miércoles, enero 26, 2011

Thomas Mann: El camino del cementerio


El camino del cementerio pasaba junto a la carretera, seguía siempre a su lado hasta llegar a su destino, el cementerio. Al otro lado de la carretera había en primer término viviendas, edificios nuevos del suburbio, algunos todavía en construcción; y a continuación se encontraban unos campos. En cuanto a la carretera, franqueada por árboles, añosas hayas nudosas, estaba sólo en parte pavimentada, mientras que el camino del cementerio estaba tapizado de guijarros, cosa que le daba un aspecto de agradable sendero. Una pequeña zanja seca, llena de hierba y llores silvestres, separaba la carretera del camino.
Era ya muy entrada la primavera, próximo el verano. El mundo aparecía risueño. El cielo azul del buen Dios estaba poblado de nubecitas blancas, redondas y compactas, salpicado de diminutos grumos, blancos como la nieve, de graciosas formas. Los pájaros gorjeaban en las hayas, y sobre los campos se deslizaba un suave airecillo.De un pueblo cercano se aproximaba un carruaje en dirección a la ciudad. Tuvo que pasar un trecho por la parte pavimentada y otro por la parte no pavimentada de la no pavimentada de la carretera. El carretero dejaba colgar las piernas por ambos lados de la lanza, silbando del modo más desastroso. En la parte trasera estaba sentado, dándole la espalda, un perrito de color amarillento que miraba por encima de un puntiagudo hocico, el camino que se iba esfumando con un semblante indescriptible, serio y concentrado. Era un perro sin igual, una verdadera joya de perro, un perro que le alegraba a uno el alma; mas desgraciadamente esto no viene al caso y debemos volver a nuestro tema.Pasó desfilando un grupo de soldados. Provenían de un cuartel cercano y marchaban silbando a su aire. Un segundo carruaje, que venía de la ciudad, se dirigía lentamente al pueblo cercano. El carretero dormía y en el carro no había ningún perro, por lo que este carro carece de todo interés. Dos jóvenes operarios venían andando. Uno era jorobado y el otro alto como un gigante. Andaban descalzos, pues llevaban sus botas colgadas a la espalda, gritaron alguna cosa con buen humor al carretero y siguieron adelante. El tránsito era más bien regular, sin complicaciones ni incidentes.

Por el camino del cementerio sólo se veía a un hombre; caminaba despacio, con la cabeza caída y apoyado en un bastón negro. Este hombre se llamaba Piepsam, Lobgott Piepsam, y nada más. Mencionamos expresamente su nombre por el modo singular como se comportó.
Vestía de negro porque iba a visitar las tumbas de sus seres queridos. Llevaba un tosco y desharrapado sombrero de copa, una levita desgastada por el tiempo, pantalones que le iban demasiado estrechos y demasiado cortos, y unos guantes negros, raídos de todos lados. Su garganta, una garganta larga, enjuta, con una gruesa nuez, surgía de un cuellopostizo - de bordes raídos - que se deshilaba. Pero cuando este hombre levantaba la cabeza - lo hacía de vez en cuando para ver cuánto le faltaba todavía para llegar al cementerio -, entonces se podía ver un rostro singular, un rostro que, sin duda, no se podría olvidar tan prontamente.

Era un rostro bien afeitado y pálido. Sin embargo, de entre las hundidas mejillas se destacaba una bulbosa nariz, de un color rojo excesivamente encendido y poco natural, repleta en su superficie de una serie de pequeñas protuberancias, tumores malsanos, que le conferían un aspecto disforme y fantástico. Esta nariz, cuyo intenso color contrastaba violentamente con la palidez mortecina de la cara, tenía algo de fabuloso y pintoresco, parecía postiza, como si se tratara de una nariz de carnaval o de una broma melancólica... Pero esto no cuadraba con él... Mantenía la boca cerrada, una boca ancha, de comisuras hundidas, y cuando alzaba la vista, sus cejas negras, con algunos pelillos blancos, se levantaban bajo el ala del sombrero, y entonces se podía ver con toda claridad cuán inflamados y tristemente hundidos eran sus ojos. Sin embargo era un rostro que a veces podía inspirar viva simpatía.

El aspecto de Lobgott Piepsam no era de lo más alegre. No armonizaba con esta risueña mañana. Incluso tratándose de alguien que iba a visitar la tumba de sus seres queridos, resultaba su aspecto demasiado triste. Sin embargo, si uno consultaba su corazón, forzosamente tenía que admitir que existían suficientes motivos para ello. Piepsam estaba un poco deprimido, ¿cómo diría yo...? - es difícil hacer comprender a personas alegres como vosotros una cosa parecida -, era un poco desdichado, había sido un poco maltratado por la vida. ¡Mas ay!, si he de decir la verdad, no lo era sólo un poco, lo eramuchísimo. Era muy desgraciado, sin exageración.

En primer lugar, era dado a la bebida. Pero no hablemos de esto. En segundo lugar, era viudo, huérfano y abandonado de todos; no le quedaba en el mundo ni una sola alma amiga. Había perdido a su mujer - su nombre de soltera era Lebzelt - al dar a luz un niño antes de los seis meses; era el tercer hijo y había nacido muerto. Los otros dos también habían muerto: uno de difteria, el otro de nada en concreto, probablemente de debilidad general. Pero no se acabaron aquí los infortunios. Poco después perdió sus medios de subsistencia: fue desposeído vergonzosamente del empleo con que se ganaba la vida. Y todo esto fue sumándose a aquel vicio, más fuerte que Piepsam mismo. Al principio tal vez hubiera podido atajarlo, pero periódicamente se fue abandonando a él desenfrenadamente. Cuando le fueron arrebatados esposa e hijos, cuando se vio solo en el mundo, sin ninguna clase de ayuda, y sin familia, el vicio se apoderó de él y poco apoco fue quebrando su resistencia espiritual. Había sido funcionario de una compañía de seguros, una especie de copista importante, con un sueldo mensual de noventa marcos.
Sin embargo, en el estado de irresponsabilidad en que se encontraba, cometió equivocaciones garrafales, y tras repetidas advertencias, fue finalmente despedido por su constante falta de formalidad.Desde luego que esto no levantó los ánimos de Piepsam, antes bien le precipitó a la ruina total, pues debéis saber que la desdicha del hombre mata poco a poco su dignidad -es conveniente dedicar un poco de atención a estas cosas -, y por esto le coloca en una situación singular y terrible. De nada sirve que el hombre afirme su propia inocencia: en la mayoría de los casos se despreciará a sí mismo por su desgracia. Ahora bien, el autodesprecio y el vicio se hallan en la más escalofriante relación, van siempre juntos, seayudan mutuamente. Es una cosa terrible. Y esto es lo que pasaba con Piepsam. Se dio a la bebida porque no se estimaba, y cada vez se estimaba menos porque el fracaso continuo de sus buenos propósitos quebrantó su confianza en sí mismo. En un armario ropero solía guardar una botella de un líquido venenoso amarillento - por prudencia nos callamos su nombre -.

En cierta ocasión Lobgott Piepsam había caído literalmente de rodillas ante este armario y se había cortado la lengua con los dientes; no obstantefinalmente sucumbió.. Ciertamente no resulta agradable contaros estas cosas, pero son instructivas. Así pues, iba este hombre por el camino del cementerio, golpeando con su bastón negro el suelo. El suave vientecillo jugaba con su nariz, pero él no lo notaba. Con las cejas completamente alzadas, sus ojos hundidos y tristes miraban el mundo, ¡qué hombre tan mísero y perdido! De repente oyó un ruido a su espalda y se puso a escuchar: desde lejos se acercaba un suave rumor a toda velocidad. El hombre se volvió y se quedó parado escuchando...

Era una bicicleta, cuyos neumáticos rechinaban al contacto con el suelo lleno de guijarros, se acercaba a toda marcha. Pero luego tuvo que disminuir considerablemente su velocidad, porque Piepsam no se movía de en medio del camino.

En el sillín iba sentado un joven, un jovencito más bien, un turista despreocupado. Desde luego, no tenía ninguna pretensión de ser contado entre los grandes y poderosos de este mundo! Conducía una bicicleta de mediana calidad, - no importa de qué marca -, que costaría unos doscientos marcos y había dado buen resultado por casualidad. Y con ella acababa de salir de la ciudad para correr un poco por el campo, pedaleaba como unrayo a través de la inmensa y libre naturaleza del buen Dios. ¡Bien por el chico!, llevaba una camisa de colores, una chaqueta gris, botas de deporte y la gorra más arrogante del mundo: era un ingenio de gorra, de cuadros verdes, con un botón en lo alto. Por debajo de la gorra asomaba un espeso tupé de cabello rubio revuelto, que le caía sobre la frente.

Sus ojos eran de un azul brillante. Se acercaba como la vida y tocaba el timbre; pero Piepsam no se apartó ni un pelo del camino. Permanecía de pie y contemplaba a la vida con rostro impasible.La vida le echó una mirada llena de enojo y se le acercó despacio, al tiempo que Piepsam empezaba a andar de nuevo. Pero cuando ella, la vida, pasó por su lado, dijo Piepsam pausadamente y en tono grave:

- Número nueve mil seiscientos siete.

Luego apretó los labios y se puso a mirar fijamente el suelo a sus pies, mientras sentía sobre sí la mirada de la vida.

La vida se había vuelto. Tenía una mano apoyada en el sillín y conducía despacio.

- ¿Cómo dice? -preguntó...

- Número nueve mil seiscientos siete - repitió Piepsam - ¡Oh!, no es nada. Le voy a denunciar.
- ¿Que me va a denunciar? -preguntó la vida volviéndose todavía más y conduciendo más despacio, de modo que para guardar el equilibrio tenía que apoyarse en el volante...

- Claro - respondió Piepsam a una distancia de cinco 0 seis pasos.

- Pero, ¿por qué? -preguntó la vida y desmontó. Se quedó de pie parecía muy sorprendido.- Sabe muy bien por qué.
- No, no lo sé.
- Pues debería saberlo.

- Pero no lo sé -dijo la vida - ¡y me interesa muy poco saberlo!- Y diciendo esto se dispuso a montar de nuevo en la bicicleta. Verdaderamente no tenía pelos en la lengua.

- Lo denunciaré porque va en bicicleta por aquí, no por allí, por la carretera, sino por aquí, por el camino del cementerio -dijo Piepsam.

- Pero, ¡querido señor! -dijo la vida con una sonrisa de enfado e inocencia, al tiempo que se volvía y ponía de nuevo pie a tierra-.
- Mire usted, todo el camino está lleno de señales de bicicleta... Por aquí pasa todo el mundo en bicicleta...

- Me da igual - replicó Piepsam -, le denunciaré.

- Pues bien, ¡haga lo que le dé la gana! - gritó la vida, y montó en la bicicleta. Esta vez montó de verdad, y no se puso en ridículo fracasando en el intento; se dio impulso una sola vez con el pie, se sentó seguro en el sillín y se puso a pedalear con todas sus fuerzas para recobrar la velocidad que su temperamento exigía.

- Si continúa pasando por aquí, por ese camino del cementerio, tenga por seguro que le denunciaré - dijo Piepsam con voz fuerte y temblorosa. Pero a la vida no le inquietaba demasiado esto; continué pedaleando cada vez a mayor velocidad.

Si en este momento hubierais visto el rostro de Lobgott Piepsam, os hubieseis estremecido de la cabeza a los pies. Apretó sus labios tan fuertemente, que sus mejillas, e incluso su encendida nariz se trasmudaron. Bajo las cejas, levantadas forzadamente, sus ojos seguían el vehículo que se alejaba con expresión de loco. De repente se precipitó tras él. Recorrió en un momento el trecho que le separaba de la máquina, y se agarró a la bolsa del sillín; se asió a ella con ambas manos, se colgó con todo el peso de su cuerpo y zarandeó con todas sus fuerzas la bicicleta que, impulsada hacia delante, iba en zigzag. Y todo esto con los labios apretados de un modo sobrehumano, en silencio y con una mirada salvaje. Quien le hubiera visto, seguramente se habría preguntado si se proponía impedir al joven continuar su camino, o bien si estaba poseído de un inmenso deseo de hacerse remolcar, para subirse detrás de la bicicleta y acompañar al muchacho a dar unas vueltas pedaleando como un rayo por la inmensa y libre naturaleza de Dios..., ¡viva! La bicicleta no pudo resistir mucho tiempo este peso desesperado; se paró, se inclinó y volcó.

Entonces la vida se puso furiosa. Había conseguido levantarse sobre un pie, levantó el brazo derecho y dio tal puñetazo en el pecho del señor Piepsam, que éste retrocedió vacilando algunos pasos.Luego dijo la vida con voz irritada y amenazadora:

- ¡Está usted borracho, hombre! Si se le ocurre detenerme otra vez, le parto la crisma, ¿me entiende? ¡Queda advertido! -Y diciendo esto volvió la espalda al señor Piepsam, se colocó la gorra en la cabeza con un movimiento de indignación y montó de nuevo en la bicicleta. No, realmente no tenía pelos en la lengua. Tampoco esta vez le falló el sistema.

Un solo intento le bastó, se sentó seguro en el sillín y puso en marcha la máquina.
Piepsam veía cómo su espalda se iba alejando cada vez más de prisa.Permaneció de pie jadeante y siguiendo a la vida con la mirada... No se caía, no le sucedía ningún accidente, ningún neumático reventaba, ninguna piedra se le interponía en el camino; la vida saltaba por el camino como si tuviera muelles. Y Piepsam empezó a chillar y a echar pestes -muy bien se le hubiera podido llamar rugidos a aquello, pues no parecía ya una voz humana.

-¡No seguirá adelante! -gritó-. ¡No lo hará! Irá por fuera del camino del cementerio, ¡¿me oye?!... ¡Se apeará, se apeará inmediatamente! Le denunciaré, le demandaré. ¡Dios mío! Si por lo menos te cayeras, si te cayeras de una vez, canalla fanfarrón, te pisaría, con la bota te pisaría la cara, maldito granuja...

¡Nunca se habrá visto cosa semejante! ¡Un hombre maldiciendo en el camino del cementerio, un hombre que vociferaba como un poseso, bailaba de indignación, hacía cabriolas, movía brazos y piernas, y no sabía estarse quieto! El vehículo ya se había perdido de vista, y Piepsam continuaba alborotando en el mismo lugar.

- ¡Detenedle! ¡Detenedle! ¡Monta en bicicleta por el camino del cementerio! ¡Partidle el alma a este condenado mequetrefe! ¡Ay..., ay¡... Si te tuviera a mano, te desollaba, perro, majadero, idiota, fanfarrón, imbécil, ignorante, sietemesino!... ¡Apéate! ¡Apéate ahora mismo! ¿Es que nadie te hace morder el polvo...? ¡Pasear en bicicleta! ¿Dónde se ha visto cosa semejante? ¡Y por el camino del cementerio! ¡Rufián! ¡Sinvergüenza! ¡Mico condenado! ¿Tienes ojos azul brillante, no? ¿Y nada más? ¡Que el diablo te los arranque, ignorante, fanfarrón, ignorante, ignorante...! Piepsam se puso a decir términos imposibles de reproducir, se encrespó cada vez más, y profirió ignominiosas maldiciones con voz cascada, al tiempo que crecía la rabia de su cuerpo. Un par de niños con una cesta y un perro faldero se acercaban por la carretera; treparon por la zanja y rodearon al vocinglero mirando llenos de curiosidad su rostro descompuesto. Los gritos habían llamado también la atención de algunas personas que trabajaban allí cerca en las nuevas construcciones o habían empezado ya a echar la siesta.

Algunos hombres, así como mujeres que trabajaban la argamasa, se acercaron por el camino hacia el grupo. Piepsam, sin embargo, se encolerizaba por momentos, cada vez estaba peor. Agitaba los puños a tontas y a locas hacia el cielo y en todas direcciones, pataleaba, daba vueltas sobre sí mismo, doblaba las rodillas y de un bote se levantaba de nuevo, fatigado de tanto gritar. Ni por un instante dejaba de decir pestes. Apenas si tenía tiempo de respirar, y era asombrosa la cantidad de palabras que salían de su boca. Su rostro estaba terriblemente hinchado, su sombrero de copa se le había caído hasta la nuca, y la pechera le colgaba por fuera del chaleco. Hacía rato que se había puesto a hablar de generalidades y decía cosas que ni de lejos tenían nada que ver con el caso.
Eran alusiones a su vida viciosa y a la religión, proferidas en tono inconveniente y
entremezcladas de descabelladas blasfemias.
-¡Acercaos, acercaos todos! -rugió -. No sólo vosotros, vosotros y los demás. ¡Eh, vosotros!, ¡los de las gorras y ojos azul brillante! Quiero gritaros verdades en los oídos, que os pondrán los pelos de punta para siempre, ¡pobres diablos ... ! ¿Os burláis ¿Os encogéis de hombros?... Yo bebo.,. ¡sí, bebo! Incluso me emborracho, si esto lo que queréis oír. Escuchad, chusma vanidosa, se acerca el día en que Dios nos juzgará a todos... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡ Infieles inocentes...! ¡El Hijo del Hombre vendrá entre nubes, y su justicia no es de este mundo! Os echará a las tinieblas exteriores, a vosotros, razadespreocupada, donde hay llanto y...

El grupo se había hecho más numeroso. Algunos reían, otros le miraban con las cejas fruncidas. Habían llegado más obreros y mujeres de las construcciones. Un carretero había detenido su carruaje en la carretera, se había apeado y con el látigo en la mano se había acercado también atravesando la zanja. Un hombre sacudió a Piepsam por el brazo, pero de nada sirvió. Un grupo de soldados que marchaban por allí estiraron sus cuellos mirando hacia él. El perro faldero ya no podía estarse quieto por más tiempo, descansó sus patas delanteras en el suelo y le ladró en la cara con el rabo encogido.De repente, Lobgott Piepsam se puso a gritar de nuevo a pleno pulmón:

- ¡Te apearás, te apearás inmediatamente, mequetrefe ignorante! -describió con el brazo un ancho semicírculo y se desplomó sobre sí mismo. Yacía allí, repentinamente enmudecido, como un montón negro, en medio de la expectación general. Su sombrero de copa salió disparado, pegó un bote en el suelo y luego se quedó también tendido.

Dos albañiles se agacharon sobre el inmóvil Piepsam y empezaron a discutir sobre el extraño caso, en este tono espontáneo y sensato que tienen los obreros. Luego uno de ellos se puso en pie y desapareció a paso ligero. Los que quedaban hicieron todavía algunos ensayos con el que yacía en el suelo sin sentido. Uno le roció con el agua de una cuba, otro vertió un poco de aguardiente en el hueco de su mano y le frotó las sienes con él. Mas todos los esfuerzos fueron inútiles.
Pasaron algunos segundos. Luego se percibió un ruido de ruedas y un coche se acercó por la carretera. Era una ambulancia, y se detuvo en el lugar: estaba tirada por dos hermosos caballitos y a cada lado llevaba pintada una descomunal cruz roja. Dos hombres de elegante uniforme descendieron del pescante, y mientras uno de ellos se dirigía a la parte trasera del coche para abrir la portezuela y sacar la camilla corrediza, el otro corría por el camino del cementerio, apartaba a los mirones y arrastraba hacia el coche al señor Piepsam con la ayuda de un hombre del pueblo. Fue extendido sobre lacamilla y metido en el coche como un pan en el horno. Una vez cerrada la puerta, los dos hombres de uniforme subieron de nuevo al pescante. Todo esto se hizo con gran precisión, con un par de movimientos hábiles, tris tras, como en un número simiesco de circo. Y, luego, se llevaron a Lobgott Piepsam.
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