lunes, diciembre 27, 2010

Scott Fitzgerald: El crack up, fragmento II

Encólese

Marzo de 1936

En un artículo anterior, el autor de estas líneas narró el momento en que se dio cuenta de que lo que tenía delante de él no era el plato que había pedido para sus cuarenta años. De hecho —dado que él y el plato eran uno—, se describió como un plato cuarteado, del tipo de los que uno se pregunta si vale la pena conservar.
El director consideró que el artículo sugería demasiadas cosas pero no las observaba de cerca, y probablemente muchos lectores pensaron lo mismo, y siempre hay esos para quienes toda revelación personal es despreciable, a menos que termine con una noble acción de gracias a los dioses por el Alma Inconquistable.
Pero yo ya llevaba demasiado tiempo dándoles las gracias a los dioses, y dándoles las gracias por nada. Quería meter un lamento en mis historias sin tener ni siquiera el fondo de los montes Euganeos para darle color. No había ningún monte Euganeo al alcance de la vista.
A veces, sin embargo, al plato cuarteado hay que guardarlo en la despensa, hay que mantenerlo en servicio como menaje de la casa. Nunca se lo podrá volver a calentar en el horno ni juntar con los demás platos en el fregadero; no se sacará cuando haya visitas, pero servirá para poner galletitas avanzada la noche o para guardar restos de comida en la heladera...
De ahí esta secuela; la continuación de la historia de un plato cuarteado.
Ahora bien, la cura tipo para alguien que se hunde, es pensar en quienes se encuentran en la auténtica miseria o sufren físicamente, esto es en todo momento remedio para la melancolía y consejo diurno bastante saludable para todos. Pero a las tres de la mañana, un paquete olvidado posee la misma importancia trágica que una sentencia de muerte, y la cura no funciona, y en una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana, día tras día. A esa hora la tendencia es negarse a hacer frente a las cosas tanto como sea posible retirándose a un sueño infantil, pero uno continuamente se ve apartado de ese sueño debido a sus diversos contactos con el mundo. Uno afronta esas situaciones con tanta rapidez y cuidado como es capaz y se retira una vez más al sueño, esperando que las cosas se ajustarán por sí solas debido a una gran gracia espiritual o material. Pero mientras persiste la retirada hay menos y menos oportunidades de que exista esa gracia; uno no espera que se desvanezca ni un solo pesar, sino más bien espera ser testigo involuntario de una ejecución, la desintegración de la propia personalidad...
A menos que la locura o las drogas intervengan, esta fase llega, eventualmente, a un callejón sin salida, y viene seguida de una calma vacía. En este punto uno puede tratar de calcular lo que ha perdido y lo que le queda. Sólo cuando me llegó esa calma, me di cuenta de verdad que había pasado por dos experiencias paralelas.
La primera vez fue hace veinte años, cuando dejé Princeton en segundo curso con un certificado donde se me diagnosticaba malaria. Se supo, gracias a los rayos X una docena de años después, que había sido tuberculosis, un caso leve, y al cabo de unos cuantos meses de reposo volvía a la universidad. Pero había perdido algunos puestos, el principal fue la presidencia del club Triangle, además de una idea para una comedia musical, y también, había perdido un curso. Para mí la universidad ya no volvería a ser la misma. Ya no habría insignias de honor, ni medallas, después de todo. Una tarde de marzo me pareció que había perdido todas y cada una de las cosas que quería, y esa noche fue la primera vez que anduve a la caza del espectro de la feminidad, lo cual, durante cierto tiempo, hace que todo parezca sin importancia.
Años más tarde comprendí que mi fracaso como persona importante en la universidad había estado bien —en vez de asistir a comités, me aficioné a la poesía inglesa— cuando tuve idea de qué se trataba, me dediqué a aprender a escribir. Seguir el principio de Shaw de que «si no consigues lo que te gusta, será mejor que te guste lo que consigues» fue una salida afortunada, pero en aquel momento me resultó duro y amargo comprender que mi carrera como líder de hombres había terminado.
Desde ese día nunca he sido capaz de despedir a un mal criado y me sorprende e impresiona la gente que lo puede hacer. Cierto viejo deseo de dominio personal quedaba roto y se esfumaba. La vida que me rodeaba era un solemne sueño, y yo vivía de las cartas que escribía a una chica de otra ciudad. Un hombre no se recupera de tales sacudidas, se convierte en una persona distinta y, eventualmente, esta nueva persona encuentra cosas nuevas de las que ocuparse.
El otro episodio paralelo a mi situación presente tuvo lugar después de la guerra, cuando había vuelto a sobrepasar mis límites. Fue uno de esos amores trágicos condenados por la falta de dinero, y un día la chica terminó con ellos basándose en el sentido común. Durante un largo verano de desesperación escribí una novela en lugar de cartas, de modo que la cosa terminó bien, pero terminó bien para una persona distinta. El hombre con dinero contante y sonante en los bolsillos que se casó con la chica un año después, abrigaría siempre una desconfianza constante, una animosidad hacia la clase acomodada, no la convicción de un revolucionario, sino el odio latente de un campesino. En todos estos años siguientes nunca he sido capaz de evitar el preguntarme de dónde sacaban el dinero mis amigos, ni de no pensar que en un momento determinado podría haberse ejercido una especie de droit de seigneur para entregarle a uno de ellos a mi novia.
Durante dieciséis años viví bastante más como esta última persona, desconfiando de los ricos, pero trabajando por dinero con el que compartir su movilidad y la gracia que algunos de ellos añadían a sus vidas. Durante este tiempo muchos de los caballos que montaba habitualmente fueron alcanzados y derribados —recuerdo el nombre de algunos— , “Orgullo deshinchado”, “Esperanzas frustradas”, “Deslealtad”, “Exhibicionismo”, “Golpe bajo”, “Nunca más”. Y al rato ya no tenía veinticinco años, luego ni siquiera treinta y cinco, y nada era igual de bueno. Pero en todos estos años no recuerdo ni un momento de desaliento. Vi a hombres honestos pasar por estados de ánimo de abatimiento suicida —algunos de ellos se rindieron y murieron—; otros se adaptaron y siguieron hasta alcanzar un éxito mayor que el mío: pero mi moral nunca se hundió por debajo del nivel del auto desprecio cuando tuve que añadir algún feo alarde personal.
La aflicción no tiene necesariamente relación con el desaliento; el desaliento tiene un germen propio, tan diferente de la aflicción como la artritis es diferente de una articulación rígida.
Cuando un cielo nuevo dividió al sol la primavera pasada, al principio no lo relacioné con lo que había pasado hacía quince o veinte años. Sólo gradualmente fue surgiendo un indudable parecido de familia —un sobrepasar los límites, un arder de la vela por ambos extremos—; un recurrir a recursos físicos que de hecho no dominaba, como un hombre desbordando su cauce. En su impacto, este golpe fue más violento que los otros dos, pero era del mismo tipo; una sensación de que me encontraba de pie a la hora del crepúsculo en una extensión desierta, con un rifle descargado entre las manos y sin dónde disparar. No hay problemas, simplemente un silencio con sólo el sonido de mi propia respiración.
En este silencio había una enorme irresponsabilidad hacia toda obligación, una deflación de todos mis valores. Una creencia apasionada en el orden, un menosprecio de motivos y consecuencias en favor de la conjetura y la profecía, una sensación de que la artesanía y la industria tendrían su sitio en cualquier mundo, una por una, estas y otras convicciones fueron barridas. Vi que la novela, que en mi madurez era el medio más potente y dócil para transmitir pensamiento y emoción de un ser humano a otro, estaba quedando subordinada a un arte mecánico y público que, tanto en manos de los comerciantes de Hollywood como en las de los idealistas rusos, sólo era capaz de reflejar los pensamientos más vulgares, las emociones más obvias. Era un arte en el que las palabras estaban subordinadas a las imágenes, donde la personalidad se volvía tan inservible que llegaba hasta el inevitable nivel bajísimo de la colaboración. Ya hacia 1930 tuve la corazonada de que el cine sonoro convertiría incluso al novelista que más vendiera en algo tan arcaico como las películas mudas. La gente todavía leía, aunque sólo fuera el libro del mes del profesor Canby —niños curiosos husmeaban la basura de míster Tiffany Thayer en la librería de los drugstores—, pero había una irritante indignidad, que para mí casi se había convertido en obsesión, en aquel ver a la fuerza de la palabra escrita subordinada a otra fuerza, una fuerza más reluciente, una fuerza más grosera...
Pongo eso como ejemplo de lo que me obsesionaba durante la larga noche; era algo que ni podía aceptar ni combatir, algo que tendía a hacer inoperantes mis esfuerzos, como las cadenas de tiendas han liquidado al pequeño comerciante, una fuerza exterior, invencible... (Tengo la sensación de que ahora doy una conferencia, pues miro un reloj que está en el escritorio delante de mí y veo cuántos minutos más...)
Bueno, cuando hube alcanzado ese período de silencio, me vi forzado a tomar una medida que nadie adopta voluntariamente jamás: me vi obligado a pensar. ¡Dios mío, vaya si era difícil! Había que mover grandes baúles secretos. Durante la primera pausa, me pregunté exhausto si había pensado antes alguna vez. Al cabo de largo tiempo llegué a las siguientes conclusiones, tal y como las escribo aquí:
1. Que había pensado muy poco, excepto en los problemas de mi oficio. Durante veinte años una determinada persona había sido mi conciencia intelectual. Se trataba de Edmund Wilson.
2. Que otro hombre representaba lo que yo pensaba que era la «buena vida», aunque sólo lo viera una vez cada diez años, y desde la última podrían haberle colgado. Tiene negocios de pieles en el noroeste y no le gustaría que su nombre apareciese aquí. Pero en situaciones difíciles he tratado de pensar en lo que hubiera pensado él, en cómo habría actuado él.
3. Que un tercer contemporáneo mío ha sido mi conciencia artística; yo no he imitado su contagioso estilo, porque mi propio estilo, tal y como es ahora, se formó antes de que él hubiera publicado nada, pero me sentía empujado hacia él cuando me encontraba en peligro.
4. Que un cuarto hombre había llegado a dictarme mis relaciones con otras personas cuando tales relaciones iban bien: cómo comportarme, qué decir. Cómo hacer que la gente, al menos durante un momento, fuera feliz (al revés de las teorías de la señora Post sobre cómo hacer que todos se sientan incomodísimos mediante una especie de vulgaridad sistemática). Esto siempre me dejaba confuso y hacía que deseara salir a emborracharme; pero este hombre del que hablo había entendido el juego, lo había analizado y había ganado, y su palabra a mí me bastaba.
5. Que mi conciencia política casi no había existido a lo largo de diez años, salvo como elemento de ironía en mis argumentos. Cuando volvió a interesarme el sistema dentro del que debía de funcionar, fue un hombre mucho más joven que yo quien despertó mi interés, con una mezcla de pasión y de aire puro.
Conque ya no había un «Yo» —ni una base sobre la que organizar la propia estima—, salvo mi ilimitada capacidad para el trabajo duro que parecía haber dejado de tener. Era raro no tener un yo: ser como un niño pequeño al que han dejado solo en una casa enorme y que sabía que ahora podía hacer todo lo que quisiera, pero descubría que no quería hacer nada...
(En el reloj ha pasado la hora y apenas he abordado mi tesis. Tengo algunas dudas de si esto sea de interés general, pero si alguien quiere saber más, todavía queda mucho, y el director me lo dirá. Si ya han tenido bastante, díganmelo —pero no demasiado alto, porque tengo la sensación de que alguien, no estoy seguro de quién, duerme profundamente—, alguien que podría haberme ayudado a mantener la tienda abierta. No es Lenin, y tampoco es Dios.)

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