jueves, marzo 21, 2013

Diego Muzzio, Los sonámbulos




Y aún se mueve mi mano como un animal moribundo

mientras amontonan las mujeres la música de los

muertos, y guardan en baldes oscuros, a la sombra del

lavadero, el agua donde ellos pescaban; pero detrás de

la ventana, más allá de la dispersa constelación de los

jardines, adivino el agua verdadera hacia la que ellos se

inclinaban; los ojos muy abiertos, la mirada detenida en

los anzuelos sumergidos, el gusano retorciéndose y dominado

aún, mudo, el mudo gusano aprisionado en el

oro de los anzuelos en el agua que, abierta y silenciosa,

corría hacia los juncos, bajo sus pies pequeños;

así se divide la luz de la mañana: espero la orden de escribir;
y a mis manos confluyen, como restos de naufragios,
los relatos que ellas pactaron, en susurros, con los
muertos; un sistema defensivo contra el olvido, elevado
oblicuamente, en complicidad, mientras los ausentes,
incesantes, trabajan con los torsos hundidos en la inhóspita
matemática de la tiniebla, ordeñando las ubres
de los sueños
que en las noches destilan, gota a gota, el agua estancada
de esos baldes, los mismos donde ellos traían, por
las tardes, los peces al regresar del río; allí los dejaban
durante días, en el lavadero, con la esperanza de verlos
crecer, pero la mayoría moría poco después en la oscuridad;
a la madrugada, los niños se levantaban para
vaciar los baldes en el inodoro, y ellas, desde sus camas,
escuchaban el fantasmal sonido del agua regresando al
agua, y volvían a dormirse luego pensando que, quizás,
alguno de esos peces lograría regresar al río, siguiendo el
mapa subterráneo de las cloacas
*
¿existe el fin de la muerte? ¿la muerte de la muerte? ¿la
muerte de la espera de la muerte? ¿jamás la muerte termina
de completar el lúgrube censo de su rostro para
mirarse entera en el incesante espejo que gotea?; ellas
cruzan una vez más el agua innombrable, sus vestidos se
abultan en el viento y sus vientres perciben la cercanía
de la carne que una vez parieron para entregarla luego al
pernicioso barro de la orilla opuesta;
oran ahora junto a las mesas y arrullan el vacío como
si amamantaran en la sombra, colaborando en esa leve,
irreal construcción dentro de la cual los ausentes mutilan
las últimas palabras que en vida pronunciaron, y
arrojan el árbol de mi lengua entre joyas ponzoñosas,
cuelgan sudarios bajo mis ojos, y me incitan a permanecer
inmóvil en la espectante actitud del pescador que
aguarda de las aguas su sustento, alguna forma de redención
en el temblor que experimenta el aire al saltar
el pez, esparciendo una mínima lluvia inversa, profunda
bajo el sol
y yo estoy aún bajo el sol, inmerso en la fugacidad de
la luz, cercado por los flujos de las sombras, alimentado
por esas mujeres que, sin esfuerzo alguno, entablan comunicación
con los espíritus, y que todavía escuchan,
cuando todos duermen, el fantasmal sonido del agua en
los baldes, el susurro de los muertos, nuestros muertos,
bajo la tierra, el movimiento de esos peces que, años
atrás, los niños liberaron y que avanzan aún entre las
cloacas, buscando la inmensidad de la luz que les fuera
arrebatada
*
así mis manos extirpan los peces de las aguas, así se
extirpa la vida de la vida, tanto cuando se nace como
cuando se muere: arrancado de la oscuridad, arrancado
de la luz, expulsado hacia la oscuridad, expulsado hacia
la luz, la soledad girando alrededor del alma como un
tiburón ciego, y las líneas que se enredan bajo el ojo de
oro de la ola cuando salgo a pescar en el jardín y
el salvaje Aqueronte discurre entre las ramas; llevo conmigo
un libro, anzuelos, una botella de agua; tengo toda
la tarde por delante y la mañana a mis espaldas, y de
mi último sueño recuerdo unos caballos empapados, calientes,
hundidos en el fondo de mis ojos; a la sombra de
los animales, los muertos intercambian moscas, señuelos,
genitales, pero comprendo que, en realidad, el lento
movimiento de sus manos teje un tácito juicio acerca de
la inutilidad de la poesía, la fragilidad inherente al conocimiento
derivado de un sistema de signos que
como los salmones, quedan exhaustos y vacíos luego del
desove, simples presas de la corriente utilitaria del lenguaje;
¿pero qué otra cosa puedo hacer yo?; salvo ejercer
este salvaje oficio de mutilador en los extremos de
la sangre, intentando ordenar, como aquel niño en un
mercado de Brescia, los plateados pescados en sus cajas,
mientras sus mayores lo increpan y él, al verse impedido
de acomodar el fruto de la pesca, se contenta con sacudir
las cajas para apreciar al menos el rencoroso brillo de
las escamas mordiendo sus párpados como una manada
de estrellas
*
amontonan las mujeres la música de los muertos, y
arrancan de sus costados los hígados impares, celestes,
que más tarde servirán en los platos en penumbras de las
cenas; pero nosotros: ¿no somos acaso los fetos de nuestra
propia muerte que madura, muñones lamidos por
el tiempo?; no nos preguntamos, todas las noches, en
la oscuridad, mientras acariciamos el vaso de agua que
tuvimos la precaución de dejar junto a la cama: ¿despertaré?
¿o una ola repentina inundará mi lecho y seré
arrojado como un puñado de polvo hacia el abismo?;
ahora ellas regresan al relato que los muertos les reclaman;
la casa está de nuevo a oscuras, y las mujeres escuchan
los sigilosos pasos de los niños que vuelven a su
cuarto, luego de haber vaciado los baldes en el inodoro;
los niños se duermen y hablan en sueños, mezclando las
imágenes de dos mundos yuxtapuestos, probando por
anticipado el pegajoso lenguaje de la sombra; niños que
en la noche cargan baldes o hablan dormidos, y mujeres
que los escuchan hablar para elevar, años más tarde,
un sistema cuya duración fermenta en la música de la
pesca; esa música mueve mis manos; la música de unos
niños que hablan dormidos, la nocturna música de los
sonámbulos, la música de las mujeres que rezan y regresan
luego a sus recuerdos
la música del río en el jardín, donde yo arrojo mis anzuelos
para llenar unos baldes con diminutas letras negras,
mientras una de las mujeres murmura: cuando tu
papá y tus tíos se iban a dormir, nosotras nos quedábamos
en la cocina jugando a la cartas, y al rato los escuchábamos
hablar; eran sonámbulos, los tres, y si uno empezaba, los
otros dos lo seguían...; íbamos al cuarto y ahí estaban tu
papá y tus tíos, sentaditos en la cama, charlando dormidos;
nosotras nos íbamos riendo bajito por el pasillo para no
despertarlos...; todavía los veo: hablando y hablando con
los ojitos cerrados...
*
pescando en el Aqueronte, pescando en el jardín, pescando
en el Aqueronte que discurre en el jardín, entre
las ramas altas y los ligustros verdes que se internan
como muelles en la tarde; a unos pasos escucho el arrullo
de las voces que invocan la intercesión de la Trinidad
para allanar el camino de los sonámbulos que, en
su vacilante deambular, no logran dar con la escalera
de vértebras de escualo, la ola que los sustente, alejándolos
definitivamente de las mesas donde ellas rezan;
¿pero qué otra cosa, qué más puedo hacer yo?; salvo oír
el arrullo de esas voces y lanzar mis anzuelos, amontonar
palabras masticadas o peces que manos muy pequeñas
arrojaron, años atrás, a las melancólicas cloacas
donde retoza lo inservible, y que ahora, como volcanes
en miniatura, escupen ángeles cuadrúpedos, pumas que
se consumen entre los espejos de la lluvia, o esos mismos
peces que mi padre y sus primos condenaron a una
muerte lenta, hacinados en baldes en el lavadero; así se
extiende el sistema defensivo de los muertos; se pudren
desde adentro las palabras y, al pronunciarlas, se llena
la boca de pus y con creciente terror advertimos que
sus sonidos tienen el asombroso poder de proyectar,
ante nuestros ojos, el film oscuro, mal compaginado,
de la vida de los hundidos en el agua de la dispersión;
escribo ahora como si me ahogara; escribo como si
pescara en el antiguo pozo de Josafat o a orillas del
Aqueronte; tengo toda la tarde por delante y la mañana
a mis espaldas, y estoy aún bajo el sol, aún en el
sol, ejecutando entre los árboles los lentos movimientos
de la pesca: una danza para aplacar a los espíritus

(Del libro El sistema defensivo de los muertos, editado por Hilos Editora. 


Diego Muzzio (Buenos Aires 1969). Cursó estudios de Letras en la UB. Ha publicado: Sheol Sheol (1996), Gabatha (2000), Hieronymus Bosch (2004), y La asombrosa sombra del pez limón (cuentos infantiles), El sistema defensivo de los muertos, Hilos Editora 2011.
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