jueves, enero 12, 2012

Verónica Zondek: Soy canasta magenta y purpúrea...


Tiempo
Un río fluye sin origen ni conciencia.
Busca placer y chispas de alegría.
Desmonta el cuerpo en Valle Verde
y en embeleso
mira crecer los árboles a la imagen de sí mismos.
Ve cómo la vida se pierde en su comienzo
y cómo en fértil la muerte aletea.
No ve hombres
ni mujeres
ni Dios.
El tiempo se detiene sin sombra.
El tiempo acoge lo que al cuerpo no le es dado perdonar.

  
Claroscuro
Soy canasta magenta y purpúrea
y peso metal en la huella del tiempo.
Con rúbricas a flor de piel
rasgado por un siglo mineral de uñas marchitas
abulta él en labor de hombre recio
y la Rosa
ahí
sola mi alma en suplir la falta
y él
salud compadre para gloria de materias
y austero el talle viejo
hasta besar el río profundo de pico hiriente
y acaramelar lo sagrado con sangre
y negro
gritar el sueño azul en la pampa sola.
Sudor enmohecido en el tiempo.
En lomo de mula camina el llanto
y luego los gestos
los aspavientos hasta el respeto
que los cuerpos aman aún bajo tierra
y tocan la carne con el dedo duro de la escama.
Es que de salmuera para la guarda está hecho el tajo
que en lámina saca y en lámina pone
lingote a lingote
hasta coronar la cabeza del rey.
Ni adular ni maldecir.

Un paso por el sendero.
El cuerpo y sus heridos.
Un casorio y una iniciación.
Eso dio y dará el sudor.
Cada gota con gota gotea.
Cada gota penetra Atacama.
Hay una extensión más ardua que el alma
donde el suelo yace bajo un costral.
Ella lo abre de pétalos
le nace naciendo una flor
y nuestro
es aroma el pan caliente
de cada
cada
día.


Olvido
En esa pequeña torsión de cuerpo
vi
vi llamas lamer su carne huidiza
vi cómo ciega arrojaba sentidos
cómo tomaba el número para dárselo a otra
cómo el pelo
las muelas
esa
mi piel de uso eficiente
y también el cuento del velo
de cómo caía
de las trampas
del follaje dicen sostén
y de en cómo hallé mi fuerte miedo.
Es así
y encuentro cauce en el retorno
en persecuciones de olvido y huevo
hasta que plena de sangre fresca
arropada
en sed y flor abierta de vampiro
profano su oscura boca
acecho azul y tiniebla
jadeo tibio tras una esquina
y muertos veo
muertos muertos de placer
con un ojo fijo en aquesa extrañísima misión:
eternidad dizque hay.
Un cuchillo lento perfora la espalda.
Atorrante dizque y es sin duda:
que estando Dios de su lado
es cajón caído pues
y del decir popular
que del mío
no ha de estar.


Tentación para emprendedores
Fue entonces o antes
que supo de valles remotos
en cuclillas
donde pequeños duendes
ahítos de pequeñas promesas
y agazapados en la espesura verde de lo real
irradian lo cierto necesario
para lograr belleza y eternidad.
En el aquí recodo de la geografía
existe seguro un tráfico rabioso de silicona
que se expone a mirares entumecidos:
hay piernas abiertas
y miembro duro
y palabras a destajo
en chino zurcido tras la oreja de cada habitante.
Para ellos susurra el maullido enloquecedor
y las bondades directas y celestes que soportan la derrota.
Hay cursos rápidos, primero, para superar la timidez
y luego
acción audaz y certera para detener el tiempo.
En Valle Silicona se ve la ilusión.
La ilusión es suspendida
y oscila entre dos cordones de roca.
La ilusión aniquila total el desencanto.
Hay perfección y espejo de perfección.
El acordonado no sale.
El ajeno no entra.
Valle Silicona se ubica en esa intersección de tiempo
donde sólo un criminal ostenta sus arrugas.

*VERÓNICA ZONDEK (Santiago de Chile, 1953): Ha publicado, entre otros libros: Entrecielo y entrelínea (1984); La sombra tras el muro (1985); El hueso de la memoria (1988); Vagido II (1991); Peregrina de mí (1993); Membranza (1995); Entre lagartas (1999); El libro de los valles (2003).


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