil maneras para liarlos de tal manera que no respiren más que por él; y tan pronto como están atados sin remedio, se retira, se esquiva, los pone a prueba con fugas y privaciones horribles. Éstos se quejan, y Jesús se ríe de sus quejas; los deja agotarse y consumirse a través de avideces innombrables. Él mismo atiza el fuego para quemarlos, y los ve de lejos sin conmoverse, jugando, por así decirlo, con sus arrebatos y sus furores.

[...]

De esta manera trató Jesús a María Magdalena. Al principio, no le niega nada. (...) Magdalena, cautivada por su bondad, se compromete y se ata. Jesús, viendo este amor bastante firme, poco a poco retira su mano. No dar más es poca cosa: le quita poco a poco lo que hasta ahora le ha dado. Se prepara a morir; quiere que Magdalena esté presente. Le habla a su santa madre y a su discípulo querido; pero no le dirige la palabra a su casta amante, que languidece al pie de la cruz.

Ella no se desanima: sigue a los que lo sepultan para ver adónde llevan su cuerpo. (...)

[...]

Magdalena, ¿qué buscas? Él ya no está.

[...]

Finalmente, aparece Jesús, él mismo, pero como un desconocido. Se deja reconocer; querrá tal vez contentar a su ávido amor. En lo absoluto. Al contrario, quiere atormentarlo sin medida; ya que, al precipitarse impetuosa Magdalena hacia él, Jesús le dice: No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre. Oh Dios, qué amante, ¡aparecer frente a su amada sólo para anunciarle su pronta partida! Pero déjala al menos que bese tus pies. No, no lo harás. Ella se lanza, creyendo encontrar en Jesús la misma soltura, y éste la empuja y le dice No me toques, que todavía no he subido al Padre. Palabras inventadas para ser eternamente el tormento de un amor. No me toques ahora que estoy entre tus brazos; espera a tocarme cuando haya subido a los cielos. Vete de mí mientras estoy presente; espera y tócame cuando ya no esté sobre tierra; te abalanzarás entonces con todas tus fuerzas. Es como si dijera: Consúmete, rómpete el corazón con esfuerzos inútiles. ¿No es burlar al amor el hablarle de este modo?

[...]

Ella entonces corre, busca, se consume, se agota, se desgarra el corazón con deseos violentos. Es ahí donde el amor, frustrado de no tener lo que desea, entra en furor y no puede más soportar la vida. Magdalena, urgida y exhausta, no puede abrazar a Jesús más que a través de las oscuridades de la fe, es decir que puede besar más bien su sombra y no su cuerpo.

4

[...]

Dentro de poco, dice [Jesús] a la Iglesia, ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver. ¡Cuánta dulzura en estas palabras! O más bien, ¡cuánta crueldad en estas palabras!

¿A quién hablas así, oh Jesucristo? ¿Sabés que le hablas a corazones que te aman? Cuentas por nada los siglos enteros de privaciones, cuando al amarte los momentos mismos son eternidades. Porque eres la Eternidad misma, y no se cuentan los momentos cuando se sabe que a cada momento se pierde la eternidad entera.

[...]

¿Qué le dirás, Magdalena, a Jesús tu amante? ¿Te quejarás que te ha engañado? No, no: no te engaña; o, si nos engaña, es de otra manera. Es que nos une a él más íntimamente cuando todos nuestros sentidos resienten únicamente alejamiento y separación. Es de esta manera que el amor debe ser tratado durante este peregrinaje. Tiene que alimentarse de fe; vivir únicamente de esperanza; debe crecer entre los abandonos y las privaciones más insoportables; porque no debe solamente morir, sino morir mártir de Jesucristo: que sus propios ardores sean su martirio, y que el Amado sea su tirano.

5

Abramos el sagrado Cantar, y leamos en él el misterio del amor. Veremos que la Esposa suspira siempre; siempre aspira; siempre expira y languidece. Casi nunca se lee un momento de júbilo. Siempre: Ven. Siempre: Tórnate. Dice casi siempre: lo busqué, Trabé de él, y no lo dejé. Nunca: Lo tengo, lo poseo.

Viene como por brincos y saltos, semejante a los corzos, y a los cervatinos. Aparece; habla; y después huye. Mira, pero a través de ventanas; se deja ver, pero a través de rejas. Encuentra a la Esposa dormida, y no quiere que se le despierte; por miedo a que ésta sienta demasiado su presencia. Lo tuvo, dice ella, y jura no dejarlo jamás; pero él se escapa solo. Y regresa; llama a la puerta; desespera que se le abra; ella demora un poco; él pasa la mano por un agujero; esparce un poco de mirra, algun presente; todas las entrañas de la Esposa se conmueven por esta señal. Se levanta exaltada; corre para abrir la puerta; su Amado ha pasado de largo.

[...]
Tal es la condición del amor de los viajeros, en el cual Dios se manifiesta escondiéndose; no para satisfacer, sino para irritar al amor. Ya que, durante el tiempo de este exilio, nunca está tan presente como cuando parece alejarse y que se le pierde de vista, y su majestad se manifiesta cuando destruye y disipa hasta la vista de ésta. Es por esto que la divina Esposa, habiendo aprendido que al amado le place comunicarse mientras se escabulle, que sus fugas son sus encantos, sus esperas – impaciencias-, sus rechazos –dones-, que sus desprecios son caricias; cuando ve que el Esposo es totalmente suyo cuando parece perderlo; después de cansarse llamándolo, instruída por las experiencias del amor durante el exilio, entonces sigue sus ímpetus y su cántico diciendo: Huye, Amado mío; fuge, dilecte mi.

La Esposa quiere que huya a la misma velocidad que le había deseado para que llegase. Tórnate, amado mío, decía, sé semejante al gamo, o al cabrito de los ciervos. Y ahora dice: Huye, amado mío; y sé semejante al gamo, o al cervatillo.

¡ Qué extraña e incomprensible actitud de la Esposa! ¡Decir con tanto ardor : Regresa, Amado mío, y decir justo después: Huye, amado mío; y querer dar a los pies del amado la agilidad de los corzos y de los ciervos para apresurar y precipitar su huida! ¿Será inconstancia? ¿Será hastío? ¿Será algún despecho amoroso? De ninguna manera. Es un efecto admirable del misterio del amor. Ella ve que su casto Esposo se da a la vida huyendo, escondiéndose, escabulléndose. Así, lo empuja a huir; y lo que es más sorprendente, es que lo hace en el momento en que éste la acaricia más tiernamente que nunca.

Él dice: Oh, Tú que moras en los huertos, entre las flores, entre los perfumes, entre las frutas, entre las delicias del santo y divino amor, los compañeros escuchan tu voz - Házmela oir : quae habitas in hortis, fac me audire vocem tuam. Querrá aparentemente escuchar de ella palabras dulces, y recibe por toda caricia las siguientes: Huye, amado mío; Y sé semejante al gamo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas. Ella ama más sus propias privaciones que los dones y favores que le puede ofrecer a Él. Es por esto que se exclama: Huye. Y de esta manera se cierra el Cantar de los cantares.

Es que esta es la consumación de todo el misterio del santo amor. Todos los ardores y todos los ímpetus se terminan, ya que se trata de perderlo todo. Magdalena, poseerás y besarás los pies de Jesús en los primeros días del amor. Cuando habrá que consumarlo, Jesús te dirá: No me toques más.

Tal es la conducta, tales son los recovecos, tal es la tiranía del amor divino durante estos tiempos miserables de cautiverio y de exilio. Vendrá el día de la eternidad, en el que veremos, en el que amaremos, en el que nos regocijaremos, en el que viviremos por los siglos de los siglos.


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