jueves, febrero 03, 2011

Fredy Yezzed: La sal de la locura

Es uno de esos hombres y mujeres que vagan como fantasmas por pasillos y patios, que se hacinan en celdas y salas, uno de esos hombres y mujeres sin rostro que habitan el cementerio viviente de un hospital psiquiátrico. Adentro soy yo y mi propia imagen. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro, dice Ariel Müller, personaje central de la inquietante travesía que nos propone Freddy Yezzed, el autor de este libro.
Movidas por una fuerza irreductible, las palabras de Müller resuenan como los huesos de las hojas secas al ser pisadas. Tal la sutileza y también la intensidad que las anima en su desesperado discurrir (Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma). Son palabras cuya precisión hace doler, y cuya pérdida por obra del olvido convierte al silencio en una materia tan letal como el filo del ala de una mariposa.
Acaso consciente del desafío que implica internarse en el camino “más alto y más desierto”-y esta vez son de Jacobo Fijman las palabras-, Fredy Yezzed altera la escena de representación poética tradicional, jugando al límite sus recursos: desde la impecable composición que lleva a cabo de su alter-ego Ariel Müller (véase la función que cumple en este sentido la inclusión del prólogo en este libro), hasta la acertada elección de la forma del poema en prosa, permiten traducir con fidelidad los movimientos, elucubraciones, ensueños y obsesiones de una existencia atravesada por la noche más oscura del alma.
Decir de ese dolor la verdad: acaso sea ese el mayor logro de La sal de la locura.
María del Carmen Colombo*

POR ACCIDENTE he pasado hoy la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: ¡había olvidado cómo era mi rostro! Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.
Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.



HAY UN HOMBRE en el jardín al que he llamado El perplejo de las lilas. Desde la madrugada se arrastra con su bata blanca como una rata enferma. Camina por las orillas de las paredes con un afán asustadizo. Cuando lo interrumpen en su camino se exalta, se lleva las manos a la cabeza y gruñe de una forma maligna. Baja las escaleras apoyado como un niño parapléjico. Desde muy cerca se puede apreciar una insólita mueca de malestar que se va tornando, poco a poco, mientras se acerca a las lilas, en una risita mongólica.
Frente a las lilas lo invade la infección de la felicidad. Brinca y levanta los brazos de una manera grotesca. Luego cae extenuado como la tristeza del plomo. Acerca su nariz a cada uno de los racimos de lilas. Las aspira como llenando sus pulmones con milagros. Entonces la luz las roza con su lengua y, una a una, las lilas van abriendo sus párpados. En sus alucinaciones o en las mías vemos una especie de insecto que quiso ser hada abrirse o aletear. El hombre es sacudido a ramalazos una y otra vez por la belleza. Por el movimiento insólito de la tierra. Por las pruebas de existencia que Dios nos revela ante nuestro asombro.
Nadie sabe cómo se llama aquel hombre. Yo lo miro desde lejos y me digo: El perplejo de las lilas.



LA SOLEDAD AQUÍ sólo remite a una pena: la idea de haber nacido en ninguna parte y de caminar a ningún lugar. En las tardes decenas de inciertos caminan por horas alrededor de la fuente. Sin saberlo, siempre en contra de las manecillas del reloj: siempre sin saberlo con el deseo de desdoblar el tiempo. Los miro amarrado a una columna. Me arrastra ese remolino humano. Ese ojo miope de Dios. Van todos detrás de un recuerdo grato: el chillido de las gaviotas junto al mar, el trabajo humilde de los hombres en el puerto, ese gorrión que salvaron de la muerte. La fuente como un huracán va convocando la vida invisible. La fuente va tejiendo ese instante en que la ternura se volvió desgracia.
La fuente como un canto de sirena me arrastra… y yo quiero saberlo todo.



HAY UN TERRIBLE abismo entre palabra y palabra, cuyo fondo es lo que no puedo nombrar. Ellas mienten como las sirvientas que ocultan el vaso quebrado del día. Ellas ocultan por ese miedo a desnudarse, a mostrarse en público con el rostro que no tienen. Las palabras trafican con el desencanto, me alejan del jardín exacto, de lo que aún no ha naufragado. Las palabras me vendan los ojos, me tientan a caminar en la oscuridad, me empujan por las escaleras. Creemos en ellas porque sólo entendemos el pequeño ensueño que arrojan de sus puños. Caen como un polvo en la noche. Suenan como un cuerpo desnudo contra el piso. La impotencia de inventar una palabra que me nombre. La felicidad está en lo que nunca dirán. Las palabras: sogas hechas a la medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia. Ni la tortura ni la espera paciente ni el caso omiso las conmueve. Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra alma. Quisiera, por un instante, asomar la punta de la nariz al jardín de la palabra noche. Quisiera por un milagro y, entonces, decir de este dolor la verdad.

*Texto contratapa del libro.
*Del libro La sal de la locura (Buenos Aires, 2o10), primer premio de poesía Macedonio Fernández 2010.
*Fredy Yezzed (Bogotá, Colombia, 1979, reside hoy en Argentina). Su segundo trabajo de poesía, El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, ha recibido una mención honorífica del Premio Nacional de Literatura-Poesía 2007 del Ministerio de Cultura de Colombia. Ha obtenido el XII Premio Nacional Universitario de Cuento Universidad Externado de Colombia 2001; el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2003; el Premio Nacional Poesía Capital 2005 y el XXVII Concurso Nacional Metropolitano de Cuento 2006. Es licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad de La Salle y profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana.
Publicar un comentario