jueves, junio 13, 2013

Hilda y Sigmund: Escrito en una pared...



“No me doy cuenta qué era específicamente lo que quería, pero sabía que, como mucha gente que conocía, en Inglaterra, en América, en el continente europeo, andaba sin rumbo. Por lo menos, sabía eso; (...) hacer inventario de mis modestas pertenencias de alma y cuerpo, y pedir al viejo Ermitaño que vivía en el límite de este vasto dominio que me hablara, que me dijera, si quería, cómo dirigir mi curso.”
 
("Advenimiento": págs. 142/143).
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“... sentí que encontrarlo a los cuarenta y siete años, y ser aceptada
por él como paciente o estudiante, parecía coronar todos mis otros vínculos y relaciones personales, justificar todas las espiraladas tortuosidades de mi mente y de mi cuerpo".
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"No sabía lo que lo había enojado súbitamente. Me volví y salí del diván, los pies en el suelo. No sé exactamente qué había dicho... Me volví, sentada de un modo poco ortodoxo, bien derecha, con los pies en el suelo. El mismo Profesor es bastante poco ortodoxo; está golpeando con la mano, con el puño en la cabecera del antiguo sofá de crin, que ha oído más secretos que el confesionario de cualquier padre confesor católico romano en sus días de apogeo... Conscientemente, no advertí haber dicho nada que pudiera explicar la explosión del Profesor. Incluso cuando me volví, de frente a él, mi mente estaba lo bastante alejada como para preguntarme si no había sido alguna idea de él para acelerar el contenido analítico o para dirigir el flujo de las imágenes asociadas. El Profesor dijo, "El problema es -yo soy un hombre viejo- que Ud. no cree que valga la pena amarme".

El impacto de estas palabras fue demasiado terrible, simplemente no sentí nada. No dije nada. ¿Qué esperaba él que yo dijera? Era exactamente como si el Ser Supremo hubiera golpeado con el puño sobre el respaldo del diván donde yo yacía. ¿Por qué hizo eso? Debía saberlo todo o no sabía nada. Debía saber lo que yo sentía. Tal vez lo sabía, quizás se trataba de eso. Tal vez, después de todo, era un recurso, algo para impresionarme, para romper en mí algo que yo advertía parcialmente, algo que rehusaba romperse, que no debía entregarse... Por el momento estoy reclinada en el diván. Acabo de acomodar la manta que había caído al suelo. He metido las manos bajo ella. Me pregunto si el Profesor se dio cuenta de que miré el reloj. Realmente estoy quebrantada. Pero no hay posibilidad de una contestación."

*Hilda Doolittle, Escrito sobre la pared . Extractado de http://www.campolacaniano.com.ar/historia.htm
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"... la madre es la Musa, la Creadora, y especialmente en mi caso, pues el nombre de mi madre era Helena. (…) Obviamente, es mi herencia. Mis facultades imaginativas derivan de mi madre, artista-música. (...) El ambiente que rodea al Profesor, y sus intereses, parecen derivar de mi madre, más bien que de mi padre, pero decir que la “transferencia” se realiza sobre Freud como madre no me satisface del todo. El había dicho: “Y –debo decírselo (usted fue franca conmigo y yo lo seré con usted)- no me agrada ser la madre transferencial; siempre me sorprende y me molesta un poco. Me siento muy masculino.

(Advenimiento, 9 de marzo de 1933)
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“Había hablado de mi desengaño de Havelock Ellis (...). En mis sueños echo sal a mi máquina de escribir. De modo que presumo que querría salar mi escritura insípida con la sal de la tierra, la menor afirmación de Sigmund Freud. (...) Me fastidié con el Profesor al leer uno de sus libros. Decía (según lo recuerdo) que las mujeres no llegan a nada o no llegan a mucho, en la actividad creadora, a menos que tengan una contraparte masculina o un compañero masculino de quien extraer su inspiración. Tal vez tenga razón, y mi sueño de salar la máquina de escribir con el símbolo delator de la transferencia sea una prueba más de su infalibilidad.”

*(Advenimiento, pág.198, 199.)- Extractado de http://www.descartes.org.ar/etexts-gez.htm
...“Recuerdo que el Profesor dijo que nunca se sabe, hasta que termina el análisis, qué es lo importante y qué no lo es.”


*HD, “Advenimiento”, 10 de marzo 1933.
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“Las palabras vuelven con singular frescura e intensidad, ahora que, luego de esta larga espera, puedo recordar aquellas sesiones de Viena sin un terror insoportable y sin un desfallecimiento aterrador. La guerra se cernía sobre nosotros, antes de que yo tuviera tiempo de clasificar, de revivir, y de reunir la serie singular de acontecimientos y de sueños que pertenecían según el tiempo histórico, al período 1914/1919. … y atrapé la ocasión inesperada de trabajar con el Profesor mismo.”
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