jueves, febrero 03, 2011

Tatiana Oroño: De La piedra nada sabe


Tejidos

Alguien me enseñó a tejer con bolillos y aprendí. En un patio con glorieta, fuente de azulejos moriscos y tuberías rotas. La labor consistía en ir siguiendo el dibujo del modelo en papel pinchado sobre una almohadilla alargada con varios hilos en cuyas puntas, atados, los bolillos sonaban, al chocar entre sí, con minúsculo zapateo. La almohadilla estaba acostada sobre una especie de cama de muñecas. No era una cama, se llamaba escalerilla. Con ella en la falda aprendí a pasar de un lado a otro los trémulos garrotes que al irse entrecruzando iban trabando un tejido arborescente. Mi instructora lo remató. La labor calada sin gancho de aguja era fruto de un juego al aire libre, resultado de un baile de pequeños zuecos de boj.
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Encaje de Brujas

En mi familia éramos laicos, gente sin fiestas de comunión ni bautismos, ni esa ilusión de vestidos blancos que compartían los demás. Pero a los 7 años sentí el llamado de la fe. Con la punta de los dedos eché mano a un panadero a la deriva. Porque sabía que si arrancaba la semilla, un pan diminuto invaginado en el pompón ingrávido, podría pedir un deseo. Pedí que mi padre volviera y riera ella, porque una madre sin risa es algo complicado. Lo dejé en el aire y ahí quedó, en suspenso, indeciso. Soplé para que se llevara el pedido a destino. Que no podía ser otro que la buena voluntad de Dios. Quien tenía que estar de mi parte.
Años después escribí un nombre de varón en un vidrio empañado. El vidrio era casi tan alto y ancho como la pared. Afuera, de noche. En la superficie condensada de frío desnudé letras que desquitaban del impredecible futuro calando en el cielo la escritura bordada por la punta del dedo. Estoy segura que los poderes puestos en obra por aquel conjuro eran de naturaleza inviolable. Puse al cielo en función indeleble de papel de calco. Así se golpea, comprendí, a las puertas del corazón de la misericordia. Desde adentro de esta casa triste y con un solo dedo grabar un nombre en la memoria del cielo es caer de rodillas sin doblarlas.
Años después el hijo la llamaba por teléfono desde el exilio en México. Ella me dijo por qué mantenía durante todos esos años el jardín con tanta pulcritud de podas, injertos y trasplantes, el año entero con la espalda doblada. Cuando me confió que trabajaba para que el día que él llegase lo encontrara todo lindo, como siempre, entendí.
También actúo así. Parecido. No vendrá nadie en Navidad. Pero estrené el mantel amarillo. Tapé el pan dulce con la servilleta bordada en España. Tampoco fue usada nunca.
Dos piezas labradas con el arte del encaje de Brujas.
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Con la suerte de un huevo crudo

La vida fue partida como un huevo crudo y así se inauguró mi segunda infancia. Lo incierto me esperaba como a un huevo desvalido, tras un golpe seco. Despojado de su cáscara y forma ovoide y en instantes, sin que él pudiera prevenirlo, también de su carne de agua viva.
Una yema rolliza me quedó atrapada en un lugar.
Más inteligente que un huevo me aferré a lo mío antes que los filos de cualquier herramienta rasgaran la última membrana de lo que quedaba.
Desde entonces pensé, con la imaginación de un huevo, que la vida probablemente consistiera en pasar por eso. Primero un tanteo suave para asegurarse, y un golpe seco que divide la cáscara en dos cuencos pronto vacíos.
Los cuencos han sido vaciados de su cristalino por una costumbre ciega.

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El martirio del agua

A los veinte y pico, la vida había vuelto a partirse.
Él había dicho que creía estar enamorado de otra. Y en respuesta la vida la había hecho pararse e irse a controlar la cartilla de horarios del suero y los inyectables.
No dejes que te roben el alma – le advertía el abuelo a la madre de la niña enferma. Y la advertencia dejaba claro que todo lo demás no dependía de uno. Te podían robar el cuerpo.
Ella tanteaba buscando el tesoro. El alma. Con las uñas roídas. Los dedos arrugados como pasas de uva.
Podía estar en aquella hoja húmeda donde se habían diluido las palabras escritas. Reescribía el papel hinchado con distintas frases enteras o rotas, o las mismas, repetidas muchas veces, mientras lo miraba sin tocarlo. Ellas se adherían y se despegaban. Eran consignas, palabras de amor, libros enteros, pancartas, pasacalles. Declaraciones de derechos. Reflexiones filosóficas. Anotaciones al margen. Notas al pie. Se mostraban en el papel como se muestra el visado de un documento, como se atestigua identidad en una aduana. Se mostraban y desaparecían. El papel tenía cuerpo. Un cuerpo blando embebido. A él podían asomarse ediciones enteras, de todos los tiempos
Ante un cuerpo se puede imaginar. Ante un cuerpo sobreviviente al martirio del agua imaginar es inevitable.
Los libros que les habían sido robados avanzaban en líneas que recordaban cada una su lugar, en capítulos enteros capaces de reagruparse por su fuerza de cohesión, por la memoria localizada de cada una de sus mínimas partes. El alma de la literatura transitaba por la hoja borrada con unanimidad de movimientos, multitudinaria, organizada. A ritmo de aeropuerto.
Y aunque hubiera transmigrado el alma de la revolución también hundía su huella en el papel donde habían naufragado las palabras que se habían vuelto ilegibles.

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Estación Central

Cuando íbamos a viajar, una vez por año, el día empezaba de noche. Madrugábamos y las cosas entraban a los ojos más llenas de luz. De una luz más levantada y potente, con refracciones que inundaban el comedor y se multiplicaban en los rincones iluminados a deshora. En las tazas del desayuno apurado bajo luz artificial rebotaba el chorro de agua. Anómalo. Subíamos con los sentidos encandilados en el taxi a oscuras. Nos dejaba en la Estación Central. Por cualquier entrada se desembocaba en el hall que atravesábamos como si supiéramos que el cielo sólo aclararía después de haber subido en penumbras al vagón. Y sólo amanecería, con olor a tierra, cuando el tren partiera. Mientras tanto el cielo esperaría. Caminábamos en dirección a la boletería como si nos reabsorbiera la inmovilidad del sueño. La extensión nos bebía los pasos. El vendedor daba pasajes recortado en la ventanilla de barrotes de bronce siempre lejana. Caminábamos en el tumulto de los viajeros sumergidos en el tamaño inabarcable del viaje.


*Poeta y narradora uruguaya (San José, Uruguay, 1947). Publicó diversos libros.
**Los textos que se transcriben están incluidos en su libro La piedra nada sabe.
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