sábado, junio 16, 2012

Rainer María Rilke: Encajes...

(…) Yo también estaba muy agitado cuando aparecían los encajes. Estaban enrollados en un cilindro de madera que el espesor del encaje impedía ver. Y ahora los deshacíamos con lentitud y mirábamos los dibujos desenrollarse y nos asustábamos un poco cada vez que alguno terminaba. ¿Se detenían tan rápidamente?
Primero había bandas de trabajo italiano, piezas coriáceas con hilos estirados, en las que todo se repetía sin cesar, con una clara evidencia como un jardín aldeano. Y después, de pronto, una larga serie de miradas nuestras quedaba enrejada en el encaje de aguja veneciana, como si fuésemos claustros, o más bien prisiones. 
Pero el espacio se hacía libre y se veía lejos, en el fondo de jardines que se hacían cada vez más artificiales, hasta que todo ante los ojos se volvía frondoso y tibio, como en un invernadero: plantas fastuosas que no conocíamos desplegaban hojas inmensas, lianas extendían sus brazos unas hacia otras como si un vértigo las hubiese amenazado, y las grandes flores abiertas de punto Alencon turbaban todo con su polen extendido. De pronto, agotado y turbado uno estaba fuera y hacía pie en una larga pista de las Valenciennes, y era invierno, de madrugada, y había escarcha. Y se lanzaba a través de las frondas cubiertas de nieve de los Binche, y llegaba a lugares en los que aún no había andado nadie; ¡las ramas se inclinaban tan extremadamente hacia el suelo!; quizás había una tumba allí debajo, pero nos lo ocultábamos el uno al otro. El frío se estrechaba cada vez más contra nosotros, y mamá terminaba diciendo cuando llegaba el fino encaje de bolillos: “ ¡Oh!, ahora nos vienen cristales de  hielo a los ojos”, y era cierto, pues dentro de nosotros hacía mucho calor.
Suspirábamos los dos de pena por tener que enrollar de nuevo los encajes. Era un trabajo largo, pero que no queríamos confiar a nadie.
“Piensa si hubiésemos tenido que hacerlo nosotros”, decía mamá; y tenía un aire  verdaderamente aterrado. Y, en efecto, yo no me lo figuraba. Me sorprendía pensando en animalitos que hilan siempre y que en cambio los dejan en reposo. Pero no; naturalmente eran mujeres.
“Seguro que han ido al cielo las que han hecho esto”, decía yo, penetrado de admiración. Recuerdo, pues esto me extrañó, que desde hacía tiempo yo no había preguntado nada sobre el cielo. Mamá suspiró cuando los encajes estuvieron reunidos de nuevo.
Después de un instante, cuando yo ya había olvidado lo que acababa de decir, pronunció con lentitud: "¿Al cielo? Creo que están enteras aquí dentro. Cuando se mira así, esto podría ser una beatitud eterna. ¡Se sabe tan poco de todo esto!”.

*Rilke. Los cuadernos de Malte. Editorial Losada, Buenos Aires. Traducción: Francisco Ayala.

 
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