sábado, marzo 16, 2013

Marina Tvestaiéva: Tu muerte...



Toda muerte, aun la más extraordinaria entre las extraordinarias –de la tuya hablo, Rainer–, se encuentra inevitablemente en la fila de las otras muertes, entre la última “antes” y la primera “después”.
Nadie ha estado nunca al lado de una sepultura sin que surja en él este pensamiento: “¿Quién fue el último junto al que estuve así? ¿Quién será el próximo?”. De esa forma se crea entre los muertos de uno, los muertos personales, un vínculo que sólo existe en una conciencia determinada, distinta en cada ocasión. En mi conciencia tú llegaste a lo Desconocido entre A y B, en la conciencia de alguien más que te haya perdido, entre C y D, y así sucesivamente. La suma de todos nuestros reconocimientos es tu entorno.
Ahora sobre el género de este vínculo. En el peor de los casos, un caso particular, el vínculo es externo, local, ordinal, para decirlo todo –cotidiano, para decirlo todavía más todo – cementerial, por lo fortuito de la vecindad de números y tumbas. Un vínculo absurdo, y por lo tanto, un no-vínculo.
Un ejemplo. Entre X e Y no existía ningún lazo en la vida. Tampoco lo hay en la muerte si no se tiene en cuenta la muerte misma, como entonces –la vida. Para emparentarlos, lo uno y lo otro, es poco. Una sepultura así no cabe en nuestra hilera de sepulcros, la fila se cierra con dos sepulcros significativos para nosotros. Mediante esa selección se crea la fila de nuestras muertes y nuestra muerte. Sólo de estas muertes y de las que componen nuestra muerte voy a hablar cuando hable del vínculo.
Cada muerte nos devuelve a todas las muertes. Cada persona que muere nos devuelve a los que murieron antes que él y a nosotros –a ellos. Si no murieran los de después, más tarde o más temprano olvidaríamos a los de antes. Así, el ir de sepulcro en sepulcro es la garantía de nuestra fidelidad a los muertos. Una especie de coexistencia póstuma en la memoria: en la hilera de los sepulcros propios. Ya que todos nuestros muertos, ya no importa si están en Moscú en el cementerio de Novodévichi o en Túnez, o en algún otro lado, para nosotros, para cada uno de nosotros mismos, y con el tiempo en una misma fosa común. La nuestra. Hay muchos enterrados en una y uno enterrado en muchas. En el lugar donde se encuentran en tu primer sepulcro y el último –tu propia lápida- la hilera se cierra en un círculo. No sólo la tierra (la vida), sino también la muerte es redonda.
A través de los labios que besan, se emparientan y se dan mutuamente las manos los que son besados. A través de sus manos besadas, se emparientan y se atraen mutuamente los labios que besan. Es la garantía de la inmortalidad.
De esa manera, Rainer, me emparentaste con todos los que te perdieron, como yo, en respuesta, te emparenté con todos aquellos a los que alguna vez yo perdí, y más cerca que con otros, con dos.
La muerte nos lleva, como por entre olas, por entre las colinas de las sepulturas –a la Vida.
En mi vida, Rainer, tu muerte se hizo tres, se estratificó en tres. Una preparó tu muerte en mí, la otra la concluyó. Una es la nota que precede; la otra que la resuelve. Si se retrocede un poco en el tiempo –un acorde. Tu muerte, Rainer, y ahora hablo desde el futuro, me fue dada como una tríada.
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*Traduc. de Selma Ancira. Prólogo de Irma Kúdrova. Epílogo de Ana María Moix.
Un espíritu prisionero. Barcelona. Galaxia de Gutenberg. 1999. Págs. 67-68. 

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