sábado, octubre 12, 2013

Margaret Atwood, dos relatos






Autobiografía

Lo primero que recuerdo es una línea azul. Estaba a la izquierda, donde el
lago se fundía con el cielo. En aquel punto había una pared de arena, pero
no se veía desde donde yo estaba.
A la derecha el lago iba estrechándose hasta convertirse en un río y ha-
bía una presa y un puente cubierto, algunas casas y una iglesia blanca. Al
frente había una pequeña isla rocosa con unos cuantos árboles. A lo largo
de las orillas se veían grandes rocas erosionadas y los troncos cortados de
árboles enormes, que sobresalían del agua.
Detrás hay una casa, un camino que se adentra en el bosque, el acceso
a otro camino que no se veía desde donde yo me encontraba, pero que en
cualquier caso estaba allí. Al llegar a un punto el camino se ensanchaba;
la avena que en algún distante invierno se había caído de los morrales
que llevaban los caballos de los leñadores había germinado y crecido. Allí
anidaban halcones.
En una ocasión, en la isla rocosa había un esqueleto de ciervo medio
comido, que olía a hierro, olía como cuando se frotan las manos con
herrumbre y esta se mezcla con el sudor. Ese olor es el punto en que se
disuelve el paisaje, en que deja de ser paisaje y se convierte en otra cosa.


 Una parábola

Estoy en una habitación sin ventanas que se abran ni puertas que se cie-
rren, algo que puede parecer un manicomio, pero que en realidad no es
más que una habitación, la habitación en que una vez más me siento a
escribirte, otra carta más, otra hoja de papel, sorda, muda y ciega. Cuando
termine la tiraré al aire y por así decirlo desaparecerá, pero el aire no opi-
nará lo mismo.
Estoy escuchando tus preguntas. La razón de que no las conteste es
que de ninguna manera son preguntas. ¿Hay respuesta a una piedra o
al sol? “¿Para qué es esto?”, preguntas, a lo que solo se puede contestar
diciendo que no todos somos utilitarios. “¿Quién eres en realidad?” es la
pregunta que hace el gusano de la manzana mientras la atraviesa. Un co-
razón roído puede ser el centro, pero ¿es la realidad?
En cuanto a mí, tal vez no sea más que el espacio entre tu mano derecha
y tu mano izquierda cuando colocas las manos en mis hombros. Mantengo
tu mano derecha y tu mano izquierda separadas, a través de mí también
se tocan. Se parece al silencio, que también es un sonido. Yo soy el tiempo
que tardas en pensarlo. Entras en mi tiempo, sales de él, yo no puedo entrar
ni salir, ¿por qué preguntarme? Tú sabes cómo es y yo no. Los espejos no
sirven para nada.
Pregúntame en cambio quién eres tú: cuando entras en esta habitación
por la puerta que no está, no es a mí a quien veo, sino a ti.

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